Chapter Text
A pesar de haber marcado su hora de salida dos minutos atrás, Hoseok contempló largamente el número que le devolvía la mirada en su tarjeta de asistencia, con un gesto de cansancio y agotamiento. Los últimos días (no, semanas o meses) eran iguales: trabajaba de ocho a ocho, con una hora de descanso, reponiendo mercadería en el supermercado, siendo un cajero de turno, encargándose de la limpieza o, en el peor de los casos, cortando carne (ese era el peor de todos, decidió, no tenía estómago para eso).
Hoseok se preguntó si su vida sería aquella para siempre, sin importar si tenía diecinueve años ahora. Algunas personas nacían con una estrella sobre sus cabezas, pero otras, como él, estaban destinadas a vivir en la miseria sin importar qué.
No hizo más que suspirar, dejando la tarjeta donde correspondía y colgando su mochila raída al hombro. Era momento de ir a casa y enfrentar los otros problemas que estaban en su lista, en un camino de cuarenta minutos caminando. Podía tomar un bus, sí, no obstante, prefería ahorrar ese dinero incluso si no era mucho. Incluso si tardaba más en llegar a casa y al final sólo sumaba más cansancio, Hoseok se podía convencer un poco de no derrochar las míseras monedas que apenas pesaban en su bolsillo. A esas alturas, ya estaba acostumbrado a hacer todos los días, ida y vuelta, la caminata.
Aunque nos inviernos solía ser más duro, como ese. Empujó sus manos en su abrigo, ignorando que le faltaban dos botones, y se arrebujó en la bufanda, como si así pudiera guardar un poco el poco calor que le quedaba. Al menos, se consoló esa vez, no estaba lloviendo ni nevando, por lo que se puso los audífonos y puso algo de música en su viejo celular para distraerse. Tenía la pantalla rota, pero al menos, funcionaba relativamente bien y podía ver la última selfie que tenía con Jiwoo, donde ella posaba en la cama del hospital, haciendo el símbolo de la paz, con Hoseok a su lado, sonriendo.
Desde que había caído enferma, dos años atrás, que a Jiwoo no le gustaban mucho las fotos por el aspecto que empezó a tener. El cáncer avanzaba de una forma alarmantemente rápida y a pesar de los medicamentos y quimioterapias, parecía que iba decayendo y decayendo. El pronóstico de los doctores no era muy positivo y la cuenta en el hospital crecía y crecía. Hoseok ni siquiera quería verla cuando llegaba a casa, pues sabía lo que se encontraría, y prefería que fuera su madre quien administrara el dinero que él les hacía llegar cada quincena. Su padre apoyaba también como jornalero en construcciones mientras que mamá lavaba la ropa de los vecinos, además de visitar a Jiwoo constantemente para que no estuviera tan sola. Ojalá Hoseok pudiera decir que era feliz con su familia a pesar de las deudas, no obstante, no era más que una tonta mentira que ni siquiera se atrevía a decir.
Llegó a casa, sin sorprenderse al ver que estaban usando velas para iluminarse, pues les habían cortado la luz dos días atrás. Al menos, vio, tenían gas y agua para cocinar. Mamá y papá cuchicheaban sobre algo, parecía grave, se dio cuenta mientras untaba el pan duro en la sopa, aunque no prestó demasiada atención, preocupado al notar como su aroma se endulzó.
Oh, lo que faltaba.
―¿Mamá? ―murmuró Hoseok, llamando la atención de la mujer. Ella lo miró, angustiada―. ¿Tenemos… eh… supresores? Creo que mi celo…
Un omega. Hoseok no solía pensar demasiado en él como un omega, dentro de toda su lista de problemas, era el de menor gravedad. No tenía tiempo para preocuparse de su aroma, ni de cortejos, ni de alfas a su alrededor. Los celos los suprimía con supresores, por lo que hacía tiempo que no experimentaba alguno como tal, y es que no podía permitirse dejar de trabajar una semana. Sabía que tarde o temprano le pasaría la cuenta, pero ¿qué le iba a hacer?
―Sí, creo que quedan algunos ―dijo ella, y eso fue todo. Hoseok no dijo nada más, dejó que siguieran discutiendo y, una vez acabó, se dirigió al baño para ver en el botiquín el medicamento.
Se lavó la cara y los dientes y fue a su cuarto. Desde que Jiwoo cayó enferma que la habitación era toda suya, solían compartirla, pero su cama seguía en el rincón de siempre. Ellos nunca fueron una familia acomodada, aunque tuvieron tiempos mejores en donde compartieron sueños. Hoseok le dijo a Jiwoo varias veces que entraría a la universidad, estudiaría para veterinario y, definitivamente, tendría una vida más feliz. Nada más que ilusiones.
Aun así, no se quejaba, no tenía tiempo para eso, y por lo mismo, cuando ocurrió, estaba desprevenido. Todo fue normal como lo había sido el último año, yendo a trabajar, tomando turnos extras, visitando a Jiwoo cuando era posible, por lo que no estaba preparado cuando, el tres de enero, luego de una caída de nieve que dejó sus pies helados, encontró a sus padres muertos en la cocina de la casa.
Hoseok supo que algo iba mal desde que entró a casa y encontró todo apagado, ninguna vela y un silencio fúnebre y angustiado. Llamó a sus padres sin respuesta alguna, aunque el aroma metálico pronto inundó sus fosas nasales. De ahí, se movió en automático hacia la cocina y vio primero el cuerpo de su padre, boca arriba, con los ojos abiertos y el pecho lleno de sangre.
Gritó, por supuesto. Tuvo la loca esperanza de que podían seguir con vida, a través de las lágrimas, se arrodilló ante el cuerpo todavía caliente de su padre, y fue cuando se dio cuenta de que su madre estaba detrás de la mesa, aunque ella tenía los ojos cerrados. Hoseok sintió la sangre caliente y volvió a gritar, y de ahí todo transcurrió como si fuera una horrible pesadilla de la que nunca se despertó.
La policía llegó a la hora, probablemente algún vecino llamó al escuchar sus gritos y llantos. Lo encontraron abrazando el cuerpo de su madre y lo llevaron al hospital a constatar lesiones. Hoseok no dijo nada, sin poder creer nada de lo que estaba ocurriendo, tratando de hallarle algo de sentido a aquel horrible sueño. La policía lo interrogó, pero no sabía nada, absolutamente nada… Y todo empeoró cuando, luego de unas indagaciones, un oficial habló con él.
―Al parecer sus padres pidieron préstamos ―le explicó el hombre, y Hoseok cerró los ojos―, a prestamistas ilegales y puede que a alguna kkangpae, eso último no lo podemos asegurar, aunque hay un pequeño rastro difícil de seguir.
Hoseok ocultó el rostro en sus manos, tratando de contener los temblores descontrolados que sacudían su cuerpo. Ni siquiera fue capaz de exigir que encontraran a los culpables, sabiendo que no lograría nada. Ahora no le quedaba más que asumir los gastos de los funerales, con un dinero con el que no contaba. ¿Y cómo se lo contaría a Jiwoo? Eso la terminaría de matar, de eso estaba seguro. Santo dios, ¿cómo es que su vida podía empeorar ahora?
Al regresar a casa buscó y rebuscó en las cosas de sus padres, encontrando unos miserables ahorros que apenas servirían para cubrir los gastos de la funeraria. Peor era nada, firmando contratos que lo endeudarían más los siguientes meses, aunque ¿tenía algo más que podía hacer? Tragedia tras tragedia, él en definitiva no tuvo ninguna estrella cuando nació.
Incluso, en su momento más bajo, mientras velaba a sus padres, con los vecinos yendo a chismosear y dándole las condolencias, pensó en el camino de la muerte. Quizás todo sería más sencillo si se colgaba de la viga de su cuarto, acabaría con el oscuro futuro que se le avecinaba… Y dejaba a Jiwoo sola, totalmente desamparada, agonizando en el hospital sin compañía alguna. Hoseok debía ser masoquista, no había otra explicación, y su amor por su hermana era más grande que cualquier otra cosa.
―Consiguieron un trabajo en Jeju ―le mintió a Jiwoo cuando la fue a ver―, cuidando la finca de alguien rico, pero tuvieron que irse de inmediato.
―¿Sin despedirse? ―Jiwoo se veía escéptica, pero para su fortuna, no pareció presionar―. ¿Les pagarán mejor, al menos?
―Sí, sí ―Hoseok miró hacia otro lado para no romper a llorar―, no te preocupes, trataré de visitarte más para que no notes su ausencia.
Sólo pudo tomarse tres días de luto y encontró fuerzas para seguir trabajando, sabiendo que no podía permitirse quedar en cama por mucho que quisiera hacerlo. Aunque, quizás, lo peor era tener que despertar en aquella casa silenciosa, evitando la cocina lo más posible, pues cada vez que entraba allí, veía los cuerpos de sus padres en el suelo. Cuando llegaba del trabajo, se ponía a llorar sin poder evitarlo, sumido en la angustia y el dolor de saber que estaba solo. Que se quedaría solo dentro de poco.
No obstante… ¿era posible que las cosas empeoraran? No, siempre podía sumirse un poco más en la mierda de ser posible, en especial cuando dos semanas después, al llegar a casa, se dio cuenta de la puerta abierta.
Pensó en correr. Sabía lo que le esperaba dentro, así que estaba a tiempo para retroceder, correr a algún sitio y esperar que le dejaran en paz. Sin embargo, sabía muy bien que eso era imposible. Si no lo enfrentaba ahora, iban a volver al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente, e incluso puede que lo buscaran en su trabajo. Lo que tenía más que claro, es que él no iba a librarse nunca. Por lo mismo, entró.
Había tres matones en la cocina, esperándolo. Hoseok miró al suelo, incapaz de observarlo a los ojos.
―Eres el hijo de Minghwan ―dijo uno de ellos, el que parecía más grande. Eran alfas, lo que sólo servía para intimidarlo más―. Sabes que tu padre tiene una deuda con nosotros, ¿cierto? Y ahora que murió, tú debes hacerte cargo de ella.
Hoseok asintió con la cabeza.
―¿Cuánto… cuánto les debía? ―preguntó en voz baja.
―Cuarenta y cinco mil millones de wons, con intereses ―dijo otro, y Hoseok sintió que palidecía. ¿Cómo era posible que fuera tanto dinero? Por dios… ¿cómo su padre pudo adquirir esa tremenda deuda?
―Yo no… no tengo ese dinero ―barboteó Hoseok, y es que con suerte podía cubrir un cinco por ciento de lo exigido.
―Nos imaginamos eso ―los matones se pusieron de pie―, pero Min ya no puede esperar más por su dinero.
Ni siquiera trató de huir, lo único que pudo hacer fue cubrir su rostro cuando lo golpearon en el estómago, tirándolo al suelo, y una lluvia de golpes lo hizo romper en llanto, suplicando que tuvieran algo de compasión. No la obtuvo, lo sabía, y el llanto sólo aumentó cuando le pusieron una bolsa negra en la cabeza y lo arrastraron hacia fuera, pudo adivinar.
El miedo no hizo más que crecer a medida que los segundos pasaban, sollozando y temblando mientras lo movían a quién sabía dónde. Temía que lo mataran, entonces ¿qué sería de Jiwoo? No podía dejar a su hermanita, ella nunca sabría lo que le pasó, ¿quién se haría cargo de cuidarla en sus últimas semanas de vida?
―Por fa-favor… ―hipó cuando lo volvieron a arrastrar, empujándolo sin delicadeza―, se… se los ruego, voy a pa-pagar…
Sus súplicas cayeron en oídos sordos. Lo sentaron en una fría silla metálica y le amarraron las manos, y sus temblores no hicieron más que aumentar cuando la puerta se cerró, quedando todo en silencio. No supo cuánto tiempo estuvo allí, pudieron haber sido minutos u horas, sólo para sobresaltarse cuando escuchó las bisagras sonar, anunciando que alguien estaba entrando.
―Quítenle el saco ―habló alguien con voz grave, una voz que lo estremeció e hizo que sus pelos se pusieran de punta.
La oscuridad se transformó en una enceguecedora luz, sus ojos tardando en acostumbrarse a la visión frente a él. Los mismos matones que lo fueron a buscar estaban detrás de otro alfa, uno pálido y de aspecto frío, que lo observaba con apatía en sus ojos. Tenía el cabello largo, ligeramente largo, y vestía todo de negro, con un abrigo largo. Su rostro podía ser considerado atractivo, no obstante, la mirada de desprecio y dureza provocaba que quisiera desviar la vista, incapaz de observarlo a la cara.
Su omega se aterró. Hoseok tembló.
―Me dijeron que eres el hijo de Jung ―dijo el alfa, inclinándose hasta quedar a su altura― y que tu padre está muy muerto.
Hoseok no sabía hacia donde mirar, tratando de no oler las feromonas alfas a su alrededor. Aquel alfa olía a café y mandarinas, y su aroma era potente, casi tóxico para él.
―Se fue debiéndome mucho dinero ―prosiguió el alfa―, y mis chicos me comentaron que tú dijiste que no tienes para pagarlo.
―Yo… yo… ―tartamudeó Hoseok, pero se calló cuando el alfa le agarró de las mejillas.
―Eres joven ―comentó el desconocido (¿era Min? Así lo habían llamado sus matones)―, podría hacer que te saquen un riñón, ¿qué tal?
La propuesta hizo que abriera sus ojos con terror. Por la expresión que tenía el alfa, debía estar hablando muy en serio.
―Po-por fa-favor… ―sollozó Hoseok―, da-dame tiempo, voy… voy a pagarte…
―¿Y cómo? ―Min lo soltó―. Tu vida no es suficiente para cubrir tu deuda, Hoseok.
No le sorprendió que supiera su nombre, probablemente sabía todo de él. El aspecto que tenía, la forma en que operaba… Todo indicaba que era un hombre peligroso y que probablemente hacía cosas ilegales.
―Haré lo que sea ―afirmó Hoseok con desesperación, sabiendo que no había nada más que pudiera decir para tratar de salvarse―, cu-cualquier trabajo que tengas, lo haré…
Min sonrió con cinismo, mirándolo de pies a cabeza con pausa y sin un poco de apuro. Hoseok sintió la lasciva en sus ojos, la lujuria y el deseo, pero se quedó quieto, con el miedo haciendo mella en la boca de su estómago por la desesperación. ¿Y si… si le pedía…?
―No tienes aspecto de ser uno de mis matones ―dijo el alfa, sin borrar aquella sonrisa burlona―, y parece que te aterra meterte en mi cama, ¿qué me puedes ofrecer, entonces?
Hoseok trató de que sus labios no temblaran, aunque no lo logró, con el pavor empeorando a cada minuto que pasaba. Lo que Min le planteaba, la expectativa de cualquiera de esas dos propuestas… Hoseok no sabía en qué se estaba metiendo, sólo tenía claro que no había escapatoria alguna.
—Haré lo que sea —repitió Hoseok, y esas cuatro palabras eran nada más que su condena.
Las noches eran más heladas a medida que el invierno se profundizaba con los días. O quizás era la expectativa de lo que venía después, de que era su primera vez haciendo eso.
El sobre temblaba en sus manos. Hoseok tragó saliva con dificultad, con los ojos clavados en la puerta de madera vieja frente a él, mientras la nota, con el sello rojo de Min Yoongi, ardía contra sus dedos como si supiera lo que estaba a punto de provocar. Lo había recibido esa mañana, con una nota que declaraba a qué hora y dónde entregarlo.
No había más instrucciones. No obstante, cuando se acercó a aquella casa, ubicada a menos de un kilómetro de la suya, se le acercaron cuatro hombres. Reconoció a uno como parte de los matones que Yoongi envió a buscarlo.
—Hazlo rápido —le dijo el alfa, con una sonrisa ladeada—. Y recuerda quedarte afuera, Min no quiere que te metas.
Hoseok no dijo nada, simplemente fue hacia la casa, con el sobre pesando en su agarre. Tocó la puerta con los nudillos, apenas un ruido que quebró la tranquilidad de la noche.
Pasaron segundos antes de que alguien abriera. Un hombre de unos cuarenta, con los ojos hundidos y el rostro surcado de desesperación, lo miró. Hoseok le entregó la carta en silencio, sin poder sostenerle la mirada y conteniendo las ganas de marcharse en ese preciso momento. En realidad, quería salir corriendo, no obstante, era imposible. Lo sabía muy bien.
El hombre abrió el sobre luego de unos largos segundos agónicos. Al ver el contenido, sus labios murmuraron un no desesperado y angustiado, antes de que las sombras detrás de Hoseok se movieran.
Los hombres de Yoongi pasaron junto a él como una ola helada. La boca de Hoseok tembló y dio un paso atrás, con su omega revolviéndose para salir corriendo, para huir lo más pronto posible. Sin embargo, tenía más que claro que si se marchaba, se lo contarían a Min, y eso sería su condena.
Así que esperó.
El primer golpe fue seco, probablemente fue un puñetazo seguido de un jadeo ahogado. Luego vino el crujido de algo (¿una silla, una costilla? No lo sabía) y después, el primer grito.
Hoseok cerró los ojos, con el cuerpo tenso y en alerta. Quiso taparse los oídos, pero se obligó a no moverse. Probablemente alguien lo estaba vigilando, procurando que cumpliera con la orden dada. Incluso trató de decirse que no mostrara miedo, que eso los haría enojar… Pero ¿era suficiente acaso?
No. No cuando hubo otro grito acompañado de un sollozo femenino. ¿La esposa? ¿Una hija?
Su estómago se retorció ante la perspectiva e imágenes lo atravesaron como cuchillas filosas: su padre suplicando, su madre de rodillas, sus manos ensangrentadas cuando tomó los cuerpos luego de llegar tarde. Todavía calientes, pero ya sin alguna oportunidad de salvarlos.
El vómito subió sin aviso. Se inclinó a un costado y apenas alcanzó a vomitar entre la maleza, las arcadas desgarrándole la garganta, el ácido quemándole la boca, con las manos temblando sin parar.
Los gritos seguían más fuertes antes de ser callados por dos disparos.
Se cubrió la boca con fuerza, las lágrimas resbalándole por las mejillas sin que se diera cuenta, a pesar de que no sabía si eran por asco o por miedo, o quizás por el recuerdo No estuvo allí, pero oyendo esto, no fue difícil imaginarse que tuvo que ser parecido.
Entonces, hubo otra emoción: odio. Odio contra Min Yoongi, odio contra sí mismo, odio contra este mundo que lo arrastraba por los bordes del abismo y le exigía que caminara a su alrededor, aunque cada paso lo deshiciera por dentro.
—¿Primera vez? —dijo una voz a su lado. Era uno de los hombres, saliendo del interior como si acabara de salir de una tienda, no de una escena de terror.
Hoseok no respondió, ni siquiera lo miró, simplemente se secó la boca con la manga, tragándose el temblor.
—Te acostumbrarás —añadió otro, encendiéndose un cigarro con total tranquilidad.
Hoseok, en ese instante, supo que no quería acostumbrarse. No quería convertirse en eso. Pero también sabía que no tenía opción.
Creyó que podía aguantarlo, que, como dijeron esos hombres, se iba a acostumbrar. Cada dos o tres días, le llegaba un nuevo sobre con las mismas instrucciones, y siempre acudía, no podía faltar. Sólo que había un problema: no se acostumbró. Era imposible en todos los sentidos, el tiempo no lo había hecho más fácil. Cada sobre entregado, cada súplica ignorada tras una puerta cerrada, cada vómito bajo la lluvia y nieve, habían provocado que algo retorcido y repugnante se instalara dentro de Hoseok.
Ya no lloraba, al menos. Tragaba saliva, apretaba los dientes y seguía, miraba a un lado, ignorando el olor de la sangre, los gritos y sollozos, incluso los disparos.
Sin embargo, a sólo cinco días de su cumpleaños, en la noche, lo desviaron de su rutina. Un mensaje breve, enviado por uno de los hombres de Yoongi, fue dicho sin rodeos.
—El jefe quiere verte. Ahora.
Lo llevaron a una habitación lujosa en uno de los pisos altos de un viejo edificio, lleno de molduras doradas, cortinas pesadas y el aroma denso del incienso en el aire. La habitación 117 parecía demasiado cálida, demasiado cerrada, y cuando entró, sintió enseguida que se asfixiaba.
Esperó de pie, sin sentarse a pesar del cansancio en su cuerpo. Doblaba turnos sin descanso, y entre aquellas noches angustiantes, sentía que ni siquiera tenía tiempo para recuperarse un poco. Dormía poco y muchos de sus sueños estaban plagados de pesadillas sangrientas.
Pasaron unos largos minutos hasta que la puerta se abrió, silenciosa, y Min Yoongi entró. Vestía distinto al primer encuentro: una camisa floreada, jeans rotos, con el cabello recogido en una coleta baja y unos pocos mechones enmarcando su rostro. Se veía… más joven que antes, y Hoseok pensó, lejanamente, que aquel aspecto sólo lo ayudaba a verse más atractivo, como un alfa sin preocupaciones. Sus pasos eran lentos, seguros y controlados, como si tuviera el mundo en sus manos.
Tal vez era así. Al menos, tenía el mundo de Jung Hoseok entre sus dedos.
Se detuvo a unos pasos de Hoseok y ladeó la cabeza con una sonrisa apenas dibujada, mientras que Hoseok bajó la cabeza en un gesto de respeto (o miedo. Daba lo mismo).
—¿Y esa carita, Hoseok?
Hoseok no respondió, simplemente mantuvo la mirada clavada en el piso, con los dedos cerrados sobre sí mismos hasta que las uñas se marcaron en las palmas.
Yoongi se acercó un poco más, probablemente examinándolo de pies a cabeza.
—¿Qué pasa? —continuó Yoongi con tranquilidad—. ¿Estás enfadado conmigo? ¿Acaso te molesté esta noche?
Hoseok tragó saliva, el estómago revuelto por la sola presencia del alfa, con el aroma filtrándose en su nariz. Le ardía el rostro, no sabía si por tensión o por vergüenza, y tampoco quería averiguarlo.
No quería responderle. No quería darle nada. Lo único que quería Hoseok era que lo dejara en paz.
—¿No vas a decirme nada? —bufó Yoongi, deteniéndose frente a él—. Qué desagradecido eres conmigo cuando te dejé vivir.
La voz era baja, suave, casi burlona, pero Hoseok detectó un filo en ella. Tal vez era una amenaza implícita, como si cada palabra fuera un cuchillo escondido en su pantalón.
Hoseok tembló, incapaz de decir algo.
—Mírame —ordenó Yoongi, su tono todavía tranquilo, aunque había cierta exigencia en su orden.
Hoseok cerró los ojos un instante, intentando resistirse a pesar de que su omega se retorció en más desesperación.
—He dicho que me mires —gruñó Yoongi, más despacio, y Hoseok sabía que estaba a punto de sacarlo de quicio. Sus feromonas cambiaron, más fuertes y dominantes, una clara advertencia dominando el aire como un veneno dulce recién abierto.
Hoseok alzó la cabeza a la fuerza, con los ojos empañados de rabia contenida y agotamiento. Lo miró, odiándose por obedecer, chocando con la mirada de Yoongi, aquella mirada que los depredadores usaban para analizar a sus presas.
—Eso está mejor —tarareó Yoongi, satisfecho—. Mucho mejor.
Las palabras se agolparon en la lengua de Hoseok, hirvieron en su pecho como un incendio incapaz de apagar. Hoseok sabía que no podía más: las noches sin dormir, los rostros de los deudores, las súplicas, el vómito... Su propia alma quebrándose poco a poco.
—Y-Yo no quiero este trabajo —susurró Hoseok finalmente, con la voz rota y la garganta apretada por las ganas de no romper en llanto—. Es...
—¿Es qué? —interrumpió Yoongi, con una calma gélida, inclinando apenas la cabeza.
—Es... es inhumano —sollozó Hoseok.
—¿Inhumano? —repitió Yoongi con una risa suave, venenosa—. Y dime, Hoseok... si no quieres este trabajo, ¿cómo piensas pagarme entonces?
El omega apretó los labios, parpadeando para espantar las lágrimas de dolor y repentina frustración, algo en él cambiando por las palabras que Yoongi le decía.
—Dijiste —continuó Yoongi, avanzando un paso como si nada— qué harías lo que sea. ¿Entonces?
Hoseok tembló otra vez, aunque ahora, una oleada de ira le subió por el pecho, empujada por el cansancio y la impotencia. Sin pensarlo, solamente por la necesidad de sacarse aquella cólera repentina, escupió:
—¡Eres un maldito asesino!
El aire se cortó como si un hilo estirado se hubiera roto. El silencio que siguió fue espeso y Yoongi no se movió enseguida, sólo lo miró.
Luego de unos agónicos segundos fríos, habló.
—Arrodíllate.
Hoseok retrocedió un paso. La rabia aún temblaba en él, pero el miedo también explotó, el pánico haciendo que un escalofrío lo sacudiera.
—He dicho... que te arrodilles —dijo Yoongi, y no fue necesario que gritara con su voz alfa, simplemente tuvo que ordenarlo con sencillez. Hoseok supo, allí, que Yoongi era más peligroso, porque un alfa desbocado podía ser esquivado, pero un alfa controlado era una sentencia.
Con las piernas temblorosas, Hoseok cayó de rodilla. Respiraba con fuerza, el pecho subiendo y bajando como si le faltara el aire, mientras toda la ira desaparecía y se convertía en pavor.
Yoongi se inclinó hacia él.
—Ten cuidado con lo que dices —susurró Yoongi, el aliento cálido chocando con su mejilla, aquellos ojos oscuros brillando—. Recuerda que yo soy el único que aún no te ha quitado todo.
Los ojos de Hoseok se abrieron apenas, brillantes por las lágrimas.
—Yo sé lo que más temes, Hoseok —continuó Yoongi, con la voz aún más baja y venenosa—, y no es la muerte. Es quedarte solo… y perder a tu hermanita.
Hoseok se congeló, el dolor atravesándolo como una estaca clavada repentinamente. No, su hermana no.
Alzó la vista, deshecho, perdido, y la mirada se encontró con la de Yoongi. Esos ojos negros, inexpresivos... y sin embargo tan alerta, tan conscientes de cada grieta en su cuerpo.
—No... por… por favor... —susurró Hoseok, ahogado.
Yoongi sonrió.
—¿"Por favor" qué? —exigió, complacido.
Hoseok bajó la mirada. Aguantó el silencio un instante, antes de que con una súplica que le rompió el orgullo, murmuró:
—Perdóname.
No fue suficiente.
Yoongi alzó su mentón con dos dedos, firmes, y con la otra mano le apretó las mejillas para forzarlo a mirarlo.
—Más fuerte —ordenó.
—Perdóname... —gimió Hoseok, ya sin aguantarlo más y con las lágrimas cayendo libres ahora.
Yoongi lo miró como un artista admirando su obra de arte. Luego, sin soltarlo, deslizó su mano hasta su cuello, presionando apenas en su glándula odorífera, como una advertencia.
—Otra vez.
—¡Perdóname! —lloró Hoseok, agarrando las muñecas de Yoongi como si así pudiera detenerlo—. Por favor, no… no le ha-hagas nada...
—No te la quitaré, tonto —Yoongi soltó una risa baja, como si aquellas palabras le hubieran provocado mucha diversión—, y te perdono, aunque está claro: no quieres hacer mis trabajos, entonces, ¿qué nos queda?
Dejó de presionarle la glándula, a pesar de que sus ojos seguían posados en él.
—Así que harías cualquier cosa… —pareció cavilar Yoongi, antes de que su mano le agarrara la barbilla—. ¿Tal vez chuparme la polla?
La mirada de Hoseok se llenó de sorpresa, incapaz de comprenderlo en un inicio, sin embargo, cuando la sonrisa de Yoongi se amplió, el pánico lo golpeó.
¿Qué…?
No pudo echarse hacia atrás, no cuando Yoongi lamió su labio superior.
—Es la única opción que te doy —dijo Yoongi con sencillez—, ¿no quieres seguir siendo mi chico de las cartas? Entonces vas a ser mi puta, Hoseok —el omega tragó saliva, sus ojos nerviosos contemplando la forma en que la mirada de Yoongi se profundizaba y oscurecía—. Desde que entraste que me puse duro, ¿quieres verlo, Hoseok?
Hoseok abrió la boca, no obstante, ninguna palabra salió de ella, sin poder creer en lo que Yoongi le decía. ¿Cómo podía…? Yoongi había perdido la cabeza por completo, Hoseok no podía… Nunca tuvo siquiera un beso con alguien, ¿y ahora Yoongi quería…?
Yoongi, con su mano libre, se desabrochó el pantalón. Hoseok soltó un grito ahogado, saliendo del shock inicial y teniendo el impulso de retroceder, no obstante, el agarre en su cuello era firme. La mirada en Yoongi se volvió más oscura.
—¿No, Hoseok? —preguntó Yoongi—. Entonces, ¿quieres que te siga mandando a dejar cartas? No tengo ningún problema, pero dejaré de oír tus quejas patéticas.
Yoongi lo soltó y se alejó, su sonrisa volviéndose despectiva, mientras que Hoseok tembló en su lugar, sintiéndose desorientado. El espanto aumentó, porque Hoseok logró procesar lo que iba a pasar: los gritos. La sangre. Los llantos. Una y otra y otra vez.
Hoseok sabía que no podía seguir aguantándolo. Él no tenía esa clase de dureza, de indiferencia, de indolencia. Jamás iba a acostumbrarse.
—No, por favor, no —sollozó Hoseok, arrastrándose y agarrando la camisa de Yoongi, deteniéndolo con desesperación—. Lo… lo haré, lo haré, pero… pero por favor…
Yoongi ladeó la cabeza, aunque al menos, no se alejó. Su rostro se mantuvo con aquel gesto de desprecio.
—Entonces hazlo, Hoseok —Yoongi le agarró de los cabellos y se los apretó—, sé entusiasta, me gustan las putas desesperadas por mi polla.
Tuvo un titubeo inicial, no obstante, buscó el poco valor que le quedaba y, con dedos temblorosos, tiró hacia abajo el pantalón de Yoongi, hasta las rodillas, dejándolo en su ropa interior negra. Yoongi lo seguía teniendo agarrado del cabello, sin empujarlo, y el aroma alfa pareció volverse más potente.
—Yo… —alzó la mirada, encontrándose con el rostro pálido de Yoongi—, nunca… nunca lo he hecho, jamás…
—Mmm —una sonrisa perezosa curvó los labios del alfa—, es sencillo, Hoseok. Sólo lame y chupa, no tiene mayor ciencia. Apresúrate, no tengo mucho tiempo.
Hoseok volvió sus ojos hacia abajo. Sus manos no dejaban de temblar cuando agarró el elástico de la tela y la deslizó hacia abajo.
Él nunca estuvo cerca de otro pene que no fuera el suyo propio, ni siquiera tenía cabeza para coquetear con algún alfa, eso siempre estuvo lejos de su mente. Sin embargo, no quería provocar más el enojo de Yoongi, así que liberó la polla del alfa, que ya estaba endurecida. Era grande, enrojecida por la excitación, con las venas marcándose en todo su tronco. Se hallaba empapado en su líquido preseminal, con las bolas tensas. Había una mata de vello fino oscuro en su base y el aroma alfa se intensificó hasta marearlo.
Lame, había dicho Yoongi, y Hoseok simplemente sacó la lengua, acariciando el tronco con lentitud. El sabor preseminal era ligeramente dulce, para sorpresa de Hoseok, no del todo desagradable, aunque sí fue raro. Hubo otro titubeo, pero al final, ¿qué más daba? Ya estaba metido allí, así que Hoseok, con su mano derecha, agarró la base del pene para sostenerlo mejor.
Observó a Yoongi rápido y se sorprendió al notar la expresión que tenía, tan relajada, sin preocupaciones, para nada aquel alfa que lo aterrorizaba. Trató de no detenerse mucho a pensarlo y volvió a lamer. Lo hizo un par de veces hasta que decidió empezar a chupar, con sus labios cerrándose en el glande, tragando ya directamente todo el presemen. Movió su mano para masturbarlo, oyendo el gruñido de Yoongi, y Hoseok alzó la mirada otra vez.
—Vamos, puedes hacerlo mejor —le dijo Yoongi, tirando de sus cabellos para mover la cabeza de Hoseok—, sé que puedes tragarlo todo.
¿Qué? No, era imposible, aquel trozo de carne jamás podría caber en su boca. Era… Hoseok todavía no tenía esas capacidades.
A Yoongi pareció importarle una mierda, pues al ver que Hoseok se movía con lentitud aun, volvió a tirar de sus cabellos. Hoseok se atragantó ahora, con un ardor en su garganta que provocó que sus ojos lagrimearan. Se forzó a no morder, a pesar de que su primer impulso era hacerlo, sabiendo que a Yoongi no le haría absolutamente ninguna gracia.
Trató de relajar la garganta cuando un nuevo empujón hizo que casi soltara una arcada. La polla era grande, demasiado grande, y su mandíbula empezó a doler mientras que la baba caía por su barbilla. Sin embargo, la expresión de Yoongi lo decía todo: eso le encantaba. Y, santo dios, las feromonas alfas estaban provocando algo en Hoseok, pues a pesar de la ligera incomodidad, se percató de que su agujero se estaba humedeciendo.
—Mierda, ¿te hueles? —gimió Yoongi—. Puedo oler tu aroma a puta, Hoseok, ¿seguro que es tu primera vez?
Pasó por alto el insulto, incapaz de replicar debido al miembro colmando su boca por completo. Yoongi siguió con su vaivén, no era agresivo, pero tampoco suave, y sólo fueron necesarios unos minutos más para que algo nuevo, espeso y dulce, inundara su garganta.
No lo tragó a tiempo. Yoongi gruñó y le sacó la polla de la boca, sólo para que tiras de semen caliente pintaran el rostro de Hoseok, que apenas alcanzó a cerrar los ojos. Recibió la esencia con la boca entreabierta y la cara lagrimosa, sin moverse ni quejarse, e incluso permitió que Yoongi le acariciara las mejillas con la polla.
Yoongi le obligó a alzar el rostro. Hoseok le devolvió la mirada, sintiéndose pegajoso, sucio y horriblemente necesitado.
Una sonrisa de satisfacción curvó el cruel y atractivo rostro de Yoongi.
—Este es tu lugar, Jung Hoseok —le dijo el alfa con suavidad—, si no puedes hacer el trabajo que te di, entonces dame motivos para perdonar tu deuda de otra manera.
Hoseok simplemente asintió, sin decir nada más y sabiendo que se había condenado.
¡gracias por leer!
