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Castiel era un buen estudiante, sobresaliente si querías ser más detallado. Estaba en varias clases avanzadas de matemática y física, disfrutaba de la literatura y de vez en cuando tendía a soltar un dato cualquiera sobre la historia de cualquier país que fuera su objeto de estudio del momento.
Así que sí, era bien sabido que disfrutaba del estudio, pero había algo más que disfrutaba, y que se guardaba celosamente para sí mismo. Las abejas.
Eran pequeñas y trabajadoras, elaboraban la sustancia más dulce y deliciosa que alguna vez hubiera probado, y siempre que veía a alguna abeja volando por ahí, ya sea en su patio trasero (el cual, por supuesto, estaba lleno de flores para que cualquier abeja que estuviera cerca pudiera parar y descansar un rato sobre las flores, para puro placer visual de Castiel), o cerca de cualquier planta que estuviera en el camino a la escuela, despertaba una sensación de calidez y felicidad en el corazón del niño. Las abejas eran ciertamente su cosa favorita en el mundo.
Entonces, cuando su hermano Gabriel le contó que la escuela había mandado un aviso donde permitían pequeños accesorios añadidos al uniforme, como collares, pulseras o pines, siempre y cuando estuvieran dentro del reglamento de ética y comportamiento de la escuela, tomó prestado el equipo de costura de su madre, buscó algunas referencias en su teléfono y, feliz de la vida, se dispuso a coser el diseño de tres pequeñas abejitas en el lado izquierdo del suéter de su uniforme, justo al lado de su corazón.
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Dean ni siquiera prestó atención a los parloteos de su hermano acerca del aviso mandado por la escuela. Tendían a ser simples papeles sin sentido acerca de “celebraciones de la escuela” y parloteos del director acerca de “enorgullecer a la escuela”. Pisó el acelerador de su auto y se perdió entre el viento en su cara y la música en sus oídos.
Para cuando llegaron a su casa, Sam seguía hablando del tema, lo cual era impresionante porque, normalmente, ya habría pasado por otros 4 temas sin sentido durante los 20 minutos de viaje entre la escuela y su hogar.
“Sammy, ya déjalo, ¡Literalmente no tiene sentido lo que sea que estés diciendo!”
“¡Es porque no me prestas atención! Llevo todo el viaje diciéndote que ahora puedes llevarte toda esa gigante colección de pines que tienes sin que te los quiten en cuanto pises los terrenos de la escuela, ¡y puedes llevar el collar que te regalé también!”
Su colección de pines no era tan grande como Sam alegaba (o como Dean quería), pero eran algo que Dean apreciaba mucho. Los primeros pines que consiguió fueron un regalo de su padre, que encontró en uno de sus viajes fuera del país, después, su madre le regaló unos cuantos y después, se les unió Sam dándole uno en su cumpleaños número 11. A lo largo de los años sus amigos más cercanos notaron esto y cooperaron con su colección de pines, lo que causó que, a sus 16 años, tenga dos cajas de zapatos llenas de pines de bandas de rock, todas las favoritas de su papá y de él.
Así que era emocionante saber que ahora podría llevarse dos o tres en su uniforme, que le parecía aburrido y simple, tal vez darle un toque de la vieja escuela sea lo único que necesite.
“Oh, ahora tengo donde estrenarlos, me llevaré dos nuevos cada día”. Dijo saliendo del auto con una sonrisa, ya estaba pensando en cómo los combinaría con su uniforme, algunos tenían diseños algo atrevidos, y sería divertido encubrirlos frente a las autoridades de la escuela.
“¡Y ni pienses que usaré ese collar horrendo que me regalaste en navidad! Parece la cabeza de un tipo de monstruo horrendo, Sammy, ¡Horrendo!”
“¡Dean!”
Claro que no le diría a su hermano que dicho collar horrendo lo acompañaba todos los días desde el amanecer hasta el anochecer, protegido debajo de sus camisas de franela y la chaqueta de cuero de su padre.
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Castiel estaba feliz.
Esta mañana se levantó adormilado, pero en cuanto se vistió con su uniforme y se miró en el espejo del baño, el sueño que tenía fue reemplazado por el orgullo. Las abejas que había cosido el día anterior se veían perfectas. Tenían el tamaño ideal, y casi parecía que estaban revoloteando alrededor de su pecho, a Castiel le encantó.
Cuando bajó a la cocina para desayunar, su hermano y su padre notaron el añadido a su uniforme. Gabriel se burló sin malicia y su padre lo felicitó por su trabajo. Cuando él y Gabriel salieron de camino a la escuela y notó a las abejas polinizando algunas flores en el camino, tocó a sus propias abejas recién adquiridas y sonrió, este iba a ser un buen día.
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Castiel no estaba feliz.
Estaba todo lo contrario a feliz. Enojado, disgustado, molesto, y aunque no lo quería admitir, triste.
Su llegada a la escuela había sido normal, su hermano y él se separaron en los casilleros, tomó sus libros y se fue corriendo a su salón, supone que el hecho de que sostuvo los libros justo en su pecho fue la razón por lo que no pasó antes, pero no había tiempo para pensar en eso.
Dejó sus libros encima de su escritorio, y se dedicó de lleno a la clase. En cierto momento la maestra le realizó una pregunta, y tal y como la maestra lo pedía, se levantó de su lugar y dió alto y fuerte la respuesta. La maestra asintió con aprobación, deteniendo su mirada una fracción de segundo sobre su pecho, para después volver al pizarrón.
Castiel no prestó atención a esto, simplemente tomaba sus notas y de vez en cuando se distraía dibujando flores y abejas sobre sus apuntes. Escucho algunas risas delante de él, pero lo ignoró sabiendo que las chicas de enfrente solían reírse de cualquier cosa.
Para cuando el resto de la clase empezó a reír tanto que la maestra tuvo que callarlos, Castiel estaba un poco extrañando, ¿Qué había pasado?
Empezó a entenderlo un poco mejor al final de la clase. Después de una mirada de lástima de la profesora y algunos empujones no tan suaves de los chicos de su salón, conectó los puntos. Se estaban burlando de él.
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No estaba siendo un buen día.
Parecía ser como si todos llegaran a un acuerdo colectivo, que consistía en empujarlo hacia cualquier casillero cercano, gritarle de cosas o, en casos más extremos, acosarlo con amenazas de golpes.
No sabía cómo había llegado a este punto, pero ahora la única defensa que tenía era su hermano, quien hasta ahora, lo había salvado de 3 grupos de matones, y todo en los primeros 12 minutos de su almuerzo de 30 minutos.
Decir que Castiel estaba frustrado era lo de menos, sentía dolor en sus brazos por cubrir su rostro de los casilleros, y un chico un poco más violento lo había golpeado en el hombro derecho, y juntando todo, no estaba de un humor estelar.
“Te lo juro, cualquier persona se te acerca con la mínima intención y no sabrán qué carajos les pasó cuando despierten en el hospital, ¡lo juro!”
“¡Gabriel!”
“¡¿Cómo estás tan tranquilo con esto?! Claro, nunca fuiste social, ¡pero nunca te habían molestado! Esto no tiene sentido, ¡Cassie-!”
El timbre lo salvó de una nueva ronda de gritos de su hermano, y junto con eso, anunció las últimas 3 clases que le quedaban, siendo dos horas de matemáticas.
Rápido como las abejitas trabajando, se dispuso a pasar el resto del día fuerte a todas las burlas y gritos que le lanzaban, no se iba a dejar quebrar por ellos. Sus abejitas lo acompañarían en todo momento, pensó para sí mismo.
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Claro que, aunque sus abejitas sigan con él, no podían cobrar vida y volar para picar hasta la muerte a quienes actualmente lo tenían acorralado, pero al menos seguían con él.
Ni siquiera Castiel puede seguir con total comprensión los sucesos del día, antes todo el asunto del acoso y los golpes le parecía frustrante, pero ahora no es más que irónico y ridículo.
Decidió aprovechar el tiempo que le quedaba antes de entrar a su última clase. Tenía planes de ir al baño y refrescarse un poco, pero de camino hacia ahí, se encontró con algunos de los chicos del equipo de fútbol, y como todo cliché de escuela secundaria, se dirigieron hacia él con la malicia escrita en sus rostros.
No hizo falta más que ver las sonrisas en sus rostros y el cómo lo rodeaban hasta no dejarle salida, para que pensara que definitivamente no iba a ser un buen día.
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Para Dean, el día era normal.
Un día simple, lleno de clases aburridas, con maestros aburridos y tareas que, aunque eran aburridas para él, no lo serían para Sammy.
Estaba armando un plan en su mente sobre cómo mezclar sus tareas con las de Sam hasta que dobló por un pasillo, el cual le dió la bienvenida con la vista ciertamente aterradora de los miembros del equipo de fútbol formando un círculo perfecto, con lo que parecía ser un chico de segundo año en el centro.
De no haber sido por la diferencia drástica entre los tenis de deporte de los chicos, y los zapatos de vestir del chico, probablemente nunca lo habría sabido. Pero eso era otro tema, ahora, solo quería saber qué es lo que estaba pasando.
Con paso decidido, se acercó a los chicos y, una vez que estuvo a una distancia segura, les gritó.
“¡Hey! ¿Qué carajo?”
“No te metas en esto Winchester, pasa de largo”. Amenazó uno de ellos, acercándose un paso a Dean.
“No hasta que me digan que pasa aquí, ¿Qué les hizo el pobre demonio?”. A este punto, el chico se veía tenso, tanto que parecía que se iba a romper en miles de pedacitos con el mínimo roce. Sus ojos azules viajaban frenéticamente entre él y los miembros de fútbol, nervioso por lo que fuera a pasar ahora.
“Bee boy y nosotros somos amigos ahora,” uno de ellos habló, tirando con pesadez su brazo sobre los hombros de Castiel. ”Así que si te decimos que nos dejes solos, nos dejas solos”.
“No lo creo, yo diría que ‘Bee boy’ está cansado, ¿Por qué no lo dejan conmigo?” Dean se preguntó si fue el evidente tono de burla que derramó sobre el apodo ofensivo o su sonrisa de come mierda lo que desató la pelea, pero no hubo tiempo de pensar en ello cuando los chicos, furiosos, se acercaron a él con los puños en alto. Supuso que nadie podría culparlo por tirar algunos golpes bien marcados, y tal vez más tarde, se preguntaría sobre la mancha amarilla y negra que vió en el suéter del chico.
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Castiel estaba congelado en su lugar. No por miedo, no lo malinterpretes, sino por la confusión.
¿Qué hacía este chico misterioso ayudándolo? ¿De dónde salió? ¿Cómo sabía pelear tan bien?
Observó impresionado como los derribaba a todos con poco esfuerzo, esquivando sus golpes como si no fueran nada para él y atacándolos con el doble de fuerza. Pasados unos 7 minutos, todos los chicos estaban tirados en el suelo o corriendo para escapar de la máquina de pelea que resultó ser el chico.
“¿También te tengo que golpear o me dirás que es lo que estaba pasando aquí?”
“Realmente preferiría que no hicieras eso, por favor”.
Dean lo había dicho como una broma para matar el ambiente, así que no sabía si reírse del chico o simplemente sentirse incómodo. Siendo el asombroso Dean Winchester que era, se río incómodamente. “Amigo, era una broma, pero realmente quiero saber que estaba pasando... ¿Te estaban molestando?”
Castiel ladeó la cabeza confundido, ¿Por qué le importaba? Estaba a punto de plantear su pregunta cuando notó que la vista del chico rubio estaba fija en un punto en su pecho, más exactamente, en sus preciadas abejas.
Sintiéndose amenazado, levando sus libros anteriormente tirados sobre su pecho, adoptando una pose defensiva. “Simplemente vete, por favor, no necesito más desgracias este día, de verdad...”
“¡Hey hey, tranquilo! No te voy a hacer nada, relájate, ¿sí?” Dijo Dean sobresaltado, levantando sus manos en señal de paz, se golpeó mentalmente por incomodar al chico, seguramente esas abejas fueron la razón de su anterior situación, claro que el chico seguía en guardia, ¡estúpido!
“Mira, me importa una mierda lo que lleves puesto o, en este caso, lo que lleves en tu ropa, así que vamos a calmarnos”
Aunque Castiel se relajó visiblemente, no alejó completamente sus brazos de su pecho. En esta nueva posición, Dean tenía una mejor vista de las abejitas.
“...Entonces, ¿Cuántas flores has visitado hoy?” Bromeó, intentando relajar el ambiente actualmente tenso. Su sonrisa ganadora y su encanto no estaban funcionando, y parecía que el chico estaba enojado, considerando su ceño fruncido y sus ojos fijos en él.
“¿Por qué quieres saber cuántas flores he visitado?” Preguntó finalmente Castiel, intrigado por la extraña pregunta. Aunque debe admitir que eso le recordó...
“Ugh, es solo un- un dato estúpido de las abejas, solo ignórame. Mi hermano me dijo que una abeja visita 7,000 flores al día y- solo lo recordé porque tienes abejas en tu suéter- Dios, esto es estúpido”. Esto era ridículo, Dean estaba nervioso por este chico raro que no dejaba de mirarlo, y tenía su cabeza ladeada y sus libros aún fuertemente sostenidos, ¡¿Y por qué carajo no se iba?!
Dean pasó su mano por su cabello, un gesto nervioso, cuando de repente el chico habló, sonando algo... emocionado.
“¿Sabías eso? ¿Entonces sabes que, aunque una abeja visite 7,000 flores al día, necesita hacer 4 millones de visitas para producir un kilo de miel? ¿Y que las margaritas son una excelente fuente de alimento para ellas porque florecen todo el año? ¿Y que ellas tienen como guía al sol ya que estas ajustan su brújula interna en base a los movimientos solares?”
No, Dean no sabía ninguno de esos datos y ciertamente tampoco sabía ninguno de los que el chico, que más tarde aprendió que se llamaba Castiel, le dijo con toda la emoción del mundo. Pero Dean era solo un chico y no tenía el corazón para interrumpirlo, por lo que lo dejó ser durante todo el camino a la enfermería. Y durante los 5 minutos de viaje, Dean fue expuesto a tantos datos curiosos de las abejas que incluso su hermano quedaría ridiculizado ante la cantidad de conocimiento del chico.
“Y también pueden-”
“Bien, tranquilo, Cas, ya llegamos a la enfermería, así que ahora tienes que entrar para que la enfermera te revise.”
Castiel no había estado al tanto de su alrededor desde el momento en que el chico dijo en voz alta el pensamiento exacto que cruzaba la mente de Castiel. Fue casi como si él tuviera la llave maestra de la caja que tenía etiquetada como “Enciclopedia de las abejas y algunos cuantos datos más” y la dejara fluir sin pausa. Decir que estaba avergonzado por su comportamiento le quedaría corto, pero lo había dejado hablar sin interrupciones, mirándolo como si le prestara atención y manteniendo una sonrisa divertida en su rostro que terminó encantando a Castiel, que no quería irse.
Dean debió haberlo notado, ya que de inmediato lo animó
“Hagamos esto, entras a la enfermería, cada uno va a su casa y mañana nos encontramos en historia, ¿Qué te parece? Me sentaré al lado de ti”.
De inmediato, Castiel se animó, la idea de volver a ver al chico era demasiado buena...
“¿Por qué en historia? No digo que no lo hagamos, pero eso es demasiado específico”.
“Supongo que no me has notado, compartimos esa clase”.
“¿En serio? Nunca te había visto, lo siento”. Parecía tan arrepentido con esos ojos de perrito suyos, que a Dean ni se le pasó por la cabeza decirle que él sí lo recordaba porque una vez le lanzó una bolita de papel mientras estaba aburrido.
“Déjalo, hombre, no importa ahora. Lo que sí importa es que entres, tengo que irme a recoger a mi hermano”. Y era cierto, tenían que apurarse a llegar a casa si querían comer con su padre antes de que se fuera a otra cacería de trabajo.
“¿Te estuve reteniendo? Lo siento mucho, no sabía...”
Dean simplemente se río, este chico era otra cosa. “Basta de eso, Cas, entonces me voy ahora y te veré mañana, así que más te vale que esta vez me mires, ¡hasta mañana!”
“Hasta mañana...”
Y con eso, Castiel perdió de vista al chico hasta que dobló corriendo el pasillo. No fue hasta que estuvo sentado en la cama de la enfermería que cayó en cuenta que nunca supo su nombre.
Aunque recuerda haber visto un círculo negro con amarillo en su suéter... Tal vez un pin, recuerda vagamente una palabra como Zeppelin, así que, hasta que supiera el nombre del chico, ese sería el nombre que le daría, por más raro que fuera.
