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Lucifer sabía que hoy sería uno de esos días, ni siquiera había necesidad de abrir los ojos, la incomodidad que se asentaba en su pecho como una piedra gigante le decía. Entreabrió uno de sus párpados, con la vista desenfocada, sintiendo la mente y cuerpo coincidir con la molestia en su caja torácica, y después una noche inquieta, recordando, lamentando y llorando, no era una situación imprevista, pero que sí hubiera querido omitirla.
La suerte nunca había estado de su lado de todas maneras.
Su mente se sentía nebulosa, sus extremidades pesadas y entumecidas, el pecho le dolía en el centro, donde tendría que tener su corazón, sí es que fuera un humano.
Miró al techo de su habitación sin realmente mirar, su cerebro no procesaba la imágen, sentía a su alrededor de su cuerpo las sábanas desordenadas, almohadas en el piso y detrás de su cabeza, la sensación de su ropa contra su piel empezaba a sentirse molestia y pronto se sentiría asfixiante.
Era irracional, la tela no tenía la culpa de su mal humor, de sus problemas o de su incapacidad de autorregularse.
Respiró profundo, llenando su caja torácica, haciéndola expandirse hasta el límite de dolerle físicamente, reteniendo el aire durante unos momentos, sintiendo que el dolor de su pecho se aliviaba un poco, el no necesitaba respirar realmente, pero luego de vivir tantos milenios, se le había hecho costumbre, pensó distraídamente. Cuando al fin soltó el aire en una exhalación larga y pesada, el dolor se volvió más fuerte.
Sus extremidades empezaban a acalambrarse, y supo que iba a caer.
Quería hacer algo para aliviar el malestar, no quería hacer nada al mismo tiempo, todo dolía sin ningúna razón aparente pero era real, tan malditamente que empezaba a retorcerse y contorsionarse tratando, no sabía qué, pero intentando, aunque sería inútil.
Se sentía vació incluso con todos sus malestares físicos y la pesadez de su mente, pero había tristeza en todo su ser a la vez.
Quería levantarse y sobreponerse, quería desaparecer y no sentir nada, quería caer y hundirse en la olla de lava que sabía que lo calcinaría vivo.
El dolor físico estaba bien, de verdad, no importaba, no importaba, pero el emocional…
Prefería que le atravesarán el pecho con acero angelical.
Todo a su alrededor se sentía incorrecto, su propia existencia, las telas, los olores, los sonidos, su propia piel, sentía que empezaba a tener dificultad para respirar. Araño con fuerza sus mejillas, el ardor y la sensación de su sangre bajando por su piel de su rostro le daba en qué concentrarse, un ancla antes de perder ante su miseria.
Sintió como los ojos se le humedecieron y pequeñas lágrimas empezaban a bajar por los lados laterales de su rostro, un pequeño escozor las acompañó, ya que seguía arañando sus mejillas a carne viva.
Hipó levemente, sintió que se le todo su cuerpo se acalambra de dolor con más fuerza, de un dolor que no tenía que estar ahí, uno que no debía existir sí no estuviera mal de su cabeza, que no tenía razón lógica para atormentarlo y hacerle retorcerse en pura desesperación queriendo alivio.
QUERIENDO ALGO.
Sus respiraciones se hicieron rápidas y entrecortadas, el ardor de sus mejillas había desaparecido lentamente, porque claro, su maldita habilidad de curación no dejaba rastros de sus arranques de auto-lesión. Conveniente, pero lo hacía sentir tan completamente miserable el que ni siquiera su cuerpo tuviera la gentileza de registrar lo que le pasaba, que le obligará a ignorar su dolor.
Había sido lo suficientemente miserable para causarse daño y no quedaba ningún maldito rastro de ello, como sí no importará, porque, no, no importaba.
Se ahogó y gimoteo patéticamente.
¡ERA UN ESTÚPIDO! ¡Porque claro QUE NO IMPORTABA! ¿Por qué importaría unas cuantas heridas, su tristeza y la soledad del ser más odiado de la creación? ¡NO LE IMPORTABA A SU CREADOR, A SU ESPOSA O A SU HIJA!
A NADIE.
No sabía en qué momento había llegado al suelo de su habitación, la cabeza le dolía, una migraña inminente arañando desde su nuca hasta el centro de su cráneo, con respiraciones ahogadas e hiperventilantes y se dio cuenta.
Los arañazos en su cara no eran suficiente.
Su brazos quedaron al descubierto, sus garras empezaron lentamente a abrir la carne de color porcelana que terminaba en un negro carbón al final de sus manos con garras ahora manchada entre sangre y pedazos de carne.
El dolor se disparó, sintió el alivio instantáneo y la vertiginosa sensación de liberación fue tanto bienvenida como lamentable, la sangre dorada caía libremente en la alfombra de su piso, sus lágrimas y lloriqueos se hacían cada vez más altos, su mente era como un mar turbió comenzando una tormenta y su pecho, dolía, dolía, dolía, dolía, dolía, dolía, dolía, dolía, dolía, dolía, dolía, DOLÍA.
Escuchó el suave pero desquiciadamente chillido de uno de sus miles de patos de goma, este se había caído de uno de sus tantos estantes repletos de estos patos. Sintió como la bilis le subía a la garganta, y sin que pudiera procesar lo que estaba apunto de hacer, una de las tantas torres de esas malditas cosas empezó a carbonizarse y ha irradiar un fuego feroz consumiendolos. Cuando el fuego muerde la carne elástica de ese juguete, lo que nace no es humo, sino un suspiro negro y denso que busca asfixiar la pureza del aire. Petróleo, a la memoria del aceite profundo que fue forzado a ser forma y ahora, bajo el castigo de la llama, regresa a su naturaleza salvaje. Es una fragancia acre y punzante, una garra de azufre que araña la garganta con la insistencia de lo que no quiere morir de forma natural.
Hay en su agonía un matiz químicamente dulce, una melaza sintética y tóxica que embriaga los sentidos antes de enfermarlos.
Una mezcla de veneno y nostalgia por lo que alguna vez fue maleable y ahora, convertido en ceniza pegajosa, solo sabe amargar el viento.
—¡Ack-!
Gimoteó luego de que su mente entendiera lo que había hecho, arrepintiéndose al instante, pero no había nada que hacer.
Bajo la mirada hacía sus brazos, dolía donde la sangre seguía supurando, y las lágrimas salieron con más fuerza.
Sus patitos le habían dado paz de vez en cuando, una sensación de utilidad, creatividad libre e inofensiva, habían sido su refugio del mundo y de su propia mente, pero esas malditas creaciones suyas no eran más que un patético intento de distraerse de su ser, de su miseria, soledad y dolor. ¿Por qué arrepentirse de lo que había hecho? No servían, nadie las quería, eran estúpidas.
No podía respirar, las cenizas se arremolinaban y la goma derretida se esparcían por el suelo de la habitación, el aire estaba quieto pero se escuchaba el silbido de una fuerte brisa. ¿Era la descontrolada hiperventilación de Lucifer lo que llenaba la habitación?
—¡MALDITA SEA!— gruñó en un grito al aire, dando un golpe en el suelo que dejó una abolladura y que seguramente había al menos hecho temblar el piso del hotel en el que se encontraba su habitación.
Se sintió más enfermo, más débil, furioso, porque sabía que debía controlarse, que no era más que una basura que no podía controlar sus emociones. Un ser milenario completamente arruinado y sin salvación.
El diablo, el ángel caído, el maligno, el príncipe de las tinieblas, padre de la mentira, el traidor del cielo y el ser que arruinó a la humanidad.
La sangre había parado de desbordarse, en algún momento había dejado de abrirse la carne y ahora el líquido dorado estaba secándose en la tela de su pijama, piel y el piso, sus heridas ya estaban cerradas y sin ningún rastros de lesiones.
Sus lágrimas caían de su rostro hasta el cuello, su pecho seguía con el interminable dolor agudo, que sabía no era físico pero al mismo tiempo sí. Seguía solo haciéndose más y más insoportable con cada segundo que pasaba.
Estaba tan cansado, tan infeliz, tan dolido.
Su llanto ya no era ruidoso, simplemente sus lágrimas no dejaban de caer, con un chasquido desganado de dedos, limpió en un segundo el desastre de sábanas, sangre, goma derretida y cenizas en su habitación. Como sí nada hubiera pasado, aunque el aire seguía impregnando con el olor a azufre seguía ahí.
Río sin gracia, de mala gana, con un hueco en su centro, y con la poca fuerza y racionalidad mental que le quedaba, agarró su celular, abrió el único chat que realmente le importaba y escribió un corto mensaje para Charlie mientras abría un portal.
“Me iré un tiempo, volveré pronto” escribió, sin emojis o más explicación.
Sonrío miserable ante las palabras en la pantalla, mientras se ponía de pie lento y tembloroso, el dolor fantasma de sus heridas ya sanadas como un ancla con la compostura a punto de disolverse mientras lágrimas seguían cayendo silenciosamente. Tal vez Charlie no le interesaría que se fuera, pensó con dolor, tal vez lo odiará, ¡tal vez eso es lo ella que quería!, que desapareciera de su vida.
Pero no actuaría como Lilith.
Soltando un bufido de rabia, lanzó su teléfono hacia el portal y el crack que escucho al otro lado, le indicó que probablemente se había roto, pero no importaba.
Nada importaba.
Sí Charlie lo quería fuera de su vida, al menos esperaría a que se lo dijera, por mensaje o por un mensajero, por señales de humo sí no quería verle. Pero no haría lo que su… esposa, sí es que aún podía llamarla así, les les había hecho a ambos.
Entró por el portal y el silencio reinó en su habitación del hotel.
Pero el incendio en su corazón solo estaba empezando a propagarse.
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Recorrió con pasos lentos, torpes y extremidades temblorosas los pasillos silenciosos del castillo que una vez había considerado un hogar, un lugar seguro. Lleno de recuerdos, retratos y ahora… oscuridad.
No había sirvientes de ninguna clase, no desde que Lilith dejó la residencia, a él solo le bastaba con un simple chasquido de dedos o un pensamiento para limpiar lo que necesitaba y no había visitas, no había familia o amigos a los que impresionar, no valía la pena.
Estaba tan cansado.
Distraídamente notó que sus lágrimas seguían fluyendo sin parar, llevaba llorando desde su tumultuoso despertar, le dolía la garganta y los ojos seguramente estaban rojos e hinchados, pero no sintió simpatía por su dolor, ni tristeza por su estado, solo desprecio silencioso y asco a su debilidad.
No sabía cuánto había caminado, el camino parecía no tener fin, no tenía un dónde o por qué seguir dando pasos oscilantes, pero luego de lo que parecieron horas, se encontró en el medio de una sala con un gran retrato. Ahí estaban su esposa, su hija y él.
La realeza del infierno, la primera mujer creada y que rechazó las órdenes del su creador, el arcángel caído en desgracia y que los humanos habían llamado favorito de dios, antes de corromper a la humanidad.
Apretó el puño cortando la piel en el interior de su muñeca por ira.
Solo era un estúpido que seguido por su orgullo había corrompido la creación de su creador. ¿Qué pensaban los humanos al llamarlo el favorito? No estaría en esta maldita prisión de ser así. No lo habrían expulsado por sus errores, por sus sueños. No lo habrían condenado a una eternidad de miseria.
Y luego, estaba Charlie.
Charlie...
Princesa del abismo, hija del primer ángel caído y la primera mujer humana, un ser único en su clase, primogénita e hija única, heredera legítima del infierno. Una criatura blasfema y angelical en un cuerpo con forma de una mujer jovén. Mezcla de ángel y demonio primordial, con un toque de humano en su alma y corazón.
Y una niña, una niña que creía que los humanos corruptos, violentos, sucios y sin remordimientos, podían tener una segunda oportunidad.
Desde la profundidad de su inconsciente, sus alas se desplegaron frente a la avalancha de emociones que le recorrían las venas, las seis alas se agitaban furiosamente en el aire. Fue inevitable, su plumaje que una vez fue blanco puro, ahora estaba manchando con un rojo intenso en el interior, sus múltiples ojos que alguna vez fueron señal de su conocimiento y sabiduría, no eran más que un adorno y burla ante sus insensatez, acciones y sueños absurdos.
¿Qué sentido tenía? Gruño dentro de su cabeza, mientras veía a su hija en el cuadro.
Los pecadores eran mierda.
Él era mierda.
De su cabeza emergieron sus dos cuernos rojos que enmarcan un orbe de fuego flotante, marcándolo como un ser corrupto, malvado y sucio.
¿Su hija tenía alguna enfermedad mental? Mirándose así mismo, había precedentes ¿Le afecta tanto como para ver a esas criaturas podridas por lo que eran? Almas desgraciadas y sin perdón ¿Estaba haciendo lo correcto al cumplir sus caprichos soñadores y tontos? ¿Estaba alimentando un sueño sin futuro?
Solo lo hacía para estar a su lado, susurró su mente.
Cayó de rodillas con un golpe sordo, empujando sus rodillas y brazos contra su pecho, su cabeza pegada incómodamente al suelo, tratando de aliviar el dolor, con jadeos y los ojos desorbitados, temblores sacudiendo su cuerpo, apretó los dientes, enojado, furioso, con esperanza.
Hubo un pecador redimido, lo sabía, lo entendía, ¡lo había visto! pero ¿Y qué?, miles de almas putrefactas y manchadas en pecado aparecían y seguirán apareciendo en el infierno hasta el fin de los tiempos.
Charlie estaba apostando por unos pocos, y se iba a quemar, lo sabía, porque él había estado en ese lugar.
¿Lilith la había influenciado para bien o para mal? Glorificando almas corruptas, sucias y crueles. Empoderando a los caídos en desgracia, haciendo y deshaciendo con el reino, enfrentando al cielo como sí de política de tratará y no de almas que sienten y que sufren.
A pesar de que las lágrimas le empañaban la vista, aunque no hubiera nada que ver más que el suelo al estar en el piso, la distintiva serpiente y la manzana de su sombrero se elevan para formar una suerte de halo retorcido. Recordándole su castigo, su pecado.
Oh, pero su esposa, su amada, su mitad, la que añoraba con cada molécula podrida de su ser. La que había desaparecido, ignorándolo, hiriendolo con sus acciones y palabras no dichas, dejando los miles de años juntos sin ninguna explicación, sin saber sí iba a volver y dejándole con un corazón sangrante.
La extrañaba, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, la extrañaba tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto.
¿Esa promesa que se hicieron milenios atrás de amarse había caducado? ¿Estaba harta de su ineficiencia como gobernante de un reino que jamás quiso? ¿Odiaba su depresión y su nulo interés en los últimos siglos sobre los anillos y lo que sucedía esta maldita cárcel para los condenados?
Levantó su cara aplastada contra el suelo, y vio la hermosa cara de la mujer que amaba. Su hermoso cabello dorado y mechones que parecían hechos de oro, sus ojos llenos de vida y un color vibrante, su sonrisa encantadora y labios rosados, su brazos largos, esbeltos y manos perfectas, su cintura ceñida que hacía que se le cortará la respiración, y recuerda su piel suave bajo sus dedos y risa resplandeciente en medio de una habitación.
Él había sido catalogado como la encarnación de la tentación pero ¿Lilith? La segunda alma creada lo había cautivado y le había motivado para cometer traición. Ella merecía el título más que nadie. Pero esto, todo, dolía tanto.
Lucifer se seguiría arrastrando a sus pies si ella volvía, podía cambiar, podía intentarlo, había desafiado al cielo, a su creador, a las enseñanzas y prohibiciones que le habían impuesto y había hecho dañado a la humanidad por ella ¿Ya no valía lo que había hecho? ¿Lo odiaba tanto como ni siquiera dar una señal de vida en casi 8 años?
Pero…
¿Tenía derecho a sentirse molesto por eso? ¿Se había equivocado? ¿Lo volvería a hacer, ya habiendo vivido y sufrido las consecuencias con tal de tenerla a su lado? ¿Había alguna posibilidad cuando él no era más que una basura inútil, mal padre y esposo? ¿El exilio, dolor, sufrimiento, castigo y horrores, justificaban sus acciones con tal de que la humanidad tuviera libre albedrío? ¿Qué había hecho él ante estos monstruos que habían brotado en la tierra por sus acciones y decisiones? ¿Para controlarlos?
Nada.
NO PODÍA.
El aura de la habitación y del castillo entero se electrizó, el poder puro era pesado y para cualquier ser inmortal o no, la presión de la molestia y descontrol de Lucifer era imposible de soportar.
Los humanos no eran más que signo y recordatorio de su vergüenza, los pecadores eran el resultado de su malditos sueños, eran monstruos, incluso más crueles que los propios demonios. Causaban tragedia sin ningún signo de empatía o remordimiento, justifican guerras solo para alcanzar el poder, masacrando a su propia especie sin mirar detrás de sus hombros con algo parecido a la culpa, participan en actos horribles bajo la excusa de trabajo o órdenes.
Finalmente sus ojos cambiaron a rojo y pupilas eran solo una línea amarilla brillante, su boca, llena de dientes afilados.
Seres llenos de envidia que destruye, no solo queriendo lo ajeno, sino que desean que el otro no lo tenga, incluso si eso los perjudica. Violencia extrema a todo y a todos.
Tienen la soberbia de creer que todo el planeta y los demás seres vivos solo existen para servirles, llevando a la destrucción sistemática de ecosistemas por mera comodidad. La avaricia de acumular tanto que otros mueren de hambre, no por falta de recursos, sino por el placer de poseer el control.
Desde su espalda brotó su cola negra y delgada, la punta triangular con su característico corazón rojo en el centro, ¿Sería una burla por haberse dejado nublar por el amor?, había pensado muchas veces. Este se enrollaba en su propia cintura con fuerza, presión que le sacó un jadeo ahogado, le dificultaba más la respiración, parecía como sí quisiera retener lo último de control que se le estaba escapando de sus manos como las lágrimas que no podía parar.
Habían llegado al punto de borrar a grupos de su misma especie por diferencias tan intrínsecamente humanas y estúpidas; razas, religiones o política. ¡Arrancar a miles de sus hogares y dejarlos morir en el camino por poder!
Toda su figura emitió un resplandor dorado sobrenatural, los ojos adicionales en el interior de los faldones de su frac y en su pajarita tenían las pupilas dilatadas debido a la ira, y con poder absoluto sobre el Infierno recorriendo cada fibra de su ser, sé supondría que podría hacer lo que sea… pero no, no le servía de nada sobre las aberraciones que había creado.
El suelo vibró con una sacudida violenta, un latido ensordecedor y un rugido seco que vació la habitación de aire por un instante para luego devolverlo convertido en una onda de choque invisible. Los cristales de las ventanas que estaban en los alrededores y dentro del castillo se agrietaron o rompieron, lanzando una lluvia de astillas brillantes hacia el suelo.
El polvo y el yeso desprendido del techo crearon una niebla grisácea de inmediato. En medio de esa penumbra, un resplandor naranja comenzó a lamer las superficies con una velocidad aterradora. Todo a su alrededor, muebles, telas, pinturas, se convirtieron en olas de fuego que treparon por las paredes, dejando tras de sí el rastro negro del hollín sobre el papel tapiz desgarrado y el humo elevandosé en el aire.
El calor se volvió sólido, una barrera física que quemaba la garganta con cada intento de respirar. Se escuchaba el crujido de las vigas, los gemidos de las paredes bajo el fuego, y el chasquido de las alfombras siendo devoradas llenaba la habitación.
A pesar de todo, las 4 paredes que le rodeaban, seguían en pie. Ahora no era más que una caja de resonancia donde el eco de la explosión aún vibraba en sus oídos, mientras las sombras de los muebles, alargadas y distorsionadas por las llamas, bailaban frenéticamente contra el resplandor del incendio que lo consumía todo con un hambre insaciable.
Ya sin lágrimas y con las garganta seca, miró al cuadro de su familia, quemándose desde las esquinas hacia el centro. La cara de su esposa fue reemplazada con papel carbonizado y su propio reflejo había desaparecido, dejando solo papel negro doblado y desistegrandose.
Solo quedaba medianamente intacta la figura de su hija, manchada de negro pero aún con una expresión tranquila en su rostro, inmovíl.
Lo odió.
Un estallido de su poder al agarrarse las alas hizo que en la habitación se escuchará un horrible sonido húmedo y roto. No fue un corte limpio, sino una resistencia agónica de tendones que se aferraban a su columna como raíces a la tierra. Al tirar de una de ellas, el crujido de los huesos resonó enfermizamente por la habitación en llamas. La piel se desgarró en jirones, dejando un arroyo sangrante donde antes había una ala.
Las alas restantes, manchadas y temblorosas, hipersensibles al dolor que venía desde su columna, yacían flácidas en el suelo, como sí tuvieran vida propia, temiendo tener el mismo destino que su antigua compañera.
Seguía sin ser suficiente.
Con sus garras e imbuyendo más de su poder, rasgó por mitad otra ala. Sangre salpicaba y manchaba todo a su alrededor, el tirón de agonía mientras veía parte de sus alas caer junto con sus plumas. Se sentía mareado, eufórico, centrado, en control.
2 de sus 6 alas estaban desechas, una de ellas tirada en el suelo frente a él, otra mitad entre sus dedos, con el cartílago sobresaliendo y la sangre goteando hasta el piso.
Sonrió, sonrió de verdad, más de lo que la anatomía normal permitía, desfigurando sus facciones, pero oh, él no era normal, era uno de los seres más poderosos en el cielo e infierno, limitado y encadenado a su castigo.
Pero el castigo no aplica hacía sí mismo.
Con una satisfacción maníaca vió sus alas mutiladas, rotas, manchadas y chorreando sangre, desfiguradas y con huesos y tendones sobresaliendo.
Era liberador.
Más, se dijo a sí mismo, puede hacer más, puede doler más, puede dañarse más.
Permanecía de rodillas, con la espalda encorvada bajo el peso de sus miembros restantes en la espalda. Con lentitud, casi con dulzura, conjuro en su mano una bola de fuego, este era especial, un fuego capaz de consumir la esencia de un ser celestial.
Tenía que maravillarse por la fuerza de este, que no solo quemaba la materia, sino que desintegraba la eternidad. Era una bella llama blanca, casi invisible, no emitía humo ni calidez, solo era.
El primer contacto con sus plumas sumergió el aire a su alrededor con un hedor dulce y pútrido: el aroma de la santidad carbonizada. No consumía las plumas, las borraba. Y como sí la llama clamara famélica saciar su hambre, se enroscó en sus alas como un parásito carnívoro.
El alarido que escapó de sus labios parecía no ser suyo; era una vibración ancestral, no nació de sus pulmones, sino de una grieta que acababa de abrirse desde su núcleo. Fue un sonido seco, frágil, como si sus recuerdos se estuvieran triturando unos tras otros, sus momentos más horribles, los más felices, llenos de negro, rojo, blanco, dorado, retorciendosé en su mente formando un huracán y solo dejando devastasión a su paso.
Las plumas, blancas como la nieve mezcladas con rojo sangre, se retorcieron bajo el mordisco del fuego. No ardían como la madera o el plástico, sino que se consumían con una resistencia trágica, encogiéndose en espirales de ceniza grisácea que flotaban en el aire. Cada estallido de las fibras resonaba en sus nervios; era el crujido de los huesos siendo carbonizados.
Su bramido fue el único punto de apoyo en un mundo que de pronto se volvió líquido. Gritó hasta que los colores de la habitación se despintaron y lo único que quedó en su mente fue una estática suave.
Al final, cuando la última viruta se extinguió, el dolor desapareció. Pero sabía que el alivio era una mentira, probablemente sus terminales nerviosas se habían carbonizado también, haciéndole perder la sensación del daño que se había causado.
Se puso en pie, tambaleándose, sintiendo el frío su espalda desnuda y hombros, tardíamente se dio cuenta que su pijama también se había carbonizado. Se dio un momento para respirar, profundo, varias veces llenando su pecho, aclarando su mente, sintiendo sus cuerdas vocales desgastadas, su mente turbia pero más silenciosa, sus extremidades cansadas pero sin calambres y lágrimas secas en sus mejillas.
Pasaron unos minutos, creía, y al fin, dio un vistazo a su espalda de reojo, encontrándose con muñones negros y humeantes, estructuras óseas que temblaban como ramas desnudas tras una tormenta de acído.
Suspiró tembloroso, sintiendo una pequeña pizca de horror que desapareció un segundo después.
Volverán a crecer.
No era la primera vez que lo hacían.
Con la adrenalina abandonando su sistema, dio un vistazo a su alrededor, sintiéndose vacío, pero tranquilo. El dolor que le recorría desde la columna a todas las demás terminales nerviosas funcionales, era una especie de bálsamo para su perturbada mente. La habitación era un desastre, el humo y el fuego de las paredes seguía crepitando pero parecían querer extinguirse, poco a poco se iba apagando.
El cuadro familiar había caído al suelo, ya completamente quedamos en los bordes, dejando irreconocible lo que alguna vez fue una pintura de su familia, solo papel negro y fragíl con unas pinceladas irreconocibles de color en el centro.
Tirando sus extremidades paso a paso, se hincó y tomó el papel carbonizado restante entre sus pequeñas y también negras manos, sus temblorosos dedos envolvieron el papel de manera delicada mientras se dejaba derrumbar por el cansancio en el piso. Dejó que la consciencia se fuera evaporando como el humo de una ducha caliente y por fin cerró los ojos, encontrando la inconsciencia.
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Mom, I'm tired
Can I sleep in your house tonight?
Mom, is it alright
If I stay for a year or two?
Mom, I'll be quiet
It would be just to sleep at night
And I'll leave once I figure out
How to pay for my own life too
Mom, would you wash my back?
This once, and then we can forget
And I'll leave what I'm chasing
For the other girls to pursue
Mitsuki – Class of 2013
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Su cabeza dolía, no demasiado, y tampoco era insoportable, pero sí molesto, no tan molesto como el dolor de su espalda, pero entre competencias, el de la cabeza era peor.
Abrió los ojos lentamente, sin moverse, simplemente tratando de enfocar su entorno. Los olores llegaban a su nariz de manera incómoda y casi abrumadora, el piso estaba frío contra su torso desnudo y en general para su cuerpo, y estaba lleno de hollín, las paredes, el piso y él.
Lentamente, y cobrando más lucidez, recordó sus actividades de la noche anterior, a juzgar por el “amanecer” que ofrecía el infierno, de un rojo más intenso que el de la noche. Al menos habían pasado un par de horas.
Con un gruñido y mentalizado, se empezó a incorporar lentamente, sintiendo el dolor punzante de su espalda.
Chirrió con molestar, pero se terminó hincando sin mayor interferencia. Se dió un vistazo rápido a su espalda, los muñones que habían quedado en lugar de sus alas se había guardado en su dimensión de bolsillo, solo quedaba la piel rojiza y sensible como única prueba de lo que había pasado.
Pasó un momento simplemente mirando la piel quemada, que ya estaba en un proceso de sanación bastante avanzado, debe ser alrededor del mediodía sí ya había sanado tanto.
Se sintió… hueco, pero era bueno, estaba tranquilo, su cabeza estaba en silencio, su pecho se sentía vacío y ya no había dolor, no tenía calambres ni retortijones en sus extremidades. El dolor palpitante, profundo y constante en su espalda era casi como anestesia. Y sabía que tendría unas horas más de esa paz, así que trataría de aprovecharlas.
En segundos, la habitación y los alrededores, el pasillo, las alfombras y pisos quedaron restaurados. El aire se limpió del olor residual de humo, carne quemada y sangre, los muebles y demás artículos fueron reemplazados por unos nuevos, aunque no recordaba en qué lugar estaban antes de ayer, y no le importaba tampoco, sí faltaba algo, no había nadie que realmente se fuera a molestar.
Con cuidado y lentamente, se dirigió a una de las tantas habitaciones de invitados, lo último que quería era ir a la habitación a la que una vez había compartido con…
Suspiró derrotado pero haciendo un estiramiento para volver a sentir el latigazo de dolor recorrerle el cuerpo.
Quería darse un baño.
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Una vez limpio, se movió hacia la cama en la habitación, se sentó con cuidado, ya que moverse en general dolía, pero le tranquilizaba al mismo tiempo, empezó a secarse el exceso de agua del cuerpo.
Con ayuda de su poder, invocó frente a él, ropa, vendas y una crema que Bel le hacía y mandaba regularmente. Con tranquilidad y con desinterés, empezó a aplicarse la crema en las partes que alcanzaba y lo demás fue ayudado también con su poder. El dolor no se calmó, esa no era la intención, necesitaba el dolor, era solamente un humectante, aunque tenía propiedades curativas, no estaba hecho para tratar heridas o quemaduras. Aceleraría un poco el proceso de sanación para su disgusto, pero era una rutina difícil de olvidar.
Lilith le había untado la crema cuando pasaban estos episodios, le recordó su traicionero cerebro y se quedó inmóvil.
No se sentía desgarrado o infeliz ante ese recuerdo, al menos, no sentía nada en general por el momento. El zumbido de sus tímpanos y el silencio que acompañaba el castillo eran bienvenidos y al mismo tiempo, indiferentes, el dolor era un tranquilizante para su corazón y en 1 o 2 días, su espalda no tendría ninguna señal o cicatriz de las quemaduras, y, en una semana como máximo, sus alas estarían complementante restauradas.
Realmente, no había nada.
Nada que pensar, preocuparse, no sentía que algo importará o tuviera un significado por el momento. Era una neblina espesa y grumosa que reprimía todo lo que lo hacía sufrir normalmente, era temporal, y bastante corta, pero ayudaba.
Cuando se dió cuenta la vendas habían sido colocadas y ajustadas por todo su torso, estaba frente al espejo del baño del cuarto y se estaba peinando mecánicamente, camisa, chaleco y pantalón limpios, no tenía ganas de usar su usar su sacó, tampoco su sombrero.
Su reflejo le devolvió la mirada, sus ojos estaban un poco apagados, pero no había rastros de su llanto descontrolado, sus mejillas estaban completamente curadas, sus brazos también, nadie podía ver los vendajes debajo de la ropa, su peinado había pasado por mejores peines, pero nada realmente notable. Solo se veía un poco cansado.
Nadie se daría cuenta.
Soltó un bufido despectivo.
Como sí a alguien le importará.
Ignoró una lágrima solitaria que corrió por su mejilla, y se dispuso a regresar al hotel.
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—¡Papá!
Lucifer se giró sobre sí mismo, dejando el fuego bajo en la estufa con su desayuno (o cena, lo que sea) y vió a Charlie sorprendida en la puerta de la cocina, detrás de ella venía su novia, ¿Maggie?, y varios de los residentes del hotel.
—Charlie— saludó con voz tranquila, con algo de monotonía incluso, pero su sonrisa era suave para su hija .—¿Qué tal?
No registró como todos se sentaban en el comedor compartido, las charlas de fondo, los chirridos de las sillas, ni siquiera captaba con totalidad todas las palabras de Charlie, lo intentaba, de verdad, pero solo logró retener palabras clave como “terapia” y “ocupada”, fueron suficientes para responder, supuso sin querer son grosero o que no le interesaba.
Se sentía un poco entumecido todavía y esperaba que durará un poco más.
—Me alegra que todo vaya bien— su voz era plana, pero respondió con blanda, luego volvió su atención al sartén que tenía con fuego en la estufa y volteó su panqueque con cuidado.
—¿Papá?
La voz de Charlie sonaba un poco preocupada, pero solo dejó salir un “¿mmh?” para hacerle saber que le había escuchado, tal vez quería que se fuera de la cocina para que pudiera cenar con sus amigos, lo haría, no tenía problema, estar solo se escuchaba bien, solo quería terminar de cocinar y desaparecería para no molestarla…
—¿Estás bien?— Lucifer se quedó tieso, entre impresionado y temeroso .—Te ves… cansado.
Tomó unos segundos para recomponerse, apagó la sartén y finalmente se giró completamente hacía Charlotte, se veía igual que siempre, su traje rojo y pelo recogido, ojos brillantes pero con una expresión de sincera preocupación. Sintió como el aire se le atoraba en la garganta y sabía que volvería a llorar sí seguían por ese camino, alzó los brazos, temblando levemente ante la oleada de dolor que eso le provocó y con una sonrisa vacía pero alegre y bastante escandalosa respondió .—¡Claro que estoy bien patito!
Charlie abrió los ojos ante su inminente energía, pero su expresión se suavizó y la sonrisa que le dió confirmó que se creía sus palabras.
—Me alegro, cómo no respondiste mis mensajes, me preocupé.
—Ah…— cierto, su teléfono estaba destrozado, en un rato volvería a crear otro .—Lo siento, se rompió— se encogió de hombros y le dio una sonrisa avergonzada. No tenía ni la energía ni la imaginación para sacarse otra excusa, la verdad serviría por ahora.
Charlie dejó salir un suspiro, pero le sonrió de inmediato después .—Okey, ¿vas a cenar con nosotros?
Lucifer y Charlie siguieron hablando tranquilamente a la distancia, pero nadie había notado que unos ojos agudos se fijaban en ellos.
Alastor vió discretamente el lenguaje corporal de Lucifer, su apariencia, el tono de voz, gestos y postura. Parecía casi el tipo idiota y despreocuado de siempre, pero había pequeños rastros de… algo.
Su peinado siempre impecable ahora estaba bien, unos mechones sueltos y el cabello sin engomar. No traía su característico (y ridículo) sombrero sobre su cabeza, su voz era casi como el de uno de esos contestadores de llamadas, plano pero cortés, contrastando con la usual alegría y fanfarronería que usaba para hablar con su hija. Y ciertamente, se veía cansado.
El pequeño temblor que tuvo al levantar sus brazos tampoco se le escapó, para ojos no tan entrenados como los suyos no habrían notado tal nimidad, lo habrían dejado pasar, fue casi imperceptible. Le hizo pensar, ¿qué podría ocasionar tal reacción?. No tenía ese particular aire de nerviosismo al tener a Charlie y varios pecadores a su alrededor.
Estaba centrado únicamente en Charlotte, cómo sí el resto de la habitación no existiera en su mismo espacio.
Obviamente no le tenía miedo a un ataque físico de su propia hija, no parecía enojados entre sí, su ausencia del día de hoy había pasado completamente desapercibida por su hija, al menos eso parecía, normalmente este rey enano daba la cara por las mañanas, pero Charlie no había parecido sorprendida a su ausencia, y por lo que escuchó, él le había avisado.
Notó como Charlie colocaba una mano en el hombro de su padre en un gesto cariñoso, Lucifer no hizo ningún movimiento para evitarlo, o alguna expresión de miedo o disgusto. Pero se estremeció una vez qué el contacto a través de la ropa tomó lugar.
—Mhm…
Interesante.
