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Arrepentimiento, aquel era el único sentimiento latente en el pecho de Aonung mientras trataba de seguir el ritmo de los na'vi del bosque. Le parecía increíble cómo saltaban, corrían y se deslizaban por las ramas de los gigantescos árboles con tanta naturalidad. Todo un espectáculo, a pesar de ello, se arrepentía infinitamente por haber aceptado la invitación de Lo'ak.
—Tienes que conocer al Clan Omaticaya —dijo, hace un par de días—. Hemos convivido por cinco años, casi seis, y aún no visitas nuestros bosques.
Él se negó de inmediato, apelando a sus deberes como futuro líder del Clan Metkayina.
—Está demasiado asustado —intervino Kiri—. Deslizarse entre lianas es mucho más complicado que aprender a nadar.
El comentario golpeó el orgullo de Aonung, si intentaba hacer memoria, no podría recordar el resto de la conversación. Solo sabía que, de un momento a otro, tenía un viaje pendiente que hacer, una aventura a la que se sumaron Tsireya y Rotxo.
Al principio todo marchaba bien, cuando Lo'ak y sus hermanas volaban en sus ikran, y él, junto a sus dos acompañantes, avanzaban por terreno acuático montando en sus ilu.
La travesía se complicó cuando el océano perdió terreno e, inevitablemente, Aonung tuvo que aprender a escalar aquellos inmensos árboles.
—¿Qué sucede, chicos del océano? —La voz burlona de Lo'ak llegó hasta sus orejas—. ¿Van a saltar o tenemos que ir a rescatarlos?
Rotxo y él intercambiaron una mirada. Frente a ellos, en unas ramas que no se veían nada seguras, los Sully, Spider e incluso Tsireya soltaban risitas. Para su hermana era fácil, después de todo, Lo'ak no la perdía de vista y extendía los brazos para atraparla en cada ocasión.
Aonung observó como el cielo empezaba a oscurecer, su instinto le gritaba que regresara al océano, pero su orgullo lo obligó a avanzar. Dio el salto, tambaleándose, Lo'ak atrapó su brazo y lo estabilizó.
Por un segundo pensó en agradecerle el gesto, las palabras murieron en sus labios al divisar la sonrisa arrogante de Lo'ak. Lo habría dejado pasar de no ser por el par de palmaditas burlonas que Lo'ak depositó en su espalda, el gruñido amenazante que Aonung le dedicó estaba más que justificado.
Sus colmillos se retrajeron en cuanto escuchó el estruendo a su espalda. Rotxo resbaló, sus piernas se enredaron con las lianas que tanta desconfianza le producían a Aonung.
Kiri intentó atraparlo, antes de que pudiera sujetar el brazo de Rotxo, las lianas cedieron por culpa del peso. Aonung observó, conteniendo la respiración, como su mejor amigo rebotaba en hojas inmensas, al cabo de unos segundos, Rotxo aterrizó sobre una seta gigante.
—¡Estoy bien! —gritó.
Todos bajaron hasta tierra firme, unos más rápido que otros.
—¡Eso fue peligroso! —exclamó Tuk, revisó a Rotxo y confirmó que se encontraba bien—. Deberíamos llamar a los ikran.
Lo'ak suspiró y se dispuso a repetir la misma frase que Aonung había escuchado desde que se adentraron en el bosque.
—Tienes trece años, acabas de vincularte con tu ikran, lo entiendo. Pero no puedes depender siempre de él para movilizarte —contestó, ignorando el puchero de su hermana—. Somos na'vi del bosque —finalizó, como si esa explicación funcionara para todos.
—Ellos no lo son— rebatió Tuk, dando voz a los pensamientos de Aonung.
—Aunque quisiéramos ir volando, no tenemos suficientes ikran para todos —zanjó Kiri.
—¿No? —Lo'ak la miró confundido.
—Claro que no, cerebro de insecto. —Kiri le dedicó una mirada exhausta—. Solo tenemos tres, el tuyo, el de Tuk y el mío. Tú llevarías a Tsireya, Tuk a Spider y yo tendría que llevar a Rotxo o a Aonung. Uno de ellos se quedaría atrás.
—Tres… —repitió Lo’ak y por un momento su mirada se perdió entre la vegetación—. Kiri, Tuk y Lo'ak.
Aonung no tuvo que adivinar en qué estaba pensando.
Los hermanos Sully no siempre fueron tres. No. Antes existía un cuarto, uno que nació antes que todos, uno que aspiraba a convertirse en un guerrero perfecto, que no era consciente de su nobleza y dedicación, uno que también poseía un ikran, el más hermoso, en opinión de Aonung.
Luya.
El nombre del ikran de Neteyam era Luya.
Aún recordaba la tarde hace cuatro años cuando repentinamente la criatura profirió un grito que agitó las olas del océano. Sus alas verdes, llenas de motas marrones y amarillas, se desplegaron y levantó el vuelo. Luya desapareció ese día y ninguno de los Sully logró encontrarla.
—Está oscureciendo —dijo Spider, interrumpiendo el silencio sombrío impuesto por todos.
Aonung observó los ojos de sus compañeros y comprendió que la tristeza que reflejaban debía ser muy similar a la que habitaba en su pecho, como un nudo que apretaba su corazón cada vez que el recuerdo de Neteyam se presentaba.
La sombra de lo que pudo ser.
La amargura por la pérdida del compañero que la RDA les había arrebatado.
Cada noche, Aonung agradecía a Eywa por llevarse la vida de Quaritch y enterrar su cuerpo en el océano, a merced de las criaturas que buscaban alimento. Nadie lo sabía, y Aonung no pensaba revelar ese secreto jamás.
El resto del camino lo hicieron en suelo firme, Aonung trató de distraerse con los nuevos misterios que le reveló la noche. Con la falta de luz del sol, la flora del bosque tomó sus propios medios para iluminar el camino. Observó aquellas plantas extrañas brillando, el susurro de las criaturas desconocidas cantando, le pareció un lugar precioso.
Neteyam le había prometido que le enseñaría el bosque donde habitaba el Clan Omaticaya, un mes antes de la batalla que arrebató su vida.
Sus pensamientos se interrumpieron cuando el rugido de una bestia llegó a ellos, todos se agacharon, las rodillas flexionadas y los colmillos afuera. De entre las plantas salió una criatura negra de mandíbula prolifera y dientes aterradores, gruñendo y siseando.
—Thanator —dijo Tuk, espantada.
El animal los miró, evaluándolos. Los na'vi del clan del bosque les advirtieron sobre todas las criaturas que podían encontrar y cómo actuar frente a ellas, pero cuando Tuk anunció el nombre, ninguno de los tres forasteros lo reconoció.
—¿Qué hacemos? —preguntó Rotxo.
—Correr, a la derecha.
Lo’ak se abalanzó hacia la criatura en cuanto termino de hablar.
Thanator saltó hacia adelante tratando de atrapar a Lo’ak entre sus mandíbulas. El chico se deslizó bajo sus patas y el resto se dispersó en diferentes direcciones. Aonung atrapó el brazo de su hermana y ambos corrieron sin rumbo en aquella tierra desconocida.
Cuando pensaron que estaban a salvo, la criatura emergió de la oscuridad.
El primer impulso de Aonung fue empujar a Tsireya entre las plantas, enfocando toda la atención de la criatura en sí mismo. Con el rabillo del ojo divisó a su hermana oculta por la vegetación. Thanator rugió y levantó las patas delanteras, Aonung sacó la daga de su cintura y retrocedió un paso.
Arrepentimiento, Aonung sintió un sabor amargo en la boca. Sus colmillos habían perforado su labio. Probó la sangre, asqueado.
No debí venir.
En un parpadeo, una flecha salió volando y se clavó en el suelo frente a Thanator, la criatura volvió a estabilizar su cuerpo sobre las cuatro patas, cauteloso. Antes de hacer otro movimiento una segunda flecha apareció y rozó el costado del animal. Thanator gruñó y localizó por el olfato a su atacante, saltó hasta la rama de un árbol, el arquero no demoró en sujetar una liana y deslizarse al árbol vecino.
Aunque lo intentó, ver el rostro del na'vi le resultó imposible. Pertenecía al bosque, Aonung podía asegurar aquello por el color de su piel y la facilidad con la que se movía por los árboles mientras cazaba al Thanator.
Llevaba un manto que le cubría el torso y la cabeza por completo. Los ojos de Aonung luchaban contra la oscuridad para tratar de identificar al extraño, esa forma de luchar le parecía familiar.
¿Te conozco?
No, claro que no. Los únicos na'vi del bosque que conozco son los Sully.
Probablemente cansado por perseguir a aquella difícil presa, Thanator decidió ignorar al extraño y sus ojos hambrientos se clavaron en Aonung. Otra vez.
El extraño reaccionó primero, saltó del árbol y se colocó frente a Aonung. Agachado, con el arco listo para disparar. Un siseo territorial, frío y despiadado escapó de sus labios, curiosamente le recordó a Neytiri.
Debía correr, debía levantar a Tsireya, quien observaba el panorama igual de sorprendida que él, pero su sentido de supervivencia se desvanecía cada vez que observaba al extraño.
Una atokirina descendió del cielo, cayó hasta rozar la nariz de Thanator. Las fosas nasales de la criatura se expandieron, gruño un par de veces y se retiró.
¿Eywa estaba interviniendo?
Una corriente de aire, tan extraña y mágica como la aparición de la atokirina, los rodeó.
La parte del manto que cubría la cabeza del extraño se deslizó, chocando con su espalda. Aonung observó el cabello negro y a su mente acudió la familiar imagen de un par de hombros que conocía muy bien.
Tsireya soltó una exclamación ahogada.
El extraño se enderezó y giró sobre sus pies hasta que Aonung logró divisarlo con claridad.
Después de cinco años, Aonung volvió a sentir que la respiración se le atascaba. Un par de ojos amarillos lo miraban, destellaban con mayor fuerza en medio de aquel ambiente. Contrario a la intensidad de sus pupilas, su rostro se mantuvo inexpresivo, casi aburrido.
—Neteyam —susurró.
Esperaba que su visión le estuviera jugando una mala pasada, pero el extraño reaccionó al nombre.
Neteyam camino hacia él, su cabello se balanceaba de un lado a otro con cada paso. Llevaba un lonar sobre la frente, uno de esos visores de jinete que usaban los Sully para proteger sus ojos mientras volaban.
Lucía mayor, como si ambos tuvieran la misma edad. Aun así, Aonung percibió una frialdad que antes no estaba allí, un desinterés que marcaba todo su cuerpo. Aonung habría creído que se trataba de un cadáver de no ser por esos malditos ojos que lo atravesaban de manera examinadora, sin parpadear ni vacilar.
Neteyam se detuvo cuando estuvo frente a Aonung.
Sintió como sus pechos se rozaban ligeramente al respirar, la piel desnuda contra el manto que llevaba Neteyam. Había crecido un poco, no lo suficiente para superarlo o igualarlo.
Neteyam levantó la barbilla, en una demanda silenciosa. Aonung no lo comprendía, no sabía que debía hacer, que esperaba Neteyam que hiciera. Inclinó ligeramente la barbilla en su dirección, con movimientos lentos su mano escaló hasta la mejilla de Neteyam, sus dedos apenas lograron rozar la piel cuando el sonido de voces alteradas rompió la atmósfera.
—¡¿Chicos, están bien?! —gritó Rotxo.
Lo'ak fue el primero en percatarse del desconocido, levantó el arco.
—¿Quién eres?
Neteyam no se hizo de rogar, giró la cabeza y permitió que el grupo lo observara. Dedicó una mirada atenta a sus tres hermanos, después su atención volvió a centrarse en Aonung, solo unos segundos. Ante la estupefacción de todos, escaló un árbol y caminó hasta el extremo de una rama, silbó.
Lo'ak entendió lo que hacía de inmediato.
—¡Espera!
Trepó siguiendo los pasos de su hermano.
Aonung habría deseado imitarlo, pero escalar no era uno de sus puntos fuertes y si no iba a lograr alcanzarlo al menos quería observar, memorizar cada parte de la figura de Neteyam antes de que volviera a desaparecer.
El ikran de Neteyam se posó en la rama. Luya agitó sus alas verdes.
Neteyam bajó el visor, conectó el vínculo con su ikran y se marchó tan rápido como había aparecido.
Una punzada atravesó su pecho al verlo alejarse.
¿Qué está sucediendo?
Durante días, los Sully y Spider buscaron a Neteyam en los alrededores, sin éxito. Lo que en un inicio se trataba de un viaje divertido se tornó en una cacería destinada a la derrota. Con una leve chispa de esperanza por encontrar respuestas en el Árbol de las Almas, el grupo emprendió el camino de regreso a los arrecifes del Clan Metkayina.
Las noches llegaron, el sol volvió a salir y Neteyam nunca apareció
—Tal vez Eywa lo envió como espíritu para salvarnos ese día —sugirió Tuk.
—O tal vez había algún tipo de planta alucinógena —meditó Rotxo.
—No estamos buscando bien —renegó Kiri.
—Deberíamos decirle a mi madre —sugirió Tsireya—, su conexión con Eywa puede darnos pistas.
—Si lo hacemos, les dirá a los señores Sully —intervino Spider—, no me parece justo para ellos revivir ese dolor.
Lo’ak y Aonung no aportaron, escuchaban y meditaban en silencio.
Por la noche, Aonung salió de su mauri. Cuando su mente se negaba a descansar solía sentarse a la orilla del mar, contemplando el brillo de la vegetación acuática que iluminaba la superficie de las aguas cristalinas.
Sus ojos se detuvieron en una figura sentada sobre una roca, el extraño llevaba cubierta la cabeza y el torso, su delgada cola se agitó a su espalda como una invitación silenciosa. Neteyam asintió brevemente y saltó al agua.
La primera vez, Aonung no tuvo la fuerza ni la destreza para perseguirlo. Esta vez no tardó en silbar y lanzarse al agua, su ilu llegó de inmediato.
Se sumergieron durante un rato, al no divisar a Neteyam, Aonung volvió a salir a la superficie.
En medio del océano vacío, Neteyam esperaba tranquilamente ser encontrado. El manto se había deslizado otra vez y la luna se reflejó en sus ojos amarillos.
No logró pronunciar su nombre, Neteyam le dio unas palmaditas a su ilu y se sumergió de nuevo. No perdió tiempo y lo siguió, al llegar a una zona iluminada por las algas y las conchas, Neteyam giró levemente.
Los ilus terminaron nadando en una espiral horizontal, danzando alrededor del otro en el agua. Aquella postura le permitió ver el rostro de Neteyam, este también lo observó, con curiosidad, como si lo estuviera mirando por primera vez.
Neteyam redireccionó a su ilu, separándolos, y volvió a tomar ventaja.
Aonung estaba casi seguro de haber divisado una pequeña sonrisa en sus labios.
Llegaron al arrecife donde yacía el Árbol de las Almas que llevaba el espíritu de la Gran Madre, un lugar donde las parejas buscaban privacidad y la aprobación de Eywa en su relación. Aonung bajó las orejas, repentinamente intimidado, ¿por qué Neteyam lo guio hasta allí?
No perdió de vista la figura de Neteyam mientras avanzaba, el na'vi se sentó en una roca, las piernas cruzadas y la mirada clavada en Aonung.
Solo cuando se quedó quieto, Aonung decidió seguirlo, se detuvo a una distancia prudente. Sus miradas se encontraron durante algún tiempo, si estaba dentro de alguna alucinación, Aonung no deseaba despertar y desprenderse del magnetismo y el brillo de aquellos ojos que lo miraban sin pestañear.
—Estás muerto —dijo y la palabra le rozó la garganta como el filo de una daga—. Te dispararon, tu cuerpo fue entregado a Eywa—. Neteyam lo observó en silencio durante demasiado tiempo, Aonung empezó a impacientarse por la falta de respuesta—. ¿Decidiste revivir para quedarte ahí sentado sin hablar? ¿Tanto extrañabas el paisaje?
Nada, ni una palabra, ni una reacción.
—¿Para qué me hiciste seguirte hasta aquí? ¿Quieres burlarte de mí? —Aonung agitó la cola con nerviosismo y exasperación—. Si querías que alguien te observe mientras te sientas y respiras el aire de Pandura, podrías haber engatusado a otro. El clan Metkayina tiene bastantes guerreros para escoger.
Los labios de Neteyam temblaron brevemente, como si estuviera conteniendo un resoplido
—¿Por qué crees que estoy respirando? —Esta vez, fue Aonung quien carecía de respuesta—. ¿Qué te hace creer que soy real y no un producto de tu imaginación?
—Todos te vieron en el bosque.
—Cierto. Entonces podría ser un cadáver, un cuerpo que se mueve gracias a la magia malévola de Pandora. —La voz de Neteyam era grave, ronca, un susurro que helaría la piel de cualquiera; pero no la de Aonung, no creía que existiera algo más aterrador que el cuerpo del mayor de los Sully tendido en la arena, sin vida—. Tal vez solo estás observando una cascara vacía.
—Respiras —rebatió Aonung—, veo como tus hombros suben y bajan.
—Podría ser un truco. —Las orejas de Aonung bajaron—. ¿No vas a comprobarlo?
Aonung caminó hasta estar frente a él. Su mano subió, posicionándose sobre la nariz de Neteyam.
—Respiras —afirmó—, o al menos hay aire ingresando a tus pulmones—. Su mano bajó rozando débilmente su mandíbula, sus dedos encontraron el cuello de Neteyam—. También tienes pulso, tu corazón bombea sangre.
Sintió un leve estremecimiento en el cuerpo de Neteyam, quizá solo se trataba de su imaginación traicionera.
Su mano continúo bajando, se abrió paso entre la abertura del manto de jinete y conectó sus pieles. Rozo el torso de Neteyam con delicada precisión, evitando a consciencia la zona donde el disparo había impactado.
Presionó la palma en la piel desnuda, luego retrocedió.
—Realmente estás vivo, ¿cómo?
—Eywa.
—¿Esto es obra de la Gran Madre? ¿por qué?
La expresión incrédula en el rostro de Aonung obtuvo la completa atención de Neteyam, gastó varios segundos para inspeccionarlo, ladeó la cabeza y una sonrisa perezosa asomó en su rostro.
—Luces tan descontento, tan serio. —Aonung giró la cabeza presionando los labios, Neteyam apoyó un dedo en su mandíbula y lo obligó a mirarlo—. No desvíes tu atención de mí. Han pasado cinco años, ¿no me extrañaste?
—Extrañarte… —Las palabras salieron agudas, el sentimiento de dolor y tristeza del que no había podido desprenderse durante todo ese tiempo lo ahogó.
Extrañarlo, una palabra tan poderosa y al mismo tiempo, Aonung sabía que no refleja ni la mínima parte del sentimiento desolado que habitaba en su interior.
—Somos amigos, ¿no? —replicó, su dedo rozando la mejilla de Aonung de forma dulce y despreocupada—. O al menos lo fuimos, durante un tiempo. Cuando tú no andabas buscando formas para molestar a mis hermanos y yo podía olvidar el papel de hijo perfecto—. Los ojos de Neteyam volvieron a clavarse en los de Aonung, como si esperara algo—. ¿No añoras esos días?
Sí, claro que los echaba en falta.
Las tardes cuando se reunían en secreto para conversar, no de trivialidades, de cosas importantes, de asuntos que, como hermanos mayores y responsables de clanes, entendían y compartían.
Su confianza en él seguía intacta, Aonung lo descubrió de inmediato. Lo había seguido hasta allí sin chistar, habló con él y lo dejó guiar la conversación, pero ahora, la dirección de sus pensamientos se volvía demasiado peligrosa, y Aonung no estaba por la labor de sincerarse. No podía dejar que Neteyam lo empujara a confesiones mientras su corazón se balanceaba en olas inestables.
—Neteyam —susurró, esta vez divisó con claridad el leve estremecimiento en el cuerpo ajeno, la cola azul se sacudió antes de volver a caer sobre la roca—, ¿por qué estás aquí?
Neteyam esbozó una mueca, descontento por el desvío de tema, aun así, no protestó.
El guerrero perfecto.
—El arrecife es bonito. —Neteyam levantó los hombros—. Tú me enseñaste este lugar, es pacifico, no hay nadie que pueda molestarnos.
Aonung también recordaba haberle enseñado a Neteyam el significado del arrecife, lo importante que era para las parejas. No lo mencionó.
—No en el arrecife. Aquí, en el mundo de los vivos.
Una mueca inconsciente se reflejó en su rostro, Neteyam, valiente o insensato, no dudó en posar sus ojos afilados sobre los labios de Aonung.
—Eywa me contó un secreto— susurró. Los dedos de Neteyam, que se negaban a abandonar la mejilla de Aonung, le propinaron un par de golpecitos suaves antes de apartarse—. Le supliqué que me dejara comprobarlo. No fue difícil, la Gran Madre es una romántica natural.
—Entre más hablas, menos te entiendo.
Una risilla escapó de los labios de Neteyam, muy parecida a las que soltaba cuando estaban a solas.
—Tus padres son su pareja favorita, Ronal y Tonowari, encantadores. Eywa les otorgó una especie de protección especial.
—Explícate —exigió Aonung, repentinamente protector ante la mención de sus padres.
—Eywa espera que vivan una larga vida llena de felicidad, romance y seguridad —Neteyam inclinó la cabeza, buscando sus ojos—, ¿no es bonito?
Aonung le devolvió la mirada, consternado.
—Lo es. —No logró mantener su mirada, desvió los ojos y se encontró con los primeros rayos del sol, estaba amaneciendo. Aquella claridad lo inundó de nuevas preocupaciones—. ¿Vas a quedarte?
—¿Es una pregunta trampa? ¿Intentas echarme de aquí con sutileza?
Neteyam sonrió con arrogancia, pero sus ojos perdieron el brillo juguetón.
—No, lo que quiero decir es que, si vas a quedarte, entonces tienes que hablar con tus padres.
Aonung retrocedió un par de pasos.
Neteyam se movió al instante, aferrando su brazo.
—Con quien quiero hablar es contigo —respondió firme, conciso, como el joven de hace cinco años que no temía enfrentarlo y a quien Aonung, por una razón que descubría más tarde, no se atrevía a lastimar.
Aonung lo miró fijamente, contó cuantas veces sus hombros subían y bajaban, sintió la fuerza que ejercía en su mano para mantenerlo en su lugar, sin llegar a lastimarlo.
Neteyam estaba vivo, estaba de vuelta.
Eywa, ¿qué debo hacer?
—Vuelve. Vuelve conmigo al clan —dijo, en un ataque de debilidad. Neteyam parpadeó como si esperara algo más y Aonung no lo comprendía. No deseaba perderlo de vista, no más días insoportables pensando dónde estaría o si volvería, así que suplicó una tercera vez—. Vuelve y habla con tus padres. Quédate.
Neteyam no dijo nada, lo soltó y suspiró. Ambos se quedaron allí sentados, observando el amanecer, entonces Neteyam llamó a su ilu y ambos regresan por el mismo camino, codo con codo.
Durante horas el mauri de los Sully se llenó de ruido, Aonung divisó a Neytiri abrazando con fiereza a su hijo, las frases de agradecimiento a la Gran Madre brotaban en torrente de sus labios. Los hermanos también lo rodearon entre lágrimas y sonrisas incrédulas.
Aonung desvío la vista y se adentró en el océano con el grupo de cacería.
Los siguientes días, Neteyam se convirtió en la novedad del arrecife, permaneció más tiempo dentro del mauri de su familia que conviviendo con el resto del clan. Aquello solo dificultó los intentos de Aonung de encontrarlo solo.
Te dije que hablaras con tu familia primero, no que me ignoraras.
Su oportunidad apareció tres días después, divisó a Luya surcando los cielos junto a su jinete, volaron hasta aterrizar entre los árboles del bosque más cercano al asentamiento del Clan Metkayina.
Aonung llamó a su ilu y nadó en la misma dirección. Ignoraba que podría encontrar, de todas las opciones que meditó en el camino, un mauri en la copa del árbol era la menos probable. Escaló y agradeció mentalmente a Lo'ak por las lecciones de supervivencia en el bosque.
Lo primero en llamar su atención fue la figura esbelta de Neteyam, sentado sobre una rama con Luya a su lado, los rayos de luz se filtraban entre las hojas de la copa del árbol y brillaban sobre sus pieles. El ikran masticaba una fruta que Aonung no reconoció.
—¿Vas a dejar de huir? —inquirió Neteyam, todavía centrado en acariciar a Luya.
Aonung lo miró desconcertado.
—¿Huir? ¿De quién, de ti? —Se sentó en el filo del mauri que Neteyam había estado construyendo, ni tan cerca del borde ni tan cerca del na'vi—. En todo caso, eres tú quien se oculta en el mauri de sus padres y me ignora.
Neteyam soltó un bufido y se quitó el visor de la cabeza.
—Pareces molesto, aunque no tienes razones para estarlo. —Luya emitió un gorgojeo de aprobación—. Fuiste tú quien me envió a hablar con los Sully, debiste deducir que una familia de cinco integrantes robaría todo mi tiempo, energía y explicaciones.
Sí, tenía razón. Neteyam priorizó hablar con él a solas antes de enfrentar al resto, suponiendo que conversar con su familia estuviera en sus planes. Tal vez Aonung no lo había conectado antes o tal vez estaba tratando de encontrar otras anclas que obligaran a Neteyam a quedarse con ellos.
Aonung no podría ser una razón tan fuerte para mantenerlo en el arrecife, pero los Sully sí.
No compartió sus pensamientos, en su lugar, atacó desde otro ángulo.
—Seis. —Neteyam arrugó la nariz y por primera vez en días le dirigió una mirada interrogante—. Seis integrantes, los Sully son una familia de seis.
—¿Tsireya y Lo'ak ya han formalizado su relación?
Aonung comprendió sus palabras con una facilidad espantosa, de repente todo su cuerpo se sintió adolorido.
—No estoy hablando de Tsireya —contestó y fijó sus ojos en los de Neteyam, en busca de una reacción—. Me refiero a ti, tú eres el sexto miembro de la familia.
—Oh —respondió Neteyam, parecía aburrido. Volvió a acariciar a Luya y le susurró algo, al segundo siguiente el ikran salió volando—. En ese caso sería el tercer integrante de la familia, nací antes que el resto. Pero ya no soy un Sully.
—¿Qué quieres decir?
—¿Escalaste un árbol de diez metros para hablar de mi familia?
—Responde —reprendió Aonung.
—Eres irritante —dijo Neteyam, su cola se agitó al mismo tiempo en que sus ojos se volvían afilados. Aonung lo observó, aun enojado lucía precioso. En silencio rogó que fuera real, tenía que serlo—. Te dije que Eywa me contó un secreto, te dije que estoy aquí para comprobarlo y te dije que era contigo con quien quería hablar, ¿no sientes curiosidad?
—Si —admitió.
—Pregunta.
Detectó un atisbo esperanzado en su voz, y Aonung no estaba seguro de porque Neteyam insistía en eso. ¿Era algún tipo de prueba? ¿Cuándo hubiera terminado, Eywa volvería a llevárselo? Resistir a una segunda muerte le pareció cruel.
—Los Sully son tu familia.
Aonung observó como la orejas de Neteyam bajaban, los colmillos destellaron a la luz del sol.
—Terco —acusó Neteyam.
—Aunque hayan pasado cinco años, los Sully siguen siendo tu familia.
—Molesto —volvió a responder Neteyam, siseando con una expresión agria—, como un niño que no sabe seguir indicaciones.
Aonung estuvo a punto de soltar una carcajada ante su expresión irritada. Se contuvo.
—Ellos te aman, lo hicieron antes, lo hicieron después y lo siguen haciendo, no puedes simplemente decir que ya no eres un Sully e ignorar el dolor que les causaría escuchar esas palabras.
—No voy a decirlo frente a ellos —rezongó Neteyam entre dientes, entonces se rindió, cruzó los brazos sobre el manto que cubría su torso e insistió—. No soy un Sully, aunque siga apreciándolos no estoy aquí por ellos.
Aonung suspiró, no quería preguntar, pero Neteyam lo estaba guiando a la conversación de una forma u otra. Al final el también dio el brazo a torcer, desvió la mirada antes de darle el gusto.
—¿Por qué estás aquí? —Neteyam volvió a bufar y Aonung supuso que no quería repetirse, le echó una mano—. ¿Qué secreto te confió Eywa, que intentas comprobar? —y la pregunta más difícil—, ¿por qué me buscabas?
Aonung esperó la respuesta, pasaron unos segundos, horas, décadas, no tenía ni idea. Ante el silencio su única opción fue posar los ojos sobre su acompañante. La furia había abandonado el cuerpo de Neteyam, seguía sentado con las piernas cruzadas, su cola se balanceaba de lado a lado, los hombros hundidos y los ojos fijos en sus manos que descansan sobre sus muslos.
—El gran guerrero de veinte años haciendo pucheros —dijo Aonung tan pronto como distinguió la mueca en sus labios—. Estabas tan enojado hace un momento porque no preguntaba lo que querías, ahora que lo he hecho, ¿me dejarás sin una respuesta?
—Tus padres son la pareja favorita de Eywa —dijo Neteyam, aun sin levantar la mirada e ignorando las burlas de Aonung—. Quiere que sean felices, que vivan en paz.
—Eso ya me lo dijiste.
—Eywa también desea lo mismo para sus tres hijos, Tsireya, Lyuken y tú.
Aonung, como siempre, no entendió a donde se dirigía. Pensó en su hermana que definitivamente era feliz con su pareja, pensó en su hermano que tenía apenas cinco años, pero que no lucía desdichado. Pensó en sí mismo, realmente no le apetecía hacer un examen de conciencia, no allí, con la causa de su tristeza sentado a unos metros. Optó por una repuesta simple.
—Estamos muy agradecidos con la Gran Madre por tenernos en tan alta estima.
Neteyam dejó escapar un murmullo bajito y Aonung notó su nerviosismo, creyó divisar un sonrojo en sus mejillas, lo adjudicó a un truco de la luz brillante. ¿Por qué estaba nervioso, había alguna razón para estarlo? ¿Aonung se había perdido de algún detalle?
—Ya te dije que Eywa es una romántica —siguió Neteyam—. En estos años me ha contado mucho sobre Tsireya y Lo'ak. Sobre como tu hermano pequeño, Lyuken, se adapta mejor que nosotros al estilo del Clan Metkayina, dijo que le gustaba la amistad que tenía con otra pequeña na'vi de su edad—. Neteyam no dio detalles, pero Aonung sabía de quien hablaba, una chiquilla que perseguía a su hermano en todo momento. Levantó la cabeza y lo miró con duda, pero continuó, porque incluso después de tanto tiempo, seguía siendo el Neteyam que lo enfrentaba sin importar nada—. Ella me habló de ti.
Los ojos de ambos chocaron. El nerviosismo de Neteyam lo contagió, apretó los labios. No quería, realmente no quería preguntar.
Eywa era una romántica, le gustaba la relación de sus padres, el romance naciente de Tsireya, incluso la amistad de Lyuken. Las piezas comenzaron a encajar.
“Con quien quiero hablar es contigo”.
“No soy un Sully, aunque siga apreciándolos no estoy aquí por ellos.”
“Eywa me contó un secreto”.
“Quiere que sean felices y vivan en paz”.
Aonung se enderezó, sus ojos se clavaron en el horizonte.
Gran Madre, suplicó en silencio, Gran Madre.
Viajó entre sus recuerdos hasta divisarse a sí mismo, llorando hace cinco años en el Árbol de las Almas. Cerró los ojos con fuerza en un intento por espantar el pánico y obligó a salir a las palabras.
—¿Qué dijo sobre mí?
Neteyam no respondió, se levantó y Aonung deseó que se marchara, así no tendrían que seguir esa ridícula conversación; al mismo tiempo, el deseo de sostener sus hombros y obligarlo a dar un cierre al tema, lo invadió. Porque Aonung no debería tener esa oportunidad, porque la gente muerta no reaparecía, porque había esperado demasiado tiempo y necesitaba saber si recibiría un puñetazo, fría ignorancia o… o algo más. La esperanza se clavó como los dientes de un ilu en su corazón.
Neteyam camino hasta él y se sentó igual que antes, estaba tan cerca que sus rodillas se rozaban cuando respiran.
—Dijo que estabas triste. —Algo brilló en sus pupilas, culpabilidad, como si tuviera responsabilidad alguna por haber muerto. A Aonung le pareció ridículo, pero no podía apartar los ojos de él—. Dijo que pasabas muchas horas nadando mar adentro, que dormías en el arrecife del Árbol de las Almas. Eywa escuchó tus susurros, cada secreto que le confiabas le destrozaba el alma.
—El alma —repitió Aonung.
No estaba seguro de a que se refería, no podía ser como el alma que habitaba en los na'vi, la Gran Madre era una deidad mucho más grande y poderosa que ellos. Supuso que Eywa escogió aquella palabra porque ambos lo entenderían mejor.
Neteyam asintió distraído y continuó.
—Dijo que después de un tiempo dejó de escuchar tu voz, pensó que habías renunciado a ella, pero al comprobarlo se percató de que ni siquiera hablabas con tus padres, con tus hermanos o con tus amigos. —Aonung estuvo a punto de protestar, claro que hablaba con ellos, no tanto como antes, pero lo hacía—. Dijo que al escucharte después de meses no logró reconocerte, tu voz había cambiado, no tenía la misma energía burlona y arrogante—. Aonung arrugó la nariz ante las palabras y por un segundo las comisuras de los labios de Neteyam se levantaron—. Dijo que parecías mayor. Eywa estaba furiosa por la guerra, por lo que nos hicieron, por las secuelas que te dejó… —Neteyam dudó un momento— …la pérdida.
Ambos sabían que habla de su propia muerte.
—Todo eso no suena como un gran secreto —dijo Aonung—. Todo el clan lo sabe, lo vieron.
Año tras año, susurrando, esperando que se recuperara, que volviera a mirar hacia adelante. No sabían que con el pasar de los días ese dolor se apoderaba de una parte más de su cuerpo, y Aonung solo vivía a la expectativa, contando los días hasta que la Gran Madre decidiera llevarlo también.
Neteyam descifró de algún modo todo lo que ocultaba en su silencio, uno de sus dedos rozó suavemente la mejilla de Aonung, después de un segundo rompió el contacto.
—Aonung —el tono de su voz cobró fuerza. Su nombre en los labios de Neteyam era un placer que deseaba experimentar a diario—, tienes veinte años y serás el próximo líder del Clan Metkayina, ¿por qué no has tomado una pareja?
Neteyam permaneció erguido, los ojos amarillos brillando, la actitud desafiante. El mismo sentimiento surgió en Aonung, ese que burbujeaba cada vez que estaba cerca del chico recto, orgulloso y defensor de sus hermanos. Aonung no dudó.
—Porque yo ya elegí a mi pareja, hace mucho tiempo —explico, pero se negó a dar detalles.
Neteyam, aún más embustero y terco, se negó a seguirle el juego.
—¿Dónde está? —inquirió, pero no le permitió contestar—. Si la na'vi que elegiste como pareja no desea corresponder, entonces es tu obligación buscar a alguien más, ¿quién heredará el liderazgo del clan si no tienes hijos?
Aonung ignoró el pinchazo repentino que llegó a su pecho ante la posibilidad de ser rechazado.
—No importa si la pareja que escogí no me corresponde —y lo dijo enserio—, aunque suceda, no soy capaz de buscar a alguien más. No puedo—. Las últimas dos palabras escaparon en voz baja, sonaba demasiado vulnerable. La expresión de Neteyam se suavizó y Aonung pensó que dejar caer la armadura no había sido en vano—. El hijo mayor de Tsireya y Lo'ak heredará el liderazgo o Lyuken si está dispuesto a hacerlo.
Neteyam soltó un respingo sorprendido.
—¿Ellos saben lo que planeas?
—Fue idea de Tsireya, aunque Lyuken aún no lo sabe.
—Que injusto.
Aonung suspiró y asintió.
—Sé que el futuro niño o mi hermano pequeño no deberían cargar esa responsabilidad, sé que Tsireya y Lo'ak no deberían tener que salvarme de mis obligaciones…
—No —interrumpió Neteyam—, hablo de ti. Mantenerte fiel a esta na'vi, renunciar a la experiencia de amar ¿no te parece injusto privarte de algo tan maravilloso? De ese sentimiento que incluso la mismísima Eywa parece atesorar por encima de todo. Aonung, pensé que conocía cuanta terquedad habitaba en ti, pero te he subestimado.
Aonung detectó el cariño en la voz de Neteyam, el dolor y la resignación.
La brisa del mar bailó entre ellos, agitando sus cabellos, Aonung sintió una chispa de valentía en su interior.
—Entonces, ¿me dirás de una vez ese secreto que te conto Eywa?
Neteyam resopló con una media sonrisa.
—Creo que ambos sabemos cuál es el secreto.
—Quiero escucharlo.
—¿De verdad? ¿No prefieres decírmelo tú?
—No puedo arriesgarme. —Aonung esbozó una sonrisa— ¿Qué pasa si me equivoco y termino desvelando algo vergonzoso?
Neteyam soltó una risa, baja, ronca.
—Eywa dijo que la visitaste en el Árbol de las Almas hace seis años. —Aonung se sorprendió un poco, porque hace seis años la guerra aún no los había alcanzado—. Dijo que le hablaste de una familia extraña que estaba invadiendo vuestro territorio —Aonung resopló y apretó los dientes, eso no borró la sonrisa burlona de Neteyam—, le dijiste que te obligaron a enseñarles la cultura Metkayina a los hijos de la pareja na'vi del bosque.
—La Gran Madre parece ser una deidad bastante comunicativa —resopló Aonung.
—Estuve cinco años escuchándola. —Neteyam levantó los hombros—. He memorizado palabra por palabra sus historias, o debería decir, tus secretos—. Aonung sintió como las puntas de sus orejas se calentaban, hizo un gesto para que continuara—. Eywa dijo que le hablaste mucho sobre ese hijo mayor, imponente, protector, fuerte, apuesto…
—Saltemos esa parte —solicitó Aonung, a sabiendas de que la lista de halagos sería interminable.
Neteyam sonrió, pero se apiado de él.
—No sabía que visitabas con tanta frecuencia a Eywa en el Árbol de las Almas.
Neteyam lo meditó, intentando recordar en qué momento Aonung desaparecía para charlar con la Gran Madre. Pero era como buscar una concha perdida en medio del océano, Aonung siempre iba cuando el clan dormía y le susurraba las cosas que no podía decirle a nadie más, le habló mucho sobre Neteyam.
—Fue unos días antes de que la batalla llegara a nuestras costas. —Neteyam lo observó y no hizo amago por interrumpir—. No podía guardarlo para mí mismo, entonces se lo confesé. Le dije que había caído hechizado por un na'vi del bosque, que no estaba seguro de cuándo o como sucedió, lo que sí sabía con certeza, era que lo quería como mi pareja, como mi compañero.
Neteyam se enderezó con los ojos abiertos de manera exagerada, como si realmente no hubiera presionado a Aonung para escuchar esas palabras. Por su parte, no pensaba detenerse, lo había decidido antes de empezar, o ganaba o perdía. No más años de incertidumbre, no más cuando tenía a Neteyam frente a él, vivo, respirando y tan real que Aonung no quería parpadear por miedo a perderlo.
—Cuando todo terminó volví a Eywa, le pregunté por qué, ¿por qué decidió quedarse contigo a pesar de que le confesé mis secretos?, ¿por qué me estaba quitando la oportunidad de experimentar aquella conexión que tenían mis padres, aquella chispa abrasadora que relucía en los ojos de mi hermana? No lo entendía. —El rostro de Neteyam reflejaba una tristeza abrumadora, Aonung no quería verlo así, prefería al na'vi de comentarios inteligentes y sonrisas ladinas—. Te ves sorprendido, ¿no te dijo Eywa todo esto?
—Lo hizo. Cada detalle, pero… —Neteyam apretó los labios— …escucharlo de ti es más doloroso.
Aonung deslizó su mano hasta que encontró los dedos de Neteyam, los entrelazó y lo animó a volver a mirarlo.
—La única respuesta que encontré es que este na'vi por el que tenía tantos sentimientos no me correspondería.
—No. —Neteyam intento hablar, Aonung apretó sus dedos en una súplica silenciosa.
—Pensé que tal vez el dolor del rechazo sería peor que el dolor de la muerte y por ello la Gran Madre estaba interviniendo. Tú no tendrías que afrontar mi verdad y yo no tendría que sufrir una decepción.
—Aonung.
—Ahora lo sabes —pronunció con rendición, dispuesto a aceptar lo que vendría—, me gustaría una respuesta, si puedes dármela.
La mano de Neteyam se apartó de la suya, no obtuvo tiempo suficiente para ceder ante el dolor del rechazo, Neteyam dirigió ambas manos hasta su rostro, sujetándolo con tanta delicadeza que Aonung volvió a pensar que se trataba de una ilusión, pero sentía la calidez de su cuerpo, la corriente de aire que bailotea y rozaba sus pieles.
—Me pides una respuesta que ya te he entregado. —Aonung lo observó confuso—. Te dije que Eywa me contó un secreto y yo le supliqué me dejara comprobarlo. La razón por la que estoy aquí, es porque Eywa sabía la verdad, sobre tus sentimientos —Neteyam apoyó una mano en su pecho y presionó sobre el corazón de Aonung, luego la apartó y presionó el manto sobre su propia piel—, sobre los míos.
—Estas diciendo que…
—Sí. —La sonrisa de Neteyam era pequeña, dulce y muy real—. Eywa te adora y no pudo evitar llorar tu pérdida. No pudo evitar observarte durante todo este tiempo, a la expectativa, rogando porque encontraras el modo de salir adelante, pero solo te hundías con el pasar de los días. Terco, eres un terco irritante.
Aonung soltó una risa resignada.
—Supongo que lo soy.
—Me preocupaste. —Sus manos, que habían vuelto al rostro de Aonung, acariciaron la piel con cuidado—. Cuando Eywa empezó a hablarme, me preocupaste. Entonces ella me contó todo, a cambio de que yo le contara mi verdad. Pasé mucho tiempo explicando cada detalle, probablemente le dije el doble o el triple de cosas vergonzosas que tú.
—Quiero escucharlas —interrumpió.
—Molesto, tan molesto como un niño —gruñó Neteyam, pero Aonung veía a través de él—. Mientras tu preguntabas la razón por la que todo había acabado así, yo le suplicaba que me permitiera hablarte. Solo una vez. Una última vez, quizá eso evitaría que te derrumbaras.
Aonung se tensó, sujeto las muñecas de Neteyam.
—No —dijo con urgencia y Neteyam pareció desconcertado—. No puedes irte, no otra vez.
Aonung lo sabía, sabía que no debía dejar que la conversación siguiera, sabía que al final Neteyam le sería arrebatado de nuevo. Se sentía como un necio, un terco, tal como decía Neteyam. Tan hambriento por obtener una respuesta, no reparó en los detalles, en las condiciones.
Gran Madre, por favor. No me lo quites de nuevo.
Neteyam inclinó la cabeza, repasando sus palabras y evaluando la reacción de Aonung. Entonces soltó una risa, una carcajada auténtica.
—No voy a ningún lado. —Neteyam atrajo su rostro hasta que sus frentes se tocaron—. Nunca me escuchas, ¿verdad? Te dije que Eywa era una romántica natural, que quería que tus padres y sus hijos vivieran felices y tranquilos. Aonung, la Gran Madre no me trajo aquí para despedirme, ella nos está regalando una segunda oportunidad. Nos entregó un tesoro que solo ha otorgado a otros dos na'vi, hace muchos años. Y yo quiero aprovecharlo, quiero quedarme, contigo.
Aonung soltó sus muñecas y en un instante lo estrechó entre sus brazos, escuchó la risa de Neteyam. Aunque sabía que debía estar feliz por ser correspondido, el sentimiento de tranquilidad que brotaba en su pecho lo invadió por completo. Alivio puro al saber que su tiempo juntos no era limitado.
Gracias, Gran Madre.
Neteyam ya no era un Sully.
Aún amaba a aquella familia, claro que sí. La primera vez que llegó al mundo fue gracias a sus padres, Neytiri y Jake. Atesoró su vida, cuidó de sus problemáticos y hermosos hermanos, entrenó para convertirse en el guerrero perfecto, falló y murió. Con quince años fue entregado a Eywa.
Eywa, la Gran Madre de Pandora. Aquella deidad suprema que, ante el dolor de dos jóvenes na'vi a quienes les habían arrebatado demasiado, no pudo hacer oídos sordos. Eywa, que era un ente maravillado por el amor que nacía entre los na'vi, que lloraba cada vez que una de sus creaciones moría sin experimentar aquel sentimiento tan abrasante.
Eywa, que tras escuchar el llanto de Aonung y las suplicas de Neteyam, decidió intervenir, desafiar las reglas naturales y regresar a un na'vi al mundo de los vivos.
Neteyam ya no era un Sully.
Ahora era hijo de Eywa.
Podía ser solo Neteyam, sin obligaciones, sin compromisos. Aunque atesoraba a su vieja familia, ahora vivía en su propio mauri, el que construyó a una distancia prudente del Clan Metkayina, en la copa de un árbol. Aonung lo entendió después de una larga charla y los Sully nunca lo sabrían, era mejor así.
Un hogar, para él, para Luya, con quien surcaba el cielo cada mañana y con quien visitaba el arrecife cada noche para hablar con Eywa. Un hogar que compartía con Aonung.
Su compañero, su pareja, a diario volvía al clan a cumplir con su rol de futuro líder, y sin falta, todas las noches, regresaba. Con el pasar del tiempo, se convirtió en un escalador decente, Neteyam se burlaba del na'vi del océano que vivía en un árbol, pero no lo dejaría marchar, lo necesitaba allí, lo quería allí. Ya habían desperdiciado demasiado tiempo.
Deslizó las manos por el cabello ondulado libre de ataduras, la cabeza de Aonung descansaba sobre su regazo, los ojos cerrados, ronroneando de satisfacción al recibir las caricias de Neteyam.
—Ma Aonung —susurró, solo porque sabía que Aonung respondería de inmediato.
—Ma Neteyam.
Neteyam no consiguió reprimir la sonrisa encantada, el disparatado latido de su corazón bombardeó su pecho.
Gracias, Eywa.
