Chapter Text
No te recomiendo hacer tratos con la Muerte. Y mucho menos si también involucran a Agatha Harkness o a su aquelarre… Bueno, No-Aquelarre, como a esta panda de brujas y mago les gusta llamarse. Porque, para ser sinceros, para ser un aquelarre deberían llevarse bien, y en el mejor de los casos, apenas se soportan.
La cosa empieza así: Río Vidal hizo un trato con Billy Maximoff, revelando un par de secretos que este humilde familiar no se atreverá a contar todavía, o Agatha volverá a dejarme sin zanahorias. Y, queridos lectores, eso no lo podemos permitir. Así que os advierto: lo que viene a continuación corre bajo vuestra propia responsabilidad.
Porque, como buen Maximoff, Billy juega con la realidad a su antojo, al de su nueva socia (sí, la Muerte) y, a veces, para complacer los caprichos de mi ama Agatha. Y sí, eso incluye devolver a alguien a la vida, matarlo, o… bueno, hay muchos tipos de tortura que el muchacho ha aprendido bajo la tutela de mi señora.
Pero también os voy a contar cosas muy explícitas. Porque soy un conejo con muy mala suerte. O con las patas muy pequeñas, que para el caso es lo mismo: no puedo salir de las habitaciones tan rápido como Lilia. Para tener 450 años, corre como una jovencita… Ya quisiera yo.
El caso es que, como condición para ayudar, Río exigió que Billy —y cualquier alma que se trajera de vuelta— vivieran bajo el mismo techo que ella. Es decir, la casa de Agatha. O sea, la casa de Ralph. Así podría vigilarlos de cerca y asegurarse de que no causarán más líos.
Billy y el No-Aquelarre aceptaron. A cambio, ayudarían a Río a recuperar el amor de Agatha. Y si lograba arreglar las cosas con su esposa, entonces, llegado el momento, Río le daría a Billy y a Tommy Maximoff pleno derecho de existencia. Aunque, claro, no le explicó al chico cómo pensaba hacerlo.
Y así es como Agatha Harkness, Lilia Calderu, Alice Wu-Gulliver, Jennifer Kale, Billy Maximoff (alias Billy Kaplan), Río Vidal y yo, el señor Scratchy, acabamos viviendo juntos en la antigua casa de Westview de Ralph Bohner.
Ah, y por circunstancias del destino —y porque no era su hora—, Río decidió piadosamente devolver a la vida a la señora Hart. Así que todavía puedo comerme esos deliciosos dientes de león sin que me dé remordimiento.
