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Mi Hogar

Summary:

La guerra nunca sucedió. Roku vivió muchísimo, instauró una nueva tradición donde, a base de arreglos matrimoniales, las cuatro naciones se mantendrían en armonía. Cien años después Zuko el hijo omega del Señor del Fuego es enviado a casarse con Sokka, hijo del Jefe Hakoda, a quién no conoce en absoluto. En una tierra extranjera, con un alfa al que teme decepcionar y su honor en juego Zuko se siente perdido.

Notes:

En este fic la guerra de los 100 años nunca sucedió. Roku no solo le dió una paliza a Sozin sino que también instauró una nueva tradición donde, mediante matrimonios políticos, las cuatro naciones mantendrían su paz. Muerto a los 170 años (basándome en cómo Kyoshi vivió 230 años), su predecesor Aang jamás quedó en el Iceberg, conoció a Katara y Sokka de otra forma, pero la Gaang sí que existe.

Zuko es enviado a casarse como acto de buena fe de la Nación del Fuego para mantener buenas relaciones diplomáticas con las tribus agua.

Chapter Text

El primer pensamiento de Zuko cuando desembarcó en el sur fue que todo era muy blanco. El segundo, si había alguna forma de escapar a su destino. La idea pronto se diluyó conforme los saludos entre la gente de su padre y el jefe Hakoda de la Tribu Agua del Sur surgieron. Intercambio de palabras. Manos estrechadas, sonrisas educadas. Zuko se mantuvo detrás de todo eso, deseando en lo profundo de su corazón que Iroh, la única persona que parecía quererlo de verdad, cumpliera pronto su promesa de ir a visitarlo.

Cuando Hakoda se acercó para saludarlo, como buen omega, bajó la mirada y dedicó una sonrisa. Según sabía en las tribus aguas alfas, betas y omegas eran considerados iguales, pero no quería tentar a la suerte, se le había enseñado durante toda su vida su sitio, y ese era tras un alfa, con la mirada baja y obediente. Fue la anciana junto al jefe tribal, al parecer su madre, quién tomó a Zuko por el mentón para verlo mejor.

-Eres un omega joven ¿Cuántos años tienes, príncipe Zuko?

-Diecinueve -respondió con timidez. Para su nación a esa edad y sin un alfa ya era considerado una vergüenza para su familia, un omega defectuoso.

-Y su virtud está intacta, eso se lo puedo asegurar -añadió Zhao, el almirante a quién Ozai le había encargado personalmente la tarea de entregar a Zuko en las manos de su prometido.

Zuko bajó la mirada otra vez, ruborizado hasta las orejas.

Durante toda la travesía hacia el sur Zuko no había podido dejar de pensar en que su padre lo había vendido como ganado, solo para cumplir un acuerdo tan viejo como el difunto y longevo avatar Roku; no se atrevió a protestar o intentar escapar, como había sugerido Iroh, porque tenía muy claro su deber y no quería deshonrar a su familia, y además porque Zhao no le había quitado un ojo de encima. El alfa era codicioso y Zuko estaba seguro que si hubiera podido lo había forzado para después usarlo como peón en un reclamo del trono de Ozai que, por derecho, heredaría Azula, un alfa fuerte y poderosa como su padre. Zhao no le había quitado sus lujuriosos ojos de encima durante todo el viaje, pero por fin en ese momento apareció alguien para quitárselo de encima.

-Almirante, no perturbe al príncipe con conversaciones tan íntimas -dijo la anciana madre del jefe tribal y tomó a Zuko por el brazo.

Hakoda permaneció con el almirante y los demás soldados, entre ellos un par de escribas que alistaron pincel y pergamino para redactar los términos del compromiso. Zuko los miró hasta que desaparecieron de su vista en lo que parecía ser el salón principal de la tribu, una estructura enorme de hielo en el centro del poblado.

-No te angusties niño -dijo Gran Gran, palmeando su mano para darle ánimos-. Todo saldrá bien. Hueles a omega estresado.

-Lo siento -murmuró Zuko, todavía con la mirada baja. En parte por costumbre pero también porque la cicatriz en su rostro nunca había dejado de avergonzarlo del todo, mucho más ahora que iba a conocer al alfa con el que su padre le había arreglado matrimonio.

-Oh, no te disculpes. Pero quiero que sepas que tan pronto te cases con mi nieto serás considerado parte de la familia, y no habrá nada que temer -añadió la anciana mientras entraban en una de las chozas.

Habían varios omegas allí, hombres y mujeres, algunos preparando la comida pero otros, para asombro de Zuko, llegando con un par de cestos de pescado o la caza del día. En su hogar ni siquiera se le permitía tomar un arma y su fuego control era secreto de estado porque un omega maestro fuego era considerado una anomalía de la naturaleza.

Todos levantaron el rostro al verlo. Algunos le sonrieron, otros inclinaron su cabeza en saludos educados. Su cabellera negra y su piel pálida llamaron la atención casi tanto como su ropa en rojos, negros y dorados. Una niña corrió hasta él.

-¿Eres el príncipe de Fuego?

-Eso creo… -murmuró Zuko, dándose cuenta que Gran Gran se había marchado para hablar sobre algo con otra omega.

-¿Eres maestro fuego?

-No -respondió Zuko, de inmediato.

No puedes decirle a nadie. Eres una aberración y esto quedará entre la familia. Nadie puede saberlo o jamás conseguirás un alfa decente.

Zuko trató de forzar una sonrisa. La niña, por otro lado, pareció decepcionada, pero aun así lo tomó por la mano y lo llevó por toda la cocina para explicarle lo que prepararían del banquete. Una chica le regaló a Zuko un cuenco con nieve y frutas, un omega bajito y joven casi lo obligó a probar carne seca de foca, la cual Zuko pensó que odiaría, pero se halló deseando más.

-Ey ¿Sabes algo de Sokka? -se atrevió a preguntarle a la niña, no sin cierto nerviosismo.

-Sokka es genial. Es el mejor amigo del avatar Aang, y su hermana Katara es la prometida del avatar. Y todos lo queremos. Es muy bueno y tuvo una novia en el Reino Tierra, y otra entre los Nomades Aire, y creo que también en la Nación del Fuego un chico omega, pero creo que rompió con él o algo así -la niña se explayó hablando de cada una de las conquistas de Sokka.

Zuko no pudo evitar fruncir el entrecejo. Se escudó en comer más carne de foca pero en el fondo no dejaba de pensar si allí en la tribu sería como en casa. Ozai, su padre, se había casado con su madre, pero a pesar de ello tenía una larga lista de amantes de toda clase y eso solo reafirmaba su fuerza alfa ante los demás. Esperaba que no. No conocía a Sokka, pero toda la vida había metido las narices en pergaminos con historias donde el alfa y el omega solo tenían ojos el uno para el otro y, además, tuvo el ejemplo del tío Iroh y su esposa, un matrimonio dulce y amoroso.

La niña tomó de pronto a Zuko por el brazo y tiró de él con una fuerza inusitada, llevándolo hasta donde Gran Gran los llamaba junto con otros omegas.

-Mi nieto llegará en un par de horas. Salió con el grupo de caza, pero creo que deberíamos prepararte.

-¿Prepararme? -Zuko no tuvo idea de a lo que se referían. La boda sería en tres días según tenía entendido, pero de pronto se vio escoltado por el grupo de omegas bulliciosos y la abuela de su prometido, hacia otra vivienda donde cientos de aromas inundaron sus sentidos. Había incienso, aceites, raíces extrañas y una fuente con un agua muy luminosa y peculiar.

-Serás parte de la tribu -explicó un omega por allí mientras le retiraban la parte de arriba de su ropa-. Tienes que ser bendecido por los Espíritus de la luna y el océano.

Todos parecían emocionados mientras dibujaban trazos y lo que parecían ser runas en el pecho, abdomen y rostro de Zuko, pero el príncipe estaba mortificado. Temió que lo desvistieran por completo. Había escuchado rumores sobre las iniciaciones y los rituales extraños de las tribus agua. Para su suerte, más allá de ungirlo con aceites sagrados, dibujarle runas espirituales y meterlo en la fuente para una breve sumergida en el agua espiritual, no ocurrió nada más.

Al final le cepillaron el cabello para que se lo secara.

-Creo que deberías cortártelo un poco -propuso Gran Gran, pensativa.

-No. Por favor -suplicó Zuko con las manos en su cabello, esperó que le hablaran sobre tradiciones y el cumplimiento del deber, como solía hacer su padre, sin embargo la anciana se encogió de hombros, terminó de cepillarle el cabello y le ofreció algo de ropa seca.

La ropa roja y dorada de Zuko quedó olvidada, y de pronto, abrigado en unas pieles azuladas, con botas, mitones y cinturón de cuero de ballena, se sintió extrañamente más cómodo que en toda su vida.

Un cuerno resonó por toda la aldea y Gran Gran esbozó una sonrisa enorme.

-Han vuelto. Ven a conocerlo -tomó otra vez a Zuko por el brazo y lo guio fuera de la choza de los sanadores.

Con su nueva ropa el frío ya no mordía con tanta crueldad, y dejó de tiritar. En la entrada sur de la aldea un grupo de niños se habían reunido a arrojar bolas de nieve a los recién llegados. Eran varios jóvenes, unos más grandulones que otros, otros no debían ni siquiera pasar los catorce. Zuko trató de ver entre todos ellos para tratar de reconocer a su prometido a quién solo había visto en un retrato. Gran Gran se adelantó para buscar a su nieto.

-Ya te vistieron como uno de ellos -el comentario de Zhao a su lado lo hizo dar un respingo. Ese hombre se movía como una sombra-. Te sienta muy bien el azul -el tono con el que lo dijo lo hizo sentirse asqueado-. Pronto ese alfa te la meterá y será un pena no haber podido aprovechar tu virtud.

Zuko se puso pálido, las nauseas solo aminoraron cuando Zhao se apartó lo suficiente al ver que Gran Gran regresaba con su nieto, próximo jefe tribal y mano derecha del avatar Aang, de su brazo. Zuko se le quedó mirando sin aire. Ningún retrato, ningún pergamino, ninguna canción le hacía justicia. El muchacho era delgado y alto, pero fornido, con una mandíbula marcada, una coleta de lobo que realzaba sus pómulos y una piel bronceada perfecta. Sus ojos eran más azules que las ropas de su gente, más azules que el mismo océano. Por primera vez Zuko pensó que tal vez su padre no lo había arrojado a los salvajes del sur, sino al alfa más guapo que había visto en su vida.

Una vez Sokka, hijo de Hakoda, se acercó el aroma que golpeó a Zuko le hizo entreabrir los labios con un jadeo discreto. Olía a nieve, a madera recién cortada, a especias, a todo lo bueno en ese mundo. Lo que lo obligó a bajar la mirada fue que el alfa se quedó mirando a su rostro, más específicamente a su cicatriz. La vergüenza creció de inmediato como un nudo en su estómago e intentó, con su cabello suelto, esconder aquel defecto tan horrible. Además, estaba seguro de haberlo visto, pero el alfa pareció apretar los labios y arrugar la nariz. El aroma del omega debía haberle parecido repugnante porque tardó un par de minutos en dejar de mirarlo y acercarse.

Tomó ambas manos de Zuko entre las suyas, ambos traían guantes pero Zuko pudo sentir electricidad ante su contacto.

-Príncipe Zuko, un honor.

-El honor el mío, alfa Sokka -Zuko se inclinó un poco más.

-No es necesario -con una mano en la barbilla de Zuko hizo que se levantara. El omega era un poco más bajo que Sokka-. Aquí no usamos nuestros géneros como títulos, y no hace falta tanta reverencia.

Zuko no supo que decir, los labios le temblaron con mil preguntas, pero antes de que pudiera hilar sus pensamientos Sokka lo tomó en brazos y, mientras se moría de susto, lo cargó sobre el hombro con un aullido semejante al de un lobo, un aullido de victoria. Todos sus compañeros cazadores, alfas y omegas, respondieron de la misma manera. Zuko pudo ver a Zhao de fondo, con una sonrisita despectiva. Cuando la emoción se dispersó, Sokka lo bajó.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Zuko, serio pero en el fondo algo divertido.

-Lo siento si te he incomodado. Es una cosa entre el grupo de cazadores, cuando consigues pareja y todo eso.

Charlaron un rato yendo y viniendo entre la gente de la aldea y sus labores diarias. Sokka le explicó un poco del funcionamiento del lugar, donde encontrar cada cosa, la cabaña de los sanadores, el salón principal donde se celebraban fiestas y reuniones importantes, el lugar donde secaban las pieles, los establos, la zona de viviendas familiares, el camino al puerto. Todo era muy pintoresco y pequeño. Zuko habría sentido que era un lugar poco digno de un príncipe, sino conociera gracias a sus estudios lo poderosas que eran las tribus agua con su sangre control que solo utilizaban en caso de ataque.

-…entonces después de la boda tendremos que pasar la noche en la cabaña del este, es un lugar muy amplio y las dos semanas siguientes serán solo para nosotros. Hay una cabaña que se nos consederá en el bosque espiritual, allí hay termas y todo el muy bonito. Solo puedes pasar allí si estás recién casado o si estás por morir… aunque si quieres también podremos ir a donde queramos, podemos visitar tu Nación si quieres, o los Templos del Aire, mi amigo Aang y mi hermana estarán gustosos de recibirnos. También podemos ir a ver a los perros osos polares o a cazar si lo prefieres…

-¿Cazar? -el omega se detuvo en seco.

-Sí pero tranquilo, no cazaremos en el bosque espiritual ni cerca, ese es un lugar sagrado. -Sokka volvió a tomarlo por la mano para que lo siguiera-. ¿Qué tienes?

-¿Me permitirás cazar?

-Claro. Y de todas formas no necesitas mi permiso para… -la voz de Sokka fue muriendo conforme reparó en que Zuko parecía sorprendido de tener decisión propia-. Oh, tu… ¿no sabes cazar?

-Bueno, creo que un poco pero… no tenía permitido tomar armas ni aprender a usarlas.

-Oh, Espíritus, que vida tan horrible. Yo te enseñaré a manejar espadas, o el arco y flecha si lo prefieres. Aunque también hay a quienes les gustan las lanzas y las dagas pero…

Sokka se explayó en una clase breve de armas, pros y contras de cada una. Zuko lo escuchó maravillado, tratando de procesar que su alfa le permitiría aprender a defenderse, como casi ningún alfa en la Nación del Fuego le hubiera permitido. Los omegas allí se criaban para cocinar, bordar, tener hijos y, como mucho y porque su padre había sido bueno y eran de la realeza, aprender a leer y escribir.

Por fin llegaron a las enormes puertas de madera del salón principal. Dentro se hallaban los escribas de Ozai, Zhao había vuelto a su sitio y, junto con otros soldados y un Sabio del Fuego, parecían satisfechos con el acuerdo de compromiso redactado. Sokka tomó a Zuko por la muñeca, instándolo a entrar.

-No deberíamos interrumpir.

-¿No? Pero si tenemos que firmar ese acuerdo matrimonial con tu nación ¿no crees?

Zuko dibujo una sonrisa, aun con la cabeza medio inclinada por la vergüenza de su cicatriz. Sokka, inesperadamente, tomó el mechón de cabello con el que trataba de ocultarse y lo colocó tras su oreja, mirando a los ojos dorados del omega.

-¿Qué?

-No hace falta mi firma. En mi nación solo el alfa y el padre alfa del omega, o su representante en este caso, firman el acuerdo. No es prudente que entre allí.

Sokka pareció querer argumentar al respecto, pero solo suspiró. Zuko se mordió el labio en respuesta, y Sokka rio.

-¿Qué?

Y Sokka lo besó antes de entrar corriendo al salón de reuniones, dejando a Zuko atrás helado y mirando a todas partes. Al darse cuenta de que estaba solo, que nadie había visto algo que entre su gente era considerado una deshonra para un omega en vísperas de casarse, se tocó los labios. Había sido un beso breve, su primer beso. Y se sintió bien. Contuvo una risa y pensó que tal vez por fin estaba en casa.