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Donde te perdí

Chapter 5: Todo tiene precio...

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Capítulo 5: Todo tiene precio.

La habitación 43 del hotel Muralla que solía recibir a la pareja era, desde la perspectiva de Zeke, tolerable, incluyendo el aroma rancio que se parecía al que suelen tener los ancianos en los bares. Por ello prefería dejar su ropa en el biombo gastado y floreado.

Los brazos de Colt rodeaban su cuello y dejaba cientos de besos sobre su frente, sonrió al sentirse tan amado y lleno de satisfacción al escuchar su respiración y el latido apacible de su corazón, los días que podía estar con él eran la mejor terapia.

Recostados y desnudos aún con la humedad del delicioso río que sus cuerpos generaron, Zeke inició un camino de besos desde el centro de su pecho hasta subir a sus mejillas y mientras se perdía en sus ojos de ámbar, en especial en sus pestañas que era su obsesión secreta. No sabía la cantidad de veces en que se perdió mientras contaba una por una. Además eran su mayor excitación cuando él apretaba sus ojos llegando al clímax entregándose al momento, pestañas tan delgadas y rubias, como los flecos dorados de las cortinas de su hogar.

—Gracias por el dinero, mañana saldré a primera hora —susurró Colt pegando su oído al pecho de Zeke.

Había cometido una locura. Con la situación financiera de la familia ya no tenía mucho que apostar. Su tío redujo su mensualidad y la vida de Falco, hermano menor de lo que para Zeke era su sol personal, empeoraba en salud. No podía creer que una gripe debilitara tanto el corazón de un infante.

Ver a Colt tan angustiado, vendiendo todo lo que poseía y con esa sombra bajo sus hermosas pestañas, tenía que hacer algo, debía encontrar la manera de recaudar el dinero suficiente para que su madre dejara de trabajar y Colt se relajara aunque fuese un poco.
Al acudir con Hannes, su deuda era tan alta que el maldito no le daría ni una sola moneda de cobre si no tenía algo como aval. Aunque el acto iba en contra de lo que creía correcto, sin pensarlo dos veces tomó las escrituras de la mansión Finger para salvar a Falco.

El préstamo actual y su largo historial ni siquiera se acercaba a la mitad del valor de la casa, tenía que hacerlo, aligerar la carga de Colt y que sus ojos brillaran bajo esa mata de pestañas era todo lo que quería.

Nada le importaba más que él.

—No agradezcas, ya te lo he dicho —restregó su nariz por su cabello y respiró hondo dejando que el aroma penetrara en cada rincón de sus pulmones—. Todo sea por tu hermano.

El rostro de Colt se veía más aliviado. Un brillo se asomaba en sus ojos y Zeke quiso aferrarse a él. Daría cualquier cosa, lo que fuera, con tal de verlo feliz.

—Si pudiera compensarte —murmuró Colt.

Zeke pasó su dedo índice por los labios de su amado. No quería escuchar tonterías.

—Ni lo menciones. Ve a casa. Y prométeme que me darás las noticias, sean las que sean.


La mayor parte de su vida, Colt se había dicho que vivir era más sencillo estando solo. Su fuerza radicaba en su pequeña familia, nunca gustaba de la compañía femenina, sus gustos siempre fueron distintos, extraños, disfrutaba de estar en el ejército. Pero cuando conoció a Zeke esa noche del festival de primavera, se dio cuenta de que la vida en soledad era un desperdicio cuando un hombre como ese existía.

Los besos comenzaron a reavivar la cama, pero el tiempo no estaba de parte de Zeke. Cortó el beso abruptamente y prefirió abrazar el rostro de Colt contra su pecho, era su turno de escuchar los latidos irregulares y los suspiros que intentaba calmar.

Antes de partir, necesitaba hablar de otro tema.

—¿Sabes algo de un tal Porco Galliard? —preguntó Zeke.

Colt contuvo la respiración, claro que sabía quién era, había pertenecido a su escuadrón, después de todo. Y él había estado allí esa noche, cuando la adorada prima de su amante besó al soldado, el mismo que ahora se convertía en teniente. Por años había guardado aquel secreto, aunque nadie le había pedido que lo hiciera.

Su respuesta tenía que ser convincente y rápida. Zeke lo conocía muy bien, sabía cuándo mentía. Debía ser cuidadoso. Agradeció que no pudiera ver su expresión en ese momento.

—Solo de vista —respondió Colt—. ¿Por qué el interés? ¿Te agrada? —intentó que su voz sonara celosa pero hasta él sabía que Zeke no era de esos.

—Se ve a escondidas con la pequeña Pieck —dijo Zeke con la voz tensa.

Su corazón se aceleró sin poder detenerlo, se maldijo internamente, varios compañeros lo sabían, por más cuidadoso que Porco fuera. El romance de los pobres con los ricos no se ocultaba con facilidad, le sorprendió que, después de dos años, ninguno de sus familiares hubiera sospechado. Alguna vez creyó que Zeke sabía y solo era discreto, al fin y al cabo, ellos eran los menos indicados para juzgar una situación como aquella.

Su propia relación era más fácil de sobrellevar. Dos hombres entrando a escondidas en una habitación era justificable si parecía un burdel, jóvenes que compartían a una dama: era más barato y creíble, sobre todo si la compañía extra cerraba la boca a cambio del doble de su tarifa, pero una joven aristócrata a solas con un hombre… eso era un escándalo.

Zeke agachó la mirada, buscando los ojos dorados que evitaban los suyos. Colt era malo mintiéndole, conocía todo de él, sus miedos, sus ambiciones, incluso el lugar justo bajo sus costillas donde, si Zeke succionaba de la forma correcta, su cuerpo se erizaba y llegaba al orgasmo jadeando su nombre.

Se deslizó solo un poco hacia abajo, y quedaron cara a cara. El cielo azulado de sus ojos clamaba por el sol en los suyos, Colt no lo resistió, la verdad estaba en su rostro y Zeke lo leyó con cuidado y aún más sorprendente, no se veía molesto con él.

—¿Cómo es que sabes tanto? —preguntó avergonzado—. ¿Te lo contó ella?

—Lo vi salir de su habitación, el idiota llevaba uniforme. —suspiró—. Fui hasta el cuartel, hablé con Magath. Es un viejo amigo de mi tío, pero solo me dio su nombre y su situación actual.

—¿Piensas hacer algo?

—Es lista, sabe que no se le permitirá casarse con él, pero temo que se fuguen. Con todo esto de que mi tía planea casarla pronto, temo que se escapen, esperaba me mantuvieras al tanto.

—Te daré información, pero no me entrometeré si se escapan —sentenció Colt con una mirada firme.

—Creí que estabas de mi lado. —el ceño de Zeke se frunció solo un poco, pero no de enojo, en realidad, no entendía el actuar de su amado, él y Pieck jamás se habían llevado bien.

—Si tú y yo hiciéramos una locura —respondió Colt—, al menos me gustaría tener un aliado.

—Nosotros jamás haremos algo parecido —soltó a Colt de inmediato, separándose y sentándose al borde de la cama, dándole la espalda—. Pronto me casaré.

El silencio gobernó en la habitación que, hasta hace poco, era un delicioso río de orgasmos y gemidos.

Colt sabía perfectamente cómo era Zeke, desde el inicio, había mostrado las cartas de su juego, sabía que la mano que dejó sobre la mesa era todo, no habría nada bajo la manga. Y aun así lo aceptó. Y aun así le dolía hasta los huesos cada vez que él le recordaba que vivían una fantasía.

—¿Quién es la desafortunada? —preguntó Colt.

—Mi tía espera que encuentre pareja poco después de la boda de Pieck con ese bastardo —respondió Zeke con la voz apagada.

—Entonces, ¿pronto será la despedida? —Colt dudó—. ¿O será que… aún nos veremos?

Quería aferrarse a la posibilidad de un tal vez.

Zeke, aunque tenía prisa, se tomó demasiado tiempo para responder, encendió un puro en ese absurdo intento de eliminar el aroma de Colt de su organismo, pero era imposible, sus venas aún ardían de pasión y el sabor de su esencia seguía derramado en su garganta.

—Supongo que será cada vez menos —dijo al fin—. Debo irme.

Zeke abandonó la habitación odiando el silencio de sus voces y extrañando el latir incesante de sus corazones que pedían mayor cercanía. Siempre tuvo claras sus convicciones: casarse, tener hijos y ser la cabeza de la familia y, por más que le doliera, no permitiría que en su oscura noche amaneciera, las cosas eran así.

No debía enamorarse de un hombre.

 

Al regresar a la cruel realidad de su empobrecido hogar, escuchó a su madre y a su tía discutir. Los últimos días se basaban en gritos y reclamos, mientras su tío ignoraba los problemas encerrado en su habitación, tal cual lo hacía Pieck. En medio de todo el caos, él debía ser el único cuerdo en la familia.

No solo el dinero se había reducido, también la servidumbre. Todos en el pueblo sabían de sus problemas y por más que su tía quisiera ocultarlo, debió afrontar la realidad. Ahora, las dos mujeres trataban de llevar las exigencias de la casa.

Pero esa tarde, en específico, eran como dos pequeños perros gruñendo y lanzando mordiscos al aire, Zeke saludó a las mujeres, pero apenas lo escucharon. Los reclamos variaban de tema, solo atinó a sentarse en una silla que parecía estar disponible, Gertrude sostenía la escalera desde la que Mina limpiaba el candelabro, mientras su madre limpiaba con un trapo las figuras de porcelana que descansaban en la chimenea.

—¿Viste a Pieck en el pueblo? —inquirió Gertrude sin dignarse a mirar a Dina.

—No, querida tía.

—Esa niña tonta —resopló, y su voz vibró de furia contenida—. Le pedí explícitamente que visitara a su padre ¿Y qué hizo? Salió de casa, se llevó la carreta. Necesitaba a Daz y ahora Lord Walt está a punto de llegar.

—Debe estar en casa de los Arlert —mintió Zeke, intentando tranquilizarla pero en su cabeza, la imaginaba en algún callejón oscuro, con Porco.

—¿Podrías salir a buscarla, por favor? —Gertrude lo miró fijamente—. Está anocheciendo.

Zeke asintió sin entusiasmo y se levantó de la silla. Tomaría el caballo de su tío y regresaría lo antes posible, aunque sabía que era inútil, no tenía ni idea de dónde podía estar.

Caminó hacia la puerta principal y fue entonces cuando escuchó el crujir de unas ruedas sobre el empedrado.

Debía ser ella.

Al abrir la puerta, se encontró con Daz, que ayudaba a Pieck a descender de la carreta.

Zeke sintió un vuelco en el estómago.

Se veía peor que antes. Más pálida, más desorientada, como si no hubiera dormido en días.

—Señor, no sé qué le ocurre —balbuceó Daz con la voz quebrada.

Zeke apresuró el paso,no le gustaba nada la expresión de su prima.

—¿Pequeña Pieck?

Ella no respondió, tenía la mirada perdida, fija en algún punto que solo ella podía ver. Zeke, preocupado, le tomó la mano, luego la mejilla, estaba fría, demasiado fría para un clima cálido. No existía razón para que estuviera en ese estado.

—¿Estás bien? —preguntó, cuando al fin los ojos de ella se encontraron con los suyos.

Pieck abrió la boca, sus labios se movieron, pero no emitieron sonido alguno y entonces, simplemente, se desvaneció.

Fue tan repentino que ni Zeke ni Daz pudieron reaccionar a tiempo, apenas lograron sostenerla para evitar que se desplomara contra el suelo, Zeke la levantó sin dificultad, pesaba menos que una pluma, y la cargó entre sus brazos, era como una muñeca de trapo, inerte y liviana.

Daz, aterrado, salió corriendo hacia la casa mientras gritaba pidiendo ayuda. "Al menos había hecho algo útil" pensó Zeke.

Caminó lo más rápido que pudo, cuidando de no soltarla. Mina abrió la puerta de par en par al verlo llegar.

—Está sangrando —susurró la muchacha con los ojos desorbitados.

Zeke frunció el ceño, no entendía, miró el cuerpo de Pieck, no había nada, "histeria de empleada" pensó. "Estúpida". Le lanzó una mirada asesina.

Pero entonces Gertrude y Dina corrieron hacia ellos, Zeke no se había dado cuenta de que se había detenido hasta que su tía lo agarró del saco y casi lo empujó hacia el interior de la casa. Dina abrió las puertas de la sala y Zeke recostó a Pieck sobre el primer sofá que encontró.

Cuando soltó sus piernas, sintió algo húmedo en las palmas.

Bajó la mirada.

Un líquido rojizo se extendía sobre sus manos.

Era sangre. Poca, pero era sangre.

Mina tenía razón.

—¿Pero qué mierda? —exclamó Zeke, con la voz ronca.

Su corazón, que ya latía desbocado por el miedo, pareció estallar en mil pedazos, miles de martillos golpeaban su pecho desde dentro, sin saber qué hacer, alzó la vista hacia las mujeres.

Gertrude y Dina se miraron entre ellas, ojos abiertos, labios apretados en una línea perfecta.

Zeke notó algo entonces, algo que no esperaba en la expresión de las mujeres: vergüenza y alivio.

—Ayúdame a levantarla, Zeke —ordenó Gertrude—. Debemos llevarla a su habitación.

Zeke la miró incrédulo. ¿No iban a llamar a un médico?

—Es cosa de mujeres —intervino Dina con una calma que sonó forzada—. Te prometo que Pieck está bien.

A regañadientes, Zeke tomó a su prima en brazos y subió las escaleras, Dina se adelantó para abrir las puertas y él la dejó sobre la cama, con el cuidado que pondría al manipular algo muy frágil.

—Iré por agua caliente —anunció Mina y con los nervios a flor de piel salió de la habitación casi tropezándose.

Zeke observó el rostro pálido de Pieck, demasiado pálido. Sintió un nudo en el estómago.

"No es de las que hacen locuras", se dijo. "No, ella no es así."Pero algo pasaba. Había algo extraño en ella, algo que no terminaba de entender. Que Gertrude la obligara a casarse era terrible, sí, pero Pieck no era de las mujeres que se suicidan, ella era de las que matan por su libertad."¿Y si algo había ocurrido con ese tal Porco?", pensó, la conocía bien, era una romántica empedernida, capaz de entregarse por completo, si había estado saliendo con él a escondidas ¿y si algo había salido mal? ¿y si intentaron huir? "Pero él está en el norte", se recordó. "Podrían planear un escape" Zeke se inclinó sobre ella, apenas respirando, se veía tan desdichada"¿Qué es lo que te tiene tan triste, pequeña Pieck?", preguntó en silencio.


Las puertas se abrieron de golpe. August irrumpió en la habitación con una mano crispada sobre el pecho, justo donde el corazón le latía con violencia.

—¿Qué sucede? —acertó a preguntar con la voz rota.

Al principio, no comprendió la gravedad, pero entonces vio la mano ensangrentada de Zeke y a su hija, recostada, pálida, inconsciente.

Un dolor agudo se le clavó en la pierna derecha, como un puñal y trepó hasta el pecho en una fracción de segundo. August hundió las uñas en la tela de su traje, sobre el corazón, aferrándose a algo, a lo que fuera para no caer.

Levantó la vista hacia su esposa, Gertrude estaba demasiado tranquila.

—¿Pero qué…? —balbuceó.

—Tranquilo —lo interrumpió a secas—. Es cosa de mujeres.

Gertrude se giró hacia los demás.

—Salgan de la habitación. Tú —señaló a Zeke—, ve a limpiarte. Dina, ayúdame.


 

 

Un terrible dolor se expandía por la espalda baja de Pieck, era un eco que repercutía en todo su cuerpo que la hacía temblar de dolor, se retorció mientras apretaba su vientre contra sus manos en un intento por controlar lo que sentía por dentro.Un quejido se escapó mientras respiraba con dificultad cuando unas manos cálidas retiraron mechones de cabello de su frente sudorosa.

Abrió los ojos y sobre de ella estaba su tía quien con delicadeza ponía sobre su frente un paño húmedo. Intentó sentarse sobre su cama, pero su tía la tomó de los hombros y la volvió a recostar.

—No te muevas, querida —murmuró.

El aroma a galletas recién horneadas le revolvió el estómago, en otra situación hubiese preguntado si había preparado las que tenían mermelada de durazno, pero cada que su tía se movía se intensificaba, sus fosas nasales ardían, quería cubrirse el rostro, pero no quería parecer grosera con su tía.


—¿Qué sucedió?

—Te desmayaste, por fortuna Zeke estaba cerca —le sonrió con esa forma suya, tan cariñosa—. Te atrapó antes de que algo peor sucediera.

EL dolor regresaba, se concentraba en sus caderas, era peor cada vez.

—¿Te duele algo? —inquirió Dina observándola con atención.

La forma en que la miraba le parecía extraña, como si indagara en algo que parecía mayor, solo era su sangrado mensual, no era para tanto.

Sí, esta ocasión los síntomas empeoraron, pero no era ajena a un dolor similar, todas las mujeres en algún momento de su vida pasaron por algo parecido. La misma Annie tuvo un episodio terrible la primera vez que sangró, quería matar a cualquiera que se le atravesara, el té y un baño caliente fue lo único que logró relajarla. Ya era hora de que le pasara a ella.

—Tengo un terrible dolor —murmuró Pieck, llevándose una mano a la frente—. La cabeza. La espalda. Creo que tomaré otra de tus pastillas.

Pieck miró hacia abajo y se percató de que llevaba un camisón, miró a Dina quien apretó los labios en un gesto que parecía como si se disculpara.

—Sangraste mucho —dijo Dina, en voz baja—. Tuvimos que cambiarte

—Lo lamento —susurró Pieck, y la vergüenza le quemó las mejillas.

Se sintió como una niña pequeña que mojaba las sabanas después de una terrible pesadilla, el tema de por sí ya era algo que no se hablaba y en el pasado solía usarlo para asustar a los hombres, pero en verdad se sentía avergonzada.

—Descuida —dijo Dina acariciándole el rostro con ternura.

Pero el aroma a mantequilla y vainilla le revolvió el estómago. Las arcadas la obligaron a apartar la cara.

Afortunadamente su tía no prestó atención ya que tras la puerta de su habitación se escuchaba una riña, las voces cada vez se elevaban, las reconoció de inmediato, eran sus padres, la situación de por sí ya era extraña, su padre nunca discutía y ahora alzó la voz. Su tía salió de la habitación, se escucharon algunos murmullos, unos segundos de silencio y una puerta cerrarse con fuerza. Su tía regresó con el rostro lleno de arrugas de preocupación.

—¿Está todo bien?

—Tus padres discutieron, tu papá acaba de salir. Irá a casa de los Tybur por un préstamo —se veía claramente afectada—. No tienen dinero ni para pagarte un médico.

—No necesito un médico…

—Las cosas están peor, tu madre estuvo limpiando la casa —abrió los ojos confirmando que no era sarcasmo por muy extraño que sonara—. Escuché a tu padre decir que hipotecará la casa.

Se levantó de golpe cuando de nuevo el mareo regresó y cayó sentada sobre su colchón.

—Mi niña, espera —pasó su brazo por debajo de su brazo para que se mantuviera a pie— Debes descansar.

—Mi padre no debería estar pidiendo préstamos —su voz era firme como el odio que empezaba a sentir por sí misma—, menos por mi culpa, la casa es lo último que nos queda.

—Ya no puedes ir tras él además, no hay nada que puedas hacer, querida.

—¿Entonces debo quedarme de brazos cruzados?

—¿Qué podemos hacer? —la sentó sobre su cama—. Somos mujeres. Nos atenemos a nuestros maridos y nos aferramos a sus decisiones. Tu trabajo es casarte y asegurar una herencia para tus hijos.

De nuevo aquellas palabras, estaba empezando a fastidiarse.

—¿Cuál es el trato de mi madre con Walt?

Dina agacha la cabeza, no quería contarle a Pieck.

—Mi madre se lo cuenta todo, tía, dígamelo.

—Pagará las reparaciones de la hacienda, eliminará para siempre los impuestos que tu padre debería pagar, incluso los de Zeke cuando herede, a cambio de ti.

—Eso es lo que valgo para ella —sonrió con ironía— al menos lo suficiente para servirle a su amado Zeke.

—Lo que tu madre planea no es tan malo, créeme cuando te digo que es mejor tener un marido que pueda sostenerte a ti y a tu familia. Y que pases algo como yo.

Conocía muy bien la historia de su tía, su madre se la contó un centenar de veces como parte de una historia de terror de lo peor que podría pasarle a una mujer al aceptar a un hombre con menos monedas de las que se merece.

Grisha Yeager, un médico sencillo con un consultorio simple, enamorado de la hija de un duque. Los padres de su tía no aprobaban la unión, pero Dina amenazó que si no le permitían casarse con el hombre que amaba, se fugaría, una situación como aquella afectaría a toda la familia. Una vez se le comunicó a Grisha que no vería ni una sola moneda de dote o herencia, él se mantuvo firme, amaba a Dina.

Las exigencias de los bolsillos llegaron antes que las exigencias del amor, Dina lloraba por las noches y Grisha se descomponía por no poder siquiera comprar tela para vestidos. Intentó prestar sus servicios médicos en otro lugar, Hizuru era un país agradable en el cual podría probar suerte, lejos de los dedos de la realeza que lo señalaban. Pero la vida tiene sus propias formas de manejar los problemas, su barco naufragó y su tía a la edad de veinticuatro años, ya era una viuda que cargaba con un niño pequeño, sin prospecto ni hogar August fue el único pariente cercano que le brindó apoyo, además, Zeke era el único varón cerca de la línea Finger. Hasta cierto punto, las cosas mejoraron, pero podía ver en el rostro de su tía la incomodidad de no poder comprar lo que quería y esperar a que su madre desechara sus prendas para que ella pudiera usarlas, reducir su presencia a ser cocinera y aun así no recibir un pago.

Pero aun con aquello, su tía amó y fue amada, su historia de amor fue trágica, sí, pero esas extrañas veces cuando solía contar sobre su difunto esposo, un brillo natural resplandecía en el celeste de sus ojos, un amor que no veía en los ojos de su madre o de su padre, que a pesar de estar juntos y haber vivido dignamente, apenas se tocaban.

—¿Te arrepientes de haberte casado con Grisha?

Dina no supo qué contestar, no quería responder y mucho menos hurgar en sus sentimientos.

—Toma tu pastilla y descansa.


 

 

En la mente de Jean rondaba una pregunta que, a medida que el día de su partida se acercaba, era difícil sostenerla en silencio. Y esa mañana no era la excepción, Marianne servía el desayuno, preparó el delicioso omelet que tanto le gustaba, esa comida en verdad llenaba su espíritu de calidez.

—Marianne, si le pidiera trabajar para mí en Trost ¿aceptaría?

La mujer se sorprendió con la pregunta y carraspeó un poco la garganta mientras que su rostro se teñía de rosado mirando los ojos de Jean.

Connie, quien bebía de su café, lo miró por encima de la taza sin poder creer las palabras de su amigo, pero prefirió hacer que no había escuchado la pregunta ni cómo la taza que sostenía Marianne se le resbaló.

Una alegría inexplicable brotó de la mujer, quien sonrió sin poder creer lo que Jean le pedía.

—Su presencia me trae fortuna —añadió Jean— sería mi ama de llaves en Trost, o cocinera, lo que usted guste. Además, me gustaría llevarme aunque sea esa pintura de mi madre. Si usted me lo permite.

—Esta es su casa —fue lo único que se atrevió a decir—, y todo lo que hay en ella. No debe pedir permiso.

—Pero usted la salvó, aprecio mucho lo que hizo. Quisiera compensarla de alguna manera. ¿Tiene familia?

Los ojos castaños de Marianne perdieron la alegría que recientemente habían alcanzado, frunció los labios antes de poder responder.

—No.

—Me gustaría tenerla bajo mi protección, cerca de mí si es que no le incomoda, y llevar su calidez a mi hogar.

—Si así lo desea, iré donde usted guste.

Una adorable sonrisa se dibujó en el rostro de los dos, pidió a Marianne le escribiera a Hanz y preguntara si su esposa quisiera ser la nueva ama de llaves y que, una vez se sintiera cómoda para tomar su puesto y aprendida su labor, mandara una carta a Trost y Jean enviaría por ella.

El corazón de Marianne latía con fuerza, nunca imaginó que una propuesta como aquella fuese posible y aunque existían temores por volver a la hacienda después de haberla abandonado veintisiete años atrás, estar cerca de Jean era todo lo que quería.

Al terminar el desayuno y de haber preparado sus maletas para su regreso, los amigos acudieron a la oficina de Hannes, Connie ya había planeado la manera en que debían manejar la situación. La cantidad del robo era inmensa, a Jean realmente no le molestó en lo absoluto. Si hubiese tenido compasión de él, se hubiera terminado con su riqueza cuando apenas era un niño y quizá hubiese crecido en un orfanato, trabajado en el campo llevando una vida tranquila, pero ahora que era el nuevo señor del lugar y cientos de trabajadores dependían de él, ese dinero era importante para cada uno de ellos, les pertenecía.

Cuando llegaron al lugar, Hannes ya tenía puestas las llaves en la puerta para abrir su oficina, al verlos, se veía mitad nervioso, mitad confiado. Con palabras rimbombantes y teatralidad innecesaria, Hannes saludó a Jean, quien, bajo el consejo de Connie fingió que estaba despreocupado. Con ademanes exagerados, Hannes les abrió la puerta para entrar, asegurándoles que los libros sobre su escritorio eran de la situación financiera.

El par de amigos entró y, antes de que Hannes pudiera sentarse en su silla, Connie se adelantó y se ocupó de revisar los libros.

—Le presento a mi mejor amigo, el licenciado Connie Springer, mi contador de entera confianza.

—Un gusto, señor Springer. Puede que… —aclaró su garganta—, noté que… solo faltan algunos detalles, mínimos, pero están completos.

No esperaba que llevara a un contador, esperaba que Jean fuese quien revisara los libros. Su inexperiencia podría salvarlo, ahora estaba perdido. Kirstein le lanzó una mirada irónica a su amigo, quien esbozó una media sonrisa, lo único que quería verificar era si el hombre modificaría los libros. Las horas pasaron, Hannes echaba a cualquiera que buscara sus servicios, Jean deambulaba por la oficina e ignoraba cualquier pregunta del usurero. Hannes se ponía más nervioso conforme el tiempo pasaba, se acercaba a Connie para ayudarle y que todo fuese más sencillo, pero él, con voz firme, le pedía que se alejara.

Después de una larga espera que era más una tortura de Connie para con el anciano, al fin levantó la voz.

—Ciento sesenta mil cuatrocientos siete monedas de oro. El aproximado del ayuntamiento, Jean.

—¿Ayuntamiento? —balbuceó Hannes sin poder creer las palabras.

— Dígame, Hannes, ¿Cómo es que pagará todo?

Se paró tras de él, el hombre sacó un pañuelo de su pantalón y secó su frente sudorosa.

—Debe estar mal su amigo.

—No me haga perder la paciencia, vine hasta acá a arreglar cuentas, le di siete días y mi deuda debe liquidarse hoy.

Derrotado por la situación y viéndose expuesto, optó por el camino de la verdad, el calor del lugar lo hacía aflojar el cuello de su camisa, tomar el valor, ser honesto y afrontar las consecuencias.

—No tengo nada que darle, todo el dinero fue para la universidad de mis hijos, son siete, todos varones, todo lo hice por ellos, debe creerme.

Los pequeños ojos del hombre parecían honestos para Jean, no sabía si era su debilidad, pero se imaginó al hombre desesperado por darle educación a sus hijos, Connie lo vivió, supo cuánto habían sacrificado sus padres, incluso su amigo mismo, por pagar hasta el papel que usaba para sus notas. Connie puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, después, cuando notó esa mirada en Jean, arrugó la nariz y entrecerró los ojos, su bondadoso amigo ya lo había perdonado.

Con un suspiro largo, intentando aclarar su mente, Jean agachó la mirada y, entre los papeles sin orden de la mesa, vio un apellido que era especial para él y que se encontraba enterrado bajo su piel y huesos. Tomó la hoja y leyó con cuidado.

—¿Qué hace usted con las escrituras de los Finger?

—El señor Yeager me los dio como aval a cambio de un préstamo urgente, eran apenas unas cuantas monedas, pero su deuda anterior lo hacía necesario.

Tomó las escrituras en sus manos y la malicia escalaba poco a poco, su familia estaba en la ruina, lo único que les quedaba era su hogar y lo habían dejado en manos de alguien como Hannes por tan poco.

—Ese malnacido. —escupió molesto— Su familia está en la ruina y él regalando esto a un estafador.

—El señor Yeager no tenía opción.

—Así como usted tampoco la tendrá, me llevaré las escrituras como pago.

Entregó los papeles a Connie, quien no estaba de acuerdo con la situación, pero por el momento prefirió callar.

—No por favor —suplicó Hannes—. Prometí cuidarlas.

No contar con las escrituras lo ponía en riesgo no solo con Yeager, también con el señor y la señora Finger, temía que Zeke usara sus influencias para tomar venganza sobre él o su familia.

—Y usted tiene una deuda conmigo. Si cuenta con la cantidad o alguna propiedad que le asemeje, le entrego las escrituras.

Hannes se quedó en silencio, no contaba con alguna de las dos. El sudor recorría su cuerpo, no podía siquiera limpiarse, perderlo todo, dejar a su familia en la ruina o ver por los intereses de los Finger. Dio un paso hacia atrás y guardó silencio.

—A partir de hoy usted ya no llevará las cuentas de la familia Kirstein.

—Señor, por favor…

Caminó tras Jean, quien junto con Connie tomaban los libros en sus manos, preparándose para salir del lugar. Hannes suplicaba, pero ninguno de los dos respondió a sus peticiones. Al salir y subir a la carroza, Connie no pudo evitar preguntar a Jean.

—¿No crees que fuiste severo?

—Eso espero, así ese hombre dejará de engañar a los demás con réditos imposibles de pagar.

—¿Para qué quieres esa casa? ¿La reclamarás?

—No, solo quiero ver a Zeke escupiendo saliva enardecido cuando sepa que yo tengo sus escrituras. Acudirá a mí y se la entregaré quizá a cambio de algunas monedas o algún favor.

—Te encantan los problemas sin sentido.

Le dio una ligera patada desde su asiento, Jean sonrió, esa era la última humillación que le daría al presumido cara de mono y después lo olvidaría.


 

 

Aún con las estrellas brillando sobre cada miembro de la familia Finger-Yeager Gertrude irrumpió en la habitación de Pieck quien se sobresaltó al escuchar el golpe de las puertas al abrirse, su madre se acercó y retiró con brusquedad las sabanas que cubrían su cuerpo, se veía más que enfadada con ella, sus ojos eran dos océanos tormentosos. Su tía Dina entró y se dirigió hacia su closet.

—Levántate, holgazana.

Pieck le regresó la furia que ya no temería en contener, se dio la vuelta sobre su costado para darle la espalda a su madre quien daba órdenes a Dina sobre qué vestido y zapatos debería usar. Tomó una almohada y cubrió su oído como si con ello pudiera silenciar para siempre la rasposa voz de su madre.

—Walt no tardará en llegar, debes prepárate —añadió Gertrude arrebatando la almohada que presionaba contra su cabeza.

—Aún tengo dolor de cabeza —protesto Pieck sin levantarse de la cama.

—¿Qué esperabas si actuabas como mártir? Debes arreglar tus tonterías, tu padre ya sacrificó demasiado.

—Es una pena que tú no hayas sacrificado ni lo mínimo, madre.

—Levántate de la cama y obedece mocosa egoísta —tomó con furia el hombro de Pieck y la obligó a mirarla—. Y más te vale que trabajes y atrapes a Walt.

Las uñas se le enterraban en la piel, su agarre era firme y doloroso, Pieck la tomó del antebrazo con la misma fuerza, Gertrude se sorprendió, nunca se había enfrentado a ella, el miedo ya no bastaba.

—¿O qué madre? —desde la cama gruñó— ¿Me golpeará con su vara? Hágalo —la retó— y déjeme tranquila.

La mano de su madre se levantó, esperaba el golpe en la mejilla y aun así no se movería o escondería, ya no tenía siete años para que la asustara con algo como aquello.

—Gertrude.

Dina regañó a su prima quien se aproximó, no permitiría que golpeara a su sobrina.

—No lo volveré a repetir, arréglate y baja.

Soltó el hombro de su hija dejándole marcas sobre la piel, Pieck también la soltó. Caminó hacia la puerta cuando la voz de Pieck se levantó: —No lo haré, ya no tiene nada con que amenazarme.

Gertrude se quedó en medio de la habitación dándole la espalda, reflexionando por algunos segundos el odio que sentía por su hija que no tomaba su destino con seriedad, se le estaba escapando de las manos su rebeldía. Dio media vuelta y tomó las pastillas que estaban en la mesita junto su cama, miro a su prima quien respiró aliviada de que aquello no se hubiese vuelto una batalla.

Apenas su madre salió de la habitación, Pieck corrió hacia el baño, Dina recordó la conversación que tuvo con su prima mientras Pieck estaba inconsciente.



La piel de su sobrina estaba helada, la sangre brotaba de su entrepierna con algunos coágulos pegados a su ropa.

—Esto es extraño —el presentimiento que palpitaba en la mente de Dina la asustaba.

—Debe tener mi problema —tranquilizó a su prima—. Yo también solía tener sangrados de este tipo cuando era joven. Es lógico que se pondría así si no ha comido en días.

—Me recuerda más a aquellas veces antes de que Pieck naciera.

La intención de Dina no era pensar en voz alta, pero las palabras salieron antes de que pudiera censurarlas. Gertrude, quien limpiaba las piernas, se detuvo a analizar la situación, recordó todos aquellos bebés varones que perdió y los posteriores a su hija, la sangre, el dolor, el llanto. No existía día en que no recordara lo mucho que sufrió por no tener aquello que deseaba con intensidad, la responsabilidad de dejar un heredero al apellido Finger.

—No seas tonta, no es eso —continuó limpiando a su hija—. ¿O es que sabes algo? —la espina ya estaba enterrada, ahora dudaría de todos.

—Por supuesto que no.

Las palabras que brotaron eran sinceras, no había ni una pizca de duda en su mirada, pero no podía fiarse.

—Tú la consientes junto con August —continuó.

—Jamás la he visto con alguien —declaró Dina—. Zeke sabría y —reflexionó en el cariño que su hijo sentía por su tía— te lo hubiera contado —pero pensó que el amor que Zeke sentía por Pieck se le igualaba—. ¿Verdad?

Intentó pensar en la actitud de su hija, estaba con ella en bailes, comidas, reuniones. Nunca estaba sola. Hasta que recordó las salidas a la capilla donde tardaba horas, su faceta religiosa había durado años. Ella en verdad estudiaba todo sobre la diosa Ymir

y sus hijas, sus pláticas eran aburridas y tediosas. ¿Y sí sostuvo esa mentira al saber que era algo que le fastidiaba? Miró a su hija inconsciente, no era tan estúpida como para dejarse envolver por un hombre, pero con todo ese romanticismo de ser fiel a sus sentimientos, sería lo suficientemente estúpida como para priorizar el amor. Tendría que ser cuidadosa, estaba abierta a cualquier posibilidad y cualquier traición.

—Déjate ya de tontas teorías —evitó mirar a Dina y continuó con su trabajo.



Al salir del baño, Pieck regresó a su cama, solo quería descansar, el sueño estaba ganando la batalla. Dina la observó, se quedó de pie por unos segundos hasta que se fingió distraerse buscando aún algún vestido adecuado.

—Querida, antes de que nacieras e incluso después de ti, tu madre tuvo problemas para engendrar más hijos.

—Lo sé, estuve cuando la abuela le recriminaba a mi madre el no ser lo suficientemente mujer como para tener más hijos.

—Cuando las cosas se ponían feas, ella sangraba y se desmayaba, las contracciones en su espalda baja, aun estando recostada, eran su perdición. Además, no podía comer casi nada, todo lo regresaba, incluso el agua, sobre todo en las mañanas. Cada hijo no nacido fue una etapa difícil para tu madre.

Petrificada desde su lugar, Pieck escuchó atenta, tomó sus precauciones, bebió el té del que leyó, funcionó por meses, aunque en esa semana de retraso se asustó los síntomas que tenía le preocupaban. Su tía no era estúpida si se lo estaba comentando, era por algo. Optaría por el camino de la ignorancia, no creía que ella comentara alguna sospecha a su madre, pero si ella era capaz de notarlo, solo era cuestión de tiempo que su madre uniera los puntos. Necesitaba una carta y un médico, no dejaría pasar algo como aquello.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

—Deberías buscar algún médico —tomó un vestido castaño y lo dejó a los pies de la cama—. Los síntomas son graves para una jovencita soltera.

—Estoy bien, tía, no se preocupe.


 

 

Por primera vez Gertrude sentía que ya no tenía todo bajo su control, su esposo simplemente escapó de los problemas para dejárselos a otros, como siempre. Su hija podría haber hecho la mayor estupidez de su vida, temblaba solo de imaginar que ella…

Borró la imagen de su mente apretando los ojos con fuerza, no podía suceder de nuevo.

No.

Se detuvo tras la puerta de su sobrino, respiró hondo antes de entrar. Él era el único que hacía las cosas bien, el único en quien podía dejar las riendas de la familia.

Entró en silencio, se acercó a su cama, encendió una vela y con cariño lo tomó del hombro y lo movió con cuidado de no asustarlo.

—Zeke, querido, despierta.

En realidad él estaba medio despierto, escuchó un poco de la pelea de su tía con Pieck pero prefirió seguir recostado, no quería intervenir en sus problemas.

—¿Qué hora es? —preguntó aún somnoliento.

—Aún no amanece pero Walt no tarda en llegar, debes hacer una tarea que tu tío pidió —se sentó en la base de su colchón mientras Zeke buscaba los lentes en la mesita junto su cama—. Debes llevar las escrituras de la casa y llevarla al juez Arlert, lo más pronto posible,

—¿Qué? —Zeke tragó saliva con dificultad— ¿Por qué?

—Por que tu tío prefiere vender todo y dejarnos en la calle pero yo usaré ese dinero para la visita de Walt —acarició un rizo de su melena—. Y quizá haga una fiesta, necesito que la última de los Brogov se una a la familia, sus padres murieron recientemente y es acreedora de una herencia más que suficiente.

—¿Yelena?

La historia de ellos era larga, por años ella ha intentado llamar su atención de mil formas, ante los ojos de Zeke ella no era fea ni desagradable solamente que si entre las piernas le colgara un órgano diferente quizá se vería motivado.

—Si, su tío Ackerman está fuera del país, no rondara por ahí eligiendo por ella y debes deslumbrarla. Hoy mismo ve con Arlert y pide el favor.

—Tía —con los nervios recorriendo su cuerpo, pasó una mano por su cabello, era difícil decir la verdad, no esperaba necesitarían del patrimonio—, no podre hacerlo.

Gertrude sonrió confiada en la belleza de su sobrino.

—Yelena no es tan fea —odiaba ese ridículo corte de cabello que la hacía parecer un hombre—. Ademas su dinero compensará el desagrado.

Sonrió pero había algo en los ojos de su sobrino que le inquietaba.

Era parecido al miedo.

No creía que él fuese como Pieck aferrado al amor, sabía que era tan ambicioso como ella. Desde que Dina y él llegaron a vivir encontró en Zeke ese primer bebé que le fue arrebatado, rubio, ojos azules. Él debió ser su hijo.

—No podre darle al juez las escrituras —se sinceró— por que las tiene Hannes.

Silencio. Gertrude parpadeó mientras su sonrisa se borraba.

—No es momento para bromas Ezequiel.

El nombre completo dse sintió extraño en su lengua, un hueco en su pecho crecía a cada segundo en que el rostro de su sobrino mostraba arrugas de disculpas, no había señales de una mala broma

Con el ceño arrugado miró a su sobrino, él evitaba mirarla, se veía nervioso, intentando encontrar las palabras correctas. "¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho?" se preguntó una y otra vez.

—Jugué cartas y debía una fuerte cantidad… —su voz tembló en medio de la mentira—. Hannes las tiene como aval, lo siento tía.

—¿Pero que demonios les pasa a los dos? —furiosa se levantó de la cama, su voz estalló en medio de la habitación — ¿Es acaso un concurso en el que buscan saber quien es más idiota? ¿Cómo se te ocurrió dar las escrituras?

—Juntare el dinero —balbuceó Zeke—. N-no es tanto.

—¿Sabes el valor de esta casa?Necesito ese dinero más que nunca, ahora y tú…

No terminó la frase. Respiró hondo. No podía enfadarse con él. No del todo.

Zeke calló.

Gertrude cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, la furia se había apagado, convertida en algo peor, estaba cansada de ser ella quien dirigiera a cada miembro de su familia para no perder lo que alguna vez le costó obtener.

—Arreglate —indicó mientras ideaba un plan—, recibiremos a Walt y después iremos con Hannes.

 

Notes:

Muchas gracias por su apoyo y por leerme.

Notes:

- Espero que hayan disfrutado del capítulo tanto como yo disfruté escribiéndola.
-Procuraré actualizar en inicios de cada mes.
-Muchas gracias por leer <3