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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-12-17
Completed:
2025-12-13
Words:
4,667
Chapters:
2/2
Comments:
2
Kudos:
70
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4
Hits:
770

Diciembre

Summary:

Madrid, 24 de diciembre de 2024.
Toledo, 31 de diciembre de 1999.

Chapter 1: Madrid

Chapter Text

This night is sparkling, don't you let it go
I'm wonderstruck, blushing all the way home
I'll spend forever wondering if you knew
I was enchanted to meet you

Enchanted, Taylor Swift.

***

 

Madrid, 24 de diciembre de 2024

Las luces de la Calle de Alcalá caían como lágrimas sobre su cabeza, el blanco y el azul dibujando sombras de colores en la acera a medida que recorría los adoquines mojados por la lluvia, que brillaban como espejos rotos bajo sus pies. Caminaba a paso apresurado, sosteniendo el paraguas en una mano y su bolso en la otra mientras esquivaba a las personas que, como ella, habían decidido que aventurarse por una de las calles principales de la ciudad en plena Nochebuena era buena idea. La Puerta de Alcalá, iluminada de un cálido marrón en la base, se erguía imponente unos metros más allá, tan transitada como siempre; filas y filas de coches pasaban por debajo, pitando impacientes a los turistas que buscaban capturar la majestuosidad de aquel emblemático arco en el corazón de Madrid.

Lanzándole una despedida silenciosa, Fina torció a la derecha, soltando un suspiro aliviado cuando perdió de vista a la multitud. Le encantaba estar rodeada de gente, y más por esas fechas, pero todo tenía un límite. Se recolocó la bufanda para resguardarse bien del viento —hacía muchísimo frío y ni siquiera el grueso abrigo de lana de su madre conseguía hacerla entrar en calor— y miró el móvil para comprobar la hora. Ocho de la tarde. No había forma de que le diera tiempo a terminar todas las cosas que tenía pendientes antes de la cena.

Por lo menos ya había llegado a su primera parada. La pastelería favorita de su padre —Pastelería De la Reina, según leía el letrero de la entrada— era más bien pequeña, y estaba escondida en un rincón, pegada a una antigua casa de ladrillo que había visto días mejores. Solo había estado allí un par de veces cuando era pequeña, así que le había tenido que pedir la dirección a su padre, después de insistirle veinte mil veces que sí, podía ir ella a recoger el roscón, que no, no era ninguna molestia y que obviamente no iba a perderse en el barrio en el que había vivido toda la vida. (Puede que hubiera tenido que coger el móvil más de una vez para comprobar que iba por el sentido correcto, pero por lo menos todavía sabía dónde estaba).

Echó un vistazo rápido al expositor, fijándose en la alegre decoración navideña que adornaba las estanterías. Pequeños copos de nieve de papel colgaban sobre una fuente de perrunillas, y varios bastones de caramelo se entrelazaban formando corazones alrededor de las bandejas de mantecados y turrones. Había también mazapanes —Dios, cómo los detestaba—, muñecos de jengibre y renos de chocolate de distintos tamaños, cuidadosamente dispuestos sobre una base de azúcar glas que simulaba la nieve recién caída. Todo estaba cuidado al detalle, desde los dulces hasta los carteles que indicaban el precio, y aunque era una decoración bastante elaborada, mantenía ese toque de personalidad que a veces se perdía en los negocios más comerciales.

Sacudiéndose el abrigo, se quitó los guantes y se limpió las botas en el felpudo antes de entrar, sonriendo al leer el «pies fríos, pan caliente» que le daba la bienvenida al establecimiento. Una campana repicó encima de su cabeza, y la invadió de repente el olor a pan recién hecho y chocolate caliente. Haciéndose una anotación mental para pedirse unos churros para llevar si le daba tiempo, se acercó al mostrador, lanzándole una sonrisa educada al panadero.

—Buenos días —le saludó, guardándose los guantes en el bolso.

Era un hombre alto, de rostro amable y pelo jaspeado, y tenía las manos manchadas de harina, aunque su delantal relucía impoluto bajo la luz anaranjada del techo.

—Buenos días —respondió, terminando de atar un lazo alrededor de una caja de bombones—. ¿En qué puedo ayudarte?

Distraída, Fina contempló la vitrina con detenimiento. Estaba llena de galletas en forma de estrellas, roscos de vino y pequeñas pastas de cacao. Pero antes de que pudiera ceder a la tentación, pedirle que le pusiera media docena de cada dulce y acabar generándose una diabetes de caballo, el sonido de unos tacones la detuvo. Una mujer salió de detrás de la puerta que el panadero tenía a la espalda, ataviada también en un delantal blanco con una magdalena bordada en el centro.

—¿Andrés? —le posó una mano sobre el hombro—. ¿Te importa seguir tú? Ya sabes que el turrón siempre se me resiste.

—Claro —contestó el tal Andrés, antes de girarse hacia Fina y bromear—: Siempre que no le importe a nuestra clienta que me sustituyas.

—¡Claro que no! —le aseguró rápidamente. Carraspeando, se pasó una mano por el pelo para intentar disimular su nerviosismo y repitió—: Quiero decir, claro que no me importa, faltaría más.

Faltaría más. Pues claro que no le importaba. Cómo le iba a importar si le iba a atender la mismísima Afrodita —no, Atenea—, o quizá una mezcla de ambas— sí, la diosa de la guerra y la diosa de la belleza fusionadas en una sola mujer.

«Madre mía», pensó, notando cómo sus mejillas se teñían de escarlata. Era alta, tanto o incluso más que ella, con el pelo rubio oscuro cayendo en elegantes rizos sobre sus hombros y una mandíbula de infarto, esculpida por los mismísimos dioses del Olimpo. Casi podía imaginar a Hefesto martillo en mano, asegurándose de que cada línea y ángulo de su rostro fuera impecable. Pero lo que más le llamó la atención, lo que hizo que la respiración se le cortara por un momento en el pecho y el corazón empezara a latirle como si tuviera que bombear de repente doscientos litros de sangre, fueron sus ojos. Eran de un azul intenso, cristalinos y profundos como un océano sin explorar, y se vio inmediatamente cautivada. No podía dejar de mirarlos —de mirarla—, y por un momento creyó desfallecer cuando vio ascender y descender los músculos de su cuello.

¿Y esos brazos?

Tuvo que obligarse a desviar la mirada, sintiendo una punzada de vergüenza al darse cuenta de que había estado observándola durante demasiado tiempo.

—Bueno, pues me voy para dentro.

La voz de Andrés rompió el extraño estado semicomatoso en el que se encontraba, y de un momento para otro, el hombre desapareció detrás de la puerta, dejándola sola frente a los inquisitivos ojos de la rubia.

—Hola —le dijo con suavidad, esbozando una sonrisa que la desarmó por completo. Sus pendientes, diminutos muñecos de nieve de plata con bufandas rojas, brillaban delicadamente bajo la luz, acentuando la curvatura de su cuello.

El calor en su rostro se intensificó.

—Hola.

—¿Qué puedo hacer por ti?

Muchas cosas, le dijo una vocecilla traidora en su cabeza, y tuvo que acallarla con firmeza, intentando no dejarse arrastrar por la tensión creciente que le nacía en el estómago. ¿Para qué había ido allí siquiera?

—Ah, sí —recordó—. Venía a por un roscón.

La panadera arqueó una ceja.

—¿Un roscón a veinticuatro de diciembre?

Fina se cruzó de brazos y rebatió:

—Si la gente no los comprara, no los haríais, ¿no? —sonrió desafiante.

Por un segundo, pensó que a lo mejor había sido demasiado sarcástica, pero lejos de ofenderse, la mujer echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa.

Touchée.

Evidentemente, lo dijo con acento, la palabra escapando sus labios con una pronunciación perfecta. La morena no tenía muy buenos recuerdos de Francia —tenía una ex parisina que le había roto el corazón más veces de las que le gustaba admitir—, pero de pronto sintió un deseo irrefrenable de aprender francés. O mejor, de escuchárselo hablar a la panadera durante horas, y susurrándole al oído si era posible.

—Ven —la llamó con un gesto de la mano, sacándola de su ensimismamiento—, tenemos varios aquí.

En cuanto la vio salir de detrás del mostrador, el corazón le dio un vuelco en el pecho. Estaban en pleno invierno, con un frío del demonio, y aun así llevaba solo unas medias bajo el delantal, el filo de la falda cayendo justo por debajo de sus rodillas. Involuntariamente, su mirada se desvió hacia sus piernas, resaltadas por los tacones altos de aguja que las hacían parecer aún más largas. Tragó saliva.

Por suerte para ella, la mujer no tenía ni la más remota idea de lo que se le estaba pasando por la cabeza, y la condujo hasta una estantería en el lado izquierdo de la panadería, cerca de donde exponían las tartas. Retiró un par de cajas vacías que había desperdigadas sobre el cristal y las dejó a un lado, revelando los múltiples roscones que yacían debajo. Pero Fina solo tenía ojos para los músculos de sus brazos, que se tensaban mientras intentaba coger la llave que abría la vidriera del estante más alto.

—¿De qué tamaño lo quieres?

—¿Eh?

La panadera se giró hacia ella, mordiéndose el labio para reprimir una sonrisa.

—El roscón —le aclaró.

—Ah, claro —respondió la joven, aturdida. Por Dios, ¿cómo era posible que le hubiera reducido a semejante desastre con patas en menos de diez minutos de conversación?—. Vamos a ser... —repasó mentalmente quiénes iban a cenar en casa. Su padre y su madre, Carmen y Tasio, Claudia y Mateo…—. Siete —concluyó.

—Pues o el mediano o el grande. A lo mejor el mediano se os queda corto.

—Sí —asintió Fina—, mejor el grande. Que en mi familia somos mucho de bollos —y luego, por si no quedaba lo suficientemente claro, añadió—: Sobre todo yo.

Por un momento, creyó ver una chispa de… algo en los ojos de la otra mujer, pero no le dio tiempo a descifrar qué era. Tan pronto como apareció se fue, y su rostro se relajó en una sonrisa, haciéndole imposible saber en qué estaba pensando.

—De acuerdo.

Sacó el roscón del mueble, sosteniendo la bandeja con cuidado, y lo depositó de nuevo encima del mostrador, metiéndolo en una caja enorme con el nombre de la pastelería. Fina aprovechó para abrir la cremallera del bolso y coger su monedero.

—¿Cuánto te debo?

—Veinticinco.

Contó los billetes y se los pasó, dejando que sus dedos se encontraran a medio camino. La rubia levantó la mirada de la caja, ahora decorada con un elegante lazo azul marino en el centro, y buscó sus ojos, manteniendo el contacto visual un segundo más de lo estrictamente necesario. Sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible mientras tomaba el dinero con suavidad.

—Gracias —dijo en un susurro, metiendo los billetes en la caja registradora con un clic.

La morena se quedó unos segundos más frente al mostrador, ajustando la caja del roscón entre sus manos sin saber muy bien qué hacer a continuación. Era consciente de que tenía que irse, pero sus piernas parecían haberse quedado ancladas al suelo. Abrió la boca, con la intención de decir algo, cualquier cosa que no fuera una tontería o una locura como invitarla a cenar con su familia esa noche, pero no se le ocurrió nada. ¿Cómo iba a hablar, si estaba atrapada en la forma en la que el lazo contrastaba con los matices más oscuros de sus ojos?

La otra mujer alzó la vista, notando su vacilación, y ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Quieres un chocolate caliente? —sus ojos se abrieron sorprendidos, como si las palabras tuvieran vida propia y hubieran salido sin permiso de su boca. Pero pronto recobró la compostura y, enroscándose un rizo entre el índice y el pulgar, añadió—: Invita la casa.

Fina tardó un momento en reaccionar —el corazón le latía demasiado rápido como para dejarla pensar con claridad, y se sentía incluso más torpe de lo normal, que ya era decir—, pero en cuanto vio el sutil rubor en las mejillas de la panadera, una sonrisa automática se pintó en sus labios.

—Claro —aceptó al fin, y la rubia dio un pequeño brinco en el sitio, girándose hacia los fogones que tenía detrás con la misma soltura con la que hacía todo.

Llenó una cazuela de leche y la puso a hervir, y en pocos minutos, el dulce aroma del chocolate se abrió paso en la panadería, mezclándose con el olor a canela y vainilla. Fina cerró los ojos por un instante, dejando que la fragancia la envolviera mientras la observaba moverse con práctica delante del fuego. Trabajaba tranquila, con la mirada fija en la cazuela, y cada vez que removía el chocolate las venas de sus manos se hacían visibles bajo la piel. Cuando terminó —no sabría decir si unos minutos o unas horas más tarde—, apartó la cazuela del fuego y sirvió el chocolate en un vaso de cartón, acercándose a ella de nuevo con un bolígrafo en la mano y un atisbo de duda en el rostro.

—¿Me das un nombre? —aunque intentó ocultarlo, Fina vio que el bolígrafo temblaba ligeramente entre sus dedos.

—Fina —respondió con suavidad, inclinándose inconscientemente sobre el mostrador—. Fina Valero.

La panadera asintió despacio, repitiendo su nombre en voz baja como si quisiera probar cómo encajaba en sus labios, y escribió algo en el vaso antes de entregárselo. Lo aceptó con cuidado, soplando un poco para no quemarse.

Se mordió el labio. Era ahora o nunca.

—¿Y tú? —le preguntó, retirándose un mechón castaño de la frente.

—¿Yo? —la rubia la miró descolocada.

—¿Cómo te llamas?

—Marta —sonrió—. De la Reina, claro —con un gesto de la cabeza, señaló su apellido escrito en la caja, las letras doradas brillando sobre el fondo oscuro.

Claro.

La morena se llevó el vaso a los labios, sacudiendo la cabeza. Marta de la Reina. Marta. Dioses, hasta su nombre sonaba perfecto. Había perdido la cabeza, de eso no le cabía ninguna duda, y solo había una culpable. Una culpable que tenía los ojos más deslumbrantes que hubiera visto nunca, que preparaba un chocolate caliente ridículamente rico y que parecía sacada directamente de uno de sus sueños más inalcanzables.

Suspiró. ¿Cómo se suponía que iba a olvidarse de ella?

Pero cuando bajó la vista hacia el vaso y leyó lo que había escrito, se dio cuenta de que quizá no tendría que hacerlo; ahí, justo debajo de su nombre, había un número de teléfono. Levantó la mirada, perdiéndose en los azules que la observaban con una mezcla de indecisión y esperanza, y sonrió, rozando los dígitos suavemente con el pulgar.

—Feliz Navidad.

Marta le devolvió la sonrisa, su voz apenas un susurro mientras la luz cálida de la panadería se reflejaba suavemente en sus ojos.

—Feliz Navidad.

🎄 ❄️ 🌟 🎁