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Language:
Español
Stats:
Published:
2023-06-04
Words:
2,869
Chapters:
1/1
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6
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54
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608

heavenly

Summary:

un argentino y un argentino de corazón son la clave para llevar al sevilla a lo más alto de europa un año más. el festejo en el baño, borrachos y calientes, antes de volver a casa no se queda atrás comparado a lo que hicieron en cancha.

Notes:

como siempre empecé haciendo smut y me terminé poniendo buto

disfruten!

Work Text:

Habiendo un mínimo de dos argentinos por cada final internacional disputada en Europa era bien sabido quiénes controlaban la música en el vestuario. Los ingleses, los españoles y los italianos eran muy fríos como para saber levantar el ambiente. Era por eso que en Budapest habían tomado la posta Gonzalo, Marcos, Lucas y Bono, que a esta altura ya le patinaban demasiado las "s" y veía suficientes partidos de River como para poder ignorarlo: lo llevaba dentro.

Gonzalo puso Ke Personajes y al instante todos sus compañeros empezaron a cantar. La realidad es que se llevaba bien con todos, pero el hilo rojo —no por el destino sino por el club en el que había nacido— lo unía inevitablemente a ellos y a él en particular. Lo miraba a Yassine golpear la pared al ritmo de la melodía, con ese perfil griego y esos músculos flexionados, y no entendía cómo alguien que había nacido en Canadá y eligió a Marruecos era al mismo tiempo tan argentino. Le fascinaba. Porque no era lo mismo hablar con Yassine que hablar con Lucas o con Erik: él nunca había jugado en Argentina, y el brillo de admiración jamás se le había ido. A Gonzalo lo trataba no de par a par sino como si fuera una deidad. Sin embargo, ya no sabía si eso tenía que ver con el hecho de ser argentino.

El abrazo que compartieron ni bien Gonzalo convirtió su penal fue algo fugaz, un leve toque de costado para mirar el campo de juego a la vez y quizá por eso es que Bono le pasó un brazo por la cintura, para sostenerlo. O quizá porque tenía ganas de hacerlo y, ciertamente, la cintura de Gonzalo era pequeña; todos lo habían notado. Cosas en las que Gonzalo no pensó hasta que tuvo mucho, mucho alcohol encima.

Luego de salir campeón, había un par de fichas que le caían en soledad, desatándose los botines o mirando la pared del baño. En Catar recordaba cómo sus piernas temblaban incluso debajo del agua, habiendo pasado horas y con nadie recordando que había sido él quien cargó con esa responsabilidad de patear y hacer feliz a millones durante un cuarto de minuto. Esta vez, no tuvo tiempo de bañarse. Tampoco tuvo tiempo siquiera de quitarse la camiseta. Todo sucedió muy rápido y al mismo tiempo lento, porque en un momento estaba haciéndole fondo blanco a una botella de champán con la ayuda de Bono y al siguiente estaba siendo empujado por dos grandes manos que conocía bien, que habían sacado dos pelotas hoy, a ojos de toda España. Sólo retomó conciencia cuando el clic de la traba del baño se escuchó.

Hubo un instante, un mísero segundo en el que Yassine lo miró a los ojos, y Gonzalo confirmó que todo lo que se decía de él era verdad. Que era un caballero lo sabía desde el momento en que, medio en chiste y medio en serio, le abría la puerta del auto cuando lo alcanzaba hasta su casa. Que era un monstruo en el arco, también. Pero lo que decían las malas lenguas, algunas más perversas que otras, lo supo desde el momento en que Yassine lo apoyó contra el lavamanos y lo tomó de la nuca para darle un beso. Bono debe besar como la concha de la lora.

Bono besaba como la concha de la lora. Gonzalo tuvo que alzar sus manos para dejarlas en sus hombros, tímidas de seguir subiendo, para que luego Bono las agarrara entre las suyas y las pusiera en su cuello. Gonzalo estaba por desmayarse. Yassine lo aplastó más contra la mesada hasta que el chico frente a él se quejó y se separó.

—Perdón —le dijo, su pecho agitado y su frente sudada. Hacía calor dentro del pequeño baño para empleados del estadio. "¿Perdón por qué?" era lo que estaba a punto de preguntar Gonzalo. A punto. Pronto sintió una mano meterse de lleno en su ropa interior y se respondió solo.

—Pará... —su oración quedó a la mitad cuando aquellos dedos largos lo empezaron a masturbar a toda velocidad. Su mente quedó en blanco y su boca se abrió inconscientemente. De repente, Bono se chupó los labios y lo volvió a besar.

Segunda cosa que Gonzalo había escuchado y tenía bien en claro: Bono sabe usar las manos. Llevó una a su culo y comenzó a amasarlo mientras que con la otra lo pajeaba hasta parársela por completo. Y todo en lo que podía pensar él era en lo chiquito que debía verse en comparación ahora, cómo alguien seguro haría mención de ello si los vieran. Yassine pareció leerle el pensamiento al inclinarse y mirarlo desde arriba con una sonrisa de santurrón. Sus gruesas cejas y el lunar cerca de la boca se le hacían más atractivos que nunca.

—¿Querés que pare? —torció su muñeca y Gonzalo pegó un salto —¿O querés que siga?

Gonzalo suspiró, frustrado. Sin querer clavó las uñas en su cuello. —Seguí.

Sin embargo, Bono no le hizo caso y se llevó una mano a donde sin querer lo había rasguñado. Su mirada brilló. —¿Tenemos un gatito acá?

—Perdón.

—No pasa nada —dijo. Gonzalo se quedó esperando que regresara a su boca para luego tirar la cabeza hacia atrás cuando comenzó a morder y chupar sus clavículas. Siempre había sido sensible ahí, así que si Bono no quería hacerlo acabar rápido, era mejor que pasara a la acción de una vez por todas.

—Bono... —empezó —Cogeme.

Al contrario de lo que buscaba, todos los movimientos suyos pararon. Incluso su mano se deslizó fuera de su short y la fricción de su verga endurecida con la tela de sus calzoncillos lo hizo quejarse. Lo tomó del brazo y de inmediato ambos clavaron la vista allí, como si fuera un parate. Para Yassine, por otro lado, fue más bien un aviso.

Sin dejarlo decir nada lo giró a la fuerza y Gonzalo encaró el espejo algo sucio, tratando de volver a su posición original por inercia. Bono fue mucho más rápido y descansó la palma de su mano en su espalda, acariciándolo por debajo de la camiseta y llegando a sus tetillas. Vio en el vidrio la mueca de Gonzalo y el respingo que dio provocó que su erección chocara contra su culo. Los dos soltaron un gemido.

—Te voy a coger así, ¿sí? —dijo Bono, y Gonzalo asintió tontamente. Entonces su short fue bajado y la corriente de aire sumada a la mesada fría lo estremecieron de pies a cabeza. Lo oyó reír —Qué lindo culito tenés.

Le pegó una cachetada. Gonzalo se mordió la lengua. Luego llegó la segunda, y tuvo que agachar la cabeza para que su jadeo no fuese tan evidente. Los dedos de Bono fueron a parar a su pelo y tiraron.

—No tengas vergüenza, Cachete. He escuchado cosas de vos.

El rubor amenazaba con instalarse en su cara a toda costa, pero él, de alguna manera, pasó saliva y no lo permitió. —¿Sí? ¿Como qué?

Yassine escupió sobre sus dedos y los llevó directamente a su entrada, abriéndose paso en su interior. —Como que te gusta así, en seco —levantó la cabeza y enganchó sus ojos en el espejo —. ¿Es verdad?

Gonzalo estaba haciendo todo lo posible para que sus rodillas no se vencieran y para no empezar a chillar como una puta. Así que sí, era verdad. Movió la cabeza con lentitud de arriba abajo. Yassine retiró sus dedos y su entrada ardió.

A través del vidrio Gonzalo lo vio bajarse los pantalones y quedarse con la camiseta puesta. Hizo un puchero. Le hubiese gustado jugar un poco más con su físico (que, no iba a mentir, conocía bastante) pero entendía que esto debía ser rápido antes de que los fueran a buscar. Por eso y porque realmente le gustaba así fue que apenas exclamó un quejido cuando Bono se introdujo despacio en él, dándole tiempo de más para acostumbrarse sin preparación. Gonzalo soltó aire por los dientes y luego asintió otra vez, dándole el visto bueno.

Y con eso, Yassine comenzó a moverse. El sonido obsceno de sus pieles chocando era lo que más los mantenía conscientes más allá de lo borrachos y eufóricos que estaban: después había cosas más intrascendentes, como la quemazón de la palma abierta de Bono en su cadera o la mano de Gonzalo creando figuras extrañas en el espejo empañado que no estaban seguros de recordar más tarde, pero que definitivamente estaban ahí, imposibles de ignorar. Bono dio una estocada profunda y Gonzalo arqueó la espalda, queriendo sentirlo mejor. Bono rió.

Acercándose a su oído, le susurró con voz ronca y en su acento rioplatense: —Gemí más, te quiero escuchar.

Gonzalo le hizo caso y apretó con fuerza los ojos, dejándose llevar por el placer que le nublaba el juicio. Sentía a Yassine gruñir detrás suyo y excitarse más cada vez que sus caderas chocaban en perfecta sintonía. El interior de Gonzalo se sentía tan cálido y apretado que tenía la sensación de poder estar allí todo el día.

—Mmh... Bono... —Montiel buscó a ciegas sus manos y las llevó hacia sus pezones, gimiendo bajito cuando el hombre volvió a jugar con ellos. Su verga se retorció sobre el lavamanos y le picaban las ganas de satisfacerse, pero se negó porque Bono seguro no quería que lo hiciera.

Pensó en aquello e internamente se rió. Era sumiso hasta cuando la otra persona no lo sabía. Suponía que todas sus anteriores relaciones lo habían malacostumbrado.

Cuando pensó que todo esto no se podía poner mejor, Bono lo giró de vuelta y de un solo movimiento lo subió a la mesada, obligándolo a enredar sus piernas al costado de su torso al momento de volver a entrar en él con un gruñido. Gonzalo gritó más fuerte y sintió un pinchazo en el estómago que le daba una descarga eléctrica a todo su cuerpo. Ante su reacción, Bono sólo pudo sonreír y posar su boca sobre su cuello.

Gonzalo gimió agudamente en su oído, y no era como si no supiera lo que hacía. Yassine mordió con fuerza, haciéndolo sisear hasta que se le escaparon un par de lágrimas. Luego se llevó besos y lamidas del arquero que pretendían sanar los chupones, pero ambos sabían que iba a ser una tarea imposible. Gonzalo tendría que arriesgarse y salir así frente a todo el equipo.

Sus uñas comenzaron a rasguñar la piel de su espalda para avisarle que estaba cerca, acción que le recordó las palabras anteriores. Tenemos un gatito acá. Yassine jadeó y tiró la cabeza hacia atrás, dándole la oportunidad de escanear todo su rostro y maravillarse como la primera vez que lo vio en el predio, luciendo más alto que en fotos. Pensando, también en lo que le había dicho entonces. ¿Venís de River, no? ¿Cómo es allá? 

Precioso, había respondido, ensanchando la sonrisa más bonita de los últimos tiempos.

—Precioso —le susurró Bono al oído ahora, arrancándole un gemido suave. Los dedos en su espalda se suavizaron y pasaron a hacer simples círculos, formando un patrón. Yassine abandonó uno de sus muslos para acariciarle la mejilla. Era un gesto tan lindo, de todo menos superficial, que por un momento asustó a Gonzalo. 

Todas las veces que había cogido con tipos antes fueron en boliches, departamentos sucios que jamás volvió a ver o habitaciones idénticas a las de toda la concentración. En ninguna de ellas se habían dignado a tratarlo con tanta suavidad ni en algunos casos a besarlo en la boca. Pero incluso si él había estado de acuerdo nunca podía olvidarse de la sensación de vacío que le quedaba cada vez que se iban, dejándolo solo a altas horas de la noche. 

No sabía qué tan bueno era que Bono, evidentemente, se haya dado cuenta de eso.

Como acto reflejo, apartó su mano de su rostro y Bono de inmediato exclamó: —Gonza...

—No hables. Seguí —le ordenó, sintiéndose mal pero a la vez tan cerca del orgasmo que ninguna otra cosa tenía lugar en su cabeza. Arqueó la espalda, sabiendo que eso lo volvía loco, y gritó cuando el arquero embistió con fuerza casi sin querer. 

Se sostuvo de su hombro con una mano y con la otra se empezó a tocar, no queriendo alargar más la situación por mucho que la estuviera disfrutando. Apretó los ojos y pronto no supo más nada. Sólo veía figuras y puntos blancos y escuchaba su respiración, que en muy poco desentonaba con la de Bono. 

Lentamente, como si tuviera miedo de lastimarlo, Bono salió de él. Alcanzó a atajarlo con un brazo cuando Gonzalo amenazó con desvanecerse y no tardó en abrazarlo, maniobrando para bajarlo con cuidado del lavamanos. —¿Estás bien? —dijo, y Gonzalo lo miró con el típico ceño fruncido que lo hacía parecer malo —Casi te desmayás.

—Sí, sí. Pasa seguido —respondió. Bono no dejó pasar el detalle de que sus labios brillaban y la barba al ras probablemente era el motivo por el cual su mentón picaba.

El ambiente se volvió incómodo y el vidrio se desempañó rápido, por lo que Gonzalo amablemente pasó al lado suyo y giró el picaporte. Estaba acostumbrado a que nada más sucediera. Pero entonces, en contra de todo pronóstico, Yassine lo agarró del brazo, lo hizo mirarlo y, por primera vez en el día, Gonzalo lo notó nervioso. Ni siquiera se puso nervioso antes de los penales (en ese sentido, Bono lo hacía acordar al Dibu).

—¿Nos podemos besar un rato más?

Gonzalo no pudo evitar abrir los ojos en sorpresa. Su boca se curvó de a poco hacia arriba. La de Bono, también. Y entonces se estaban riendo, y Gonzalo tenía ese cosquilleo en la panza que estaba seguro de que no sentía desde su primer amor de la adolescencia. Asintió y volvió a pasar las manos alrededor de sus hombros. Parecían haber encontrado su nuevo lugar favorito.

Fuera del baño, en el pasillo más recóndito de la cancha, el Papu estaba llamando sus nombres mientras exclamaba cosas como "Dónde mierda se habrán metido estos..." La risita de Gonzalo era rápidamente acallada por una boca cómplice. 

No hicieron otra cosa que besarse, pero estaba bien. Se sentía bien. A Gonzalo lo relajaba y Yassine siempre había querido probar sus labios por simple curiosidad. Ahora sabía que eran suaves, que respondían necesitados y que se hinchaban fácilmente. Lo mordió una o dos veces, ganándose un golpe en el costado pero una sonrisa enorme, al fin y al cabo. Les tomó una foto, sin que se viera nada más que la camiseta con el dorsal 2 y el borde de su tatuaje de las tres estrellas, y se la quedó observando un buen rato. Gonzalo ladeó la cabeza.

Iba a preguntar por ello pero dos toques violentos en la puerta los sobresaltaron. Gonzalo se aferró a su camiseta.

 —¡Bono, si estás cagando apurate y ayudame a buscar a Cachete! —dijo la voz amortiguada del Huevo. 

Bono se giró hacia Gonzalo, mirándolo de abajo tan inocentemente que, en cierto punto, no lo era. Sus pestañas largas que hacían sombra en sus cachetes tenían que tener algún mensaje oculto. Sus dedos cerrándose en la tela de su camiseta, en su pecho, le decían otra cosa. Moriría y resucitaría mil veces con tal de saber qué.

—¡Ya voy! —le respondió y, sin esperar a escuchar los pasos alejarse, rodeó al chico con sus brazos fortachones para besarlo profundamente. Gonzalo soltó un suspiro contra él y tendió a derretirse bajo su agarre. Si algún día le tocaba patear un penal con Bono del otro lado... no sabía cómo haría. Quizá tendría que ir con los ojos vendados y confiar en el destino. 

Porque no había chance —y creánle, no había chance— de que Gonzalo, a partir de hoy, lo viera a la cara sin advertir que sus ojos lo olían como al miedo, o como a la sangre. No había chance de que ahora pudiera dejar de convencerse de que había algo más que los unía. Una señal. Un guiño.

Cuando van al vestuario a buscar sus cosas, con todos ya subidos al micro, Gonzalo observa la imagen del Burrito Ortega pegada en el casillero de Bono y siente un fuerte latido, porque su abuelo le había puesto Ariel por él. Sabe que Bono lo sabe porque comparten la misma mirada que cuando le preguntó cómo era jugar en River. Bono lo conoce desde mucho antes de ser su compañero; lo vio debutar, lo vio salir campeón de América. Pero de él Gonzalo no sabe más que lo que se dice.

En el micro, y en el avión, y en la vuelta olímpica por Andalucía, se da cuenta de que quiere saberlo todo. Así que se sienta a su lado y lo escucha hablar, le pregunta por sus tatuajes en árabe, incluso le explica los suyos. Y quizá ahora tampoco le cae la ficha pero algo se forja, como cuando se funden los metales para hacer un anillo de compromiso, y se materializa cada vez que Yassine le toma la mano y cada otra vez que Gonzalo le pasa un mate sin advertirlo. Pero le caerá pronto y más rápido de lo que cae una hoja.