Actions

Work Header

AROS, HILOS Y OTROS PLACEBOS

Summary:

La Infección es una enfermedad mental causada por un dios enojado que está muriendo por falta de fieles y Fe.
Entonces, ¿qué sucede cuando la gente comienzan a creen que un simple objeto puede salvaguardar sus mentes?
Después de todo, ¿qué es un dios para un no creyente?

Una humana asustada que no sabe cómo acabó en Hallownest les cuenta una mentira piadosa a unos niños para ayudarles con sus miedos irracionales. Ésta mentira pronto se sale de control.

Notes:

Chapter 1: Tiempos simples

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Cargar con agua era difícil.

Claro que lo era. Se trataba de un líquido pesado que se balanceaba y se movía a cada paso. Tenías que estar bien recto y asegurarte de que tus pasos fueran lo más pausados posible. Porque si comenzabas a inclinarte aunque fuera solo un poco, luego tenías que hacer uso de todos tus músculos centrales para volver a erguirte.

Y todo eso, sin contar con los moratones que se te formaban por el palo que tenías que llevar en los hombros. La madera no era un material amable con la piel, pero era mejor que cargar al límite las articulaciones de los hombros y los codos.

Cargar con agua era difícil, y hacerlo con la capa y la máscara que llevaba puesta Mary no lo hacía más fácil.

«Pero mejor estar incómoda que lidiar con las multitudes», pensó ella mientras observaba de reojo a los bichos que pasaban a su lado a través de las rendijas de la máscara.

Mary mantuvo la mirada en el suelo mientras avanzaba, sorteando a los viajeros que recorrían los caminos sin siquiera devolverles sus saludos amistosos. A ellos no les importó que no les respondiera. Sabían lo difícil que era cargar con agua.

Mary se había convertido en una visión regular para estos bichos, yendo y viniendo de forma constante desde las aguas termales. Ella era quien traía agua a las granjas del pueblo desde que la tubería que transportaba agua desde el Lago Azul se había roto.

Los gruzzers, criaturas gordas y voladoras que sabían a gambas, requerían más agua que un bicho normal. Antes se les había satisfecho con el simple giro de un grifo, pero desde el accidente (cuyos detalles Mary desconocía), la tubería no había podido ni usarse ni arreglarse. Algunos granjeros habían comenzado a traer agua desde las aguas termales más cercanas hasta sus tierras, pero no solo era una tarea difícil, sino que también liberaba mano de obra para otras tareas más urgentes en la granja.

Fue por pura suerte cuando Mary estaba en las aguas termales, bebiendo todo lo que podía, cuando los bichos llegaron con sus cubos. Sus ruidosas quejas habían llamado su atención. Su oferta, a medias, de una comida a cambio de ayuda había sido todo el incentivo que la hambrienta chica había necesitado para echarles una mano.

Eso había pasado hace unas semanas y ahora se la podía ver con regularidad tanto en el pueblo como en los caminos.

Mientras Mary cargaba con los cubos de agua, hizo un giro brusco y salió de las estrechas calles hacia una habitación abierta en el sistema de cuevas. Linternas en postes llenos de lumélulas decoraban el camino cada diez pasos o así, generando suficiente luz como para ver y dando la impresión de estar amaneciendo o atardeciendo, iluminando los alrededores que de otro modo se verían grises.

Mary se dirigió hacia la calle principal, los insectos esquivándola a su paso mientras continuaban con sus asuntos. A los lados de la calle, había varios puestos que vendían comida y accesorios. La ciudad era demasiado pequeña como para tener un edificio dedicado a las compras, siendo el coste de la edificación demasiado caro, es por eso que todo estaba dispuesto en alfombras bordadas en el suelo o en mesillas. Era raro pensar que la madera era un bien escaso y muy valorado. Raro que, desde su perspectiva, un pueblo tan pequeño como este tuviera más objetos hechos de piedra y metal que de madera.

Pero tenía sentido, estando bajo tierra y siendo estos los materiales más accesibles.

Mientras Mary cruzaba la granja de gruzzers, otro granjero le saludó desde donde se encontraba, cargando con su propio cubo de plantas para alimentar al ganado.

Los ojos de Mary se percataron del brillo de su caparazón, producido por su movimiento, incluso cuando ya había pasado de largo. Era ese brillo el que nunca fallaba en hacerla recordar que se encontraba en medio de criaturas que no eran de su misma especie. Aquí era común que los bichos puliesen su caparazón exterior hasta que produjera brillo; María suponía que esa era su versión de limpiarse o maquillarse.

Pero ella nunca se había dado cuenta de… lo mate que era como mamífero hasta que se vio rodeada de criaturas que reflejaban demasiada luz. Los pueblerinos raras veces vestían más que una capa abierta o un pañuelo para proteger sus antenas de los gruz recién nacidos, por lo que Mary solía verse rodeada de luz reflectante a pesar de las oscuras cavernas en las que se encontraba.

Ello siempre hacía que Mary se preocupase por si estaba siendo demasiado obvia con su figura encapuchada y su máscara. Había visto otros bichos enmascarados y a algunos de ellos que llevaban casi tanta tela como ella, pero no eran la norma. Por no decir que dichas criaturas solían tener una figura mucho más exótica que la de los bichos comunes que se arrastraban por los caminos.

Sin embargo, hasta ahora nadie había mencionado su hábito de llevar capucha y máscara a todas horas.

Los pueblerinos eran muy amigables a pesar de que no conocían su nombre, ni de dónde venía o cómo se veía por debajo de la gruesa tela. Tal y como Mary quería. No sabía cómo reaccionarían los amables pueblerinos si vieran su aspecto, pero si su reacción se asemejaba a la del primer bicho con el que tuvo contacto, prefería evitar una repetición.

Mary fue sacada de sus amargas memorias cuando una pupa salió corriendo hacia ella, antes de derrapar y detenerse a escasos metros de sus piernas cubiertas. Todos los habitantes sabían que no le gustaba ser tocada y que hacía todo lo posible por evitar cualquier contacto físico. Por el momento todo el mundo se había acostumbrado, probablemente pensando que se trataba de alguna condición relacionada con su especie.

—¡Señora, señora! ¿Ya ha terminado? ¡Venga a contarnos una historia! —exclamó el niño mientras botaba, sus antenas sacudiéndose de la anticipación mientras la miraba con ilusión.

Se trataba de uno de los muchos niños del granjero. Mary había estado aterrorizada cuando llegó por primera vez, rehusando cualquier tipo de contacto y tartamudeando cualquier excusa para mantener el contacto con esas criaturas tan corto e infrecuentemente posible. Pero a medida que pasaban los días y seguía durmiendo sin ser molestada en un pequeño establo situado en las lindes del pueblo, se había relajado y se había soltado.

Comenzó a hablar con otros granjeros, a quedarse cuando se compartían rumores y, en los días en que ayudaba con los gruzzers, a participar en las conversaciones para aliviar el aburrimiento del monótono trabajo.

Aún recordaba el día en que había compartido una versión modificada del cuento “La vida de un insecto” con otros trabajadores. Había logrado entretenerles, pero no fue hasta que se dio la vuelta que María vio a la multitud de niños que se dio cuenta de lo mucho que habían disfrutado de su relato. A partir de ese momento, los niños de la aldea se habían pegado a ella en cuanto descubrieron la fuente interminable de historias que era. El resultado de tener la memoria llena de historias de Disney que podían modificarse fácilmente para entretener a las pupas que vivían en el pueblo. Desde entonces, los niños no habían dejado de acosarla cada día para que compartiese sus historias, y ella había estado más que contenta de obedecerlos.

—Aún necesito depositar el agua en el canal, pero dame un momento. Reúne al resto y enseguida voy.

La pequeña pupa dio un gritito de alegría mientras corría en busca de sus hermanos y amigos para escuchar otro cuento. Todos los adultos de alrededor se rieron al ver la interacción. Uno de ellos, un insecto con un caparazón más redondo que los demás, le dijo a Mary:

—¿Aún no se te han acabado las historias, Cuentacuentos? Llevas entreteniendo a las crías desde que llegaste. ¿Alguna vez se te agotarán las historias?

Sus palabras causaron que el resto de los bichos estallaran en carcajadas, y ella se rió con ellos sin detenerse en su marcha. Aún no se sentía muy cómoda al hablar con los adultos de la aldea.

Sabía que cometía errores al hablar, que utilizaba un lenguaje vernáculo y palabras que, para los insectos, no tenían ningún sentido. La única vez que había usado la palabra “piel” fue recibida con confusión y preguntas difíciles de responder, a pesar de que después logró arreglárselas para hacerla pasar por una palabra procedente de su tierra natal.

Los niños eran más simples. Si se trababa y usaba una palabra que ellos no entendían, simplemente lo aceptaban como una palabra que aún no habían aprendido. Y al hablar con ellos, María podía pensar mejor en lo que decía, aunque estaba segura de que siempre habría cosas con las que tropezaría, metafóricamente hablando.

Mientras terminaba de verter agua en los bebederos para los gruz, se preguntó si tal vez podría modificar lo suficiente La Bella Durmiente para que los niños comprendieran la historia, o si sería demasiado difícil adaptar la historia para los bichos.


—…Y vivieron felices para siempre. Fin.

Las crías estaban todas alborotadas después de escuchar la historia. Todos se volvieron hacia un amigo o hermano favorito para comentar el cuento, con múltiples antenas agitándose de emoción. La historia tenía todo lo que a un niño pequeño le podría gustar: hermosas princesas, caballeros elegantes, magia y peleas con espadas. ¿Y qué si seguía teniendo dificultades para recordar usar las palabras «aguijón» o «Alma» cuando el héroe se enfrentó al monstruo? ¿Y qué si tuvo que centrarse en describir el brillo prístino de un caparazón en lugar de un apuesto rostro? ¿O si la princesa tenía alas brillantes en vez de una larga melena rubia? Mientras los niños estuvieran contentos.

—¡Algún día iré en una aventura como esa!

—¡Y yo quiero luchar con un aguijón y salvar a una princesa!

—¿No le dio miedo tener que dormir tanto tiempo? ¿No tenía miedo de los sueños?

El anterior bullicio se acalló ante las palabras del niño, una pupa gris claro que, con nerviosismo, estaba retorciendo una planta en sus manos, sumiendo al grupo en un estado de ánimo sombrío.

Mary frunció el ceño detrás de su máscara. Seguía sin entender qué tenían los aldeanos en contra de dormir y de los sueños. Había observado cómo intentaban quedarse despiertos hasta tan tarde como podían, y cómo, de cuando en cuando, susurraban entre ellos sobre cómo el bicho de turno había sido infectado con “El Sueño”.

Al principio, Mary había supuesto que se trataba de una superstición o, tal vez, de un eufemismo para referirse a otra cosa, con el fin de suavizar la conversación delante de los niños. Pero estaba claro que solo habían logrado que todos los niños tuvieran miedo de dormir por la noche y sufrieran pesadillas. Incluso ahora podía ver los signos típicos del agotamiento en las pobres criaturas; la mayoría tenía los ojos entrecerrados y sus antenas caídas.

Quizás algunos viejos trucos de cuando fue niñera en su adolescencia podrían ayudarla aquí. Pero estos niños no tenían miedo de los monstruos en sus armarios, sino de sus sueños. No podía simplemente coger un bote de espray, poner un poco de mentol y agua dentro y decirles que era un espray anti-monstruos.

Sin embargo, al escudriñar al niño y la planta flexible que sujetaba en sus manos, una cosa resistente que crecía en abundancia en las grietas del suelo de las cuevas, se le ocurrió una idea.

—Dime, ¿qué tal si te hago un atrapasueños?

Sus palabras cortaron el aire sombrío. Una vez más, la atención de los niños se dirigió hacia ella.

—¿Un qué?

Mary alargó la mano, cubierta con la tela de su capa, para quitarle la planta de los dedos. Luego comenzó a doblarla en un círculo, enrollando la larga planta una y otra vez para mantenerla en su sitio.

—Un atrapasueños. Es un objeto mágico especial para atrapar los malos sueños y las pesadillas mientras duermes. Y pueden fabricarse con cualquier cosa.

Todas las pupas se agruparon en torno a ella mientras la veían enrollar la planta. Ella terminó su círculo atando un nudo y se alegró al ver que no se había deshecho. Acto seguido se puso a buscar un hilo suelto en el dobladillo de su capa. No fue difícil encontrar uno, ya que la capa estaba bastante andrajosa, y tirando de ella con cuidado, entorpecida por tener que cubrirse las manos con la misma, logró entrecruzar el hilo con el aro hecho de planta.

—Los sueños son cosas que vuelan y pueden enredarse fácilmente en redes y telarañas. Si cuelgas una encima de donde duermes, los sueños quedarán atrapados en el hilo. Como los sueños no pueden existir más que dentro de vuestras cabezas, si os despertáis antes de que hayan entrado, tendrán que regresar por donde han venido.

Dicho esto, Mary ató el último nudo y observó su aro. No se parecía ni de lejos a los atrapasueños de sus recuerdos, pero tampoco tenían por qué. Lentamente y con gentileza, le entregó su feo aro a la niña que había hecho la pregunta sobre los sueños.

La pequeña lo cogió reverentemente, mirando a la creación que acababa de recibir como si esta fuese la respuesta a todas las noches en vela que había sufrido. Pero, como era habitual con los niños, pronto más preguntas surgieron.

—¿Cómo uso la magia? No sé nada de magia, soy demasiado pequeña.

—No te preocupes, la magia del atrapasueños viene de la intención que hay en su creación. Se hace con afecto y se entrega por preocupación. ¡Tan solo tienes que nombrarlo! Si le das un nombre, aprenderá que es tuyo y no el de nadie más. No funcionará si es robado o vendido, o si lo has creado tú mismo. Solo puedes recibirlo o regalarlo porque lo que le da poder son las emociones tanto de quien lo regala como del que lo recibe.

Hubo un momento de completo silencio mientras los niños observaban asombrados el aro, y de pronto, Mary se vio rodeada de niños rogando recibir un aro para cada uno. Tan solo los buenos modales de las pupas evitaron que se sintiera agobiada mientras comenzó a coger más plantas, riéndose, y animar a los niños a que aprendieran a hacer los atrapasueños por sí mismos.

Seguramente este pequeño truco les ayudaría a no sufrir pesadillas, al fin y al cabo, era más cuestión de fe que no del objeto.


Mary regresó a su casa, con las manos adoloridas y acalambradas después de hacer una docena de atrapasueños para los niños.

Mary vivía en una pequeña cabaña de aspecto redondo en las afueras del pueblo, en forma de un gran huevo de piedra. Tenía una puerta baja por la que tenía que agacharse un poco para entrar y una única ventana pequeña.

Era una vivienda demasiado pequeña para más de un ocupante y había sido vaciada hace unos años cuando el soltero que vivía allí se había casado. Se la habían ofrecido para pasar la noche después de su primer trabajo transportando agua. Estaba evidentemente agotada y llena de comida, a punto de sentarse junto a la pared y desmayarse. Aún recordaba cómo pasó su primera noche, paranoica, perdida. Había acabado durmiéndose con su capa y máscara puestas, dándole la espalda a la puerta y a la ventana.

Antes, la cabaña no tenía más que una plataforma de madera para dormir. Pero ahora, con ella habiéndola adoptado como su residencia permanente durante los últimos meses, su hábito de coleccionar cosas la había llenado de un montón de basura. Bonitas piedras, palos del tamaño perfecto, todo tipo de cuerda que pudo encontrar y toda la tela que pudo conseguir.

También tenía cortinas frente a su ventana y mucha más tela colgando de las paredes para ayudar a aislar su pequeña habitación.

Las cuevas eran frías y, aunque no lo suficiente como para congelar, no eran muy cómodas al tacto, a menos que estuviera envuelta en su capa; necesitaba quitársela para al menos limpiarla.

Había logrado crear una especie de ropa interior rudimentaria, a pesar de no saber nada de costura. Y tampoco había agujas que encontrar que no fueran algún tipo de arma.

Para su pecho, simplemente se había acostumbrado a enrollar una amplia tela en el cuello y atarla por debajo de los senos. Todo con tal de evitar que se sacudieran al moverse. Tenía demasiado como para no causarle dolor.

Mientras que su ropa interior no consistía en nada más que un taparrabos sujeto con un cinturón de tela trenzado alrededor de su cintura, para evitar que se escurriera. Cada vez tenía que apretarlo más y más fuerte, ya que su trabajo la hacía perder peso rápidamente, y eso sin contar el hecho de que hasta ahora, solo se había alimentado de gruz. Estaba harta de su sabor a gambas y dispuesta a matar por unas verduras. Hasta su copa había bajado de talla, saliéndose del cabestrillo mientras caminaba, lo que hacía que el camino de vuelta se volviese aún más incómodo.

Colgó su capa y su máscara en los ganchos que colgaban del techo y se lanzó a tumbarse en su nido desordenado de telas que le servía de cama. Se quedó mirando el techo durante un rato antes de soltar un suspiro.

Las noches eran lo peor. No quería abandonar su hogar y explorar las cavernas cuando estas estaban aún más vacías. Era igual que en la superficie, peligroso salir sola por la noche, aun más cuando no tenías un arma a mano. Pero tampoco es como si tuviera nada que hacer a estas horas. Aún estaba acostumbrada a quedarse despierta por la noche leyendo o jugando juegos o… ¡Cualquier otra cosa que no fuera caerse dormida al instante!

—Haaa, y por supuesto, es la falta de entretenimiento lo que ha colmado el vaso. He conseguido adaptarme a los extraños retretes; a bañarme con los cubos que arrastro a mi cuarto y a ir por ahí con una capa enorme, y sintiéndome que estoy a punto de enseñarle a alguien mis partes privadas; pero es el aburrimiento lo que más me afecta —Mary se lamentó, apretando y restregándose las palmas de sus manos contra sus ojos. Necesitaba dormir. Aquí no había alarmas y cuanto más rápido se acostumbrase a madrugar, más pronto se acostumbraría a dormirse. ¡Pero era tan difícil!

—… Hace mucho tiempo, en un reino lejano… —murmuró, tumbada boca arriba, decidiendo practicar una nueva historia para contar a los niños mañana.

—Había un reino hecho de túneles y cuevas. Donde bichos caminaban a dos patas y se hablaban entre sí. Eran intimidantes pero también amables. Tenían miedo de los sueños y les encantaba escuchar historias. Un día, un bicho que no era realmente un bicho entró perdido y confuso…

Sus ojos se cerraron y su respiración se estabilizó. El sueño se apoderó del mamífero perdido en este nido de insectos.

Esa noche no soñó con nada.

Notes:

Esto es una traducción, link del original en la descripción.