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Language:
Español
Series:
Part 13 of for what, for whom, must i kill and be killed? , Part 2 of jason todd across the universes , Part 1 of for each men kills the things he loves
Collections:
HP_Naruto_asoiaf_jjk_pjc_kny_mcu_avatar_mtz_and_etc, Hotdhistorys, Hotd_oc_selfinsert
Stats:
Published:
2025-03-26
Updated:
2026-01-27
Words:
21,594
Chapters:
3/4
Comments:
49
Kudos:
350
Bookmarks:
126
Hits:
5,467

for each man kills the thing he loves (—yet each man does not die).

Summary:

Aegon Targaryen, reflexiona Jin Guangyao, pensativo y extrañamente contento. Ese nombre suena mucho mejor, concluye.

Aemond Targaryen, piensa secamente Uchiha Obito, es un nombre de mal gusto.

Daeron, Jason Todd ríe, un poco incrédulo, un poco divertido, ¿cómo carajo se pronuncia eso?

Helaena termina siendo la más normal de todos sus hijos, para sorpresa nula de Alicent.

(O: los hijos de Viserys I Targaryen son monstruos horripilantes que vinieron a aterrorizar el mundo, o al menos eso es lo que Rhaenyra cree de todo corazón).

Notes:

O: agarro a mis personajes favoritos y los meto en mi saga favorita.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: AEGON

Summary:

Aegon Targaryen.

Un nombre por el que no rogó. Un nombre que no le recordaba a los difuntos. Un nombre que valía algo, que se pronunció con reverencia y respeto, que tenía un significado poderoso y memorable para acompañarlo.

El nombre de un rey.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Unos aman muy poco, otros demasiado,

algunos venden, y otros compran;

unos dan muerte con muchas lágrimas

y otros sin un suspiro:

pero aunque todos los hombres matan lo que aman,

no todos deben morir por ello.

 

the ballad of reading gaol, oscar wilde.

 


 

Aegon despertó con la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando en una danza errática, como si acabara de emerger de un lago helado. Su corazón latía con violencia, un tambor de guerra golpeando dentro de su pequeño cuerpo de niño de cuatro años. Algo estaba mal. Algo estaba muy, muy mal.

La habitación que lo rodeaba era extraña y conocida al mismo tiempo. Cortinas de un rojo oscuro, bordadas con dragones dorados que parecían moverse con la brisa de la madrugada. El aroma de la cera derretida y de la madera añeja, el crujido de la chimenea avivando sombras en los muros de piedra. Todo era demasiado claro, demasiado tangible, demasiado real. Y, sin embargo, él no era él.

(Meng Yao. Él era Meng-

No, no, ya no Meng. Desechó Meng. Tomó el Jin. Hizo suyo el Jin-)

El nombre atravesó su mente como un cuchillo hundiéndose en carne tierna. Era uno, era otro. Era, era y era.

Era un cadáver enterrado vivo.

La náusea le revolvió el estómago, un torbellino de vértigo y asco que lo hizo temblar. Su mente, sus pensamientos, su historia... todo lo que era, todo lo que había hecho, todo lo que había sido, estaba aquí. No como un sueño difuso ni como un eco lejano, sino como una marca de hierro candente estampada en su alma.

El horror lo atrapó con dedos invisibles, helados y despiadados.

Había muerto. Ya recordaba.

Lo habían matado.

El filo del abanico de Nie Huaisang, su figura de hermano pequeño, que lo había seguido con ojos risueños y traviesos hace solo unos años atrás. Ahora, sus ojos estaban llenos de odio mientras se escondía detrás de Lan Xichen, con el veneno corrosivo en su garganta y un plan tan bien calculado que tomó años de su vida llevarlo a cabo. Oh, y que tonto habia sido Jin Guangyao. Que tonto, que vergonzoso, justo debajo de su propia nariz.

Incluso ahora, recordaba con claridad la mirada de Nie Huaisang. Unos ojos claros e infantiles que antes le habían provocado cariño y una necesidad de mimar, una indulgencia poco usual para mantener esa alegre sonrisa un poco más. Todo porque el heredero Nie era... Era adorable. Era lindo en sus travesuras, en sus quejas agudas y su llamativa forma de ser. Había invocado su lado maternal con solo parpadear un par de veces, y ahora que lo recordaba, Jin Guangyao anhelaba arrancarle los ojos del cráneo con sus dientes.

Nie Huaisang había cumplido una venganza fraguada durante una década. No podía evitar sonreír con ira al pensar en ello; su dulce didi convertido en ese monstruo astuto y calculador, un reflejo del hombre que mató a su hermano, ¡que humillante debe haber sido!

Ah, que orgulloso estaba. Que furioso, también.

(Que exhausto, que aliviado. Las mentiras acumuladas, el engaño constante, la paranoia latente; todo se lo estaba comiendo vivo. No podía vivir, no con todo lo que había hecho. Pero tampoco habría elegido morir, no después de haber dado tanto.

Al final, no importaba. Alguien más había elegido por él).

Jin Guangyao no había sido un buen hombre, sabía eso demasiado bien. Tal vez habría tenido la oportunidad de serlo si su madre no hubiera muerto de la forma en que lo hizo, si su padre no hubiera sido un hombre tan podrido, si lo hubieran tratado... Solo decente. Solo decencia básica bastaba. Pero su historial lo había manchado a los ojos de los demás y fue condenado por eso.

Por encima de todo, Meng Yao quería ser algo. Quería ser reconocido. Quería fuerza para poder defenderse a sí mismo. Quería poder para no ser aplastado bajo la bota de alguien nunca más. Quería más. Lo quería con un hambre insaciable e imparable, y lo sacrificó todo en consecuencia.

Había sido astuto, había sido brillante, había sido un político hábil y cuidadoso, un líder de secta firme y respetable... pero no había sido un buen hombre.

Nie Mingjue fue un antes y un después. Su salvación en su momento, su condena más adelante. El resentimiento que lo consumió, que lo devoró desde su tumba, que lo arrastró a un infierno donde no hubo descanso, solo odio. Un infierno donde su propia existencia se convirtió en un grito eterno de dolor, resentimiento y culpa.

El pecho de Aegon se contrajo.

No era justo. No era justo. No lo era.

Jin Guangyao había hecho lo que tenía que hacer. En su mundo, la bondad era un lujo para los tontos. Un hombre pequeño, un núcleo de qi débil, el hijo de una prostituta, el bastardo de un líder de secta, un hombre sin linaje ni herencia, ¿cómo podía sobrevivir si no era con sangre y mentiras? Había ascendido desde la nada, se había elevado sobre todos ellos. Y lo odiaban por ello.

Vio el rostro de Qin Su en su memoria siempre perfecta. Los ojos rotos de la mujer que quería llegar a amar pero nunca pudo, no sabiendo lo que sabía. Recordaba con claridad el temblor de sus labios cuando supo la verdad que tanto su esposo como su madre le ocultaron. La forma en que su corazón se había roto, porque Jin Guangyao la había hundido en un agujero insalvable junto a él.

Recordaba a A-Song-

El hijo que nunca debió nacer.

Un dolor punzante le perforó el cráneo, una presión abrumadora que lo dejó sin aliento. La culpa era un veneno que se filtraba en sus huesos, corroyéndolo desde adentro. Había hecho cosas que nunca podrían ser redimidas, había cometido pecados que ni el tiempo podría borrar. Pero ahora...

Ahora tenía otra oportunidad.

(Lo era, lo era. Podía ser libre de sus pecados pasados, libre de los males que había cometido. Todo olvidado, excepto para él mismo. Pero estaba bien. Lo fue).

Aegon Targaryen era un príncipe. El hijo de un rey. Un heredero varón.

Finalmente fue bendecido.

Ya no era un bastardo sentenciado a arrastrarse en la sombra de otros hombres, destinado a sonreír con ingenuidad y halagar sus pobres egos. No era Meng Yao, nacido para ser desechado, ni Jin Guangyao, vacío y conspirador. No.

Nació en cuna de oro, en la cima de este reino. En su sangre existía un linaje de fuego y dragones, de reyes conquistadores y reyes conciliadores. No más debilidad arraigada; sino poder al alcance de la mano. Y Jin Guangyao siempre tomaba más de lo que podía devolver.

Poder.

La palabra encendió algo en su interior, una chispa que comenzó a arder con una intensidad inhumana. Esta vez, no repetiría los errores de su vida pasada. No sería un hombre pequeño tratando de sobrevivir en un mundo que quería aplastarlo.

Con resolución, se prometió a sí mismo que sería él quien aplastara, quien reinaría.

Su respiración se calmó, su mente se enfocó. El temblor de sus manos cesó. No importaba que su alma estuviera sucia, no importaba que su pasado estuviera manchado de sangre. Esta era su segunda oportunidad.

Una risa baja y quebrada escapó de su garganta infantil.

Aegon Targaryen.

Un nombre por el que no rogó. Un nombre que no le recordaba a los difuntos. Un nombre que valía algo, que se pronunció con reverencia y respeto, que tenía un significado poderoso y memorable para acompañarlo.

El nombre de un rey.

Sí.

Ese nombre sonaba mucho mejor.

 


 

Había visto la capital de la secta Lanling Jin desde los balcones más altos de la Torre de la Carpa Dorada. Había visto montañas enteras rendirse ante su sombra, cúpulas doradas inclinadas en reverencia a su poder. Un bullicio de serpientes en cuerpos humanos, donde la luz del sol se derrama a raudales sobre las estructuras imponentes, haciendo que los brillos de metal y seda centelleen como estrellas en la noche. Un hogar, a pesar de todo.

Había visto Gusu, el Descanso de las Nubes, en toda su inaudita belleza. Los pórticos de madera, adornados con delicadas tallas, custodios de secretos olvidados. Sus jardines, cuidadosamente diseñados, un reflejo del deseo de alcanzar la perfección: cada hoja y cada piedra han sido dispuestas con un propósito, como si la naturaleza misma colaborara en una obra de arte divino. Era un lugar bello, una sinfonía de serenidad y tradición, hermoso e inalcanzable, como el propio Lan Xichen.

Había vivido en el Reino Inmundo, en la secta Qinghe Nie, rodeado de paisajes llenos de montañas cubiertas de niebla, donde las nubes se deslizan como fantasmas entre los picos. Había vivido en la calidez de la firmeza de Nie Mingjue, siempre noble y justo, pero no con él, no más, nunca más. Despertaba con alivio cada mañana al darse cuenta de que estaba a salvo con este clan, con esta gente, hasta que le quitaron eso. Se hizo un hogar en forma de la sonrisa de Nie Huaisang y la aprobación de Nie Mingjue y los silencios acalorados bajo el cielo nocturno mientras compartía su vida con Nie-zhongzhu, su da-ge, su hermano jurado, su primer-

(Su guia, su salvador. El hombre que trenzó su cabello con paciencia y tímido afecto, una promesa silenciosa de guardarle siempre un lugar entre los suyos. El hombre que lo llamó hijo de puta, con ira y decepción, ciego en temperamento como siempre habia sido, y lo pateó por las escaleras, casi matándolo. No fue la última vez que lo intentó.

El hombre cuya cabeza había guardado en una caja de hierro, un secreto que solo uno debía saber).

Y sin embargo, no podría quitarle mérito a la Fortaleza Roja.

Las piedras de la fortaleza eran de un rojo oscuro, como si cada ladrillo estuviera teñido de sangre seca. Eran viejas, fuertes, impregnadas del peso de poderosos monarcas. Eran, en esencia, lo que él había anhelado.

La piedra no mentía. No traicionaba. No prometía. No se rompía bajo la carga de su propia historia.

Pero los hombres sí. Los reyes, sobre todo.

Y ahí estaba Viserys, su padre en esta vida.

Su figura, recortada contra la luz tenue del sol de la tarde, no era la de un hombre invencible. No era la de un conquistador ni la de un estratega consumado. Era la de un hombre de placeres, desgastado, atrapado en el juego de un trono que ya no gobernaba por completo. Un hombre que prefería sentarse a beber y festejar en vez de mejorar a su reino y cuidar de su gente.

Un hombre que prefería encerrarse a jugar con sus posesiones antes que moverse en círculos políticos importantes, ganándose a sus vasallos, haciéndose un nombre, recibiendo el merecido respeto de los demás.

Aegon lo miró, evaluándolo, y no se sorprendió al encontrarlo deficiente.

Su cuerpo era robusto, como alguien que se ofrecía fácilmente a la dicha de la comida en exceso. Su ropa era opulenta, pero su postura la desmentía. Había algo en la manera en que Viserys dejaba caer los hombros, en la forma en que sus dedos tamborileaban contra el brazo de su silla con un cansancio que no se atrevía a admitir en voz alta.

Sí. Este era un hombre que podía ser derrocado.

No, nisiquiera necesitaría hacerlo. A este ritmo, Viserys Targaryen moriría por su propia cuenta.

—Ven aquí, hijo mío.

Las palabras fueron suaves, carentes de la autoridad que deberían poseer.

Aegon obedeció, porque el niño de cuatro años que era ahora debía hacerlo. Debía demostrar que podía ser respetuoso, filial. No significaba que realmente lo fuera.

En su interior, no se arrodillaba ante nadie. No ante Viserys. No ante los dioses.

Solo ante ella.

Meng Shi.

Ella, que lo había cargado en brazos en noches frías, murmurándole historias sobre cultivadores heroicos que ascendían al pináculo del poder. Ella, que había trabajado hasta el agotamiento solo para traerle pequeños libros de cultivo baratos, plagados de información errónea, pero entregados con la mayor de las esperanzas.

Ella, que había sido la única persona que lo amó incondicionalmente en su vida pasada.

Y él… él no pudo salvarla.

Se deshizo en la miseria de su enfermedad, en un mundo que la miró con desprecio, en una historia que nunca le concedió un final feliz.

Había matado a muchas personas en su vida pasada. Muchos sin nombre. Muchos con nombres, personas que le habían escupido en la espalda y en la cara. Varios líderes de secta. Un hermano jurado. Un padre, hermanos, su único hijo. Pero solo una muerte lo persiguió incansablemente, casi con ternura, casi con cuidado, hasta este nuevo renacimiento.

Y no era la suya propia.

Aegon dejó escapar una lenta exhalación. Ahora no era el momento para pensar en ella.

—Tu madre dice que te esfuerzas en tus estudios —la voz de Viserys sonaba distraída, un poco torpe, como si esto fuera solo una formalidad que debía cumplir.

("Estudia mucho, A-Yao, mi bebé", susurraba Meng Shi con esperanza, con desespero. "Tu padre estará muy orgulloso de tí cuando vea tu rápido progreso, tan orgulloso como yo".

Lo juro, A-Niang, había prometido silenciosamente, con todo el celo y la determinación de un niño ingenuo, a pesar de todo lo ya vivido. Te lo juro, haré que mi padre me reconozca, que te de un lugar a su lado. Lo haré, lo haré-)

Aegon se humedeció los labios, eligiendo sus palabras con cuidado. —Leo todo lo que me dan, padre.

Era cierto. A diferencia de su vida pasada, no tuvo que persuadir y conquistar para obtener un simple vistazo a los libros imposibles de alcanzar para chicos como él, aunque solo un vistazo faltaba, con su memoria perfecta.

Ahora poseía libre acceso a la vasta cantidad de información, una capacidad que Jin Guangyao no había tenido hasta que la tomó. Pero a Aegon solo le bastaba con pedirlo y se lo daban.

Los maestros en este mundo eran muy indulgentes con él, alegremente dispuestos a enseñarle todo lo que pudieran al estudioso príncipe, el hijo del Rey, y, oh, la princesa Rhaenyra no estaba tan interesada en aprender como usted, mi príncipe, y no me agradezca, joven Aegon, es un placer para mí poder enseñarle.

Aegon lo aprovechó al máximo. Todo conocimiento era un arma, y él afilaba cada herramienta que poseía con paciencia y esmero.

(Asi fue como se enteró de que él no era el heredero, sino Rhaenyra.

"¿Por qué?", había preguntado, con la inocencia de un niño curioso y no irritado. "Usted mencionó, maestre, que en la ley andala", respiró suavemente, repitiendo palabra por palabra aprendida. "El hijo legítimo mayor hereda seguido por los descendientes de ese hijo. Una hija puede heredar si no tiene hermanos legítimos vivos, y esos hermanos no tienen herederos. Un hermano menor hereda solo si su hermano mayor murió sin ningún descendiente. Un tío hereda solo si el Señor no tiene herederos vivos. Los hijos del señor tienen prioridad sobre sus hijas, los descendientes de los hijos sobre las hijas del señor, las hijas y sus líneas se priorizan sobre sus tíos, los hermanos del señor".

El maestre se detuvo, por un momento, con una expresión combinada de sorpresa y fascinación. "Es así, mi príncipe", aceptó de inmediato, pero vaciló cuando pareció recordar el tema del que hablaban. "Sin embargo, el rey es capaz de modificar la ley de primogenitura según sus deseos. Estoy seguro de que ya hemos hablado de que la razón por la que los reyes pueden legitimar bastardos nacidos fuera del matrimonio, en un caso muy especial donde el Lord no tenga herederos legítimos vivos, es porque los Dioses ejercen su poder a través del rey y le otorgan las bendiciones necesarias para llevar a cabo la tarea..."

Aegon esperó pacientemente a que el hombre terminara su balbuceo inútil para llegar al tema de verdadero interés.

"...En el caso de su padre, mi príncipe...", no parecía muy contento por el tema, pero tampoco dispuesto a contradecir al rey. "El rey Viserys ha nombrado heredera a la princesa Rhaenyra para recordarles a los reinos que una hija viene antes que un tio, como bien sabrás". Mostró una sonrisa a medias, incómoda. "Estoy seguro de que el rey pronto modificará la sucesión, joven Aegon, ahora que tiene un hijo varón. La situación de la princesa Rhaenyra fue un caso especial y breve". Pareció tratar de consolarlo con sus palabras.

Aegon no se sentía consolado).

Aegon tenía cuatro años, casi cinco, y la sucesión aún no había cambiado. Controló su expresión atronadora cuando pensó en ello. Una de las razones posibles podrían ser que Viserys simplemente dio por asegurado que ahora que tiene un hijo varón, todos sabrían que es su heredero.

Después de todo, Viserys solo ascendió al Trono de Hierro porque él es un hombre y Rhaenys una mujer. Debía ser lógico que el rey consolidara la ley que promovió su reinado, manteniendo la primogenitura según los andalos.

(Aegon sabía, presentía en sus huesos, que esa no era la razón por la que todavía no era llamado príncipe heredero frente a todos, como merecía.

No importaba, de todas formas. El ascenso de Aegon como rey podría ser lento y difícil, lleno de baches y enemigos, e incluso una posible guerra civil entre reinos divididos y dragones danzantes, pero será. Se hará. Sucederá.

Jin Guangyao siempre consiguió lo que quiso, sin importar el costo. Aegon Targaryen no será diferente).

Viserys asintió con un gesto vago, como si la respuesta de Aegon le bastara.

No había expectativas en él. No había exigencias ni estándares que debiera alcanzar. Su expresión era la de un hombre que estaba contento de finalmente poder demostrar que, si, soy un hombre, miren cuantos hijos tengo, y eso decía mucho.

No había orgullo, solo una especie de satisfacción por haber cumplido su deber, por haber ampliado su linaje.

Y eso le dijo todo lo que necesitaba saber.

(Aegon, a los ojos de su padre, no era importante. No era necesario.

Aegon se preguntó, al principio, por qué Viserys había tenido hijos, si no se preocupaba por ellos. Si no buscaba enseñarles a ser grandes, a ser poderosos, a ser amados y adorados. Pero la respuesta era muy simple, al igual que la pequeña mente de Viserys.

Un rey necesita legado, ¿no? Y eso fue todo).

Había aprendido en su vida anterior que el poder no era algo que se otorgaba con la buena voluntad de otros. Era algo que se arrebataba, que se tomaba con astucia y palabras bonitas, con un beso suave cubierto de veneno, con una puñalada por la espalda y Wen Ruohan mirándolo fijamente, cruelmente, con una risa maliciosa atrapada para siempre en su garganta.

El poder era Nie Mingjue escuchando sus aportes por encima del resto. El poder era Nie Mingjue defendiéndolo y tomándolo bajo su cuidado. El poder era Lan Xichen mirándolo con cariño, un toque suave en la parte baja de su espalda. El poder era oír un "A-Yao, mi querido muchacho", y ser amado ciegamente. El poder era Jin Guangshan otorgándole el nombre Jin, y a cambio, recompensó a su padre sacrificándolo como a un perro. Como el hombre merecía.

A Jin Guangyao le gustaba tener seguros. Necesitaba tenerlos, para sobrevivir. Se dejó usar y maltratar para mantener esos seguros, para seguir siendo querido y apreciado por aquellos que podían protegerlo. Se convirtió en otra persona, en una más amable y compasiva, a los ojos de los demás. Se hizo una máscara inamovible, luchó en una guerra, sintió lo que era estar al límite dia tras día, y salió victorioso.

Hasta que no.

Esta nueva vida no le quitó esa necesidad.

Aegon Targaryen nació en cuna de oro, con el comienzo de una corona de fuego en la cabeza. No tiene que rogar por conocimiento ni engatusar para tener protección, para sentirse seguro. Pero aún le gusta hacer contingencias, le gusta tener algo inexpugnable, algo que sea indudablemente suyo.

Le gustaría poder sentirse a salvo, a pesar de que sabe de que nunca lo estará, en ninguna vida. La ambición es una cadena irrompible alrededor de sus pies, alrededor de su cuello, y es lo más parecido a un hogar que tiene, después de tanto.

Un seguro, piensa Aegon, anhelando como siempre lo ha hecho; y sus ojos se dirigen a su hermana Helaena, de solo dos años. Una niña bonita de cabello pálido, cejas apenas visibles y una sonrisa gomosa, tierna en toda su extrañeza. Una parte de él se suaviza considerablemente, porque su hermana parece tan buena, tan pura, que quiere poder ser un buen hermano por primera vez en su vida.

Quiere mimar a esta hermana suya, llenarla de amor y cariño, de cuidado y afecto. Quiere verla crecer como una niña alegre y una jovencita confiada y capaz. Quiere que le sonría todos los días y lo ame.

(Quiere saber si puede amarla a cambio).

Pasar tiempo con Helaena no es difícil. Aegon se toma un descanso de sus estudios, meditaciones y ligeros ejercicios matutinos, para dirigirse a la guardería donde está su hermana menor. Le dan un pase rápido y Aegon se entretiene sentando a Helaena en su regazo, con mucho cuidado, y la mayoría del tiempo solo lee y habla para hacerla dormir. Es fácil hacer que Helaena se duerma, es una niña tranquila y dócil. Dulce. Nunca rechaza su toque ni se queja de él, aunque Aegon siempre sabe cuando su hermana no quiere ser sostenida. Parece, casi, un don.

El resto del tiempo, Aegon puede llevarla a los jardines, aunque es Alicent quien la carga en brazos. (Aegon no piensa en su madre, en esta madre. Todavía no). En esos momentos, es cuando Helaena más se alborota. No se pone caprichosa, pero se emociona mucho tratando de agarrar el pasto o los pequeños insectos en él. Aegon ha tenido que quitarle más de una vez un objeto (o ser) extraño de la boca. Se divierte con eso más que sentirse exasperado.

(Le recuerda un poco, solo un poco, a A-Ling).

El bebé Aemond, reflexiona, es un caso aparte. Un niño caprichoso y difícil de distraer, que revolea sus juguetes, incluso los de madera que no debería poder tirar con sus pequeños bracitos débiles. Aegon está seguro de que Aemond será un gran guerrero cuando crezca, si sigue entrenando sus pequeños músculos infantiles de esa manera.

Helaena es dulce y callada, pero Aemond, piensa, Aemond es un niño enojado. Como si simplemente naciera de esa manera, enojado con el mundo, dispuesto a quemarlo si pudiera. Su pequeño ceño está fruncido de manera graciosa, y sus balbuceos infantiles suenan como las quejas de un viejo. Jin Guangyao piensa que así debe haber sido Nie Mingjue de niño. Aegon aparta ese pensamiento de su cabeza inmediatamente después, lo sepulta y lo deja morir.

Lo que tiene Aemond, sin embargo, es que es un niño inteligente. En su mayoría sigue estando enojado, pero sigue demostrando inteligencia. La primera vez que lo vio, Aegon no lo descartó como un extraño engaño de la mente, como su madre, sino que investigó y confirmó.

Aemond entendía las cosas mucho más rápido que los niños de su edad; apretaba los labios y se concentraba en lo que oía, como si buscara entenderlo, y lo lograra, poco a poco. Aegon estaba fascinado con ello. Dejó de tratar a Aemond como a un niño desde entonces, dándole el tratamiento que le daría a un igual; principalmente porque Aemond parecía molesto cuando Aegon le hablaba con la misma suavidad que le daba a Helaena.

Que niño mimado, piensa con exasperación cariñosa respecto a su hermano, pero no se queja de ello. Después de todo, tener un hermano mentalmente desarrollado antes que sus pares le hace suspirar de alivio. Cree que puede llegar a amar a sus hermanos, pero que los adultos lo traten como a un niño, y tener que interactuar con niños más pequeños que él, es una verdadera tortura. Si Aemond no fuera Aemond, Aegon probablemente ya estaría volviéndose loco. (Peor de lo que ya estaba).

Es Aemond quien le hace reflexionar sobre los hermanos.

—Madre —empieza inocentemente, en medio de un almuerzo familiar—, ¿cuando tendré otro hermanito?

Alicent (no piensa en ella, en lo que ella es, en lo que ella representa; no lo hace) se congela en su lugar. Viserys levanta la vista de su plato, con migajas en el bigote desaliñado, mostrando indicios de interés en la conversación por primera vez en el día.

Aegon resiste el impulso de lanzarle la copa a la cabeza y clavarle un tenedor en la garganta robusta que tiene. En cambio, sonríe con alegría, un niño desconsiderado que no lo sabe mejor.

—Tuviste un nuevo hermano hace poco, Aegon —lo regaña Alicent, pero su defensa es débil, porque está pálida.

Se nota que no quiere volver a tener hijos, no tan pronto. No con Viserys, un viejo que debe buscar su propio placer y dejar olvidado el de su esposa. Aegon no la culpa por ello, pero tampoco le importa.

Necesita más hermanos, preferiblemente de edad no tan lejana. Aemond nació hace once lunas, como dicen los lugareños, así que Aegon piensa distantemente que Alicent estará bien.

—No seas dura, querida esposa —Viserys sonríe y es amable, lo que lo hace aún más repulsivo—, si Aegon quiere tener más hermanos, yo no me opongo —sus ojos se desvían brevemente hacia un lado, nostálgicos—. Mi madre quería darle a mi padre más hijos que la Buena Reina Alysanne al Rey Jaehaerys —murmura como un viejo perdido y tonto—. Tal vez Daemon sería más responsable y menos impulsivo si nuestra madre hubiera tenido éxito.

Alicent parece resignarse a su destino, comenzando a limpiar los restos de comida en el rostro de Viserys como si el hombre fuera su padre senil y no su esposo senil. Aegon tiene ganas de reír, pero solo para ocultar lo mucho que quiere meter a Viserys Targaryen en un agujero profundo y dejarlo pudrirse vivo.

Aegon parpadea cuando algo golpea su cara. Sube la mano y se limpia los restos de comida del rostro, exasperado. No tiene que voltear para saber que fue Aemond, ese pequeño demonio suyo, el causante.

Aemond le frunce el ceño desde su lugar y Aegon mira sus ojos terriblemente inteligentes con la misma naturalidad de siempre. Le da una hermosa sonrisa inocente a su hermano pequeño y esa sonrisa se ensancha cuando Aemond resopla audiblemente con ira en respuesta.

Si quieres proteger a tu madre de nuestro repulsivo padre, entonces crece rápido y hazte fuerte, piensa casi con rencor, pero no lo es, es algo entre la diversión maliciosa y el interés oscuro. Si quieres protegerla de mí...

Solo tienes que pedirlo.

Horas más tarde, mientras Aemond se duerme en su regazo, Aegon observa con aprecio la cara limpia, sin estrés y relajada de su pequeño hermano malhumorado. Sin querer, Aegon se duerme sosteniendo a Aemond. Se despierta sobresaltado, solo media hora después, por una sensación húmeda y desagradable en su pecho. Bajando la mirada, se encuentra con Aemond, de menos de un año de edad, sonriendo maliciosamente como solo un niño endemoniado puede hacerlo.

El engendro rabioso al que llama hermano acaba de vomitar en su pecho.

Aegon resopla, incrédulo, y entrega a Aemond a las doncellas, harto por el día. Mientras se va a asear y se quita el mal olor del vomito, se detiene a pensar que, tal vez, lidiar con solo Aemond por ahora no sería tan malo. Helaena no da ningún problema, pero Aemond ciertamente es un pequeño ser de lo profundo de los Siete Infiernos que da el triple de problemas.

Para su propio horror, se da cuenta de que en realidad está empezando a amarlo.

 


 

Un año después, Alicent Hightower está en cama de parto y nace Daeron Targaryen, un bebé robusto de cabello castaño rojizo con un mechón pálido en el frente, ojos morados oscuros y un grito fuerte. El nuevo hermano de Aegon aúlla con ira y rencor al mundo que lo recibe, y Aegon cierra los ojos, resignado, mientras carga en brazos al niño que pidió.

(Quiere más soldados para su guerra. Quiere hermanos a los que amar. Ambos hechos están estrechamente relacionados y eso no está mal. Simplemente es.

Aegon lo hace funcionar).

 


 

El poder es Aegon Targaryen amando y criando a sus hermanos como un hermano, un padre y una madre. El poder es preocuparse por la felicidad de su dulce Helaena, su malhumorado Aemond y su temperamental Daeron. El poder es reclamar un dragón de bronce con una sonrisa sangrienta, llevar a volar a sus hermanos y ser libre, imponente e inalcanzable, por primera vez en dos vidas.

El poder es tomar un Trono de Hierro y coronarse con gloria, amor, deber y sangre.

 

Notes:

aegon es un pequeño monstruo manipulador que recibe su karma en forma de sus problemáticos hermanos menores y el universo se equilibra.

además, nadie podrá quitarme la idea de la cabeza de que meng yao es maternal. el tipo fue amado por su madre y fue el único amor saludable que se le quedó grabado; asi que, ¿por qué no?

(además, nunca he leido modao zushi en mi vida. si hay algún error de información en este capitulo, me avisan, por favor.
lo más gracioso es que tampoco me terminé naruto. ni los comics de red hood.
solo soy una chica que ama a medias a personajes trágicos moralmente grises).