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siete noches para caer perdidamente

Summary:

La cama era demasiado pequeña. No recordaba que fuese tan pequeña. Juraba que solía ser más grande, o tal vez el espacio entre ellos era tan grande que no cabían los tres.

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Cuando son desalojados del departamento por un mal entendido, Lautaro y Manuel deben quedarse por una semana en la casa de su mamá, la cual convirtió la habitación de invitados en una oficina.

Notes:

denle mucho amor, las quiero gordas

Chapter 1: noche uno

Chapter Text

Cuando Lautaro escuchó el sonido de un puño golpeando rápidamente en la puerta, se paralizó. No estaban esperando a nadie, eran la 1.13 pm y el stream estaba a punto de concluir. Observó los ojos de Manuel rápidamente tantear el chat para ver si alguien se había dado cuenta como los tres individuos frente a la pantalla se habían congelado. 

Obvio que se habían dado cuenta. El chat estaba como loco, comentando cosas como “les cayó la policía a la banda” o “¿qué cagada se mandaron?”. Santiago fue rápido en tratar de distraer a la gente, despidiéndose apresuradamente, explicando que tenían que recibir la visita inesperada mientras el golpeo contra la puerta se escuchaba más desesperado. Las piernas del rubio ya se habían puesto en movimiento antes de que se apagara la cámara, dirigiéndose a la puerta con pasos acelerados, deseando que no fuese quien él creía. 

Manuel estaba detrás de él cuando abrió la puerta, y no tuvo tanta suerte, porque sí era quien él creía. El guardia y la persona que les alquilaba el departamento los miraban con reproche, con las manos en la cintura. Lo delataba la cara de rabia. 

—Buenas noches—dijo Lautaro, mientras que Manuel los saludaba también—¿Pasó algo? 

—Buenas noches. Algo no, ustedes. Los vecinos no dejan de quejarse de sus ruidos y gritos a altas horas de la noche, ¡por dios, miren la hora que es, y ustedes están acá como si nada gritando y chillando como unos desempleados! 

Sintió como Manuel se tensó al escucharlo gritar y se puso frente a él, tapándolo con su cuerpo; Lautaro no se sorprendió, Manu solía ser un ser sobreprotector y defensor, no le asombraba que se hubiese enojado por el tono que el arrendador había utilizado con él. Se movió a un costado, asomándose detrás de su amigo.

—Me parece que la única persona que está gritando es usted, señor. Nosotros ya nos íbamos a dormir. 

—Me importa un bledo lo que van a hacer. Quiero que se vayan, desde que se mudaron no me dan más que problemas. 

—No nos puede echar, tenemos un contrato que no expira hasta febrero. 

Lautaro quiso reírse; la situación le parecía cómica. Manuel estaba enojado, lo notaba por la bronca que expresaba en su cara. Era real que habían sido muy cuidadosos con el tema de los ruidos, tratando de mantener a raya a sus invitados y a ellos mismos cuando pasaban las once de la noche. Miró hacia atrás, encontrándose con su amigo tirado en el sillón, escuchando atentamente como si fuera una película, pero sin dar la cara. 

—Cagón—le susurró el rubio, Santiago se rió y eso pareció enfurecer más al locador. 

—Mirá, pibe, si para la semana que viene no se toman el palo, tengo el derecho de echarlos por incumplimiento del contrato. 

—Es una mierda lo que me dice—su amigo suspiró mientras se tanteaba el puente de la nariz con la yema de los dedos—Estoy seguro de que esto es un malentendido, así que le ofrezco lo siguiente. Nos vamos una semana, si nadie va a quejarse por ruido con usted, nos vamos permanentemente. Estoy seguro de que las quejas son por otro departamento y esto es una equivocación.

El señor canoso lo miró cansado, y en lo que parecía un resoplo, dijo: 

—No quiero verlos ni en figurita hasta la semana que viene. Si no se soluciona, los quiero fuera del departamento antes de fin de mes. 

—Trato hecho. 

Lautaro vio cómo los hombres se iban sin despedirse y esperó a que Manuel cerrara la puerta para largar una carcajada contenida. 

—Insólito, che, la echan a la banda—escuchó como dijo su amigo, mientras se acercaba a él, todavía riéndose. 

—Vos cagón, ni aparezcas. 

—Ni en pedo, gordo, vos sos el que da la cara acá. 

—De todas las que nos pasan, esta es la más tranqui—dijo el rubio, recordando cómo había roto una reposera hacía unos días. 

—Mañana temprano la llamo a mi mamá para ver si nos podemos quedar con ella unos días, Moska. ¿Vos Baya podes irte a lo de tus papás? 

Santiago afirmó, todavía riéndose suavemente junto al rubio mientras Manuel iba a la cocina a buscar una lata de gaseosa, puteandolos desde lo lejos. Encendieron la tele, poniendo una película cualquiera, y cuando Manuel se sentó a su lado, dándole un vaso de leche caliente, Lautaro se lo agradeció tragándose sus pensamientos impuros. 

Manuel no dijo nada, pero cuando encontró su mirada, le sonrió. 

—Para que duermas tranquilo. 

Antes de que pudiera responder, Santiago le contestó—Claro, a mi no me traes nada, que trolazo que sos, Merno. 

—No te pongas celoso, a vos también te traigo lechita si querés, Bayo. 

Lautaro casi escupe la leche por la nariz. 

—Nanana, cualquiera—dijo con asco fingido, mientras ambos se reían. 

Lautaro disfrutó de la calidez de su bebida, entre sus dos amigos, preocupado por la semana que le esperaba. 

… 

A la mañana siguiente, los tres se habían despertado temprano y llenado sus valijas de la ropa y cosas necesarias para una semana. Teniendo en cuenta que ninguno de los tres podía pisar el departamento, Lautaro guardó todo lo que pensó que sería necesario, lo cual no era mucho, porque el bajito era incapaz de pensar más allá de dos días en adelante. 

Llevar ropa le parecía hasta innecesario, ya sabía que los próximos siete días no iba a salir ni tampoco aparecer en stream. Habían decidido ayer que esta semana no iban a prender, ya que no estarían juntos y en la antigua habitación de Manuel no había espacio ni tampoco el equipo que necesitaban; la comunidad se había vuelto loca cuando el pelinegro lo había anunciado en un tweet que no daba explicaciones ni mucha información. La gente hacía teorías raras sobre ellos dos, pensando que se iban de viaje solos en una velada romántica. 

Lautaro se rió en silencio en su cuarto, mientras metía boxers desordenados en la valija; la idea de que él y Manuel podían estar juntos de esa manera le parecía graciosa. Si, tenían química, tenían una relación extraña, todo el mundo se los decía. Pero nunca había sido más que eso, una amistad extrañamente cercana, o al menos para Manuel, pensaba Lautaro. 

El ojiverde nunca estaría con una persona como él. Primero, era heterosexual. Segundo, dudaba que si no lo fuera, Lautaro le atrajese. No podía negar, que sí había cierta tensión sexual entre ellos, pero el rubio pensaba que se debía a sus complicados sentimientos hacia su amigo. No podría admitirlo nunca, pero se le aguaba la boca cuando lo veía a su amigo salir de la ducha en una toalla con el torso en descubierto, mostrando sus tatuajes, o cuando se preparaba para salir y se rociaba de perfume caro, un olor tan dulce que Lautaro se sentía borracho. 

Eran solo amigos. Amigos con una relación extraña. O eso se hacía creer para no caer en la demencia total. 

—Gordo.

—¿Hmm? 

Lautaro se sorprendió cuando lo vió parado en su umbral, mirándolo. 

—Hace un minuto que te pregunté si estabas listo, sordo. 

—Ah, perdón, estaba pensando. Todavía no terminé—se apresuró a tomar más ropa sin mirar que tomaba y meterla rápidamente en la valija. Manuel se adentró en su cuarto y se sentó sobre su cama en colihue. 

—¿En que pensas? 

Esta clase de preguntas entre ellos no eran raras; a Manuel le gustaba estar dentro de su mente. Saber que pensaba, que sentía, si estaba bien, si estaba cansado. Lo que el tatuado no sabía, es que no sabía nada en absoluto. 

—Nada, en esta situación. Ni se que poner en la valija—dijo, mientras la cerraba, estando seguro de que lo que había metido no le serviría de nada. 

—Tranquilo, bebé, es una semana no más. Aparte, vamos a dormir en habitaciones separadas ahora, así que vas a poder andar en pelotas como te gusta. 

Lautaro se rió, sonrojándose por el comentario. Que Manuel supiese que le gustaba andar en ropa interior por todos lados le perturbaba. 

Para cuando salieron del departamento y se despidieron de Santiago, no eran ni las 10 de la mañana. Se tomaron un uber hasta la casa de Manuel, y Lautaro no sabía por qué, pero tenía un mal presentimiento.  

Se dijo que no había cosa peor que te echaran de tu casa, pero aún así el sentimiento en su estómago no paró. Cuando llegaron, saludó a Andrea con entusiasmo, y ésta lo abrazó, hacía mucho que no la veía; los invitó a pasar y les dijo que subieran las valijas al cuarto y bajaran a desayunar. 

El sentimiento en su estómago tomó sentido cuando Manuel abrió la puerta de su “cuarto” y en vez de encontrar una habitación de invitados, se encontraron con una oficina bonitamente decorada. 

—¡Mamá! 

Andrea subió las escaleras rápidamente, encontrándose a ambos con cara sorprendida, mirando hacia la oficina. 

—Ah, ¡sí! Pensé que te había comentado. Quedó re linda, ¿no? 

Los dos la miraron perplejos. 

—No me van a decir que les da cosa dormir en la misma cama cuando hace menos de un año lo hacían todos los días y ninguno de los dos decía nada. 

—No no, no hay problema, Andre, gracias—se apresuró a decir el rubio, con la cara ardiendo de la vergüenza, reconociendo el mal presentimiento que tenía, tomando a Manuel del brazo para dirigirlo a su propio cuarto. 

Oyó la risa de la mamá de su amigo mientras bajaba las escaleras. 

 

 

La noche había llegado rápido, y así el final del primer día fuera del departamento. Era tarde, ya habían cenado y Lautaro miraba por la ventana los autos pasar. Hacía mucho que no compartía una cama con Manuel. 

Tanto tiempo no podían borrar el recuerdo de todas las veces que sí lo había hecho. 

No se sentía listo; había tratado de cortar el contacto físico hace unos meses, claramente sin éxito. El ojiverde no había captado que Lautaro no quería abrazos, ni besos, ni palabras dulces, solo lo confundían más de lo que ya estaba. Manuel no lo había aceptado, lo había ignorado olímpicamente, metiéndose en su cama, abrazándolo igualmente y rogándole por un beso. 

Lautaro había aprendido a vivir con eso, a ignorar las vueltas que pegaba su corazón cada vez que su amigo lo llamaba mi amor, o cada vez que le suplicaba por un beso, los cual él negaba rotundamente. Le daba miedo que podía llegar a pasar si algún día siquiera sus labios se tocaron minusculamente, para Manuel podría no significar nada, pero el más bajo perdería la cabeza hasta volverse loco. 

—¿Qué haces, amor?—Lautaro suspiró, sin mirarlo, mientras Manuel entraba al cuarto y cerraba la puerta, comenzando a desvestirse. El rubio no lo miró. Hizo un esfuerzo sobrehumano para seguir observando la calle. 

—Nada. 

—Dale, acóstate que apago la luz.

Lautaro hizo lo pedido, tapándose con las mantas y apoyando la cabeza en la almohada, dejándole el espacio contra la pared al pelinegro, porque sabía que era su lado. Manuel apagó la luz, y lo pasó por arriba para acostarse a su lado. 

La cama era demasiado pequeña. No recordaba que fuese tan pequeña. Juraba que solía ser más grande, o tal vez el espacio entre ellos era tan grande que no cabían los tres. 

Se quedaron callados por un momento. Lautaro estaba sobre el borde de la cama y aun así sentía el calor que irradiaba el morocho, sus piernas casi rozándose. No lo miró, no le habló. Sentía que si decía una sola palabra, todo lo que sentía saldría sin permiso de su boca. 

—¿Querés ver una peli? 

—Dale. 

Se giró para mirar el televisor, y no dijo nada más. Dejó que su amigo eligiera cualquier cosa y trató de concentrarse en eso; la batalla estaba perdida cuando una mirada traicionera lo hizo darse cuenta que Manuel ya no estaba bajo las mantas, sino sobre ellas. No llevaba más que un boxer de marca azul y un par de medias blancas. Sus tatuajes parecían brillar bajo la luz de la ciudad que provenía de la ventana abierta. El cabello negro desordenado y los brazos extendidos debajo de su cabeza. 

Trató con todo su ser de dar vuelta la cabeza antes de que Manuel lo notara, pero este lo miró. Nada de todo lo que había visto era nuevo para él, ni tampoco se compara con la vista de unos ojos verdes brillantes que tenía ahora. 

—¿Te molesta? Tengo calor. 

—No. 

Lautaro no podía respirar. 

—¿No tenes calor, gordo? 

Obvio que tenía calor. Tenía un pantalón de pijama largo y una camiseta que por más que dejaba sus brazos al descubierto, lo sofocaba. A Lautaro le gustaba dormir en pelotas, y esto era todo lo opuesto a eso. Los 25 grados que hacían en ese momento en una Buenos Aires casi veraniega le jugaban en contra. 

—Estás tapado hasta la cabeza. 

Le destapó el torso, dejándolo descubierto hasta la cintura del pantalón. Lautaro rogaba que no siguiera, porque no tenía cómo explicar el bulto creciente entre sus piernas. 

—Pensé que dormías en pelotas— dijo, señalando su pantalón largo, burlón. 

La película que había puesto estaba en segundo plano, porque sus ojos estaban fijos en su amigo, que lo observaba curioso. En un ataque de locura y frustración, se destapó por completo y se sentó en la cama, dándole la espalda al morocho. Agarró la remera blanca vieja que llevaba por la espalda con la yema de los dedos y tiró hacia arriba, sacándosela. 

A Manuel se le hizo salivó la boca al ver la piel bronceada y la mata de cabello dorado despeinado. 

Lautaro no tenía idea de que estaba haciendo, se sentía borracho, psiquiátrico. Sin atisbos de parar, se levantó y se bajó los pantalones que le acaloraban la piel, sintiendo el alivio casi instantáneo de la brisa que entraba por la ventana. Se dio vuelta para encontrarse a Manuel mirándolo, con una expresión en la cara que no podía entender; parecía casi embobado. 

Se tapó de vuelta con las mantas y siguió viendo la película, pretendiendo que la situación era lo más normal del mundo, ignorando la mirada febril de su amigo sobre él. Tenía miedo de empezar a transpirar del calor. Tenía las mejillas rojas y el pecho le subía y bajaba con rapidez; sin vergüenza, estiró los brazos debajo de su cabeza y sintió que sus músculos se flexionaban. 

Éste era un juego que dos podían jugar y Lautaro no iba a quedarse atrás. 

El aire de la habitación era caliente y apenas se podía respirar y cuando Manuel apagó el televisor alegando que tenía sueño, Lautaro no protestó. La cama se había achicado, ahora estaba seguro, porque cuando se dió la vuelta sobre su lado para dormirse, casi pudo sentir el pecho de Manuel contra su espalda sudorosa. 

En la oscuridad del cuarto, iluminado solamente por la luz que provenía de la ventana abierta, Lautaro perdió la respiración y podía sentir su corazón latiendo fuerte en su pecho cuando una mano más grande que la suya lo tomó de la cintura, sin atisbo de timidez. 

Manuel lo envolvió con su brazo, el rubio pensó que se había vuelto loco cuando sintió la piel caliente del tatuado sobre su cintura, con la palma estirada sobre su estómago, haciéndole mimos con los dedos. Lo acercó más a él, apoyando su pecho contra su espalda, sus labios sobre su nuca. Cerró los ojos con fuerza. 

Sintió su corazón desbocado y su alma enloquecida. Lo peor de todo, esta no era la primera vez que estaba metido en esta situación. 

—Buenas noches—sintió el susurro sobre su oreja y luego otra vez los labios carnosos sobre su cuello. 

Lautaro no respondió. Aquella noche había perdido, su pequeño arrebato de desnudez le había salido mal… ¿o no? 

El rubio suspiró, sintiendo la respiración dormida de su amigo contra él, cuerpos completamente pegados. Iba a ser una semana muy larga.