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Ace era uno de los más extrovertidos y juguetones dentro de la tripulación. Desprendía una vibra reconfortante, llena de juventud, felicidad y curiosidad por el mañana. A pesar de ser considerado un pirata peligroso, siempre fue respetuoso y amable con la gente del exterior. Si le tuvieran que preguntar a toda la tripulación una palabra que describa a la perfección a Ace sería "Lealtad". Ace se preocupaba por la gente que amaba, siempre dispuesto a quemar un pueblo entero por su tripulación.
Pero, ¿qué pasaba cuando Ace se quedaba solo contra su mente?
Ace escondía muchas heridas, y no necesariamente físicas. Traumas que al día de hoy lo siguen atormentando cuando se encontraba solo. La maldición de cargar con la sangre de su padre y tener que experimentar el rechazo y odio por toda la sociedad a temprana edad. Llegar a preguntarse si realmente él merecía vivir, buscando una razón a su existencia, sin encontrar consuelo. Tener que afrontar la cruel realidad por algo que él no causó ni pidió. Todo debido a la sangre de ese patético hombre; Gol D. Roger.
Su hermano pequeño fue la luz de su oscuro túnel. Él no tenía ninguna razón para vivir, pero si ver a su hermano pequeño crecer y cumplir sus sueños implicaba vivir, entonces se atrevería a hacerlo. Además que Ace también tenía metas que cumplir. Ace quería ser un fuerte pirata para superar a su padre y borrar completamente todo lazo con él. Él no es Gol D. Ace, es Portgas D. Ace, alguien completamente nuevo.
Por más que los años hayan pasado, Ace seguía con ese profundo vacío dentro de él. Ahora estaba en la tripulación de su padre, Barbablanca, quien fue el mayor enemigo de Roger. Aunque su padre, Barbablanca, no le importó la verdad sobre su sangre, siguió sintiéndose con ese mal en su pecho.
Un extraño sentimiento vacío dentro de él.
Prometió llevar a Barbablanca hasta la cima, si moría haciéndolo, entonces al fin podría morir feliz.
Una de las personas que habían visto su lado débil aparte de su padre era Marco. Él fue uno de los primeros en intentar convencer a Ace de entrar a la tripulación. Lo cuidaba cada vez que salía herido en uno de los muchos intentos de asesinar a Barbablanca, a pesar de lo arisco que podía llegar a ser el menor pelinegro. Marco lo había acompañado en esos momentos en donde Ace no sabía qué hacer con su vida.
Después que Ace finalmente se rindió y aceptó la invitación, se volvieron muy buenos amigos. Eran los más cercanos, pese a que sus personalidades eran completamente diferentes, se podía ver desde lejos cómo estos dos se complementaban uno al otro.
Marco notó una leve mejoría en el ánimo de Ace después de unirse a la tripulación, lo veía mucho más feliz, más animado, como si finalmente estuviera saliendo de su escondite. Las primeras semanas era tosco con todos, se limitaba a hacer sus tareas y esconderse fuera de la atención de sus nuevos compañeros. Con la ayuda de Marco, Thatch y su padre, pudo finalmente confiar en todos. Aunque de por sí Ace llamaba mucho la atención; Era joven, delgado pero musculoso, ojos y cabello negro como el abismo, con pecas iluminando sus mejillas cual estrella en el cielo. Era inevitable no sentirse atraídos por él, de forma platónica o no.
Era una noche bastante pacífica. La mayoría se había ido al centro del pueblo a divertirse, dejando al barco en una paz inimaginable. Marco no era alguien que saliese a tomar a todos los bares que estuviesen abiertos. Prefería quedarse en su oficina leyendo algunos libros o simplemente descansando. Se paseaba por la cubierta trasera del barco, apreciando la bella vista del cielo oscuro lleno de estrellas.
Su burbuja fue interrumpida por un sollozo ahogado cerca de él. ¿Alguien estaba llorando a escondidas? Recorrió la cubierta para buscar quién era, levemente preocupado. Detrás de unas cajas llenas de suministros, se encontraba un pequeño y tembloroso cuerpo, rodeado de algunas botellas de sake. Reconoció rapidamente a la persona.
Ace.
Tenía sus piernas flexionadas y pegadas a su pecho, mientras escondía su rostro en sus rodillas. Aún se lograba escuchar su llanto. Al parecer no se había dado cuenta de su presencia.
Marco por un momento no supo qué hacer. Si bien quería ayudar y preguntarle qué había pasado al menor, no sabía si Ace se sentiría cómodo con su presencia en un momento como este. Pero se negaba a abandonarlo y dejarlo a la deriva con su tristeza, así que se acercó lentamente y se sentó a su lado, esperando que el pelinegro lo reconociera y pudiera finalmente hablarle.
Vio como Ace daba un pequeño salto al sentir que alguien se sentaba a su lado, levantando rápidamente su cabeza para ver quién era. Su postura se relajó automáticamente al ver que era él. Miró su rostro, el cual estaba húmedo y brillante por las lágrimas, su nariz sonrojada y ojos entrecerrados. Sí, Ace era lindo hasta cuando lloraba.
Se quedaron ahí en silencio hasta que los sollozos del menor finalmente cesaron por completo. Los dos miraban al cielo, esperando a que alguien se atreviera a romper la calma. Ace limpió las lagrimas restantes que quedaban en sus ojos y suspiró.
"¿Por qué estás aquí, Marco...?" Dijo Ace con la voz temblorosa.
"¿Quieres que me vaya?"
"No, es solo que...-"
"No quería dejarte solo. Si estabas llorando, entonces prefería que lloraras a mi lado, ¿sabes? Quería darte compañía hasta que finalmente te sintieras cómodo y me dijeras el porqué de tu tristeza." Interrumpió con calma el mayor.
Ace se quedó callado, sonrojándose por la preocupación de Marco, susurrando un leve "No era necesario".
"¿Entonces me dirás que pasa? Sabes que puedes contarme todo, Ace. Tanto tu felicidad como tu sufrimiento."
Ace frunció el ceño. Quería hablar, quería contarle a Marco qué pasaba dentro de su mente, confiaba plenamente en él. Pero no podía, simplemente no sabía cómo explicar el caos que sentía en ese momento. Heridas pasadas volvían a abrirse, atormentándolo como cuando era niño. Prefirió emborracharse y ahogar sus penas en el alcohol.
"¿Es por tu padre biológico?" preguntó Marco. Ace sintió como su estomago se revolvía.
"No es solo eso... No lo entenderías. Ni yo lo entiendo."
"Entonces déjame por lo menos intentar entender y ayudarte."
Ace sintió como las lágrimas se acumulaban de nuevo en sus ojos y amenazaban con caer. ¿Por qué se preocupaba tanto por él? No valía la pena. ¿Por qué querría ayudar a alguien como él, con sangre maldita en sus venas? Intentó agarrar otra botella de sake, pero fue detenido por el rubio. Soltó un quejido y agarró su cabello, tirándoselo con nerviosismo.
"Dime, Marco... ¿tú crees que merezco vivir?"
Marco lo miró seriamente. Por un momento se preguntó qué tipo de infierno tuvo que vivir el pelinegro para llegar a preguntar algo como eso.
"Mereces vivir más que nadie, Ace. Despertar rodeado de la gente que aprecias, lograr tus sueños y metas, amar con pasión... Eso es estar vivo. Nadie merece dolor en su vida, ni mucho menos cargar con el odio por algo que no hizo, ¿entiendes, yoi?"
Los ojos de Ace ardían y sus labios temblaban. Se sentía tan débil y tan pequeño, muy diferente a como lo percibían las demás personas. Estaba profundamente agradecido de tener a alguien como Marco para ser él mismo sin miedo ni vergüenza.
"¿Y crees que en algún momento pueda desligarme completamente de mi sangre...?"
"Es algo que solo tú podrás descubrir, Ace." Marco respondió con simpleza pero con un tono afectuoso. "Si dejas que tu pasado te atormente y te encadene hasta tus últimos días, entonces nunca sabrás lo que es ser libre."
¿Ser libre? Es algo que siempre soñó y nunca pudo sentir. A pesar de que muy poca gente sabía quién era su padre, aún así sentía que todos despreciaban su mera existencia. Sabía que lo harían si algún día se enteraban. ¿Cómo sería libre sabiendo que estaba en un abismo desde el día de su nacimiento? Intentaba todos los días superarse a sí mismo y poder cumplir sus metas, pero por más que intente borrar su pasado y origen, siempre estarán allí, intactos.
"Ace, el mundo es muy grande y hermoso para que te encierres en tu propia agonía. Estás rodeado de gente que te ama y te amará aunque el mismísimo diablo sea tu padre. Nada cambia y nada cambiará, tú eres tú. Mereces vivir y mereces total libertad."
Solo necesitaba un pequeño empujón para finalmente entenderlo, y es lo que Marco se tomó el tiempo de hacer. Ace sintió sus palabras atravesar su corazón, pero se sintió eternamente agradecido. Sabía que sería un camino largo para lograr sanar, siempre supo que no sería fácil. Pero ya no estaba solo, tenía a una gran tripulación, tenía a su padre, tenía a su hermano... Prefirió no decir nada, sabía que su voz se quebraría si intentaba responder. Nervioso, se apoyó contra el hombro del mayor, descansando allí. Marco no dijo nada y sonrió.
Se mantuvieron así por minutos. Miraban las estrellas en su pequeña burbuja de paz, no necesitaban palabras para explicar la calidez y comodidad del momento. Marco notó que, al estar cerca de Ace, se podía sentir cómo desprendía calor de su cuerpo. Bastante favorable para una noche fría y solitaria como ésta.
"No debiste beber tanto sake, yoi. Mañana tendrás una resaca del infierno."
Ace gimió en respuesta. "Lo sé, lo siento... Aún sigo muy borracho."
"Deberías ir a dormir." Sugirió Marco, mientras miraba al menor retorcerse en su lugar.
"¿P-Podrías llevarme a mi cuarto? No estoy seguro de poder llegar sano y salvo."
El rubio puso sus ojos en blanco soltando un suspiro. Se paró y pasó el brazo del menor por sus hombros, mientras sostenía su cintura para sujetarlo. Ace estaba flácido, sus rodillas amenazaban con ceder y caer al suelo. Si no fuera por el firme agarre de Marco, Ace ya se hubiera caído por el borde del barco. Caminaban hasta llegar al cuarto del pelinegro, Ace murmuraba incoherencias y Marco lo apretaba más contra él.
Tuvieron la suerte de toparse el barco vacío, los demás aún no volvían de la ciudad. Marco no quería explicar qué había pasado con Ace, y Ace probablemente se sentiría incómodo con toda la atención puesta en él, así que agradeció internamente al universo por dejarlos solos una noche.
Finalmente llegaron al cuarto del menor, Ace se soltó del agarre y cayó muerto en su cama. Marco lo ayudó en sacarse sus botas y su gorra, mientras lo tapaba con el futón. Ace mantenía sus ojos cerrados y su respiración era calmada, listo para dormir. Quién diría que hace tan solo unos minutos estaba llorando y cuestionando su existencia.
"Antes que te vayas, ¿puedo pedirte algo?" dijo Ace en un susurro suave y adormilado.
"¿Hm? ¿Qué es?"
"Acércate a mí, Marco." Ace hizo un gesto con sus manos para que se agachara. Marco levantó una ceja, pero acató la petición sin decir nada. Se agachó a la altura de la cama, quedando cerca del pelinegro.
Antes de que siquiera pudiera decir o preguntar algo, sintió como una suaves manos acunaban su rostro. Marco pudo apreciar de la belleza de Ace desde cerca. Precioso de admirar. Marco puso sus manos sobre las de Ace, sintiendo su calor corporal. De repente, su rostro fue halado hacia el de Ace, quedando absurdamente cerca.
"Esto es por ayudarme antes." susurró Ace.
Marco era alguien muy veterano como para sorprenderse de trivialidades, pero esto lo dejó asombrado por un momento. Ace lo estaba besando.
Devolvió el beso, lenta y cariñosamente. Aún podía sentir el amargo sabor del sake que había tomado Ace hace un rato, saboreándolo. No era un beso lujurioso ni desordenado, simplemente eran ellos demostrando su amor, cariño y gratitud por el contrario.
Una forma muy extraña de agradecer, pero así se entendían.
Había encontrado una razón para vivir. ¿Qué mejor que estar acompañado de la gente que amaba?
Después de todo, él por fin era libre.
