Work Text:
DÚO
def. Conjunto de dos personas de características semejantes o con una función común.
sin. Pareja.
La cerradura hace clic cuando Sam cierra la puerta, las llaves crujen y tintinean mientras las deja en la mesilla donde deben ir las llaves. Sus llaves, remarca para sí mismo, porque ahora vive solo y sus llaves son las únicas que van en la mesilla. En teoría, todo debería estar silencioso, pero no ha estado entrenando en vano, así que la exhalación a sus espaldas no le pasa desapercibida. Sam no necesita ni tres segundos para sacar su arma y apuntar a la cabeza de quien quiera que se metió en su casa.
—Sam —exhala la voz de un hombre, uno bastante reconocible. Sam siente el calor y la acidez particulares de la ira escurrirse por su cuerpo de inmediato, y sólo incrementa cuando la voz continúa hablando: —Soy yo.
—¿Qué carajo, Barnes? —exclama, alejando el arma y todo su cuerpo del otro hombre—. ¡Pude haberte lastimado, maldición! —añade gritando, y no lo puede culpar, está en su jodida casa, en medio de la oscuridad y sin advertir su presencia.
Dice un montón de palabrotas entre dientes mientras le da la espalda para volver a asegurar el arma e intentar tranquilizar los latidos de su corazón.
—Un mensaje hubiera bastado —gruñe Sam, todavía dándole la espalda.
Sostuvo el arma cerca de su abdomen, indeciso a guardarla con discreción o descaro. Da igual, ni siquiera su corazón acelerado puede camuflar la punzada de dolor y desconfianza en su pecho. Deja de mascullar y coloca el arma en la cinturilla del pantalón.
—Lo haré la próxima vez —responde Barnes, con voz baja pero burlona.
Sam gira sobre su lugar con toda la intención de renegar, no, no habrá próxima vez, se acabó, pero ni siquiera tiene la oportunidad de abrir la boca cuando se da cuenta de la situación: Bucky sostiene con la mano de carne y hueso un costado de su abdomen en un agarre firme, fuerte y brevemente calculado, a Sam le consta porque hay sangre filtrándose por sus dedos.
—Mierda —susurra, volviendo su mirada a los ojos azules. Para su sorpresa, no había más que resignación en su mirada—. ¿Me estás jodiendo, Barnes?
—¿Ahora eres alguien de malas palabras? —se mofa con una sonrisa torcida. Sam lo ignora porque ahora comprende por qué su voz ha sido tan baja, ahora puede ver su ridículo intento por ocultar la herida.
—Cierra la boca —bufa. Se acerca, olvidando su debate anterior sobre el arma y simplemente invadiendo el espacio personal del soldado para intentar ver la herida—. ¿Puedes caminar? Más te vale que sí, necesito llevarte has…
—No —interrumpe Bucky, su voz saliendo fuerte, demandante y casi sonaría amenazante si Sam no lo conociera tan bien—. Sin hospitales, sin centros, sin el Complejo, sin Joaquín o algún otro Vengador —exige, apuntando al pecho de Sam con un dedo de vibranio.
El que esté herido no le importa, Sam está tentadísimo a golpearlo para que sea consciente de lo que está pidiendo. Está loco, es un maldito moribundo delirante.
—De ninguna manera —replica inmediatamente, dando un paso atrás por si es que Bucky pretende retenerlo de alguna forma—. Estás loco si crees que…
—Eras de pararrescate, Samuel, eres la persona más apta…
—No, no con una maldita herida profunda…
—Es superficial, es…
—¡Tu intestino podría estar al borde…!
—Si no me ayudas, me iré a otra parte, Wilson, y no aseguro llegar vivo hasta ahí —advierte, casi que amenaza, sin dejar de apuntar el pecho de Sam con su usual mueca de ceño fruncido y mandíbula apretada.
Sam siente que lo odia, lo odia muchísimo. Y, si no estuviera herido, lo golpearía y lo sacaría a patadas de su casa, del edificio, del estado y del país.
—Muévete —espeta antes de encabezar la marcha hacia el baño.
Bucky lo sigue y se detiene en el marco mientras Sam saca un botiquín más grande del que una persona promedio suele tener en casa.
Si Bucky se percata de cómo es que todavía se mueven en forma coordinada, con él tomando su lugar frente al lavamanos, Sam sobre la tapa del retrete, a la altura y distancia perfecta del agujero sangrante, y todo sin decir una palabra; bueno, no da señales de notarlo en absoluto.
Todavía sin decir una palabra, Sam esparce lo necesario para suturar a Bucky mientras este se deshace de su chaqueta y playera sin el cuidado que un jodido agujero en el abdomen merece; pero a Bucky le fascina pretender que no le gusta exhibir su cuerpo, porque el malnacido sabe cómo luce. Lástima que Sam lo odie tanto en este momento, habría sido un buen espectáculo. Sin impresionarse en lo absoluto por los músculos frente a él, Sam se concentra en detener la sangre para poder limpiar la herida, se aferra al calor de la ira en su cuerpo para no titubear en sus movimientos ni desviar su mirada a los ojos azules que claro que lo están viendo.
—Habría venido incluso sin la puñalada —comenta Bucky por lo bajo—, me temo que fue algo inevitable.
Sam no responde nada en absoluto durante los minutos siguientes, no porque esté siendo mmm
cuidadoso en cuanto a las bacterias o mierdas médicas, no, es que está maldiciendo a Bucky y si habla eso es todo lo que saldrá
de su boca: palabrotas, quejas, reclamos y quizá insultos. Incluso si tiene curiosidad por saber a qué se refiere, por qué has venido, si se atreve a preguntar no habrá marcha atrás y comenzará a pedir más de una respuesta.
—Voy a suturar la herida —avisa en un susurro bajísimo, no importa, está seguro de que Bucky lo escucha a pesar de su nula respuesta.
Lo siguiente y único que se escucha por lo que parece una eternidad es la piel de Bucky siendo pinchada por la aguja y el desliz del hilo quirúrgico. Bucky no se queja y Sam no lo mira hasta que no termina con su trabajo y murmura: —Terminé.
Bucky mira superficialmente las costuras en su piel y asiente.
Después, con la misma sintonía y silencio que al principio, Bucky ayuda a limpiar y guardar lo que Sam ha utilizado mientras él tira los paños cubiertos de sangre. Demasiado pronto nota que tendrá que darle una playera al hombre para que pueda irse de manera decente.
La ira que sintió al comienzo de la inesperada visita no se ha disipado en absoluto, sin embargo, se ve indudablemente opacada por la tristeza que aborda su pecho una vez que abre su armario.
En el suelo, junto a la pila de cajas donde guarda un par de zapatos incómodos para fiestas de gala, descansa una caja como las que se suelen usar al mudarse: grande, de cartón grueso, con una tapa y un par de agujeros a los lados para poder sostenerla. No hay inscripciones en ninguna de sus caras, Sam lo sabe con certeza porque fue él quien llenó esa caja, sólo él sabe qué contiene y por ello no hay ninguna leyenda escrita.
Sam saca la caja, sabe que ya es hora de deshacerse de todo lo que contiene de la manera correcta, es decir, entregándola a su dueño.
Quizá es la tristeza, o la ira, o ambas lo que lo hace dejar la caja sobre su cama y abrirla. Dentro está exactamente lo que guardó: las cosas que Bucky dejó en su vida. Cosas de la casa de Sarah en Delacroix y cosas de su apartamento en DC; su de Sam y Bucky, porque si bien Sam todavía vive en el mismo apartamento, ya no es de Bucky, quizá nunca lo fue.
De verdad que Sam no es de las personas que maltrata las pertenencias ajenas como alguna clase de venganza o búsqueda de paz mental, no, él planeaba devolverselas a Bucky y planeaba hacerlo personalmente, pero fue justo ahí donde los pretextos comenzaron. Para empezar, Sam no tenía ni puta idea de dónde estaba Bucky; seguido porque si lo encontraba, y lo haría si hubiera buscado, no estaría solo; pasando porque Sam no ha tenido mucho tiempo libre para encargarse de la caja, y finalizando con que no estaba listo para verlo.
Bucky es un maldito desgraciado por aparecer sin avisar, ignorando cualquier sentimiento que Sam pueda tener al respecto. Como siempre.
Le da una larga mirada a la ropa cuidadosamente doblada, se traga el nudo en su garganta, devuelve la tapa de cartón a su sitio, toma la caja y sale para encontrarse con Bucky en la estancia.
El soldado sostiene su chaqueta frente a él mientras inspecciona los bolsillos. Sam desvía su mirada de la espalda desnuda del hombre, porque sabe lo que hace y no va participar en su espectáculo, y se acerca haciendo el mayor ruido posible, aunque Bucky no lo necesite para saber que está ahí.
—Sólo estaba…
—Todo esto te pertenece —interrumpe con voz fuerte mientras deja la caja en la mesa de centro. Bucky mira con confusión hacia la caja y Sam un par de veces antes de decidir abrirla—. Deberías ponerte una playera debajo de la chaqueta —agrega torpemente, obligándose a mirar el rostro de Bucky y no bajar más allá de su nariz.
—¿De dónde…? ¿Cómo es…? ¿Por qué las…?
Bucky no termina ninguna de sus preguntas, simplemente mete la mano en la caja y hurga entre las telas sin detenerse mucho en alguna particular. Al final saca una playera azul de manga corta y se la pone con movimientos que Sam considera bruscos de hacer si es que tienes una sutura, pero el hombre es un súper soldado, en un par de horas su propia piel habrá reemplazado y expulsado el hilo quirúrgico.
Contrario a lo que Sam espera, que tome sus cosas y se vaya, Bucky lanza la chaqueta al sillón con poca gracia y se sienta junto a ella.
—Tenemos que hablar —sentencia con seriedad.
—No —zanja contundente. Porque Sam ha tenido un día jodidamente largo, está cansado y definitivamente no quiere hablar con Bucky, ni siquiera lo quiere ver—. Irrumpiste en mi casa y lo hiciste para dar órdenes a diestra y siniestra, sin molestarte en preguntar si algo de lo que decías estaba bien conmigo, no. Simplemente llegaste amenazando.
—Yo no hice tal cosa.
—Lo hiciste —asegura Sam sin añadir una explicación, Bucky no la necesita, él sabe lo que hace, lo que hizo, sabe qué y cómo lo amenazó: me iré a otra parte, Samuel, y no aseguro llegar vivo.
Reconoce con pesar y rabia que Bucky sabe cómo jugar con él, alguna vez le pareció fascinante, durante el sexo por ejemplo; pero ahora Sam lo odia, porque Bucky sabe que valora la vida por sobre todas las cosas y sabe que jamás lo pondría en peligro por una ruptura.
Bucky sostiene su mirada por un par de segundos antes de asentir y mostrar las palmas de sus manos con derrota.
—Lo siento, de verdad. Pero realmente tenemos que hablar —insiste con un suspiro. Sam está seguro de que el ruido que sale de su garganta es un gruñido, pero no se disculpa ni lo disimula, se deja caer en el sillón frente a Bucky y le hace un ademán flojo—. Es sobre los sujetos que estuvieron siguiendo esta noche, los mismos que me apuñalaron. Te quieren a ti, Sam.
—Quieren el escudo —corrige cansinamente.
—Quieren acabar contigo —replica de mala gana—. Hemos estado siguiendo sus movimientos porque son los cabecillas de un montón de desastres en el país, ¿quieres un dato interesante? Provocan el caos en cualquier lugar al que vas. Durante semanas se han acercado cada vez más a ti, en cuanto a lugares y tiempo. Hoy lo lograron, llegaron justo cuando estabas ahí.
—Hemos, ¿quiénes? —indaga Sam, consciente de que no es esa parte en la que se debe de concentrar.
—Carajo, Wilson —gruñe, tal como Sam esperó que hiciera—. Te hablo de que planean un ataque contra tí, ¿y tu quieres saber cómo lo sé?
—Quiero saber quién sabe de esto y por qué estás aquí advirtiendo, o lo que sea que estés intentado justo ahora.
—Porque no voy a permitir que nada malo te pase —suelta con seriedad espeluznante.
Sam imita su mueca, esperando que lo fastidie, y sostiene su mirada hasta que Bucky deja salir el aire de sus pulmones, tal como si un globo se hubiese desinflado en su pecho.
—Yo no soy el enemigo, Sam —suspira derrotado—. Sé que no me crees y el hecho de que esté aquí, así, no hace que confíes en mí, pero…
—Puedo manejarlo —afirma, todavía manteniendo la mueca seria que imitó de Bucky—. ¿O crees que no puedo? ¿Crees que los sujetos que van por el escudo van a ganar? ¿Crees que no podré vencerlos?
Y bueno, Sam admite que se está desviando mucho, muchísimo de a lo que Bucky se refiere; pero es que no puede evitar querer desquitar la ira de su pecho contra él de alguna manera, la que sea, antes de que las lágrimas decidan aparecer en el lugar de la furia.
—No. No pongas palabras en mi boca —exige Bucky molesto—. No he insinuado nada. He venido a advertirte sobre las intenciones de este grupo y avisarte que estaré detrás de ti, Wilson, me importa un carajo lo que pienses que quieren, a ti o el escudo, no dejaré que te hagan nada.
—Habría sido más sencillo si nunca te hubieras ido, ¿no crees? —pregunta en tono irónico. Sam no está mintiendo al decir que aquello lo dice sin pensar, es decir, ni siquiera pretendía soltarlo en su cara, por lo menos no ahora.
Bucky junta sus labios en una línea apretada y observa a Sam con lo que puede ser dolor, pero al segundo vistazo sólo encuentra los ojos fríos como el acero.
—Estás mezclando las cosas, Samuel, yo no…
—Pero no se vuelven menos ciertas, ¿verdad? —bufa sonriente, una sonrisa cínica, carente de humor y de sentido—. Mezclando o no, todavía te fuiste. Me dejaste. En más de un sentido —le recuerda con un encogimiento de hombros.
Ese es quizá el último escalón antes de caer en el llanto y los gritos incontrolables, y Sam ya ha dado demasiado de sí mismo esta noche como para exponer sus sentimientos de la forma más cruda imaginable. Así que respira hondo y se incorpora con decisión.
—Te agradezco la advertencia, valoro lo que sea que estés arriesgando, lamento tu herida y espero no volverte a ver en estas condiciones —habla rápidamente, comenzando a caminar a la puerta—. Ah, y la próxima vez, sería muy amable de tu parte llamar antes de aparecer.
Sam abre la puerta y asume que Bucky se pone de pie porque no tiene más remedio, porque le tiene la maldita puerta abierta, toma sus cosas y
lentamente hasta pararse frente a Sam.
—Adiós, Barnes —despide con rudeza, con un pequeño fragmento de toda la ira que ha sentido desde que escuchó su voz esta noche.
—Adiós, Sam —responde sin transmitir ninguna emoción en su voz.
La cerradura hace clic, Sam gira el pasador y vuelve la mirada al interior de su apartamento. El nudo en su garganta se siente tan, tan apretado, y no tiene explicación alguna más que los últimos minutos que parecen un sueño, o una pesadilla, porque ahora definitivamente no queda nada de Bucky a su alrededor.
No llora, no se desploma y ni siquiera suspira; se aferra a la ira un par de minutos más antes de respirar hondo y decidir soltarla en lo que espera sea mucho, mucho tiempo.
Sam casi nunca tiene suerte cuando de sus deseos se trata.
La ira vuelve exactamente cinco días después de la aparición de Bucky, y es por su causa.
Hubo una catástrofe. Una toma de rehenes en una preparatoria. ¿Por qué? Oficialmente y para los medios, se debió a que el senador Tanner estaba ahí para promover el voto y mierdas democráticas. Extraoficialmente y para conmoción escolar, se debió a que el Capitán América estaba ahí para involucrar a los estudiantes de último año al proyecto de innovación de Stark Industries dirigido por Pepper Potts.
Sam no cree que haya sido una coincidencia por dos motivos: el primero es que Joaquín y Misty lo acompañaban y el segundo es que Barnes y Belova estaban en la acera frente a la escuela mucho antes de la conferencia de Sam. Esperando.
Los rehenes fueron dos profesores, un alumno de último año y un conserje, los delincuentes eran cinco y no pedían más que hablar con el Capitán America negro, Sam no tenía ningún problema en intercambiar un par de palabaras, asegurar el bienestar de los rehenes y quizá patear algunos traseros sin el traje puesto. Pero Bucky Barnes no, él pateó la puerta, apuntó y disparó al secuestrador cabecilla, intercambió palabras rusas con Belova y se desató la catástrofe.
Sam no entiende muy bien qué sucedió porque todo sucedió muy rápido y su prioridad era sacar a los rehenes del edificio. De un momento a otro, la alarma contra incendios se activó y chorros de agua cayeron por todas partes, se dispararon varias armas y hubo un montón de forcejeos. Joaquín apareció a su lado indicando la mejor ruta de evacuación, evitaron el tiroteo con un montón de suerte, llegaron con los rehenes y salieron al encuentro de Misty y un montón de prensa.
Más tarde, quizá media hora después del caos, Sam descubriría por Belova que no escaparon con un montón de suerte, sino que Barnes había estado en el medio del tiroteo y de Sam.
—Tiene como dos heridas, está bien, pero no se irá de la sala en las próximas doce horas —le informa Belova, con un acento ruso escapando de vez en cuando entre sílabas y las facciones más aburridas que Sam jamás haya visto—. No me pidió que te dijera nada de esto, pero creí que después de haber ido a escondidas a verte tal vez podría interesarte.
—¿A qué te refieres con que no se irá de la sala? ¿Dónde está? —pregunta confundido y apresurado, ignorando el montón de preguntas que en realidad quiere soltar.
Belova parpadea como sorprendida antes de observar a espaldas de Sam.
—Te llevaré, pero ellos no pueden venir —condiciona sin apartar la mirada. Él no necesita girarse para saber que sus compañeros están ahí—. Es un lugar seguro, pero no puedo dejar que… tú entiendes.
—Sí, sí, entiendo —afirma asintiendo—. No puedo ir contigo.
Sam mentiría si dijera que no le impresiona verla sorprendida, por un momento creyó que era incapaz de lucir de alguna otra forma que no fuera mortalmente aburrida.
—No justo ahora —aclara Sam—. Hay que… tengo que ir a…
—Hacer cosas de superhéroe, sí —completa Belova con una sacudida de hombros—. Entiendo.
Sam reconoce por un breve instante la presión en su pecho, el dolor y quizá un poquito la traición, porque cosas de superhéroe es un término que Bucky usaba con él, para él. Y oírlo de alguien más, alguien que claramente convive con Bucky, no le deja más remedio que reconocer la nueva vida que ha estado formando, una que definitivamente no lo incluye y que no tiene relieves o marcas en cosas significantes como un término que usaban entre los dos.
—Esperaré, entonces —continúa Belova, como si no acabara de sacudir un poquito el mundo de Sam con sus palabras—. De cualquier manera no moverá su trasero de esa cama en al menos cuatro horas más. Termina con lo que sea que tengas que hacer aquí y nos iremos, estaré en las escaleras de la galería, ¿bien?
—Te veré ahí —confirma con la voz más firme que pudo. Belova asiente y gira para comenzar su caminata a la galería mientras Sam se dirige hacía el lado contrario para acercarse a sus compañeros y la multitud que espera respuestas.
Hace declaraciones vagas a los reporteros, le asegura a las autoridades de que asistirá cuando lo llamen y les da breves indicaciones a Joaquín y Misty sobre cómo reportar el suceso. Se esfuerza por mantener la calma mientras camina hacia Belova y luego a su lado.
“La sala” de hecho es una estancia en una casa de apariencia común, sin embargo, Sam está seguro de que cada superficie oculta varias armas debajo.
Bucky yace estirado sobre un amplio sofá, con su brazo de carne cubriendo sus ojos y el de metal cayendo hasta el suelo. Belova se acerca y toca los dedos metálicos con la punta de su bota.
—Te traje algo —informa ella con voz arrastrada.
—Ya las saqué, me curaré en unas horas —gruñe Bucky.
Belova vuelve a patear su mano con insistencia y, cuando Bucky no hace el mínimo intento de moverse, comienza a protestar en ruso. Lo que sea que diga basta para que el súper soldado aparte su brazo y encuentre la mirada de Sam sin dificultad.
—Estás aquí —susurra Bucky.
—Tú estás herido —responde obvio, no se sorprende por la mirada escéptica que recibe—. Pensé que hacíamos observaciones estúpidas.
—Ya vuelvo —comenta Belova, pateando una última vez el brazo de metal y subiendo las escaleras.
Sam espera a escuchar que se cierra una puerta arriba para recorrer a Bucky con la mirada: lleva una playera medianamente floja que no deja de delatar dos bultos, seguro son las gasas que cubren las heridas de bala. En medio de la preocupación, Sam siente la irritación filtrándose por sus huesos como un dolor sordo.
—Lo que hiciste fue estúpido, imprudente, peligroso y arrogante —enumera en un gruñido—. Te dije que podía manejarlo.
—Y yo te dije que no dejaría que nada te pasara —replica con ojos entrecerrados—. ¿Qué haces aquí, Wilson?
Es una buena pregunta, tan buena que Sam no puede responder sin exhibir mucho de su corazón. Quiere preguntarle por qué insiste en interponerse si se largó en primer lugar, quiere saber por qué se escabulló a verlo con una puñalada cuando él mismo pudo arreglarlo, quiere entender por qué se esfuerza en cuidarlo si fue él quien lo dejó sin advertencia. Pero no puede revelar nada de eso, no sin exponer sus frágiles sentimientos sin recompensa y en lo que se siente como una humillación.
—Quiero que te alejes —dice en cambio, y se siente como mentir descaradamente porque Sam querría cualquier cosa excepto que se aleje todavía más—. Eres muy astuto, Barnes, sé que puedes resolver la mierda por la que estás trabajando realmente sin involucrarte conmigo y sin comprometer civiles. Así que hazlo y mantente alejado.
Lo ordena más que lo sugiere, y lo hace como si hablara de una misión y no de él mismo. Si se atreve a volverlo personal no podrá detenerse.
Bucky aprieta la mandíbula y lo mira con cc dad. D , como si quisiera perforarle el rostro. Hace el estúpido y fastidioso gesto de pasar la lengua por sus labios y dejarlos entreabiertos, Sam lo encuentra fastidioso porque es una sucia artimaña para que sus ojos lo miren y se distraiga, una cruel ilusión de que todavía puede inclinarse a besarlo cuando le plazca. Desgraciado.
—Haré lo que pueda —gruñe Bucky, apretando la mirada del rostro de Sam para recorrer el resto de su cuerpo, no lo observa como él mismo hizo, con intención de buscar heridas, no, Bucky parece absorberlo, como quien devora y desnuda con la mirada.
Sam tiene que salir de ahí antes de hacer algo irracional, ridículo y completamente estúpido.
Sin decir nada, da un asentimiento que no le consta haya sido observado y gira sobre sus pies para caminar a la salida. Bucky no lo detiene, no dice nada, no se mueve y no sabe si lo sigue mirando. Algo dentro de Sam se remueve incómodo cuando se da cuenta que ya no puede percibir las miradas de Barnes con la misma facilidad que solía hacer.
Lo cual está bien, está perfecto, porque ellos ya no están juntos y Sam ni siquiera debe desear ser observado por él. Mucho menos cuando le ordena alejarse y Bucky accede a intentarlo.
Excepto que Sam no se siente bien y Bucky no hace un verdadero intento.
Justo cuando Joaquín contesta una llamada enérgica que los solicita en el Centro Artístico que planeaban visitar por la noche, Sam sabe que Bucky está ahí. No necesita escuchar los detalles de la llamada, ni encender el televisor o comunicarse con él; Sam siente que Bucky está ahí, arreglando la mierda y fracasando en el intento de mantener a todos alejados.
No es un completo fracaso. Joaquín y él entran al Centro para sacar a cuantos civiles pueden. Luego medio techo colapsa. Sam se cubre con las alas y el escudo, resguardando a dos muchachos con él, pero ningún impacto llega; en lugar de terminar ensordecido por el estruendo, sólo escucha un gruñido familiar, terriblemente familiar.
—Barnes —pronuncia para sí mismo antes de contraer sus alas.
Como si fueran imanes, encuentra los ojos azules en medio del lugar, sostiene el inmenso techo sobre su espalda y cuello, tiene el rostro contraído y rojísimo.
—¡Largo! —gruñe entrecortado. Sam envía a Redwing para sostener el techo y ayudar a Bucky un poco mientras guía a los muchachos a la salida. Él ni siquiera tiene intención de salir, piensa volver y arrastrar a Bucky fuera del lugar.
Entonces el techo se parte, un gruñido y un quejido provenientes de Bucky se hacen oír por encima del ruido. Sam sale disparado por una ventana y antes de que pueda volver a ingresar para sacar a Bucky, él ya está saltando por otra ventana del edificio.
Sam no llega para atraparlo en el aire. Sam lo ve aterrizar sobre un vehículo estacionado. Sam escucha el tambaleo del edificio. Sam le ordena a Joaquín alejar a todos en un amplio perímetro. Sam observa un montón de escombros caer en dirección a Bucky. Sam no llega a tiempo para salvarlo de un golpe en la cabeza, pero tira de él con fuerza para no ser aplastado por concreto, varillas y cristales.
Esta vez no espera a Belova, Sam entrega personalmente al inconsciente Bucky a una ambulancia, envía a Misty en ella mientras él se asegura de que los responsables estén bajo arresto, mientras él da la cara a periodistas y espera el conteo de civiles.
—No hay bajas, Capitán. El Sargento Barnes desalojó la mayor parte del edificio mucho antes del ataque.
—¡Capitán!
—¡Capitán, ¿qué opina de la amenaza al escudo?!
—¡Capitán América!
—¡Sam, ¿es un ataque personal contra el Soldado del Invierno?!
—¡Capitán Wilson!
—¡Capitán, ¿enviarán a los culpables a La Balsa?!
—¡Wilson! ¡Capitán!
Sin importarle las preguntas, las luces y el estrecho espacio, Sam se abre camino entre el mar de gente hasta que puede abrir sus alas y salir disparado al cielo.
Llega al hospital con ayuda de Joaquín, quien le dicta direcciones e instrucciones por el auricular.
Sam camina con prisa por los pasillos, esquivando al personal y las preguntas que le lanzan, pidiéndole al dios de turno que Bucky no haya sido un imbécil con los trámites médicos y él siga siendo su “pariente cercano” o como sea que lo llamen ahora. Sabe qué sala está buscando porque Joaquín hace su trabajo de intervenir conversaciones muy bien, pero no podrá deducir qué habitación es y definitivamente no está abriendo más de cien puertas para encontrar a Bucky.
—Disculpe, necesito información de un paciente, lo trajeron por el colapso del Centro Artístico —pide desesperado, seguramente comiéndose algunas sílabas y delatando su acento de Nueva Orleans en cada palabra. La recepcionista alza la mirada del monitor y frunce el ceño—. El paciente es James Buchanan Barnes, estaba en…
—Está en recuperación, me temo que no puede pasar hasta dentro de un par de horas, necesitamos evaluar las…
—No —interrumpe bruscamente—. No lo entiende, es el Sargento Barnes, un súper soldado, si despierta y no reconoce el lugar…
—Descuide, caballero, le aseguro que contamos con las medidas necesarias para que…
—¡No me está entendiendo! —insiste elevando la voz—. Puede lastimarse a sí mismo o a alguien del personal, de verdad, necesito entrar a verlo y asegurarme…
—Capitán Wilson —exclaman a sus espaldas.
Sam se gira por mero instinto y sin detenerse a procesar la voz con acento, de haberlo hecho, habría fingido demencia.
—¿Podemos hablar? —pregunta ella, Yelena Belova. Sam frunce los labios, se aleja del mostrador y asiente con rigidez. Belova le devuelve el asentimiento y comienza a caminar por un nuevo pasillo—. Barnes está bien. Estas personas no escuchan cuando alguien trata de explicarles que el paciente es un súper soldado, no es nada nuevo. Lo tenemos bajo control.
Y ahora no necesita preguntar quiénes incluyen ese “tenemos”, está claro que no está involucrado.
—Sé que quieres verlo, pero en este momento… —hace una mueca que Sam cataloga como muy infantil para una asesina entrenada. Belova agita su cabeza y lo observa decidida—. Sólo dale unos minutos, ¿de acuerdo? Me aseguraré de que no enloquezca o algo así.. Espera aquí —ordena, señalando una banca de apariencia incómoda frente a la habitación 127.
Belova entra en la habitación y Sam la espera de pie, repentinamente inseguro de a cuánto tiempo se refiere al decir unos minutos, y preguntándose qué carajo sigue haciendo ahí si Belova ya ha confirmado que Bucky está bien.
—Imbécil —masculla, no muy seguro si el insulto es para sí mismo o para Bucky.
No tiene idea de cuánto tiempo pasa mientras espera caminando de un lado a otro en el pasillo. Alcanza a responder mensajes de texto, leer noticias, ver cortos reportajes de los hechos y llamar a su equipo para asegurar que está bien. Yelena carraspea en algún momento, Sam apenas y se despide de la llamada en su teléfono cuando ya está caminando detrás de ella para entrar en la habitación.
—Está despierto —avisa con su característica mueca aburrida, abriendo la puerta y dejando entrar a Sam.
Contrario a la terrorífica imágen que Sam ha estado formado en su cabeza, Bucky en realidad no está conectado a un montón de cables, ni necesita de aparatos para monitorear su cabeza; no es que Sam esté siendo dramático, él vio a Bucky sostener un maldito techo, lanzarse por una ventana de un quinto piso y luego ser golpeado en la cabeza. No, no está siendo dramático en absoluto.
Bucky lo mira con confusión antes de mirar a Belova e intercambiar algunas frases en ruso, Sam no entiende ni un carajo y no se molesta en intentar descifrarlo. El intercambio termina con un resoplido de Barnes y una sonrisa torcida de Belova.
—Estaré afuera por si necesitas ayuda para sacarte la cabeza del…
—¡Sólo vete! —resopla Barnes.
Belova abandona la habitación dejando el eco de una pequeña carcajada que casi le saca una sonrisa incrédula a Sam, casi.
—¿A qué viniste? —pregunta Bucky, cansado e irritado.
—Me aseguro de que estés vivo —suelta con simpleza, como si su alma no hubiera estado colgada de un hilo desde que vio el cuerpo de Bucky caer por los aires y siendo golpeado—. Fueron cinco pisos, Barnes.
—He estado más alto —le resta importancia con un encogimiento de hombros. Sam está seguro de que no debería hacer esa clase de movimientos si acaba de sobrevivir un momento tan mortal, pero también está seguro de que Bucky no dejaría de lado su arrogancia jamás.
—Bien —murmura Sam, ignorando el sentimiento de decepción que comienza a colarse por las paredes de su estómago—. También quería agradecerte por estar ahí, ayudaste a salvar muchas vidas, de verdad, muchas gracias, Buck.
Dio un corto asentimiento y sonrió pequeñísimo antes de girar, completamente decidido a irse sin nada más que decir o por escuchar, pero la voz de Bucky lo detiene
—¿Tú estás bien? —pregunta torpe y rápidamente—. ¿No estás herido?
Sam retrocede y vuelve para mirar a Bucky, parece genuinamente interesado en su respuesta, casi luce preocupado; aunque la habitación tiene una luz muy intensa que tal vez lo tiene mareado.
—Sólo un par de moretones, nada que un buen descanso no pueda arreglar —asiente con ligereza. Bucky alza un costado de su boca y copia el asentimiento.
—Me alegro —susurra. Antes de que Sam intente volver a caminar a la puerta, Bucky carraspea y pregunta en tono estrangulado: —¿Ahora me crees?
—¿Eh?
—Que si ahora me crees —repite pausadamente—. Intento protegerte, Samuel, es todo lo que he estado haciendo desde que me fui.
—No tenías que irte para hacer eso, Barnes —le recuerda con un suspiro que suena más devastado de lo que pretende.
—No —concede ceñudo, Bucky hace una pausa, relame sus labios y añade: —Pero tenía que hacerlo para no arrastrarte conmigo.
—No quiero escuchar esta mierda. No quiero escuchar tus mentiras —advierte mientras sacude la cabeza en negativa. Ellos ya han hablado de esto y terminó con Bucky largandose de su vida con la misma pobre explicación.
—Sam, saldré de aquí pronto…
—Tú no moverás el maldito trasero de aquí hasta que te revisen la cabeza —corta molesto y brusco, sintiendo el vago y familiar calor de la ira que lo ha carcomido durante las últimas semanas.
—Saldré de aquí —repite Bucky—, haré un pequeño reporte y luego iré al apartamento. ¿Podrías dejar la puerta abierta para mí? Sólo quiero hablar. Te diré toda la verdad.
—Puedes hablar aquí —debate Sam en un patético intento por no caer en la trampa, en una dulce promesa que puede terminar por dejarlo viscoso.
—No.
Y no dice más, su tono es definitivo y cortante. Sam traga mientras mira sus zapatos. Es inútil.
Lleva más tiempo del que nunca admitirá esperando respuestas, y esta parece ser la única oportunidad de tenerlas. Confía en él mismo y su reserva de ira para mantener alejado a Bucky mientras se explica, pero no confía en su corazón acelerado y anhelante por el mismo hombre que seguramente endulzará y justificará sus acciones.
Es inútil, Sam quiere escucharlo, desea conocer las estúpidas razones por las que lo abandonó, necesita un motivo real para terminar de enfurecerse con él y anhela una explicación razonable para poder perdonarlo y soltarlo para siempre sin que el nombre de Bucky ronde sus pensamientos como un espíritu.
—Si te atreves a entrar sin anunciarte, te sacaré a patadas. Me importa una mierda si tienes una puñalada, heridas de bala o contusiones.
—Tocaré la puerta.
Sam da un último asentimiento rígido antes de abandonar la habitación. Sólo le ofrece una mirada de reconocimiento a Belova antes de salir volando a los asuntos que aún no resuelve.
Misty lo apoya con todo el papeleo inminente, ese que no puede esperar hasta mañana, también le informa que Joaquin se está haciendo cargo de los civiles y el seguimiento al Centro. Ninguno de sus compañeros necesita mencionar que se ve como la mierda, su actitud y trabajo lo deja claro. Además, Joaquín lo llama para decirle que puede irse a casa porque ellos ya tienen todo bajo control. Sam ayuda un poco más a Misty antes de que ella lo obligue a volver a casa.
La verdad es que Sam no quiere volver porque entonces tendrá que enfrentar las consecuencias de su imprudencia y tendrá que escuchar lo que Bucky diga; y, bueno, Sam es sólo un hombre. Si lo que sea que Bucky diga resulta ser tan jodidamente bueno como para convencer a Sam de olvidar su resentimiento al menos por unas horas, carajo, él podría querer meterse con Bucky.
Lo haría.
En la oscuridad de su apartamento, sólo están Sam y su frágil sensatez.
Se deshace del uniforme y toma una ducha. Se viste con las prendas más suaves y largas que usa para dormir, prepara té y espera en la sala con el ruido estático de la tele.
Bucky llega después de las dos de la madrugada, Sam ha estado dormitando de a ratos, el toque en la puerta lo sobresalta y sacude la cabeza para deshacerse de los restos de sueño antes de abrir.
—Lo siento. Tuve que lidiar con el papeleo del hospital —comenta distraídamente, Sam le muestra una ceja enarcada escéptica—. Eres mi… todavía eres mi persona en los trámites médicos. Pedían tu firma. Irme significa alguna clase de alta voluntaria y, bueno… sólo eran tonterías.
—Pudiste llamarme —ofrece fácilmente, dejándose llevar por su entumecida consciencia y perdiéndose todo lo que esas palabras realmente significan.
Bucky lo observa intensamente, como suele hacer, lo recorre de arriba a abajo con descaro, como solía hacer, y se recarga contra la puerta para mantener el espacio entre ellos, como nunca han sabido hacer.
—El punto de irme era no involucrar al Capitán América —dice en lugar de responder a su insinuación, Sam no tiene oportunidad de responder mordaz a la declaración cuando Bucky ya está hablando otra vez—. No había más vengadores, fondos de reconstrucción ni reescritura de los acuerdos de Sokovia. Sólo estabas tú, un hombre que debía lidiar con el escudo, un cargo en el ejército, prensa y senadores, y el hecho de ser un héroe, todo mientras los prejuicios del país persistían sobre ti. Sam, alguien tenía que hacer el trabajo sucio.
—Mmm. Entonces, tuviste esta revelación una noche y me abandonaste a la mañana siguiente, ¿eso intentas decirme? —espeta irritado, sintiéndose repentinamente muy despierto.
Sam escucha su respiración profunda a la par que observa su pecho expandirse, ve cómo contiene el aire por varios segundos antes de expulsarlo lentamente mientras habla.
—Yo… ya sabía que tendría que irme mucho antes del día que me fui —confiesa con voz estrangulada y cautelosa, la vergüenza casi palpable en cada palabra.
Las manos de Sam se sacuden y se contiene de hacerlas puño. Un calor sofocante sube desde su estómago hasta su pecho, envía pequeños calambres hasta sus dedos y tensa su cuello. Es incredulidad, irritación, rabia, molestia y tantísima ira. Porque este hombre frente a él, el mismo que alguna vez le prometió la felicidad interminable mientras lo miraba a los ojos y compartían incalculable intimidad, se había atrevido a sostener su mirada y actuar como si no supiera que se iría por quién sabe cuánto tiempo.
—Maldita sea —consigue decir Sam entre dientes, destilando furia y desprecio. No puede contenerse de gritar de otra forma que no sea apretando sus dientes hasta que duelen—, Tú, mald…
—Intentaba buscar una solución, intentaba encontrar cualquier cosa para quedarme —se apresura a interrumpir la que pudo ser una acusación rebosante de odio de la boca de Sam—. Pero no era posible. Si yo… si hubiera trabajo como un doble agente o soldado, contigo y con ellos, podrían acusarme de traición. Trabajando sólo con ellos no había ese riesgo, estaba cubierto para quedarme en el país. Ir con ellos significaba que podía detener asesinatos, ayudar a reformar a ese equipo, podía hacer algo bueno por ellos mientras hacíamos algo valioso al plano general del país. Pero debes saber, Samuel, el hecho de que fueran acciones valiosas y con buenos fines no garantizaba que los medios fueran transparentes y legales. Por eso reclutaron a un montón de inadaptados entrenados, capaces de usar un arma contra la vida sin titubear. Por eso buscaron figuras no tan públicas en lugar de involucrar a aquellos que aparecen en las mochilas de los niños. Por eso no eligieron a personas honorables como tú.
—Tú eras ese hombre —murmura Sam, cruzando los brazos sobre su pecho para no hacer algo estúpido como asegurarle que él ya no es un soldado manipulado, a pesar de su molestia y desagrado, Sam no puede evitar querer consolarlo—. Tú ya detenías asesinatos, tú ya formabas equipos y los entrenabas para hacer algo bueno, tú ya hacías cosas buenas por todos, tu ya eras valioso. Tú ya eras ese hombre.
Sam no dice lo que su mente grita, que ya eras ese hombre para mí, eras mi hombre, muerde el interior de su mejilla y se encoge de hombros.
—Y aunque no lo hubieras sido —agrega Sam, apretando los puños con rabia debajo de sus codos sólo de imaginarlo—, no tenías que dejarme para convertirte en eso.
—Sam —pronuncia cariñosa y dulcemente. Y Sam quiere golpearlo de inmediato por usar ese tono, por creerse tan astuto como para pretender que Sam es quien se equivoca, quien malinterpreta. A la mierda con eso—. Conoces bien este mundo, ellos te habrían embarrado, te habrían llevado, te habrían hundido y enterrado conmigo. Tú y yo no necesitamos dar una declaración para dejar claro que somos un dúo, Samuel. Tú y yo viajamos juntos, no se necesitan muchos esfuerzos para saber qué no eres sólo mi compañero en el campo. Ellos lo sabían y te hubieran destruido, Sam, sólo para acabar conmigo. Y jamás, jamás permitiré que algo te pase.
—Sé cuidarme solo —farfulla, todavía apretando los dientes y los puños.
—Pues yo no —discute insistente—. No podía permitir que un solo lazo además de Steve nos mantuviera conectados. No podía ponerte en riesgo. No podía siquiera darles la oportunidad de considerarte como un blanco. No podía dejar a América sin su Capitán. No podía…
—¡Ya basta! —corta con una exclamación indignada y colérica—. ¡Cierra la boca! ¡Detente! ¡Para las malditas frases compasivas! ¡Lo que dices es pura mierda, Barnes!
—¡Estoy contándote la verdad!
Sam desenreda sus brazos bruscamente porque no tiene intenciones de detener su réplica frenética y furiosa, no cuando el calor en su pecho amenaza con estallar si alguno de los dos no dice algo real.
—¡NO! ¡ESTÁS EXCUSÁNDOTE! ¡ESTAS DICIENDO POR QUÉ TE LARGASTE CON ELLOS! ¡ESTÁS REPARTIENDO CULPAS EN LUGAR DE HACERTE RESPONSABLE! ¡ESTÁS…!
—¡Es la verdad! ¡¿Qué quieres que te diga?!
—¡DIME POR QUÉ MIERDA ME ABANDONASTE! ¡DIME POR QUÉ CARAJO TE FUISTE SIN DECIRME TODO ESTO PRIMERO! ¡DIME POR QUÉ DEJASTE DE AMARME!
Sam es consciente de lo que dice porque se escucha a sí mismo, no pensó que lo diría, mucho menos que lo gritaría así de exigente, así de iracundo, así de devastado. Pero es bueno, supone, considerando que en cuanto las palabras lo abandonan y su garganta arde, el dolor característico de la rabia en su estómago disminuye, se encoge hasta que sólo siente náuseas por lo crudo que han salido sus sentimientos. Es abrumadoramente honesto, revelador y desgarrador cuán grande es la vista que ha dejado al descubierto del dolor en su corazón, darse cuenta cuán pesadas eran esas dudas y cuán tenso lo mantenían al contenerlas.
Ahora que no quedan muchos rastros de rencor en su cuerpo, Sam no tiene nada a qué aferrarse para no desbordarse. Así que cierra los ojos y muerde su labio con fuerza hasta que está seguro de que no lo traicionará temblando incontrolable, luego encuentra la mirada incrédula de Bucky y vuelve a hablar, ahora bajo y cauteloso.
—Sólo dime por qué me dejaste con la expectativa de una verdadera vida juntos si no planeabas quedarte, si no sentías lo mismo que yo, si no querías esto —pide con voz pausada para no revelar las inmensas ganas que tiene de llorar—. Sólo dime eso.
Teme escuchar aunque sea un ápice de súplica en su voz, sobre todo cuando la expresión de Bucky pasa de sorprendida a horrorizada. No lo detecta, pero la verdad es que no le avergüenza en caso de haber sonado así de vulnerable, así de derrotado.
Bucky lo conoce, él mejor que nadie sabe que él puede mostrarse con el corazón en las manos. Bucky lo conoce y sabe que es capaz de esto, debió saber que pasaría; la consciencia de esto sólo le oprime el pecho un poco más.
—Mi problema no es que dejaras de trabajar conmigo, no te necesito —susurra Sam con vibrante honestidad—. Mi problema es que me dejaste tan fácil como si fuera un jodido trabajo, como si fuera una maldita misión, como si no te hubiera dicho lo complicado que era dejar entrar a alguien a mi vida, con mi familia y luego tú sólo me dejaste. Te largaste y olvidaste llevarte tus cosas, como si quisieras herirme con el recordatorio de que estuviste conmigo.
—Yo nunca podría dejar de amarte, Samuel —Bucky niega rotundamente mientras habla en voz baja y aguda, suena como si le costara respirar—. Yo no me largué y olvidé mis cosas, no pretendía herirte con eso, es que en realidad pensaba volver. Sam, te amo con todo mi ser. Te amo cada minuto de cada día. No sé cómo no amarte.
—¿Por qué te fuiste? —vuelve a preguntar, aunque carente de rabia.
—Porque iban a venir por ti —revela dolido, luce físicamente herido, con los ojos cerrados, labios y entrecejo fruncidos, manos sosteniendo su abdomen y postura inclinada.
Sam parpadea algunas veces a la par que respira profundo para no derramar lágrimas.
—Esa era la misión —continúa Bucky, sonando tan afligido como luce—, acabar con el Capitán América. Tenía que irme, tenía que dejarte para protegerte. Tenía que alejarlos de Luisiana, tenía que desviarlos de tu camino, tenía que adelantarme, tenía que fingir que no lo hacía por ti.
—Sigues diciendo mierda…
—Tenía que hacerte despreciarme para que no fueras detrás de mí —concluye con un encogimiento de hombros, sonríe amargamente y resopla una risa por la nariz—. ¿Lo hice bien, no?
—Belova dijo que te escapaste la noche que te apuñalaron —recuerda Sam, con la mirada en sus zapatos—. Pero tú sacaste las balas ésa otra vez, tú puedes hacerte cargo. ¿Por qué viniste por una puñalada?
—Sí quería advertirte que iban tras de tí, pero también quería verte. Quería… sólo quería saber cuánto lo había estropeado.
—Bastante. ¿Querías que te despreciara, no?
—También quería saber si podría arreglarlo. Si me darías una oportunidad.
A Sam se le escapa la risa incrédula y sus hombros liberan algo de tensión antes de recuperarla multiplicada cuando descubre la mirada tentativa de Bucky.
—¿Tú esperas que esto, la explicación que me debías, arregle todo lo que hiciste? —sugiere ofendido, resoplando una nueva risa—. Así no funciona, Barnes.
—Lo sé. No podía decirte y no quería lastimarte, por eso sólo me fui. Y no me llevé mis cosas porque tenía la intención de volver —suspira—. No estaba buscando gloria ni redención, Sam, no necesito nada de eso. Te estaba protegiendo, intentaba cuidarte. Y pretendía lograr algo bueno con ellos mientras lo hacía.
La mirada de Bucky es sin duda suplicante, rogando que le crea, más no que lo perdone; Sam lo conoce bien para darse cuenta de eso. Bucky está aquí para que le crea, para bajar las armas y las defensas, no para recuperar todo lo que rompieron ambos. Eso es justo.
—Sé que lo arruiné, y créeme que sé que esto no cambia lo que hice, pero los que iban por ti han caído y merecías saber la verdad ahora que puedo decirla —enuncia solemne, aparentemente decidido y resignado al rechazo de Sam—. Ya me devolviste mis cosas y entiendo el mensaje, no volveré a molestarte. Lamento mucho todo lo que causé, el daño que te hice y lo que pudiste creer sobre nosotros cuando me fui. Te prometo que te amo todavía más que la primera vez que lo dije, y te aseguro que eso no va a cambiar.
Sam no confía en sí mismo para responder, está segurísimo que si abre la boca lo único que dirá es cuánto lo ama él también.. No es mentira, pero tampoco es correcto decirlo así.
Bucky no aparta la mirada ni se mueve, es claro que espera escuchar algo de Sam. Pasan unos minutos en silencio mientras Sam se asegura de que su voz saldrá estable y que sus pensamientos impulsivos no se colarán por su boca como confesiones profundas.
—¿Qué pasa con tu equipo? —pregunta Sam después de carraspear.
—Volverán a casa hasta la próxima llamada, todos teníamos algo que resolver —Bucky se encoge de hombros y hunde las comisuras de su boca.
—Mmm. ¿Y tú?
Bucky parpadea cual búho y hace eso de relamer sus labios concienzudamente mientras medita su respuesta. Sam descubre que ya no le fastidia tanto como antes, tal vez incluso lo consuela como muchísimo antes.
—Intento resolver lo más que pueda antes de irme.
—¿A dónde irás? —insiste. La mirada de Bucky adquiere una chispa divertida antes de resoplar porque la respuesta es obvia—. ¿Brooklyn?
—Supongo que siempre será mi hogar.
No, se contiene de decir Sam, dijiste que yo lo era, que aquí estaba tu verdadero hogar, conmigo.
—Puedes quedarte en el sofá —ofrece Sam luego de darse la vuelta para volver a su habitación.
—¿Quieres que me quede? —balbucea Bucky a su espalda, demasiado impresionado, demasiado cerca. Sam respira profundo antes de enfrentarlo.
—Quiero que seas honesto conmigo —corrige firme—. Y no lo vamos a lograr con tu contusión, mi cansancio y mucho menos a las tres de la madrugada. Así que puedes quedarte en el sofá para hablar mañana o puedes irte otra vez.
Deja la oferta en el aire mientras retoma su caminata a la habitación, si Bucky decide irse, prefiere saberlo por la mañana en lugar de verlo marcharse como la última vez.
Sin embargo, dos firmes brazos lo envuelven por la espalda en un abrazo suave y casi superficial. Si Sam quisiera, podría alejarse, podría volver a gritar y sacarlo del apartamento; pero no lo hace, deja que sus brazos caigan flojos alrededor de los de Bucky por varios segundos antes de atreverse a poner su mano sobre la de Bucky, justo encima de su pecho.
—No iré a ningún lado —promete Bucky contra su nuca. Su aliento le provoca escalofríos, o tal vez sea su simple presencia, aunque seguramente es la fusión de todo.
—Eso espero —admite con voz baja antes de presionar un poco más sobre la mano de carne de Bucky, quizá se incline contra su cuerpo, pero es difícil admitirlo a esta hora—. Tú y yo viajamos juntos, ¿verdad?
La respuesta de Bucky se demora, pero no lo suelta y de pronto Sam siente humedad en la nuca a la par que algunos débiles sollozos rebotan contra su piel descubierta. Bucky traga audiblemente y asiente, Sam casi puede ver todo sin importar que ocurra detrás de él.
Siente los labios de Bucky sobre el hueso donde comienza su columna, escucha, siente y maldita sea disfruta del beso prolongado que deja ahí mientras el agarre alrededor de su torso se aprieta. Los labios no se apartan incluso cuando la presión del beso ha terminado, Bucky los deja descansar ahí a la par que su respiración se estabiliza sobre el nacimiento de cabello de su cabeza. Sam lo deja. Lo disfruta, se pierde en cada aliento y cada punto de contacto hasta que la voz húmeda y aliviada de Bucky llena el silencio.
—Sí. Tú y yo viajamos juntos.
Como siempre, tal como hace un dúo.
