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The Story of Us

Summary:

En medio de la confusión y el dolor, Noah se encuentra atrapada entre su amor por Nick y la traición que ha marcado su relación. Cuando descubre que está embarazada, el caos se desata: su corazón lucha entre la esperanza de un futuro juntos y el temor a repetir el pasado.

Notes:

Es mi primera historia, los cometarios son bienvenidos, please be kind, la historia empieza cuando Noah se da cuenta que esta embarazada en Culpa Nuestra, y se va deformando desde ahí, porque creo que ella se merece mas y que tendría que haber tenido un poquis mas de amor propio

Chapter Text

Cuando por fin se marchó me dejé caer sobre las almohadas y empecé a contar lentamente en mi cabeza.


—¿Seguro que no quieres que te lleve al hospital? —me preguntó Jenna por octava vez.


Antes había dicho que no porque me parecía una idiotez ir hasta allí solo por un tirón en la espalda, pero como el dolor parecía aumentar en vez de remitir y me sentía al borde del desmayo, la idea no me pareció tan mala después de todo.


—Esperemos a que me haga efecto el calmante —dije aún reticente, dado que solo pensar en levantarme y dirigirme a la puerta ya hacía que viera las estrellas.
Dos horas después supe que algo no iba bien.


—Noah, me estás asustando... —comentó Jenna al ver cómo me retorcía de
dolor.


—Llévame al hospital —le pedí con voz temblorosa.


Andar hasta el coche ya fue una agonía, pero el trayecto hasta el hospital de urgencias más cercano lo fue aún más. Al llegar caminé como pude hasta la sala de espera mientras Jenna iba rellenando los formularios que nos dieron en la recepción.


Entonces, mientras esperábamos y yo me ponía más y más nerviosa, noté una sensación extraña en la entrepierna. Al bajar la mirada vi que una mancha roja se extendía por mis pantalones de pijama. Jenna emitió una exclamación ahogada y lo siguiente sé es que de repente me vi sentada en una silla de ruedas con la que me llevaron a una sala para atenderme de inmediato. A Jenna la dejaron fuera.


—Cariño, ¿me has oído? —me decía una enfermera que me ayudaba a quitarme la ropa y a ponerme un anodino camisón de hospital—. El médico vendrá enseguida, pero necesito que me respondas a algunas preguntas...


Me fijé en la enfermera, tenía el pelo pelirrojo y sobrepeso; era como uno de los gorditos de Alicia en el País de las Maravillas, solo que ella era mujer y no dejaba de hablarme.
—¿De cuántas semanas estás? —me preguntó entonces.


—No... esto solo me ha pasado hoy...


La enfermera me observó con el ceño fruncido y entonces la pregunta... esa dichosa pregunta me trajo a la realidad como si me hubiesen soltado desde un décimo piso y me hubiese estrellado de cabeza contra el suelo.


—¿De... de qué está hablando? —inquirí con voz temblorosa.


La enfermera me observó primero sorprendida y después con lástima.


—Cielo... lo más seguro es que estés sufriendo un aborto.


¿Qué demonios estaba diciendo esa mujer? ¡Por Dios! Pero justo entonces todo pareció congelarse y la palabra «aborto» cayó sobre mí como si de un martillo gigante se tratara.
«Aborto», «aborto», «aborto» ... daba igual cuántas veces lo dijera en mi cabeza, era imposible, imposible, porque para sufrir un aborto primero hay que estar embarazada y yo no lo estaba.


—El médico vendrá enseguida... Tranquila, seguro que todo saldrá bien. ¿Que todo iba a salir bien? ¿Qué cosa que contuviese la palabra «aborto» podía salir bien?
Mi mente empezó a dar vueltas y vueltas, a contar con los dedos, a memorizar fechas y números, y llegué a la misma conclusión: era imposible, imposible. Eso me tranquilizó un poco porque era obvio que esa enfermera no tenía ni idea. No le había explicado lo de la caja, lo más seguro es que me hubiese hecho algún desgarro o algo al levantar tanto peso y eso había dado lugar a unos síntomas parecidos a los de...


Porque era imposible, ¿verdad? Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que...


La puerta se abrió interrumpiendo mis atormentados pensamientos y un médico de mediana edad me saludó con formalidad.


—¿Cómo se encuentra, señorita Morgan? —preguntó acercándose hasta donde estaba.


No le contesté, y él me indicó que me tumbara.


—Voy a hacerle una ecografía, ¿le parece? —me informó después de levantarme el camisón y tocarme el vientre de forma meticulosa.
—No estoy embarazada —declaré y seguí repitiéndomelo en la cabeza como un mantra.


«No estoy embarazada, no estoy embarazada, no estoy embarazada...»


El médico, sorprendido, me observó unos instantes.


—Bueno, eso lo veremos en unos segundos —dijo sentándose a mi lado y acercando una mesita que sostenía el ecógrafo—. Este gel está un poco frío, pero es normal.
Sentí un escalofrío cuando esparció el gel en mi vientre. Con la respiración entrecortada volví la cabeza para ver lo que hacía. Me recorrió la barriga con una sonda manual y acto seguido le dio a un botón y giró la pantalla para que pudiera ver lo que él veía.


—Creo que esto confirma que usted estaba equivocada, ¿no cree?


En la pantalla, en blanco y negro y con puntitos intermitentes se veía la imagen de un bebé... y no un minúsculo bebé, no, ese bebé tenía cabeza, pies y manos y ocupaba gran parte de la pantalla del ecógrafo.


—¡Dios mío! —exclamé al tiempo que me llevaba la mano a la boca, de miedo, de terror puro y duro.


—Está de dieciséis semanas aproximadamente —me informó el médico que, después de soltar la bomba y como si nada, giró el aparato de nuevo, comenzó a deslizar otra vez la sonda sobre la zona y pulsó diferentes botones. Me fijé en que fruncía el ceño con preocupación. Unos segundos después, unos segundos que se me hicieron eternos, un ruido constante y fuerte resonó por toda la habitación. El hombre suspiró aliviado y se volvió hacia mí —. Tiene pulso, señorita Morgan.


De repente la palabra «aborto» pasó a tener un significado totalmente nuevo y sentí que volvía a caer, pero esta vez en un agujero oscuro y profundo.


—¿Lo estoy perdiendo? —pregunté con voz temblorosa. El médico volvió a girar la pantalla y me señaló una mancha negra que rodeaba al bebé; solo con verla supe que eso no debería estar ahí.


—Eso es un hematoma intrauterino bastante grande, la posición en la que está es peligrosa y teniendo en cuenta que acaba de enterarse de que está embarazada, me da a entender que ha creído que el período seguía viniéndole con regularidad, ¿me equivoco?


Observé al médico intentando comprender lo que me estaba diciendo.


—No suelo ser muy regular, pero sí... he tenido la regla los últimos meses, a lo mejor no me duraba lo que debería, pero pensé...


—¿Toma pastillas anticonceptivas? —me preguntó entonces.


—Sí, las tomo para regularme el período.


—¿Suele saltarse alguna toma?


«¡Mierda!»


—Algunas veces se me olvida tomarme alguna, pero la tomo al día siguiente con la que me toca aquel día...

—Seguramente eso acabó con el efecto anticonceptivo, pero eso no es lo importante, lo que importa es que ha estado teniendo continuas amenazas de aborto.


Mis ojos volvieron a desviarse a la pantalla del ecógrafo. Madre mía, eso era un bebé... un bebé que ni siquiera sabía que estaba creciendo en mi interior... no había tenido cuidado con nada... ¡Dios mío! Había bebido alcohol...

—Doctor... yo no lo sabía, yo no tenía ni idea... ¡Ni siquiera se me nota!


Él me observó manteniendo la calma.


—Ahora tranquilícese, ¿de acuerdo? Vamos a hacerle todas las pruebas necesarias para cerciorarnos de que el bebé y usted están bien. Se sorprendería la de casos que existen como el suyo. Los cambios suelen empezar a notarse durante el tercer o cuarto mes, ya que hasta las doce semanas el útero se encuentra aún en la pelvis y solo cuando crece fuera de esta área se empieza a evidenciar el embarazo. Como está sangrando vamos a ingresarla en el hospital hasta que todo vuelva a la normalidad, no quiero que se estrese demasiado. Sé que acaba de enterarse de que está embarazada, pero es fundamental que ahora mismo haga reposo absoluto. En cuanto el sangrado cese le haré un examen pélvico para medir el cuello uterino; si todo está bien, se descartaría un parto prematuro en el futuro.


«Parto prematuro...»


Dios, me sentía como si de repente me hubiesen metido en una burbuja en donde las palabras «bebé», «parto prematuro», «hematoma intrauterino» y «aborto» carecían totalmente de significado.


Ni siquiera me había hecho a la idea de lo que me acababa de decir, aún estaba asimilando lo que había en esa pantalla y me bombardeaban con palabras que no entendía y que no había oído hasta ahora.


—La enfermera vendrá a hacerle unas cuantas preguntas, vamos a sacarle sangre para descartar cualquier tipo de complicación adicional, aunque ahora mismo lo más importante es que el hematoma desaparezca. Lo más seguro es que tenga los niveles de progesterona bajos; en ese caso le suministraremos la necesaria para mantener al bebé ahí dentro. ¿Le parece? —me informó en un tono que supuse intentaba tranquilizarme.


Sentí pánico, un ataque de pánico en toda regla quería salir corriendo, desaparecer del hospital y regresar a lo que había sido mi vida apenas unas horas antes.
—Doctor... solo tengo diecinueve años, yo no estoy lista para ser madre.


Él asintió y se acercó con amabilidad.


—No estaba en sus planes... lo entiendo —me contestó con tacto—. Pero ya estamos en la semana 16 del embarazo, el aborto si usted lo desea todavía es posible, tendrá que tomar una decisión un poco apresurada, pero si usted no se encuentra segura de si esto es lo que quiere todavía es legal en California, sin embargo, el feto puede ser perfectamente viable, eso teniendo en cuanta que sería un embarazo de riesgo, tanto para usted como para el feto va a necesitar el apoyo de quienes la rodean. ¿Sabe quién es el padre?


«El padre.»


Nicholas Leister era el padre de ese bebé... y estaba en la otra punta del país, con otra mujer, después de haber dejado totalmente claro que no quería volver a formar parte de mi vida.


—Yo... sé quién es, pero... no puedo decírselo.


Justo entonces entró la enfermera y el médico se volvió hacia ella para decirle todas las cosas que tenían que hacerme. Me sonrió para darme ánimos antes de marcharse. Una vez se hubo ido, la enfermera se me acercó para darme unas palmaditas en la mano.


—Tienes que tranquilizarte, cariño —dijo mientras otra enfermera entraba en la habitación y juntas se ponían a trabajar sobre mi cuerpo—. Vamos a ponerte una vía para suministrarte vitaminas y un calmante para que descanses. Cuando despiertes seguro que todo serán mejores noticias.


—No, no, no quiero un calmante. ¡Usted no lo entiende! Esto no debería haber pasado, yo no estoy lista para ser madre, yo no debería ser madre, ¿le queda claro? Me dijeron que era muy improbable que me quedara embarazada, casi imposible, y ahora...


—Estás embarazada de cuatro meses, cielo, y según tu historial y como se está desarrollando el embarazo, eso es un milagro.


«Un milagro.»


Cerré los ojos intentando tranquilizarme, intentando asimilarlo todo. Cuatro meses... ¡Joder, maldito Nicholas Leister!