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La historia del clan Uchiha era algo con lo que los infantes crecían, escuchándola como un cuento para dormir.
Para no repetirla —decían los mayores, mirando la puesta de sol por la ventana, fingiendo misterio.
Para entender de dónde venían y todo lo que habían ganado y perdido en el proceso —decían los más poéticos.
Para que no nos maten —decían los adultos, cansados de preguntas.
Existían muchas razones para enseñar la historia del clan a los más pequeños, para repetírsela a los adolescentes y para amenazar a los mayores de que no repitieran las mismas estupideces.
Ninguna de esas razones explicaba por qué Obito tenía que ir a buscar a sus sobrinos pequeños, que se suponía estaban bajo el cuidado de Haruki ese día.
Miró la hora en su celular, resistiendo las ganas de gritar. Eran las nueve de la mañana. Normalmente no le importaría, pero hoy había solicitado —y gritado— a todos en su familia y su clan que no lo molestaran a menos que el abuelo Madara volviera de la muerte.
Se puso unos lentes oscuros para ocultar sus ojos rojos e hinchados por el llanto y siguió la ubicación que le mandó Itachi mientras conducía por las concurridas calles de Japón.
—Shisui —llamó a su primo, activando el altavoz—. ¿Mi neesan está cerca?
—¿Mikoto-sama? —respondió la voz al otro lado—. Bueno… creo que está ocupada intentando asesinar a Haruki.
Se oyó movimiento; probablemente Shisui saliendo de su escondite, desde donde observaba el drama, ahora con la excusa perfecta: la llamada.
—Parece que Haruki perdió a Itachi y a Sasuke en algún lugar y lo están reprendiendo por ello —comentó, claramente divertido por la desgracia ajena—. Pero ¿por qué llamas, Obi? Ayer parecía que le cortarías la cabeza a cualquiera que te molestara hoy.
Obito miró la luz roja que le impedía avanzar antes de suspirar.
—Itachi me envió un mensaje. Resulta que asesinar a esos monstruos que suele ver nuestra familia es un trabajo que estábamos haciendo gratis. Actualmente, él y Sasuke están siendo vigilados por un tipo llamado Gojo Satoru, porque Itachi quemó la maldición con la que se encontró. Porque eso es lo que son los monstruos: maldiciones.
El silencio reinó en el auto.
—Mierda —murmuró Shisui—. Envíanos tu ubicación. Le diré a Mikoto. Ya sabes qué hacer. Tendremos una reunión de clan de emergencia.
La llamada terminó.
Con un suspiro, Obito detuvo el auto, se colocó una gorra oscura y una mascarilla, y entró al café de gatos.
El lugar era lo suficientemente impresionante como para tomar nota mental de volver más tarde. Su mirada se fijó inmediatamente en los niños —trece y cinco años, respectivamente— sentados frente a un hombre al que decidió ignorar por el momento. Sasuke comía algún postre; Itachi observaba atentamente al tipo frente a él.
—¡Itachi, Sasuke!
Sasuke levantó la cabeza y corrió hacia él. Itachi lo imitó.
—Me alegra tanto que estén bien —dijo, revisándolos rápidamente antes de centrarse en Itachi.
Aprovechando que le daban la espalda a la posible amenaza, y siendo el mocoso endemoniadamente inteligente que era, Itachi entregó su mensaje en código morse, parpadeando.
Obito necesitó un segundo para procesarlo. Cada vez que veía a su sobrino, el niño tenía trucos nuevos.
—Entonces, supongo que tú eres el tío de Itachi-kun y Sasuke-kun.
Levantó la mirada.
Sentado cerca de la ventana estaba un hombre joven, posiblemente de su edad. Sostenía su barbilla con la mano, la cabeza ligeramente inclinada. Llevaba lentes oscuros y su cabello era de un blanco tan puro que Obito sintió un extraño impulso de querer mancharlo.
—Supongo que usted es Gojo-san, ¿verdad? Gracias por encontrarlos.
Hizo una leve reverencia.
—No fue ningún problema. Los niños fueron encantadores. Pero sería mejor que la próxima vez no los perdieras.
Obito se tomó un momento.
¡Él no los había perdido! Era un tío excelente. Se había ganado el puesto de favorito desde que nacieron, muchas gracias.
Antes de que pudiera responder, Sasuke habló indignado:
—¡No fue el tío Obito el que nos perdió, fue el tío Haruki! ¡El tío Obito es el mejor! —infló las mejillas en un puchero feroz—. Una vez intenté escaparme y se dio cuenta antes de que lo pusiera en práctica.
Obviamente Obito se daría cuenta. El niño tenía los ojos brillantes cada vez que miraba la puerta. Solo era cuestión de tiempo antes de que intentara fugarse para no ir al dentista.
—¡Mi culpa! ¡Me equivoqué! ¡Soy culpable! ¡Arrésteme, oficial! —Gojo extendió las manos dramáticamente—. Pero antes de que me lleves a la cárcel para nunca más ver la luz del día, me gustaría acabar con mi helado de frutilla.
Sasuke se sonrojó.
—No te voy a arrestar… Un error lo comete cualquiera. ¡Pero ten más cuidado la próxima vez!
Mocoso arrogante.
Obito lo adoraba.
—¡Muchas gracias, oficial! Es usted tan amable —la sonrisa de Gojo era grande antes de dirigir su atención a Obito—. Entonces, Obito-san, ¿te molesta que te llame de esa manera? No tengo un apellido, entonces Obito será.
Obito sonrió levemente, pero no se notaba por su máscara mientras se ponía de pie.
—No es ningún problema —miró a los gatos a su alrededor—. Itachi, ¿por qué no vas con Sasuke a ver a los gatos? —sugirió.
Itachi miró durante unos segundos a Gojo antes de asentir.
—Está bien, tío.
Obito los vio acercarse a dos gatos negros antes de sentarse frente a Gojo.
—Entonces, Itachi dijo que quería hablar conmigo.
—Bueno, dije sus padres —aclaró Gojo—. Agradecería mucho si pudieras comunicarte con ellos.
—Lamentablemente, mi hermana y mi cuñado están muy ocupados —comenzó—. Si tiene algún mensaje, soy totalmente capaz de hacérselos saber.
Gojo lo miró fijamente a través de sus gafas antes de darle una sonrisa. No era tan grande como la que le dio a Sasuke, pero era amplia, una simple curvatura de labios.
—Oh, eso es una lástima, pero claro, no tengo problema —pronunció, encogiéndose de hombros y apoyándose contra el respaldo de su silla—. Itachi-kun es un niño muy especial; creo que sería muy beneficioso para su crecimiento si en el futuro él ingresara a Tokyo Jujutsu High. Esa escuela podrá potenciar sus habilidades y sacar a relucir su talento —presentó, abriendo sus brazos casi como si dijera “ta-da”.
—Oh, pero mi familia ya tiene una escuela de confianza, hasta se puede considerar una escuela familiar —respondió.
Y no era mentira; es solo que esa escuela fue fundada por Madara para los Uchiha, y los únicos alumnos y profesores que ingresaban son Uchiha, lo mismo con la universidad y las empresas bajo el nombre de su clan.
—No lo dudo —Gojo tomó un poco de su helado, girando levemente la cuchara antes de meterlo en su boca—, pero Itachi-kun es un niño verdaderamente especial y no es por ofender, pero puede que aquella escuela no pueda ayudarlo por completo a desarrollar todas sus capacidades. Por el contrario, en Tokyo Jujutsu High Itachi-kun podrá lograr grandes cosas, incluso, ¡hasta puede que yo sea su maestro! —se rió alegremente.
Obito tuvo que levantar una ceja, porque la confianza de este tipo por un segundo le recordó a Ume.
—Sé que mi sobrino es un prodigio y un niño muy inteligente —respondió—, pero créame, la escuela de la que yo le hablo está más que capacitada —se levantó levemente, haciendo una reverencia—. Si me disculpa, debería llevarme a mis sobrinos de regreso —se despidió.
Mientras Gojo aún se encontraba procesando el rechazo contundente con el que se encontró, Obito aprovechó para llevarse rápidamente a los niños al estacionamiento.
—¡Espera! —Gojo los alcanzó—. Deberían pensarlo mejor. Incluso puede que el mismo Itachi-kun quiera asistir.
lo ignoró hasta que Itachi y Sasuke se subieron al auto, Obito estaba listo para rechazarlo otra vez cuando lo sintió.
Todos sus sentidos se afilaron.
Amenaza.
Todos sus sentidos se volvieron agudos ante la amenaza; gritaban proteger.
En la esquina, una maldición se arrastraba sin piernas, impulsándose con las manos. Ojos sobresaliendo del cuerpo. Una sonrisa amplia y grotesca.
Era fuerte.
Lo suficiente como para que su instinto gritara proteger.
Su Sharingan despertó. Evolucionó al Mangekyō en un parpadeo.
Un segundo después, la maldición ya no tenía cabeza.
Se desmoronó.
Silencio.
Soltó un suspiro. Al instante siguiente, Gojo se paró frente a él.
Ojos azules —tan claros como el cielo despejado— lo miraban con curiosidad.
—Me llamó la atención que la energía maldita de Itachi-kun estuviera tan contenida que, si no fuera por la maldición que los atacó, no lo habría notado —comentó con tono ligero—. Pensé que era porque es pequeño y no sabe usarla. Que la activó inconscientemente para protegerse a sí mismo y a su hermano.
Sonrió.
—Pero estaba equivocado, ¿verdad?
Su voz no preguntaba.
Afirmaba.
—El niño está entrenado.
Al igual que tú.
No lo dijo.
No hacía falta.
Obito no respondió.
Se teletransportó con el auto de regreso al recinto del clan.
—Niños, bajen. Itachi, dile a tu madre que tenemos una emergencia.
Su mente estallaba en caos.
Gojo Satoru sabía demasiado.
El hombre era inteligente. Notaba cosas que normalmente pasarían desapercibidas.
Y eso lo convertía en una amenaza.
