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Su mano se estiró para darle a Lotor su café descafeinado y caliente de cada mañana. Keith se acurrucó a su lado entonces, mordiendo un trozo de pan sin lactosa y un té de hierbas. En su juventud se hubiera reído de esta imagen, dos hombres de edad avanzada, con suficientes arrugas y cicatrices en su piel como para confundirse con las grietas del desierto. Ahora, solo disfruta de la paz de los rayos de sol entrando por la ventana, el sonido de la televisión de mala calidad, con noticias de un mundo el cual no se había imaginado. Con su barriga creciendo por años de increíble alimentación y un metabolismo desgastado.
Keith disfruta hoy de lo que jamás pensó, una familia.
Lotor se inclina hacia adelante y levanta su cuerpo lentamente. Keith reconoce en ese movimiento que es hora de la visita de la semana. Se levanta a la par, y en su silencio de movimientos tácitos, ambos pasan por su calzado, un abrigo y algo dulce para el camino. Las flores las recogen de paso por la florería de la plaza, como cada viernes por la tarde. Un ramo de lirios envueltos en un hermoso papel blanco. La vendedora del lugar siempre los tiene preparados de la mejor forma.
El camino es largo para lo que sus piernas pueden soportar de un solo avance, por lo que deben tomar pequeños descansos de tanto en tanto. Mirando los pájaros pasar entre los árboles y aquellos otros más atrevidos cerca de sus zapatos.
Lotor siempre tararea una melodía y Keith siempre le recuerda lo mal que lo hace mientras sostiene su mano.
La esencia de la rutina, de lo estático, de lo simple, se ha vuelto hace tiempo algo hermoso. Tal vez porque cuando era joven iba muy rápido y no podía ver, y ahora el paso es lo suficientemente lento como para disfrutar el andar del camino de una hormiga. Simple y bello, como una siesta a la media tarde con el aroma a verano sobreviniente de las sábanas gastadas.
Saludaron al portero del lugar e ingresaron. Derecho por el pasillo central, pasando la puerta grande, unos metros a la izquierda. El portero les alcanzó una banqueta entonces, antes podía arrodillarse, ahora apenas se sostiene erguido.
El ramo en las manos de Lotor baja lento y seguro sobre la tumba gris y moteada de humedad. Limpia, mantenida, pero demasiado vieja para parecer agradable. Los lirios realzan el color oscuro.
Keith acercó sus dedos, frotando suavemente sobre el epitafio, “Cómo el sonido de la campana, una estrella fugaz atraviesa la noche…”. Tres estrellas fueron dibujadas a un lado.
-Hola Shiro, ¿qué tal la semana?. Yo por fin terminé de leer la novela que me prestó Adam, de la que hablé la otra semana, a pesar de las molestias de mi marido para que le de atención, pude lograrlo…
La sonrisa de Lotor es evidente ante el último comentario de Keith y comienza una pequeña riña molesta y encantadora, tal vez rememorando actos de cuando eran jóvenes y viriles.
La charla se hizo larga y tendida, suficiente para pasar la data de los días soleados de dos viejos viviendo juntos, como gatos canosos y gruñones.
Se pusieron al día con su amigo, caminaron de regreso al mismo ritmo que cuando vinieron, lento y calmo, con el sol más tenue pero aún en el cielo.
-Oh!- Lotor habló de pronto. -Adam llamó ayer por la mañana, a eso de las 6… casi lo olvido. Dijo que viene de visita hoy y se queda el fin de semana, volvió a discutir con James… algo sobre una tarta de manzanas.-
-Esta bien, si mantenemos el paso vamos a llegar antes de las 19, además tiene la llave de la casa… aunque la última vez la perdió… pero puede esperar… que espere, siempre hace lo mismo… Espero que traiga vino, estoy muy viejo para soportarlo sobrio.- Le da un pequeño pellizco a Lotor en su costilla. -Debiste decirme antes viejo! Ahora va a saber que termine la novela! La dejé encima de la mesa ratona, no voy a llegar a esconderla y me va a pedir que se la devuelva!!! Viejo bueno para nada!!!-
Lotor se queja con un chasquido de labios ante el pellizco. -Lo recordé a tiempo, ¿por qué me molestas? Ahora cuando lleguemos me siento encima así no puede verla. Tú lo distraes con chocolate, hay sin lactosa en la heladera. Seguro no come en siglos…-
La sonrisa de ambos se posa cuando entrelazan sus dedos y siguen el andar.
El otoño está pronto a llegar, las hojas de los árboles comienzan a ponerse amarillas.
