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Amado desde el primer segundo

Summary:

Se cubrió el rostro con las manos, sintiendo miedo. Un escalofrío helado le recorrió la espalda. Era un omega que siempre se había enorgullecido de su independencia y de su planificación meticulosa. Esta situación era la antítesis de todo lo que él era. Se había imaginado la paternidad, claro que sí, pero en el futuro: con una pareja elegida y un plan financiero perfectamente trazado. Nunca así. Nunca solo.

 

o: como Lisandro descubre que sus malestares no son estres, si no un nuevo integrante a su poco tradicional manada.

Notes:

HOLA! Bueno esto es una serie compartida, pero es la primera vez que yo participo como escritora y no solo como beta jaja.

Asi que, con Blondi tenemos esta nueva obsesión por Alejandro Garnacho siendo el Hijo de Lisandro Martinez (junto con muchas subtramas) , y ambos adoramos el OMEGAVERSE entoncs este fue nuestro caotico resultado, y nada espero aprecien esta serie y universo tanto como nosotros. <3

Work Text:

Lisandro sintió el primer golpe de náuseas una mañana calurosa de diciembre, justo mientras se preparaba el primer termo de mates del día. La arcada no fue agresiva, pero sí lo suficientemente prolongada como para obligarlo a doblarse sobre el fregadero, sosteniendo con dedos temblorosos la encimera de granito.

Al principio, lo atribuyó al estrés. El último mes había sido una vorágine de horarios de entrega, revisiones nocturnas y una autoexigencia que lo estaba agotando. Se había excedido, y su cuerpo seguramente estaba tratando de pedirle un alto. Incluso la ausencia de su último celo la había justificado con esa misma narrativa: el estrés, lo mal que estaba comiendo, los horarios locos. Su lado omega seguramente también estaba sintiendo la inestabilidad para generar un celo normal.

Pero, a medida que pasaban los días, las señales se hicieron más difíciles de ignorar, y el pánico comenzó a filtrarse por las grietas de su negación. El aroma del suavizante de ropa, que antes le resultaba neutro, ahora le revolvía el estómago. Sus pechos estaban doloridos, una sensibilidad que no había experimentado desde la pubertad. Y lo más inconfundible, lo que lo obligó a sentarse pesadamente en el borde de su cama con la boca seca: el sutil, pero innegable, cambio en la composición de su propio olor. Se había vuelto más dulce, cargada de una nota lactosa que, instintivamente, gritaba: me estoy preparando para dar vida.

Y con esa certeza, llegó la terrible realización de cuándo había sucedido.

Hace seis semanas. El recuerdo era borroso y ardiente a partes iguales. Había realizado un viaje de trabajo, algo de un solo día, que inevitablemente se extendió a tres cuando su celo lo agarró totalmente desprevenido. Allí había conocido a un alfa con un aroma a pino quemado que lo había aceptado más de lo que su racionalidad podía procesar. Se había prometido a sí mismo ser meticuloso con los supresores, con los anticonceptivos. Siempre lo era. Pero la combinación de la fatiga del viaje, la intensidad del celo sorpresivo y el atractivo brutal del alfa desconocido lo habían llevado a un momento de descuido incomprensible, a una rendición imprudente.

Se cubrió el rostro con las manos, sintiendo miedo. Un escalofrío helado le recorrió la espalda. Era un omega que siempre se había enorgullecido de su independencia y de su planificación meticulosa. Esta situación era la antítesis de todo lo que él era. Se había imaginado la paternidad, claro que sí, pero en el futuro: con una pareja elegida y un plan financiero perfectamente trazado. Nunca así. Nunca solo.

Se levantó de un salto y empezó a caminar en círculos por el apartamento. El miedo se transformó rápidamente en preocupación práctica. El trabajo. ¿Cómo iba a gestionar los nueve meses de gestación y la crianza solo? La gente hablaría. Los omegas solteros con cachorros a menudo eran objeto de chismes y, francamente, de lástima condescendiente. Se le revolvió el estómago de nuevo, esta vez no por náuseas, sino por pura ansiedad.

Luego llegó el enojo. No hacia el alfa, cuya identidad apenas recordaba, sino hacia sí mismo.

—¡No puedo ser más pelotudo! —murmuró, golpeando ligeramente la frente contra la pared—. ¿Cómo voy a ser tan irresponsable? ¿Qué omega adulto y funcional se olvida de cuidarse? Un boludito como yo nomás...

Se sentía como un adolescente mandándose la cagada de su vida, no como el profesional de 27 que era. La vergüenza y la rabia eran un trago amargo en su garganta. Ahora, la consecuencia de ser un pelotudo era una vida totalmente dependiente de él.

Cayó en el sofá, exhausto por la tormenta de emociones. Necesitaba un anclaje. Necesitaba a alguien que no lo juzgara, que pudiera ver a través de su propia autocrítica brutal. Y solo había una respuesta:

Julián y Enzo. Su familia elegida.

Julián, un omega como él, que había navegado con éxito el camino hacia el matrimonio y la estabilidad sin perder su feroz sentido de sí mismo. Y Enzo, un alfa tranquilo y sensato, que no lo vería como un “omega caído en desgracia”, sino como Lisandro, su mejor amigo, que necesitaba ayuda.

Levantó el teléfono, pero sus dedos se congelaron sobre el contacto de Julián. No podía. No podía simplemente soltar una bomba así a la pareja. Los dos habían sido su apoyo desde que eran pibitos, un triángulo inquebrantable a pesar de sus dinámicas secundarias.

Se pasó la mano por el pelo, suspirando.

Se obligó a respirar, a conectarse con su lado omega, y en ese instante, en medio del caos, algo se movió. No era el bebé, aún era demasiado pronto. Era un movimiento interno, un cambio de marea emocional.

Lisandro deslizó una mano temblorosa sobre su vientre plano. Aceptación.

—No importa cómo pasó —susurró, con la voz apenas audible—. Está aquí. Ya es parte de mí.

El pánico pasó, dando paso a una extraña quietud. Se permitió, por primera vez, cerrar los ojos y visualizar lo impensable: un cachorro. Un niño con sus ojos, tal vez con el cabello revuelto del alfa de pino quemado. Un ser que dependería de él para reír, para comer, para aprender a caminar.

Y entonces, se permitió el último sentimiento: la emoción. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, pero no era de tristeza. Era de una alegría inmensa y aterradora. La preocupación se mantenía, el miedo seguía allí, pero ahora, en el centro de ese ciclo emocional, había un núcleo de pura esperanza. Su bebé. Su cachorro. Su futuro.

Tenía que decírselo a Julián y Enzo. Pero no lo haría desde el miedo. Lo haría desde el lugar de un omega que iba a ser padre, y que necesitaba a su manada en este nuevo capítulo de su vida.

 


 

Lisandro manejó hasta la casa de Julián y Enzo en piloto automático. El camino, normalmente de veinte minutos, se sintió como un peregrinaje eterno. Había mandado un mensaje críptico: “Necesito verlos. Es urgente. No es grave, pero es importante.”
A lo que Julián respondió con un simple: “Estamos en casa. Vamos a comer pizzas. Te esperamos.” acompañado de una foto de Tarzán y Baruk.

Tarzán y Baruk eran las mascotas de Julián y Enzo: un adorable cachorro de samoyedo blanco como la nieve y un gato naranja. Ambos eran como los hijos de la pareja, una pequeña manada de cuatro. Al pensar en ellos, una risa nerviosa se le escapó. Era justo ese tipo de estabilidad, ese calor de hogar alfa-omega, lo que estaba a punto de irrumpir.

Cuando Julián abrió la puerta, su aroma a buñuelos y limón —el olor de un omega seguro y feliz— envolvió a Lisandro, anclándolo al presente.

—Licha, ¿qué pasa, hermano? Parece que viste un fantasma —dijo Julián, examinándolo.
—Necesito un trago… bueno, no, un trago no. Mates está bien —respondió Lisandro, tratando de sonar casual mientras pasaba al salón.

Enzo, estaba sentado en el sofá con Tarzán durmiendo sobre su regazo. Su aroma, una mezcla fuerte y reconfortante de petricor y sándalo, se expandía por la casa, marcando su territorio con calma. Al ver la tensión en el cuerpo de Lisandro, el alfa se enderezó.

—Licha, vení, boludo, parecés que te vas a desplomar en cualquier momento.

El tono de Enzo no era de exigencia, sino de genuina preocupación, y fue ese detalle lo que terminó por romper la coraza de Lisandro. Se sentó en el sillón individual, sintiendo de pronto cómo el miedo, la rabia autoimpuesta y la naciente alegría chocaban dentro de él.

Julián le acercó un vaso de agua fría y se sentó frente a él, tomando su mano suavemente, como recordándole que estaban ahí.

Lisandro asintió, mirando el hielo derretirse en el vaso. No podía retrasarlo. Si lo hacía, huiría.

—Hace seis semanas tuve un celo viajando. Fui un estúpido. Me confié, pensando que los anticonceptivos serían más fuertes que el celo.

Los ojos de Julián se agrandaron, entendiendo hacia dónde se dirigía todo. Enzo se movió y colocó su mano sobre la de Julián, que seguía sosteniendo la de Lisandro.

—¿Y? —preguntó Julián suavemente.

Lisandro respiró hondo, tragando con dificultad.
—Y... hace una semana me hice un test, pero decidí hacerme unos análisis de sangre para confirmar al 100% —hizo una pausa; la mano se le fue instintivamente al vientre—. Estoy embarazado.

El silencio fue espeso, roto solo por el sonido del aire acondicionado. Julián procesó la información y luego, sin pensarlo, prácticamente se arrojó a abrazar al mayor.

—¡Licha, culiado! ¿Se viene un mini Licha entonces?
—Se ve que sí. Aunque... —el enojo y la inseguridad resurgieron con fuerza, tiñendo su aroma con una nota amarga—. Me siento como un pelotudo importante, no puedo creer que haya sido tan irresponsable. ¿Qué voy a hacer? No puedo solo.

—Eh, eh, pará un toque —la voz de Enzo fue reconfortante, un ancla en la tormenta emocional. El alfa se despegó del sofá y se arrodilló frente a Lisandro—. No digas eso. No sos un pelotudo. ¿Fue un accidente? Sí, pero eso no te vuelve un pelotudo. Y tampoco estás solo, boludo. Estamos Juli y yo con vos, siempre.

Enzo acercó una mano y la posó sobre la rodilla de Lisandro, sin invadir su espacio, simplemente ofreciendo una presencia firme.

—Lisandro, miranos —dijo. El omega levantó la vista, encontrándose con la calma en los ojos de Enzo—. El miedo es lógico. La preocupación es lógica. Pero la culpa no. Ahora, solo hay una cosa importante: el cachorro. ¿Querés tenerlo?

La pregunta fue un punto de inflexión. El miedo y la culpa retrocedieron ante la palabra cachorro, y la aceptación floreció con la misma fragancia lactosa de su aroma.

—Sí —dijo Lisandro, la voz firme a pesar de estar rota—. Sí, quiero tenerlo. Es mío. Lo amo desde el segundo en que se confirmó su existencia. Es la parte que me tiene... emocionado. Pero estoy aterrorizado. Me asusta no poder ser suficiente. Encima, en este mundo de mierda, me aterra pensar si el cachorro va a sufrir por no tener un padre alfa en su vida.

Julián se deslizó de su asiento y se sentó en el suelo junto a Enzo, tomando la mano de Lisandro por encima del cojín.
—Li, vos sabés que no estás solo en esto. ¿Qué importa si no hay un padre alfa? Ese cachorro va a tener un padre omega excelente, y vamos a estar con Enzo en todo —declaró Julián, con una intensidad fiera en su aroma a canela—. Somos una familia. Siempre lo fuimos. Ahora somos una familia con un miembro más en camino. Va a ser una aventura para los tres. Vas a tener antojos rarísimos y vas a llorar por las cosas más tontas del mundo, pero no importa, porque con Enzo vamos a estar ahí, riendo, llorando, mandando al boludo de Enzo a comprar tus antojos a las tres de la mañana.

El comentario arrancó una risa acuosa de Lisandro y un bufido incrédulo del alfa.

—Tiene razón, Ju, Licha —intervino Enzo, su mano aún firme en la rodilla de Lisandro.

La emoción era demasiado. Lisandro se echó a llorar, pero no de pena, sino de alivio profundo. La carga se había aliviado. Miró a sus amigos —su omega y su alfa—, la base sólida que siempre habían sido.

—Gracias —sollozó, secándose las lágrimas con la manga—. Gracias por no juzgarme.
—Nunca, amigo —dijo Julián, apretando su mano—. Ahora, vamos a ponernos a hacer las pizzas, y vos nos vas a hablar de ese alfa misterioso que te hizo caer en la tentación. Espero que al menos haya aportado buenos genes para el cachorro.

El comentario de Julián desató una risa, esta vez más feliz, en Lisandro, una que resonó con la dulce promesa del futuro. La casa se llenó de aromas mezclados: el alfa protector de Enzo, el omega solidario de Julián y, finalmente, el omega embarazado de Lisandro, cuya fragancia, aunque aún teñida de preocupación por el camino que le esperaba, ahora brillaba con la emoción inmensa y pura de la paternidad.

Su manada nunca iba a sentirse incompleta. Estaría sobrepoblada de amor y de dos amigos dispuestos a ser la manada de su cachorro.

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