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Para: Mi eternamente amado, Sasori no Akasuna
Si cierro los ojos—un acto que no altera en nada mi mundo, siempre sumido en la misma penumbra perpetua—puedo sentir el peso del pergamino bajo mis dedos, el leve aroma a tinta fresca y la textura áspera del papel que pronto será testigo de mis más profundas confesiones. Escribirte esta carta es la misión más difícil que he emprendido, más que cualquier combate contra un miembro de Akatsuki, más que dominar el Rasengan, más que enfrentarme a la oscuridad en mi propio interior. Las palabras, esas frágiles construcciones humanas, se me escapan como agua entre las manos cuando intento contener el océano de emociones que ha crecido dentro de mí desde que te fuiste. Soy, y probablemente siempre lo seré, ese muchacho despistado y torpe con los sentimientos, el huérfano que creció buscando un reflejo de aprobación en los ojos vacíos de un pueblo que solo veía al zorro que llevo dentro.
Tú, Sasori, fuiste el primero en mirarme y ver más allá del monstruo. Fuiste la brújula que encontré cuando estaba perdido en el mar de mi propia soledad. Sabes mejor que nadie que nunca tuve a una madre que me cantara nanas para ahuyentar mis pesadillas, ni a un padre cuya espalda ancha me sirviera de escudo contra el mundo. Mi corazón, este pobre y maltratado órgano, aprendió a latir al compás del rechazo y la incomprensión. Sus primeras melodías fueron compuestas con las notas de la indiferencia y el miedo. Hasta que tú llegaste. Y con tus manos frías, expertas en dar vida a la madera muerta, le enseñaste una nueva sinfonía, una tan compleja, hermosa y desgarradora que ahora, en el silencio abismal de tu ausencia, su eco resonante me está matando.
Aún después de todas estas estaciones que han pasado sobre Konoha, después de cada misión cumplida con una sonrisa falsa pegada al rostro y cada "¡Buenos días!" gritado con una energía que no siento, hay una única y obsesiva pregunta que se repite en mi mente, un mantra doloroso que marca el ritmo de mis días y mis noches en vela:
¿Dónde estás, amor mío? ¿En qué rincón oscuro y olvidado del mundo te has escondido, rodeado de tus creaciones silenciosas?
¿Aún me recuerdas, Sasori? ¿O mi recuerdo se ha desvanecido como el polvo de madera en tu taller, barrido por los vientos de tu nueva lealtad a Akatsuki? ¿Guardas en algún compartimento secreto de tu corazón de marioneta el eco de mi risa, el calor de mi mano en la tuya, las promesas susurradas en la penumbra?
¿Me sigues amando? ¿O ese sentimiento, el más humano de todos, también fue sometido a tu proceso de perfección, transformado en algo eterno, inmutable e inanimado, como las frías y hermosas obras de arte que ahora te acompañan?
Cada una de estas preguntas no es solo un cuchillo. Es una hoja de kunai envenenada que se hunde lentamente en mi corazón, y el veneno no es otro que la certeza de que te fuiste. No fue solo por el odio visceral y bien ganado que siempre profesaste hacia esta aldea y sus interminables ciclos de hipocresía y violencia. Lo sé. Lo siento en mis huesos. Todos murmuran, por supuesto. En las tabernas y en los pasillos de la Torre Hokage, susurran que Sasori no Akasuna, el genio de Suna, el titiritero sin igual, finalmente enloqueció. Que el dolor por la pérdida de sus padres, un trauma de la infancia, lo consumió hasta que solo quedó un cascarón vacío, hambriento de poder y obsesionado con su arte macabro de la eternidad. Pero yo... yo que he dormido plácidamente en tus brazos, yo que he apoyado mi mejilla en tu pecho y he escuchado, a través de la fría capa exterior, el tenaz y persistente latido de tu corazón humano, sé la verdad. Una verdad que duele más que cualquier mentira. Sé que no fue la locura. Fue la desesperación. Una desesperación tan profunda y absoluta que solo alguien que ha amado con todo su ser puede comprender.
Cada amanecer que pinte de dorado y rosa los cristales de mi ventana en la Posada Ichiraku—mi hogar, el único lugar donde siempre fui simplemente Naruto—, una parte de mí, ingenua y terriblemente esperanzada, se aferra a la fantasía de que hoy será el día. Que la puerta de madera se abrirá con su familiar chirrido y allí, recortado contra la luz de la mañana, estarás tú. Con tu cabello rojo como la sangre de un atardecer en el desierto y esos ojos de un ámbar profundo que, aunque para el mundo entero parecían gélidos e impasibles, para mí guardaban un calor secreto, una chispa que me hacía sentir, por primera vez en mi vida, no solo visto, sino verdaderamente comprendido. Verdaderamente vivo. Anhelo con cada fibra de mi ser que todo vuelva a ser como en aquellos días robados al tiempo, en la intimidad polvorienta de tu taller secreto, escondido en las afueras de Suna. Donde el único sonido era el raspar metódico de tus herramientas sobre la madera, el suave crujir de los engranajes y el ritmo sincronizado de nuestra respiración. Recuerdo tu voz, tan serena y controlada como siempre, cuando me dijiste la mentira más dolorosa: "Me voy, Naruto. Voy a buscar una cura. Para tu enfermedad. Para que puedas tener el futuro que mereces, lejos de la sombra de Kurama y de este maldito diagnóstico". Y te fuiste. Y no volviste.
Y yo aquí sigo. Esperando. Como el niño patético y necesitado de cariño que siempre fui en el fondo. Te espero, no porque crea en esa cura que prometiste. Los mejores médicos-ninja del mundo, incluida la propia Tsunade-shishou, la Diosa de la Sanación, han sido claros e implacables. Esta enfermedad, esa degeneración celular extraña e implacable que descubrieron durante un examen de rutina, no tiene cura conocida. Es un enemigo silencioso que carcome mi cuerpo desde dentro, contra el que no puedo luchar con un Rasengan o un Sabaku Kyū. No, te espero por una razón mucho más simple y egoísta: te quiero a mi lado, Sasori. Prefiero mil veces vivir los pocos años que me quedan sintiendo el frío consuelo de tu abrazo, que arrastrarme durante un siglo entero en la cálida y aplastante soledad de una vida sin ti. Eres mi droga, mi veneno y mi único antídoto.
Gaara... Seguro que te acuerdas de él. Ese niño con el que compartí la maldición de ser un jinchuriki, el estigma de llevar un monstruo dentro. Mira hasta dónde ha llegado. Se ha convertido en un Kazekage extraordinario, en el líder que Suna siempre necesitó. Fuerte, ecuánime, y, lo más milagroso de todo, amado por su pueblo. Estoy convencido de que su madre, Karura, y su tío Yashamaru, mirarían desde donde estén con el corazón henchido de un orgullo infinito. Verían al hombre que surgió de las cenizas de un niño torturado, que logró domar la bestia de la arena y usar su poder no para sembrar el terror, sino para construir un refugio de paz. Su sello, aquel que era tan defectuoso y estaba tan manchado por el odio de su padre, lo logré estabilizar en un momento de pura desesperación, justo cuando la oscuridad estaba a punto de devorarlo por completo. Sin buscarlo, sin planearlo, me convertí en su amigo, en su hermano de armas y de corazón. Y en esa intimidad, en esa confianza que forjamos, no pude seguir ocultándole la verdad. Él supo de mi enfermedad. Él, Kankuro y Temari se han convertido en mi familia adoptiva, en mi trinchera contra la desesperanza. Han movido montañas, han consultado pergaminos ancestrales sellados con sangre, han enviado emisarios a los lugares más recónditos y peligrosos del mapa, buscando un milagro donde todos los indicios dicen que no lo hay. Su lealtad incondicional es un tesoro que jamás podré recompensar, una deuda que llevaré conmigo hasta mi último suspiro.
Y sin embargo... la ironía del destino tiene un sentido del humor macabro y retorcido. Cuando regresé exhausto y cubierto del polvo del camino de una misión particularmente larga en el País de la Hierba, la noticia me golpeó con la fuerza de un Bijūdama. Tú. Tú y quien supongo era tu compañero en Akatsuki—los rumores hablan de un hombre con un sharingan que compartía, una aberración que ponía los pelos de punta—habíais raptado a Gaara. Lo secuestrasteis con el único propósito de extraer a Shukaku de su interior, condenándolo a una muerte segura. En vuestra huida, dejasteis a Kankuro al borde del abismo, envenenado con una toxina de una complejidad diabólica, un veneno que solo alguien con el conocimiento de tu abuela, la sabia Chiyo, podría tener alguna esperanza de contrarrestar. Kankuro... qué cruel es el guion que ha escrito el destino. Él, que te idolatra. Que estudia cada uno de tus diseños de marionetas con la devoción de un monje, que aspira a alcanzar aunque sea una fracción de tu maestría. Apuesto a que no tenías ni idea, ¿verdad? Entre las órdenes de un plan de locos y tu búsqueda personal de la eternidad, no hay espacio para los sueños de un joven titiritero que ve en ti a su héroe. Te lo aseguro, el universo está plagado de estas pequeñas y desgarradoras tragedias.
Aún si en el pasado, en la sagrada intimidad de tu taller, compartimos momentos que para mí fueron los más reales y puros de mi existencia... momentos en los que no era el jinchuriki del Kyūbi ni tú el desertor de Suna, sino simplemente Naruto y Sasori... sé lo que vuestra acción significa. Conozco los planes de Akatsuki. Sé que el reloj avanza implacable hacia el día en que vendrán por mí. Por el Nueve Colas. Y la pregunta que me carcome el alma, que envenena mis sueños y se convierte en un nudo en mi garganta cada vez que respiro, es: ¿Serás tú el que venga? ¿Apretarás el gatillo, liberarás el hilo envenenado que acabará con mi vida después de todo lo que vivimos? ¿Después de las tardes en las que me enseñaste, con una paciencia infinita, los secretos del arte del títere, no para la guerra, sino para la creación, para dar belleza a la madera inerte? ¿Después de las noches en las que, temblando, te confesé mis más profundos miedos—a la soledad, al rechazo, a convertirme en el monstruo que todos decían que era—y tú, a tu manera única y torpe, me diste valor, me hiciste sentir fuerte?
¿Tan poco valió para ti lo que compartimos? ¿Fue solo un interludio, un capricho momentáneo en tu camino hacia la perfección inanimada, un experimento sentimental antes de regresar a tu fría y eterna búsqueda?
Me gustaría, con todas las fuerzas que me quedan, con el último destello de esperanza que albergo en este corazón cansado, creer que no. Que en algún rincón recóndito de ese cuerpo de marioneta que ahora es tu prisión y tu fortaleza, el corazón humano que una vez latió con fuerza por mí aún conserva un rescoldo, una brasa tenaz de nuestro pasado compartido.
No siento temor a la muerte. Ella ha sido mi sombra desde el mismo instante en que el Cuarto Hokage selló a Kurama dentro de mi cuerpo. Es una compañera de viaje que conozco bien. Mi enfermedad no ha hecho más que ponerle una fecha de caducidad a un destino que siempre supe inevitable. Pero hay algo que sí me aterra, algo que llena mis noches de sudor frío y mis días de una ansiedad paralizante: la idea de que seas tú quien tenga que ser el verdugo. Y hay una promesa que te hago aquí, con la tinta de mi sangre si fuera necesario, mi amor: no permitiré que mates a Gaara. Él es más que un amigo; es la prueba viviente, tangible, de que alguien como yo, un recipiente para un monstruo, puede encontrar un lugar en el mundo, puede ser amado y puede, a su vez, amar. Es la encarnación de la redención. Si su captura significa su muerte, entonces no habrá futuro para ninguno de los dos. No lo habrá para mí.
Por eso he tomado una decisión desesperada, la última carta que me queda por jugar en este juego macabro. Si no puedo salvaros a todos, si el plan de Akatsuki resulta ser imparable y la extracción de las Bestias con Cola es inevitable, entonces yo mismo pondré fin a esta pesadilla. Durante una misión en las ruinas de un templo antiguo y olvidado, encontré un pergamino sellado. En él se describe una técnica prohibida, un sello de autodestrucción a escala catastrófica. No solo acabaría conmigo, sino que, a través de la resonancia de chakra entre todas las Bestias, desencadenaría una reacción en cadena que eliminaría a los Nueve Bijuus de la existencia de forma simultánea. Sería el fin. Un sacrificio absoluto. Un acto desesperado para traer un amanecer diferente, un mundo liberado de la maldición de estas bestias, del ciclo de odio y de la amenaza de Akatsuki. Me gustaría, necesito creer, que de las cenizas de mi existencia y la de los Bijuus, pudiera nacer un futuro mejor, un mundo por el que valga la pena haber luchado.
Los ninjas de Konoha me esperan en la puerta principal. Puedo oír la voz serena de Kakashi-sensei, los pasos inquietos de Sakura-chan, incluso el silencio elocuente de Sai. Partimos en cuestión de minutos hacia el País del Viento, hacia el escondite donde tú y tu compañero os ocultáis como arañas en una cueva. Vamos al rescate de nuestro aliado, de nuestro amigo, del Kazekage. Sé que Akatsuki es una organización de monstruos, criminales y psicópatas, clasificados S por una razón. Pero también sé, porque te conozco, que detrás de cada máscara, de cada anillo, hay una historia de dolor, una herida que nunca cicatrizó, un camino torcido tomado en un momento de desesperación. A veces, en la soledad de mi habitación, me permito soñar despierto. Fantaseo con que el mundo nos hubiera concedido más tiempo. Que yo hubiera tenido la sabiduría y la fuerza para entender la profundidad de tu dolor, que tú hubieras tenido la fe suficiente en mí para compartir tu carga y dejarme ayudarte a cargarla. Quizás, en un universo paralelo, hubiéramos podido detener este caos que ahora nos enfrenta como enemigos. Pero el tiempo es un lujo que mi enfermedad terminal y vuestra cruzada despiadada me han arrebatado.
Temo, con un frío que me hiela la médula y me paraliza el alma, que esta carta sea mi última comunicación contigo. Mi despedida definitiva. No sé si cuando te vea de nuevo, cuando mis ojos se encuentren con los tuyos—esos ojos que juré que me miraban con un amor tan real como el sol—, podré levantar mi mano para golpearte. Sé cómo ser un shinobi. Sé cada jutsu, cada estrategia, cada movimiento letal. He enfrentado a Pain, a Itachi, a tantos otros... pero no sé, no creo que pueda aprender jamás, cómo lastimarte a ti. Cómo convertirme en tu verdugo. Por eso, en lo más profundo de mi ser, late una certeza aterradora: el único que caerá en nuestro próximo y probablemente último encuentro, seré yo. Ya sea por el filo de tu hilo o por el estallido final de la técnica que me llevará, junto a todas las Bestias con Cola, al olvido.
Bueno, creo que ni con todo el pergamino del mundo, ni con toda la tinta de los océanos, podría llegar a expresar la tormenta perfecta de sentimientos que me devora por dentro. El amor que perdura como un roca inamovible, la rabia que quema como fuego, la sensación de una traición que envenena, la añoranza que es un dolor físico constante, la desesperación que es un pozo sin fondo... es un torbellino del que no hay escape. Pero me tengo que ir. El deber me llama. Mis amigos me esperan. El destino, o quizás solo las trágicas consecuencias de nuestras elecciones, nos ha conducido a este precipicio, a un enfrentamiento del que es muy probable que solo uno, o quizás—y esta es mi secreta esperanza—ninguno, salga con vida.
He confiado este rollo de pergamino a Gamakichi. Le he dado instrucciones estrictas, selladas con mi propio chakra. Debe entregártelo solo después... después de que todo haya sucedido. Después de que nuestros caminos se hayan cruzado en el campo de batalla y el polvo se haya asentado. No quiero que mis palabras, mi dolor, mi amor, se conviertan en una distracción, en un punto ciego que pueda ser usado en tu contra. No quiero ser la causa de tu perdición. Solo quiero, necesito, que sepas la verdad. Mi verdad completa y sin adornos.
Y por todo ello, antes de que la tinta se seque y este testimonio de mi corazón quede fijado para siempre, debo decirte la última cosa, la más importante, la que contiene en su esencia todo este desastre hermoso y trágico que fue y será amarte:
Perdón.
Perdón por no haber sido lo suficientemente fuerte, lo suficientemente sabio, para ver la profundidad de tu dolor y tenderte un puente antes de que decidieras cruzar solo al otro lado.
Perdón por no haber encontrado las palabras mágicas, el argumento perfecto, que te hicieran quedarte, que te convencieran de que nuestra imperfección, nuestra mortalidad, valía la pena.
Perdón por esta maldita enfermedad, este fallo en mi cuerpo que se convirtió en el catalizador de tu desesperación y te impulsó a elegir un camino tan oscuro y solitario.
Perdón por ser el jinchuriki del Kyūbi, la razón por la cual nuestros destinos chocan ahora en un campo de batalla, la causa por la que estamos condenados a enfrentarnos.
Perdón por todos los problemas, el dolor y la complicación que, sin quererlo, he sembrado en el meticuloso orden de tu vida.
Y sobre todo, perdón... perdón porque a pesar de todo, a pesar del abismo que nos separa, de la traición, del dolor insoportable y de la batalla a muerte que se cierne sobre nosotros como una tempestad...
Te amaré por siempre, sin importar el desenlace, sin importar el dolor, sin importar que el mundo entero se desvanezca. Te amaré por siempre, mi amado Sasori no Akasuna.
Con todo lo que me queda de este corazón, roto pero todavía tuyo,
Naruto Uzumaki
Un último suspiro escapó de los labios de Naruto justo cuando un pequeño puff de humo blanco se llevaba al sapo invocado y la carta que contenía su alma escrita en tinta. El pergamino viajaría a través de los caminos del mundo de las invocaciones, un testamento silencioso de un amor condenado, esperando el momento, quizás tras la tragedia, para llegar a las manos de aquel que había canjeado su humanidad por la eternidad. Mientras, en Konoha, el viento comenzó a soplar con más fuerza, arrastrando hojas secas y presagiando la tormenta de sangre y lágrimas que se avecinaba en las ardientes arenas del desierto.
