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you can't break that which isn't yours

Summary:

Viktor es un empleado de una corporación en la que se llevan a cabo experimentos inhumanos. Necesita escapar por su vida y contarle la verdad al mundo.

Jayce ha perdido la cordura por culpa de dichos experimentos y está obsesionado con encontrar a la "novia perfecta". No lo va a dejar.

AU inspirado en Outlast: Whistleblower.

Notes:

Estoy obsesionado con Arcane y con Outlast y cosas pasaron.
No hace falta saber de Outlast para leerlo, pero si conoces la saga: Viktor es Waylon y Jayce es Eddie. ❤️

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Los sentidos de Viktor nunca habían estado tan agudos como en ese momento. Sus ojos hacían todo lo posible por adaptarse a la oscuridad, mientras que sus oídos estaban atentos a cualquier estímulo, por más sutil que fuera. Incluso el leve sonido de sus jadeos y de su garganta tragando saliva martilleaba en sus tímpanos.

Una mano temblorosa se dirigió a uno de sus bolsillos, tomando una pequeña batería. La colocó en la cámara con torpeza, pues el sudor y los espasmos incontrolables hacían que hasta una tarea tan sencilla como esa se volviera difícil. Su corazón latió con fuerza cuando la visión nocturna se activó. Era una sensación extraña: por un lado, le aliviaba poder ver lo que había a su alrededor, pero por el otro siempre tenía miedo de que algo... o peor, alguien lo estuviera acechando en la oscuridad.

Estaba desesperado por salir de ese horrible lugar. Maldecía con cada fibra de su ser el momento en el que decidió trabajar para Murkoff. Alguien se había percatado de su elevado intelecto y potencial científico, además de que lo introvertido y aislado que era resultaba perfecto para el trabajo. Viktor no sabía qué tenía que ver eso último, pero no iba a preguntar. La paga era buena, lo suficiente como para costear los tratamientos de su enfermedad. Era lo único que le importaba cuando firmó el contrato.

Ahora se daba cuenta, muy a su pesar, de que había sido el peor error de su vida. Sobre sus hombros caía el peso de saber demasiado. No quería seguir trabajando ahí, fingiendo que lo que sucedía en las profundidades del hospital psiquiátrico de Mount Massive era normal. No quería continuar haciendo la vista gorda a las torturas y violaciones a cualquier derecho humano básico. Ser testigo de cómo las personas perdían cada vez más su humanidad, hasta no ser más que un desperdicio de huesos, sangre y carne, que solo eran impulsados por el miedo o la violencia.

En esos momentos, incluso prefería que su enfermedad lo hubiera matado antes.

Había intentado resarcir las cosas mandando un correo anónimo a un periodista, esperando que pudiera ir al hospital a buscar respuestas y revelarlas al mundo. Pudo sentirse un poco menos culpable cuando le dio clic a “enviar”, pero el arrepentimiento se apoderó de él cuando su jefe lo descubrió. Nadie fuera de Murkoff podía saber lo que estaba ocurriendo, y no podía haber testigos dispuestos a compartir esa información.

De modo que aquí estaba, huyendo penosamente por su vida.

Le parecía increíble haber llegado tan lejos. Lo único que tenía consigo era una videocámara, un cuaderno de notas y un bolígrafo, además de las pilas que encontraba esparcidas por ahí. Era pequeño y estaba débil, no podía defenderse de ninguna manera. Solo podía huir, esconderse o morir. Desde que escapó de los laboratorios subterráneos, sus mejores amigos habían sido la visión nocturna de la cámara y los ductos de ventilación y casilleros en los que podía ocultarse.

Le dolía la pierna. Gracias al tratamiento estaba mucho mejor que antes, pero ya comenzaba a resentirse debido al esfuerzo físico de las últimas horas. Además, cada músculo de su cuerpo estaba tenso. Tenía la mandíbula tan apretada que sentía que sus dientes se romperían. No dejaba de sudar y sus ojos ardían. Nunca había tenido tanto miedo en su vida como ahora.

En un breve momento de calma, aprovechó para anotar algo en el cuaderno.

Si muero, sé que me encontrarás.

Sé que no descansarás hasta que encuentres mi cuerpo. Espero que encuentres esta cámara junto a mi cadáver. Espero que la evidencia en ella haga lo que yo no pude, exponer la verdad.

Sky, mi amor, lo siento tanto. La cagué. Pensé que estaba haciendo lo correcto. Pero la cagué en serio.

Un ruido de repente lo alertó. Era un golpe sordo sobre el piso, como si algo se hubiera caído… o lo hubieran tirado. Sintió su corazón acelerar por segundo mientras guardaba todo en sus bolsillos y se alejaba lo máximo posible de la procedencia del sonido. Aunque no es como si tuviera demasiadas opciones, el lugar era demasiado claustrofóbico. Las ventanas estaban tachonadas y varias puertas atrancadas. Era como si el universo conspirara en su contra para evitar su escape.

La pantalla de la cámara apuntaba el suelo, alumbrando a duras penas su camino con la visión nocturna. Viktor llegó a una puerta e intentó girar la perilla con frenesí, pero no cedió. Alzó la cámara y, a través de un agujero en la madera, pudo ver que había alguien del otro lado.

—¡Cariño!

Viktor ahogó un grito. Junto en frente de él estaba un hombre que lo miraba con una sonrisa maníaca y ojos desorbitados. Pudo reconocerlo. Era un tipo al que habían llevado al hospital para ser uno de tantos sujetos de pruebas… Jayce Talis, creyó recordar que se llamaba. Los de Murkoff lo habían forzado a participar en el Proyecto Walrider y había salido mal. Espantosamente mal. Las horribles torturas habían destrozado su psique y su físico. Si bien su rostro seguía conservando cierto atractivo, ahora tenía la mitad de este lleno de cicatrices y carne enrojecida, como si fuera sufrido quemaduras de segundo y tercer grado.

Sin embargo, eso era lo de menos. Lo peor era el estado en el que su mente se encontraba. Por algún motivo se había obsesionado con la idea de conseguir la novia perfecta. Aunque en su cerebro no había ninguna diferencia entre una sala de torturas y un altar de iglesia.

Viktor agarró la cámara con fuerza, tanta que los nudillos se le pusieron blancos. Jayce buscó otra entrada hacia la habitación en la que él estaba, empeñado en atraparlo y hacer con él lo que quisiera.

—Mi amor, ¿por qué huyes de mí? —Su voz sonaba dulce, cariñosa. En cualquier otra circunstancia, quizás Viktor se hubiera sonrojado como una colegiala al escuchar a un hombre así hablarle de esa forma. Pero ahora, no era más que una amenaza—. ¡Te he estado esperando!

Si bien lo había perdido de vista, la voz se escuchaba más cerca. Viktor tragó saliva con fuerza. Lo bueno es que la oscuridad era casi absoluta, así que el otro iba dando tumbos sin saber por dónde iba mientras que él tenía por lo menos la cámara de su lado. Miró a través de la pantalla y vio Jayce a no muchos metros de él. Acuclillado, Viktor le pasó por al lado, lo rodeó y salió de la sala por la misma puerta por la que había entrado momentos antes.

Dejó al hombre enloquecido adentro, aún buscándolo entre las mesas, casilleros y camillas que estaban esparcidos por ahí. Viktor, creyéndose a salvo, salió corriendo en dirección contraria, aunque solo bastaron unos segundos para que su pierna protestara, haciendo que cayera estrepitosamente. El ruido alertó a su perseguidor.

—Oh, saliste. —La voz de Jayce hizo eco en el pasillo—. Qué escurridiza eres, cielo.

Viktor intentó ponerse de pie con rapidez, pero su pierna volvió a fallar. Estaba cansada de correr y se lo estaba haciendo saber de la forma más dolorosa posible. Viktor gateó hasta una esquina y se hizo un ovillo ahí, deseando con todas sus fuerzas desaparecer. Había tenido problemas con otros variantes: uno se lo había querido comer, otro le quería arrancar la cabeza… pero con ellos al menos sabía el riesgo que corría. En el caso de Jayce, desconocía qué quería hacer con él. Y eso era mucho más aterrador.

Había estado oyendo cosas al respecto desde hacía rato, pero quería fingir que no. Escuchó a un recluso, que hablaba consigo mismo como si tuviera distintas personalidades, referirse a Jayce como el novio, siempre en un tono irónico y burlón, aunque al mismo tiempo encerraba algo de miedo. Desde que vio a Viktor, no dejaba de repetir en voz alta que él era su nueva obsesión.

En un lugar lleno de hombres, Viktor era bajo, delgado, de rasgos delicados. No era sorpresa que Jayce pensara que era perfecto.

La voz de Jayce no dejaba de llamarlo, y él intentó aminorar su respiración. Tenía tanto miedo que no dejaba de jadear. Tuvo que llevarse una mano a la boca y cerró los ojos, notando lágrimas calientes caer por sus mejillas. La voz del variante se escuchaba cada vez más cerca, al igual que sus pasos, mientras que Viktor cada vez que intentaba ponerse de pie sentía un latigazo de dolor que iba desde su pierna derecha hasta su columna vertebral.

Estaba jodido.

Terminó de delatar su ubicación cuando la cámara se le resbaló de las manos, chocando contra el suelo.

...

Apenas estaba abriendo los ojos cuando una fuerte luz le obligó a cerrarlos con fuerza de nuevo. Estaba mareado y su mente era un revoltijo. No sabía qué estaba pasando, o cómo había llegado ahí. Estaba acostado, sus muñecas amarradas al igual que sus tobillos. Yacía sobre una superficie fría, dura y húmeda, y pronto se dio cuenta de que estaba completamente desnudo.

Echó la cabeza a un lado cuando le llegó una arcada. Sintió la bilis subir por su garganta y tragó haciendo un gesto de asco. Se retorció, intentando librarse de sus ataduras, pero no hubo manera. Lo habían amarrado con firmeza, y cualquier movimiento solo lograba ocasionarle un dolor punzante. Los dedos de sus manos estaban pálidos, pues tenía la circulación obstruida.

Arrugó la nariz cuando un nauseabundo olor a sangre, fluidos y putrefacción le golpeó. Intentó abrir los ojos otra vez, y pudo ver el lugar en donde estaba cuando se pudo adaptar a la luz del foco que estaba encendido justo encima de él. Vio varios cuerpos esparcidos por el suelo, unos cuantos ya en un estado avanzado de descomposición. A algunos les faltaba la cabeza, a otros los brazos, a otros las piernas, a otros los genitales. Lo cierto era que todos estaban mutilados, con moscas revoloteando.

A un lado había una mesa con instrumentos quirúrgicos. De tortura, más bien, pensó. Luego, un atril con una ilustración médica de los órganos sexuales masculinos. Era una parodia de muy mal gusto de un quirófano. Pudo sentir el sudor helado resbalar por su espalda.

—¡Mi amor, ya despertaste! —Esa voz le hizo reaccionar como un ratón asustadizo. La voz dulce viniendo de ese hombre alto y musculoso cubierto de sangre ajena. Era una verdadera contradicción—. Me alegra, tenía miedo de haberme pasado con la droga… ¡pero no me culpes! Eres muy traviesa, corazón.

—Tú… ¿me drogaste?

Fue lo único que se le ocurrió decir a Viktor en ese momento. Su voz sonaba pastosa. Le pesaba la lengua.

—Discúlpame, cariño. No quería hacerlo, pero me obligaste.

Jayce se acercó a la mesa de hierro en la que Viktor estaba acostado y acarició uno de sus muslos con una mano, haciendo que se estremeciera con violencia. Sabía que no tenía sentido intentar liberarse, no solo porque estaba demasiado débil como para soltarse, sino porque… de hacerlo, ¿adónde iría? No llegaría lejos con la pierna así. Sin embargo, su instinto de supervivencia no lo dejaba quedarse quieto.

—Ay, ya vas a empezar —susurró Jayce haciendo un puchero—. Me hiere que seas tan cruel conmigo, ¿sabes? Yo solo quiero estar contigo.

La misma mano que había acariciado su muslo subió hasta su rostro. La colocó sobre una de sus mejillas, pero Viktor no dejaba de retorcerse como si le quemara sentir sus dedos.

—Maldito enfermo.

Viktor escupió las palabras a través de sus dientes apretados. Pronto, el tacto gentil de Jayce sobre su mejilla se convirtió en un apretón. Le agarró de la mandíbula con fuerza, enterrando las uñas en su piel. El dolor repentino le hizo sisear.

—¿Qué dijiste, amor? —preguntó Jayce con voz temblorosa. La cercanía hizo que Viktor pudiera ver bien su rostro. La sonrisa nerviosa, los ojos abiertos, las ojeras y las marcas rojas en su piel. Estaba completamente desquiciado—. Sabes que no me gusta que me hables así.

Viktor lo miró a los ojos por un par de segundos. El izquierdo estaba irritado, pero el derecho ya era completamente rojo, haciendo que la pupila dorada contrastara de forma espeluznante.

Era irónico. Después de todo lo que había pasado, terminó de dimensionar lo grave de la situación en el momento en que vio esos ojos. Apartó la mirada mientras un sollozo se escapaba de su garganta. Jayce aflojó su agarre.

—No, mi vida, no llores —dijo, poniendo los dedos sobre sus labios. Viktor tuvo la tentación de morderlo, pero sabía que hacerlo solo empeoraría la situación—. Sabes que no quiero hacer esto. Pero es que no aprendes.

Viktor lo detestaba. Preferiría mil veces que Jayce lo insultara, lo maldijera, expresara con palabras lo mucho que quería matarlo y hacerlo sufrir. Esas palabras melosas solo lograban revolverle el estómago.

—Tengo un regalo para ti, quizás así te sientas mejor.

Jayce le dio la espalda, y por un par de segundos Viktor sintió que podía bajar la guardia por lo menos un poco. Relajó su cuerpo, aunque no le gustaba sentir el metal helado contra su espalda. Respiró hondo, obligándose a mantener la calma. El variante se alejó de la mesa y se acercó a un maniquí de cuerpo femenino que vestía un vestido de novia y un velo, lo desnudó con cuidado y regresó al lado de Viktor.

—Te vas a ver hermosa. —Rodó los ojos cuando el más bajo volvió a retorcerse sobre la mesa, como si así sus ataduras fueran a caerse mágicamente—. Ya basta con eso. Te vas a portar bien o me harás hacer algo que en verdad no quiero.

Sus palabras punzantes erizaron cada vello de su cuerpo. Sabía que no podía subestimar esa amenaza.

—¿Qué quieres de mí? —jadeó.

Hacía un par de horas (o eso pensaba, pues no sabía cuánto tiempo estuvo dormido) había contemplado la idea de suicidarse. Cuánto más quería salir del hospital, más se adentraba a él, perdiéndose entre sus pasillos laberínticos y siendo perseguidos por maníacos. Ahora se lamentaba profundamente de no haber acabado con su vida cuanto tuvo la oportunidad.

—Qué pregunta más tonta —rio Jayce, negando con la cabeza. Una risa que Viktor odió con cada fibra de su ser—. Quiero que seas mi esposa, claro. La madre de mis hijos. —El más bajo frunció las cejas y abrió mucho los ojos, en una expresión que mezclaba el pánico con la confusión—. Imagino que tienes frío… pero por favor, necesito que colabores si no quieres que las cosas se pongan feas.

Luego de lo que pareció una eternidad, Jayce soltó las ataduras de sus muñecas. Su primer instinto, lejos de intentar huir, fue frotárselas. Estaban lastimadas, enrojecidas y algunas zonas incluso se estaban despellejando. ¿Cuánto tiempo había estado amarrado? Sintió un dolor en los dedos a medida que la sangre reanudaba su circulación normal. Apenas los podía mover.

Jayce puso una mano en su espalda, ayudándole a sentarse sobre la mesa. Cuando lo hizo, fue que Viktor se dio cuenta de lo mareado que seguía por culpa de la droga. Todo daba vueltas a su alrededor. Si tuviera la pierna sana tampoco podría correr en ese estado.

Sintió otra arcada.

—Hey, tranquila —dijo Jayce, poniendo la mano en su nuca—. Sería lamentable que vomitaras tu vestido. Con lo bonito que es.

Viktor no dijo nada. Tenía la mirada fija en el piso. Pestañeó con fuerza cuando notó las lágrimas agolparse en sus ojos y sorbió por la nariz cuando sintió que iba a moquear. Miró sus piernas, pálidas y lastimadas, luego su abdomen y después sus brazos. No tenía manera de saber qué ocurrió mientras estuvo inconsciente, pero tenía rojeces y moretones aquí y allá. Marcas que demostraban que Jayce lo había agarrado con fuerza, enterrando los dedos en sus muslos. Probablemente le había pegado también. La humedad que sentía en la mesa era sangre… pero no era suya, pues a pesar de los golpes y apretujones no se notó ninguna herida. Levantó el labio superior, asqueado.

Se siguió frotando las muñecas hasta que sus manos ya no dolían tanto. Su siguiente movimiento lógico fue ponerlas encima de su entrepierna, avergonzado de su desnudez.

—Eres adorable —susurró Jayce contra su oreja, haciendo que se estremeciera—, pero no tienes que sentir vergüenza conmigo. —Viktor lo ignoró, con la mirada ahora enfocada en sus tobillos. Obviamente Jayce no se los iba a soltar—. Levanta los brazos.

Viktor obedeció. ¿Qué más podría hacer? Drogado, lastimado y enfermo, no tenía ningún tipo de resistencia que oponer. Por un momento su visión fue bloqueada, luego cuando se dio cuenta Jayce le había puesto el vestido de novia que llevaba el maniquí. Estaba sucio y la tela picaba, pero al menos se sentía un poco menos vulnerable.

El vestido tenía un escote pronunciado y era strapless, de modo que sus hombros, clavículas y parte de su pecho estaban expuestos. Jayce aprovechó la cercanía para hundir la nariz en la hendidura entre su cuello y el hombro. Viktor se paralizó, aterrado de lo que fuera a hacer a continuación. Notó cuando el otro hombre respiró profundamente.

—Hueles tan bien —murmuró. Sonaba casi como un gemido. Había evidente lujuria en su voz. Lo siguiente que Viktor sintió fue un beso y una lamida en la misma zona que había olfateado, lo que lo hizo cerrar los ojos con horror—. Una cosa más.

Viktor mantuvo los ojos cerrados, preparado para aceptar lo que sea que fuera a pasar. Estaba resignado. Sintió un ligero peso sobre su cabeza, y cuando abrió los ojos Jayce estaba levantando el velo para ponerlo hacia atrás. Deseaba que con eso ya fuera suficiente para satisfacer los deseos enfermizos del hombre, pero genuinamente lo dudaba.

—Ahora sí. Cariño.

Tomó su cara entre sus manos y lo besó en la boca. Era agresivo, invasivo. Sus dientes chocaron, y la lengua ajena en la boca de Viktor lo hacía sentirse sucio. Lo besaba con la boca abierta, más que un beso parecía que se lo quería comer vivo. Jayce se separó de él, y con el pulgar le limpió un hilo de saliva que caía por su mentón. Era extraño lo violento que era con algunos gestos y lo cuidadoso que era con otros.

—Vas a tener que disculparme, pero no quiero arriesgarme a que hagas algo desagradable.

Por un momento Viktor no entendió a qué se refería, hasta que sintió otra vez la atadura en su muñeca derecha. Hizo un gesto de dolor, aunque no lo había amarrado tan fuerte como antes. Luego hizo lo propio con la izquierda. Claro, no sabía por qué pensó que Jayce por lo menos le dejaría los brazos libres.

Volvió a estar echado sobre la mesa, aunque ahora no era tan desagradable gracias a la tela del vestido amortiguando la sensación del metal frío contra su piel. Jayce se alejó un par de pasos y lo miró, como quien admira un cuadro que acaba de pintar.

Viktor cerró los ojos. Prefería que lo matara de una vez o que lo drogara hasta que hubiera terminado con él.

Aún con los ojos cerrados, notó que algo se interpuso entre la luz y él. Su corazón dio un vuelco y se mordió el labio inferior. Sabía lo que estaba pasando, pero no quería mirarlo. Jayce estaba encima de él, a horcajadas. Sintió algo rozar contra su abdomen y no tuvo que abrir los ojos para saber lo que era. El hombre tenía una erección evidente a través de sus pantalones.

De repente, sintió una cachetada.

—¿Acaso intentas ignorarme? ¿Por qué eres tan mala conmigo?

Abrió los ojos, y allí estaba. Apoyado en sus manos y rodillas encima de él. Luego llevó las manos a sus muslos y los arañó con fuerza, lo suficiente como para hacerle sangrar. Viktor dejó salir un chillido.

—Tendré que ponerte en tu lugar. Recordarte quién eres —siseó mientras alzaba la falda del vestido, exponiendo otra vez las partes más vulnerables de Viktor. Con sus dedos rozó la parte interna de sus muslos, acercándose peligrosamente a la ingle—. Quería que este momento fuera especial, pero lo arruinaste.

De un bolsillo sacó un bisturí. Las pupilas de Viktor se achicaron apenas lo vio. Lo siguiente que sintió, fue un ardor helado y la sangre caliente. Jayce le había abierto una herida donde justo antes habían estado sus dedos. No dejó que la sangre se derramara demasiado, pues llevó la cabeza entre las piernas de Viktor y lamió el corte. Viktor arqueó la espalda, un quejido de dolor muriendo en su garganta.

—Sabes delicioso.

El siguiente corte lo sintió en el cuello, cerca de la clavícula. Era más superficial que el del muslo, pues no quería cortarle una arteria y matarlo tan rápido, pero era lo suficientemente profundo para hacerle sangrar de igual manera. También lamió esa herida, aunque permaneció un rato más ahí. Succionando con suavidad y mordiendo la carne con delicadeza. Parecía un vampiro.

Viktor curvó los dedos de los pies y apretó las manos. El ardor y lo desagradable del asunto empeoraban su mareo.

Sin dejar de saborear las pequeñas gotas de sangre que salían de su cuello, Jayce llevó una mano a su entrepierna. No esperó más y tomó el pene flácido, y lo apretó provocando que Viktor arqueara la espalda mientras reprimía un grito de dolor. Intentaba mantener la mente fija en la idea de que luego de eso iba a morir. Sonaba reconfortante. Pronto todo terminaría y podría descansar en paz.

Luego del apretón, que podría interpretarse como una especie de advertencia, Jayce lo agarró con delicadeza. Subió la boca del cuello a su oreja, y se entretuvo un rato con ella. Como era de esperarse, mordió el lóbulo y también succionó la sangre de ahí. Viktor tenía los ojos apretados, su cuerpo sufriendo espasmos de cuando en cuando. Jayce comenzó a masturbarlo con movimientos lentos, tomándose su tiempo, dejando que los dedos jugaran libremente con los testículos, el falo y el glande.

Para su maldita desgracia, Viktor notó que se estaba poniendo duro. Era una reacción natural de su cuerpo que no podía controlar, pero sentía que eso era como darle un punto a Jayce. Como si, a pesar de las quejas y protestas, le estuviera diciendo tú ganas.

Como era lógico, Jayce se alegró al percatarse de eso. Para él, teniendo una alterada percepción de la realidad, eso solo significaba que su amada novia estaba disfrutando del momento. Puso una mano en su cuello y besó todo su rostro: la frente, los párpados, la nariz, las mejillas y los labios.

—Sé que eres tímida, cielo —dijo en voz baja, al notar que Viktor no decía ni hacía nada. Solo estaba ahí, inerte, dejándose hacer, con un sutil sonrojo surcando su cara—. Siempre amé eso de ti.

Esta vez le tocó a su mejilla derecha. Este corte fue más largo, empezando justo debajo de su lunar y terminando junto a la comisura de sus labios. Viktor comenzó a llorar, sin ningún tipo de control. Cuando Jayce lamió la herida pudo sentir el sabor metálico de la sangre entremezclado con lo salado de sus lágrimas. El gusto que le provocaba hizo que un sonoro gemido saliera de su garganta.

Su pulgar acariciaba el glande con lentitud, disfrutando la sensación viscosa del líquido preseminal. Era tan malditamente hábil con las manos, tanto como para hacerle sentir placer como para infligirle dolor. El cuerpo de Viktor temblaba. Estaba haciendo un esfuerzo enorme por aguantarse los sollozos, la presión que sentía en su cabeza era cada vez más difícil de soportar.

Volvió a sentir el bisturí entre sus piernas, en el otro muslo. Esta vez Jayce no fue como un animal hambriento a lamer la sangre, sino que dejó que empapara los dedos de su mano derecha. La mano izquierda no dejaba de masturbarlo. Viktor arqueó la espalda y su cabeza golpeó con fuerza contra la mesa, haciendo un ruido sordo. Estaba sintiendo tantas cosas, y todas tan intensas, que sentía que perdería la cordura.

La mano ensangrentada se coló entre sus glúteos, tanteando la zona hasta encontrar el agujero que tanto deseaba Jayce desde hacía rato. Las piernas de Viktor temblaron cuando notó un dedo rozar esa zona.

Joderjoderjoderjoder.

La palabra salió de los labios de Viktor en una súplica desesperada y repetitiva. Tenía la voz ronca y disonante, como si fuera un adolescente que estuviera entrando en la pubertad. Ahogó un grito cuando sintió la primera intromisión. Le ardía, aunque se tratara de un solo dedo. Seguramente era por lo agudo de sus sentidos, pero podía jurar que la sangre estaba tan caliente que le quemaba por dentro.

Agitó las piernas cuando sintió el segundo dedo, las lágrimas cayendo por su rostro y haciendo que la herida en la mejilla ardiera más con cada segundo que pasaba.

—No seas tan escandalosa —ordenó Jayce, dándole una cachetada. Viktor agradeció que le hubiera golpeado la mejilla sana—. Te hace perder el glamour, cariño.

Viktor hizo lo posible por mantenerse callado, aunque lo único que quería era retorcerse, gritar y maldecir. Quería escupirle al hombre que estaba delante de él, quería morderlo, patearlo. Ojalá tener la fuerza suficiente, pensó desesperado, ojalá poder desatarme, agarrar ese bisturí y…

Un tercer dedo interrumpió sus pensamientos.

—¡Para, por favor! —Finalmente gritó, la voz chillona y desgarrada—. Me duele… me duele mucho… —lloriqueó.

—No sería así si te hubieras portado bien desde el principio, cielo.

Los movimientos eran rápidos, bruscos. Podía sentir los dedos abrirse y cerrarse, entrando y saliendo. La sangre hacía que resbalaran con más facilidad, pero aun así ardía. Los huesos de las muñecas de Viktor hacían un clac sordo contra la mesa cada vez que se agitaba, intentando inútilmente liberarse. De su boca no salían más que gemidos y sollozos. Miró a Jayce con los ojos entreabiertos, nublados por las lágrimas, y notó la lujuria en su mirada y la humedad en su pantalón.

Un grito flojo salió de la garganta de Viktor cuando Jayce retiró los dedos y soltó su pene. Tenía la respiración tan agitada que parecía que acababa de salir de un mar en el que se estaba ahogando. Echó la cabeza a un lado, rendido. La sangre le resbalaba por el mentón, entremezclada con lágrimas y saliva. El velo se le cayó, aligerando la presión en su cabeza. Creyó que podría tener un momento de tranquilidad hasta que escuchó el clic del cinturón de Jayce. Era ahora que venía lo peor.

Se mordió el labio inferior cuando sintió el pene ajeno entre sus muslos, mucho más grande que tres dedos. Se hincó los dientes con tal fuerza, que sintió la sangre en su lengua.

—Mírame —ordenó Jayce, tomándolo del cuello. Viktor sollozó con violencia—. Quiero que me mires mientras te hago mía.

Apretó. Viktor hizo un ruido ahogado, y el fondo de su mente deseó que se le fuera la mano y lo matara de una vez. Por desgracia, no pasó. La mirada dorada de Viktor se encontró con la mirada enrojecida de Jayce, aunque no duró mucho. Cerró los ojos y se enterró las uñas en las palmas cuando lo penetró.

—Por… por favor, no —tosió luego de que el otro soltara su cuello.

La súplica cayó en oídos sordos. Jayce se enterró en él, sin ningún tipo de piedad. Viktor estaba convencido de que lo desgarraría. Sus sollozos hacían un contraste horrible con los gemidos y gruñidos de placer del variante. Puso las manos en las caderas de Viktor, queriendo que se mantuviera quieto en una sola posición, mientras lo embestía de forma ruda y salvaje. Era peor que un animal.

Se inclinó sobre él y con su boca buscó la herida que momentos antes le había hecho en el cuello. Ya había dejado de sangrar, pero con una mordida consiguió que las gotas de sangre volvieran a salir. Viktor se retorció de forma tal que sintió un latigazo de dolor en la columna. Jayce aumentó el volumen de sus gemidos, haciendo ruidos obscenos. El sabor de Viktor lo volvía loco.

Más aún.

Luego lo besó en la boca, haciendo que Viktor saboreara su propia sangre. Enterró los dedos en sus mejillas, obligándole a mantener la boca abierta, y le escupió en la lengua. El cuerpo de Viktor se agitó en un escalofrío, mientras que Jayce volvía a sujetar sus caderas con ambas manos. Eran tan grandes que fácilmente podrían rodearle la cintura.

Jayce estaba como en trance, sintiendo como Viktor se apretaba alrededor de él. Cerró los ojos y se concentró en su propio placer, como si el otro no fuera más que una muñeca que solo estaba ahí para ser bonita y hacerle sentir bien. Aunque, bueno, a estas alturas no era otra cosa. El llanto de Viktor se fue calmando con el pasar de los minutos, ya no era más que un leve hipo que le venía de vez en cuando. Las lágrimas se estaban secando en sus mejillas, haciéndole sentir la cara pegajosa. Lo mismo con la sangre. De alguna forma, su cuerpo se adaptó al tamaño de Jayce, haciendo que ya no doliera tanto.

El movimiento constante hizo que la parte superior del vestido se deslizara hacia abajo. Era lógico, estaba diseñado para sostener un par de senos que Viktor obviamente no tenía. Su pecho fue quedando poco a poco al descubierto, lo que no pasó desapercibido para Jayce. La vista de sus pezones, duros y enrojecidos, le hizo salivar. Subió una mano y le apretó el pecho, haciendo que Viktor soltara un leve quejido.

Se inclinó para succionarlo, atrapando uno de los pezones entre sus dientes. El otro lo pellizcaba con fuerza con el pulgar y el índice. Con la mano disponible tanteó la mesa hasta que dio con el bisturí, que tenía abandonado desde hacía un rato, e hizo un corte justo al lado del pezón que tenía en la boca. El sabor de la sangre y la textura carnosa hicieron que, finalmente, acabara dentro de Viktor.

Se retorció cuando sintió la eyaculación en su interior. Dejó salir un gemido lánguido, y siseó cuando sintió a Jayce salir de él. Su cuerpo quedó ahí, inerte. Estaba demasiado agotado y adolorido como para reaccionar, ni siquiera había emitido un sonido cuando Jayce le hizo el corte en el pecho. Su mirada estaba apagada y, de no ser por la respiración sutil, cualquiera pensaría que estaba muerto.

Supo que todo había terminado cuando escuchó al otro hombre volver a abotonarse el pantalón y colocarse el cinturón. No sabía qué vendría a continuación. ¿Lo dejaría en paz? ¿Lo mataría? Cualquiera de las dos opciones resultaba tentadora, aunque, honestamente, prefería la segunda.

—Estuviste perfecta —dijo Jayce, con la respiración aún agitada por el orgasmo—. Perfecta…

Puso la mano en su mejilla sana y le acarició el labio inferior con el pulgar. Viktor le miró a los ojos, temiendo algún otro castigo si no lo hacía. Jayce sonrió y se inclinó para besarlo. Después de todo lo que había pasado, era surreal que ese beso fuera tan… delicado. Jayce volvió a acomodarle el velo y otra vez se alejó de la mesa. Ya Viktor no tenía energías, ni ganas, para intentar averiguar qué estaba haciendo.

—Mi madre solía decirme “cuanto te cases, verás lo feliz que puedes ser” —dijo con una suave risa, acercándose otra vez—. Ahora veo que tenía razón. Vamos a ser tan felices juntos…

Traía una pequeña caja de terciopelo negro. La abrió y adentro había un anillo, que deslizó en el dedo anular de la mano izquierda de Viktor, quien casi pudo notar como se le bajaba la presión. Jayce se acercó a susurrarle algo al oído, que hizo que los vellos de su nuca se erizaran y sus ojos volvieran a cristalizarse. A través de su voz, se podía percibir que sonreía con malicia.

—Hasta que la muerte nos separe.

Notes:

Al personaje favorito hay que hacerlo sufrir. (?)