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En cuanto el sol se ocultaba tras el horizonte, eran pocas las cosas que hacer en Arendelle. El pueblo quedaba sumido en silencio y calma, arrullado por el suave golpeteo de las olas en sus costas rocosas junto al movimiento delicado de las hojas de los árboles causado por el viento.
Sin embargo, existía un lugar en el reino donde si se aguzaba el oído, era posible escuchar risas de dos niñas pequeñas que se escabullían en los rincones del castillo, intentando no incomodar a ninguno de los residentes.
Las princesas Anna y Elsa jugaban en medio de un paisaje invernal dentro del Gran Salón, estando a finales del verano. El sitio estaba lleno de nieve esponjosa esparcida sobre el suelo como un acogedor manto, estalactitas brillantes pendían del candelabro hechas de un hielo tan puro que podría pasar por cristal; un escenario mágico y adorable.
No había razón para temer, era el secreto de la familia real: la princesa heredera poseía poderes de nieve y hielo. Un bellísimo don que le fue otorgado al nacer, aunque desconocían el motivo.
Los arendellianos tenían opiniones bastantes claras sobre la magia, particularmente después de cierto incidente que les arrebató a uno de sus reyes más queridos. Pese a amar a sus gobernantes, no dudarían en rebelarse si se sentían amenazados. Por seguridad de la propia Elsa, el número de personas al tanto de su peculiaridad se limitaba a tres.
La noche era corta para ambas, decidieron aprovecharla al máximo.
Anna saltaba de un montículo de nieve a otro, gritando de alegría, confiando en que su hermana haría otro pilar en el que caería con seguridad. Casi olvidaron que algún guardia podría descubrirlas mientras recorría los pasillos en su rutina nocturna.
—Atrápame —exclamó la menor.
La otra niña guiaba con movimientos de muñecas como si se tratase de una danza secreta, dejando que la nieve fluyera hasta materializarse en columnas cada vez más altas, permitiendo que Anna aterrizara suavemente, soltando carcajadas.
—De nuevo, ¡de nuevo! —gritó Anna, impulsándose con toda su energía.
—Espera —suplicó Elsa, sintiendo que perdía el equilibrio.
Durante unos instantes su cuerpo flotó en el aire, antes de comenzar a caer.
En cuanto la pequeña princesa saltó de aquella plataforma, Elsa pensó en los peores escenarios. Había resbalado y no existía manera en que lograse crear otro montón de nieve para amortiguar la caída de Anna. Alzó impotente una de sus manos, lanzando accidentalmente un disparo azulado de sus poderes.
Con gran temor, vio como aquella ráfaga de magia helada rozaba el cabello de su hermana sin que ésta se diese cuenta, después todo ocurrió demasiado rápido.
Un sonoro golpe, un crujido y un agudo aullido de dolor. Anna impactó contra el suelo, gimiendo por ayuda. La ligera capa de nieve que quedó como evidencia de las primeras horas de juego nocturno no fue suficiente para evitar sus lesiones.
—¡Mamá, papá! —berreó Anna mientras sujetaba su tobillo izquierdo, causando preocupación en la mayor.
Elsa intentó acercarse a ella, pero su hermana se apartó con temor. Como si hubiese causado el incidente a propósito. Ese simple gesto la lastimó profundamente.
La herida lucía mal, el pie estaba doblado en un ángulo extraño y la zona articular comenzaba a inflamarse. Debía doler a horrores, no necesitaba ser médico para saberlo.
De par en par, las puertas se abrieron mientras entraban los reyes de Arendelle preocupados. Por algún motivo que Elsa no comprendía, ambos seguían usando ropa de trabajo en lugar de camisones para dormir.
—Elsa, ¿qué hiciste? —inquiere su padre con voz autoritaria al ver a sus dos hijas en medio del salón congelado—. ¡Se está saliendo de control!
Tanto él como la reina se acercaron a acunar a Anna, quien continuaba sollozando. Salieron corriendo en busca del médico real con el objetivo de tratar a la menor, dejando abandonada a la otra pequeña quien también estaba asustada.
—Fue un accidente —murmuró a la nada—. Como lo siento, Anna.
Angustia y pesar se colaron en Elsa, quien temblaba, repitiendo en su mente una y otra vez la misma frase: «contrólate, no sientas». Sabía de primera mano que cualquier emoción fuerte descontrolaría sus poderes.
Permaneció sola, acompañada de la luz de luna que ingresaba por los ventanales, sintiendo frío por primera vez en su vida.
Volvió a su habitación, cubriéndose con las sábanas hasta la cabeza, escuchando el ajetreo del personal del castillo al enterarse que Anna se había lastimado. Lloró en silencio, sintiendo un sabor amargo en la boca.
¿Por qué se dejó convencer de escaparse a jugar aquella noche? ¿Anna estaría bien? ¿Recibiría un castigo por eso?
Ella no podía ser el torbellino de energía irreprimible que era su hermana. Sí, ambas eran princesas, pero Elsa era la heredera, estaba destinada a convertirse en reina de Arendelle. No podía obtener malas notas académicas, ni distraerse, tampoco inventar excusas para salir a jugar o tener malos modales, debía ser la hija perfecta.
Anna podría ir a la biblioteca del castillo, arrancar páginas a todos los libros y sólo recibir una reprimenda que no duraría más de una semana. Si a Elsa se le ocurría doblar una sola hoja, probablemente recibiría un sermón decepcionado del Rey Agnarr, seguido de un mes de tareas para reparar el daño.
—¿Estás aquí, Elsa? —preguntó la voz suave de la Reina Iduna al ingresar a la habitación, acercándose a la cama de su hija—. Tranquila, tu hermana estará bien, no se rompió nada. ¿Puedes decirme qué ocurrió?
Iduna intentó envolverla en sus brazos, pero fue inmediatamente rechazada por la pequeña, temerosa de causarle algún tipo de daño. Su magia era responsable del accidente, aunque sus intenciones fuesen buenas existía la posibilidad de herir a otros. Al levantar la mirada, Elsa vio la sonrisa gentil de su madre que sin presionarla le recordaba que confiaba en ella. Se acercó despacio y la abrazó con fuerza, dejando que aquel contacto se llevara sus penas.
Sentía que sólo podía ser sincera con ella. Su madre no la trataba como la intachable Princesa Elsa de Arendelle, sino como lo que realmente era: una niña de ocho años.
—Me resbalé… —inició a contar, con la voz temblorosa.
Su madre escuchó todo el relato con atención. Al terminarlo, le aseguró que luego de unas semanas de reposo, Anna volvería a sus travesuras habituales. Comprobó que Elsa no tuviera heridas, la arropó cuidadosamente y le contó una historia hasta que se quedó dormida.
Lo que restó de la noche, otra duda asaltó la mente de Elsa durante su sueño: «¿qué habría pasado si…?».
Eran tantas las posibilidades: golpear a su hermana con sus poderes, haberse fracturado la pierna, caer de costado o de cabeza… ¿y si hubiese sido más grave o la hubiese matado? ¿su madre la vería con la misma mirada amorosa?
Estaba tan cansada que dormir ni siquiera fue reparador.
Al abrir los ojos con las primeras luces del alba, pudo ver a sus padres descansar sobre un montón de mantas al pie de la cama de Anna, como solían hacerlo cuando cualquiera de las dos se enfermaba. Una escena dulce y ordinaria, exceptuando la ligera capa de escarcha que cubría toda la habitación.
«¿Qué habría pasado si…?».
Afortunadamente, en esta ocasión, jamás lo sabría.
