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La historia que su mamá le contaba de chiquito todas las noches antes de dormir era siempre la misma. Por eso Julián hasta incluso hoy en día era capaz de recitarla completamente de memoria si quería.
Comenzaba siempre de la misma manera, con ese típico “Había una vez…” que tenían los cuentos de hadas. Principalmente se trataba de la vida de un príncipe. Hermosa, duradera y repleta de mucho amor gracias al corazón gigante y bondadoso que este tenía.
El príncipe había sido amado por el país entero, había brindado al pueblo prosperidad desde el mismísimo momento en el que había nacido, había deslumbrado a todos con su belleza, llenándolos de felicidad con su especial sonrisa con hoyuelos que tan fácil se contagiaba. La historia contaba todas las aventuras y las emocionantes experiencias que había vivido (como por ejemplo conocer a su otro príncipe encantado y tener una muy bonita historia de amor) antes de terminar siempre con el mismo final feliz.
Por más de que ya la haya escuchado millones de veces y de que ya esté grande para andar pensando en cuentos, a Juli igual le seguía encantando como el primer día. La seguía teniendo alojada en un lugar especial en su corazón.
Capaz porque después de todo el protagonista que su mamá había elegido para esa historia había sido él, su propio hijo.
Aunque ahora que lo pensaba, Julián no podía evitar sentirse un poquito traicionado por su madre. Ella un poco le había mentido.
La vida de príncipe al fin no había terminado siendo tan perfecta y soñada como ella le había hecho creer que sería.
El castaño sigue luchando con el sueño que todavía lo tiene entre sus garras. Solo después de unos segundos donde su alarma suena y suena sin parar Julián empieza a tomar consciencia. Entre lo que toca a ciegas el celular en su mesita de luz para apagarla y se destapa por el calor que tenía —gracias al airecito cálido que entraba por las puertas abiertas de su balcón— finalmente termina de despertarse del todo.
Cuando abre los ojos y el techo de su habitación lo recibe, el príncipe recorre con su mirada el arte que lo decoraba en tonos celestes y blancos (algo que su mamá había mandado a pintar antes de que naciera) y deja salir un sufrido suspiro. Sabiendo muy bien que ahora sí no le quedaba otra que comenzar con su día.
Por suerte para Julián era domingo, así que por lo menos hoy no tenía que levantarse tan temprano para ir a la universidad con sus mejores amigos. Pero que justamente hoy no sea día de semana en estos momentos para él significaba lo peor.
Porque primero iba a tener que desayunar con su papá, donde este último seguro iba a aprovechar para volver a sacar ese tema que Juli por ahora prefería ignorar.
Y segundo significaba que como era fin de semana lo más probable es que Giuliano pase a buscarlo por su casa para que pasen el día juntos.
Demás está decir que tanto Julián, que formaba parte de la familia real en su papel de príncipe heredero de la Argentina, como así también sus amigos —también hijos de personas allegadas a la realeza— no necesitaban estudiar ningún tipo de carrera, ya que la enorme fortuna con la que habían nacido era suficiente para durar por generaciones. Pero aún así, los padres de todos siempre insistieron con que por lo menos usen su tiempo libre para elegir algún tema en el que profundizar sus estudios del secundario.
Los chicos (Paulo, Licha, y el “Tucu”) se quejaban todo el tiempo de tener que levantarse tan temprano a la mañana para ir a la facultad, más que nada porque sabían que era bastante al pedo, ellos no iban a tener nunca la necesidad de trabajar. Y si bien eso era verdad, Juli igualmente la disfrutaba muchísimo.
Sería muy normal para cualquiera pensar que porque Julián era un príncipe él estaba bien en la burbuja en la que estaba, cómodo y tranquilo con su fortuna y el poder de saber que algún día sobre la República Argentina reinaría él. Pero era por eso mismo que el castaño había estado desde chiquito (cuando finalmente había entendido lo que realmente significaba llevar esa corona sobre su cabeza) obsesionado con aprender y saber de todo. Para no quedarse encerrado en su mundo de oro y entender todas las realidades que vivía la gente de su país.
Quizá era debido a eso que Juli ahora prefería mil veces más tener que ir a la universidad en lugar de juntarse con Giuliano. O eso es lo que él buscaba a decirse a sí mismo, porque Julián sabe que es por otra cosa.
Había muchas tradiciones que con respecto a la familia real que en Argentina seguían siendo igual que hace cien años. Por ejemplo el primer hijo varón heredaba la corona una vez que el rey y la reina fallecieran, y si él no podía traer al próximo heredero al mundo, se la quedaría el hermano más chico o en su defecto sus hijos.
Pero había otras costumbres que habían cambiado para adaptarse a los tiempos más modernos y menos tradicionalistas.
Como por ejemplo, hoy en día estaba totalmente prohibido para los de la realeza “arreglar” matrimonios de antemano con otras personas de poder ni bien nacieran los herederos.
Aunque lamentablemente para Julián, que esté prohibido firmar un contrato en papel para acordar un casamiento, no quería decir que no pudiese hacerse igual mediante palabra y promesas.
Había muchas cosas que un Juli chiquito no entendió muy bien en su momento, pero lo que si siempre supo es que cuando sea más grande, iba a tener que casarse con ese chico bueno que los amigos de sus papás traían todo el tiempo a su casa para jugar con él. Giuliano.
Julián nunca le había prestado mucha atención al tema, o elegía no hacerlo a propósito. Pero ahora era un problema, porque el castaño estaba por cumplir veinte años y sabía que ya no quedaba mucho tiempo para que ese momento llegue.
El chico era divertido y buena persona. Juli sabía bien que sus opciones como futuro esposo podrían ser mucho peor. Algún hombre que él no conociera, un señor mucho más mayor de edad, o una mujer —que si bien le gustaban, no se veía casado con una—.
A Giuliano lo conocía desde hace tanto que si Julián quisiera podría considerarlo como casarse con su amigo, lo cual no estaba tan mal.
Porque además no podía no tomar en consideración el enamoramiento que el chico había sentido desde siempre hacia él, que era sabido por todos, Julián incluido.
El único problema era que este último no se sentía de la misma manera.
Y capaz ese detalle no era tan grave, porque Juli podría simplemente fingir sus sentimientos lo suficiente hasta que se vuelvan verdaderos y ya está. Pero para él no era todo tan fácil.
Cada vez que el castaño pensaba en rendirse y aceptar de lleno este casamiento, sabiendo que no había nada que él pudiera hacer para impedirlo, las palabras de su mamá no dejaban de hacerse presentes en su cabeza.
No solamente la historia que ella le contaba antes de dormir le había quedado grabada a Julián en la memoria, sino también las millones de veces que la mujer le había hecho prometer que jamás iba a casarse o hacer alguna otra cosa si no era verdaderamente por amor o porque realmente lo sintiera.
Debido a que ella sabía el futuro que le esperaba a su hijo. Y ella seguía queriendo que su vida sea exactamente como el cuento. Que elija unir su vida a su verdadero príncipe azul.
Su mamá hace mucho tiempo que había fallecido. Y hace mucho tiempo que Julián no cruzaba su meñique con el de la mujer para sellar esa misma promesa.
De todas formas, Julián la tenía más presente que nunca.
El príncipe sale de sus pensamientos recién cuando baja los últimos escalones de la gran escalera de mármol que lo llevaba al comedor donde lo esperaban los demás para desayunar, un poquito más tarde hoy ya que era fin de semana.
El día primaveral que ya puede verse hermosamente caluroso gracias a las gigantes ventanas que ocupaban toda la gran parte de la pared del comedor, desde donde podía verse el inmenso campo y el interminable jardín que funcionaban como “patio” de la mansión, había hecho que Juli termine decidiéndose por ponerse una camisa blanca con algunos botones desprendidos (vaya uno a saber de cuál diseñador) y sus jeans más frescos.
Julián llega e inmediatamente es recibido por las sonrisas de sus familiares, las que él devuelve con la misma intensidad.
Pasa por atrás de su papá y lo envuelve con sus brazos de manera breve como forma de saludo —haciendo si es que era posible la sonrisa del hombre aún más grande—, luego pasa por detrás de su hermanito menor de 7 años, Franco, desordenando juguetón todos sus cabellos rubios y riendo cuando este se queja sonoramente, volviendo a acomodarlos. Y por último saludando a su primo Rodrigo que estaba de visita en el país con un apretón en el hombro y a la novia de este, antes de ocupar su lugar predilecto en la mesa al lado de su padre.
Enfrente de él hay casi la misma cantidad absurda de comida como la que había todos los días. El café para ellos, la chocolatada hecha con cacao real especialmente para su hermano, las frutas frescas, la proteína, las harinas como las tostadas y las facturas caseras, la vajilla de plata.
Aunque Julián ni siquiera alcanza a estirar su mano para alcanzar lo primero antes de que su papá lo interrumpa.
—¿Ya tuviste tiempo para pensar en lo que te dije? — le habla el mayor mientras busca hacerse el desentendido dándole un sorbo a su café.
Julián cierra los ojos y deja salir un sonoro suspiro, prefiriendo seguir con la tarea de desayunar antes de terminar contestándole mal a su padre. Algo que no hacía nunca, ni tenía pensado hacer.
Contesta paciente, revolviendo el líquido en su taza —Dejame desayunar aunque sea pá, porfa. —
—¿Y no podés desayunar mientras revisas las opciones que te di? Hay uno que yo sé que te va a gustar. —
Ante la insistencia del hombre, y su suspiro que sale ahora aún más alto, Rodrigo se termina metiendo con curiosidad —¿De qué hablan, Su Majestad? Si Juli necesita hacer algo de última lo ayudo yo. —
Rodri le habla a su padre con confianza —por más de que sea el rey— ya que era su sobrino, el hijo de la hermana del señor. A pesar de la diferencia de edad Juli tenía una buena relación con el chico, que a veces solía actuar como su confidente además de como su primo.
Sin embargo, todo lo que Julián desea ahora es que se calle. Porque es obvio que su papá no iba a dudar en usar la pregunta de Rodrigo como excusa para tratar de convencer al castaño de que él tenía razón y de paso tratar de hacerle entender a todos la “gravedad” de la situación.
Como si Julián no tuviera los suficientes problemas e incertidumbres con todo esto de su futuro compromiso con Giuliano, se le sumaba también que hace más o menos un mes había empezado a recibir hostigamientos de un “acosador”.
O con eso insistía su padre, porque para Julián no era tan grave.
Si el amado y bello príncipe de Argentina no era una de las personas con más seguidores del país en todas las redes sociales, pegaba en el palo. Seguramente solo estaba por detrás de Messi pero después de nadie más. Entonces era más que obvio que de entre todos los millones de mensajes que le llegaban al día, donde le demostraban admiración por su belleza o le decían cuánto lo querían, alguno que otro un poco más negativo (o sugerente) iba a haber.
Por eso a Juli todo este tema le parecía muy intrascendente.
Incluso si era verdad que había un usuario desconocido en particular que hace un mes no dejaba de mandarle todos los días sin falta un mensaje a través de Instagram que cada vez era más raro.
Aunque sorprendentemente, ese no había sido el detonante a todo este problema del acosador.
Sino cuando uno de los chicos encargados de manejar su cuenta —para filtrar los “DMs” importantes o genuinos de los que no lo eran— había alertado al príncipe y al rey cuando dicho usuario esta vez había comenzado a mandarle fotos.
Fotos de Julián sacadas en varios días y en diferentes lugares, tomadas desde lejos pero tampoco tanto. Demostrando que está persona ahora había aumentado su acoso desde simples mensajes, a directamente seguirlo a donde vaya.
Julián no sabía si es que era por su naturaleza despreocupada, o que él estaba acostumbrado a tratar de ser siempre buena persona y esperar lo mismo de los demás, pero para él su papá simplemente estaba exagerando con todo esto. Que haya alguien con un “crush” intenso hacia él y que justo esta persona haya estado en los lugares en los que Julián frecuentaba no tenía por qué ser tan grave. Podía era un fan muy fiel y ya está.
Pero obvio tratar de convencer a su padre —que se tomaba la seguridad de sus hijos demasiado en serio— de que esto era nada más un simple fan era totalmente imposible (y no es porque el castaño no haya intentado).
Por eso que ahora al rey se le había ocurrido la “maravillosa” idea de asignarle un guardaespaldas personal para más seguridad, Julián se quería morir.
De todas maneras el príncipe seguía estando muy seguro con su propia opinión. No había forma de que él vaya a renunciar a su libertad tan fácil.
Técnicamente no era libre libre, pero Julián ya estaba muy acostumbrado a que los hombres de seguridad de la realeza lo sigan desde lejos por si ocurría cualquier cosa cada vez que se movía de la mansión. Lo habían hecho toda su vida.
¿Pero tener a un señor grande que lo siga de cerca? ¿Las 24 horas? No había chance.
Las “opciones” a las que su papá se había referido recién, tenían que ver con que el hombre no dejaba de insistir cada vez que lo veía para que por favor revise la carpeta que había armado, lea todos los prontuarios que había en ella, y finalmente Julián elija el guardaespaldas que más lo convenza.
O sea, ninguno.
Bueno, la verdad es que el castaño todavía no la había leído porque se negaba a hacerlo. Pero igual ninguno iba a convencerlo de aceptar tampoco. Así que no se iba a gastar.
Ni bien la pregunta abandona la boca de su primo Rodrigo, Julián le pega una patada disimulada por abajo de la mesa, que el otro responde levantando las cejas en su dirección entre ofendido y confundido.
Pero lo peor, es que una vez que el hombre termina de explicar el trasfondo de la historia, todos los demás inmediatamente están de acuerdo con su papá. Como siempre.
Aunque Julián sabía que esto pasaría. Después de todo ir en contra de lo que rey decía nunca fue algo común de hacer, ni siquiera para él mismo.
Entre el divertido “¿Qué es un acosador?” de parte de su confundido hermanito que estaba escuchando todo, y el preocupado “Ay pero Juli, es re peligroso eso” de parte de Martina (la novia de Rodri) Julián prefiere comer su comida lo más rápido que puede —aunque no sea propio de los buenos modales de un príncipe como él—levantarse de la mesa, e irse.
El castaño se despide de los demás para no ser descortés y le dice a su padre (antes de que este comience a quejarse) de que se iba porque Giuliano lo estaba por pasar a buscar.
Sabiendo que probablemente esa era la única cosa en la que su papá no iba a buscar contradecirlo.
✿
Enzo no quería ser desagradecido, pero la verdad es que en este momento tenía más razones para quejarse de las que podía contar.
Hacer el mismo viaje una y otra vez, salir de la pizzería y volver repetidas veces en su moto, acelerar lo máximo posible para que la comida no se le enfríe y no le descuenten aún más plata de su sueldo, arriesgarse a que le pase cualquier cosa en la calle, podría seguir. Y para colmo, hoy estaba lloviendo, por lo que no había prenda que él tuviera puesta que ahora no chorree agua como una cascada.
Enzo seca como puede las gotas de lluvia en su casco —que no lo estaban dejando ver bien el camino— con la manga del buzo negro que estaba usando. Estaba muy cansado. Honestamente para este punto cualquier cosa le sonaba mejor al morocho que seguir laburando de delivery. Pero también sabe que no le queda de otra.
O por lo menos no por ahora que su mamá ya no puede trabajar las mismas horas que antes. No ahora que arriba de los hombros del moreno recae la responsabilidad de que ellos dos tengan comida en la mesa y puedan pagar las cuentas.
Ya eran cerca de las 9 de la noche, y mientras maneja despacio bajo la llovizna de vuelta hasta su casa en San Martín una vez terminada su jornada laboral, el morocho no para de pensar.
No para de pensar en todos los años de su vida que dejó atrás para unirse al ejército, completamente en vano porque ahora el país no hacía nada para reconocerle su tiempo prestado en el servicio. Así que como ahora Enzo ya tenía 27 años, ni siquiera le era posible tener varias opciones de trabajo de las cuales elegir. Hacer de delivery era todo lo que había podido conseguir.
Como cada vez que pensaba al respecto el tema nunca fallaba en dejarle ese sabor amargo en la boca. El morocho consideraba que era bastante injusto.
Enzo era de familia numerosa, el más chico de cinco hermanos. Por lo cual una vida sin ningún tipo de lujo y haciendo cuentas matemáticas para llegar a fin de mes era una vida que él había estado siempre acostumbrado a vivir. Aunque igual nunca le preocupó porque él siempre supo ser feliz sin mucho, sin mucha plata, sin mucha ropa, sin poder repetir plato. Para él la unión de su familia y la amistad de sus amigos siempre había sido más que suficiente.
Pero el problema empezó cuando con 18 años recién cumplidos y su papá recién fallecido, ese amor dejó de alcanzar para siquiera llenar sus estómagos.
En ese entonces Enzo trató de conseguir cualquier trabajo que se le cruce en el camino, trató de tirar currículums en cuanto lugar había podido, pero sin el secundario completo había estado demasiado complicado que lo llamen de algún lugar.
Enzo había sentido que se le terminaba el tiempo y se le terminaban las opciones.
Hasta que uno de sus amigos del barrio le había tirado por tirar la idea (muy boluda en ese momento) de que si se anotaba en el ejército ahora que era mayor de edad, por lo menos el Estado le iba a pasar a su mamá una cantidad de plata considerable por mes hasta que saliera.
El morocho no tenía idea de como funcionaba eso, y aunque sabía que el servicio militar no era como irse de vacaciones ni era color de rosas, también sabía que otra opción no tenía. Era eso o salir a robar, y no quería defraudarla a su mamá así.
Así que Enzo de 18 años se enlistó.
Los primeros años fueron bastante duros. Tan lejos de casa, lejos de su mamá, lejos de su familia, con los horarios inhumanos y la rutina intensa que manejaban tan diferente a lo que él estaba acostumbrado. Pero pensar que si él aguantaba, a su madre le iba a seguir llegando la plata, le fue suficiente a Enzo para tratar aunque sea de durar un par de años más.
Inesperadamente, a medida que fueron pasando los meses el morocho no solo logró adaptarse un poco mejor, sino que llegó un momento en el que pudo acostumbrarse del todo. Y lo había logrado hacer tan bien, que una vez que arrancó a ponerle onda y dedicación de verdad a los entrenamientos, Fernández rápidamente comenzó a sacar mayor puntaje que sus demás compañeros en las diferentes tareas. Hasta que encontró una habilidad en especial en la que se hizo experto como todo un prodigio, y empezó a ascender en jerarquía.
Así hasta llegar a la actualidad, cuando a Enzo (que había cumplido 27 años hace unos días y estaba más asentado en el ejército que nunca) le llega un llamado de casa. Uno de sus hermanos. Pidiéndole por favor si podía volver porque la salud de Marta había desmejorado un poco y ya no podía trabajar como antes.
Sus hermanos estaban todos en una situación parecida y tenían sus propios hijos que mantener, así que el morocho no dudó ni un segundo en darse de baja (con honores) prefiriendo mil veces estar al lado de su mamá.
El tema es que Enzo jamás se imaginó que le iba a costar tanto encontrar un trabajo como la gente una vez que volviera.
Estaciona la moto afuera de su casa, y después de sacarse el casco el azabache sacude su cabeza pasándose una mano por su pelo —todavía corto al ras— para deshacerse de la mayor cantidad de agua posible antes de entrar, cosa de no enchastrar el suelo y que Marta lo cague a pedos.
Abre la puerta y lo primero que lo recibe es la cálida sonrisa de su madre. Una sonrisa que Enzo de inmediato devuelve cuando los brazos de la mujer lo rodean como forma de saludo. Había pasado tanto tiempo separado de “su bebé mas chiquito” —como le decía ella— que su mamá aprovechaba cada ocasión que tenía para abrazarlo como si el morocho se le fuera a ir otra vez.
Lo segundo que Enzo siente, es el acogedor aroma de lo que sea que la mujer estuviera cocinando. Ya que probablemente había decidido esperarlo con la comida hecha a que saliera del trabajo.
Pero lo tercero que el moreno ve, es lo que finalmente hace que esa sonrisa en su rostro sea reemplazada por primero su ceño fruncido y luego sus cejas elevadas en cuestionamiento.
—¿Qué hacé’ acá a está hora? ¿No tenés casa vo’ o que onda? —
Cristian (O el “Cuti”), su mejor amigo de toda la vida —al que había conocido del barrio y el único que le quedaba de cuando era más chico— ignora completamente la seriedad en la cara de Enzo y sonriendo se acerca para saludarlo con unas palmadas firmes en la espalda.
—Martita me avisó que iba a hacer un tuquito y me crucé porque en casa no hay una mierda pa’ comer. Un piojo bárbaro. —
Su mamá escucha las palabras de su amigo y aprovecha que estaba cerca para darle un sonoro golpe con el repasador que traía en la mano —La boca, Cristian. — le reprocha.
El morocho no sabe si sonreír por el quejido que su mejor amigo deja salir, y su bajito “Sí, perdone Marta”, o por la cara de hartazgo de su madre que se mezcla con su propia sonrisa. La mujer a estas alturas demasiado acostumbrada a tener al Cuti en su casa.
—Ya que por fin llegaste abrí el sobre que te dejaron gato, me estoy muriendo de la intriga desde hoy. —
—¿Qué sobre? ¿Quiénes? — pregunta Fernández confundido, mientras deja el casco en la mesa de madera.
Su mamá vuelve a revolver la comida y le responde —Ah sí, me olvidé de decirte. Vinieron hace un rato unos hombres buscándote a vos, y como les dije que estabas trabajando te dejaron esa carta ¿Son del ejército, no hijo? ¿Tenían que pagarte el último mes? —
La confusión que Enzo sentía, rápidamente deja de ser sólo eso cuando las alarmas comienzan a encenderse todas juntas en su interior.
Su voz sale dubitativa, tornándose más nerviosa al final —No…a mí me pagaron todo antes de darme de baja, ellos no son ¿Dijeron quiénes eran? ¿Qué querían? —
El Cuti, que tenía tendencia de vivir en su propia nube y nunca captar las señales de cuando una situación era realmente seria, sorbe el mate en su mano y sigue hablando sorprendido —Te juro amigo, yo estaba acá con la Marta y eran dos monos de traje así corte hombres de negro. —
Cuando su mamá solamente escucha silencio de su parte y se gira para mirarlo, Enzo de inmediato cambia la cara. No porque él mismo no estuviera preocupado, pero sea quien sea que lo haya venido a buscar, si era causa de algo que él había hecho en sus años en el servicio, era problema suyo y algo que el morocho se tendría que bancar solo.
—Qué cagada te mandaste gil de goma. —
El Cuti lo jode y Enzo le contesta ofendido, sentándose al lado de su amigo en la mesa no sin antes darle un fuerte golpe en la nuca (más que del enojo de los nervios).
—Nada tontito ¿Qué me voy a mandar? —
Cuando su mejor amigo piensa responderle con otro golpe (que desataría una interminable guerra de cachetadas), Marta deja la olla en el medio de ambos e interrumpe la discusión.
—Dejen de pelear y coman ustedes, no me hagan renegar. Pero antes abrí eso Jeremías, que tuve que tener a tu amigo amenazado todo el día para que no la abra por vos. —
La verdad es que Enzo prefería hacerlo solo, como para que nadie más sea capaz de leer sus emociones a medida que él lea lo que esa especie de carta decía, por las dudas. Pero con esos dos pares expectantes de ojos encima suyo, el morocho sabe que de esta no se puede escapar. Así que da un largo suspiro y rompe el papel con un cuchillo.
Mientras su mirada pasa por sobre las palabras y el moreno las va asimilando, por un lado cada vez tienen menos sentido. Y por el otro, hacen que el moreno sienta que comer la comida de su mamá ahora con ese nudo de preocupación en su estómago iba a estar muy difícil.
Ya para el quinto “¿Qué dice?” de parte de su impaciente mejor amigo —que se gana una nueva mirada de advertencia de Marta— Enzo deja salir el aire que había estado reteniendo y decide decirles la verdad, ya que él tampoco entendía nada.
—Me están…diciendo que quieren que vaya a Olivos, me están citando. —
Cristian y su mamá hacen la misma cara de confusión al mismo tiempo cuando lo escuchan, pero es el primero de ellos el que contesta despacio, como si dudara de cada palabra que salía de su boca.
—¿En donde vive el rey? —
Una vez más, Enzo enmascara sus nervios con una sonrisa, revoleando la carta para algún lado de la mesa —No tiene nada que ver el rey pavo, si vos sabés que el presidente y todos esos pelotuditos usan ese lugar para hacer cualquier reunión de mierda. Se deben haber confundido de persona, no es para mí. —
El azabache comienza a comer haciéndose el desinteresado. Aunque la verdad es que la comida no le pasa, porque Enzo sabe muy bien que esa carta es para él.
Tiene su nombre, su apellido, su documento, y su número de identificación del ejército.
Las dudas inundan su mente todas al mismo tiempo, y por poco no lo dejan ni masticar.
¿Quién de todas las personas importantes que trabajaban ahí querría hablar con él? ¿Algún ministro? ¿Senador? ¿El presidente? ¿Para qué lo querían? ¿Y por qué justo a él que era un chico laburante común y corriente?
Enzo estaba tan loco, que esa carta hasta había logrado que comience a dudar de sí mismo. Ya que él sabía muy bien que en sus años en el servicio no había hecho nada malo.
O nada que no le hubieran pedido que haga.
¿Pero y si al final el Cuti tenía razón? ¿Enzo se habría mandado alguna cagada de la que ahora no se acordaba?
Termina de llevarse el último tenedor a la boca como puede y se levanta con la excusa de ir a bañarse para no terminar enfermándose por la lluvia que había soportado hoy todo el día. De paso volviendo a agarrar ese sobre de mierda para tirarlo a la basura.
El tema es que por toda la curiosidad y la emoción que él no tenía, su mamá y su mejor amigo la tenían el doble.
Los dos crean y hablan de toda clase de teorías de por qué sería que lo habían citado a Enzo en el lujoso e importante barrio de Olivos (donde por ejemplo vivía el rey junto a su familia). Hasta llegando a creer en la fantasía de que era para darle alguna clase de “premio” por su buen desempeño en el ejército a su tan corta edad.
A pesar de todo el morocho se termina quedando en silencio, porque no tenía ganas de reventarles la burbuja y explicarles que el país, el rey, el presidente o quien mierda sea jamás iba a reconocerle nada.
Todavía haciendo oídos sordos a las preguntas de los otros, Enzo pretende volver a plantar una sonrisa en su cara para distraerlos, por lo menos hasta que se olviden de esa carta.
Por eso cuando el Cuti le dice —Se te cayó un papel. —Enzo responde como lo haría normalmente, moviendo sus cejas divertido y sonriendo mientras se apoya en la mesada.
—¿El que me envuelve? —
Pero su mejor amigo no se ríe.
—No pajero, fijate que posta se te cayó otro papel del sobre. —
Enzo ahora agacha la mirada hacia donde Cristian curiosamente apuntaba en el suelo al lado suyo.
Se ve que ese pedazo de papel, como una carta más chica, se había escapado del sobre justo antes de que el moreno logre tirarlo al tacho.
Sintiéndose más nervioso que antes (si es que era posible), Enzo lo toma entre sus dedos. El temblor en sus manos era imposible de ocultar.
Pero la sorpresa en su rostro cuando lee lo que dice, también.
—¿Qué pasa Jeremías con esa cara? Me asustas mi amor. —
Cuando escucha la preocupación tangente en la voz de su madre, es cuando Enzo despierta de su trance. Ese que consistía en leer las palabras en ese papel blanco y volverlas a leer, porque capaz así cobraban más sentido frente a sus ojos o le daban la respuesta a todas las dudas que tenía.
Igual, por lo menos ahora sí tenía una respuesta a lo que más le preocupaba.
Enzo ahora sí sabía para que lo querían.
—Me están diciendo que es para una entrevista de trabajo. Que vaya mañana. —
Su mamá y Cristian saltan de sus sillas como resortes para abrazarlo y felicitarlo (o golpearlo con amor, en el caso del Cuti). El moreno sonríe y acepta el cariño, la felicidad que derrochan los otros dos por él.
Pero hay un montón de cosas que Enzo no sabe cómo enfrentar.
No sabe qué es lo que necesitan de él como para darle un trabajo en Olivos, porque apenas tiene el secundario hecho y duda que lo que hizo en el ejército vaya a ser de alguna ayuda ahora, todo eso era bastante inútil hoy en día. Y tampoco sabe para quién trabajaría.
Aunque hay dos cosas que Enzo sí sabía.
Primero que preferiría toda la vida cagarse de hambre que trabajar otra vez para el gobierno o para ese tipo de gente.
Y segundo, que sea quien sea, no piensa aceptar. Pase lo que pase.
