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Nadie es perfecto, pero tú

Summary:

Semanas después de lo sucedido en "Patana enamorada", Guaripolo y Mario Hugo se vuelven amigos, si se les puede considerar así. Guaripolo se enganchó con Mario desde que lo vió travestido, y no ha dejado de pensar en él. Quizás, si se lo proponía, podría conquistarlo, pero sabía que no iba a ser fácil. ¿Acaso podrá conseguirlo?

Chapter 1: Maletín

Chapter Text

Fue un mal día.

 

Había escándalos por todas partes en el estudio y el presentador del programa no ponía de su parte, o bueno, ninguno en realidad, a excepción del conductor. 

Después del trabajo, todos estaban agotados. Eso incluía al chihuahua, quien hacía el intento de dormir junto a algunos de sus perros. Casi nunca los dejaba dormir con él en la cama, pero hoy los necesitaba más que nunca, pues el estrés había sobrepasado su límite.

—Ay, Neumatex, mi chiquillo… ¿Por qué la vida me tratará así? ¿Qué hice yo para merecer esto?— se quejaba mientras acariciaba el suave pelaje del perrito gris. Después de un rato, suspiró, pero… parecía que nada de lo que intentara lo calmaría. Ni siquiera estando acompañado podía conciliar el sueño. Algo… Algo no dejaba que sus ojos se cerraran. ¿Pero qué podía ser? No había pasado nada interesante o impactante en su vida hasta el momento. A no ser… 

—Oh… Chaucha,— le dirigió la palabra nuevamente a otro de sus perros. —estoy seguro de que aún te acuerdas de Patana.

Chaucha ladró entusiasmada.

—Ay, sí. Mi Patanita, ella, tan bella y dulce… Bueno, ustedes me conocen bien, y saben que nunca, nunca dejaría de amarla. Pero lo que no saben es que la vida también da vueltas. Yo no digo que dejé de amarla. Solo, ya no… 

 

Un canto feo se escuchó afuera de la ventana, al son de una guitarra acústica.

—Demonios, me pregunto quién será a estas horas de la noche. 

Aquella estúpida e irritante voz se le hizo conocida. Iba a ignorarlo simplemente, pero tuvo la certeza de saber quién era en el momento en que terminó la fastidiosa canción y escuchó ese sonido: “Blah”.

 

Casi tropezando contra el suelo, se levantó para observar quién o qué era lo que producía esa horrible música, abriendo la cortina y posteriormente la ventana, confirmando su teoría.

—Ah. Guaripolo. — dijo Mario, un poco disgustado por el hecho de que el ex de su crush esté afuera de su casa, probablemente acosandolo o algo así. —Mira, antes de que digas nada, Patana y yo-

—Wah, la verdad no me interesa ni un poco. ¿Quieres escuchar un poco de grunge, quizás? Blah. — dijo con total desinterés, haciendo que el chihuahua se sorprendiera.

—¿Tú no…— pausó. Luego, suspiró nuevamente, apoyándose en el marco de la ventana, cruzándose de brazos mientras miraba la guitarra de el de cabeza de naranja. Estaba muy cansado como para siquiera llevarle la contra o pensar lo sucedido entre ellos dos anteriormente. —Está bien, supongo. Deleitame con esa melodía.— susurró con un poco de sarcasmo.

 

Mario notó como el hombre empezó a tocar y cantar con mucha más meticulosidad, como si tratara de impresionarlo o algo así. La primera vez que lo hizo era solo para molestarlo y llamar su atención. Sin embargo, su voz mientras cantaba era exactamente como tomar un té sin revolver el fondo del vaso; Es amargo y parece infinito, pero cuando llegas al último sorbo, sientes toda la dulzura del azúcar desvaneciendo en tu lengua, como dándote un regalo por aguantar tanta cosa fea.

 

“At home, drawing pictures of mountain tops

With him on top, lemon yellow Sun

Arms raised in a V

The dead lay in pools of maroon below”

 

Apenas iniciaron las letras, el chihuahua sintió que había algo distinto en el tipo. Aún si no podía ver sus ojos, ya que tenía lentes de sol puestos –en medio de la noche–, algo le gritaba en su mente que él lo miraba intensamente, incluso quizás con deseo, a pesar de que la letra no era una canción de amor, veas por donde lo veas.

 

“Daddy didn't give attention

Oh, to the fact that mommy didn't care

King Jeremy, the wicked

Oh, ruled his world”

 

Estaba ciertamente cautivado, en especial al escuchar esta parte de la canción. Dejó de cruzar sus brazos y puso su mano en su propia mejilla, apoyando su brazo contra la pared, ya mostrando interés genuino en saber cómo terminaría el no tan feo canto del personaje favorito de los niños de treinta y un minutos.

 

“Jeremy spoke in class today

Jeremy spoke in class today… ”

 

Y terminando la canción, por primera vez en la vida de Guari, el más bajo le había dedicado una sonrisa.

A él.

Bueno, eso quería creer, por lo menos.

 

Sorpresa fue para el sujeto cuando todos los perros de Mario empezaron a ladrar y aullar al unísono, como queriendo decir que les gustó mucho la canción.

—Ah, disculpa. Ellos se ponen así cuando les gusta algo.— dijo, aún sonriendo fervientemente. Los perros seguían haciendo ruidos de alegría. —¿Verdad, mis chiquillos?— susurró en tono cariñoso, y recibió ladridos contentos como respuesta.

Guaripolo no pudo evitar sonrojarse un poco. Su corazón se derritió ante la ternura que le daban los perritos y, sobre todo, Mario Hugo. Mierda, él sí que era lindo. Sus ojos, su nariz, su boca. Incluso a veces se preguntaba si se le movía la colita cuando se ponía nervioso o contento, igual que Chaucha, Copi Copi, Fierro Malo, Tepotepo, Neumatex y blah, no recordaba a los demás. Estaba en ello.

 

—Wow. No sabía que cantabas tan bien, Guaripolo. Usualmente me rompes los tímpanos.— dijo con su característica sinceridad, conmovido por su talento.

Guaripolo parecía satisfecho con el hecho de haberlo impresionado. —Wah, muchas gracias. Es que no le canto así a cualquiera, solamente a chihuahuas lindos como tú, blah.— le guiñó un ojo, aunque no se veía por los lentes que llevaba puestos.

Sus mejillas se pusieron rosaditas de igual forma. Rodó los ojos, sin querer sonriendo más de lo que ya estaba. Lo ocultó lo más rápido posible, tapándose el hocico con la palma de su mano. —Ejem— tosió, tratando de disimular. —Como tú digas.

Guardaba su guitarra mientras hablaba. —No tapes esa preciosa sonrisa, Mario Hugo. Le queda como anillo al dedo a tu rostro.

Estaba obviamente halagado por los cumplidos, aunque se sentía raro, ya que venían de un hombre, encima uno hediondo e igual de feo que un trapo para barrer.

—¿No quieres ir a dar una vuelta? Hace el clima perfecto.

Aquella propuesta hizo que sus grandes orejas se hicieran para atrás, indicando que le emocionaba la idea, aunque no quisiera aceptarlo. —¿Estás loco? Son como las tres de la madrugada y mañana hay que volver al trabajo, es más, tenemos un apartado especial que va a estar bien movido, así que…

 

Sintió una mano en su hombro y luego en su brazo tirándolo, forzandolo a caminar junto a él.

—¡E-espera! ¡No me he despedido todavía! Eh- ¡Fierro Malo, tú quedas a cargo de la casa y asegúrate de que todos duerman bien! Ah- ¿Maletín, que haces tú acá? Bueno, bueno, ya. Ven con nosotros.

 

La calle estaba vacía y oscura. A decir verdad, Mario nunca había salido de su casa a estas horas, a excepción de algunas fiestas a las que asistió, pero tiene recuerdos borrosos, ya que normalmente estaba pasado de copas. Y su mejor y verdadero amigo, Huachimingo, siempre lo ayudaba cuando se emborrachaba.

Admiraban el “paisaje” –el parque del barrio con unos cuantos árboles y juegos– en un silencio un tanto raro, pues Guaripolo lo tenía agarrado del brazo firmemente, sin dirigirle la palabra. El contacto no era igual, pero era parecido al que tuvieron cuando sucedió lo de Patana. Aún recordaba la incomodidad que sintió al escucharlo decir que “nadie es perfecto”. Desde entonces, las cosas habían cambiado entre los dos. Ya no eran simples compañeros de trabajo, tampoco eran amigos, pero aún si a ninguno de los dos les gustaba reconocerlo, no sentían odio ni indiferencia hacia el otro. Quizás era respeto.

Respeto por el hecho de que ahora se saludaban como si nada en el trabajo, y a veces compartían momentos divertidos juntos fuera de cámaras, como ahora que salieron a hacer algo tan simple como caminar. Ambos sabían que había sido un pésimo día en el estudio y, tras pensarlo un poco en el camino, el chihuahua supuso que este idiota también estaba agotado, pero… ¿por qué lo buscó a él, específicamente? Podía haber simplemente molestado a sus vecinos o algo, pensó. Les quedaba mucho más cerca. Y aún así, se tomó el tiempo de venir hasta acá y tocarle una canción. Algo no encajaba.

 

—Eh… Oye.— interrumpió aquel silencio, haciendo que el más alto se volteara a verlo.

—¿Qué pasa, Huguito?

—¿Huguito?— preguntó, desconcertado, pero sin tomarle importancia, siguió hablando. — Nada. Solo… ¿Por qué la música? Me da curiosidad.

—Mmm, bueno. Quería molestar a alguien no más.

¿Así que solo pretendía eso? Lo miró un tanto decepcionado, aquello notándose en su voz. —Ah. ¿enserio?— dijo cabizbajo, mirando sus pantuflas de perro.

—Sí.— respondió cortante, como apático, pero su lenguaje corporal decía otra cosa. Apretó a Mario contra sí, como si alguien se lo fuera a quitar.

En eso, pudo notar que la mirada de Guaripolo, medio oculta por sus lentes, se dirigía hacia él en realidad. Antes de poder hablar, fue interrumpido. 

—Claro que no, perrito. Obviamente no lo diré. Ya te puedes imaginar por qué vine.

Sintió un pequeño alivio al escuchar eso, pero no del todo.

—¿Fue por todo lo malo que pasó hoy? ¿Viniste a alegrarme la madrugada?

El muchacho no dijo ni una sola palabra, solo le sonrió.

Eso fue suficiente para sentirse tranquilo de una vez por todas. No lo sabía, más necesitaba una compañía así en ese momento, aunque este estúpido no era lo más ideal que digamos. Pero no importaba. El solo saber que su intención era buena, cosa que no pasaba muy seguido en él, lo calmaba enormemente. Después de todo, alguien se había preocupado por su bienestar. Aunque se seguía preguntando por qué, ya que perfectamente pudo haber elegido a cualquier otra persona, pero bueno, nadie entiende a Guaripolo en estos casos. Tampoco es como si le quería preguntar directamente.

Maletín, quien iba acompañándolos desde la distancia, se había quedado atrás, oliendo una bolsa de basura que olía muy apetitosa. La rasgó y le sacó todo lo de adentro para comerse un pequeño pedazo de carne podrida escondida en otra bolsa. Amaba la carne podrida y solo podía comerla en momentos como este, lejos de su dueño. Sin embargo, con el pasar del tiempo, los tortolitos se habían olvidado completamente del perro, ya que estaban muy ocupados en algo más importante, aparentemente.

 

Se sentaron en un banco, el cual estaba en medio de un parque que quedaba a un par de cuadras más de su casa. Estaban tranquilos, sin necesidad de hablar todo el rato, inhalando y exhalando el contaminado aire de Santiago. Juntos. Sin ni una sola distracción. Ni una más que el sonido de las hojas de los árboles moviéndose junto a la brisa en la oscuridad. Y en una, Guaripolo saca un cigarro de una cajita. Prende su encendedor, girando el extremo del cigarro sobre la llama, dejando que se vaya quemando de manera uniforme y, al verlo ya anaranjado se lo echa en la boca, aspira lentamente hasta llenar su boca de humo, expulsando suavemente hacia otro lado para no molestar a Mario Hugo.

—¿Quieres?— le propuso al voltearse, mostrándole la caja.

—No, gracias. Lo dejé hace tiempo— dijo amablemente.

Pero él insistió e insistió.

—Dale.

—No.

—Dale.

—No.

—¿Porfa?

Mario no podía negarse si le hablaba con ese tierno tono de voz. —Bien, creo que podría hacer una excepción.

Tomó una bocanada de aire, tosiendo torpemente en el intento. Guaripolo se burló.

—Hace mucho que no hacía esto, ¿ya?— dijo, irritado, pero luego de unos minutos volvió a la normalidad.

Continuaron sin hablar, disfrutando lo que parecía ser su único momento de paz luego de tantos cahuines sin final. A pesar de que las estrellas estaban ocultas, la luna estaba llena, posicionándose un poquito atrás de ellos. No era la vista más linda ni la más interesante, preferirían estar en un observatorio en el norte mil veces antes que estar en la ciudad. No obstante, era lo que tenían. ¿Estaban satisfechos? Podría decirse que sí. Tan malcriados o mimados como Tulio no eran, lo tenían bien clarito.

Se encontraba a punto de quedarse dormido cuando escuchó la voz de su compañero hablarle.

—Hey, ¿y Maletín?

Jadeó, el repentino comentario tomándolo por sorpresa. Giró su cabeza hacia todos lados, levantándose en esperanza de encontrar al perro, pero no tuvo suerte.

—¡Ay, no! ¿Dónde se metió ese chiquillo?— exclamó, preocupado, su cigarro cayendo al suelo.

—¡Hay que ir a buscarlo!— se adelantó Guaripolo, pisando su propio cigarro y acompañando al chihuahua a buscar a Maletín.

¿Quién sabe si estará bien?