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El día parecía suspendido en el filo de la madrugada. Aún no había sol pleno, solo bruma y lumbre, la ciudad estaba envuelta en ese azul inconfesable de los secretos y las penitencias.
Llegaron juntos, pero no como cómplices, sino como dos sombras que el destino ha puesto a rezar en el mismo banco condenados por diferentes pecados que al final del día pesan igual. Fyodor inclinó la cabeza, los labios murmurando plegarias antiguas mientras sus manos sostenían un rosario de forma devota.
A su lado, Nikolai no rezaba, en su lugar, miraba la figura de la Virgen con una fijeza casi sacrílega, como si esperara que la estatua parpadeara, sonriera o lo condenara, tal vez era más probable verla llorar sangre si pedía por sí mismo al menos esta vez, pero no lo hizo, resistía mejor las ganas de pedir redención que el arrepentimiento por sus pecados, porque estos últimos son nulos.
Al salir de la iglesia, el aire era otra vez profano. El ayuno seguía, pero Nikolai parecía lleno de un hambre distinta.
—En Pascua, debemos cometer pecados…— comento alegremente el arlequín desprovisto de su indumentaria teatral su mirada es un guiño compartido con el vitral de la Virgen que dejaron atrás.
Fyodor no le responde de inmediato, pero suelta un suspiro que parece haber estado contenido más tiempo de predicho y mientras caminan por las calles desprovistas de vida a estas horas.
Fyodor lo observa de reojo, y luego mira atrás, del lugar del que salieron, a donde se dirigen. Sus labios se curvan en una mueca casi imperceptible y frunciendo los labios, seco pero divertido responde de forma demasiado banal —No, Kolya, no lo haremos y sus palabras caen como una bendición torcida.
Nikolai simula una profunda decepción, pero su sonrisa se ensancha y cuando ya están en la habitación alquilada, Nikolai dejó la chaqueta sobre la silla, y por primera vez en días Fyodor lo aprecio de verdad, sin los colores del payaso, sin máscara ni artificio, ni la capa ni la sonrisa ensanchada, sólo piel pálida y ojeras de vigilia.
Sobre la mesa, Nikolai colocó un plato cubierto con un paño.
Había cocinado algo prohibido, lo supo por el olor algo rojo, algo especiado, dulzura pecaminosa para una semana santa.
—Lo he preparado sólo para ti, con un ingrediente secreto…—bajo la voz, como si fuera un misterio, de forma teatral para descubrirlo —Amor y un poco de arsénico, para darle sabor.
Fyodor observa el platillo. Sus dedos, largos y pálidos, lo toman. Lo examina con la indiferencia de quien sostiene una reliquia o una bomba. “Cordero y granada, realmente se tomó en simbolismo en serio” piensa mientras lo sostiene “Tajine de cordero con castañas y granada”
Fyodor reconoció el desafío y se sintió tentado mientras una pequeña sonrisa se asentó en sus labios finos.
—¿No te basta con tentar a los ángeles? —murmuró, apenas moviendo los labios.
Nikolai se encogió de hombros, una sonrisa ladeada.
—Los ángeles no tienen hambre —respondió, dejando caer granos de granada en el plato, uno a uno, con los dedos manchados de rojo.
—¿Crees que puedes tentarme con dulzura, cuando ya he probado la amargura de todos los pecados que importan? —la sonrisa en sus labios lo delata quiere dar un mordisco una ultima vez, la primera.
Nikolai se encoge de hombros, divertido. Hay una chispa de vulnerabilidad en su rostro, sin maquillaje de payaso, sólo el rubor natural de las mejillas y Fyodor pensó que Nikolai era exactamente eso, un corazón de granada, hermoso, dulce y desordenado, que sangraba con belleza al ser expuesto a manos y almas enfermizas, como las suyas, Fyodor quiere ser descuidado hundir sus dedos entre las semillas de la fruta bruscamente cortada y hacer que se derrame, que pierda todo jugo en sus manos enfermizas palidas y huesudas.
No era sólo el veneno lo que ofrecía Nikolai, era la invitación a devorar lo prohibido y fyodor quería sucumbir a el de la forma mas grafica posible arrancar pedazo a pedazo cada parte que valga la pena y cada parte que no, devorarlo comer de el, de su carne pecaminosa y ofrecer la suya a cambio.
Porque Nikolai se ofrecía como el fruto que Adán no pudo rechazar, sin la esperanza de pureza, sólo la certeza de la corrupción compartida.
—¿Vas a dejarme comer solo? —preguntó, voz suave, casi cantando, la melodía de los rezos flotando entre ellos—. ¿O vas a redimirte con un poco de pecado?
Fyodor ya sostenia el plato y sintiendo el peso ritual de la escena la relativa euforia que sintió fue extraña, el veneno estaba ahí, lo sabía, pero el verdadero peligro era otra cosa la belleza de Nikolai, desnudo de artificios, expuesto como un cuerpo y un alma sin paraíso, eso realmente dejo en el un sentimiento no era miedo ni euforia era algo intermedio.
—Eres bastante osado para un apóstol caído —comentó, la sombra de una sonrisa.
Nikolai apoyó el codo en la mesa, la mirada fija.
—¿Eso es un halago o una acusación? —bromeó, girando el cuchillo entre los dedos y mientras se inclina, susurra—Esta noche hay luna llena. Guiaré tu alma enferma entre la oscura confusión.
Fyodor lo miró con atención, sus pensamientos danzando entre lo espiritual y lo carnal, nunca apreciaba la belleza efímera, no más allá de su valor simbólico, pero Nikolai era otra cosa era la excepción divina.
"En un mundo de símbolos y significados, Nikolai era el único que no necesitaba explicación. Es la excepción divina a todas sus reglas humanas y a la vez la regla de la normalidad."
Hermoso aun en la simpleza, hermoso sin maquillaje, hermoso en la desnudez de quien no finge nada, ni siquiera el deseo de ser amado, porque en todo eso es dolorosamente sincero. Pensó en decirlo, en voz baja.
“Eres hermoso, Kolya.”
Pero no lo dijo. Sabía que Nikolai respondería con una broma sobre el maquillaje, como si la belleza fuera un truco de circo, y él mismo acabaría negando con la cabeza,
quizá sopesando una sonrisa, mientras pensaba, con una palabra que sólo él usaría.
“Eres tan heraclíteo, Kolya. Tu belleza es flujo y ruptura, como el agua y la sangre de una granada abierta.”
—Has cocinado algo ilegal —comentó en su lugar, sin levantar la voz, sin asombro, sólo una constatación que casi parecía anticipación. El silencio se llenó de significado y del rojo de la granada.
—No seas así —bromeó Nikolai, con la voz entre la risa y el reto—. No tienes que comerlo todo; con un poco basta para condenarse. —y con sonrisas y entusiasmo ofreció un bocado, ni grande ni pequeño, lo justo, ¿cuánto tiempo llevaban compartiendo mesa para llegar a esto?
Fyodor sostuvo la mirada. Aceptó el bocado, sólo para sentir el riesgo y el rito. Abrió la boca y sintió la carne en su lengua el jugo de la granada escondía el arsénico, sabía demasiado bien, sacrilegio puro.
“No hay pureza aquí, ni redención. Sólo belleza expuesta, el corazón de una granada, y el hambre de los que ya han caído.”
Mientras la luz de la mañana se colaba en la habitación, tibia y descarnada, como si fuera a delatar cada secreto el plato seguía entre ellos, la granada abierta, el aroma dulce y prohibido flotando en el aire, Fyodor rompió el ayuno con la parsimonia de quien sabe que cada acto es una transgresión.
Probó un grano de granada en ese primer bocado, el jugo le tiñó los labios de rojo, y por un instante, todo el peso de la liturgia y la culpa se suspendió Nikolai lo miraba con esa mezcla de burla y devoción que lo hacía único.
—¿Y bien? —preguntó, ladeando la cabeza, la sonrisa apenas contenida—. ¿A qué sabe la condena, Fedya?
Fyodor dejó el plato a un lado, contemplando los restos carmesí en sus dedos manchados por su descuido, por su propia emoción.
—Sabe a lo inevitable —su voz baja, casi como un suspiro—. A lo que Adán no pudo resistir.
Nikolai rió, una risa breve, sin alegría. Se quedó en silencio, mirándolo como si esperara que Fyodor se transformara en algo más.
—Supongo que soy la serpiente, ¿no? —bromeó, haciéndose el ofendido—. Pero tú no eres tan inocente como Eva.
Fyodor negó con la cabeza, la sombra de una sonrisa extraña en los labios, empezó a acortar el espacio entre ambos, un paso luego otro.
—Nadie aquí es inocente, Kolya. —y mientras buscaba fundir algo mas que sus almas, que sus pecados, Nikolai bajó la mirada, recogiendo un grano entre los dedos, lo sostuvo en el aire como una joya
—¿Y si la inocencia sólo existe antes de saber lo que uno es capaz de hacer?
El silencio se volvió denso. La desnudez, aunque no de piel, era evidente: no había máscaras, ni sotanas, ni maquillaje de payaso. Solo dos cuerpos y dos hambres.
Fyodor lo observó un instante más, con esa fascinación clínica y hambrienta.
El color en las mejillas de Nikolai, el desorden de su cabello, la mancha de jugo en sus dedos, pensó que la belleza de Nikolai era una herejía no necesitaba pureza, solo la sinceridad de quien no teme la caída.
Se acercó de nuevo, sus respiraciones se combinaron el baho del aliento se hizo indistinguible, el plato entre ambos como un altar.
—No eres la serpiente, Kolya —murmuró, devolviéndole la mirada—. Eres el fruto.
Nikolai arqueó una ceja, divertido, el grano de granada brillando entre sus dedos. —Y tú, ¿qué eres?
—El hambre —dijo Fyodor, sin vacilar.
Nikolai sonrió, una sonrisa rota y tierna a la vez. La luz se derramaba sobre ellos, y en ese instante, Fyodor pensó que no había paraíso posible para los que han probado el fruto y lo han amado por su sabor y su veneno. Esta vez fue Nikolai quien dio el ultimo paso acortando definitivamente la distancia entre ambos, un beso profundo, demasiado desordenado para dos entes estáticos ojos abiertos suspiros sonoros manos que se aferran al otro como uno se aferra a la salvación.
Pero Fyodor no lo lamentó.
Porque en la caída, en la condena compartida, había una belleza que ningún paraíso, ningún cielo, podría ofrecerle.
Y así, en el centro de la mañana y de la culpa, Fyodor decidió morder de nuevo una y otra vez, hasta saciarse el hambre de siglos contenidos.
