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Action Man

Summary:

Los gatos macho no juegan con muñecas sino con hombres de acción.

Notes:

Aún quiero editar esto, pero estoy muriendo en vida, así que no voy a postergar más su existencia (lo editaré una vez esté sano).

Pero sí quiero aprovechar para nuevamente dedicar este trabajo a un gran autor, que no me pidió ninguna especificación cuando me ofrecí a escribirle algo y resultó con esta historia. Es mi forma de mostrarle (y mostrarles) lo divertido y lindo que ha sido este fandom para mí.

P.d También cuando mejore seguiré con las actualizaciones de mí historia pendiente y más one-shots porque no tengo control de mí vida.

Work Text:

Petey lo sabe: desde hace días tuvo que haber iniciado con la mudanza de su laboratorio con el fin de no tener que acumular un sinfín de cajas a lo largo del mismo, tratando de dividir aquellos objetos útiles de los cuales definitivamente debería vender como chatarra para no sentir que su ingenio se desperdició en obras rústicas que carecían de toda genialidad; sin embargo, era igual de consciente de que estaba esperando que alguien le dijera que la idea del cambio era un burdo sueño, una broma cruel que le permitiese reafirmar que no estaba destinado a otro tipo de elecciones más acertadas. Pero eso no pasó. El canino siguió firme a su invitación de vivir juntos, en una nueva casa, en un intento de conversar lo que sea en lo que se estaban convirtiendo; le adaptó un espacio, y aunque no era tan grande como del que ahora se despedía, era más que suficiente. Le permitía mantener un lugar seguro, propio, un sitio en el que podía ser él mismo sin desconectarse del mundo que ahora parece esperarlo.

Mira los inventos frente a sí, debatiéndose entre desmontarlos, reprogramarlos o darlos por basura, considerando que ya no estaba completamente seguro de lo que hacían; hace mucho que se perdieron las etiquetas de sus fracasos.

Procede a masajear su cabeza, sintiendo la pesadez punzarle en recordatorios de que todo esto era su culpa; si hubiese solo confiado un poco más en Dogman…; una risa amarga sale.

Ni siquiera ahora puede hacerlo enteramente. ¿No era gracioso?

Rehuye de la nula gracia al desviar su atención hacia el resto del “inexplorado” laboratorio, atiborrado de batallas perdidas y fracasos. ¿Por qué seguía insistiendo en hacer un museo de miserias?

Intenta encontrar fin a la sensación de ser un perdedor, cosa que no consigue al sentir que no hay final dentro del espacio físico. Casi como si el sitio fuera un agujero negro, del cual podría extraer un sinfín de objetos que seguirían burlándose de sus intentos por conquistar la ciudad, consumiendo a cambio toda tentativa de salir adelante; camina sin ningún propósito claro, abandonando incluso su misión previa, dejando que sus dedos pasen por encima de los recuerdos físicos que le hacen fruncir el gesto.

A ese punto del día, estaba casi arrepintiéndose de haber rechazado el ofrecimiento de tener a Lil’ Petey y Molly como ayudantes, solo que seguía siendo casi, porque Petey prefería un millón de veces arriesgarse a una úlcera por el estrés a escuchar canciones de diarrea durante horas.

Sacude la cabeza, tratando de ignorar la imagen mental en donde los niños se atrevían a perseguirlo, contándole chistes de ese horripilante libro de “comedia” que debía provenir de alguna librería infernal.

Todo su cuerpo se eriza, esponjando su pelaje; si eso pasaba cuando llegara a casa…

La tragedia no alcanza a formalizarse en el instante en que su atención es atrapada por una cabeza familiar, la cual se asoma en uno de los estantes de los que recuerda haber llamado “fallas técnicas”, con el fin de no admitir que los artículos que compró fueron una estafa en la que cayó de forma vergonzosa; sus patas se estiran hasta el objeto, que pronto reconoce al tenerlo entre sus garras: un muñeco del policía más querido de la ciudad. Lo voltea de abajo hacia arriba, rotándolo de forma lateral, apreciando la calidad de la figura de tela; era una réplica ejemplar del perro-hombre, fiel hasta en los detalles más ridículos. Era un trabajo que sin duda estaba hecho por un profesional, lo que le crea un pequeño atisbo de duda: ¿quién en su sano juicio sabría cada minúsculo centímetro de Dogman? Petey no es capaz de notar la vergüenza del reconocimiento de que su entidad lo haría; los celos que emergen desde el fondo del inconsciente son tan grandes que lo llevan a despejar una de las mesas, sentando al inocente muñeco que parecía mirarlo directamente.

Sería inútil intentar recordar dónde lo consiguió, y era un hecho que, pese a sus talentos, no era un trabajo suyo; las pocas cosas que hizo con la imagen del perro estaban ya catalogadas bajo el título “prohibido”. No quería que nadie las tuviera, las viera o siquiera pudiera volver a recordar su existencia; eran pequeños tesoros inconscientes, donde su figura se sobreponía al juicio negativo que tiene hacia sí, donde podía ganar con su ayuda indirecta, la cual no reconocía por su propio bienestar.

Los botones cafés oscuros parecen verle con ternura, si acaso eso tiene sentido; tal vez lleva demasiadas horas tratando de demoler el caótico santuario y está a punto de descender a la locura.

Suspira, dejándose caer en el taburete para acercar una de sus garras al costado de la cara tenuemente afelpada. —Eres un pequeño tonto, ¿no? —habla con un toque de dulzura, misma que profundiza ante la caricia cuidadosa. —Siempre provocándome dolores de cabeza —no nota cómo la figura miniatura de su obsesión pareciera recargarse en su toque, reconociéndolo en ello. —Alguien debería darte una lección por ser tan molesto, Dogman. —Su garra se ha deslizado hasta el nacimiento de su cuello, donde finas costuras asemejan la sutura que sufrió el híbrido, las cuales repasa con el extremo de su filo, deleitándose por la precisión y fortaleza de los puntos; era fascinante verlo como un resultado exitoso de la unión de la ciencia y la naturaleza más que una monstruosidad. Su nacimiento, pensado lejos de su relación conflictiva, era un deleite para su ambición innovadora. —Quizás debería hacerte pagar por seguir atrapándome tan fácilmente —rasguña la tela por delante de su garganta, sintiendo un repentino calor en su otra pata.

Sus ojos se agudizan, ¿acaso la textura de la tela pareciera haberse esponjado con su reciente acción?

Repite el roce, consiguiendo la misma reacción del peluche, el cual pareciera arder entre su agarre y el material del que está hecho.

La intriga destella en sus ojos.

Alza la figura inanimada, de congelada gesticulación en la sonrisa burda que conoce; y aunque sus ojos no mienten al describir que es un simple monigote, hay una sensación de que no todo es lo que parece.

Lo acerca a su boca, exhalando aire caliente contra la piel artificial, misma que muestra las pelusas adheridas con descaro.

¿Podría ser que ese muñeco y Dogman…?

Mira alrededor de su laboratorio, temiendo que exista algún testigo imprevisto; pero está solo, junto con lo que factiblemente podría ser su locura manifestándose.

¿Qué iba a perder, de todos modos? No hay nadie para condenar su dignidad, ni existen otros para detenerlo en su curiosidad; además, ¿no era mejor comprobar de primera mano no solo su hipótesis, sino la realidad de cuánto y hasta dónde ha sido recreado el perro-hombre?

Coloca su experimento de vuelta en la mesa, acariciando ahora detrás de su oreja.

—¿Listo para jugar, buen chico?

 


 

Rasca su mejilla, tratando de suprimir el cosquilleo entusiasta que nace ante una caricia fantasma; no está seguro del porqué siente que alguien lo acaricia, suave y firme, como si añoraran hacerlo desde hace tanto tiempo. A su vez, no sabe reconocer el motivo del porqué le agrada en cambio tal gesto inexistente de una figura externa, como si estuviera esperando dicho afecto desde hace mucho. Así que intenta distraerse con su propio tacto, fallando descaradamente en ocultar el movimiento de su cola sintética, la cual no deja de agitarse ante lo agradable que se sienten los cariños otorgados. Los cuales parecen desviarse pronto de su rostro.

Su cuerpo se eriza desde los pies hasta la cabeza, tensándose ante el recorrido del toque imaginario, el cual, tan pronto se coloca cerca de las costuras, pareciera tentar a su miedo; emoción que no aparece en absoluto. Al contrario, la vergüenza es quien se autoinvita a expresar el gusto culposo por esa acción que, en su día a día común, estaría evitando. El perro no apreciaba las miradas indiscretas, mucho menos los intentos de externos a tocar una herida emocional con expresión física; esas intenciones solo lo llevaban a creer que era un fenómeno apenas socialmente aceptado. ¿Entonces cómo es posible que ese toque lo aliente a querer lo contrario de la reserva física? Su cuerpo se ruboriza, sus manos tratan miserablemente de detener lo que sea que insiste; ante su fracaso, la corriente eléctrica motiva a su pierna y cola a sincronizarse, moviéndose furtivamente para drenar la sensación de querer ladrar por el exceso de estímulo.

Un aire cálido y denso choca contra su cuello, llevándolo a tragar saliva.

¿Hace cuánto que la oficina de policías apagó el aire acondicionado?, ¿acaso nadie estaba notando el calor?

La mano dominante va detrás de su oreja cuando la rascan, atacando el punto de presión donde se vuelve macilla ante cualquiera; gruñe en bajo, intentando dominar sus instintos, mismos que se burlan de su situación al pasar de los segundos, especialmente cuando uno de los toques es celestial.

Aúlla, cubriendo su hocico al segundo en el que todos sus compañeros lo miran.

No da explicaciones, ni espera preguntas acerca de la bochornosa escena que protagoniza cuando se levanta de forma rígida e intranquila, dado a que es incapaz de poder prever el siguiente movimiento; todavía con las manos alrededor de su hocico, mira a todos lados, buscando la mínima ruta de escape, necesidad que escala en urgencia cuando su pecho se hunde, sintiendo como los pectorales son definidos en un recorrido lento, registrando los centímetros del ancho de la parte superior de su cuerpo. Fuerza a una de sus manos a sostener su cola que vibra bajo su propio agarre.

Gimotea para sus adentros, sintiéndose en un castigo a pesar de la agradable sensación, por lo que debe endurecer la mano que esposa su extremidad más escandalosa, parando la misma cuando camina en todas las direcciones en diminutos pasos indecisos.

Necesita saber lo que está pasando. Ahora.

Encorva la espalda ante la primera marca que siente bajo el uniforme, acto que se adueña de cualquier pensamiento lógico.

Muerde su lengua ante el anhelo de liberar un vergonzoso ladrido, por lo que, con las pupilas vibrantes de la conmoción, apenas consigue centrarse en la puerta del fondo; ni siquiera logra pensar qué habitación es cuando una sensación rasposa divide la mitad de su tórax, lo que le obliga a salir corriendo para cruzar la puerta, presionando su espalda contra esta una vez que se encuentra seguro…por el momento. El baño general de la oficina sigue sin ser exactamente un espacio privado, pero debería funcionar lo suficiente para hacer una inspección rápida a su “malestar”.

Ruega que nadie desee entrar en los próximos minutos.

Avanza hacia el largo espejo que se encuentra fijo en la pared, tratando de ignorar el temblor leve que se apodera de su cuerpo con cada pincelada descarada que le genera otro hundimiento en su abdomen; se deshace tan pronto le es posible de una parte de su uniforme, quedando desnudo enteramente del torso, el cual, como sospechaba, presume un corte superficial; no hay un brote de sangrado, es una mínima irritación de la cual es distraído ante la familiar invasión de una textura rugosa, que se extiende en el mismo largo de la herida.

El aire se le escapa e intenta palpar la lamida seca, puesto que no hay un solo rastro de humedad en ella; otra bocanada de aire es necesaria casi enseguida para cuando uno de sus pezones se endurece, siendo succionado por el aire que le hace ladrar contra su reflejo ansioso. Lo que sea que esté haciendo esto, no posee consideración alguna de su situación.

Tiran, muerden y enrollan la carne; por momentos es solo uno de ellos, luego ambos; e incluso cuando sus manos tratan de cubrirlos, es imposible siquiera evitar ser ultrajado.

Respira con dificultad, intentando pensar coherentemente entre las vibraciones que siente en cada extremo de su cuerpo; reto del que es un claro perdedor, considerando que cuando muerden su cuello, enterrando lo que cree son los dientes más filosos de los que alguna vez llegaría a ser presa, lo hacen gemir desde el fondo.

Se encajan y hunden tan profundamente como pueden, sin romper ni una sola de las costuras que quedan como recuerdos, lo que le permite a esa fuerza imparable presionar y torturar la elasticidad de su carne, la cual cede fácilmente, presumiendo su sumisión en los pequeños puntos que se dejan entrever apenas lo sueltan un poco; la sensación ardiente le hace saber que, sin importar que la coloración sea un misterio por el pelaje que le cubre, podría apostar que la equimosis estaría ahí si llegasen a trasquilarle este.

Cierra los ojos, siendo guiado al extremo cuando crean otra cortada sobre su pecho, su abdomen, hasta que algo desconocido está sobre sus pantalones.

Abre los ojos en pánico cuando atrapan su entrepierna, mordiéndose el brazo para no gimotear cuando la puerta cruje en advertencia: si no reacciona ya, alguien entrará y lo verá de esa forma.

Patea como puede las prendas hacia uno de los cubículos, encerrándose de un portazo; lo que seguro levantará sospechas, aunque es complicado poner en prioridad a otros cuando están amasando su creciente erección sin ningún tipo de pudor.

Se niega a soltar su brazo de su boca, ahogando tanto como le es posible los sonidos cuando la virilidad es envuelta en una tortura demasiado placentera para intentar fingir disgusto; trata de prestar algo de atención hacia sus compañeros de trabajo, luchando por identificar sus voces, las cuales emiten palabras que parecen hablar de su figura, ya que solo puede escuchar su apodo antes de echar su cabeza hacia atrás, suspirando ante la forma en la que la cabeza de su miembro es masajeada en movimientos circulares; da una bocanada de aire abrupta que, sorpresivamente, mantiene en bajo. Hace otro intento de alzar sus orejas, consiguiendo apreciar la palabra “raro” antes de abandonar cualquier interpretación de la conversación cuando el largo de su virilidad está en juego, en un bombeo donde cambian las velocidades en un intento de hacerlo retorcerse sobre el váter; lo que consiguen de forma sencilla, ya que está desparramado sobre el mismo.

La respiración tiembla, de forma más irregular que los propios latidos incontrolables, los cuales llegan a sacarlo de quicio cuando besos, que no puede corresponder de forma directa, lo invaden; los siente en su oreja, en su nariz, en su boca; se presionan sobre las mordidas que lo han sodomizado, en sus hombros, en el brazo que se ha arruinado voluntariamente hasta el descenso donde mastican con suma emoción sus caderas, adorando la zona en diminutas mordidas que solo se amplían cuando parecen encontrar la cara interna de sus muslos.

La crueldad en esa acción deliciosa lo lleva a golpear el costado de la puerta en un sobresalto, asustando a los individuos que parecen seguir en el baño.

—¿Todo bien ahí, amigo?

La nueva ola de calor sonroja la totalidad de su piel.

No estaba seguro de poder emitir un sonido que no fuese sugerente.

Se queda callado, o trata de; el esfuerzo sobrehumano lo iba a matar un poco después de la ¿boca? Que ahora parece estar en sus bolas.

Oh santa mierda.

—¿Necesitas ayu-? —vuelve a golpear la pared del cubículo en negativa, ladrando de forma miserable para interrumpir su preocupación; ni siquiera está seguro de haber alcanzado tonos tan agudos previamente.

Lo que era entendible. No siempre era invadido por una fuerza misteriosa que lame sus pelotas antes de atraparlas en lo que cree que es una cueva húmeda, caliente y llena de una experiencia abrumadora.

La masturbación entera nubla su cabeza, le hace olvidar dónde se encuentra o si sigue siendo acreedor a una preocupación curiosa o genuina; lo único que puede entender es la satisfacción causada por esa atención desconocida.

Manos temblorosas se dirigen a su propio pantalón, soltando el cinturón para proseguir con el botón y la bragueta, bajando la prenda de ropa para empezar a ser conocedor de las consecuencias del asalto fantasmagórico: el líquido preseminal ha manchado una considerable parte de su ropa interior, transparentando la tela, dejando en evidencia lo duro y necesitado que está.

El vaivén baja, en una constancia tortuosa bastante medida; lo dejan en suspenso para distraerlo en una cantidad desmedida de besos, lamidas y desgarres que hacen en su cuerpo en garras a las cuales quiere implorar por un poco más; los moretones se van agregando a los costados de sus costillas, por encima de su ombligo, en el nacimiento de su pecho; los rasguños crean líneas paralelas y perpendiculares, todas ardientes, demandantes. No hay una sola firma que no parezca reclamarlo como una propiedad privada; sus ojos se ponen llorosos para cuando lo besan de manera exasperada, e incluso si no es necesario mover su boca al no tener un emisor del contacto, la guía es tan clara, tan vívida, que es fácil corresponder al aire que lo asfixia de vuelta.

No le dan tiempo de sincronizar su capacidad para respirar y expulsar aire exclusivamente por la nariz, ya que las exigencias entre su cavidad bucal y su propio pene hacen cortocircuito en su cabeza; colocándolo en un pensamiento blanco donde se deja manipular como a un títere, al que cuidan al dejarlo liberarse a los segundos, dándole la oportunidad de tomar bocanadas de aire de manera desesperada, evidenciando que estuvo sumergido en un río de intenso deseo.

Los brazos le tiemblan, no logran levantarlo de la incómoda posición en la que se ha formado en el espacio diminuto al derretirse; son incapaces, a su vez, de tratar de limpiar su propio éxtasis, el que ha ensuciado parte del inodoro, sus piernas, su ropa y el suelo del sitio.

No desea siquiera pensar en qué excusa o cara pondrá al salir del lugar.

Una vez que consigue colocarse de pie, su cuerpo se inclina hacia adelante, recargando los brazos contra la puerta para recuperarse.

O eso era la intención.

Empujan su espalda para obligarlo a formar un arco que aprovechan de inmediato, gozando de la posición para que ese algo puede restregarse en su trasero, frotándose de forma insistente y desesperada; la fricción lo lleva a gruñir, a sofocarse; quiere simplemente ladrar para desahogar todo el fuego de su pecho. Pero cubren su boca, en un recordatorio de que su voluntad es una ilusión. Que lo único real es el bozal invisible que le obliga a suprimir toda intención de expresar su sorpresa cuando los frotes son menos fricción y más acción directa.

Oprime el pecho, volviendo a sentir los músculos contraerse; algo que notan de alguna forma, pues pronto recibe afecto en caricias más dóciles y pacientes, que expresan un cuidado tan íntimo que su rostro se calienta por el repentino cambio. Luego besan su nuca, sus omóplatos, le hacen cosquillas desde su espalda hasta sacarle un gemido gutural ante la descarada forma en la que se adueñan de su trasero para apretarlo con mayor fuerza de lo que lo hacen las estocadas superficiales.

Nunca creyó lo desesperado que estaría por algo así; ni siquiera creía que era posible querer tanto algo que no conoce ni entiende.

La estimulación constante lo vuelve a endurecer, consiguiendo pronto que lo que se siente como un bulto tras suyo se quede presionado en el límite de su entrada para volverle a dar atención, donde participa, bombeando su propio pene ante la desesperación de la que es cautivo.

No dura demasiado en esta segunda contienda, corriéndose sobre su mano y manchando una considerable parte de la puerta.

Exhala e inhala con desesperación, expulsando las brasas que lo queman por dentro.

En verdad estaba en un desastre.

Intenta tranquilizarse.

—¿Dogman? —La voz de Chief lo hace saltar dentro del espacio del baño donde se encuentra encerrado. —Alguien dijo que estabas en problemas, ¿qué ocurre?

No responde, ni cree hacerlo en años; la única actividad cerebral que existe en ese momento son los pensamientos de si podría romper el suelo para excavar un agujero que le permitiera huir del sitio, o en caso de no ser posible, considerar su suicidio al hundir su cabeza en el inodoro, luchando de por medio contra el disfrute de beber del mismo.

Tocan su puerta, despertándolo de su ensoñación y sentenciándolo en la realidad.

¿Era muy tarde para tener un paro cardíaco?

 


 

El felino entra sin custodios, sin las patas esposadas o una interminable mar de acusaciones, que resultaban ser en su mayoría reales, sobre lo que había cometido en ese momento. Al contario: entra como un gato libre. Uno aceptado en sociedad, como un felino perdonado por sus insensibles actos. Y, si no fuera suficiente ese contraste, ingresa a la estación de policías como una salvación, el héroe…al que no le han explicado ciertamente el motivo por el cual su presencia se requería urgentemente.

Sabía que se trataba del perro gracias al jefe de policías, quien, apenas fue atendido en la llamada, lloró, suplicó y exigió su ayuda para que su mejor policía, su amigo, pudiera hablar con alguien, preocupado de que estuviera pasando por algún bajón emocional del que nadie sabía tratar por la situación extraordinaria que es el perro-hombre.

Dudaba que algo así pasara en ese sitio; y, de hecho, en caso de serlo no sería suficiente motivo para hacerlo aceptar a brindar auxilio. No. Petey tenía sus propias motivaciones. Unas muy buenas razones para querer verlo.

Ingresa al baño de forma silenciosa, observando cómo todas las puertas han sido abiertas menos una.

Se posiciona frente a la misma, llamando su atención al carraspear de forma exagerada, acomodando su voz.

—Soy Petey —avisa, siendo testigo de una de sus más lamentables respuestas verbales. Lo cual hace que su cola se mueva de forma entusiasmada, debiendo limitar la felicidad predeterminada ante la idea de que su hipótesis resultase ser cierta. —Todos están preocupados allá afuera, ¿piensas quedarte encerrado todo el día ahí?

Recibe un ladrido como respuesta, rodando los ojos ante la negativa infantil del adulto.

Rebusca en su maletín de viaje, capturando pronto el cambio de ropa que alguna vez colocó a uno de los prototipos no exitosos de esclavos robóticos; al menos tendría una utilidad ahora.

Se atreve a tocar la puerta, con una notable paciencia que no siempre le acompaña.

—Tengo algo de ropa para ti.

La confirmación consigue que una apertura aparezca, dejando ver apenas una parte de su cara, en especial, uno de esos ojos marrones, tan brillantes y tímidos.

Muerde la parte interna de su boca, tratando de no apresurarse a la revelación. —Cámbiate y sal de ahí. No voy a soportar otro llanto ajeno que cree que has tenido algún aneurisma mientras estabas en el retrete.

Minutos longevos pasan, un castigo sin duda; Petey quiere romper el seguro de la puerta y simplemente encontrarlo en medio de la escena del crimen, si es que hay una.

Abren la puerta, revelando al perpetrador en una ropa apenas a su medida, la cual ha sido colocada de forma caótica, como si no conociera cómo se dobla el cuello de una camisa.

Pasa su atención al uniforme que está hecho un bulto bajo su brazo, ocultando en el centro la parte inferior del uniforme; cuando busca sus ojos, tratando de ser quien transmita la situación en la que se encontró, lo ve alejarse tanto como puede, permaneciendo en un silencio pudoroso, tenso e infinitamente culpable. Después de todo, ha tenido muchos de esos.

Ahora mismo es partícipe de uno.

Camina hacia él, arrebatándole cualquier oportunidad de alejarse para cuando tira de su ropa, fingiendo examinar el desastre que ha hecho con la prenda que ahora porta; es esa idea la que permite que Greg permanezca dócil ante sus patas, las cuales alisan el cuello de la camisa, husmeando un poco alrededor hasta notar cerca de las clavículas un par de manchas oscuras a comparación de la piel del policía.

¿Cómo era esa frase? Ya lo recuerda: ver para creer, ¿no es así?

Abre de un tirón el cuello unido con velcro, dejando ver los dibujos que ha creado en un boceto a una escala inferior.

Tenía razón.

Dogman pronto vuelve a cubrirse, reclamando en varios sonidos vagos a los que no les presta atención para cuando sube su pata a su mejilla, acariciando la misma como lo hizo con lo que ahora entiende que es su muñeco vudú. Hace una nota mental rápida acerca de buscar al creador para asegurarse de que solo su entidad podría manejarlo, además de reclamar unas cuantas, miles de cosas. Como la exactitud de todos los detalles alcanzables.

La mente contraria parece estar cerca de reconocer su toque, por lo que pronto recupera su calor, tosiendo de forma seca contra su puño.

—¿Podemos irnos ya? Este sitio me trae recuerdos amargos.

Obedecen en un asentimiento, viéndolo colocarse tras suyo, como lo haría un perro a su amo.

Podría acostumbrarse a eso.

Salen de los baños, dejando que el policía sufra el acoso de sus compañeros mediante preguntas curiosas, las que no tienen respuesta alguna, dificultando entender la situación. A lo que el gato atigrado sentencia un veredicto una vez se aburre: Dogman ha sufrido un colapso nervioso, y ya que nadie de ahí está capacitado para intervenir, se autoproclamó como el cuidador más apropiado del momento. Sin esperar alguna opinión a favor o en contra acerca de su declaración, arrastra al otro consigo, llevándolo hasta su auto, donde lo mete prácticamente a la fuerza.

—Ya que tienes el día libre —lo que es parcialmente una verdad, considerando que acaba de secuestrarlo del sitio. —¿Por qué no me ayudas a terminar de empacar? —pese a seguir en la línea de una invitación, la forma en la que el híbrido cede cuando pasa su dedo bajo su barbilla deja muy en claro que es una orden, pues no hay posibilidad para el rechazo. —Podría ser divertido si te portas bien y obedeces.

La combinación de palabras consigue otra agitación caótica en la prótesis del perro.

Uno de sus inventos que parecía no estar condenado al fracaso, ya que resultó ser verdad: ayudaba a saber qué es lo que pensaba el contrario.

Y parece que están en la misma sintonía.