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Fragments (es)

Summary:

Tras perder la memoria por culpa de un usuario de habilidad, Chuuya tiene que redescubrir su vida y relaciones personales desde una perspectiva externa.
Las pistas en su casa y las emociones confusas lo llevan a creer, de forma errónea, que Dazai es su pareja.

Chapter Text

La habitación era grande, luminosa y, a primera vista, lujosa. Cada mueble parecía escogido con cuidado, como si alguien hubiera querido mostrar que su vida estaba hecha de objetos valiosos. Chuuya avanzó despacio, intentando recordar cómo había llegado allí. No encontró nada. Era como si, de pronto, hubiera comenzado a existir en ese lugar, con el conocimiento básico de cómo desenvolverse en el mundo, pero sin una historia propia

En el salón encontró las primeras huellas de una identidad; Fotografías enmarcadas de distintos tamaños colgaban en la pared. En la mayoría aparecía él mismo, el rostro pelirrojo que había visto en el espejo, junto a diferentes personas. Un puñado de momentos felices de su vida. No los recordaba, pero al mirarlos sentía una familiaridad cálida, como si esos recuerdos existieran en algún lugar de su interior, inaccesibles pero vivos. Entonces encontró otra foto, apartada, casi escondida tras una planta en la estantería. En ella estaba él, más joven, junto a un chico moreno con un ojo vendado. Esa imagen le produjo una impresión distinta:no solo familiaridad, sino confianza absoluta, un vínculo profundo acompañado de irritación y melancolía, una mezcla de emociones que le aceleraban el corazón. Durante un instante casi sentía que podía reconocer a aquel adolescente.

Se preguntó si aquella sería realmente su casa, si conseguiría encontrar más objetos que volviesen a evocar sensaciones en él. Recuerdos de la persona que había sido.
Buscó con más ahínco: abrió cajones, armarios, estanterías. Encontró ropa de diseñador, joyas, relojes, una nevera llena de alimentos cuidadosamente seleccionados, y una extensa colección de vinos en un rincón que parecía más un museo que una despensa. Pero entre toda esa opulencia aparecían contradicciones: camisas sin marca, demasiado grandes para él; un traje negro demasiado gastado y maltratado para encajar entre las demás prendas; en el baño dos toallas y dos cepillos; latas de cangrejo acumuladas como si fueran imprescindibles. En la nevera, un tupper con una nota escrita a mano, dirigida a un tal Dazai, llena de amenazas dolorosas si osaba volver a manipular su comida. Elementos disruptivos que sugieren que no vivía solo.

La idea de compartir aquel espacio le incomodó, una casa de una sola habitación, con una cama de matrimonio. Demasiada intimidad con alguien del que no sabía nada ¿Un novio? ¿Alguien presente en la colección de fotos del salón? Su mente volvió a aquel adolescente lleno de vendas y la sensación de vínculo que le había provocado, aunque la fotografía estaba medio oculta, como si alguien hubiera preferido que no estuviera a la vista.

De sí mismo apenas halló más que un documento de identidad: Nakahara Chuuya, veintidós años y varias tarjetas de crédito. Un teléfono móvil sin demasiado contenido, sin fotos, ni videos ni ningún recuerdo. Lleno de mensajes crípticos, todos con apenas un día de antigüedad. El dispositivo no era nuevo, tenía varias marcas de uso pero estaba prácticamente vacío, como si alguien —¿él mismo?— se hubiese encargado de borrar cualquier huella sobre su propia vida. ¿Tendría algo que ocultar?

El ordenador descansaba sobre la mesa, inservible. Chuuya sabía que, aun si recordaba la contraseña, lo que encontraría sería tan vacío y muerto como el resto de la casa: un espacio estéril y sin personalidad.
Se preguntó, no por primera vez, si realmente vivía allí. ¿Qué clase de vida llevaba alguien incapaz de sentir familiaridad o consuelo en los rincones de su propio hogar? . Quizá acababa de mudarse y no le había dado tiempo a dejar partes de sí mismo en la impersonal vivienda, aunque una oleada de vergüenza e incomodidad le sugerían que no se trataba de eso.

Con aún más ganas de descubrir partes de su vida abrió el navegador del móvil y escribió su nombre: Nakahara Chuuya. Un único resultado le llevaba a una web corporativa, director de relaciones externas en la corporación Mori. Su nombre y una foto sobria en la página de la empresa y nada más.Ni redes sociales, ni imágenes personales, ni rastro alguno fuera del mundo empresarial. Un escalofrío le recorrió la espalda. Su vida digital era tan estéril como su casa. Comprendió, al menos, de dónde venían los muebles caros y los trajes de diseñador. Se preguntó si usaría aquellos lujos para paliar la falta de algo más.

Al menos parecía tener a alguien, un compañero en aquella vida aparentemente tan superficial.
Dazai, escribió esta vez, varios resultados, noticias sobre misiones heroicas de la Agencia de Detectives. En varias fotos aparecía él ,Osamu Dazai según el texto, acompañado de un hombre de pelo blanco. Era el mismo de la fotografía que había encontrado en la estantería, solo que mayor, con hombros anchos, envuelto en ropas claras, como las camisas dos tallas más grandes que Chuuya había visto en su armario. Conservaba las vendas, aunque ya no cubrían su ojo. ¿Una enfermedad o era coincidencia verlo con las mismas vendas años después? En el botiquín no había más qué analgésicos de venta libre. No parecía el caso.

 

Tras horas escudriñando cada rincón de la vivienda, ya no quedaba nada más por descubrir. Anotó la dirección de la agencia y decidió ir en busca de aquel compañero. Una oleada de nervios, impaciencia e irritación lo invadió de pronto. ¿Recuerdos? —se preguntó—. Tal vez no era la primera vez que se dirigía hacia ese lugar.

 

 


 

 

Chuuya sintió un nudo en el estómago al ver el edificio de piedra roja. No entendía por qué, pero aquella construcción de estilo occidental le producía una mezcla inquietante de nervios, emoción e irritación. Llevaba diez minutos frente a la puerta, inmóvil, observándola como un ente perdido.

Seguía sin entender del todo bien sus emociones, su pareja parecía trabajar ahí, suponía que su entusiasmo era por eso, por poder verle ¿Y los nervios e irritación? ¿Habrían peleado? Todo en su interior era un conjunto de sentimientos contradictorios que no parecían parte de sí mismo, ajenos, como si alguien los hubiera injertado en su interior. No eran suyos, y esa sensación lo aterraba.

Respiró hondo y empujó la pesada puerta. Llamó al ascensor, de aspecto antiguo y estilo extranjero, como todo en aquel edificio. Pulsó el botón del cuarto piso mientras con las manos temblorosas mientras intentaba tranquilizarse. No saber que le esperaba lo estaba volviendo loco.

Al salir una placa con letras imponentes lo recibió: “AGENCIA DE DETECTIVES ARMADOS”, no entendía por que remarcaba que llevaban armas, todo allí le resultaba extraño, sin darse tiempo a arrepentirse abrió la puerta y entró.

Varias personas se giraron al oírlo entrar. El ambiente se tensó.
-¿Chuuya? ¿Estás bien? No sabíamos dónde estabas, ¿Qué haces aquí?- preguntó un chico de cabello blanco, contado a mechones desiguales, que avanzaba hacia él mientras los demás no dejaban de observarlo.
Su cuerpo le gritaba tensión , peligro. No parecían enemigos, pero algo dentro de él le gritaba que no acababa de fiarse del todo de ellos.


Decidió no comentar nada de su amnesia por ahora, actuar normal hasta saber más de la situación , de su vida y de lo que había pasado. No quería que nadie supiera de su estado mientras se sintiera así de vulnerable y perdido.

-Busco a Dazai, ¿está aquí?

El rubio de gafas intervino.
- Está reunido con el presidente, saldrá en seguida ¿vienes a informarle de la misión?-El hombre se inclinó hacía delante- La Port Mafia nos dijo que no te habías reportado. ¿Pasó algo?

¿Misión? ¿Reportado? ¿Port Mafia? Estaba jodido.
- No, solo venía a saludar y charlar un rato- respondió intentando sonar casual.

 

El rubio lo miró con asombro. El chico de pelo blanco titubeó:

-Um.. ¿Se.. se encuentra bien?- tartamudeó mientras se retorcía las manos.

Genial, dos frases y ya notaban que pasaba algo ¿Qué mierda había dicho que fuese raro?

-Si, ¿puedo esperar aquí?

El rubio frunció el ceño
- Puedes esperar en el sillón mientras no molestes, estamos trabajando. De todas formas íbamos a hablar ahora sobre la misión y el usuario de habilidad así que es mejor que estés aquí. Así no tendremos que concertar otra reunión con la mafia.

Chuuya asintió mientras se sentaba en el sofá, no entendía nada. ¿Qué mierda era un usuario de habilidad? No había visto nada de una misión entre los mensajes del móvil, tendría que revisar otra vez por pistas. ¿ Y la mafia? ¿Trabajaba ahí? ¿Lo de la corporación Mori era mentira?¿Una tapadera? Al menos la vida llena de lujos seguía teniendo sentido. ¿Pero qué hacía un grupo de detectives haciendo misiones con una mafia ¿Serían corruptos?

Sentía que estaba viendo una serie ya empezada en la que se había perdido casi toda la trama. Con las manos todavía temblando sacó su móvil. Lo que más le inquietaba era no encontrar a Dazai registrado: ni su nombre, ni “amor”, ni “mi vida” ni ningún otro apodo cariñoso en el que pudiese pensar. Quizá ese era su móvil del trabajo, el de… la mafia. Lo de borrar los mensajes ahora tenía más sentido, ¿pero que mierda hacia él en la mafia?, en su trabajo de tapadera era uno de los directores así que suponía que era alguien importante en la organización. ¿Tráfico de drogas? ¿De personas? sentía que le faltaba el aire, le zumbaban los oídos y empezaba a no poder enfocar la vista, esto era demasiado, demasiado, demasiado…

-¡Enano! - canturreo una voz burlona- ¿Qué haces aquí? Casi no te veo con lo bajito que eres.

Dazai, adivinó Chuuya, por fin. Al levantar la vista vio varios objetos envueltos en un brillo rojo flotando por el despacho.

-¿Qué…?- Chuuya parpadeó, sentía que estaba alucinando, en una realidad alterna, un sueño lúcido. Quizás en lugar de perder la memoria había cambiado completamente de universo, o simplemente se estaba volviendo loco.

Los objetos empezaron a danzar sin control estrellándose contra las paredes
-¡Chuuya! ¿Qué haces? ¡Perro malo!- Dazai se abalanzó sobre él y lo agarró del brazo.

Ya no tenía más fuerzas para sorprenderse por lo que estaba pasando, el toque de Dazai le devolvió la calma, ahora que él estaba ahí con él no pasaría nada malo, lo sentía, estaba seguro.

-No se… que ha pasado, pero creo que voy a vomitar- susurro Chuuya mirando a Dazai.

El moreno parecía incómodo, preocupado.
-Kunikida- llamó -¿El usuario que buscamos tiene la habilidad de interferir con las habilidades de otros usuarios?

-No sabemos con certeza cuál es su habilidad- respondió el rubio -. Hasta ahora solo sabemos que ha anulado ciertas capacidades cognitivas y motoras de sus víctimas-. revisó unos papeles esparcidos sobre el escritorio- El último perdió la capacidad del habla, así que puede ser posible que haya afectado a su uso de la habilidad.

-¿Es por eso por lo que has venido a ver a Dazai? ¿Por qué no puedes controlar bien tu poder?-preguntó el chico de pelo blanco visiblemente aliviado, como si hubiera resuelto algo que le había estado molestando.

Chuuya seguía sin saber de qué mierda hablaban, sentía las náuseas cada vez más fuertes, pero podía hacerlo, podía seguir interpretando, fingir que estaba cuerdo y que entendía lo que estaba pasando con ese grupo de fenómenos.

-Si..- alcanzó a decir, justo antes de vomitar a los pies de Dazai.