Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Language:
Español
Stats:
Published:
2023-05-30
Completed:
2023-05-30
Words:
11,662
Chapters:
4/4
Comments:
1
Kudos:
1
Hits:
52

HNHK

Notes:

Esta es una reescritura y reimagimación del escrito de una amiga.

Yo nombré a todos los personajes. <3

Chapter 1: Cian

Chapter Text

—Mírame a los ojos.

Santi alzó una ceja y lo miró fijamente.

—No, más cerca —Cian suprimió una sonrisa.

—¿Cuál es el punto de todo esto? —Santi se inclinó sobre Cian para quedar cara a cara. 

—Quiero que me digas qué es tan importante como para cancelar una noche de juegos —Cian frunció el ceño—. Vas a ir a comerte unos tacos sin mí, ¿verdad?

Santi sonrió y se enderezó.

—Claro, Cian, iré a comerme unos de tripa con mucha salsa, y no te voy a invitar porque siempre me ganas en Mario Kart.

Cian le dio un golpecito a Santi y se rió.

—Ya dime.

—¿Y qué tal si te estoy preparando una sorpresa y tú la estás arruinando? —Santi se cruzó de brazos.

—En ese caso, ya me dijiste. ¿Qué es? —Cian tentó con la mirada.

Santi agarró el hombro de Cian y lo besó en la frente.

—En realidad, todavía no te he dicho la sorpresa —guiñó un ojo y se fue.

Sin más.

Cian permaneció unos segundos mirando la puerta. 

Sacudió la cabeza y subió a su habitación para ver videos. Esperaba seguir despierto para cuando Santi regresara, pero sabía que eran mentiras que se decía a sí mismo. Siempre había sido muy malo aguantando el sueño.

 


 

Tristán esperaba en la esquina de un parque, con la mirada perdida en los coches que pasaban. Era una calle poco transitada, pero con la actividad suficiente para no ser peligrosa.

Santiago lo rodeó con los brazos por detrás.

—¿Llevas mucho esperando?

—¡¿Qué haces?! —dijo Tristán con un sobresalto.

—Lo siento, no quería asustarte —Santiago lo soltó y retrocedió.

A Tristán le tomó sólo un momento procesar lo que estaba pasando.

—No, no, discúlpame, no te reconocí —Tristán abrazó a Santiago y acarició su mejilla—. ¿Nos vamos, guapo?

Santiago rió.

—Tengo que volver a casa antes de las doce —respondió.

—Oh, Cian es un aburrido —dijo Tristán—. Seguramente no se dará cuenta si llegas tarde a casa.

—¿Estás sugiriendo una travesura? Creí que ya no teníamos quince años —Santiago tenía una sonrisa divertida.

—Bueno, dijiste que duerme temprano, ¿no?

La sonrisa de Santiago se apagó un poco.

—Sí, es verdad.

Tristán bajó la mirada y se apartó de Santiago.

—Crees que te estoy manipulando.

—¿Qué? —Santiago intentó volver a abrazar a Tristán— No, no es eso, Tri, yo no dije eso, por favor, no te enojes, es sólo que Cian sigue siendo mi novio y…

—Está bien, Tiago, lo entiendo —Tristán retrocedió y le dio la espalda a Santiago—. No importa cuántas veces intente demostrarte que ya no soy así, no vas a creerme. Ve con Cian, debe estarte esperando.

Santiago lo vio horrorizado.

—¡No! Sí te creo, lo siento, no era mi intención que te sintieras así —se acercó a Tristán y lo volvió a abrazar por la espalda, ahora con más suavidad— Ven, por favor, vayamos a cenar, ¿sí? Yo invito.

Tristán se dio la vuelta despacio y lo miró a los ojos. Santiago le dedicó una sonrisa tímida, dulce.

—¿Lo prometes? 

—¿Qué cosa? —la voz de Santiago salió cautelosa y medida.

—Que me crees… ¿lo prometes?

Santiago lo besó, y Tristán suspiró.

—Lo prometo.

La noche se veía lo suficientemente bella como para ir a casa todavía.

 


 

—¡Santi! 

Cian bajó corriendo las escaleras con un pedazo de papel en la mano. Santi estaba buscando algo en la cocina.

—Dime, amor —Santi se escuchaba lejano, como si tuviera la cabeza metida en un cajón.

—¡Trae tu trasero para acá, tengo algo que mostrarte! 

Santi se rió a lo lejos. Hubo un estrépito en la cocina y Santi gruñó.

—¿Estás bien?

—¡Sí, ya voy!

Santi se acercó unos segundos después al pie de la escalera.

—Mira lo que encontré —le dijo Cian extendiéndole el papel cuando estuvo en frente.

—¡Ey! Es de cuando comenzamos a salir —Santi señaló la frase escrita abajo de la foto y se rió—. “Cine en el cine.”

—Aún no supero que me dijeras Cine por dos meses porque escuchabas mal mi nombre —Cian se rió con Santi y recargó la cabeza en él.

—En mi defensa, tienes un nombre muy extraño —Santi rodeó los hombros de Cian con un brazo—. ¿Cuándo has oído que una persona se llame Cian?

—Bueno, toda la vida: yo —Cian dijo—. ¿No te parecía más extraño que me llamara “cine”?

—Uno nunca sabe, tienes un hermano que se llama Quilian Rui, y otro Quetzal —respondió encogiéndose de hombros.

—Creo que el nombre de mi hermana Sonia es el menos raro de todos —dijo Cian—. Uno de mis hermanos mayores se llama Duvan.

—Por suerte, no me fijé en tu nombre.

—Lo sé, te fijaste en mis ojos.

—Del color de la miel…

 


 

Santiago respiró profundo y se restregó la mano en el rostro. La pieza estaba oscura y en silencio. Se alcanzaba a escuchar el suave murmullo de Cian a su lado.

Miró el techo. ¿Qué hora era? Tenía una cita con Tristán.

Rodó sobre su costado y buscó a tientas su celular en la mesa de noche. La luz le cerró los ojos.

Eran las ocho. 

Era tarde. Muy tarde.

Habían varios mensajes y una llamada perdida de Tristán en las notificaciones. 

Santiago se levantó y recogió su ropa del suelo para vestirse. Tomó su celular sin contestar los mensajes.

Estaba frente al marco de la puerta cuando Cian habló.

—¿A dónde vas? —dijo con voz ronca.

Santiago tragó saliva, pero no lo volteó a ver.

—Yo… Tengo trabajo —mintió. El jefe no había marcado más trabajo esta semana y Santiago ya había terminado sus pendientes.

Se escucharon las sábanas moverse. 

Cian abrazó a Santiago por la espalda. Su respiración era cálida y suave. Podía sentir su cuerpo desnudo a través de la ropa. 

—Quédate. Vuelve a la cama conmigo —Cian recargó su mejilla en la espalda de Santiago. Su voz era un murmullo.

Santiago se dio la vuelta y tomó las manos de Cian con delicadeza. Besó una.

—No puedo, amor, tengo trabajo —él sonrió, pero podía ver el dolor en los ojos de Cian incluso en la oscuridad de la pieza—. Quizás podemos repetirlo otro día.

Cian se rió por lo bajo.

—Sabes que no se trata de eso.

Santiago se quedó en silencio unos momentos, sólo viendo la silueta de Cian.

—Lo sé… Mañana saldremos a comer, ¿te parece? Sólo tú y yo, algo sencillo. No llevaré mi teléfono.

Cian sonrió. Si fue una sonrisa sincera o no, Santiago no lo notó, la oscuridad le impedía verlo, pero a veces había cosas que era mejor ignorar.

—¿Lo prometes? 

Y algo ardió en su corazón.

—Lo prometo —aun así Santiago respondió.

Le dio un beso de despedida y se marchó.

Ya afuera de la casa envió un mensaje a Tristán.

“Perdón. Ya voy en camino.”

 


 

—Llegas tarde.

—Lo siento, se me fue el tiempo

—¿Qué pasó? —cuando Santiago iba a responder, Tristán lo interrumpió—. No mientas, Tiago.

—Me quedé dormido.

—Está bien. 

Santiago no dijo nada. ¿Estaba bien? Esperaba un reclamo, que se enojara, que le dijera algo. No esto.

—Mira, te traje un regalo —Tristán sonrió y le entregó una caja.

—¿Qué es? —preguntó Santiago algo juguetón.

—Oh, pero si tú eres quien lo tiene en las manos, ¿por qué no lo abres? —respondió Tristán con picardía.

Santiago llevó a Tristán a una banca, y comenzó a abrir el regalo. Estaba cuidadosamente envuelto en papel rojo con estrellas blancas. Justo debajo del papel había una playera azul con el cuello en V.

Santiago no dijo nada al principio. Si forzaba una sonrisa Tristán lo iba a notar.

—¿Te gusta?

—Es perfecta —Santiago se inclinó para darle un beso en la frente a Tristán.

—Úsalo en una ocasión especial… Como una cena o una feria —dijo Tristán satisfecho.

Santiago se limitó a asentir.

—¿Quieres un helado? —preguntó en lugar de continuar la conversación.

—¿Vainilla o fresa?

—Sabes que fresa —respondió Santiago.

—Yo pago —sonrió Tristán.

—¿Tú vas a pagar? —dijo retador Santiago.

—Pagaste la cena anterior, ¿o no? 

—Oh, ¿significa que sólo estás pagando una deuda? 

—Y porque te amo mucho —Tristán le dio un beso a Santiago y se levantó de la banca—. ¿Crees que haya tiempo de ir a la casa?

—No tengo hora de regreso —sonrió Santiago.

Tristán agarró a Santiago de la mano para levantarlo y corrió.

—¡Una carrera hasta los helados!

 


 

—Recuerda que en dos semanas viene mi hermano —dijo Cian desde el cuarto. 

Santi estaba arreglándose en el baño.

—¿Cuál de todos? Tienes como diez —dijo Santi antes de salir del baño.

—Sabes que son más —Cian se rió y fue a arreglarle la camisa a Santi—. ¿Te pusiste perfume? 

—¿No te gusta? Me puse el que me regalaste —dijo Santi levantando el cuello para que Cian metiera la corbata.

—No, es sólo que no sueles ponerte perfume —Cian anudó la corbata y la acomodó—. Me agrada.

—Bueno, es una ocasión especial, y quería hacerlo aún más especial.

Cian recordó sus primeras citas. Dos chicos escondidos en la esquina de un restaurante intentando que todo saliera bien a pesar de los nervios. 

Al menos él se había sentido así. Con las manos sudorosas y el estómago repleto de mariposas. 

Hacía un tiempo que no salían en una cita así.

—¿Y qué tal va la sorpresa que me prometiste? —tentó Cian con una sonrisita.

—No la he terminado, y no vas a lograr que te la diga —dijo Santi viendo a Cian de reojo—. ¿Dónde están mis llaves?

—Vete a la mierda, hoy es el día perfecto para decirme —dijo Cian riéndose—. Están en la encimera de la entrada.

—Tienes que aprender a ser más paciente, amor —Santi fue a recoger sus llaves. Cian rodó los ojos—. Quizás esté lista cuando venga tu hermano. ¿Me repites quién iba a venir?

—Rui. Se va a quedar en la casa por el fin de semana, tiene una competencia o algo así.

Santi se detuvo a pensar qué le hacía falta.

—¿En serio? ¿de qué?

—Ortografía, creo. Dijo que igual aprovechaba para visitarnos.

—Más bien visitarte —Santi se rió—. Todavía siento que me odia, y eso que ya ha tenido tres años para acostumbrarse a mí.

—Dale un poco más de tiempo, seguro te adorará tanto como yo.

Santi miró su celular en la mesa. Hubo un breve silencio.

—Dijiste que íbamos a ser sólo tú y yo —dijo Cian con algo de súplica.

—Y así será —dijo Santi antes de agarrar su celular—. Lo voy a apagar ¿sí? Sólo es por si se nos ofrece algo.

Cian no añadió nada más. 

La comida fue interrumpida por una llamada de trabajo.

 


 

—¿Esa playera es nueva?

Santi salió del baño viendo su celular.

—¿Qué? Ah, sí, me la compré el otro día. ¿Te gusta?

—El color no está mal, pero a ti no te gusta el cuello en V —dijo Cian alzando una ceja.

—Pensé en probar algo nuevo —Santi se encogió de hombros y bajó a la sala.

Cian lo siguió.

—Escuché que hay una feria esta semana, ¿vamos hoy? Podemos ir a la rueda de la fortuna.

—Lo siento, hay una junta de trabajo —dijo Santi sin dejar de ver el celular.

—¿Junta? ¿en sábado? —Cian frunció el ceño—. Santi, estás mintiendo.

Santi durmió su celular, lo aventó con suavidad a la mesa y alzó las manos como si Cian fuera la policía.

—Bien, me atrapaste —dijo Santi con una leve sonrisa—. Estoy preparando algo para tu sorpresa y no puedo ir a la feria contigo.

—¡Ajá! Lo sabía —Cian apuntó a Santi con el dedo y se cruzó de brazos con enojo fingido—. En serio, amor, cada día te vuelves peor mintiendo. ¿No puedes dejar la sorpresa para después?

—A menos que la quieras posponer otro mes, no. 

—Llevas demasiado tiempo con esa dichosa sorpresa —dijo Cian enfadado.

—Quizás, pero es porque tiene que ser perfecta.

—Sí, sí, como digas —Cian rodó los ojos y subió las escaleras. Santi lo abrazó antes de que llegara a la mitad de ellas.

—Ey, no te enojes. Te prometo que te va a encantar.

Cian suspiró.

—Mejor prométeme que me llevarás a la rueda de la fortuna —gruñó.

Santi se rió.

—Está bien, te prometo llevarte a la rueda de la fortuna… y subirnos al martillo.

Cian miró a Santi de reojo con malicia.

—¿Te subirás conmigo al martillo?, ¿tú? 

Cian pudo escuchar el arrepentimiento de Santi en su voz.

—Tengo que darle tiempo de calidad a mi novio, desafortunadamente —dramatizó Santi.

Cian se rió y empujó a Santi para subir unos escalones más.

—Más te vale, imbécil —pero Cian no lo dijo con odio.

—Voy a denunciarte con el DIF por abuso verbal —dijo Santi.

—Ni te van a hacer caso, maldito chileno —Cian hizo un gesto con la mano como si le restara importancia al asunto o llamara loco a Santi—. Regrésate a tu país, estafador, ni picas.

Santi se rió y meneó la cabeza.

—No opino lo mismo —dijo Santi—. Ya me voy. Tal vez regrese tarde.

—¿Tal vez? —el ánimo de Cian se fue de golpe.

—Sí, pero no es nada seguro, no te preocupes. De todos modos no me esperes despierto —Santi bajó las escaleras y caminó a la sala, sin esperar una respuesta.

—Como si pudiera hacerlo… —murmuró Cian.

Escuchó la puerta y la casa se sintió sola.

Un vacío que la voz de Santi llenaba.

Cian subió a la habitación para acostarse en cama, ver videos, y descansar.

Hace unos días había empezado a dolerle el pecho.

 


 

Santiago abrió los ojos hacia el cielo azul. Las nubes eran como algodón de azúcar estirado, tenues.

—¿Sabes? De todas nuestras salidas, creo que esta es de las mejores —dijo Tristán.

Santiago se rió.

—De saber que un picnic te hacía feliz lo hubiera hecho hace semanas.

—Pasar tiempo contigo me hace feliz —Tristán sonrió. Estaba comiendo un sándwich de mermelada.

Santiago se sentó y se acercó a Tristán.

—A mí también me hace feliz pasar tiempo contigo —susurró.

Tristán se acurrucó en Santiago.

—¿Eso es todo lo que tienes? Uno pensaría que tienes mejores frases románticas —Tristán rió.

—Oh, ¿quieres que te diga que tus labios son tan dulces como la miel, y que tus manos son fuego que arde sobre mi piel?, ¿que mi corazón late por ti a velocidades a las que nunca había llegado, y mariposas revolotean en mi garganta cuando nos encontramos?

—¿Y por qué no? Me gusta la poesía.

Santiago se rió y abrazó fuertemente a Tristán.

—Bien, ahora cada vez que te vea te diré algo así.

—¿Y es verdad? —preguntó Tristán por lo bajo.

—¿Qué cosa, amor? —Santiago lo miró.

—Todo lo que acabas de decir, ¿de verdad soy todas esas cosas?

Santiago suavizó la mirada y le sonrió.

—Sí, lo eres.

 


 

—Muy bien, amor, has sido paciente, y te daré tu sorpresa —dijo Santiago.

—¡Al fin! —gritó Cian— Ya te habías tardado, Santi, empezaba a creer que era sólo un cuento.

Santiago se rió y sacó una caja de atrás del sillón.

—Qué poca fe me tienes, amor. No fue fácil hacerlo.

Antes de que Santiago le extendiera la caja por completo a Cian, él la arrebató de sus manos y se sentó en el sillón para comenzar a desenvolverlo.

Santiago había elegido un papel rosa con blanco, porque a pesar de su nombre, él sabía que el color favorito de Cian no era el azul en ninguna de sus tonalidades.

—¿Un álbum?, ¿te tardaste tanto haciendo esto? —dijo Cian cuando abrió la caja. Santiago apreció que no destrozara el papel que tanto le había costado envolver.

—Ábrelo.

Cian sacó el álbum de la caja y comenzó a ver las fotos del interior.

A Santiago se le había olvidado varias veces conseguir las fotos necesarias, pero había encontrado tiempo en otras ocasiones o durante sus salidas con Tristán para tomar algunas, y preguntarle a amigos por fotos de hace años.

—¿Hablaste con Ventura? —preguntó Cian al ver una foto de una fiesta donde salían los tres— Hace mucho no sé nada de él.

—Sí, ya sabes que tiene sus temporadas —respondió Santiago sentándose al lado de Cian para ver la foto—. Ahorita tiene problemas económicos otra vez.

—¿Cómo está su familia?

—No han podido salir de Venezuela, pero espera traérselos pronto a México.

—¿Sigue con Cora? —Cian dio vuelta a la hoja. Las fotos en el álbum iban desde viejos recuerdos a paisajes que Santiago había fotografiado.

—Sí, sigue con ella. ¿No te parece increíble? Su relación ya tiene más de seis años —dijo Santiago—. Yo pensaría que con tantos problemas ya habrían terminado.

Cian se rió.

—Bueno, se aman de verdad —dijo Cian con una pequeña sonrisa sin dejar de ver el álbum—. Como nosotros.

Santiago tardó unos segundos en responder.

—Sí, como nosotros…

Cian lo miró con cariño.

—Gracias por el regalo, Santi, me encantó.

 


 

—¿Estás bien?

Cian se rió y tosió.

—Sí, sólo tengo algo cerrada la garganta, debe ser la alergia —dijo agitando una mano para restarle importancia.

—Tal vez debas quedarte hoy en casa, te ves algo pálido —dijo Santi.

—Tonterías, no te vas a deshacer de mí tan fácilmente —se rió Cian—. Ahorita me tomo una pastilla y se me pasa.

—Cian…

—Iremos a la feria porque yo lo digo, me dejaste plantado la vez pasada porque querías hacer tu cochino álbum —insistió Cian con enojo fingido.

—¿Estás seguro?

—Tú lo que quieres es no subirte al martillo conmigo —le dijo Cian con una sonrisa maliciosa.

—Me arrepiento profundamente de haberte dicho eso —se rió Santi.

—Lo prometiste, Santi.

—Sí, sí, está bien. Pero si te sientes muy mal nos regresamos a la casa.

—Estaré bien, por Dios, te preocupas demasiado por una alergia —dijo Cian, y le dio un beso a Santi—. Ya sabes cómo me pongo en primavera.

—Sólo no quiero que te sientas incómodo estando afuera —dijo Santi con voz suave.

—No estoy incómodo, en serio quiero salir contigo.

—Está bien, está bien, pero nos subiremos al martillo hasta el final —respondió Santi agarrando su sudadera.

Cian lo fulminó con la mirada de juego.

—No eres divertido —se rió.

—No, sólo protejo mi integridad personal —le sonrió Santi. Era una sonrisa amplia y divertida.

—Sólo porque te quiero mucho aceptaré una condición tan horrible.

Santi se inclinó y le dio un beso en la frente a Cian.

—Gracias, amor.

Cian rodó los ojos.

—Sí, sí, me agradeces al rato cuando estés gritando en el martillo.

Se rieron, y fueron de la mano a la feria.

 


 

—¿Ya te vas?

Santiago dejó de ponerse los zapatos y volteó a ver a Tristán.

—Lo siento, no quería despertarte.

—No eres muy silencioso cuando te levantas, Tiago —se rió Tristán—. ¿Por qué no te quedas a dormir? Es tarde.

—¿Cómo sabes? —preguntó Santiago con una sonrisa— Suena a que sólo quieres que me quede.

Tristán le devolvió la sonrisa.

—Bueno, si no quieres quedarte está bien, sólo decía que me gusta mucho tu compañía —la voz de Tristán era amable y ligeramente más grave de lo usual por haber dormido.

Santiago vaciló.

Revisó la hora en su celular. Las diez. A esta hora Cian ya se habría quedado dormido.

—Supongo que puedo quedarme a dormir —dijo finalmente.

—¿Sólo a dormir? —había un subtexto en el tono de Tristán.

—Bueno, todavía no tengo sueño —Santiago sonrió.

—Saca las cartas.

—¿De verdad? —Santiago alzó una ceja.

Tristán se rió y se removió en las sábanas.

—El que gane tiene premio —dijo.

—¿Estás dispuesto a perder? —preguntó Santiago con malicia.

—Oh, no te confundas, cariño —le respondió Tristán—. Estoy dispuesto a ganar.

Santiago rió y se acostó para darle un beso a Tristán.

—¿Seguro? No creo que me ganes en póker.

Tristán cepilló su nariz en la de Santiago con una sonrisita.

—¿Quién dijo que jugaríamos póker?