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SAKURA

Summary:

❝Todo final trae un nuevo comienzo. Para Sungho, un nacimiento luego de una pérdida fue lo más hermoso y trágico que llegó a sentir en carne propia.❞

Chapter Text

El olor de la sangre está impregnado en el ambiente desde que esto empezó. En su ropa, en la de los demás, en la tierra, en el agua, en las flores, en las armas y flechas de los soldados caídos. Todo se manchó de rojo.

Las rosas que antes eran blancas, ahora son rojas.

A pesar de estar esperando el hijo del recién coronado rey, no se inmutó, peleó hasta donde pudo porque es el omega más necio de todos.

Seungbo siempre le decía eso, y aunque lo regañara por no cuidarse correctamente, lo admiraba. Era de los pocos omegas masculinos que pertenecían al escuadrón, y el único que alcanzó el rango de General.

Allí se conocieron. Muchos llegaron a cortejarlo, pero Sungho siempre se ponía a la defensiva, nadie estaba a su nivel, o eso decía hasta conocer al príncipe. Simplemente, fue el momento y lugar indicados con la persona correcta.

Se preparó para cada entrenamiento, cada cicatriz y dolor nuevo lo sentía como un recordatorio de que estaba vivo.

Nada lo preparó para las contracciones siguientes. Lo sentía en cada uno de sus huesos, moliéndolos uno a uno. El cansancio acumulado de los días anteriores le estaba pasando factura. El estrés y el dolor sólo hacen que quiera llorar, sólo quiere estar con su alfa, olfatear su aroma y que este lo arrope, que le asegure que todo estará bien, que su familia estará bien.

Sus pies se mueven en automático, lo único que sabe es que debe salir de allí antes de que algún enemigo los encuentre.

Esta guerra empezó cuando él sólo tenía mes y medio de embarazo, le prohibieron salir, pero no escuchó y Seungbo sabía que era inútil convencerlo de no ir. Peleó sólo los primeros meses y luego se limitó a dirigir y planear desde adentro. Esta vez es diferente, porque todo parece llegar a su clímax y están cerca de la victoria, y Sungho quería presenciar eso, quería ayudar aunque de nuevo le prohibieron salir.

Debió escucharlos. Debió hacer caso.

No sólo era su vida la que ponía en riesgo, era la de su cachorro también, era la de Seungbo también al mantenerse con él.

Una nueva contracción lo golpea, se detiene para respirar y estabilizarse un poco, su mundo da vueltas, se niega a caer así. Sostiene su vientre mientras se apoya de lo que cree es una pared, sus pies lo llevan hasta un callejón, un espacio entre dos casas, lejos de todo.

Ahí se permite llorar, está asustado por primera vez en su vida, él no debería estar allí, a punto de dar a luz en un callejón lleno de suciedad, solo y con miedo.

Sin Seungbo.

Lo último que compartieron fue un beso que dejó un sentimiento amargo en la boca de su estómago. Había incertidumbre, ansiedad, era una despedida y lo sabía (lo negaba).

«─Manténganse con vida.»

Quiso seguirlo, pero su lobo no se lo permitió, primero había que preservar su seguridad y la del pequeño. Seungbo le dijo lo mismo a través de su vínculo.

Gime de dolor, su vista se nubla unos segundos y su respiración se corta al momento de sentarse. ¿Debería de pujar ahora? Recuerda las charlas con las comadronas, pero no esa parte importante del parto.

Porque él ni siquiera debería de estar allí en primer lugar.

─Tranquilo, tranquilo... ─se dice a sí mismo, y quizás al bebé.

Logra quitar la primera capa de su ropa y colocarla debajo de su piernas abiertas, sobre el charco de sangre mezclado con ese líquido cuyo nombre tampoco recuerda.

Escucha gente corriendo, los ve pasar de largo. Su escuadrón, el que juró dirigir y proteger. Está orgulloso de cuan fuertes se han vuelto, quisiera estar con ellos, pero su lobo lo reprende por ese pensamiento cuando hay cosas más importantes.

Grita cuando las contracciones se hacen más frecuentes, sabía que dolería, pero no creía que llegaría a tal magnitud. Las lágrimas lavan la suciedad en su rostro. Calcula unos veinte o treinta minutos desde que rompió fuente, así, que, es muy pronto para empezar.

Escucha pasos nuevamente, su corazón se acelera por estar totalmente indefenso, pero se relaja al oír una voz conocida.

─¿General Ko? ¿Qué hace aquí? ─un joven soldado se acerca hasta él, tan solo unos cuantos cortes adornan su piel pálida─. Usted- Oh...

─Yuseong... Gracias al cielo... ─dice con algo de esfuerzo, no hace falta explicar mucho para que el joven entienda lo que sucede, él tampoco sabe qué hacer exactamente, pero al menos Sungho ya no está solo.

─No se preocupe... Voy- Tengo que buscar a alguien del equipo médico ─al querer levantarse, el General lo detiene.

─No hay... tiempo. Sólo acompáñame, por favor... ─ruega, quejándose por una contracción.

El joven de piel pálida y cabellos cobrizos suspira, asintiendo.

>>Una cosa más... ¿No has visto a Seungbo?

Yuseong duda por un segundo, traga saliva. No puede revelar lo que escuchó, por un lado porque se mantiene escéptico, y por el otro para no alterar más a su General.

─No, señor...

Sungho suspira, sus manos se mantienen aferradas a la tela que cubre su vientre, lo siente cada vez más cerca. Instruye a Yuseong con lo que recuerda, el mismo quitándose la prenda superior y cortándola, para usarla como manta para el próximo recién nacido.

El mayor se enfrenta a una nueva escala de dolor cuando comienza a pujar. Se dice a sí mismo que no tendrá un segundo hijo y que pateará a Seungbo en la entrepierna cuando lo vea.

Grita sin importarle que algún enemigo los escuche, aun si el pobre de Yuseong es el único testigo del nacimiento de su hijo.

El tiempo parece detenerse, ya ni sabe la diferencia entre el dolor en su zona baja o el de su pecho, como si le estuvieran arrancando el corazón. No sabe porqué debería doler si él no...

El dolor no es suyo, en primer lugar, lo siente a través de la conexión que tiene con su Alfa.

Y ahí, lo escucha, a la persona que más necesitaba en ese momento.

«Sungho... Mi Sunggie...»

Reconoce la voz y eso lo hace perderse un segundo, la marca en su cuello arde. Está sanando. Cicatrizando.

─N-No... no me dejes, por favor...

─Hyung, está cerca, solo unas dos veces más ─le recuerda Yuseong, está igual de asustado que él.

Su vista se nubla de nuevo, dando paso a la última imagen que tendrá de su amado, no está en el mejor estado, pero logra reconocerlo.

Pétalos rojos adornan su piel, como el día en que lo conoció, lo ve tendido  en el suelo y con una mano sobre su pecho. Cuando trata de alcanzarlo, Seungbo bloquea la imagen y la reemplaza por un recuerdo que no existe, uno donde ambos miran con amor a su cachorro, porque quiere que lo recuerden con vida, feliz de estar con ellos. Con ese último pensamiento, Seungbo susurra en su recuerdo:

«Los amo, mi primavera y mi verano...»

─... Y nosotros a tí, nuestro otoño...

Primero, se escucha el lloriqueo de un cachorro que acaba de experimentar la primera brisa fría en un nuevo mundo para él. Luego, se escuchan los gimoteos y el llanto desgarrador de un Omega que acaba de perder a su Alfa, la conexión, el cariño y la protección que nunca podrán ser reemplazados.

Se han ido.

El viento se ha llevado todas las flores que plantó en una tarde verano.