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Lautaro se despierta con la sensación de estar en llamas, se siente caliente y húmedo al mismo tiempo.
Cuando intenta incorporarse en la cama, una ola de calor por todo el cuerpo lo vuelve a tumbar.
No, no, es imposible. Tome mis supresores. —piensa.
Pero su cuerpo no le mentía, estaba en celo.
Intenta pensar en cómo podría estar pasando esto, y le viene a la mente un recuerdo de la clase de biología.
«Los omegas pueden entrar en celo repentinamente cuando están bajo mucho estrés o si están separados de su alfa durante mucho tiempo. Incluso si toman supresores.»
Bueno, eso tiene sentido. Está bajo mucho estrés ahora mismo. Había pasado casi un mes desde que dejó Argentina, desde que dejó a su alfa.
No, Manuel no era su alfa. Por mucho que desea que lo sea. Es solo un amigo, o lo era. Ya no está seguro.
El pensamiento de Manuel le provoca otra oleada de calor en el abdomen y siente cómo la humedad entre sus piernas aumenta. Lautaro maldice a su cuerpo por traicionarlo. Pero siempre ha sido así. Desde que descubrió que era omega y no alfa, como su padre quería que fuera. Su cuerpo lo traicionó en ese momento y lo seguía traicionando cuando miraba a Manuel o incluso cuando solo pensaba en él.
Por mucho tiempo intentó reprimir sus sentimientos, pero se volvió más difícil cuando se mudó a Argentina y Manuel dejó de ser el chico que veía en la pantalla de la computadora durante horas, mientras streameaban juntos, y se convirtió en el chico que lo recogía en el aeropuerto, que lo llevaba a su casa, que lo abrazaba y le dejaba morderle.
Los recuerdos de cómo empezó todo lo hacen sonreír, pero pronto recuerda por qué ya no está con él y está en Dubái. Recuerda las bromas y las palabras despectivas cuando decía que no se veía haciendo streaming por mucho más tiempo. Recuerda cómo las esperanzas de que Manuel viniera a preguntarle cómo se sentía se destruían cada noche cuando lo escuchaba irse a coger con alguna chica a la que iba a ghostear en dos días.
No se arrepiente de irse, pero empieza a pensar que debería haber vuelto a España, con su familia. Ahora está en un país extraño con un chico que apenas conoce.
Gracias a Dios, Damián es beta, de lo contrario ya habría notado el olor de un omega en celo. Moski intenta pensar qué hacer. Por suerte, se había traído un consolador.
Como puede, a pesar de lo mal que se siente, se levanta para cerrar la puerta de su cuarto con llave, coloca una toalla sobre la cama y busca el consolador que está oculto en una bolsa entre su ropa. Se quita los boxers, que están completamente arruinados, y se acuesta con las piernas abiertas. Empieza a introducir sus dedos . La sensación es casi demasiado intensa, pero luego se vuelve insuficiente. Se masturba con los dedos, pero son demasiado pequeños para darle el placer que necesita asi que sabe que ya esta listo.
Se introduce su consolador, es su favorito, el que compró después del stream en el que Manuel le mostró la pija. Esa noche Moski se masturbó hasta quedarse dormido. Al día siguiente, se había tragado su timidez para ir a un sex shop y buscar un consolador del mismo grosor y longitud. Cuando volvió al departamento se encerró en su cuarto y masturbó con él, mordiéndose los labios. Con miedo de que Manuel o Santi lo escucharan.
La puta madre. No debería estar pensando en Manuel.
Su lubricante natural sigue mojando la toalla y lo único que se escucha en la habitación son los gemidos que intenta contener y el sonido del consolador entrando y saliendo de él. Se siente bien, pero no es suficiente. Necesita un alfa, necesita a Manuel. Cuando vivían juntos, Lautaro agarraba alguna de sus remeras y la olía. Siempre lo calmaba.
Ahora no tiene nada, las lágrimas le empiezan a nublar la vista. Lo extraña, aunque no pueda tenerlo. Aunque no sea su alfa, lo extraña.
El omega desbloquea su celular y abre la galería para buscar una foto del alfa que tanto desea, pensando que podría ayudar, pero no. Solo aumenta su deseo. Necesita escuchar su voz. Ha pasado mucho tiempo, solo han hablado por mensajes.
Solo un minuto, eso es todo. El sabe que no es buena idea, pero está desesperado.
Lo llama por WhatsApp, el celular suena cuatro veces y Lautaro está a punto de colgar pero, escucha su voz.
—Moski, ¿Pasó algo?— Su voz suena ronca, lo había despertado.
—No, no, solo… quería escuchar tu voz. – Mierda, eso suena tan de trolo.
– Lauti, ¿Estás bien? ¿Pasó algo? Te escucho raro.
La preocupación en la voz de Manuel casi lo hace llorar, estaba muy sensible. No sabe que responder sin mardarse al frente y quedar como un omega desesperado por su alfa. O sea, lo que es.
– Me estás asustando. ¿¡Ese tipo te hizo algo!?
– No, no es eso. Perdón, no debería haber llamado
Fue estúpido pensar que oírlo le haría bien, solo lo hacía extrañarlo más.
Está a punto de colgar, pero Manuel se lo impide.
– No cuelgues, decime qué pasa, por favor. Solo quiero saber si estás bien.
—Entre en celo —murmuró. Se sentía un boludo. El celo le había nublado la mente.
Por unos segundos ninguno habló.
—¿Dónde estás? ¿Hay algún centro de omegas cerca? Ahí te pueden ayudar. —dijo rápido, con tono preocupado.
— Estoy en el departamento de Damián y ya es muy tarde. Sería peligroso salir, estoy en mi cuarto.
—¿ Y donde esta ese chabón? Si te toco, lo voy a cagar a trompadas. Voy a Dubai y lo mato.
Lautaro nunca lo había escuchado tan enojado. Sonaba como si realmente se cagaria a palos con alguien por él. La sensación de su lubricante natural deslizándose por sus piernas lo hizo sonrojarse y largar un jadeo.
– Lautaro?
–Si, si, perdón. Estoy acá, quédate tranquilo, que no me hizo nada. Creo que ni se dio cuenta, acordate de que es beta. Estoy seguro acá, pero… pero te necesito. – al terminar de decirlo enterró su cabeza en la almohada. No puede creer que le acaba de decir eso a Manuel. Está seguro de que le va a colgar, asqueado por su revelación.
– Decime que necesitas y lo hago. – su voz sonaba incluso más ronca que cuando comenzó la llamada.
– Háblame, solo eso.
– ¿Tenes algo que te ayude? ¿Algún juguete?
– Si, tengo un consolador– Lautaro sentía que se iba a morir de la vergüenza.
– Bien, acóstate y abri las piernas. Empeza a abrirte con tus dedos para que entre el consolador. – Su voz sonaba nerviosa, pero había algo más en ella que no lograba descifrar.
—No necesito hacer eso, ya estoy húmedo y… abierto. —dijo Lautaro, sin revelar que ya estaba en esa posición cuando llamó.
Se escuchó a Manuel tragar saliva.
– Ok, entonces eh…
Se lo notaba perdido. Moski se sintió culpable por ponerlo en esta posición.
—Perdón, no tendría que haber llamado. Te estoy pidiendo demasiado. Voy a ver qué puedo hacer.
– ¡No! No, Lauti, acostate y metete el consolador.
Su voz sonaba demandante. No era su voz de alfa, pero casi. Le recorrió un escalofrío por la espalda y se sintió aún más húmedo. La toalla estaba completamente mojada. El omega obedeció.
Comenzó a gemir mientras se introducía el consolador. Se sentía tan bien tenerlo adentro, pero aún mejor era que fuera Manuel quien le diera la orden. Se sentía bien obedecer a su alfa.
—Pone el celu en altavoz.
—Pero Damián podría escuchar.
—Me chupa un huevo. Ponelo en altavoz y empeza a cogerte con el consolador.
Lautaro lo hizo y Manuel lo notó por los sonidos que empezaba a hacer.
—Bien, qué buen omega que sos. Tan obediente. Mastúrbate más rápido.
Esas palabras hicieron gemir a Lautaro. Sí, el es un buen omega. El omega obediente de Manuel.
– ¿Se siente bien, tener esa pija adentro tuyo?
– Si,si. – era lo único que podía decir Moski entre gemidos.
– ¿Es grande?
– Sí
– ¿Como la mia?
– Sí, como la tuya.
Le tomó unos segundos darse cuenta de lo que acababa de decir. Estaba por pedir perdón y colgar, pero Manuel interrumpió sus pensamientos.
– Ojalá estuviera ahí con vos.
– ¿Qué?
– Debería estar ahí ayudándote. Tendría que haber salido para allá cuando quise.
—¿Ibas a venir a buscarme?– Lautaro detuvo los movimientos de su mano, demasiado confundido para continuar.
—Sí, pero me contuve. Sabía que lo mejor era darte tiempo para pensar. Pero tendría que haber ido a buscarte y traerte para acá como quería. Ahora estás pasando tu celo solo, en casa de ese pelotudo.
Moski se dio cuenta de que nunca había mencionado el nombre de Damian. Solo se refería a él con algún insulto.
—Siempre quise acompañarte durante un celo —dijo Manuel casi en un susurro.–Siempre quise verte todo mojado y abierto para mí.–
Lautaro pensó que quizás estaba soñando. No puede creer lo que está pasando, pero no lo va a desaprovechar.
–Podes verme, cambio la llamada a videollamada y te muestro lo mojado y abierto que estoy para vos.
No espero a que el otro contestara y cambio la llamada, en segundos pudo ver la cara de Manuel en la pantalla de su celular.
–Hola.–De repente se volvió a sentir nervioso.
–Hola
Manuel le sonrio y Lautaro largo el aire que no sabia que estaba conteniendo.
–Mostrame como estas.
El omega obedecio y alejo su mano para mostrarle su cuerpo. Sus piernas abiertas y el consolador todavía adentro suyo. Los ojos del alfa lo recorrieron entero.
–Mira lo que sos, la puta madre. Mostrame lo bien que te entra esa pija.
Lautaro volvió a meter y sacar el consolador, mostrándole lo buen omega que es. Como le entra cada centimetro.
–Que buena putita que sos, mira como te entra toda. Igual, esta es la última vez que usas esa chota de goma. Cuando vuelvas, no la vas a usar nunca más. El único que te va a romper el orto voy a ser yo.
Lautaro solo podía gemir y asentir con la cabeza mientras seguía penetrándose a el mismo con el consolador. Lo único que lo distrajo es el inconfundible sonido que comenzó a escuchar del otro lado del teléfono, Manuel se estaba pajeando. Se estaba pajeando mientras lo miraba. A el, solo a el.
—Déjame ver tu pija, por favor, por favor– Moski rogó con una voz desesperada.
Manuel se apiado de él y apunto con el celu hacia abajo. Dejándole ver su pija parada, era incluso mucho mejor de lo que Lautaro recordaba. Ahora que la veía erecta podía ver lo realmente gruesa y venosa que es. Incluso notó el liquido preseminal que comenzaba a salir por la punta mientras Manuel movía su mano. Esta imagen hizo que los movimientos de su propia mano se volvieran más rápidos y que sus gemidos se volvieran más altos.
—¿Te gusta? Cuando te tenga acá no te voy a soltar, vas a estar todo el dia con mi chota en la boca. Como la trolita que sos. Eso queres, ¿no? Que te acabe en la cara y después te la vuelva a meter en la boca.
Esto fue lo último que escuchó Lautaro antes de acabar. Mientras intentaba recuperarse, podía ver cómo Manuel se pajeaba cada vez más rápido. Se notaba que estaba cerca de acabar.
–Dale Manu, acaba. Así puedo ver toda la leche que me voy a tragar cuando esté allá.
–Hijo de puta– fue lo último que murmuro Manuel antes de acabar sobre su mano.
