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—I—
El tiempo sigue avanzando. El universo que tiene ante él sigue su ciclo, danzando en el hilo de la creación y destrucción. Vidas marchitas por el paso de los años, dejando atrás vestigios que, muchas veces, acaban en el olvido.
Sin embargo, él nunca podrá olvidar. Porque las décadas se convierten en siglos, y él prevalecerá como lo ha hecho en varias eras de ámbar. Verá el florecer y el perecer de la vida ante sus ojos, condenado a dejar ir lo que no puede preservar bajo códigos o creaciones mecánicas.
La vida de un ser inorgánico. El gobernante de su pueblo mecánico y renuente a perecer bajo el peso del tiempo.
Fue testigo del comienzo de existencias que marcaron un antes y un después en la historia. En varias materias, cualidades y decisiones. Buenas o malas, guiadas por las vías y bajo la mirada lejana de los Eones.
Dejan incógnitas que van más allá de su comprensión. La vida después de la muerte, la existencia de un más allá o la reencarnación misma. Los estudios e investigaciones son extensos, preservados a través del tiempo, pero que son debatidos pese a no existir una respuesta exacta en cuestión.
Para él, no existe un después de la muerte. Su cuerpo material se destruiría, y núcleo seguiría vigente gracias a las copias que mantiene ocultas para los demás.
Ha pasado gran parte de su existencia conviviendo con seres orgánicos. Su apego a los mismos, recopilado en información que busca comprender su naturaleza, enigmática y efímera. La vida de muchos se esfumó entre sus manos, criaturas que le provocaron un impacto significativo, pero que, pese a la cercanía y años de convivencia, no han logrado igualar la naturaleza del profundo sentimiento que lo atormenta.
La pérdida del ser más brillante y hermoso que pudo existir. Poseedor de una inteligencia que igualaba a la suya, cuyo destino se vio eclipsado en ayudar a su gente e innovar para los demás. Salvó vidas, y guío a muchos como lo haría un monarca con su pueblo.
Un sentimiento que trasciende más allá de su comprensión, ajeno a su núcleo, pero que es tan valioso para él que se rehúsa a borrarlo.
El hombre que alguna vez existió, se marchitó entre sus brazos hasta morir en su letargo.
Destacándose desde joven, la adultez lo había convertido en un hombre excéntrico y brillante, de carácter fuerte y amable, oculto tras una personalidad engreída y arrogante. Su búsqueda por la verdad, una cualidad que es inigualable ante cualquier otro genio que haya conocido.
Un genio sin bendición de la Erudición, que fue capaz de sobresalir y ocupar un lugar en la historia . El amor de su vida, el virus que contaminó su sistema hasta convertirse en parte de él.
Aquel que le dio significado a la palabra "amor". Con su imagen todavía presente en lo más profundo de su memoria hasta el día de hoy.
Sus ojos, su voz y sonrisas fugaces, preservadas y protegidas como si fueran la cosa más frágil y hermosa que pueda existir para él.
—II—
"¿Crees en la reencarnación?"
El tiempo sigue avanzando, con el creciente desequilibrio entre la vida y la muerte. La decadencia de la vida orgánica, propensa a perecer ante los horrores que existen en el universo.
La pregunta lo toma de imprevisto. No hay respuesta exacta que pueda dar, y su acompañante se limita a mirarlo a través del cristal.
"Afirmativo: pese a ser un tema discutido, el concepto de la reencarnación ha sido registrado de manera detallada a lo largo de los siglos." comunicó, llevando su mano tras su espalda.
No aparta la mirada, oyendo un ligero chasquido de lengua por parte de la contraria.
"Es cierto." concluye de manera tajante, regresando su atención a los archivos que sostiene distraídamente.
Se quedan en silencio, con el ruido de las máquinas y maullidos lejanos resonando de fondo. La reunión había concluido; tuvo que haberse ido horas antes, sin embargo, se ofreció en ayudar a su compañera a empacar sus cosas.
No sabe donde irá, ni cuándo volverá a verla.
Ella es así, y no es algo que le moleste realmente. La acompañó hasta la nave que la llevaría en su larga odisea para visitar uno de sus planetas de estudio, despidiéndose con un ligero asentimiento de cabeza.
No hay palabras ni afecto en su despedida.
La carencia de emociones de la contraria hace que él límite sus acciones para el gusto de ella. Su entorno de trabajo es así: nada de cercanía más allá de lo profesional.
Él regresa a su nave, bajo la atenta y lejana mirada de los investigadores de la estación espacial. No regresará por un tiempo, sabiendo que debe cumplir su papel como gobernante. Sus pasos son lentos, vagos pese a tener un rumbo fijado.
Suele pensar en los recuerdos revividos por la reminiscencia, avivando emociones que sólo puede señalarlas como orgánicas. Un fallo en su código. Se detiene ante el paisaje universal, apreciando en silencio las estrellas y el planeta que yace en el horizonte. La existencia de las mismas es efímera, como el vivir de los seres vivos. Perdurarán por milenios, hasta extinguirse en polvo cósmico o dando paso a las magníficas supernovas. Observa las pequeñas enanas de color carmín y amarillo, brillando en el manto cósmico entre las otras estrellas.
Recuerda los ojos de aquel hombre. El matiz de sus orbes brillantes, comunes en algunos planetas, pero tan únicos y duraderos que solo éstos tienen lugar en su memoria.
Aquel que afecta su percepción de la belleza, lo que pasa los límites de su raciocinio como ser mecánico. La alteración de su realidad, la razón de su diferencia significativa entre las otras criaturas inorgánicas.
Y... las alarmas resonaron en la estación.
—III—
Los minutos transcurren de manera ininterrumpida, bajo el tenso ambiente que se vive en la estación. Existe preocupación por parte de los investigadores, por la seguridad del lugar y de su bienestar y el de la dueña de la estación espacial.
Sabe que su compañera no está presente en ningún rincón de la nave, ocupada en sus trabajos y conferencias en un lugar seguro. Sin embargo, el tiempo sigue avanzando, y sigue sin saberse los motivos del secuestro.
Puede oír a la jefa de la estación llamando al Gremio, la sociedad del conocimiento. Los eruditos que yacen por debajo de ellos, los genios, los no bendecidos por la Erudición.
Alguien vendrá por parte de ellos.
El nombre del erudito le es conocido. Ha leído artículos y oído entre las civilizaciones de algunos mundos sobre los logros y ayudas que ha brindado durante todos sus años de vida. Alguien joven, que oculta su rostro bajo por motivos excéntricos.
La hora se hace presente, y regresa a la realidad al oír a la mujer a su lado llamar su atención.
"Señor Screwllum" lo llama tímidamente, con sus ojos revelando la preocupación y presión que carga sobre sus hombros. "El Dr. Ratio acaba de llegar, ¿está bien quedándose aquí o desea darle la bienvenida?"
Preguntó, dando unos pasos hacia atrás.
Inclina la cabeza, meditando, analizando de manera vaga la situación en cuestión. Descarta por un momento su ensoñación y añoranza, guardando los recuerdos de su amante para enfocarse en lo que acontece en el lugar.
"Si no es mucha molestia, señorita Asta, deseo darle la bienvenida al Dr. Ratio." la joven asintió, empezando a caminar en compañía de dos investigadores más.
Él los sigue de cerca, hasta que se detienen ante la figura del erudito.
La cabeza de yeso oculta su identidad, dejando visible su cuerpo y vestimentas que, a simple vista, son originarias de un planeta que hace siglos no visita.
Su razón para viajar a aquel mundo se había ido hacía mucho tiempo.
El hombre parece estar impaciente, sosteniendo un códice en su mano. En silencio, en medio del tenso ambiente que atormenta a la estación.
"Dr. Ratio" saludó Asta, inclinando la cabeza levemente. "Una disculpa por la demora."
"Tres minutos con cuarenta segundos..." suelta en un siseo fuerte, cerrando el códice con fuerza "Ante la situación, me abstendré de reprochar la falta de puntualidad. Sin embargo, no he de decir lo mismo de la actitud de los... investigadores."
Oye con atención la voz del hombre frente a él. Cada palabra, cada siseo que revela su enojo por la carencia de los investigadores de mantener la calma y pensar con claridad. La falta de empatía, parte de la personalidad de aquella criatura que destaca por sus logros y contribuciones a la ciencia.
Recibe la atención del contrario cuando termina de señalar las falencias de los investigadores. Los ojos tallados en el yeso, resultan ser un reflejo de la mirada del hombre. Fulminante, como si intentara ver a través de él.
El silencio parece perpetuo, eclipsado en un ligero carraspeo que sólo llega a ser oído por él.
"Un placer conocerlo en persona, Dr. Ratio."
Saluda primero, inclinando la cabeza a modo de saludo. El contrario corresponde, con una ligera vacilación que camufla con su tono firme y autoritario.
No nacen más palabras después del saludo, dejando a la jefa de la estación explicando los acontecimientos a Ratio. Él oye con atención, escondido tras su mascara de yeso de la curiosa mirada ajena. Atrae la atención de la muchedumbre, que acaba ahuyentando con su franqueza y brusquedad.
No hay delicadeza en sus palabras, solo la cruda verdad.
Veritas Ratio.
La razón por encima de la ignorancia. La personificación de la verdad.
Su mente se queda en blanco por un momento. Oye estática en su interior, al son del movimiento de los engranajes y extremidades mecánicas. No detiene sus pasos; se tornan lentos y pausados, dejándole ver la espalda esbelta del causante de su falta de pensamientos.
Le resulta extraño, sorpresivo. Algo que no imaginó vivir por segunda vez en todo el tiempo que lleva existiendo.
El tiempo sigue avanzando, pero él sigue estancado. Recuerdos almacenados regresan a su memoria, recopilados por fechas y eventos.
Sus primeros encuentros, hace siglos, donde la juventud de su amante ahora yace plasmada en su tarjeta madre. Las palabras mordaces, honestas y tajantes que él soltaba sin miedo a ser despreciado, las mismas que eran contradichas por su verdadero ser.
¿Crees en la reencarnación?
En silencio medita la pregunta, deteniéndose detrás de Ratio y Asta. La joven jefa seguía hablando con el contrario, ajenos a su presencia. Los estudios han mostrado muchos indicios respecto al surgimiento de la vida después de la muerte.
Un más allá, el inicio de un nuevo ciclo orgánico.
Su mirada se posa vagamente en el Dr. Ratio. Una parte de él se ilumina, cálida, como la esperanza. La ilusión de que todos los estudios sobre la reencarnación sean de una vez afirmados para su mente, con el hombre frente a él siento los vestigios de la persona que alguna vez amó.
"¿Sucede algo?" pregunta de repente, volviéndolo a la realidad. Parpadea al ver al contrario, negando en silencio.
"Negativo: Debo admitir que no estaba prestando atención a vuestra conversación." declaró.
Asta suspira, mirando a los mayores con cierta admiración. Ella vuelve a explicar, pese a estar cansada y agobiada por lo que sucede. Ratio no replica nada, alejándose hasta un rincón oscuro de la habitación.
Allí a lo lejos, donde la oscuridad cubre parte de su cuerpo, logra verlo por primera vez. La cabeza de escayola entre sus manos, revelando unos brillantes orbes carmín, adornados de un deslumbrante color dorado que delinea sus pupilas. Su mirada profunda, altiva, tallada en un rostro perfilado y carente de imperfecciones.
Cada mechón oscuro, de un natural tono violeta que, ante la oscuridad, se confunde con el azul prusia. Admira cada detalle, regocijante, sintiendo su interior calentarse ante el reflejo de su amante.
Tan cerca que lo puede alcanzar.
Sus ojos se posan en él. La dureza en la mirada, en compañía de una extrañeza al ser observado.
El universo nunca deja de expandirse. Nuevas galaxias nacerán, y los sistemas solares serán portadores de formas de vida que aún no ha de conocer. Y entre tantos mundos, a través de los años, fue capaz de hallar la aguja en el pajar.
A su amante una vez más.
Un nuevo ser que es la viva imagen de lo que alguna vez murió. Su belleza, plasmada en casa parte de su ser y que repercute en él profundamente. Un igual, viviendo los apogeos de su joven adultez.
Un genio por debajo de los bendecidos, de corazón cálido y carácter frívolo.
—IV—
El tiempo sigue avanzando, y sus pasos se detienen hasta enfrentar a Veritas Ratio.
Los planes de Ratio le son ajenos. Sin embargo, pudo verlo en sus ojos, en sus pasos y acciones en todo momento. Intervino sin que nadie se haya dado cuenta, aprovechando la angustia existente en la estación para camuflar sus pasos, uno por uno. Una mente brillante, arrogante, bondadosa y cuyo objetivo es ayudar.
Sigue siendo tan enigmático, que admira cada acción que hace como si nunca se hubiera ido de su lado. Como la vida le hubiese permitido prevalecer para seguir avanzando. Para seguir haciendo lo que siempre le ha apasionado.
Ahora son extraños, con conocimientos mutuos que no atraviesan los límites íntimos, personales.
Él no conoce a Veritas Ratio.
Y Veritas Ratio no conoce a Screwllum.
Pero existe una familiaridad entre ellos, como si no fuera la primera vez que hayan hablado. Se confrontan, con ambos compartiendo sus puntos respecto a las acciones que tanto Ratio como él han tomado.
Y una vez que finalicen, Ratio se irá.
"Señor Ratio."
Soltó, antes de que la mano contraria soltara al heliobus. Recibe la atención del hombre, con su ceja enarcada.
"¿Usted cree en la reencarnación?"
Sus miradas no prevalecen unidas, con Ratio mirando otro punto del lúgubre pasillo. Espera con paciencia, atento ante las facciones pensativas del contrario. Aguarda en silencio, con una creciente esperanza que su frío cuerpo logra ocultar.
En un momento fugaz, revive un viejo recuerdo, donde la vejez empezaba a debilitar a su amante, arrebatándole el brillo de sus ojos y los ánimos que lo caracterizaban.
"¿Qué si creo en la reencarnación" la risa de su amante fue lenta y ronca, tan vívida en su memoria que le hace creer que sigue siendo real. "Si un día he de reencarnar, seré yo mismo quien te dé mi respuesta final."
No volvieron a tocar el tema, bajo una promesa que veía inalcanzable, y que solo el hombre que yace frente a él podría responder. El que podría darle fin a su belleza ilusión, o quien dé inicio a un nuevo ciclo entre ambos.
Y así poder intentar, una vez más, tenerlo a su lado hasta su último suspiro.
"No podría darle una respuesta a esa pregunta, Screwllum." pronunció, regresando a ver al gobernante.
Sin embargo, tan pronto como pronuncia su contestación, una pequeña sonrisa asoma entre sus labios.
"Tendría que reencarnar, para así darle mi respuesta final."
El tiempo nunca se detendrá.
Tan pronto como da su respuesta, Veritas Ratio se teletrasporta con ayuda del heliobus, dejando a Screwllum en silencio, pero con una creciente felicidad floreciendo en su interior.
La razón de su dicha. La verdad tras un concepto tan profundo y desconocido para él. El amante de toda una vida, reencarnado en la piel de Veritas Ratio.
—0—
"Yo no viviré por siempre. Los años pasarán, y el mismo tiempo me olvidará. Sólo tú y los seguidores de la reminiscencia sabrán que yo existí." dijo alguna vez, con su cabeza recostada en el gélido regazo del monarca mecánico. En soledad, ellos dos admiran el hermoso cielo violeta de un planeta lejano, disfrutando del hermoso romance que había crecido entre ambos.
"Vivirás lo suficiente para ver todo lo que has logrado." replicó el robot "Conclusión: Disfrutarás de tu vida y de lo que has amado hacer."
"Pero no viviré para estar a tu lado."
Screwllum ladea la cabeza, mirando a los ojos a su amante. Se hunde en el carmín de la mirada ajena, meditando qué replicar.
"Screwllum" llamó "¿Habrá un momento en que me olvidarás?"
"Negativo: me he encargado de preservar copias de recuerdos. Cada cosa, desde tu voz hasta tu rostro. Ergo: no te olvidaré, sin importar el tiempo que pase."
El hombre suspira, cerrando los ojos. Posa su mano en la cálida mejilla, acariciando con delicadeza.
"No quiero que te estanques en recuerdos. Eso no hará que yo regrese." declaró, inclinado su cara hacia el tacho mecánico.
Screwllum guarda silencio, apreciando la sonrisa que adorna el rostro humano.
"Pregunta: ¿Crees en la reencarnación?" su amante abre los ojos, encarnado una ceja. Añadió: "Existen muchos estudios que confirman la existencia de un "después" de la muerte, la reencarnación. Sin embargo, como criatura mecánica, soy incapaz de comprender tal concepto como ustedes lo hacen."
"¿Qué si creo en la reencarnación?" una risa resuena con suavidad, ronca y teñida de un aire levemente esperanzador. Sigue sonriendo, llevando su mano a la fría mejilla de Screwllum.
"Si un día he de reencarnar, seré yo mismo quien te dé mi respuesta final."
