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El Cuartel General de los Aurores apestaba a café rancio y desesperación. Un lugar caótico donde la autoridad se imponía con gritos y donde los recién graduados, como Draco, eran observados con escepticismo, esperando que cometieran un error. Pero él no cometería errores.
Llevaba toda su vida esforzándose por demostrar que no era un inútil, que su apellido no lo definía, que no era la sombra de su padre ni un vestigio del bando equivocado. Cada maldito segundo había trabajado el doble que cualquiera de los otros reclutas para asegurarse de que no lo miraran con condescendencia. Para que lo respetaran.
Y sin embargo, ahí estaba.
Asociado con Harry maldito Potter.
Draco miró a su compañero de reojo. Potter estaba encorvado sobre un informe, mordiéndose el borde de la pluma con la concentración de un idiota que no se había dado cuenta de que lo estaban observando. Su cabello era un desastre nada nuevo, su túnica estaba arrugada y tenía la expresión de alguien que había dormido tres horas y sobrevivido a punta de café.
Draco apretó la mandíbula.
—Déjame ver si entiendo esto bien —dijo, entrelazando los dedos sobre el escritorio—. Pasé años perfeccionando mis habilidades, estudiando como un condenado y demostrando que merecía estar aquí… ¿para que me asignen a ti?
Potter ni siquiera levantó la vista.
—Créeme, Malfoy, el sentimiento es mutuo.
Draco sintió un irritante calor de indignación subirle por la nuca. ¿Mutuo? ¿Mutuo? Potter no tenía idea de cuánto le había costado llegar ahí. Draco había sudado, sangrado y tragado su orgullo hasta que no quedaba nada de aquel niño arrogante de Slytherin.
Potter, en cambio, simplemente era.
El Elegido. El Niño Que Vivió. El imbécil con suerte.
Le irritaba. Le exasperaba.
La voz de su jefa interrumpió su furia interna.
—Bien, genios. Tienen un encargo sencillo: rastrear a un grupo de criminales que han estado operando en Londres. No interfieran todavía, solo confirmen su ubicación y esperen refuerzos. ¿Quedó claro?
Draco asintió de inmediato. Claro. Profesional. Preciso.
Potter, en cambio, no respondió.
Draco debería haber sospechado desde ese instante.
.
.
La noche en el Callejón Knockturn siempre tenía un aire de amenaza. Un hedor a humedad y pociones derramadas, un eco de pisadas apresuradas en los callejones más oscuros. Draco lo conocía bien. Su infancia había estado rodeada de túnicas oscuras y de secretos susurrados en rincones que los niños no debían escuchar.
Así que cuando descubrió que Potter había desaparecido, supo exactamente lo que había hecho.
—Maldito imbécil.
Draco apretó el paso, el corazón latiéndole con furia en el pecho mientras seguía la pista de su compañero. Sabía que Potter había encontrado el escondite de los criminales. Sabía que, en su infinita estupidez impulsiva, había decidido ir solo.
Y ahora tenía que seguirlo.
Porque si Potter moría, sería su problema. Y Draco se rehusaba a cargar con la culpa de su estúpida muerte.
El almacén abandonado estaba en las afueras del Callejón, un lugar olvidado donde la madera crujía con el viento y las sombras parecían moverse solas. Draco entró en silencio, los músculos tensos, la varita firmemente sujeta en su mano.
Lo encontró en una gran sala iluminada por antorchas, con estantes llenos de objetos oscuros. Y en el centro de la habitación, sobre una mesa de madera, descansaba una estatua dorada de un Escarbato.
Potter la estaba mirando con curiosidad.
Draco sintió cómo la ira le subía por la garganta.
—Dime que no pensabas tocar eso —gruñó, con el tono de un hombre que ya sabía la respuesta y estaba listo para asesinar a alguien.
Potter le dedicó una mirada de fastidio.
—No pensaba tocarlo… hasta que apareciste a gritarme en la oreja.
Draco resopló, avanzando un paso más.
—¿Y si es un traslador, Potter? ¿Usaste esa cosa que tienes por cerebro antes de venir aquí?
—No creo que lo sea —respondió Potter, encogiéndose de hombros—, pero no vamos a saberlo si no lo exami—
Draco vio el momento exacto en que el idiota estiró la mano.
—¡POTTER, NO TOQUES—¡
Un destello dorado los envolvió.
El suelo desapareció bajo sus pies y el aire se tornó espeso y pesado. Draco apenas tuvo tiempo de soltar una maldición antes de que el mundo se desvaneciera en un torbellino de magia.
Cuando la luz se disipó, ya no estaban en el almacén.
Estaban en una isla desierta.
Draco aterrizó con un golpe seco contra la arena, la boca llena de sal y una furia asesina latiéndole en las venas.
Se incorporó de golpe, escupiendo arena y con el corazón aún martillándole en el pecho. Palmeras. Agua cristalina. Una brisa cálida.
Y Potter.
Potter, arrodillado junto a él, parpadeando con confusión, el cabello revuelto por el viento.
Draco inhaló profundamente, temblando de rabia, de incredulidad, de una mezcla explosiva de emociones que amenazaban con estallar.
Se puso de pie de un salto y señaló a su compañero con una furia abrasadora.
—¡ESTO ES TU CULPA, POTTER!
Harry abrió la boca, pero Draco no le dio oportunidad de hablar.
— Tenías que ir a tocar la estúpida estatua dorada del Escarbato, ¿verdad?
—¡¿Cómo iba a saber que era un traslador?! —respondió Potter, levantando los brazos en señal de defensa.
—¡Y además lo tocaste!
—¡Intentaba evitar que tus sucias manos lo hicieran!
—¡Ni siquiera tenemos nuestras varitas, idiota! ¿Y ahora cómo salimos de aquí?!
Un pesado silencio cayó entre ellos.
El sonido de las olas rompiendo contra la orilla fue la única respuesta.
Draco sintió un nudo apretarse en su estómago. Su cuerpo estaba caliente por la humedad, la piel cubierta de arena pegajosa, su túnica hecha un desastre. Todo esto era un desastre.
Y estaba atrapado con Potter.
Merlín, que alguien lo matara.
.
.
.
El aire olía a sal y a sol.
Demasiado sol.
Draco Malfoy nunca había creído que existiera un castigo peor que pasar sus días entre barro, aurores mal entrenados y papeles ministeriales; pero estar atrapado en una isla desierta junto a Harry Potter, sin varita, sin ropa adecuada y sin salida, superaba cualquier tortura imaginable.
El maldito caminaba delante de él con el torso desnudo y los pantalones arremangados hasta las rodillas, sin parecer afectado en lo más mínimo por el calor. Cada movimiento suyo arrancaba destellos dorados del sol sobre su piel, y Draco odiaba —realmente odiaba— lo mucho que se le iba la mirada.
No era justo. Potter nunca había sido tan… atractivo. No durante Hogwarts, no durante los años de guerra, y ciertamente no durante el entrenamiento de aurores, donde Draco se había prometido ignorar cada fibra irritante del “Niño Que Vivió”. Pero aquí, en medio de la nada, la distancia profesional se desmoronaba como arena bajo los pies.
—Podríamos al menos intentar reparar el traslador, ¿no crees? —murmuró, apartando una hoja que le azotó el rostro.
—No sirve de nada, Malfoy. Está completamente destrozada —respondió Harry, sin girarse, con ese tono tranquilo que usaba cuando creía tener razón.
Draco bufó.
Por supuesto que el traslador estaba destrozada. Todo estaba destrozado. Sus varitas habían desaparecido tras el traslador, la magia que podían hacer se limitaba a pequeños hechizos de luz o calor, y lo único que tenían para alimentarse eran cocos, peces y la paciencia que Draco ya no tenía.
Llevaban cinco días allí. O quizá seis. Draco había perdido la cuenta. El sol era despiadado, y la humedad le pegaba el cabello a la frente, pero lo peor era la sensación de tiempo detenido. Era como si el mundo se hubiera olvidado de ellos.
Y, claro, Potter tenía que hacerlo todo más insoportable.
Durante las mañanas, insistía en recorrer la isla buscando “una salida mágica”, como si esperara que un barco cayera del cielo. Durante las tardes, pescaba, reía cuando Draco resoplaba, y hacía chistes que no tenían la menor gracia. Y por la noche, cuando la temperatura bajaba y el fuego proyectaba sombras sobre la arena, Draco fingía no notar que el brillo anaranjado resaltaba las pecas del rostro de Potter… o el modo en que sus ojos verdes lo observaban con esa mezcla de curiosidad y desafío.
—Si te quedas mirándome así de nuevo, voy a pensar que te gusta lo que ves —dijo Harry una noche, rompiendo el silencio.
Draco, que acababa de morder un trozo de fruta, casi se atraganta.
—Por favor —replicó con una risa seca—. No confundas el aburrimiento con atracción.
Pero el corazón le golpeó con fuerza. No por el comentario, sino por la posibilidad de que Potter hubiera notado algo.
Desde entonces, discutían por cualquier cosa. Por el modo de encender el fuego, por el lugar donde dormir, por si el agua del arroyo era potable. Era un juego peligroso, y Draco lo sabía. Cada palabra sarcástica era solo una excusa para acercarse más. Cada pelea, un intento de ignorar el calor en el aire que nada tenía que ver con el clima tropical.
Un día, mientras revisaban la vieja cabaña que habían encontrado —una construcción desvencijada de madera, con una cama improvisada y una mesa rota—, Draco se inclinó para inspeccionar una grieta en el suelo.
Harry, detrás de él, soltó un bufido que a Draco le erizó la piel.
—¿Vas a quedarte ahí agachado todo el día o piensas moverte?
—¿Te molesta mi posición, Potter? —respondió sin mirar, con la voz tan tranquila que hasta él se sorprendió.
—Solo digo que… distraes.
Draco se incorporó lentamente, girándose hacia él. El silencio entre ambos fue tan denso que se podía oír el rumor de las olas al fondo. Harry sostenía una cuerda entre las manos, los nudillos blancos por la tensión.
El rubio alzó una ceja.
—¿Distraigo?
—Olvídalo —murmuró Potter, dejando la cuerda a un lado y apartando la mirada.
Pero Draco no la apartó. Lo observó durante un largo rato, sintiendo cómo una parte de sí —esa que había reprimido durante años— despertaba con lentitud, como una serpiente perezosa al sol. Había deseado a Potter antes, en silencios que jamás admitiría, en recuerdos que fingía olvidar. Pero aquí, sin testigos ni obligaciones, la verdad era innegable.
Estaban atrapados. No sabían si alguien los buscaba. Y el deseo crecía como una marea imposible de contener.
—Eres insoportable —dijo finalmente Draco, cruzándose de brazos.
Harry sonrió, esa media sonrisa que siempre parecía burlarse del mundo.
—Tú también.
Esa noche no hablaron más, pero las miradas lo dijeron todo. Draco intentó dormir sobre la arena, fingiendo indiferencia, pero cada vez que el viento movía las hojas y escuchaba la respiración de Potter cerca, sentía un cosquilleo en el pecho, una mezcla de miedo y deseo.
Tal vez el hechizo que los atrapaba en la isla no estaba en el aire… sino en lo que empezaba a arder entre ellos.
Y Draco, aunque jamás lo admitiría en voz alta, empezaba a pensar que no quería escapar todavía.
.
.
El tiempo, en la isla, dejó de tener sentido.
Los días se medían por el calor que subía del suelo y las noches por el murmullo constante de las olas. Lo que al principio había sido desesperación y frustración se transformó poco a poco en rutina… y luego en algo más peligroso.
Las discusiones seguían, claro. Pero ya no eran tan serias. Ahora eran un juego.
Draco provocaba a Potter por puro gusto, lanzándole comentarios mordaces solo para verlo arquear las cejas y responder con esa sonrisa descarada que parecía decir “no voy a darte el gusto de ganar”.
Y Potter, por su parte, se había vuelto insoportable de otra manera: se reía, lo molestaba, le robaba fruta de las manos y lo empujaba al agua solo para verlo enfadarse.
Era ridículo. Y sin embargo, Draco no recordaba la última vez que se había sentido tan vivo.
Una tarde, mientras intentaban construir una balsa, Potter se agachó para sujetar una cuerda y la brisa le desordenó el cabello. Draco, sin querer, se quedó mirándolo demasiado tiempo. Era algo que le pasaba cada vez más seguido: sus ojos buscaban a Harry sin permiso, como si su cuerpo ya se hubiera rendido antes que su mente.
Potter levantó la vista justo en ese instante y, al notar la mirada del rubio, sonrió.
No dijo nada, pero la sonrisa bastó.
Fue la clase de sonrisa que desarma escudos, la que dice “sé lo que estás pensando, y no me molesta”.
Draco fingió concentrarse en el nudo de la cuerda, pero las manos le temblaban.
La tensión se volvió insoportable.
No fue algo planeado. No hubo palabras, ni confesiones, ni excusas.
Una noche, mientras discutían por quién dormiría dentro de la cabaña y quién fuera, el tono cambió.
—No pienso dormir contigo —soltó Draco, furioso.
—Oh, por favor —replicó Harry, dando un paso adelante—. No te hagas el mártir, Malfoy. Hace días que me miras como si quisieras hacerlo.
El silencio cayó pesado, cargado.
Draco lo observó, el pecho subiendo y bajando con rapidez.
Sabía que debía negar, insultar, decir algo para romper el momento. Pero no pudo.
Y cuando Harry se acercó más, cuando el calor de su cuerpo llenó el espacio entre ambos, simplemente dejó de resistirse.
Lo siguiente fue fuego.
El tipo de fuego que no se enciende con varitas ni se apaga con agua.
Besos torpes al principio, rabiosos después. Manos que se buscaban con hambre, con años de contención acumulada. La arena fría bajo sus cuerpos, el mar rugiendo como testigo.
Y desde entonces… dejaron de fingir.
Las noches se volvieron largas y ardientes, llenas de risas entrecortadas y respiraciones mezcladas. La cabaña, que antes parecía un refugio miserable, se convirtió en su pequeño universo. Allí no eran Potter y Malfoy, no eran aurores, ni rivales, ni sombras del pasado. Solo dos hombres que por fin se habían permitido sentirse.
Draco jamás habría imaginado que Harry Potter podía ser tan tierno, ni tan intenso. Había en él una calidez que desarmaba, una forma de tocar que no pedía, sino ofrecía. Y en ese calor, Draco descubrió algo que nunca había conocido: paz.
El miedo, la guerra, el apellido Malfoy… todo desaparecía cuando Harry lo miraba.
Y por primera vez en su vida, Draco no sintió necesidad de escapar de nada.
Los días que siguieron fueron un equilibrio entre supervivencia y deseo. Se cuidaban mutuamente, compartían historias que nunca habían contado, reían hasta quedarse sin aire y, cuando caía la noche, el silencio se llenaba de susurros y piel.
La isla, que antes había sido una prisión, se transformó en su hogar secreto.
Hasta que, un amanecer, todo cambió.
El aire vibró de manera extraña, y un resplandor surgió desde la playa. Un grupo de aurores apareció entre destellos de luz mágica, con el jefe Shacklebolt al frente.
Draco y Harry apenas tuvieron tiempo de separarse y recomponerse, pero sus miradas lo dijeron todo: el hechizo de la isla se había roto.
Regresaron al mundo real entre vítores y exclamaciones, pero algo dentro de ellos se había quedado en aquella costa blanca.
Ya no podían fingir que nada había pasado.
Semanas después, mientras el Ministerio cerraba el caso y todo volvía a la rutina, Draco se encontró frente a su escritorio, con la mente perdida. Afuera llovía.
Una puerta se abrió.
Harry entró sin llamar, empapado, con esa sonrisa traviesa que lo seguía a todas partes.
—Shacklebolt dice que nos asignaron otra misión juntos —dijo, y se recostó contra el marco—. Supongo que no puedes deshacerte de mí tan fácilmente.
Draco levantó la vista y lo miró largo rato.
Luego sonrió apenas, ese tipo de sonrisa que Harry ya había aprendido a descifrar.
—Nunca he querido hacerlo —respondió en voz baja.
Harry cruzó la distancia en dos pasos y lo besó, con la misma urgencia que en la isla, pero con la calma de saber que esta vez no había prisa, ni peligro, ni final.
Solo ellos.
Y así, entre papeles del Ministerio y recuerdos de arena blanca, comenzó su nueva vida.
No como enemigos.
Ni siquiera como compañeros renuentes.
Sino como dos hombres que, después de todo, habían encontrado su hogar el uno en el otro.
