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La noche iba bien. Víctor llevaba en las manos una botella de vidrio con un líquido que resplandecía con fuerza en la oscuridad de los pasillos de la mansión. Se dirigía directamente al patio trasero, al taller donde su amigo Impey pasaba casi todas las noches.
Después de que la reina Victoria revocara la búsqueda y arresto del grupo, Víctor reconocía que se sentía más cercano al ingeniero que al resto del grupo. Así que, si Impey le pedía algo, normalmente lo convertía en una de sus prioridades. Y justo unos días atras, su petición había sido un combustible ligero como el agua, pero con la suficiente energía para lanzar un cañón con fuerza.
Para Víctor, era un líquido de baja densidad que podía tener una reacción exotérmica de gran tamaño al entrar en contacto con temperaturas altas. Tras jugar con varios líquidos, había logrado sintetizar el líquido dorado que sostenía en sus manos.
No había sido tan difícil sintetizarlo. Probarlo había provocado distintas explosiones e inhalar el humo de este solo unos minutos antes durante la prueba final. Había anotado en su libreta que inhalar el humo dejaba al usuario en un estado de baja atención y somnolencia. Pero aun así, caminó por el césped hacia el taller, con la luz encendida, tropezando solo un par de veces con piedras que había jurado que estaban más lejos de lo que aparentaban.
Llegó al taller y llamó a Impey con una voz alta, pero no tanto como para despertar al resto de los habitantes, que deberían estar dormidos a esas horas de la madrugada. Con excepción del ingeniero, que al igual que Víctor solía estar más tiempo despierto experimentando que dormido.
A Víctor le gustaba tener a alguien que lo comprendiera. Era como volver a los viejos tiempos en el laboratorio de la Royal Society.
Impey asomó la cabeza y vio a Víctor, que parecía tambalearse ligeramente. Aun así, aceptó gustosamente la botella. El color era como el de la miel que le ponía al pan por la mañana: un dorado que parecía oro puro. Podría ser un buen color para el prototipo.
—¿Lo has probado? —preguntó Impey, dandole paso para que Víctor tomara asiento en el sofá que solía usar como cama. Notó que Víctor parecía poder quedarse dormido en cualquier momento y solo pensaba en que había trabajado duro en crear el líquido.—. Oí varias explosiones y aquellas claramente no eran mías.
—Funcionó bastante bien, debería tener suficiente fuerza para lanzar un cohete de tamaño considerable.
—No esperaría menos de ti —dijo Impey, tomando asiento junto a su amigo—. Pondré tu nombre en la Luna cuando la alcance.
—Creo que necesitarás más combustible del que te acabo de dar —dijo Víctor, y rió. Fue una risa pequeña, pero Impey sonrió al ver otra expresión en él, distinta a la habitual.
—¿Te encuentras bien? Te noto fuera de ti.
—¿Hm? —Víctor ladeó la cabeza tratando de descifrar si sentía tan distinto como de costumbre. Negó con la cabeza, pero la mirada de Impey seguía sobre él—. Tal vez sean los humos del combustible. Debí de inhalar algunos durante las pruebas de combustión.
—¿No necesitas protección para eso?
La mirada de Víctor se desvió. Tenía una máscara con filtro para usar durante sus experimentos con elementos volátiles, pero prefería no usarla. Sin embargo, apartó ese pensamiento de su cabeza y se puso a buscar alguna forma de responder a su amigo.
—Sí, pero hablemos de otra cosa.
Impey alzó una ceja. Se dio cuenta de que Víctor tenía prisa por cambiar de tema. Suspiró, pensando que, a pesar de que ya habían pasado varios meses desde que todo el grupo vivía juntos, Víctor era de los que se encerraban en su habitación durante días. Casi tanto como Van Helsing, pero al menos este solía salir a cenar diariamente. Victor no.
A Víctor le gustaba aislarse más de lo que al resto le gustaba reconocer. Al principio, lo relacionaban a que era introvertido, de esas personas que trabajan mejor cuando se concentran en su trabajo. Sin embargo, incluso Impey notaba que la habitación de Víctor permanecía iluminada durante noches sin fin.
Quería acercarse más a Víctor. Entenderlo un poco más. Tal vez no dejarlo solo tanto tiempo y apoyarlo tanto como él lo hace con los demás. Impey quería darle la misma ayuda que él recibía.
Miró el combustible contra la luz de la vela que iluminaba la sala. Tenía un brillo fantástico. Estaba orgulloso de su compañero, de su amigo, aunque no se atrevía a decirlo en voz alta.
—Hay algo en mi mente desde hace unos días.
Víctor miró a Impey con confusión; no estaba acostumbrado a verlo dudar de su impulsividad. Normalmente, decía las cosas tal y como las pensaba. ¿Qué lo detenía? En la mente de Víctor había miles de cosas sobre lo que saldría de la boca de Impey.
Tal vez ya no quería seguir pidiéndole trabajo.
Se sentía abrumado cuando Víctor hablaba con él de ciencia.
Nunca lo había considerado un amigo y quería que mantuvieran las distancias.
—¿Qué tan cercano eras a la Reina Victoria?
La pregunta llevaba rondando la mente de Impey desde que había visto cómo Víctor amenazaba con tanta eficacia a una persona con tanto poder en el mundo. No era algo habitual. Tampoco se lo esperaba de su amigo. Lo vio muy distinto a como era habitualmente: pasó de ser gentil y dócil a convertirse en una amenaza para todo el país.
Le aterraba, para ser sincero.
Impey sabía perfectamente que, aunque Víctor no quisiera admitirlo, su ingenio superaba al de Beckford. Pero no solo eso, sino que la bondad que llenaba el corazón y el cuerpo de Víctor era suficiente para que no tuviera que preocuparse de que su amigo usara su intelecto con las mismas intenciones que Beckford.
Mínimo, no otra vez.
Nunca se atrevía a tocar el tema. Ni siquiera se atrevía a pensarlo. Pero ahí estaba, a su lado, la persona que estaba a punto de dormirse y que era la causante de la muerte de miles de miembros de su familia, amigos, vecinos y, lamentablemente, de su antiguo maestro.
El humo del Zicterium se extendió por todo el pueblo, dejando a su paso un rastro de muerte y destrucción. Bueno, con ciertas excepciones. Impey estaba ahí, vivo, afortunadamente. Pero jamás habría pensado que llegaría a ser tan cercano con alguien que le había causado tanta tristeza en su momento. Que había causado su soledad.
Pero, al mismo tiempo, no podía dejarlo solo. No cuando se mostraba tan vulnerable. Víctor no era como se habría imaginado al creador del Zicterium. No sentía odio hacia los vampiros y tampoco parecía un loco que solo buscabá dinero o fama.
Era normal. Bastante normal.
En realidad, había empezado a encontrar rasgos de sí mismo en Victor. Eran pequeños detalles, pero humanizaba a ambos. Por más graciosa que fuera esa frase, teniendo en cuenta que Impey era un vampiro y Victor... un humano que no solía cuidarse tanto como lo hacia a otros.
Le preocupaba más de la cuenta el hecho de que su amigo tuviera ojeras y que le rugiera el estómago desde el momento en que lo vio.
—¿Por qué no comes algo antes de responderme?
Víctor asintió. No porque aceptara lo que le había dicho Impey, sino porque siempre había asintido ante lo que le decían sus amigos. Además, Impey ya se dirigía a la parte trasera de su taller. No habia forma en que se negara.
El olor a café inundó la estancia. Tanto que despertó ligeramente a Víctor, que estaba recostado en el sofá. Sus ojos parpadearon lentamente mientras escaneaba con cuidado sus alrededores. El taller de Impey siempre era un caos, casi tanto como la habitación de Victor. Aunque ambos siempre decían que había un orden en ese desorden, como en sus respectivas mentes.
Víctor tomó la taza de las manos de su amigo. Dio un sorbo y el líquido, que humeaba y le calentaba las manos, pese a los guantes. Miró el líquido café, que le devolvía el reflejo de su rostro. Sus ojos realmente se veían cansados y tenía las cejas fruncidas, por alguna razón que Victor atribuia al estrés. Pero aun así era extraño verse de esa manera despues de no verse asi deasde hace un par de años.
Cuando aún era joven.
Cuando aún tenía esperanza.
—¿Qué me habías preguntado?
La pregunta salió de la boca de Víctor, que miraba la taza tratando de ignorar el plato de sándwiches que su amigo había puesto delante de ellos. Se veían deliciosos, pero Víctor no se atrevía a tomar ni un trozo. No sin que Impey diera el primer bocado. No quería ser el primero, no quería parecer que se estaba aprovechando de su benevolencia. No se lo merecía.
—Sobre la Reina Victoria.
Impey notó que, cada poco tiempo, la mirada de Victor se iba a los sándwiches. Conocía a Victor. Cogió dos rebanadas y le dio una a su amigo.
—Ah —Víctor no respondió de inmediato, cuando lo hizo fue con un suspiro, tan suave que parecía ser solo su respiración—. Todavía puedo recordar aquellos días...
Eran buenos tiempos. Hace años, cuando puso por primera vez el pie en Londres. Con dos maletas a su lado y la cabeza llena de nervios, lo primero que hizo Víctor fue presentarse a Isaac Beckford.
La Royal Academy era, sin duda, enorme. No había edificios tan grandes ni tan majestuosos en Suiza. Tal vez algunos, pero en Londres... La ciudad estaba repleta de ellos. Donde quiera que mirara, había edificios y casas que se alzaban deseando alcanzar el cielo. Víctor miraba hacia el cielo, hacia las puntas de los edificios. La gente a su alrededor le dejaba paso, reconociéndolo como un extranjero recién llegado.
Era una vista común considerando que la ciudad se estaba llenando de inmigrantes en busca de nuevas oportunidades en Londres que estaba en constante crecimiento.
Pero Víctor iba tomando nota mental de las construcciones. Le llamaba la atención el uso del vapor y las columnas de este que se elevaban alto hasta mezclarse con las nubes y los pájaros que volaban más allá del horizonte. Era un cambio agridulce.
Era el primer día y ya echaba de menos a sus hermanos, a su padre y a su madre. Especialmente a esta última. Pero recordaba sus palabras de aliento: haría cosas maravillosas que cambiarían el mundo. Le había dicho que le escribiera cartas, que no olvidara hacerlo, que por muy ocupado que estuviera debía escribirle. Víctor ya sabía lo que le escribiría: le contaría sobre los paisajes y hasta podría mandarle algunos dibujos rápidos de las vistas que vería todos los días en su lugar de trabajo en el laboratorio. Esperaba tener un buen sitio con ventana para ver el paisaje fuera de su lugar de trabajo.
Pero el sonido de sus pasos apresurados sobre el camino de piedra le recordaba que estaba a punto de llegar a la Royal Society.
Encontrarse con el doctor Beckford había sido una experiencia para el joven Víctor. La voz calmada del otro lo había ayudado a relajarse, y también el hecho de que, al parecer, su inglés era lo suficientemente bueno como para mantener una conversación con él. Tantos años trabajando su inglés con su amigo Henry habían servido de algo. Estaba seguro de que su acento alemán se notaba de vez en cuando, pero realmente no le importaba mientras pudiera hacerse entender. Todavía tenía problemas con los nombres de ciertas cosas de la vida cotidiana, pero su inglés en el ámbito científico era casi perfecto. Y eso era lo importante; no necesitaba hablar de nada más que de su trabajo.
Víctor destacaba entre los demás aprendices. Tanto por su forma de ser como por los resultados de su trabajo. Beckford empezó a notarlo, a prestarle más atención a lo que decía y a las propuestas que hacía en las reuniones. Era un diamante en bruto que podían pulir y darle la forma que quisieran; aún era joven y cometía más errores de los que muchos querían admitir, pero tenía el potencial para cambiar el mundo.
Así que, cuando Beckford acudió a dar el primer informe de sus avances a la Reina Victoria, fue la propia Reina quien le sugirió que se centrara en los productos que estaba obteniendo de Víctor. Beckford no lo pensó dos veces, ya que en realidad ya le había asignado a Víctor el estudio que sentaría las bases del Horologium y del Zicterium. Tenía grandes ideas para lo que creara Víctor.
Este, joven e intentando impresionar a quien parecía ser un gran ejemplo a seguir, pasaba noches en vela. Noches en las que lo único que lo acompañaba era la luz de la vela y el guardia que cada noche estaba asignado a la vigilancia de los laboratorios. Cada mañana, cuando llegaban, Víctor estaba allí, con una taza de café y una caja de cigarrillos en el cubo de basura, haciendo compañía a los papeles con fórmulas e ideas descartadas. Y cuando se iban del laboratorio, Víctor seguía ahí, escribiendo con furia e interés, con sudor en la frente, pensando en qué podría cambiar para lograr lo que todos esperaban de él.
No podía decepcionar a Beckford.
A sus compañeros.
Ni a la Reina Victoria.
Pocas veces había tenido el placer de reunirse con ella. Antes de que creara el Zicterium.
Después de que el gas se hubiera creado, Víctor dio el informe y la demostración de las consecuencias de su uso, él mismo, frente a la corte real. Estaba nervioso, sudaba frío y había ido a vomitar un par de veces antes de la presentación. Nunca había estado tan cerca de la realeza. Si arruinaba el informe, no solo se ponía en riesgo a sí mismo, sino también al resto del equipo. Aun era un novato, o al menos eso se decía a sí mismo Víctor.
No merecía tener tanto reconocimiento, no lo necesitaba. Estaba feliz de haber sido incluido en el equipo. Era la oportunidad de su vida.
De viajar a otro país.
De estudiar en el extranjero con un equipo grandioso.
De ser alguien útil en la vida.
Cuando terminó de explicar las características del Zicterium, la Reina, sorprendentemente, le invitó a una cena privada en la que, encantada, escucharía más sobre el proceso de creación del nuevo material.
Víctor estaba sorprendido, para decir lo menos. Era raro que alguien quisiera escucharle hablar de sus proyectos. Sus hermanos no lo entendían. Henry, su amigo más cercano, solo podía asentir tratando de seguir el hilo de lo que decía Víctor. Y sus padres lo miraban con una mezcla de orgullo y confusión.
Pero ahora tenía a la Reina de Inglaterra y a una habitación llena de gente que pensaba que lo que estaba haciendo era lo mejor del mundo, que podría cambiar Londres y el mundo.
Justo lo que quería Víctor.
Lo que había empezado siendo una primera cena con Victoria se había convertido en cenas, comidas, desayunos y tés con la reina. Hablaron de usos, nuevos inventos e incluso de su vida personal.
Víctor podía llegar en cualquier momento y desahogarse hablando con Victoria. No se trataba solo de una reina, para Víctor era una amistad cercana. Una amistad que, al final, resultó ser más beneficiosa para la Reina que para él.
En ella, Víctor terminO siendo utilizado en beneficio de Victoria y, supuestamente, de la ciudad de Londres. Víctor no sabía cuáles eran los planes de Victoria para el Zicterium. No sabía que iba a ser utilizado para eliminar a todos los vampiros.
Desde el punto de vista de Víctor, el Zicterium podría tener otros usos. Si se manejaba de forma correcta, se podían medir las consecuencias que tenía en el cuerpo humano. Víctor no sabía que Beckford ya estaba haciendo pruebas para crear el Horologium y para sus proyectos con Victoria. Fue en una de esas pruebas cuando se dieron cuenta de que se trataba de un veneno potente que causaba agonía, sufrimiento y, finalmente, la muerte de quien lo inhalaba.
Victoria soltó el dato tarde, pero Victor lo escuchó en una de las cenas a las que asistía. En ese momento, mientras ambos disfrutaban de una cena de tres tiempos preparada por el mejor chef de Londres, había cientos de pueblos de vampiros siendo aniquilados por el ejército con ayuda del Zicterium.
Víctor no sabía cómo reaccionar.
Primero se le cayeron el tenedor y el cuchillo. El plato de carne que tenía delante ya no tenía buena pinta. La sangre que aún salía del corte era asquerosa; tenía un color que estaba haciendo que la entrada que había comido antes estuviera a punto de salir por su boca. No importaba la cantidad de agua que intentara beber, porque no se atrevía a probar el vino tinto de la copa que tenía a su lado y que estaba a medio acabar; el sabor de la cena no se le quitaba de la boca. Su mente se quedó en blanco tratando de comprender lo que había dicho la reina, como si fuera una simple broma.
En realidad, Victoria seguía hablando sobre los beneficios que dichos ataques habían generado en la ciudad. No había nada de lo que la Reina hablara que pudiera excusarla.
Víctor se sentía culpable.
Pero no por lanzar su silla al suelo al levantarse con prisa. Tampoco por salir del comedor sin despedirse de nadie. Ni cuando empujó a Leonhardt al salir corriendo del palacio.
Sabía perfectamente que había un pueblo de vampiros cerca del palacio. Debía asegurarse de que la situación no era más que una broma.
Su corazón palpitaba con una fuerza increíble.
Sus pies estaban cansados y le pesaban como si hubiera estado corriendo durante horas. No sabía si la caminata se le hacía cada vez más larga o si era su ansiedad la que aumentaba con cada segundo que pasaba.
La lluvia empañaba sus lentes, pero mientras pudiera seguir corriendo por el lodo entre los árboles era más que suficiente.
No podía detenerse.
Tal vez.
Solo tal vez, aún tenía tiempo.
Tal vez aún podía salvar a una persona.
Victor no podía ser el culpable de la muerte de cientos de vampiros inocentes.
No podría cargar con el peso de cientos de personas en su espalda.
No había viajado desde Suiza para esto. No había dejado atrás a su familia. No podría volver a mirarlos a los ojos sabiendo que en Londres sería un criminal. Sería el principal culpable de un asesinato masivo del que ni siquiera estaba enterado.
Había tenido largas charlas y exposiciones sobre por qué no deberían hacerlo. Pero, al fin y al cabo, Victor solo era un interno, un practicante bajo la tutela del doctor Beckford. Y no era él quien decidía.
Él era el verdadero culpable.
El creador del Zicterium.
El creador de la muerte de cientos de vampiros.
La reina Victoria también era culpable.
Ambos eran los verdaderos asesinos.
Víctor se encontraba rodeado de cuerpos inmóviles. No había discriminación: adultos, ancianos, niños, animales... Todos los seres vivos habían quedado congelados con expresiones grotescas, los cuerpos rígidos y la piel desprendida.
La vista era horrible.
Cualquiera hubiera huido desde que vio el primer cuerpo. O ni siquiera se habría acercado.
Pero las gotas de lluvia que caían sobre el rostro de Víctor se mezclaban con sus lágrimas. Tenía los ojos abiertos, memorizando la vista a su alrededor.
Ese era su castigo.
Su pecado.
Con el que cargaría por el resto de su vida.
Necesitaba memorizar cada uno de los rostros que le rodeaban. Pedir perdón no los resucitaría.
Y si fuera así, estaría aterrado de tener que explicarles lo sucedido.
No se había dado cuenta de cuándo había caído en el sueño. Tampoco notó que sus pulmones ardían, ya fuera por la carrera que había tenido que dar o por la nube de Zicterium que se había condensado a su altura.
El humo violeta que lo rodeaba era un terrible recordatorio. Un recordatorio de lo que habían hecho sus manos. De lo que es capaz el ser humano cuando tiene los recursos adecuados.
O los recursos incorrectos en sus manos.
No se dio cuenta de que alguien se acercaba a él. Pero sabía perfectamente que no habían ido hasta allí por los gritos de dolor que había lanzado. No iban a prestarle auxilio.
Era la guardia real que iba a por él.
Para llevarlo a la reina. Solo podía imaginarse Victor a lo que sería su prisión. Tal vez aún podía huir de la ciudad, del país.
Volver a casa de los padres. Encerrarse en su habitación durante un par de semanas o meses.
Pero, cuando lo levantaron por los brazos, su mente se nubló y aceptó su destino. No había forma de escapar, no cuando estaba tan cansado y sentía que los ojos se le cerraban por la fatiga de su cuerpo y su mente.
Cuando volvió en sí, ya no estaba bajo la lluvia. Estaba recostado en una cama del palacio. Se levantó con prisa y sintió que todo su cuerpo se desvanecía, cayó de nuevo.
Había inhalado Zicterium.
Una dosis pequeña, pensó Víctor. Lo suficiente como para dejar a su cuerpo tratando de recomponerse.
Además, notaba que las piernas le dolían más de lo normal después de correr. Los brazos se le habían entumecido y los pulmones le quemaban cada vez que respiraba. Le dolía la nariz y la garganta, y estaba seguro de que si toseía, saldrían gotas de sangre. No estaba seguro de si podía hablar y le lagrimeaban los ojos cada vez que parpadeaba.
Intento relajarse.
Pero no podía. No, porque no solo estaba mal físicamente, sino que además sentía un peso en el pecho por culpa.
Tal vez sea mejor que muera en ese momento.
Sus pensamientos se disiparon cuando entraron la reina, su guardia y uno de los médicos. Víctor se levantó y miró desafiante a Victoria.
Ella solo rió. Esperaba esa reacción de su amigo. Si es que aún podía considerarlo como tal.
—¿Cómo pudiste? —preguntó Víctor con voz ronca. El doctor se acercó a revisarlo. Le dio un par de pastillas, pero Víctor las apartó mientras intentaba levantarse.
—Si estás planeando suicidarte de forma lenta, puedes irte sin recibir la ayuda que te estamos dando.
—Cuando salga de aquí —continuó Víctor, inhalando pesadamente para tomar todo el aire posible y decir solo un par de palabras—, haré lo posible para que sepan lo que pasó hoy.
Victoria rió con soberbia. Miró con pena a Víctor. Jamás pensó que vería a ese joven que apenas podía hablar frente a todo el consejo, tan serio y queriendo insultarla. Era una visión nueva para la reina; nadie se había atrevido a tratarla de esa forma y le fascinaba.
—El médico cree que te quedan un par de horas si el daño del Zicterium sigue extendiéndose, según tus documentos y exposiciones, no hay una cura para reparar los daños.
—He estado trabajando en una. Puedo terminarla.
—No sin mi apoyo financiero ni mis permisos.
—No necesito de esos, al fin veo tus verdaderas intenciones.
Victor se levantó apoyándose en la pared, sorprendiendo tanto al doctor como a Leonhardth. Este último iba a acercarse a ayudarlo pero Victoria lo detuvo, quería ver hasta dónde llegaba el otro.
—¿Qué planeas hacer? No lograrás escapar muy lejos, puedo poner tu nombre y tu rostro en carteles de búsqueda por actos terroristas en todas las paredes de la ciudad.
—Si logras encerrarme hare que se difunda toda la información sobre cómo crear el Zicterium en el mundo, no será difícil con los contactos que tengo en Suiza.
—Estarás en la cárcel antes de que puedas empezar.
—Y eso es tiempo suficiente.
—Volverás, Víctor.
—Claro que no, no te necesito a ti, ni a tus palabras, ni a tu apoyo —Víctor se sostuvo de la puerta, miró con decepción a la reina y pensó que jamás habría imaginado que su estancia terminaría así—. Puedo arreglar todo esto, lo arreglaré y lo haré sin ti.
—Estoy ansiosa por verlo.
—No me subestimes, ni a mí ni a lo que lograré —Victor hablo mientras que aun trataba de mantenerse en pie y de respirar con normalidad—. Podríamos haber hecho cosas grandiosas si no hubieras abusado de mi confianza.
—Encontraré un sustituto para ti, científicos hay muchos que han querido estar en tu posesión. Eres remplazable.
—Inténtalo, pero ninguno tendrá la misma pasión por ayudar a la gente que yo —continuó Víctor, mientras caminaba—. Pensé que lo había encontrado en ti, pero estaba equivocado.
La Reina no se movió para detenerlo; al contrario, solo vio cómo se iba de la habitación con paso lento. Leonhardth esperaba la orden de arresto de Vctor por parte de la reina para ir tras él. Pero la reina solo suspiró pesadamente y, cuando habían pasado varios minutos, simplemente se dio la vuelta para mirar a su guardia, decidida.
—Mañana por la mañana, tu primera orden es preparar todo para acusar a Víctor de terrorismo. Démosle un par de horas para que pueda descansar y recuperarse.
—Lo quiero vivo en su laboratorio —continuó Victoria.
—Como desee, su majestad —dijo Leonhardth, haciendo el saludo militar.
Víctor pasó el resto de la noche recogiendo cosas necesarias de su departamento. Tomó medicamentos que había creado como prototipos para contrarrestar los distintos efectos del Zicterium. Al menos uno de ellos debía funcionar, o la combinación de todos debería ayudarle. Necesitaba un refugio, recursos y todo lo necesario para recuperarse por completo.
Tenía que avisar a su familia sobre su estado.
Tenía que escapar.
Tenían un plan por si los arrestaban.
Dar instrucciones a su familia y amigos (realmente su único amigo era Henry Clerval) sobre qué hacer si lo arrestaban y acababa en manos de Victoria.
Antes de que amaneciera, Víctor abandonó su antiguo apartamento con una sola mochila. Su garganta aún le dolía, pero debía esconderse antes de que comenzaran a buscarlo. Si es que no lo habían hecho ya. Cogió con fuerza sus cosas y se dirigió primero a dejar su carta.
Se acercó a todas las oficinas de correos de la zona, pero todas, absolutamente todas, estaban vigiladas por guardias que esperaban en la puerta para ver quién entraba y miraban rápidamente lo que la gente llevaba para dejar en las oficinas. Estaría arriesgándose, pero debía avisar a su familia antes de que trataran de contactar con alguno de ellos.
Antes de que escucharan lo que había pasado, lo que Víctor había ocasionado, en palabras de otra persona.
En el periódico, seguramente saldría el ataque y toda la información en las noticias internacionales.
Sin embargo, cuando intentó acercarse a otra oficina, se encontró con un cartel de «Se busca» con su rostro en el cubo de basura. Lo tomó con cuidado y leyó cómo lo trataban de terrorista por sus crímenes. Sus manos temblaron. La mayoría de la ciudad ya debería estar enterada de su identidad. No tenía muchas posibilidades de recibir ayuda. Víctor suspiró y pensó rápidamente en cuál debería ser su siguiente acción.
Su vida corría peligro. Su libertad, sobre todo.
Sus piernas temblaban de nuevo, así que debía buscar un lugar donde descansar, como mínimo.
El resto de sus días los pasó con Víctor tratando de escapar de la guardia real. Evitaban las peleas físicas y se movían principalmente de noche y por las zonas menos vigiladas. La zona exterior de la ciudad.
Se había convertido en su refugio. Se había estado escondiendo en uno de los edificios abandonados, donde había logrado tener un pequeño laboratorio. No solo había progresado en la búsqueda de una cura para los efectos del zicterium en su cuerpo, sino que también había continuado su investigación.
Pasaba los días y las noches encerrado en ese lugar. Esperaba que la situación se calmara lo suficiente en algún momento para poder salir de ahí.
Hasta que encontró un rayo de esperanza en su grupo de amigos. El encuentro en el que salvó la vida de Cardia cambió por completo la vida de Víctor. No podía estar más agradecido.
Cada día que pasaba en esa mansión se sentía aliviado. Y aunque había días malos, la mayoría eran lo suficientemente buenos como para distraerlo durante un tiempo de sus pensamientos. Víctor había conocido a personas que, como él, luchaban por una razón para salvar a la ciudad de Londres.
Y junto a él, en ese momento, estaba quien podría considerar su amigo más cercano. Con él podía pasar horas hablando de proyectos que ni siquiera podía contar antes.
Era extraño. Tener un amigo con intereses similares a los suyos. Poder hablar con alguien sobre reacciones químicas, medicamentos, inventos, ingeniería y que le entendiera. Recibir comentarios de la siempre brillante y dinámica mente de Impey resultaba revelador para Víctor en muchas ocasiones.
Por eso, cada vez que este le pedía un favor, Víctor estaba ahí para cumplirlo sin pedir nada a cambio.
Así que, aunque en ese momento no tenía las ideas muy claras, se lo contó todo a su amigo. No dudó en contarle todo su pasado a su amigo.
Impey se mantuvo callado todo el tiempo. Aunque Víctor se dormía de vez en cuando y, en ocasiones, alargaba las sílabas o decía palabras sin sentido. Entendió perfectamente los duros días que tuvo que vivir.
Sabía que había sufrido más de lo que pensaba.
Sospechaba que Víctor no estaba directamente involucrado en el ataque contra los vampiros. En realidad no estaba tan involucrado. Sabía perfectamente que el joven doctor tenía un gran corazón y un gran amor por la vida ajena, por lo que era imposible que pudiera permitir que sucediera algo así.
Y esa conversación lo confirmó.
Impey confiaba plenamente en su amigo. Sabía que cargaba con una enorme culpabilidad. Sabía que pasaba días y semanas sin dormir. Sabía que tenía pesadillas que lo atormentaban, y había noches en las que estaban juntos y podía escucharlo suspirar pesadamente.
Impey lo comprendía. Sabía que su amigo sufría las consecuencias de aquel día casi tanto como Impey por haber perdido a su maestro.
Aquel al que todavía le habla por las noches. El que, cuando festeja un avance en sus cohetes, se lo dedica a él. Aquel al que puede ver reflejado en la luna, esperándolo.
Le gustaba pensar que no estaba solo cada vez que veía brillar la luna. En las noches de luna llena se sentía más cerca de su viejo maestro.
Estaría orgulloso de que Impey aceptara y ayudar al pobre Victor.
Impey trataba de encontrar las palabras adecuadas para animar a su amigo.
En el otro extremo de la ciudad, Victoria estaba en uno de los baños del castillo.
Era medianoche y había organizado una fiesta para celebrar la entrega de medallas de un par de días atrás. A pesar de la visita inesperada de un viejo amigo, Victoria lo estaba pasando bien con su corte real y los galardonados de esa ocasión.
En ese momento, Leonhardth estaba a su lado, sosteniendo el tocado que llevaba en la cabeza la reina, mientras Victoria retocaba su maquillaje.
—¿No quiere ponerse más rubor? —preguntó Leonhardth con voz suave, la que utilizaba cuando se dirigía a la reina, especialmente a solas.
—Siempre —contestó Victoria con una sonrisa.
Aunque, en realidad, esa no era la pregunta que quería hacerle Leonhardth. Había notado que, desde el incidente, la reina estaba algo pensativa. Leonhardth sabía perfectamente que la presencia de Victor había sido un tema importante en la vida de la reina. Y era demasiado egoísta por su parte simplemente pensar en preguntar algo al respecto.
—Víctor parece estar viviendo bastante bien, ¿No es así? —Pero la reina conocía a su guardia como la palma de su mano, casi tan bien como dice conocer la ciudad que rige—. Jamás me habría esperado verlo con tal expresión en su rostro.
—¿No le molesta?
—Me da envidia no ser quien está a su lado beneficiándose de sus creaciones —La reina rió suavemente—. Le tenía demasiadas esperanzas al doctor y, al final, todo se rompió aquella noche que se fue.
—Si hubiéramos salido en cuanto se fue, podríamos haberlo recuperado.
—Realmente no tengo problema con que se haya ido —dijo Victoria mientras tomaba el tocado y lo acomodaba en su cabeza—. Al principio dudaba de si seguiría con vida, pero verlo cara a cara y con esa expresión desafiante en su rostro... —La risa de la reina chocó contra las paredes y resonó en la pequeña habitación—, Fue fantástico. Será mejor que lo vigilemos de lejos, porque estoy segura de que dentro de poco hará algo inimaginable y quiero ser la primera en usar sus creaciones.
—Su Majestad, haremos todo lo posible para que Víctor pueda volver a trabajar para usted.
—Descubrí algo, Leonhardth: él debe venir hacia mí. Vi sus ojos llenos de rabia y sé perfectamente que, aunque lo volcamos a tener a la fuerza, no podrá llevar a cabo lo que puede llegar a ser si no lo dejamos libre.
—¿Solo lo observamos?
—De lejos, que no se dé cuenta; si se entera, no dudará en actuar en nuestra contra —continuó Victoria—. De nuevo. No creo que podamos resistirnos a lo que planea esta vez. Ya recibí una amenaza por su parte y no quiero recibir otra.
Leonhardth lo entendió y se inclinó ante su majestad.
Ambos salieron de allí. Sin embargo, Victoria seguía pensando en Víctor. Aún recordaba cómo había transcurrido aquella noche. Era poco decir que Victoria estaba molesta desde aquella noche. De hecho, era la que menos quería que se fuera, ya que sus planes se arruinaron gracias a la huida de Víctor, que para entonces se había convertido en una pieza fundamental para el desarrollo del país que ella tenía planeado.
Pero la noche continuó y ella se olvidó del asunto durante un par de horas, mientras estaba en la fiesta. Esperaba que en algún momento pudiera tener otra reunión, mucho más tranquila, con Víctor. Como las que solían tener meses antes.
Sin embargo, en su lugar estaba Impey, que acompañaba a Victor aquella noche. Víctor ya estaba a punto de quedarse dormido.
—No creo que hayas exagerado con tu reacción, Victor —respondió Impey con suavidad, esperando no despertar a su amigo.
Sin embargo, este abrió los ojos rápidamente y volvió su atención a las palabras de aliento de Impey.
—Pero aún así eres importante para nosotros, así que ¡deja de sacrificarte por el resto! Nos haces ver débiles.
—¡No quería que se viera así! Yo solo... —Víctor bajó la voz, susurrándose a sí mismo que su vida no valía la pena, pero continuó, elevando su voz y mirando a su amigo con cierta ambición que resultaba extraña—. Todos ustedes dan su vida cada vez que nos arriesgamos a algo. Ustedes son mis salvadores, así que yo también puedo hacerlo.
—Creo que lo has entendido mal —dijo Impey, colocando su brazo sobre el hombro de Víctor para acercarlo a él—. Debes aprovechar cada oportunidad, enumerar todos tus logros y buscar tu camino.
—No tengo nada de eso, lo dejé atrás cuando me fui de la Royal Society.
—Transforma tus arrepentimientos y errores en formas de corregir tu pasado.
—Toda mi vida, mi padre, los filósofos y científicos que leía en los libros, todos ellos perdían sus vidas, literal y metafóricamente, para lograr sus logros. Yo solo pensaba en ser como ellos, que parecía tan divertido —Víctor suspiró, buscando la forma de decir lo siguiente—- Lo único que quiero es morirme cuando termine de arreglar todo lo que hice mal.
—Victor, puedes tenerlo todo sin el apoyo de la reina, sin el nuestro. Tú solo puedes transformar las cicatrices de tu corazón y darles vida nueva —Impey miró hacia el cielo estrellado—. Hay tantas personas como estrellas en el cielo que confían en ti. Y puedo prestarte a mi viejo para que te cuide desde la luna si lo necesitas.
Víctor rió. Por primera vez, sincero. Impey estaba feliz de verlo así; al menos ya había mostrado algo de emoción positiva.
—Lo intentaré, no prometo nada, pero haré todo lo posible por devolverles a los vampiros todo el dolor que causó Victoria.
—Y tu decepción y traición son válidas —continuó Impey—. Ambos pudieron haberlo tenido todo, pero con nuestro apoyo lograrás grandes cosas, así que vive hasta que alcance la luna.
—Viviré, por todos nosotros, todavía hay cosas que debo cumplir.
Víctor se quedó dormido en el sofá, acompañado de Impey y del sonido de las máquinas que había dejado funcionando. A pesar de dormir en el sofá, se sentía feliz y, cuando despertó al día siguiente, se sentía rejuvenecido y descansado. Aunque tenía un zumbido en la cabeza, se sentía casi perfectamente.
Era un nuevo día y todavía tenía cosas que hacer.
De camino a su habitación, acompañado de Sissy, recitaba las fórmulas químicas de sus últimos experimentos. Sentía que estaba cerca de lograr algo grande y estaba motivado.
Podría ser un buen día.
Eso es lo que Víctor esperaba a partir de esa mañana.
