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El último sonido que Madara Uchiha recordaba era el de Hashirama diciéndole gentilmente que su tiempo ya terminó, que deje la historia a los shinobi actuales. El último sentimiento, una combinación entre derrota y alivio. La oscuridad lo había envuelto, prometiéndole el olvido o, quizás, el ansiado sueño eterno.
Pero el olvido no llegó.
En su lugar, llegó otro sonido.
Un estruendo de cosas que no podía reconocer, gente hablando, sonidos metálicos y rítmicos que le hacían vibrar los tímpanos. Madara abrió los ojos con brusquedad.
El cielo que conocía no estaba allí.
Donde debían estar las estrellas o la luna, se alzaba una grotesca barrera de cristal y acero, monstruosas estructuras que se perdían en la altura, punteadas por miles de luces parpadeantes que le recordaron, de forma distorsionada, a los fuegos de las aldeas enemigas. Un zumbido constante, un ruido de fondo formado por mil máquinas desconocidas, golpeaba sus tímpanos.
Se incorporó con la agilidad felina que le caracterizaba, aunque cada músculo protestaba con un dolor sordo y desconocido. Estaba en un callejón estrecho, flanqueado por contenedores de basura de un metal verde que despedía un hedor desagradable.
¿Dónde estoy? ¿Un nuevo Genjutsu? ¿El castigo del Sabio de los Seis Caminos?
Concentró su mente, buscando el flujo familiar de su chakra. Nada. Era como intentar agarrar agua con las manos; la energía se escurría, intangible, inexistente. Un vacío aterrador se abrió en su pecho. Era sólo un hombre, con un cuerpo dolorido, en un lugar que no entendía.
Un instinto ancestral lo hizo girar. Sus ojos, sin necesidad de un esfuerzo consciente, cambiaron. El mundo se tiñó de rojo carmesí, las formas se volvieron más nítidas, los movimientos más lentos para su percepción. El Sharingan se había activado, un faro de su linaje en medio de tanta miseria.
Pero no había chakra que ver. No había flujos de energía en el aire, ni tenues hilos de poder en las personas que comenzaban a pasar por la boca del callejón. El Sharingan, sus ojos maldito y bendito, eran ahora sólo un telescopio de alta definición. Una herramienta inútil en un mundo sin ninjutsu.
Dos figuras se detuvieron a mirarlo. Eran jóvenes, vestidos con ropas extrañas y desteñidas. Uno de ellos, con el cabello teñido de un azul eléctrico y varios aros en la oreja, señaló hacia Madara con una sonrisa burlona.
“Oye, mira.” dijo, con una voz que a Madara le pareció insolente y débil. “¿Vienes de una fiesta gótica o qué? El disfraz está genial, la armadura samurai le da el toque.”
Madara los observó, frío. Sus palabras eran un galimatías, pero el tono de condescendencia era universal. "Gótico". "Disfraz". Palabras vacías que no merecían una respuesta. Él era Madara Uchiha. El fundador de Konoha. El espectro que aterrorizó al mundo shinobi.
Su compañero, sin embargo, lo miró con ojos brillantes de genuino reconocimiento.
“¡No es un gótico!” exclamó, emocionado. “¡Es un cosplay de Madara Uchiha! ¡Y de los buenos! La armadura es super detallada, hasta tiene las grietas de la batalla. Y los ojos… ¡lleva pupilentes de Sharingan! Oye, ¿Vienes de una convención? ¿Nos hacemos una foto?”
Cosplay. Pupilentes. Foto. Más palabras sin sentido. Pero habían dicho su nombre. Lo reconocían. ¿Eran aliados? ¿Subordinados? No. Sus actitudes no mostraban respeto, sólo la curiosidad trivial que se le tiene a un animal exótico en una jaula.
“¿De qué hablan, insolentes?” rugió Madara, y su voz, potente y cargada de una autoridad que este mundo nunca había conocido, resonó en el callejón como un trueno.
Los dos jóvenes dieron un paso atrás, sorprendidos por la intensidad de su tono. El que había hablado de "cosplay" rió, un poco nervioso.
“Vaya,y además se mete en el papel. ¡Genial!”
Madara apretó los puños. El vacío de su chakra era humillante. En cualquier otro momento, un simple jutsu de fuego habría barrido a estos gusanos y a media ciudad. Pero ahora sólo podía quedarse allí, de pie, siendo el objeto de burla y de un elogio vacío.
Era un dios caído en un mundo de hormigas, y las hormigas, en su ignorancia, lo confundían con una de ellas, pero con un traje pintoresco.
El Sharingan captó cada detalle de sus rostros risueños, cada movimiento despreocupado. Los grabó a fuego en su memoria. Este mundo, este lugar de cristal y ruido, le había robado su poder. Pero no su orgullo. Y menos aún, su sed de respuestas.
Algo, o alguien, lo había traído aquí. Y Madara Uchiha no descansaría hasta descubrir por qué, y qué precio haría pagar a este mundo por su insolencia.
