Chapter Text
El capitán Kaeya Alberich no era un pirata normal. En primer lugar, ya llevaba muchos años navegando los diferentes mares de Teyvat, ya contaba con mucha experiencia, a pesar de su joven edad, lo que le hacía uno de los capitanes piratas más jóvenes. Y eso se notaba en su apariencia muy bien cuidada. No vestía con trapos andrajosos, vestía con ropas diseñadas especialmente para él, con colores claros, azules y atractivos, y con joyas que resaltan su cargo. Sumándole a su natural buena apariencia, le hacían destacar donde quiera que vaya.
También, no se consideraba un pirata despiadado, era alguien que destruía, atacaba y robaba, pero solo a aquellos que se lo merecían. Tenía criterio. No era malo, jamás atacaría un puerto solo porque sí, una embarcación pesquera o un comerciante si no sabía de quién era la mercancía. Claro, que sus enemigos no podían decir lo mismo; para ellos, Kaeya Alberich, era uno de los piratas más crueles que había existido en los mares de Teyvat. Y era lógico para sus enemigos que lo temieran. Ahí, en los mares, donde ningún arconte gobernaba, él era considerado un gran peligro.
Entre sus víctimas favoritas estaban los fatuis. Los barcos de estos siempre iban con poca protección y con muchas riquezas, además, sentía una increíble satisfacción en eliminar unas cuantas escorias del mundo. Sí, era peligroso de su parte involucrarse con las posesiones de tan terrible organización, sin embargo, no era que atacara los barcos de altos mandos, o heraldos, después de todo no atacaba a lo loco. Era esa su diferencia con respecto a los otros piratas; Kaeya tenía una mente estratégica. Elegía sus batallas y por lo tanto sus contrincantes.
Y hoy era uno de esos días, el mar estaba tranquilo para ser mediana estación, el viento soplaba las velas como si fueran mecidas por el mismo Arconte del Anemo. Kaeya miraba desde la proa con su catalejo hacia la deriva; según sus informantes en Puerto Ormos, un barco de los fatuis con soldado de bajo rango saldría de aquel puerto con dirección a Liyue, en una ruta que era de sus favoritas, por lo fácil que podía atacar algunas presas en sus aguas turbulentas.
Y eso esperaba, el navío fatui debió salir con los primeros rayos del sol, estando en pleno mar al mediodía, momento donde Kaeya y su tripulación estaría esperándolos para atacarlos por sorpresa cuando pasaran cerca a los roqueríos de una isla tan pequeña que no aparecía en ningún mapa náutico.
Pero…
–Aún no aparecen –murmuró el capitán soltando su catalejo.
Su primero a bordo lo miró nervioso, un hombre corpulento y de apariencia tranquila, le respondió; –¿Quizás se atrasaron en salir del puerto?
–Es poco probable. Los fatuis podrán ser despreciables, pero aprecian la puntualidad. Son molestos en ese sentido. ¿Se habrán desviado? – se preguntó a sí mismo, pero esa idea también le sonaba extraña. Su instinto le pateaba, trataba de decirle algo.
–¡Capitán! ¡Ahí vienen!
Antes de tomar en cuenta a sus instintos, Kaeya tomó veloz su catalejo, mirando hacía el lejano horizonte hasta ver que lo gritado por uno de su tripulación era cierto; su botín venía navegando con tranquilidad, solo que con 4 horas de retraso. Algo inusual, su instinto volvió a despertar, volviéndolo cauteloso.
–No des la orden aún –habló –, hay algo extraño.
Miró una vez más por su catalejo, ahora que el barco estaba más cerca, pudo notar lo que estaba fuera de lugar; había humo saliendo en su proa. Sus demás tripulantes no tardaron en notarlo.
–¡¿Humo?! ¡Capitán! ¡Nos robaron nuestro botín! Otros piratas atacaron el barco antes que nosotros.
Kaeya suspiró. Solo negó con su cabeza, sus joyas sonaron con el movimiento.
–Prepara un bote, iré a investigar. Algo raro está sucediendo; míralo bien, ese barco no fue atacado por otro navío.
El primero a bordo miró el barco, y notó aquello que molestaba a su capitán, por lo que no cuestionó la decisión arriesgada, sabía que este tenía razón. Solo realizó lo ordenado y preparó el bote para Kaeya, quien junto a 6 de sus hombres, remaron hasta el navío fatui.
Al estar cerca del barco, notó que su intuición no estaba equivocada; este barco no tenía signos de ser atacado por otro, la parte de afuera del casco estaba ilesa, pero si se veía humo desde el interior y ningún indicio de vida. ¿Quizás fue un motín…?
–Capitán, el barco parece abandonado, ¿qué pudo haber pasado? – preguntó un nervioso tripulante. Luego gritó asustado; – ¡¿No creerá que las leyendas de Fontaine son reales y fueron las sirenas?!
Kaeya se rió a carcajadas; –¡No seas ridículo! Si fueran las sirenas, nosotros ahora estaríamos varios metros bajo el mar – se burló, para agregar con un tono bajo y muy serio; –, o bien nos están esperando arriba, quien sabe…
El bote chocó con la madera del barco haciendo que Kaeya ignorara el escalofrío y el chillido de miedo del hombre. Sin perder tiempo, el capitán aprovechó para lanzar una cuerda y subir. No dio órdenes, sabía que sería seguido.
Kaeya silbó al ver lo que causaba el humo; mitad de la proa estaba chamuscada como si hubiera habido un incendio, la madera del barco aún parecía arder. Hacía mucho calor arriba. Pero se notaba que lo que había causado el fuego no fue accidental, no porque había partes quemadas y otras no.
Además, no habría tantos cadáveres de fatui adornando la proa. Su idea de un motín entre los fatuis volvió a tomar fuerzas, pero algo le hizo no estar seguro por completo de eso…
–Parece que sí hubo una sirena por aquí – se rio, mientras sacaba su espada, lista para atacar, en su espalda brilló la visión cryo que le destacaba, algo raro para un pirata.
Detrás suyo, sus subordinados que lo habían seguido se preparaban para ser encañonados en cualquier momento temerosos y maravillados por la destrucción del lugar.
–Capitán, ¿fue un motín? Porque quienes sean que hicieron esto no son personas normales.
–No estoy seguro de que sea un motín, de ser uno, habría fatuis sobrevivientes… pero si estoy de acuerdo en algo contigo; quienes hicieron esto, no son personas normales. Manténganse alerta. Los atacantes aún están en el barco.
Los demás piratas se mostraron nerviosos ante esas palabras, hasta que uno se atrevió a preguntar: –¿Cómo lo sabe…?
–¡Fácil! El botín aún está en la proa.
Solo en ese momento la tripulación notó que lo que ellos consideraban un tesoro no había sido tocado.
–Avancen con precaución – ordenó Kaeya –, que tres de ustedes registren la cubierta y cada cabina. Dos que den aviso al barco para que se acerque. Yo investigaré la cabina de mando.
Veloces como un rayo, la tripulación hizo lo ordenado, eran eficientes y leales a su capitán. Y lo mejor, confiaban en este.
Kaeya sonrió, orgulloso por esto. Subió las escaleras que llevaban a la cabina mirando a su alrededor, maravillado por el nivel de destrucción, tocó con sus dedos la madera quemada, aún estaba tibia.
Quienes fueron los que atacaron este barco, no fue hace mucho. Es por esta otra razón lo que le hacía sospechar que los atacantes aún estaban a bordo, escondidos de ellos esperando por atacar. Se apresuró hasta su destino, sin embargo, la puerta estaba atascada.
Kaeya maldijo por el inconveniente, por lo que hastiado, acumuló un poco de energía de hielo con su visión cryo y congeló la bisagra de la puerta para luego, con una patada, romperla.
Problema solucionado, algunas veces amaba tener una su visión… solo algunas veces.
Adentro todo estaba oscuro, las persianas cerradas, al parecer el capitán de este navío no le gustaba compartir la cabina de mando con nadie.
El lugar era simple, y en un escritorio, pillo lo que buscaba; la bitácora.
–¡Perfecto! – celebró Kaeya tomando el cuaderno, se fue directamente a las últimas entradas, en especial la del día anterior. Notas del estado del mar. Provisiones. Nombres de tripulantes. Puertos donde zarparían. Carteles de se buscan. Sonrió al ver su rostro en uno de esos. Kaeya chistó, era lo normal. Que capitán tan aburrido. Cerró el cuaderno con hastío y lo lanzó con descuido en la habitación.
En ese momento desde afuera se escuchó un fuerte golpe y luego caos. Kaeya salió veloz de la cabina de mando acercándose hasta la baranda.
–¡¿Qué pasó?! – gritó.
Vio a los dos hombres que se quedaron en la proa, con sus armas a la defensiva, mirando directo hasta las escaleras que van hacia el interior inferior del barco.
Escuchó unos gritos que venían desde el interior.
–¡Prepárense!
En ese momento, las llamas subieron por las escaleras persiguiendo a su tripulación que por los pelos se salvó de no ser alcanzada por las grandes llamas.
Misma flama de llamas que Kaeya juro que tomó forma de una gran ave de fuego, como un fénix, antes de desaparecer en la nada en un espectáculo que lo maravilló por un segundo.
Pero no tuvo tiempo de pensar en lo hermoso del espectáculo de llamas cuando desde la cubierta salió el culpable; un hombre vestido de negro, que portaba una gran espada, un mandoble cubierto en llamas, un cabello rojo largo que parecía ser parte del fuego que parecía consumirlo todo y unos ojos fieros.
Mismos que por un segundo se posaron sobre su persona, haciéndole estremecer.
Kaeya sonrió; –¡Parece que tenían razón! ¡Encontraron a su sirena!
Kaeya se lanzó desde su posición alta hasta quedar frente al hombre. Y lo miró de pies a cabeza; el hombre era joven, puede ser que tanto como él. Estaba lastimado, había sangre en su ropaje y cortes sangrantes en su brazo izquierdo que le obligaba a usar esa enorme espada con tan solo un brazo, heridas en su torso y pierna. Se notaba que les costaba trabajo mantenerse en pie.
Pero lejos de eso, Kaeya reconoció al hombre.
–¡Qué maravillosa coincidencia! Encantado de conocerlo, héroe oscuro. Soy su gran admirador – y realizó una exagerada reverencia –. Pero me temo que está un poco lejos de tierra…
El héroe oscuro, una de las figuras que los fatui habían cazado por años, pero jamás dieron con él. El hombre enmascarado solo atacaba a los fatuis, en una vendetta personal de la que nadie sabía nada, pues nunca se supo la identidad detrás de la máscara y capucha del hombre. Una leyenda urbana de la que se hablaba en cada bar y taberna en cada puerto donde Kaeya se ahogaba en licor. Y ahora Kaeya lo tenía frente a él, al mismo hombre que cazaba fatui por diversión, en medio del océano, solo y herido. Y sin su máscara y capucha, perdidas quizás en el fervor de la batalla anterior.
Realmente, Kaeya silbó, el héroe oscuro era, sin exagerar, alguien realmente atractivo, con un hermoso y delicado rostro y facciones, realmente una belleza. Misma belleza que tenía una alta recompensa sobre su cabeza.
El plan se armó en su cabeza en un instante.
–No quiero nada con ustedes, piratas. Tomen su botín y lárguense – la voz del hombre sonó ronca, como si le costara decir hasta la más mínima palabra.
Kaeya se rió a carcajadas; –Oh querido. No es tan simple como solo tomar el tesoro e irnos. ¡Tengo muchas preguntas! En primer lugar, ¿qué haces aquí? Y por supuesto, ¿qué pretendías hacer aquí, en medio del mar, absolutamente solo?
El hombre de negro no respondió, solo chistó, tomó su pesada espada y se lanzó al ataque. Kaeya esquivó con practicada facilidad, anticipando el ataque, la velocidad siempre fue su fuerte, además que el otro hombre estaba herido haciendo de sus movimientos más lentos y menos letales.
Pero, al parecer, el hombre buscado era persistente, y se volvió a lanzar, esta vez sus espadas chocaron estrepitosamente. Los golpes iban y venían entre ambos, enfrascados en una pelea que Kaeya estaba disfrutando más de lo que esperaba. Maravillado por cómo el hombre herido no se rendía y que con cada golpe sus ojos parecían arder más y más en una emoción que Kaeya hace mucho tiempo no sentía. Además, que las estocadas del pelirrojo iban directas a matar. Kaeya se preguntó si hubiera luchado con el hombre estando esté en su mejor estado, cuánto hubiera aguantado. Quizá no mucho y ya estaría muerto como todos los fatui de ese barco.
Un certero golpe lanzó a ambos a extremos diferentes, el hombre pelirrojo clavó su mandoble en las tablas del barco, sujetándose de este y respirando con dificultad, tomando su herida en el pecho que parecía sangrar más que antes.
Kaeya suspiró, tendría que acabar su encuentro, a pesar de lo mucho que lo estaba disfrutando. Pero hacer que el hombre de negro se matase por desangramiento, no haría bien a su nuevo plan.
–¡Realmente estoy maravillado! – gritó Kaeya – Ahora no me queda menor duda que fuiste tú el culpable de esta masacre y de lo cierto de la reputación que te procede. ¡Con razón los fatui te temen y ofrecen tan ridícula recompensa por tu cabeza!
El hombre debió leer entre líneas el plan de Kaeya pues su rostro, por un segundo, se vio conmocionado, para luego arrugar el entrecejo en una expresión que solo demostraba odio e ira. El mandoble nuevamente acumuló vivas llamas listas para atacar.
Esto emocionó más a Kaeya que hizo lo mismo con su hielo, juntando energía no solo en su espada, sino también alrededor de él en forma de carámbanos afilados que le rodeaban.
–Veamos de que es capaz la sirena… – murmuró Kaeya y se lanzó al ataque a la vez que su enemigo.
Cuando el hielo chocó con el fuego, el primero se derritió como era esperado, a lo que Kaeya aprovechó el momento, y velozmente, congeló el agua de su hielo derretido debajo de los pies de su enemigo. Haciéndolo resbalar y caer de espalda.
El héroe oscuro cayó con un seco golpe acompañado de un grito ahogado, sus llamas de inmediato se apagaron. Enseguida la espada del capitán enemigo estuvo en su cuello.
–Parece que es mi victoria – Kaeya sonrió, mirando directo a los ojos llenos de furia del pelirrojo debajo de él.
–Bastardo… – escupió tratando de enderezarse ignorando la espada que amenazaba en cortar su cuello.
–Si lo soy, y también soy un pirata. Ahora duerme – y con un fuerte golpe con la empuñadura de su espada en la cabeza del pelirrojo, lo dejó inconsciente.
Su tripulación se apresuró a salir de sus escondites y acercarse a su capitán. Kaeya observó una vez más el rostro inconsciente del pelirrojo que causó tanto revuelo…. que interesante había sido todo, lástima que ya estaba por acabar. Se percató que su barco ya estaba cerca, suspiró, se limpió el polvo, enderezó su ropa, guardó su espada y comenzó a dar órdenes.
–Lleven todo lo de valor a nuestro barco; tesoro, comida, agua y documentos oficiales. No dejen nada que nos pueda servir. Luego quemen el barco.
–¡Capitán! ¿Y qué haremos con el hombre? ¿Lo tiramos por la borda?
–Bueno, ¿acaso no me escuchaste? Dije suban todo lo de valor a nuestro barco, y él, querido, es lo más valioso que tiene este barco – sonrió presuntuoso –. Traigan cuerdas y lo amarran con cuidado, llévenlo hasta las celdas, limpien sus heridas y que lo vea el curandero, y luego lo atan con las cadenas más gruesas que tengamos. No olviden quitarle su visión, me quedaré con ella.
El pirata miró extrañado a su capitán, sin entender y sin moverse, temeroso en acercarse al hombre inconsciente.
–¡Pero capitán! Este hombre es peligroso, exterminó a una tripulación solo. ¡Y de fatuis! ¿Q-qué pasa si despierta y nos mata a todos…?
Otros tripulantes parecían pensar lo mismo, Kaeya suspiró, algunas veces sus hombres eran tan estúpidos.
Ignorando las quejas del hombre, tomó al pelirrojo del suelo y lo levantó en sus brazos, y lo llevó el mismo hasta el barco.
Se sorprendió de lo liviano y delgado que era, más aún porque erguía una tan pesada arma, como lo era el mandoble. Y no solo eso, sino que eliminó más de una docena de enemigos sin ayuda alguna, que tan intrigante era el pelirrojo. Sin embargo, no se preguntó más, no con lo que sería su próximo boleto riquezas y buenos tragos en las tabernas en los siguientes meses cuando entregara al tan buscado héroe oscuro a los fatuis y cobrara la recompensa.
Una sonrisa lobuna y calculadora se apoderó de su atractivo rostro.
–Que preparen la celda, hoy tendremos un invitado de lujo.
Continuará.
