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Insano

Summary:

Después de la muerte de su abuelo, Itadori Yuuji es internado en un refugio para híbridos, con el fin de preservar su especie y garantizar su seguridad.

Chapter Text

 

“¡Cubre sus ojos!” Wasuke fue el primero en reaccionar, gritándole a Jin para que despertara de su estado de shock.

Y aunque su padre lo intentó, por los pequeños espacios de entre sus dedos, Yuuji pudo visualizar el cuerpo desnudo y en descomposición del híbrido, que yacía junto a las bolsas de basura.

 

Ese día, Jin había llegado temprano del trabajo, y ambos habían decidido aprovechar para ordenar y limpiar su hogar, y por ratos, molestar al abuelo, intentando sacarle una sonrisa. 

Después de todo, y a pesar de que ‘limpiar’ no se considerara una actividad entretenida para un niño de seis años, lo era para él.

Yuuji disfrutaba mucho de la compañía de los dos mayores. Su padre, a diferencia de su abuelo, era una persona risueña, que no dudaba en tomarlo entre sus brazos, repartiendo pequeños besos en su frente, cada vez que tenía la oportunidad; sin embargo, la seguridad que le trasmitía Wasuke, era más que bien recibida, convirtiendo el ligero temor que sentía al principio, en admiración.

 

Al terminar con las tareas, había dos grandes bolsas de basura, esperando para ser desechadas, y dado a que Yuuji no podía cargar con una, Wasuke había accedido a acompañarlos a la vuelta de la esquina.

Sonriendo, salieron de la casa, y aprovechó para tomar las manos de los mayores, y caminar alegremente.

No demoraron mucho dando con el cercano lugar, y tal vez, eso fue lo peor.

 

Yuuji fue el primero en observar el cuerpo pálido y con manchas moradas, tirado sobre las bolsas, sólo cubierto por desechos y por hojas, que habían sido arrastradas hacía allí.

 

No tuvo tiempo para reaccionar, pues Wasuke ya lo había tomado entre sus brazos y con una mirada fija en su hijo, sacó a los tres del lugar.

Luego, fue encerrado en su habitación, con la televisión prendida y con el volumen demasiado alto para su comodidad. No sabía por qué su papá había llorado de esa manera cuando ingresaron a su domicilio, pero quería saberlo, quería consolarlo y decirle que no tuviera miedo.

 

Tardaron pocos años para que comprendiera los motivos que tuvo Jin para dejar este mundo, abandonándolo a él junto a su abuelo.

Pero, no podía culparlo.

 

Y aunque Wasuke le mostró una fachada dura, sabía que estaba igual de herido que él.

 

 

-------- ≪ ✾ ≫ --------

 

 

La soledad es desagradable, es amarga y parece sumergirte en un vacío, del que es imposible salir. Hace que tus energías se extingan, y que tus motivos y razones, se vuelvan nada.

Itadori Yuuji tiene sólo catorce años cuando la experimenta por primera vez.

Solo, sin posesiones valiosas, sin un apellido de renombre, o si quiera, un familiar más, que vele por su futuro.

 

Wasuke. Él era un viejo aburrido, terco y que se pasaba los días, malhumorado; sin embargo, era la presencia que necesitaba a su lado, para sentir que el mundo no se le venía encima.

Su funeral fue hace dos semanas, y aún se siente increíble reconocer que no volverá a ver su arrugado rostro, a escuchar su rasposa voz, o a olfatear el aroma a jabón y medicinas que expedía.

 

La última persona con la que intercambió alguna palabra fue el hombre que cubrió la tumba del viejo, con tierra. Luego de ello, sólo se dedicó a permanecer recostado sobre el sofá individual, en el que solía contemplar a Wasuke, mientras veían televisión.

Había prometido que estaría bien, había dicho que sería fuerte y que buscaría la manera de salir adelante, pero la persona a quién se lo había prometido, ya no estaba, y ahora, realmente no importaba si cumplía -o no- con esa promesa.

 

El viento gélido que se escurre por su ventana abierta, choca contra la piel de su rostro, y hace que los vellos de su espalda y brazos, se ericen.

Podría regresar al bar, en el que trabajó como mesero por un par de meses, pues a pesar de que a Wasuke nunca le agradó ese lugar, el dinero que ganaba a diario era más del que necesitaban. Incluso, consiguió aprender a cómo dejar pasar los toques intencionales, y los roces incómodos, después de todo, es lo que debía esperar al ser un omega.

 

Aún conserva un poco del dinero que recaudó durante ese tiempo. Podría comprar supresores y collares que inhiban su aroma, y de esa forma, sobrevivir los años que aún queden por vivir.

Rueda los ojos al recordar lo mucho que batallaba duchándose, con el fin de quitar el aroma a licor y cigarrillos de su cabello y del pelo de sus orejas y su cola. Aunque también servía para cubrir su propio aroma, del cual era halagado.

Tal vez, no estaba perdido, aún tenía energías, fuerza, y vitalidad. Y aunque era un omega, no era uno débil.

 

Con el fin de distraerse de sus propios pensamientos, toma el control remoto y enciende la televisión, lastimosamente sólo para encontrarse con la misma noticia de siempre: extinción.

Suena extraño, e imaginarlo, es incluso peor.

 

Su abuelo le contó cómo cuando era joven, o un niño tal vez, no lo recuerda con exactitud, los híbridos ocupaban la mayor parte del mundo, dejando a los humanos en segundo plano, pero siendo igual de importantes a ellos.

Cuando su padre nació, la población de híbridos había reducido en masa. Nadie se escandalizó, puesto que los líderes para ese entonces, eran humanos también, y supusieron que, la evolución consistía en dejar a razas puras habitando el planeta.

Y ahora, en su juventud, los híbridos ocupan apenas un seis por ciento de la población mundial.

 

Claro, aún puede salir a la calle, sin temor a extinguirse o que alguien lo mate o lo cace, y eso es lo que lo hace extraño.

Wasuke fue un alfa híbrido tigre, al igual que todos sus hermanos, su padre, y el resto de su familia.

Jin, también fue un alfa híbrido tigre, un poco menos territorial, pero con el porte e instintos que heredó de Wasuke.

Y gracias a eso, pudo conocer el porqué de la decepción en el rostro de Wasuke, cuando su segundo género se hizo presente.

Si los híbridos parecían desaparecer a diario, era mucho peor para los omegas.

 

Ellos no sólo desaparecían, sino que lo hacían, tirados en algún callejón o bajo un puente, sin vida y con signos de haber sido abusados.

Con los labios cosidos, con los intestinos expuestos, o incluso, con sus fetos aún atados al cordón umbilical.

 

Wasuke no estaba decepcionado o molesto. Él estaba asustado, aterrado porque Yuuji pudiera ser uno de ellos, pero, a pesar de la desdichada noticia, no pudo reconocer que él, era muy diferente a esas personas.

 

Apartando la vista, apaga el aparato; sin embargo, las imágenes crudas y con poca censura aún permanecen en su memoria. No necesita un martirio más a su vida, no necesita preocuparse por si alguien pueda matarlo, cuando a duras penas y puede sobrevivir por sí solo.

 

El tiempo lo cura todo, o eso le dijeron, pues han pasado dos semanas desde que murió el viejo, y ciertamente, el dolor no ha disminuido ni en un mínimo.

 

La cocina está sucia, abarrotada de empaques de sopas y fideos instantáneos, y con latas de soda. Sonríe al recordar que nunca antes habría permitido que su hogar esté en esa situación, o más bien, Wasuke jamás se lo habría permitido.

 

Sé feliz, Yuuji, sólo… inténtalo.

Las últimas palabras del anciano fueron menos duras que de costumbre, y el tono que las acompañó, aún hace eco en su mente.

Wasuke siempre fue un hombre fuerte, a pesar de su edad; pero, él lució tan frágil y temeroso cuando las dijo, como no creyendo que aquello pudiera ser posible.

Y cuando intentó bromear y subir su ánimo, el viejo ya había muerto. Había cerrado sus ojos, y soltado su último suspiro, sin darle tiempo de siquiera abrazarlo y sentir su protección por última vez.

 

Con la palma de su mano, soba su nuca y lo que alcanza de su espalda, aliviando en un mínimo el dolor. Fue una mala idea dormir en ese incómodo sofá, pero no quería regresar solo a la habitación, sobre todo, sabiendo que no habría nadie durante la mañana para despertarlo.

 

No tarda mucho en ponerse de pie y asearse. No quiere estar un minuto más en esa casa; ya terminó de convencerse de que Wasuke no regresará, y la soledad es fea, y sólo lo hace sentirse incómodo.

Con una chaqueta larga que cubre su cola, un gorro gris de lana, que cubre sus orejas afelpadas, y con sus llaves en uno de sus bolsillos, sale sin un rumbo fijo.

Podría ir al bar, pues, aunque sus ánimos de volver a ver y atender a esos hombres, sea nulo, el dinero no se multiplicará solo, y tampoco, dejará de acabarse.

 

Hace mucho más frío del que esperó, y lamenta no haber traído los guantes que dejó encima de la mesa. Afortunadamente, la cajetilla de cigarrillos permanece en el bolsillo interno de su chaqueta.

Y aunque odie quedar impregnado de ese feo olor, es diferente si es él quien los fuma.

Sabe que Wasuke lo supo desde unos meses después, que empezó a fumar, pero nunca entendió por qué lo dejó pasar. Tal vez, porque de esa forma ocultaba su aroma, o tal vez, porque simplemente era el suceso menos relevante en su vida.

 

Las calles son largas, pero están casi vacías, y es un respiro y un bien en este momento. Le faltan exactamente doce cuadras para llegar al bar, aún hay tiempo para mentalizarse y prepararse para lo que está por venir.

 

Sus pasos se apresuran, y las cuadras, disminuyen. Ya puede escuchar la bulla, y distinguir las luces escandalosas y de mal gusto que rodean el local.

El cigarrillo cae de entre sus dedos, y aplasta la pequeña colilla con la punta de su zapato, apagando la última llama.

 

“Hola.”

Su atención regresa hacia el frente, contraria a la voz que resuena a sus espaldas. No es normal que alguien sólo se acerque y le hable, y es mucho más extraño, con las recientes noticias.

“Niño.”

No quiere girarse y ver de quién se trata, pero su curiosidad le gana. Parado detrás suyo, está un hombre alto, con cabello castaño y recortado, camisa blanca con una corbata gris, y con un saco negro. Tan pulcro y formal que da escalofríos.

“¿No eres muy joven para entrar a ese lugar?”

Su mirada vuelve hacia donde se dirigía hace unos segundos, y puede percatarse de que está a sólo un par de pasos de la entrada del local.

“¿Por qué querrías entrar ahí?”

Frunce el ceño ante su interrogante. Con total certeza, este tipo no sabe nada acerca de ese lugar.

 

Hiroki-san, el dueño, se había encargado de que todos allí sean lo suficientemente infelices y pobres para poder explotarlos, y exprimir hasta su último aliento. Y aunque supo que era el más joven trabajando allí, el resto no era mucho mayor, superándolo por dos o tres años.

Había algo adicional, algo mucho peor a lo anterior mencionado, y también, el único requisito necesario para trabajar allí, además de la discreción; sexo.

Todos los que querían trabajar allí, debían pasar primero por la cama de Hiroki-san, y había un dinero extra si él era el primero en tomarlos.

Pero no fue así para Yuuji; para su suerte, su primer celo no se ha hecho presente, y aunque sea lo normal que aparezca a los catorce o quince, supone que lo más probable, es que, de igual forma, Hiroki sea el primer hombre en tomarlo, después de todo, regresará al lugar, y son pocos los meses que faltan para que cumpla quince años.

 

“Trabajo aquí.” No quiere discutir, pensar, ni mucho menos hablar. “Permiso.”

“Espera.” Siente una presión en su brazo, ejercida por el hombre, que no ha despegado su mirada ni por un segundo. “No tienes que regresar a ese lugar.”

“¿Qué quiere?” Humano. Sin aroma, ni rasgos ocultos que denoten lo híbrido. “Tengo prisa.”

“Eres Itadori Yuuji, ¿verdad?”

No responde, negando cualquier palabra que corrobore sus conocimientos.

“Sé que estás solo ahora. Tu abuelo murió hace unas semanas, y no tienes algún otro familiar.” Suelta su brazo, disculpándose con una pequeña reverencia. “Lamento haberte sorprendido. Mi nombre es Yoshio, trabajo para la institución de preservación de especies, ahora enfocada en híbridos como tú.”

“¿Cómo sabe qué yo…?”

“Hemos hecho muchas investigaciones. Nuestra prioridad ahora, es conservar a ejemplares de tu tipo.” Carraspea. “Lo siento, no quise decirlo así, pero, seguro que has escuchado sobre los últimos incidentes que están ocurriendo…”

“¿Quieren internarme?” Una institución o una cárcel viene siendo lo mismo. No quiere ser encarcelado para sobrevivir. “Estoy bien, gracias.”

“No puedo dejar que te vayas.”

“No soy un híbrido, se ha confundido, yo…”

“Eres un híbrido tigre, igual a tu padre, y a tu abuelo.”

“Pero soy un alfa, puedo defenderme solo.”

El hombre saca un frasco pequeño del bolsillo de su saco, con cautela, y deja que su contenido se esparza por el aire.

El aroma es fuerte, mucho más que un perfume, pero al mismo tiempo, relajante y casi, adormecedor. Feromonas.

Sus mejillas, arden, y la temperatura de su cuerpo, aumenta. Su visión se vuelve borrosa, y sus piernas, tiemblan.

“No eres un alfa, Itadori Yuuji, eres un omega.”

No puede escuchar más, a pesar de que el tipo continúa hablando, esta vez, más cerca de su rostro, pues tuvo que ser sujetado entre sus brazos cuando se desvaneció por el aroma.

 

 

 

 

Despierta y lo primero que ve es blanco.

El techo, las paredes, las cortinas, el pequeño velador al lado de su cama, la misma cama y las sábanas también. Incluso la ropa nueva que trae puesta es de ese color.

Tan claro y limpio que hace que sus ojos duelan.

 

No aceptó ser trasladado a ese internado, pero ¿qué más podría haber hecho contra un humano que lo superaba en tamaño y fuerza, y, además, tenía las feromonas, recientemente prohibidas, que antes se usaban para controlar a los híbridos?

Y con controlarlos, se refiere a, hacerlos sumisos, esclavos y casi sin consciencia.

 

Para su poca suerte, pudo ver el reportaje sobre aquellos desdichados sujetos. Pudo sentir el dolor que se reflejó en sus ojos, vidriosos, pero incapaces de soltar alguna lágrima.

Fue perturbador y lo hizo sentir náuseas, ¿cómo la maldad humana podía llegar a tanto? Nadie lo sabe, o nadie lo supo hasta ese entonces.

 

Los híbridos fueron -en el pasado- mucho más fuertes de lo que actualmente eran, destacando entre ellos los primes alfas, líderes natos, dotados de inteligencia y fuerza. Pero, ahora, no eran más que seres, que intentaban ocultarse entre el resto de personas.

Sobrevivientes de los experimentos o intentos por ‘purificarlos’ de los humanos.

 

Por fortuna, todo ello se prohibió unos años antes de que naciera, aunque nunca dejó de ser un peligro.

 

Tres golpes suaves contra su puerta lo sacan de su trance, y provocan que modifique su posición fetal sobre el colchón. Se incorpora, nervioso, y sin saber que esperar realmente. “¿Sí?”

“Itadori Yuuji.”

La puerta se abre, y un hombre aparece tras ella. Con un uniforme celeste y una sonrisa en sus labios.

“Mi nombre es Hayashi, seré tu cuidador.”

Es extraño, pero puede sentir sus propias orejas moverse sobre su cabeza, y su cola enroscarse en su muslo.

 

Los movimientos de sus extremidades nunca fueron algo tan importante en su vida, ya que se había acostumbrado a ocultarse, tanto en la escuela y la calle, como en su propio hogar. Sólo pudiendo mostrar sus rasgos en su trabajo, dónde era más bien obligatorio hacerlo.

 

Sonríe, extraño y forzado.

“Descuida, sé por lo que has pasado. Sólo queremos ayudarte.”

Las palabras son amables, y su cola responde sumisamente ante ellas, meneándose con suavidad.

“Eres el primer omega híbrido tigre que recibimos.” Camina lo suficiente hasta quedar al borde de la cama. “Cuidaremos bien de ti.”

 

No toma mucho tiempo para que el hombre le muestre todo el lugar. Es mucho más grande de lo que imaginó, parecido a un enorme hospital, pues los colores a su alrededor vuelven a ser blancos, pulcros, y aburridos; sin embargo, la cantidad de híbridos que consigue ver, borran cualquier otro pensamiento no relacionado.

 

Desde muy joven tuvo que empezar a esconderse, y eso fue un añadido, a su escasa amistad con híbridos.

No recuerda quien fue el último híbrido que conoció ni cuándo fue que lo conoció, pero si puede contar con los dedos de sus manos, cuantos fueron.

 

“Todo va a estar bien ahora, Yuuji.” Se gira ante las palabras dulces del tipo. “Estás en buenas manos.” El hombre se aleja, no sin antes alborotar sus mechones rosados, y rozar levemente sus orejas.

Nunca se percató de la sensibilidad de su cuerpo anteriormente, pero ahora, parece que reacciona ante un mínimo roce o palabra dulce.

 

 

“Pero miren a quién tenemos aquí.” La voz de una chica lo trae de vuelta al lugar. “¿Así que realmente te atraparon?”

No entiende el contexto, por lo que se limita a fruncir el ceño, y retroceder unos pasos, chocando contra el pecho de otra persona.

Detrás suyo está un chico, un poco más alto de estatura, con el cabello oscuro y lacio, y sobre éste, dos orejas oscuras y afelpadas. “Me disculpo por ella.”

“Oye, sólo intento hacer que se integre a nuestro grupo.” Finaliza, con un resoplido aburrido, y continúa, con una sonrisa. “Soy Kugisaki Nobara, una híbrido zorro, y éste…” Señala al pelinegro. “Es Fushiguro Megumi, un híbrido lobo.”

Asiente, sonriendo por primera vez hacia la pelirroja. “Soy Itadori Yuuji, un-”

“Un híbrido tigre, lo sé.”

“Nobara…”

“No finjas.” Se gira por unos segundos hacia el chico, para luego volver hacia él. “Escuché que eras el último.”

El último. “No lo sé…” Fija su mirada sobre el suelo, recordando las palabras del hombre con el que habló aquel día. “Ni siquiera quería estar aquí.”

“¿A qué te refieres?”

 

Una sirena estrepitosa corta la conversación de golpe, y cuando se detiene, es reemplazada por las palabras de un hombre.

Todos los presentes dirigirse al comedor para un anuncio importante.”

 

“Oi, Yuuji, vamos.”

No pierde tiempo, y se une a la pareja de híbridos.

 

El comedor es casi tan grande como lo es el patio, pero mucho más cerrado, y con enfermeros en cada rincón, que ojean a cada uno de los presentes, de forma discreta.

 

“¿Están aquí desde hace mucho tiempo?”

La castaña es la primera en responder. “Desde hace una semana. Ellos…” Señala a los tipos de uniforme celeste. “Fueron a mi pueblo, e hicieron algunos estudios, ya sabes… conservación de la especie…” Forma comillas con sus dedos. “Estoy segura que querían buenos genes, inteligencia, fuerza, y claro, fui seleccionada. Estuve triste al principio por separarme de mi familia, pero pude ver la felicidad en el rostro de mis padres al haber obtenido la oportunidad de una mejor vida.” Su expresión se vuelve melancólica. “No estaré por mucho tiempo aquí, sólo quiero esperar a que la situación se calme, y luego volveré por mis padres y los traeré a vivir a la ciudad.”

El tono de sus palabras es fuerte, igual que cada uno de sus gestos, lo que hace que se contagie de la seguridad y esperanza con las que las dice. Él desearía también tener a alguien por quien continuar y por quién obtener algo más que sólo sobrevivencia, o siquiera una razón, mucho más fuerte que el hambre, el frío, o la soledad.

“Cuéntale, Megumi.”

El híbrido lobo presiona sus labios antes de empezar. “Llegué hace tres días. Vivo con mis padres y mi hermana. Se supone que mi hermana y yo vendríamos, pero dijeron que sólo podían albergar a un integrante por familia. Intenté convencer a Tsumiki de que sea ella quién venga, pero se negó.”

“Lo siento.”

“Está bien, sé que es fuerte, y sobrevivirá mientras yo esté aquí.”

“¿Qué hay sobre ti?” Nobara acuna su rostro sobre sus manos y apoya sus codos sobre la mesa.

Sonríe por la generosa atención. “Mi abuelo murió, y ellos dijeron que cuidarían de mí… eso es todo.”

No quiere reconocerlo, pero las miradas de ambos chicos son de lástima, tristeza y confusión, y tampoco es como si esperara algo diferente.

“Entonces… cuando salgamos de aquí, te llevaré a mi pueblo. Los híbridos zorros somos mucho más fuertes y astutos de lo que aparentamos, ¿sabes? ...”

Fushiguro mira por unos segundos a la castaña, alardeando de su especie, y luego, cruzan miradas, sonriendo entre tantos.

 

Un sentimiento bonito que apacigua la angustia que viene sintiendo desde hace días, crece y se establece en un rincón de su cuerpo. Por unos segundos, la sensación de soledad se borra, y un ambiente familiar la reemplaza.