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-No sé si debería estar aquí...- suspiro una voz.
-Vamos, no puede ser tan malo...-.
-Claro que sí. No te dejaríamos solo en la Atalaya en Nochebuena. Te va a encantar-.
-Además, Batman prácticamente rogó que lo dejaran vigilar- dijo el hombre alto mientras lo seguía.
El aire era frío, mucho más frío de lo que jamás había experimentado en invierno en su casa, tanto que ni siquiera se comparaba, mientras copos blancos cubrían el suelo a su alrededor. La única vez que podía decir que había experimentado algo así fue cuando paso invierno con los otros 99 huérfanos que no sabía que eran sus medios hermanos. En Grecia, el clima era muy caluroso de forma natural, lo que hacía que aunque hiciera frío, nunca hubiera nevado. Lo cual, de cierta forma, fue un alivio, porque se imaginaba a Marín dejándolo afuera en la nieve como castigo por portarse mal.
-Marín...-.
Solo de pensar en quien había sido su maestra, alguien que había pensado por un tiempo que era su hermana desaparecida debido a que de cierta forma, la veía como una hermana mayor, le hacía doler el pecho, como pasaba cuando pensaba en el resto de sus amigos.
Miró a su alrededor buscando una distracción, cualquier distracción, para despejar su mente de lo que estaba pensando. Encontró consuelo observando a la gente a su alrededor: dos figuras.
El primero era alto, aunque algo musculoso; aunque si lo mirabas con su atuendo de civil no lo notarías, era un hombre de cabello negro, ojos azules con gafas negras circulares sin marco, piel blanca, aunque un poco bronceada. Llevaba un abrigo grande, marrón y forrado de piel, y una bufanda azul que usaba quién sabe por qué, Dios sabe que no la necesitaba. Cargaba sobre los hombros con facilidad un montón de regalos enormes y envueltos con maestría.
Este hombre era Clark Kent; algunos lo conocían como escritor del Daily Planet. Aunque la mayoría lo conocía por otro nombre, uno con mucha más influencia que un simple escritor. Ese nombre era Superman, el Hombre de Acero, el Último Hijo de Krypton, y el hombre que revolucionó el planeta. ¿Cómo no iba a serlo? Después de todo, era así de asombroso, arriesgando su vida y haciendo cosas que ningún ser humano podría hacer por la gente común y corriente. Tras conocerlo, comprendió por qué todos lo admiraban.
Él era un héroe.
Y no un héroe como algunos se referían a él mismo. No era un héroe por derrotar a malvados que querían conquistar o destruir el mundo, (aunque eso ayudaba), sino porque era alguien que inspiraba a todas las personas, desde los niños hasta los adultos. Era un símbolo de esperanza. El tipo de héroe que si lo veías, sabías que todo iba a ir bien.
Sus ojos se apartaron rápidamente del gran hombre y encontraron una figura más pequeña, pero que contenía un poder similar al de Superman, y que también tantos problemas le había dado en los últimos meses de su vida en este mundo hasta el cansancio, haciéndole darse cuenta de porque Marín a veces era tan gruñona con él.
Era una mujer, con su larga melena rubia y una figura escultural que dejaba a casi todos los hombres del planeta deseando. ¿Cómo no? Después de todo, incluso cubierta con el suave abrigo de invierno que la adornaba, se podía apreciar su figura femenina y curvilínea que era fuera de este mundo. Literalmente.
Aun así, no pudo evitar admirar a la chica, pues, al igual que su primo, era increíble a su manera. Después de todo, era igualita a él: Supergirl. Así la conocía el mundo: la prima más joven y fogosa de Superman, del mismo planeta del que provenía el Hijo de Krypton. Una heroína que salvó a la gente de un planeta que no era suyo a costa de sí misma, y que, aun así, lo había ayudado.
Sinceramente, ella fue la primera amiga que hizo al llegar al planeta. ¿Cómo no iba a hacerlo? Después de todo, con su terquedad, no podía negarse. La joven siempre la llevaba por Metrópolis, llevándolo a tiendas, restaurantes y lugares pintorescos. Ahora que lo pensaba, los lugares a los que iban casi parecían una...
¡No! No podía ser, ¿verdad? Ni siquiera en su mundo natal, las chicas de allí se molestaban en mostrarle la hora. No es que se considerara feo ni nada, al menos sabía que era mucho más guapo que Icchi, pero las chicas siempre preferían prestarle la atención a Shun, Shiryu, Hyoga o hasta al amargado de Ikki. Él siempre era el último debido a que no poseía los mismos rasgos exóticos que sus hermanos más cercanos. Shaina no contaba por el tema de las máscaras y Saori… bueno, era su diosa que amaba a todos los Caballeros. Claro que empezaron con el pie izquierdo, pero con el tiempo se hicieron más cercanos. Además era Athena, una de las tres Diosas Puras. Obviamente ella no iba a tener tales interés en él.
Se giró hacia ella, sin apartar la mirada de sus brillantes ojos azules ni un segundo, lo que solo provocó que volviera a apartarse, sacándole una risa divertida. Continuaron su corto viaje hacia su destino en la acera. No tardaron en llegar a la pequeña casa de dos pisos en el campo al lado de una granja.
Clark, aún con los grandes regalos en la mano, abrió la puerta con destreza, que ni siquiera estaba cerrada con llave.
Y, como si los dos del otro lado los hubieran estado esperando, una pareja mayor, de cabello gris y ojos oscuros, se acercó a su hijo.
-Clark- dijo la mujer mayor, mirando felizmente al hombre. No tardó mucho en acercarse a él y abrazarlo por la cintura. El hombre hizo lo mismo, rodeándolo con los brazos.
El Kriptoniano sonrió al verlos, casi cantando una alegre melodía: -Hola, mamá, papá. ¡Feliz Navidad!- Los saludó, y Seiya casi pudo sentir la alegría filtrándose en su voz.
Estos hombres eran de quienes Seiya había escuchado un par de veces: Martha y Jonathan Kent. Los hombres que encontraron a un bebé que cayo literalmente del cielo y lo cuidaron en su humilde vida de granjero, enseñándole los valores que su hijo adoptivo representa y trata de esparcir como Superman. Es gracias a ellos que la humanidad tiene a uno de los mayores superhéroes para protegerlos.
Los dos Kent también sonrieron, antes de apartarse, con una expresión de preocupación en el rostro.
-¿Has comido, querido? Te ves delgado- le preguntó Martha a su hijo, colocándole una mano en la mejilla a Clark.
-Oh Ma…- suspiró Superman contento como si dijera eso cada vez que los visitaba. -Estoy bien. Soy Superman-.
-Y yo soy tu madre, cielo-.
-Me alegra tenerte de vuelta, hijo- saludo Jonathan Kent a su muchacho, palmeándole cariñosamente el hombro.
-Es bueno estar de vuelta- dijo Clark con una sonrisa honesta. Entró a la casa y lanzó las enormes cajas de regalo por encima de las cabezas de ambos. -Y traje a unos amigos...-.
La pareja giraron la cabeza hacía la puerta abierta, viendo a una rubia muy familiar para ellos.
-¡Kara!- Casi gritaron los ancianos de felicidad, acercándose a la rubia y abrazándola de forma similar a como lo habían hecho con Clark segundos antes.
-Me alegra verlos- saludo Kara riendo.
Seiya no le sorprendió la felicidad que percibió de Kara. Por lo que le contó, se había quedado con la familia Kent en sus primeros meses cuando llegó a la Tierra, quienes la ayudaron a adaptarse junto a su primo al mundo y enseñándole los mismos valores que le enseñaron a su hijo. Kara era prácticamente una segunda hija para ellos.
Cuando terminaron el abrazo, se fijaron en la nueva figura apareció ante sus ojos: un joven de cabello castaño y rasgos extranjeros, de cabello castaño largo y puntiagudo hacía arriba, ojos café y complexión muy musculosa que no se podía ocultar aún con su abrigo rojo para el frío para un joven de diecisiete años.
Por alguna razón, se puso nervioso al acercarse a ellos, con la mano en la nuca, negándose a mirarlos a los ojos. -Eh... hola, Sr. y Sra. Kent, espero no molestar. Super... quiero decir, Clark y Kara me ofrecieron venir ya que no. Me llamo Seiya-.
En estos momentos agradecía las clases de Inglés que Marín le obligo a tener. En su época de aprendiz no entendía porque tenía que aprender a hablar varios idiomas, pero con el tiempo entendió que necesitaba comunicarse con los gobiernos locales en sus misiones de Santo. Sabía hablar japones y griego con fluidez, aunque el inglés le costaba un poco más hablarlo y entenderlo, desde que llegó a este mundo, las personas que lo encontraron y ayudaron hicieron que fuera más fácil entenderlo y hablarlo.
Cuando levanto la vista, vio un par de ojos amables y acogedores que lo contemplaron.
-Oh, no te preocupes. Aquí las visitas siempre son bienvenidas- dijo Martha con una sonrisa de abuelita amable.
-¿Eres japones? Estuve en japón hace algunos años, así que reconozco el idioma- dijo Jonathan.
Seiya asintió. -S-Si...- era raro que alguien notara su acento japones. Al haber pasado tanto tiempo en el Santuario, se le había quedado más grabado el acento griego que su acento nipón natal. -Con permiso...-.
Con paso cuidado y nervioso, entro al interior de la casa. Ni cuando atravesó los Templos del Inframundo tuvo tanto cuidado con sus pasos.
Kara se río al ver el nerviosismo del castaño y también ingreso a la casa, cerrando la puerta.
-Me alegra verte, Kara, ¿pero no dijiste que ibas a salir con unas amigas para el fin de año?- Pregunto Martha a la rubia mientras guiaba a los jóvenes al árbol de Navidad.
Clark ya estaba en el árbol y había dejado los regalos que había estado cargando en el suelo.
La hija de Krypton sonrió: -Ah, sí, pero surgió algo, y además, Barbara y yo decidimos ir a esquiar en Año Nuevo- respondió.
Aunque ninguno de ellos pareció notar que la chica miraba a Seiya mientras hablaba.
-Bueno, eso es maravilloso- dijo Martha.
.Bueno, ya que Kara se queda, ¿por qué Seiya no se queda en la habitación de invitados?- Sugirió Jonathan y su esposa asintió, especialmente considerando que ya tenían suficiente espacio para él.
-Creo que es una idea maravillosa. ¿Por qué no le muestro a Seiya la casa mientras preparan la cena?- Les sugirió Clark a sus padres.
-Suena a una buena idea- asintió Jonathan.
Clark se dirigió al Santo de Athena, que miraba las decoraciones del hogar.
-Ven, te daré un recorrido- dijo Superman, antes de sonreír con picardía, miró a su prima rubia. -Incluso puedo enseñarte la antigua habitación de Kara-.
La chica abrió los ojos como platos al oír eso. Ni siquiera necesito de su superoido para escucharlo. -¡Clark!-.
Seiya solo parpadeó tontamente. Ya podía darse cuenta de que estas vacaciones iban a ser extrañas.
(Momentos después)
Tal como se lo había propuesto, Clark le mostró la casa de su infancia, conociéndola como la palma de su mano. Y, en muchos sentidos, así era. La arquitectura de la casa era bastante diferente a las casas japonesas, lo cual era obvio por la cultura y arquitectura.
-Muy bien, aquí está la habitación de Kara- dijo el Hombre de Acero mientras encendía las luces. Ya le había mostrado toda la casa, incluyendo dónde se alojaría.
Seiya parpadeó. -¡Guau! Es... colorida-.
La imagen que vio fue precisamente la que esperaba. Aunque, dado que nunca había estado en la habitación de una chica, podía decir que era, en cierto modo, lo que esperaba.
Las paredes y la alfombra estaban cubiertas de una plétora de diferentes tonos de rosa y morado, con cosas como espejos, marcos de fotos e incluso algunos pósteres de algunas bandas de chicos de las que había oído hablar, pero que nunca había escuchado. Incluso había peluches de varios personajes de dibujos animados que Kara le había obligado a aprender para intentar que se aclimatara a la cultura de la época.
Ciertamente había sido una experiencia interesante y estresante.
-Sí, Kara no ha estado aquí por un tiempo, pero a mamá le gusta mantenerlo limpio, así que viene con regularidad- informó Clark, notando que la falta de polvo en la habitación.
Seiya no pudo evitar pasar el dedo por un escritorio cercano. Pero pronto, su melancolía se rompió, hablando de algo que lo había estado molestando desde que llegó. Y fue en ese momento que Seiya miró al Hombre de Acero, observándolo como si fuera un fantasma.
-¿Sabes, Clark? Es extraño verte actuar así- le dijo con sinceridad.
Siempre había visto a Superman como un faro de fuerza, de poder y convicción. Alguien con compasión y voluntad. Al verlo como superhéroe, le recordaba mucho a los Santos Dorados. Guerreros que representaban lo mejor a lo que uno podía aspirar, a un guerrero experimentado y entrenado que nunca baja la guarida, listo para defender a los débiles.
Pero en esta casa, al ver a Clark aquí y ahora, era casi como... como si fuera un niño, emocionado por la festividad, como un niño en Navidad.
Era bastante extraño.
Superman le sonrió, sabiendo exactamente de qué hablaba. -Sí. Por eso me gusta estar en casa durante las vacaciones, puedo relajarme y ser yo mismo-.
-¡Muy bien, todos, voy a encender el árbol de Navidad!- Gritó Jonathan desde el pasillo.
Clark parecía horrorizado al escuchar eso. -¡Papá! ¡Ese es mi trabajo!- Gimió, casi como un niño, saliendo corriendo.
El gran contraste entre el Hombre de Acero y la persona que veía en estos momentos dejo a Seiya perplejo. Si hubiera visto a Aioria o Mü actuar así hubiera pensado que era un enemigo infiltrado o que tantos golpes finalmente le habían hecho daño en la cabeza. Aunque ahora que lo pensaba, todos los guerreros necesitaban distracciones. Para la mayoría de Santos, es entrenar hasta que los músculos te duelan. En el Santuario te enseñan un método de meditación al entrenar. Además no es como si los Santos no tuvieran acceso a formas de entretención. Saga pudo ser muchas cosas, pero como Patriarca fue ejemplar, al menos en los momentos que él era Patriarca y no su lado malvado. Estaba seguro que era el Saga bueno quien estuvo presente cuando recibió la armadura de Pegaso.
El pensamiento de recuerdos que habían pasado hacía mucho tiempo lo invadió, y con ellos… un amargo arrepentimiento.
No se arrepentía de sus decisiones, jamás lo hará. Arrepentirse quiere decir que todos los esfuerzos, todas las muertes de amigos y enemigos habrían sido en vano, algo que jamás permitirá... pero el lamento que queda tras las decisiones y perdidas nunca se va, solo crece. Seiya no lo sabía hasta que llegó a este mundo, hasta que tuvo tiempo de reflexionar y pensar en todo lo que paso en las Guerras Santas.
Fue una verdadera misericordia divina que Apolo aceptará su petición de castigarlo a él y no a Athena por sus crímenes. Tal vez el Dios no era tan malo como otros Dioses, tal vez no quería castigar a su hermana Athena aunque estaba dispuesto a hacerlo, o tal vez él era más peligroso e importante de lo que jamás creyó. Estaba listo para morir o algo peor, pero los Dioses, sobre todo los griegos, tienen formas creativas de castigar a quienes los ofenden.
La suya fue desterrarlo a un lugar más allá del tiempo y del espacio, a un destino mucho más lejano de lo que la Otra Dimensión lo hubiera mandado de recibirla. A pesar de los reclamos de Athena y sus hermanos, Seiya estaba decidido a aceptar cualquier castigo para protegerlos, para que no sufran ningún castigo por haber arriesgado todo para salvarlo de la maldición de la espada de Hades.
Lo único que le permitió vivir en ese espacio entre las dimensiones fue la armadura de Pegaso, que aparte de algunas grietas, el daño más grande era el espacio en forma de grieta causada cuando la espada de Hades se enterró en su pecho. Suerte que se le ocurrió ponérsela antes de subir al templo de la luna.
Pero tal vez Apolo cometió algún error, porque Seiya apostaba que llegar a una Tierra paralela a la suya no formaba parte de sus planes de castigo.
No sintió el momento en que llegó a este mundo, pero si recuerda que al despertar, estaba en una celda que pertenecía a la Liga de la Justicia, con su armadura de alguna forma reparada y con una nueva apariencia, con grabados con alas. Y con un vacío en el alma tan pesada que ni siquiera la gravedad podría igualarla.
Lo había logrado. Sus amigos estaban a salvo, Athena estaba a salvo. Cumplió su deber con sus pares y su Diosa. Poseidón estaba de nuevo sellado, Hades muerto, y con él muerto, el fin de todas las Guerras Santas. Había cumplido la promesa que le hizo al Viejo Maestro y a los Santos Dorados, así como a todas las generaciones anteriores de Santos al derrotar definitivamente al Rey del Inframundo. Si hubiera muerto, lo habría hecho satisfecho al cumplir su deber, como un buen soldado.
Pero en lugar de eso sobrevivió. A pesar del castigo divino, a pesar de haber estado perdido entre dimensiones quien sabe cuanto tiempo, por algún sentido retorcido del destino, siguió vivo.
Vivo en una Tierra paralela con una historia y seres muy diferentes a la suya.
Una Tierra donde los Santos de Athena y el Cosmos no existían.
Una Tierra donde jamás podría volver a ver a su hermana que había sido su motor original para ser un Santo, a sus medios hermanos o a Saori.
Nunca había estado más solo que antes hasta ahora.
Seiya exhalo, sintiendo el aire llenar sus pulmones, y luego exhalo, dejando escapar un pequeño suspiro.
Con este conocimiento, se encontraba en un abismo indescifrable. Y todo lo que sucedió después fue prácticamente un borrón. Siendo sincero, no se había recuperado.
Despertar en una celda no había sido divertido, pero tras su brote decepcionante, logró encontrarse con otros miembros de la liga, en particular con Superman, y con ello obtuvo respuestas. Dónde estaba, quiénes eran y por qué estaba allí. Había sido mucho para asimilar, pero lo había logrado. Incluso les dijo de dónde era, lo que hizo y como y porque había llegado.
No le sorprendía la desconfianza inicial que tuvieron, era lógico y natural. Pero fue un gran gesto que le dieran el beneficio de la duda y aceptarán cuidarlo en esta tierra y le enseñaran como eran las cosas.
El que le permitiera al Detective Marciano entrar en su mente para que comprobara que no estuviera mintiendo sin duda ayudo. También ayudo las palabras de apoyo y elogios para él.
Tampoco pasó mucho tiempo después de que lo nombraran miembro en período de prueba de la liga. Su llegada a este mundo había sacudido literalmente el mundo entero. Nada menos que eso, o tenerlo en una celda, no bastaría para tranquilizar a la población.
Por supuesto, el hombre de traje de murciélago no estaba muy contento. Por eso se vio obligado a tener a un miembro de la liga vigilándolo prácticamente las 24 horas para asegurarse de que no intentara nada. A Seiya no le molesto. De hecho, creía que fueron bastante indulgentes con él. De haber sido el Santuario, apenas lo habrían dejado salir de su celda.
Se había llevado relativamente bien con los miembros de la liga, algunos más que otros. Flash y él tenían competencias de carreras de vez en cuando. El velocista escarlata aún le debe una revancha por la última carrera donde el superhéroe gano solo porque él se tropezó. Con él había aprendido la verdadera magnitud de moverse a la velocidad de la luz. Jamás imagino poder correr sobre el agua.
Con Linterna Verde se llevaba más o menos neutral. John aún desconfiaba de él, aunque mucho menos que Batman, y no le gustaba que él no obedeciera las órdenes y se lanzara a pelear sin un plan, pero al menos habían llegado a una especie de respeto después de que lo ayudo a derrotar a Sinestro y sus Linternas Amarillas al quitarles los anillos antes de que estos se dieran cuenta.
El Detective Marciano era quien mejor lo ayudaba a adaptarse. Al ver sus recuerdos fue quien mejor lo entendió al inicio, brindándole apoyo y confianza. Era con él con quien se quedaba hasta conseguir un lugar permanente para si mismo. El marciano era un gran oyente y sabía escoger buenas galletas.
Con Mujer Maravilla encontró una compañera guerrera, lo más cercano a un compañero Santo que encontró en este mundo. Alguien con el que podía intercambiar historias de batallas sin prejuicios y entrenar sin daños. Aunque lo único en lo que discrepaban era en sus creencias en los Dioses. No culpaba a a Diana ni nada, pero para él sería imposible ver a otros Dioses de buena forma que no sea Athena, y ella respetaba su perspectiva. Era una verdadera Amazona. Sin duda se habría llevado bien con Marín y Shaina.
Con Superman fue quien más paciencia y comprensión tuvo. Estar cerca de él le recordaba mucho a Aioria. El Hombre de Acero no dudo en abogar por él y ayudarlo a acostumbrarlo al planeta, además de ser tan amable que le recordaba mucho a Shun. Debido a eso él solía estar más en Metrópolis cuando podía. Superman era con quien mejor se llevaba.
Batman era todo lo contrario. Él hombre parecía nunca sonreír y siempre lo estaba mirando con desconfianza. Seiya lo entendía, pero creía que después de unos meses dejaría de desconfiar tanto, pero en cambio, su desconfianza aumento al ver sus habilidades en acción y saber como funcionaba y de lo que era capaz la Cosmoenergía. Le preocupo un poco cuando Flash dijo que Batman ya estaría trabajando en planes en su contra y nadie de la liga se río.
Sabía que hubo otro miembro de la liga llamada Chica Halcón, pero nunca la conoció. Por lo que Clark y el Marciano le contaron, ella los había engañado y traicionado su confianza unos meses antes de su llegada al permitir una invasión de su gente a la Tierra. Aunque al final termino por ayudarlos, la herida aún no sanaba y nadie la había visto desde entonces.
Allí también conoció a Supergirl, Kara Zor-El, ya que ella también era un miembro enviado para cuidarlo. Y, dado que eran bastante cercanos en edad, no era de extrañar que se hicieran amigos. Después de todo, la chica no había tolerado menos. Ella tenía un lado testarudo, tanto que le recordaba a sí mismo.
También debutó como el héroe "Pegaso", ayudando a la liga en sus numerosas aventuras. Claro que también tuvo sus roces con la liga. Seiya entendía hasta cierto punto lo de no matar a los villanos. Le habían dado la charla de la responsabilidad, de dar el ejemplo, de ser mejores que los malos... pero Seiya creía que habían varios tipos que deberían estar muertos para hacer del mundo un lugar más seguro y nadie le cambiaría la idea. El Guasón estaba en el primer puesto de esa lista.
La única razón por la que se abstuvo de comenzar una discusión moral sobre el tema es porque todos habían sido tan amables con él que no quería traicionar la confianza que logro ganarse solo por un punto de vista diferente.
Pasaron los meses hasta que fue llevado al presente.
Pero aun así, nunca ha olvidado a sus amigos y familiares; después de todo, los veía cada vez que soñaba. Cada vez que dormía, cada vez que cerraba los ojos. Sus imágenes lo perseguían casi a cada segundo, un amargo recordatorio de cómo nunca los volvería a ver.
Lo que más le asustaba serían las secuelas de lo que les paso tras su llegada. ¿Apolo sabe que ya no esta vagando eternamente en el espacio y tiempo? ¿Los chicos estarían bien? ¿Saori estaría bien? El Santuario tenía pocos Santos y con todos los Santos Dorados muertos. El Santuario estaba casi al borde del colapso tras dos Guerras Santas, pero Seiya sabía que sus amigos, junto a Athena y el resto de sobrevivientes reconstruirían el Santuario. No le sorprendería que para este punto ya sean Santos Dorados, aunque no se imaginaba a ninguno, en especial a Ikki, portando otra armadura que no sean las de Bronce.
Estaba seguro que sin importar lo que pasara, sin importar cualquier otro conflicto que ocurriera, sus amigos lo enfrentarían de frente y saldrían triunfantes como siempre habían hechos.
Pero ahora sin él.
Él estaba solo. Un Santo de Athena en un mundo sin Santos y con una Athena que por lo que había oído de Diana, era en varios aspectos diferente a la que él conocía.
El peso pesaba en sus hombros. No supo cuándo, pero en algún lugar de sus pensamientos, se vio obligado a sentarse. Descansó sobre la cama que había contemplado momentos antes.
Tampoco noto que Kara estaba a afuera de la habitación, observándolo en silencio.
Un ceño fruncido impregnaba sus hermosos rasgos, uno que se formó en el momento en que vio los ojos castaños de Seiya cubrirse de oscuridad.
Ella conocía el sentimiento de soledad y vacío que lo invadía, y sabía que él necesitaba a alguien allí para ayudarlo a llegar a la luz.
Y ella decidió que tenía que ser esa persona.
Al entrar en la habitación, llamó a la puerta y llamó la atención de Seiya cuando su cabeza giró en su dirección.
-Seiya, la tía Kent me dijo que viniera a buscarte, dice que la cena estará lista pronto- informó la rubia.
-Gracias Kara- dijo Seiya, levantándose mientras alejaba cualquier sentimiento negativo de su interior.
Era Navidad, al menos debía celebrar que siguiera vivo. Kara y Clark se tomaron la molestia de invitarlo, así que lo menos que podía hacer era no preocuparlos ni ser un estorbo.
Y pronto, ambos se marcharon a hacer lo que les habían pedido, mientras Kara aún recordaba lo que había visto.
-¡Hahaha!-.
Las risas inundaron la casa de los Kent. El ambiente cálido y hogareño espantaba cualquier rastro de frío que asomara su cabeza al interior. Se podía respirar la felicidad en el aire. A Seiya ya no le sorprendía que Superman fuera la clase de persona que es si creció rodeado de este ambiente, uno muy diferente en el que él creció.
Todos estaban reunidos alrededor de la mesa, disfrutando de una deliciosa comida casera que, sinceramente, no se comparaba con nada que hubiera probado. No es que nunca hubiera probado comida casera; al fin y al cabo, en el Santuario había aprendido a vivir de sobras o de comer en los restaurantes de Rodorio cuando Marín volvía de una misión, y si lograba completar su entrenamiento en tiempo récord. Y ni hace falta hablar del orfanato en la Fundación Graad. Y la bebida caliente que le habían dado, chocolate caliente, como la llamaban, tampoco estaba nada mal.
-Clar se volvía loco por la Navidad -Jonathan contaba unas anécdotas de Clark en Navidad. -Envolvíamos los regalos con papel de plomo para que no supiera que eran-.
-Querrás decir que Santa los envolvía- Corrigió Clark, mirando a sus padres.
Los dos Kent mayores intercambiaron una mirada, pues ambos creían haberle contado la verdad a su hijo. Pero, al decidir que no era el mejor momento para tales revelaciones, simplemente continuaron con su pequeña mentira.
-Oh, por supuesto, cariño- dijo Martha con cautela. Aunque no pudieron evitar que Kara soltara una risita sofocante, intentando desesperadamente, sin éxito, contener la risa.
Seiya tuvo mejor existo al contener la risa al llevarse un trozo de comida a la boca, aunque su sonrisa se quedo. Él nunca creyó en cosas como Papa Noel o el Baba Yaga. Nunca tuvo la inocencia para creer que tales seres existían. Era hilarante que una de las personas más poderosas de este mundo si lo hiciera.
Miro a la familia Kent, notando el aire cálido y la luz invisible que salía de ellos. Eran... increíbles. Por personas como la pareja de ancianos, es que Seiya se daba cuenta de que la humanidad tenía valor, de que los seres humanos eran más de lo que Poseidón o Hades decían. Ellos miraban a la humanidad como hormigas, sentados en sus tronos, pero aquí, cenando con ellos, pudo percibir el verdadero potencial de la humanidad para bien.
Todo eso estaba representado en el hombre con gafas a su lado. Un hombre que era comparado como un Dios, pero que él siempre se refería a si mismo como un humano más a pesar de su origen extraterrestre.
Y Seiya... admitía estar celoso.
Nunca tuvo algo como lo que tiene Clark con sus familias. Era muy pequeño cuando su madre murió y llegó al orfanato a cargo de la Fundación Graad. Las únicas buenas memorias eran con su hermana Seika y el resto de sus amigos, que eran sus medios hermanos que él desconocía. Mitsumasa Kido jamás sería reconocido como su padre. La única Navidad que pasaron en el orfanato fue horrible: apenas le dieron comida, ni siquiera habían decoraciones o un árbol, no hubo regalos ni nada.
En el Santuario la cosa fue un poco mejor, pero no mucho. Al ser un recinto para la protección de una Diosa Griega no practicaban tradiciones o festividades en honor a Dioses fuera de los griegos, aunque por la gran cantidad de aprendices y Santos fuera de Grecia, el Santuario se vio obligado a inscribir algunas de estas festividades, como la Navidad, aunque de una forma que parecía poco a comparación de otras.
Las Navidades que paso en el Santuario siempre fueron con la compañía de Marín. Claro, Marín no era la persona más cálida, pero le hacía sentirse querido y que lo apreciaba a su modo rudo, dándole una buena comida o llevándolo abajo en Rodorio. A veces, Aioria los acompañaba y él le regalaba algunas cosas prácticas, como nuevas partes de armadura para entrenar, vendas o les traía comida lujosa como pavo. En su última Navidad le regalo una guitarra con instrucciones de como tocarla. Fue ahí cuando aprendió a tocar la guitarra.
Incluso cuando volvió a Japón, no tuvo tiempo para pasar la Navidad. En parte porque aún faltaban varios meses para Diciembre, y porque desde que llegó con la armadura fueron una batalla tras otra. Primero el torneo galáctico. Después Ikki y los Santos Negros. Los Santos de Plata. La Batalla de las Doce Casas. La Batalla en el Templo Submarino y la Guerra contra Hades. Una batalla tras otra ocurrió.
Momentos como el que estaba viviendo ahora, sentarse y disfrutar de una comida caliente mientras comparten historias... no era algo que Seiya jamás experimento. Era triste al pensarlo con detenimiento.
-Supongo que es parte del sacrificio de ser un Santo que protege la paz y el amor en la Tierra-.
No se arrepentía de ser un Santo, jamás lo haría. Era su vida, su destino y no lo cambiaría por nada... pero el sentimiento persiste.
El vacío en su pecho parece hacerse más grande.
La charla de los Kent continua, pero él ahora estaba con una expresión vacía, como si no estuviera allí con ellos. Una sombra en un rincón de la habitación, una que solo se veía cuando se le prestaba atención.
Por suerte, Martha pareció notarlo y llamo su atención. -Oye, Seiya-.
Seiya miro a la mujer al volver a la realidad, aunque no le había prestado atención. -¿Hm?-.
Martha sonrío y se levanto de su asiento. -Kara nos dice que este año estás sola. No permitimos que nadie venga de visita en Navidad sin llevar un regalo-.
Seiya quiso discutir, pero ella no dio margen para la discusión. Y, como para enfatizar este punto, sacó de su espalda una caja de regalo envuelta en gran parte. Parecía salida de la nada, aunque la había escondido debajo de la mesa. La mujer mayor le entregó el regalo en sus manos.
Seiya quiso protestar. No estaba acostumbrado a recibir regalos, estaba más acostumbrado a ganarse las cosas, como cuando peleo para ganarse su armadura; pero sintió que ni siquiera entonces sería aceptado.
Al final, el japones miró a la mujer a los ojos, viéndolos brillar con una calidez maternal y una bondad casi abrumadora.
-Pero yo... yo no te compré nada- argumentó débilmente, incapaz de oponer resistencia ante semejante expresión.
Y aun así, la mujer estaba lista, pues no vaciló ni un instante. -Tonterías, tu compañía es el único regalo que necesitamos-.
-Pero...-.
-Solo acéptalo, hijo- dijo el Sr. Kent con una sonrisa. -Nunca le podrás ganar a Martha en una discusión. Créeme-.
Seiya miró a su alrededor y vio que Clark y Kara estaban ansiosos por verlo abrirla. Decidiendo no oponer resistencia por una vez, agarró la caja de regalo con vacilación. Arrancó lentamente la cinta amarilla y el papel de regalo rojo para revelar la caja blanca que contenía.
Al abrirlo, se encontró con algo inesperado. Era un suéter suave, color crema, con una línea en zigzag marrón claro que lo atravesaba.
-Nuestro grupo en el centro comunitario siempre teje algunos regalos extra- explicó Martha. -El suéter no era gran cosa, pero esperaba que fuera suficiente para dárselo a quienes tenían la mala suerte de no tener a nadie a quien recurrir la mañana de Navidad-.
-Es... precioso- comentó Seiya, examinándolo en todo su esplendor. La mujer era muy considerada.
Y así era, como podía ver, cada puntada estaba hecha con el corazón y el alma de la artesana. Nunca recibía regalos, y en raras ocasiones lo hacía. Así que le sorprendió que la mujer llegara tan lejos por alguien que acababa de conocer. Realmente, ahora tenía sentido que Clark fuera el bonachón que es con estos padres.
El pensamiento le devolvió la amargura, sobre todo cuando ella lo miró. Sus emociones eran casi abrumadoras, como el sol, y ya no podía disfrutar de su luz.
Seiya se levantó de su asiento, provocando que todos lo miraran con preocupación, y Martha fue la primera en hablar. -Oh, ¿no es de tu talla? Intenté conseguir la correcta, pero...-.
"No, está bien", interrumpió Seiya. La talla no era el problema; veía que la mujer había acertado y estaba seguro de que le quedaría bien. -Es que se está haciendo tarde, estoy un poco cansado esta noche. Creo que iré a la habitación de invitados-. les dijo, sin mirarlos a los ojos.
Todos sabían que estaba mintiendo.
Y no pasó mucho tiempo antes de que Seiya se fuera, sin ver los notorios ceños fruncidos que cubrían todos sus rostros.
Superman fue el primero en reaccionar, pues estaba a punto de ver cómo estaba su amigo. Conocía la mirada de Seiya y sabía que no era buena idea lidiar con eso solo.
Pero, mientras lo intentaba, una mano lo detuvo. Levantó la vista y vio a sus primas rubias sonriéndole con amargura.
-No te preocupes, Clark, yo me encargo- le dijo Kara, y en su interior, supo que la chica podía ayudarlo.
Él asintió, contento con el resultado.
Él solo había tenido una tarea, una simple tarea, y es no preocupar a las personas que tan amablemente lo dejaron pasar Nochebuena con ellos. Y ni siquiera eso pudo hacer.
Realmente no estaba hecho para seguir órdenes, ni de si mismo.
Él no quería preocuparlos al irse, simplemente… no podía estar más tiempo con ellos.
Todos eran demasiado amables, demasiado cariñosos, demasiado conmovedores; lo odiaba por completo. Aunque eso no significaba que odiara a la gente que lo rodeaba, tampoco era así. Simplemente odiaba la situación en la que se encontraba...
Porque sabía que no lo merecía.
Cada vez que estaba cerca de ellos, sabía que estaba fuera de lugar. Como una pieza de rompecabezas que encajaba en los parámetros, pero que era tan evidente que no encajaba con el diseño de las demás que resultaba absurdo.
Cada vez que estaba en una similar a la de la cena, ya sea riendo, compartiendo tiempo con alguien o incluso peleando contra algún criminal, a Seiya le dolía el pecho.
Por qué recordaba lo que ya no tenía.
Recordaba a los amigos que nunca volvería a ver. A la hermana que había pasado años buscando, y cuando por fin podía reencontrarse con ellas, los Dioses fueron crueles y por su culpa sus amigos hicieron algo imprudente que casi los condenan a todos.
Estaba solo.
Ni siquiera cuando era pequeño estaba solo. Antes estaba con su hermana, y luego estaba con los otros niños del orfanato, y después con Marín, para al final reencontrarse con sus hermanos de batallas y sangre.
Pero ahora estaba completamente solo. En una Tierra diferente con seres que apenas entendía. Ni cuando llegó al Santuario por primera vez se sintió tan fuera de lugar. Era un extraño que no pertenecía aquí.
-De haber sabido que tendría que soportar esto, hubiera preferido morir...- pensó sombríamente.
Aún podía hacerlo. Un movimiento rápido a su cuello con su mano, tirarse de un edificio sin su armadura o encender su Cosmos, o dejarse matar por algún villano. No tenía razón de seguir vivo. A este mundo no le faltaban protectores y el suyo ahora estaba en paz. ¿Qué razón quedaba para seguir luchando?
¿Vivir por el simple deseo de vivir? Eso no era suficiente para él.
Pero una parte terca de él, la parte que impulsaba su voluntad a siempre levantarse, a ser un faro de esperanza para todos se negaba a caer. Lo impulsaba a seguir luchando. Aún si no era su mundo, su deber como Santo de Athena se mantenía.
Nunca podía dejar de salvar a la gente. Puede que sea por su educación en el Santuario, quizás solo se debía a la influencia de la filosofía de Clark. Pero no le importaba, y una pequeña y triste parte de él esperaba que, al ayudar a la gente de este mundo, de alguna manera mejorara la suya. O al menos, que las cosas pudieran mejorar, que estuviera saldando la deuda que tenía.
O tal vez solo era una excusa para seguir portando la armadura.
Él simplemente... no podía dejar de luchar.
-Así que aquí es donde te has escapado- dijo una voz, mientras él, distraídamente, giraba la cabeza ligeramente. Vio a la Chica de Acero flotando en el cielo, con el cabello ondeando al viento. No le sorprendió verla, pues, a decir verdad, no se había escondido.
Había subido al tejado de la casa de los Kent. No intento esconderse pues sabía que, si alguno de los Kriptonianos quería, siempre podría mirar a kilómetros de distancia con esos ojos mejorados.
Ella le ofreció una mano. -Vamos, que aquí vas a pasar frío-.
Aunque ambos sabían que era más una broma que cualquier otra cosa. Seiya había explicado después de un enfrentamiento contra Capitán Frío que cuando decía que hacía arder su Cosmos, era literal. Su cuerpo se calentaba al hacer uso del universo de su interior, lo suficiente para que el frío no le importase. Nada tan exagerado como poder derretir un bloque de hielo desde el interior, pero si para mantenerse caliente aún con el frío del invierno.
Seiya no dijo nada, ni siquiera sonrío, pero ella no se rindió. Sabía que no podía dejarlo solo en ese estado, lo sabía bien. Por suerte, ella era muy terca, y sabía que no se iría a menos que el nipón estuviera a su lado.
Dejándose caer junto a él en la azotea, Seiya se sorprendió un poco.
-¿Qué estás haciendo, Kara?- Preguntó, sin comprender sus acciones.
La sonrisa de Kara se ensanchó. -Bueno, ¿no es obvio? Voy a sentarme contigo- le dijo secamente, señalando lo obvio. -¿Tienes algún problema?-.
Seiya la miró. -No, no es eso- le dijo el Santo de Bronce, negando con la cabeza. -¿No deberías estar abajo con los demás?- Sabía que había venido específicamente para verlos, no quería ser una carga, y sabía que su presencia solo significaba que Kara no pasaría tanto tiempo con ellos. -No quiero que por mi culpa arruines tu tiempo con tu primo y sus padres-.
-Ah, eso- Kara ahora comprendió lo que quería decir, antes de descartar por completo sus ideas. -Puedo ir a visitar a la tía y al tío Kent cuando quiera, pero esto... no puedo hacerlo muy a menudo-.
Y al terminar sus palabras, apoyo su cabeza en su hombro.
Seiya sentía un peso tan grande, como si el mundo lo pesara. No por restricciones físicas, sino por la culpa que sentía cuando ella descansaba sobre él. Pero aun así, no soportaba apartarla, prefiriendo permanecer inmóvil, incluso sin vida, mientras se sumergía en sus viejos recuerdos.
Eso fue, hasta que... un dedo le tocó la mejilla, captando su atención al instante. Miró a Kara y lo observó con una sonrisa pícara. -Oye, no puedo dejar que te alejes de mí, ¿verdad?-.
Algo así solía hacer que una pequeña sonrisa se dibujara en su rostro, pero hoy no era uno de esos casos. Solo quería estar solo.
-Kara, ¿qué haces aquí?- Preguntó de nuevo.
¿Por qué Kara era tan insistente? Entendía su ayuda y que también era una muy buena persona, igual que su primo, pero esto... ya era un poco demasiado para un amigo ¿no?
Esta vez, Kara frunció el ceño ante la pregunta y apartó la cabeza al instante, mirando a lo lejos. -¿No puede un amigo venir a ayudar a su amigo cuando lo necesite?", preguntó, pero no obtuvo la respuesta que esperaba.
Amigo.
Así le llamaban, así le llamaban el resto de sus amigos, sus hermanos, en su mundo.
No podía negarlo, pero en lo más profundo de él, ella no podía evitar sentir amargura ante la idea. No lo malinterpreten, le gustaba Kara, la apreciaba y le encantaba estar con ella, pero no podía quitarse de la cabeza la sensación de vacío que le producía pensarlo.
Sabía que no la merecía y que solo traería más dolor si sus caminos se cruzaban. Sabía que tenía que terminar con esto.
Seiya se levantó y caminó hacia el otro lado de la azotea de la casa. No soportaba enfrentarla, no ahora. Esto hizo que la rubia Kriptoniana lo mirara; notó que algo le rondaba la cabeza.
Ella solo quería entenderlo.
-¿Seiya?-.
No recibió respuesta. Por unos segundos estuvieron en silencio. hasta que finalmente Seiya empezó a hablar.
-Kara, creo…- dijo el chico vacilante, intentando expresar sus pensamientos con palabras. Siempre había sido más de acciones, pero esta vez las palabras eran necesarias. -Creo que debería dejar la Liga de la Justicia-.
Era el pensamiento que rondaba su mente, y lo único en lo que había estado pensando durante un tiempo. Solo por una razón.
Él no merecía ser llamado héroe.
No merecía que lo colmaran de elogios y admiración. No era Superman, no hizo nada para llamar su atención y sabía que no la merecía. Él ni siquiera era de esta dimensión.
Y sabía que un día, los Dioses de su mundo se darían cuenta que él escapo de su castigo y vendrían a rectificar eso. Cuando eso pasara, no quería que ninguno de sus nuevos amigos se vieran involucrados por su culpa. No lo merecían. No merecían pagar los platos que él rompió solo por existir.
Pero aun así, no soportaba la idea de mirar a Kara al decirle esto. Ni siquiera recibió una respuesta verbal, solo un silencio absoluto, y, en cierto modo, eso fue aún más duro.
Era sorprendente que el silencio fuera más duro que un Plasma Relámpago de un Aioria controlado.
Escucho las tejas moverse, señal de que ella se levanto. No escucho los pasos, lo que quiere decir que se acercaba flotando. Por inercia, encendió un poco su Cosmos, lo suficiente para reforzar su cuerpo.
¡SLAP!
Y fue bueno que lo hiciera. La bofetada de la rubia que podía levantar camiones o helicópteros sin problema estaba muy contenida, pero aún tenía la fuerza para haberle podido romper el cuello. Ella debió notar que reforzo su cuerpo por la leve capa de energía que lo cubría, así que pudo usar un poco más de fuerza.
Seiya había esperado esto y por eso reforzo su cuerpo de Cosmos.
Lo que no espero fue la imagen de la rubia acusadora.
-¿Cómo puedes hacer algo así? ¿Cómo puedes dejarnos así?- Vio cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos azules; cada gota era como el peso del universo sobre él. -Barry, Diana, Clark... Yo. ¿Cómo siquiera puedes pensar en hacer eso?-.
Ella quería saber qué le molestaba, por qué tenía que guardarse cosas así. ¿No veía que lo consumía por dentro o no le importaba? No era sano. No era correcto. Era... dolorosamente familiar.
-Sólo... quiero saber qué pasa por tu cabeza- le dijo, quería intentar comprenderlo. Quería ayudarlo.
Cuando hablo con John (Detective Marciano) sobre él en secreto, él no le revelo mucho de su pasado por privacidad, pero si le dijo que cargaba con un enorme peso en sus hombros, con heridas que solo se ven en soldados que vuelven de una guerra y con una culpa y autodesprecio por algo que siente que fue su culpa.
Seiya pareció aún más avergonzado ante su declaración, sin querer mirarla a los ojos. Pero aun así, no soportaba la idea de decírselo. No quería involucrarla. -Lo siento, Kara, solo...-.
-Oh, no, no lo hagas- Kara no tenía la paciencia para que Seiya jugara a ser el culpable. -Dime qué te pasa- lo obligó a decir, y para enfatizar este punto, agarró el dobladillo de su cuello y bajó su rostro para que la mirara a los ojos. -Ni creas que escaparas de esta-.
-Kara, no puedo…-.
-¡No me vengas con esas tonterías, Seiya!- Interrumpió Kara, y él pudo ver que esto la estaba destrozando, igual que a él. -¿No somos amigos? ¿No te importábamos?-Acusó. -Bueno, a nosotros nos importas-.
-¡Y es precisamente por eso que ya no soporto verlos!- Gritó Seiya, mientras Kara lo miraba con cara de asombro. Al instante, lo soltó, mientras él se arreglaba, sin mirarla a los ojos. -Yo... no debería estar aquí. Debería estar perdido entre las dimensiones, asumiendo el castigo de casi causar el fin del universo. Pero estoy aquí. No me malinterpretes; estoy feliz de haberte conocido a ti, a Clark, a Barry, Diana, incluso a Batman. ¡Pero no debería estar aquí! Cuando los Dioses de mi mundo se enteren, mis amigos van a sufrir. Yo... yo... debería haber muerto-.
Si Hades hubiera completado el trabajo y su espada hubiera atravesado su corazón al instante, sus amigos y Saori no habrían tenido que arriesgarse al ir al pasado, casi causando el fin del universo para salvarlo. Hubieran estado tristes, devastados, pero se hubieran sobrepuesto al dolor y seguirían siendo los guerreros valientes y unidos que eran sus amigos.
Pero no lo hizo. Por primera vez, su capacidad de sobrevivencia casi los condena a todos. De haber muerto en combate hubiera estado satisfecho. Habría muerto protegiendo a su Diosa y abriendo el camino para la victoria contra Hades, igual que los Santos Dorados. Pero sobrevivió.
Aparto la mirada de Kara, no viendo como la rubia tenía la boca y los ojos abiertos de horror al escucharlo decir que debía estar muerto.
Seiya tomo un par de respiraciones antes de hablar: -Mira, Kara, ya no deberías preocuparte por mí, la gente siempre sale lastimada cuando lo hace. Esto... es mi problema-.
-No puedo hacer eso, Seiya- le dijo Kara.
Y era cierto, no creía poder olvidarlo jamás. Rápidamente lo forzó a volver a verla mientras agarraba con fuerza sus palma, apretando ambas manos entre las suyas.
-Por favor, dime qué te pasa- suplicó, con mucha más sinceridad que antes.
-No...- Seiya ni siquiera podía terminar la frase correctamente. -No debería estar aquí... por mi culpa... mis amigos casi acaban con todo. Yo... debí haber muerto en la Guerra Santa- necesitaba que ella entrará en razón antes de que fuera demasiado tarde. -Me sacrifique para que ellos no fueran castigados por mi culpa. Pero... escape de mi castigo al llegar aquí. Si ellos se enteran, si descubren que no estoy sufriendo como debería estarlo...-.
-Vendrán por ti- terminó Kara, comprendiendo mejor la situación. Apretó las manos de él más fuerte con las suyas. -Qué vengan. Les daré una paliza-.
-¡NO! ¡No debes hacerlo! ¡Te matarán!- Gritó Seiya de terror. Sabía que Kara, Clark y varios miembros de la liga eran fuertes, pero los Dioses del Olimpo estaban a otro nivel. Ni él con sus amigos, siendo cinco armaduras divinas, pudieron hacerle frente a Hades. Seiya solo pudo golpearlo porque lo tomo por sorpresa, y ese golpe le salió caro. -¡Tú ni nadie debe sufrir por mis pecado!-.
-¡¿Qué pecado?!- Exclamó Kara. -Te conozco lo suficiente para saber que nunca harías algo malo. Has hecho mucho bien estando aquí, e incluso tu opinión de matar a los villanos que son monstruos es porque te preocupas por las personas. Y personalmente estoy de acuerdo con varios- su ceño se hizo más profundo. -Por lo que me has dicho, la culpa deben ser la de esos Dioses. Ese siempre ha sido el problema con ellos. Siempre se creen por encima de todos, y cuando alguien los desafía, sus egos no lo soportan-.
Seiya no estaba en desacuerdo con esa declaración, pero el peligro de los Dioses Olímpicos era demasiado grande para ignorarlo.
-Pero no es solo eso, ¿verdad?- Se adelanto Kara antes de que él pudiera seguir con el tema. -Puedo verlo en tus ojos. Te sientes solo. Te duele ver a Clark con sus padres, ¿verdad?-.
Seiya se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi le saca sangre.
-Yo... los extraño. A mis amigos. A mi hermana- confesó, dejando ver su capa de dolor por primera vez desde que llegó a este mundo paralelo. -Una familia unida, una comida deliciosa, una Navidad así... es algo que jamás tuve. Nunca pude tener una oportunidad con ellos para tenerlo. Y no solo eso, sino que yo... cada vez que cierro los ojos, los veo, y siempre me hago la misma pregunta...-.
-¿Por qué sigo con vida?- Terminó Kara, con demasiada empatía como para ser solo una suposición.
Esto hizo que Seiya se dirigiera hacia ella y abriera los ojos de par en par. Ella solo lo miró, como si comprendiera completamente lo que pensaba, y en cierto modo, lo entendía.
-Clark no tenía edad suficiente para recordar Krypton, ¿cómo iba a recordarlo? Al fin y al cabo, solo era un bebé- sonrió Kara con amargura. -Pero yo sí, pude conocer gente, a mis padres, entre otras cosas. Y estuve allí para presenciar la destrucción de mi mundo natal- admitió. -Así que créeme, sé por lo que estás pasando-.
-Kara...- Seiya dejó de hablar, sin saber que ella había sentido lo mismo que él.
La chica le frotó suavemente los nudillos con los dedos, mientras él la miraba directamente a los ojos. -Y también conozco la sensación de eventual peligro, de saber que hay algo o alguien afuera tan peligroso que vendrá a buscarte en cualquier momento y que no quieres que nadie sufra por eso-.
Él la miro con los ojos más abiertos.
-Se llama Brainiac. Él se llevo la ciudad de Kandor y a toda su gente, a mis padres. Y ni siquiera se tomo la molestia de acabar con el planeta, ya que sabía que a Krypton le quedaba poco tiempo- dijo Kara con más amargura y dolor. -Clark y la liga ya lo han enfrentado y vencido, pero él nunca se rinde o se muere. Y aún tiene la ciudad de Kandor bajo su control. Temo que un día venga y que la liga no sea suficiente esta vez, que logre su objetivo y tome todas las ciudades que quiera para luego destruir la Tierra, como paso con Krypton-.
Seiya estaba boquiabierto. No espero que Kara pudiera entenderlo con tanta empatía, que hubiera tantas similitudes en su vida y la de ella.
-Así que, por favor, no sigas este camino solo. Rao sabe que no lo habría logrado sin todos- dijo Kara, mirándolo directo a los ojos. Si no hubiera sido por Clark, si no hubiera sido por los Kent y por todos, no sabía dónde estaría ahora mismo. -Así que, por favor, ven a sentarte conmigo, veamos las estrellas esta Navidad-.
Se estaba haciendo tarde, y pronto el reloj daría la medianoche.
Sin aceptar un no por respuesta, ella lo condujo al lugar donde habían estado sentados previamente. Mientras le frotaba la mejilla con un dedo, notó las pequeñas, pero visibles, ojeras bajo sus ojos.
-Seiya, ¿cuando fue la última vez que dormiste?-.
Cuando Seiya miró hacia abajo, sinceramente no pudo responder, ya que cada vez que cerraba los ojos, los veía. Solo lograba quedarse dormido cuando terminaba noqueado o completamente agotado.
Kara sabía lo que él pensaba, y al principio, ella también. Incluso ahora, la muerte de Krypton seguía pesando sobre ella, y probablemente siempre lo haría.
-De acuerdo, ven aquí-.
Seiya se giró para ver qué hacía, sonrojándose, y ella le dio unas palmaditas en sus muslos, indicándole que se acercara.
-Bueno, vamos, no tenemos todo el día- dijo la rubia en broma.
Seiya sabía que no podía aceptar un no por respuesta, y que aunque podía llegar a alcanzar la velocidad de la luz, tampoco podría escapar, así que por una vez se rindió y obedeció.
Cuando con vergüenza, puso su cabeza en su regazo, noto que sus muslos eran suaves, mucho más suaves que cualquier otra cosa que le hubieran dado para descansar. Y el hecho de que estuviera tonificada por el entrenamiento, aunque no demasiado, solo los hacía aún más suaves.
-Sabes Kara, sigo siendo un fracasado- argumentó, pero su voz sonó demasiado débil para su gusto.
Pero Kara negó con la cabeza; no lo veía así. La forma en que Seiya siempre se lanzaba al peligro, sin temer por su vida, pues solo quería salvar a todos los que pudiera. Ella jamás lo consideraría un fracasado.
¿Un tonto? Si. Pero un tonto adorable.
Al poco tiempo, Seiya pudo quedarse dormido, con una agradable sonrisa en su rostro por primera vez en mucho tiempo. La chica kriptoniana imitó su expresión.
Ella esperaba haberlo comprendido, él esperaba que ella pudiera comprenderlo. Era su amigo, probablemente la persona que más le importaba. Incluso con su oscuridad, siempre parecía disfrutar de la luz.
Él era luz, aunque no pudiera verlo. Una luz de esperanza. Ahora podía estar apagada, pero sin duda poseía un gran brillo oculto.
Eso fue lo que lo hizo quererlo, después de todo.
Por eso ella lo amaba.
-Pero no se lo diré, no ahora...- pensó. Él no merecía esa presión en sus hombros. Esperaría pacientemente cuando estuviera listo, cuando ambos lo estuvieran, y se lo diría. Paso una mano por sus rebeldes mechones castaños. -Hasta entonces, lo seguiré apoyando-.
Pronto ella también se durmió en la azotea. No habría pesadillas esa noche; se tenían el uno al otro para ayudarse. Estaban así de destrozados, después de todo.
Pero que algo estuviera roto no quería decir que estuviera mal. Si estaban rotos, tal vez juntos podrían estar completos.
En el interior de la casa, Clark sonrío. A pesar de tener superoído no escucho de lo que hablaron, no era correcto y no era algo en lo que debía meterse, pero si escucho como los latidos de los dos volvían a un estado normal. Después tendría que traerlos a la casa, pero les podría dar un par de minutos más.
Había notado como su prima y el joven de otra tierra se habían acercado, y aunque le preocupo en un inicio, al ver el buen efecto que ambos tenían en el otro, lo dejo pasar. Ahora se daba cuenta que fue una buena decisión.
Por qué opinaba igual que Kara. Sin importar las sospechas o desconfianza de Batman en él, Seiya era un verdadero héroe, alguien que se arriesgaba por otros sin dudarlo. Si había alguna fuerza que intentara venir por él con intenciones hostiles, entonces estaría a su lado para ayudarlo, defenderlo.
Y bueno... si algo más que una amistad surgía entre Kara y Seiya... él no se opondría. El chico le agradaba, y también le cayo bien a sus padres. Estaba seguro que ahora intentarían invitarlo a más cenas.
-Por momentos más felices. Feliz Navidad-.
