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Español
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Published:
2023-01-13
Updated:
2023-01-13
Words:
7,906
Chapters:
2/?
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11

ATDTO

Chapter 1: Memorias

Chapter Text

Todavía recuerdo cuando se nos descompuso el coche en medio de la carretera.

Habían pasado casi tres horas desde el atardecer, y la maleza en los bordes de la carretera nos susurraba palabras de aliento a los oídos.

A papá no le gustaban los grillos, decía que hacían demasiado ruido. Los seres humanos eran menos escandalosos cuando cortejaban. Unas buenas tetas venían siempre acompañadas de una boca bien sellada con labial de colores intensos.

La verdad, me gustaba más cómo se veía mamá con labiales discretos. Aquellos que te hacían dudar si realmente se había puesto uno ese día o sólo era producto de tu imaginación, intentando convencerte de que su color natural no era tan interesante.

El auto traqueteó y disminuyó la velocidad hasta que se detuvo.

Papá salió del auto con las manos hechas puño.

—¡Cachivache de mierda! —gritó mirando al auto después de darle una patada— Una tragaperras traga menos monedas que tú.

Tuve miedo de bajarme del auto y ayudarlo, pero aun así lo hice. Papá siempre tenía una caja de herramientas en el maletero.

—¿Qué estás haciendo, animal? —me preguntó y frunció el ceño con tanta fuerza que la oscuridad se comió lo último de sus ojos.

Reprimí una mueca.

—Buscar las herramientas —el cofre del auto estaba soltando demasiado humo.

—No —respondió papá—, ayúdame a empujar.

Nunca me gustaron los deportes, pero papá me obligaba a participar en ellos.

Cuando tenía ocho años me metió a fútbol americano, y lloré la primera vez que me pegaron con una pelota.

Papá se enojó tanto conmigo que me hizo bajarme los pantalones detrás de las gradas para ver si había tenido un hijo.

Llorar era para niñas caprichosas y berrinchudas, no para varones como yo.

Me gritó mucho ese día.

La carretera parecía abandonada. No había luz o autos que pasaran, así que empujar el auto se sintió como empujar contra una pared con los ojos cerrados. La luna había decidido tomarse un descanso esa noche, y sólo las estrellas iluminaban vagamente las siluetas del mundo.

El escape tosió y el motor se quejó. Los engranajes gruñeron.

Papá lo intentó muchas veces mientras yo lo empujaba, pero el auto nunca encendió.

—¡Chatarra estúpida! —papá gritó y estampó ambos puños contra el tablero.

Abrió la puerta del auto y dejé de empujar; de todas formas ya me había cansado. Podía sentir el sudor corriéndome por la espalda y empapándome el cuello de la camisa.

Papá golpeó el auto y lo pateó. Soltaba insultos o gruñidos primitivos. Me recordó a una bestia encerrada en una jaula demasiado pequeña para ella; incluso caminaba alrededor del auto como si golpearlo en diferentes lados fuera a cambiar algo.

Yo me limité a verlo desde atrás del auto, recuperando el aliento.

Cuando terminó, inhaló profundo y se peinó hacia atrás con la mano. Probablemente sólo se embarró el sudor en el cabello. Todo se sentía húmedo y sofocante por estas fechas.

—¿Qué ves, idiota? —me gruñó. A pesar de la oscuridad, sabía que tenía el ceño fruncido.

—Nada —le respondí—. ¿Qué hacemos?

—Esperar.

Se metió la mano al bolsillo trasero y sacó su encendedor de metal y un paquete de cigarros. Se encajó un cigarrillo en la boca y lo prendió detrás de su mano.

—Mamá estará preocupada en casa.

—Mm —gruñó.

La llama del encendedor coloreó el rostro de papá por unos segundos. Cuando cerró el encendedor sólo se veía un punto brillante en medio de su silueta.

Le dio una larga calada al cigarro y exhaló por la nariz con alivio. A veces parecía que en realidad no respiraba hasta que fumaba; que aguantaba la respiración todo el día y el humo del cigarro era salir del agua y tomar una bocanada de aire fresco.

Se recargó contra el coche y le dio otra calada al cigarro. Su silueta se fundió con la del vehículo.

Nos quedamos en silencio.

Recuerdo haber observado el cigarrillo de papá. La manera en la que la chispa se avivaba cada vez que él le daba una calada. La ceniza que quedaba suspendida en la colilla pese a ser lo suficiente liviana para que una brisa la soplara.

Papá decía que se requería un hombre con verdadera habilidad para fumar un cigarro sin tirar una sola ceniza. Sólo una vez lo vi perder la ceniza del cigarro, y eso no salió bien.

Esperamos mientras se terminaba su cigarrillo. Le gustaba disfrutar el momento.

El humo subió, majestuoso, al cielo. Bailaba y se enroscaba en sí mismo, siguiendo el ritmo de una canción que sólo este podía escuchar. A veces se expandía, giraba, o se inclinaba. Lamía el ambiente en búsqueda de su primo el viento.

Pero hoy era una de esas sofocantes noches de finales de primavera que marcaban el inicio del verano.

Papá exhaló una bocanada de humo y tiró el cigarrillo al suelo con los dedos; siempre lo sostenía con el pulgar y el índice, cualquier otra postura era demasiado afeminada. Restregó su zapato en el cigarro, y aquel punto brillante en medio de la oscuridad, desapareció.

—Vamos, lo intentaremos de nuevo —me dijo.

—¿No lo vamos a revisar? —le pregunté.

—Está muy oscuro.

—Tal vez deberíamos meter una linterna a la caja de herramientas.

No la vi, pero sentí su mirada de desdén cuando dije eso.

—No seas estúpido —y sin una palabra más, se subió al auto.

Suspiré cuando se metió al coche y volví a empujar. Agradecí mucho que la carretera fuera recta y plana cuando nos quedamos varados.

Dormir en el auto y esperar hasta el día siguiente cuando alguien podría pasar y ayudarnos no era una opción para papá. El mayor orgullo de un hombre era poder hacer funcionar su vehículo.

Algo me decía que no sólo hablaba del auto.

El auto volvió a gruñir y toser por el esfuerzo. Pude comprender a la máquina mientras empujaba.

Papá lo intentó dos veces más y en la segunda el motor ronroneó con la voz rasposa.

—¡Sí! —escuché a papá alejarse. Me detuve para respirar un momento— ¿Eres tonto? Súbete.

Me subí al auto con la respiración pesada y me abroché el cinturón; papá no se lo ponía, decía que lo ahorcaba.

Apenas me subí, papá pisó el acelerador a fondo. El aire, antes inerte, corrió por las ventanas del auto y entre mis oídos. El sudor me hizo sentir más fresco cuando me sopló el viento.

Papá puso un disco de rock y ninguno de los dos habló. Ocasionalmente, papá tamborileaba el volante al ritmo de la canción.

Cuando llegamos a casa mamá nos recibió con la bata de dormir puesta y unas pantuflas rojas. Tenía los ojos rojos y brillantes.

Papá me mandó a dormir apenas llegamos. Mamá me despidió con un beso en la frente y un abrazo.

—Hay guisado en la estufa —mamá había dicho.

—No, ya es tarde —respondió papá.

No me había dado cuenta de que ya eran las dos de la madrugada hasta que miré el reloj de la pared de la casa.

Me puse la pijama y me acosté en la cama sin cenar. Mi estómago no me reclamó.

Miré el techo de mi habitación en silencio.

Cuando era más pequeño, mamá me había pegado estrellitas de plástico que brillaban en la oscuridad. Mamá las había puesto de tal forma que cuando entrabas a la habitación creaban una vereda hasta la cama.

Me gustaba verlas hasta quedarme dormido.

Apenas cumplí los doce años papá las quitó de mi cuarto. Decía que ya estaba demasiado grande para esas tonterías. Ni siquiera se molestó en pintar de nuevo las marcas donde habían estado pegadas.

Ese día miré el techo a oscuras.

Mamá y papá empezaron a discutir en la sala y me sacaron de mis pensamientos.

—¡¿Qué más quieres de mí, mujer?!

Los detalles de su discusión son borrosos. Sólo recuerdo haber escuchado a mamá llorar antes de caer dormido.

 




Cuando papá se enteró de que yo era homosexual se hizo un carnaval de gritos en mi casa.

No le dije, pero el chico que me gustaba en mi primera escuela me había acompañado hasta la casa y me robó un beso antes de irse. Esa fue la primera vez que sentí las mariposas en el estómago que tantos me habían descrito con tanta insistencia.

No pude evitar sonreír.

Era una sensación que superaba haber tomado diez bebidas energéticas el mismo día. Eran nubes y ropa cálida en una tormenta de invierno.

Enredaderas creciendo bajo el amor de tu corazón, enroscándose en él, y acariciándote con sus suaves tallos. Eran mariposas aprovechando el jardín en tu alma para revolotear libremente.

Papá nos vio.

Me recibió con un golpe en la cara apenas abrí la puerta de la casa.

Me doblé por el dolor.

—¡Yo no tendré un hijo maricón!

Mamá dijo algo que no alcancé a escuchar. La nariz me sangró y sentí una fuerte presión en la cabeza.

—¡Tú no te metas, mujer! —la voz de papá era lo suficientemente fuerte para penetrar en mis oídos.

Me sostuve la nariz y sentí los ojos llorosos.

—¿Qué?, ¿vas a llorar, marica? Una hija hubiera sido menos ridícula que tú, animal.

La sangre chorreó y tapó mi nariz, así que comencé a respirar por la boca. Me sentí al borde del pánico por el dolor.

Tenía las manos rojas.

—¡Mírame, idiota! —papá aventó mis manos y me jaló del uniforme; ya no era blanco— ¡Di algo!

Me puse a llorar.

—Tú —dijo papá en un tono que sólo puedo describir como peligroso—, no mereces tener testículos. Debería comprarte vestidos si no te gustaran.

Intenté no sorber mi nariz que, entre el moco y la sangre, estaba congestionada. Las lágrimas me nublaban la vista, pero podía sentir el desprecio en los ojos de papá. La decepción e ira en sus palabras.

—Perdón —dije entre blanco y rojo—. Lo siento.

—¡No te disculpes, maricón! —rugió papá, y me tapó la boca. No me dejaba respirar— Ya fracasaste lo suficiente como hombre.

Papá me empujó al piso y me escupió en la ropa. Di varias bocanadas de aire, luchando por oxígeno.

—No vuelvas a hablar con él, ¿me entendiste?

«Sí», quise decir, pero las palabras no salieron de mi boca. Seguí llorando en el suelo.

—¡¿Me entendiste?!

—Sí —respondí—. Sí…

—Cámbiate, te ves terrible.

Y se fue. Salió de casa y prendió un cigarro en el jardín.

Mamá corrió hacia mí para abrazarme. Me acarició con consuelo y lloré aún más entre sus brazos.

Más tarde me ayudó a limpiarme. Papá me había roto la nariz.

Dejé de hablarle a mi compañero de clase.

No se volvió a hablar del tema por un tiempo.

 




Torreón de Acantilado era un edificio ostentoso, de aquellos que te analizan y juzgan sin siquiera tener ojos con los cuales hacerlo. Tenía una personalidad tan hostil que las mismas nubes parecían contagiarse de su humor.

No importaba cuán soleado fuera el día, las afueras de Torreón siempre se veían grises y deprimentes como las de una casa abandonada a la cual un grupo de drogadictos había tomado como su hogar.

El edificio estaba pulcro y bien cuidado. Por dentro siempre estaba frío y casi vacío. La tiranía del silencio se extendía por toda la escuela sin límite de horario.

Torreón se encontraba en los bordes de la ciudad, en un peñasco que daba al mar, pero las aulas no tenían ventanas que miraran hacia él. Los maestros decían que era una distracción durante las clases. Eso sólo hacía sentir más a los salones como una prisión.

Su piso era de mármol pulido y si arrastrabas lo suficiente los pies podías incluso escuchar el rechinido que hacía contra las suelas de tus zapatos. Las paredes y columnas eran todas blancas, con sólo un par de líneas en los bordes de color azul profundo.

El emblema de la escuela era una torre de ajedrez y una ola de fondo. Su lema era la perseverancia del mar, y el rigor de una torre.

Su gente no era muy diferente a la escuela. Los maestros eran serios y severos con cualquier alumno. El más mínimo intento de rebeldía terminaba casi siempre en una expulsión inmediata, y el director era intolerante a los intentos de queja.

Debías ir con aspecto impecable y las notas menores a ocho eran prácticamente imperdonables.

Cuando era más pequeño, todas las mañanas mamá me planchaba el uniforme y me peinaba frente al espejo para que pudiera ver cómo se hacía. Ella me preparaba el desayuno y un ligero almuerzo para que no me diera hambre durante el descanso.

El uniforme consistía en una camisa de manga larga color blanco y un chaleco azul profundo como el del emblema. Los pantalones eran de un gris opaco que hacía juego con el chaleco, y se usaba una corbata gris de franjas azules. Todos vestían el mismo uniforme independientemente del género.

Los días de deporte se usaba una simple playera y tenis blancos, y pantalones cortos color azul.

No sabía si prefería tener que hacer deporte o vestir el uniforme tan intrincado del resto de la semana.

Papá había decidido la escuela por sus ideales y disciplina. Decía que un buen hombre debía ser siempre sobresaliente sin ayuda de nadie más.

Mamá me dijo el primer día de clases a la entrada de la escuela que estaba bien si no era el mejor en todo, sólo tenía que estar satisfecho conmigo mismo.

Preferí seguir su consejo.

A papá nunca le gustó que escuchara a mamá.

Pese a estar en primaria, los castigos en Torreón por la indisciplina eran suficientes para mantener a todos los niños calmados hasta llegar a casa. Caminar por los pasillos era como caminar en una enorme ciudad romana ahora desolada por el paso del tiempo.

Recuerdo cuando una vez nos dieron permiso de ir a la playa cerca de Torreón a pasar el descanso y una clase más. Fue de las únicas veces en las que Torreón se sintió menos como una prisión y más como una escuela muy estricta.

Ese día yo me había levantado tarde y tuve que ir sin desayunar.

Al llegar a la playa me senté en una manta y me quedé observando el mar lamer la orilla como un perro herido que se lava las heridas.

Odiaba la playa y aún más el mar. Me parecía una vista deprimente.

Incluso lleno de personas, la playa siempre se sentía vacía y personal. Te desnudaba de una manera que sólo ella conocía. Te preguntaba tus más íntimos secretos y los forzaba fuera de ti. El mar te acosaba y se reía de ti por no ser tan libre como él.

La playa te obligaba a contarle tu vida y se metía en cada uno de tus recovecos para conocerla.

No me gustaba cuando la arena se me metía entre los dedos de los pies y se atascaba en mi pelo como si fueran piojos decididos a vivir en mi cabeza para siempre. O la manera en la que el sol me quemaba la piel, casi riéndose de mí por ser tan sensible, y desvistiéndome más a los ojos de la playa y la gente a mi alrededor.

El mar se extendía hasta el horizonte hasta toparse con el sol en el atardecer. La manera en la que el mar era tan amplio y juguetón, pero aun así parecía ocultar tantos secretos me ponía nervioso.

No importaba cuánto brillara el sol, la playa se veía triste y solitaria, sobre todo cuando el mar estaba tranquilo, esos eran los peores momentos. Cuando el mar estaba agitado, por lo menos podía leer ira y desdén como con el que me veía mi padre cada vez que se enojaba, pero cuando estaba tranquilo no tenía forma de saber qué estaba pensando.

Recuerdo que Ana se sentó a mi lado en la manta y me puso la mano en el hombro, esa era su forma de decirme que estaba ahí para mí. Ella sabía cuánto odiaba el mar y la arena.

—¿Cómo estás?

—He tenido peores días —me encogí de hombros. Ana se rio.

—Falta poco para que nos vayamos.

No le respondí.

A papá le encantaban los relojes, pero era muy malo para decirte la hora, solía responderte con gruñidos o el ceño fruncido, como si al haberle preguntado le hubieses dicho la mayor ofensa de su vida o fueras indigno de saber la hora.

—¿Quieres jugar algo? Traje cartas —dijo Ana sacando una baraja de su mochila.

—No, gracias —si nos encontraban jugando cartas nos regañarían.

—Bueno… —hizo una pausa para pensar—Mi mamá hizo mucha comida hoy porque le dije que iríamos a la playa. Creyó que quizás era un evento. ¿Quieres una parte?

La volteé a ver y asentí con la cabeza, apenas el esbozo de una sonrisa asomándose por mis labios.

Me invitó la mitad de su almuerzo.

Esa fue mi parte favorita de la velada.

 


 

Cuando lo conocí, él era un chico de aquellos que hacían travesuras y era el alma de la fiesta. De esas personas que hablaban hasta por los codos y se llevaba bien con la escuela entera desde el primer día de clases.

Ser el nuevo del salón a mitad de año hacía que mi estómago se estremeciera de ansiedad. Mamá y papá me habían cambiado de escuela por un incidente.

—Oye, tú —él me hizo señas para llamar mi atención. No se sentaba muy lejos de mí. Lo volteé a ver—. Sí, tú, el pelirrojo.

—¿En qué puedo ayudarte? —pregunté. Me había limitado a sentarme en medio del salón, apenas entré, y esperar callado.

—Eres nuevo ¿verdad?

—Sí —le respondí.

El chico miró alrededor y sonrió.

Los maestros aún no llegaban y el salón era un desastre de alumnos conversando entre sí; todos divididos en distintos grupos. Algunos estaban afuera de la puerta y otros habían hecho un círculo con los pupitres para conversar. Había quienes estaban parados o paseando por los pasillos.

Él aprovechó el caos y los pupitres vacíos a mi alrededor para sentarse a mi lado.

—Alex Tyson, un gusto —me extendió la mano—, ¿y tú eres…?

—Carlos Herrero —tomé su mano. Mamá siempre dijo que la cortesía no quitaba la valentía

—Me gusta el nombre, suena muy… fuerte —sonrió. A primera vista parecía que el chico no había conocido una derrota en su vida—. Deberías hacerte famoso, el nombre queda.

—Gracias —respondí, pero no supe qué más decir.

Su nombre sonaba extranjero, pero no pude distinguir ningún acento en su voz. Tal vez su familia fuera de otro lugar.

Nos quedamos callados unos momentos.

Las conversaciones de otras personas llenaron el ambiente por nosotros. Me recordaba a un estadio lleno de personas en un partido de fútbol, pero menos ruidoso.

—No hablas mucho, ¿verdad?

—A veces —me encogí de hombros. Su amabilidad se sentía fuera de sitio.

Se tocó el mentón como si estuviera pensando en algo.

Alex acercó más su pupitre al mío.

—Oye, Charlie, ¿te puedo decir así? —pero Alex no esperó a que respondiera—, ¿quieres salir más tarde? Hoy vamos a ir unos amigos y yo al cine, acaban de estrenar una nueva película y dicen que está genial. Tiene avionetas y todo. Dicen que no utilizaron dobles de riesgo para las escenas de acción.

Hablaba tan rápido que me confundía con lo que decía.

—Quizás otro día —en la tarde tenía entrenamiento.

—¿Seguro? ¿Por qué no? Si es por mis amigos no te preocupes, son amigables. A veces hacen chistes muy asquerosos, pero son muy abiertos a nuevos miembros en el grupo —Alex me volvió a sonreír. Sus ojos parecían los de un perrito impaciente.

—No, es…

—Si te molestan los chistes asquerosos puedo pedirles que paren, no creo que tengan ningún problema con no hacerlo cerca de ti —me interrumpió Alex.

—No es eso —dije—, tengo algo que hacer en la tarde —eso pareció desilusionarlo.

—Oh. Está bien, ya será otro día —se rio levemente, pero no se fue—. ¿Eres de aquí o vienes de otra parte?

—De aquí —la pregunta me hizo sentido con su nombre.

—¿En serio? ¿De qué colegio vienes entonces?

—Torreón…

—¡Alex!, ¿no vienes? —interrumpió la voz de otro chico en un grupo parado cerca de la puerta.

Alex volteó a verlos y les agitó una mano.

—¡Un momento, ya voy!

Algunos en el grupo de amigos se rieron y Alex volvió a prestarme atención.

—Creen que te estoy atormentando —el comentario le dio risa—. ¿Decías?

—¿No irás con ellos? —me costaba pensar que alguien con tantos amigos prefiriera pasar el tiempo con un desconocido.

—Nah ¿por qué? No les pasará nada malo porque no esté con ellos, en realidad creo que es más probable que sea yo el que necesite supervisión —se rio—. Hay que integrar a los nuevos de todos modos.

—Oh —fue todo lo que pude decir.

Sí tenía amigos. En mi anterior colegio me llevaba con otras tres personas, pero con el tiempo y el cambio de colegio dejamos de hablarnos. Aun así, su amabilidad me resultó muy extraña porque nadie más me habló ese día.

—Entonces, ¿decías?… ¿Charlie? Tierra llamando a Charlie —Alex chasqueó los dedos frente a mí y me sobresalté— Wow, perdón, no quería asustarte. Te estaba preguntando de qué colegio vienes.

—Torreón de Acantilado —dije. Evité mirarlo a los ojos.

—Ah, dicen que esa escuela es muy estricta, ¿es verdad? —preguntó, y asentí con la cabeza.

—Sí, debes ir con el uniforme planchado —contesté pensando en las arrugas del uniforme de Alex. Él se rio.

—Deben cagar ladrillos. Me preguntó cómo habrás terminado aquí en Santa Lucía, seguro nos estás juzgando en silencio por el desorden —me dio una palmada en la espalda—. No te preocupes, sí nos bañamos… Algunos menos que otros.

Reprimí una mueca. El salón sí olía diferente, pero prefería no pensar en eso.

—No los estoy juzgando en silencio —le aseguré a Alex.

—No sé, suenas como el típico callado del salón que se sienta en la esquina de hasta atrás y planea poner una bomba sin que nadie se dé cuenta —sonó un poco más serio, pero se notaba que seguía siendo broma—. Te expulsaron de Torreón, ¿verdad? No me imagino otro escenario en el que podrías posiblemente terminar aquí.

—Sí —no quise decir más. Y de pronto me entró la urgencia por cambiar de tema.

—¿Qué?, ¿te expulsaron por sacar siete? ¿Llevaste el uniforme con una mancha de ketchup o algo?, ¿o fue más bien una expulsión por llegar cinco milisegundos tarde? —su sonrisa era divertida y muy amplia.

—No, nada de eso —me encogí de hombros.

Alex me miró unos segundos cuando no añadí nada más al comentario.

—Está bien, entiendo cuando alguien no quiere hablar de algo —me volvió a dar una palmada en el hombro; una más reconfortante, casi comprensiva—. Bueno, ¿entonces cómo te rompiste la nariz?

Hice una mueca. Había estado evitando pensar en eso.

—¿Muy personal? Creí que fue una caída o algo.

—No, fue en un partido, de hecho —mentí. Se iba a ver sospechoso si evitaba otra pregunta.

—¿Partido?, ¿en serio?, ¿de qué? —eso pareció despertar otro tipo de interés, como si le estuviera contando la historia más emocionante del mundo y él estuviera al borde de su asiento por el suspenso.

—Americano.

—¿Juegas fútbol americano? Eso explica muchas cosas —se inclinó hacia atrás y me señaló extendiendo ambas manos a los costados—. Seguro fue un partido muy intenso.

Esbocé una sonrisa al recordar un par de partidos.

—Sí, lo fue.

—Así que… La salida al cine esta tarde sigue siendo un no ¿eh? —preguntó con cautela, como si yo fuera una bomba de tiempo y cortar el cable equivocado me hiciera explotar.

—Sí, tengo la tarde ocupada.

—¡Fuck, temía que me dijeras eso! —se cubrió el rostro con ambas manos y se llevó para atrás la cabeza.

Me dio risa su teatralidad.

Cuando me reí me volvió a ver y abrió dos dedos de su mano para descubrir uno de sus ojos.

—Bueno, al menos ahora sé que no me rechazas porque te caigo mal —no la vi, pero pude escuchar su sonrisa, y sonaba grande.

—¿Por qué crees que te mentiría al respecto? —alcé una ceja.

—¿Porque vienes de Torreón y en Santa Lucía todos tenemos cara de quererte acuchillar? —se destapó el rostro y movió una mano en círculos— No sé, ¿y si creías que te invitaba porque te queríamos secuestrar o vender droga?

Lo miré fijamente. Lo dijo más serio de lo que lo había visto hasta entonces.

Alex se rio.

—¡Estoy bromeando!… Bueno, lo de “Todos tenemos cara de quererte asaltar” no. Todos nos vemos como la mierda, peeeero, somos buena gente, ya verás —me miró sonriendo.

—Tal vez… si te peinaras tendrías mejor pinta —le esbocé una sonrisa.

—Nah, peinarse es para cuarentones buscando trabajo —sacudió una mano para restarle importancia—. Bueno, ahora hazme tú una pregunta. Creo que ya hablé mucho.

Y ahí estaban de nuevo. Esos ojos expectantes al borde del asiento, impacientes por saber qué seguía en la historia.

La verdad, no sabía qué preguntarle. Su vida no me parecía el libro más interesante que había en la biblioteca, y su amabilidad seguía poniéndome nervioso. Tal vez sí tenía razón en que todos tenían pinta de querer asaltarme aquí.

—¿De dónde eres? —decidí preguntar al final. Su nombre genuinamente me intrigaba.

—¡Oh! —parecía haber estado esperando esa pregunta— Pues mi mamá es de aquí, pero mi papá es del extranjero. En realidad me llamo Alejandro, pero no combina con el apellido.

—No considero que suene tan mal Alejandro Tyson.

Balanceó la palma abierta hacia los lados e hizo una leve mueca.

—Eh… Tú sólo dime Alex, ¿sí? —me guiñó el ojo.

—Está bien —su nombre era lo de menos.

Los alumnos empezaron a meterse al salón y sentarse en sus lugares. Un maestro de aspecto descuidado entró poco después al salón, pidiendo orden con voz perezosa. Parecía no haber dormido bien la noche anterior y estuviera sobreviviendo a base de tazas de café quemado.

—Supongo que te veo al final de la clase —Alex me sonrió.

Se levantó de su asiento y acomodó el pupitre en su lugar. Me limité a verlo.

—¡Ah, por cierto! Recuérdame presentarte a Gaby más tarde —se despidió agitando una mano y cruzó hasta el otro lado del salón.