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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-02-09
Updated:
2026-04-16
Words:
23,174
Chapters:
9/10
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88
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763
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40
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11,341

La marca del dragón oculto

Summary:

En el fragor del Juicio de los Siete en Ashford, Ser Duncan el Alto descubre el secreto mejor guardado de Aerion Targaryen. El príncipe cruel y arrogante no es el alfa dominante que todos creen, sino un omega que lleva años ocultando su naturaleza a base de pociones, mentiras y violencia.

Cuando el instinto de Duncan despierta en medio del barro y la sangre, el aroma inconfundible de Aerion lo empuja a reclamar lo que el destino le pone delante. Ignora las súplicas desesperadas del dragón, el terror que quiebra su orgullo por primera vez. Lo marca. Un mordisco que sella un vínculo irrompible y los condena a ambos.

Ahora Aerion lleva la marca de un caballero errante en el cuello. El lazo los une con una intensidad cruel: cada latido, cada ausencia, cada deseo que ninguno pidió los arrastra de vuelta el uno al otro. Lo que empezó como horror y rabia empieza a transformarse en algo mucho más peligroso: necesidad, posesión, y tal vez algo que ninguno está listo para nombrar.

Chapter 1: Máscara rota

Chapter Text

El sol caía a plomo sobre Ashford. Un calor de justicia, de esos que te cuecen la sangre dentro de la armadura y hacen que cada respiración sepa a hierro caliente. El prado era un hervidero: nobles con sedas que ya se les pegaban al cuerpo de puro sudor, caballeros relucientes pateando el suelo, y el pueblo apretado detrás de las vallas, estirando el cuello para no perderse nada. Olía a caballo, a tierra pisoteada, a hogueras lejanas donde asaban carne. Y ese otro olor, el que siempre queda después: sangre seca y metal, ese tufo que se te mete en la nariz y ya no se va.

Dunk se ajustaba las correas con manos que le temblaban un poco. La armadura era prestada, le quedaba justa y pesaba el doble que cualquier cosa que hubiera vestido antes. Pero no era el acero lo que le hacía doler los huesos. Era lo que venía. El juicio de los siete. Siete contra siete, catorce hombres dándole al hierro mientras los dioses miraban desde arriba, o eso decían. Él solo quería salir vivo, y con todas las piezas en su sitio.

Había defendido a una chica. Una titiritera que en su espectáculo había representado la muerte de un dragón, y el príncipe lo tomó como un insulto a su casa, a su sangre. Y por eso estaba ahí, con el corazón golpeándole las costillas y el sudor cayéndole por la nuca. Era alfa, eso se notaba en cómo la gente se apartaba a su paso sin pensarlo. Proteger. Cuidar de los que no pueden. Aunque te maten por ello.

Al otro lado del campo, en un caballo negro como boca de lobo, estaba Aerion Targaryen. El príncipe. El que había armado todo esto por capricho, por crueldad, porque podía. Su armadura parecía de pesadilla: escamas rojas y negras, un yelmo con forma de calavera de dragón. El pelo blanco le caía por debajo como una maldición, y los ojos violetas, lo único que se le veía, ardían con una luz que prometía fuego.

Todo el mundo lo creía alfa. Claro. Con esa forma de mandar, de humillar, de romper dedos y reírse después. Nadie imaginaba otra cosa. Pero nadie sabía. Nadie excepto su padre, el rey Maekar, y las pociones que llevaba años tomando a escondidas para que no se notara. Hierbas amargas que le quemaban la garganta cada mañana. Un control férreo sobre cada respiración, cada movimiento, para que nadie, nunca, oliera la verdad.

Sonaron las trompetas. Un sonido que te perforaba los oídos y te llegaba a los huesos. Los caballos arrancaron.

El choque fue un trueno. Madera partiéndose, metal chillando, hombres cayendo de las sillas como muñecos. Dunk derribó al primero con la maza y sintió el golpe subir desde las muñecas hasta los dientes. El polvo lo cegaba, la sangre le picaba en los ojos, el aliento le salía a sacudidas. No pensaba. Solo golpeaba. Aguantaba.

Y entonces pasó.

Aerion cayó del caballo. Dunk cayó con él, no sabía si porque lo arrastró o porque el destino quiso juntarlos en el barro. Rodaron como dos perros, las armaduras crujiendo, los alientos cortados. El príncipe debajo, él encima. Un enredo de hierro caliente y odio frío. Y de repente, el olor.

Dunk lo sintió antes de entenderlo. Un golpe en el pecho, directo a las tripas, que le dejó sin aire. Dulce. Como miel quemada, como flores aplastadas después de la lluvia, como algo que no debería estar ahí pero que de repente lo llenaba todo. Su instinto alfa rugió con una fuerza que no sabía que tenía. Se le nubló la vista, se le tensó cada músculo, se le secó la boca.

Aerion lo miró. Y en sus ojos violetas, por primera vez en su vida, no hubo soberbia. Hubo pánico. Pánico de verdad. El de los que saben que se acaba todo.

—No —susurró. La voz le salió rota, como si se la hubieran arrancado a tirones—. No puedes... aléjate de mí.

Su cuerpo empezó a temblar. No de frío, sino de algo peor. El calor omega estaba ahí, traicionándolo, empapando el aire con ese aroma que cualquier alfa reconocería a una legua. Y Dunk lo tenía encima, respirándolo, bebiéndoselo.

Dunk no podía apartarse. El olor lo envolvía, lo aturdía, lo volvía animal. Lo único que existía era eso: el calor del cuerpo debajo del suyo, el latido frenético en ese cuello pálido y sudoroso, la verdad que acababa de descubrir. Aerion Targaryen, el que rompía dedos por gusto. Omega.

—Ese olor —gruñó, la voz ronca, pegada a la garganta—. No eres un alfa. Eres un omega. Y estás en celo.

Aerion se retorció. Arañó el metal de la armadura, intentó empujarlo con las dos manos, pero su cuerpo temblaba y las fuerzas se le escapaban como agua entre los dedos. Las lágrimas le rodaron por las mejillas, limpiando el barro, dejando surcos blancos en la piel sucia. Sucio, vulnerable, roto. Nunca se había visto así. Nunca había permitido que nadie lo viera así.

—Por lo que más quieras —suplicó, y la palabra le supo a veneno en la boca—. Duncan, por favor. Por los dioses antiguos y nuevos. Si haces esto, me destruyes. Me quitan todo. Mi nombre, mi herencia, mi maldita vida. ¿Lo entiendes? Seré una burla. Un omega en la corte. Me arrancarán la piel a tiras. Te lo ruego... no me marques.

Dunk lo oyó. Las palabras le entraron por los oídos y se le clavaron en algún sitio. Vio el terror, la humillación, la desesperación. Vio a un hombre suplicando, algo que Aerion Targaryen no había hecho jamás. Pero el instinto era más fuerte. Más viejo. Más hondo. El aroma lo envolvía como una niebla espesa, y en el fondo de su cerebro solo había una idea: reclamar.

Mordió.

Los dientes se hundieron en la glándula del cuello, justo donde el olor era más denso, donde la piel estaba caliente y el latido se sentía vivo bajo los labios. Un pinchazo, un sabor a sangre y a miel, a algo que era de los dos y de nadie más. Y luego algo que no se podía explicar con palabras. Un latigazo que los atravesó a la vez, un lazo que se cerró para siempre en ese instante, atándolos con una fuerza que ninguno de los dos había pedido.

Aerion gritó. Un alarido que no era de dolor ni de placer, sino de las dos cosas a la vez, mezcladas hasta volverse una sola cosa imposible. Su cuerpo se arqueó, sus uñas se clavaron en los brazos de Dunk, y luego se quedó quieto. Sollozando. Con la mano temblorosa tapándose la marca, la sangre caliente escurriéndole entre los dedos, el olor a él y a Dunk mezclándose ya para siempre.

Dunk se apartó. Jadeando como si hubiera corrido leguas. El remordimiento le llegó como un puñetazo en el estómago, frío y brutal. Miró lo que había hecho. La marca en ese cuello que era de príncipe, de Targaryen, de alguien que ahora era suyo sin quererlo.

—Lo siento —dijo, sin saber bien qué decía—. Pero esto... esto es lo que eres. Y ahora eres mío.

Aerion lo miró con los ojos llenos de lágrimas y de odio. Un odio tan puro que dolía, que se metía por la piel y se quedaba. Su voz fue un hilo, pero cada palabra pesaba como una losa.

—Te maldigo, Duncan el Alto. Esta marca nos va a destruir a los dos.

Alrededor, la batalla seguía. Los caballos pasaban a su lado, los hombres gritaban, las espadas chocaban. Nadie había visto nada. Los gritos, el polvo, el caos lo habían cubierto todo como una manta. Las trompetas sonaron de nuevo. El septón levantó los brazos al cielo y declaró inocente a Dunk. La multitud rugió como una bestia con mil cabezas.

Pero Dunk no oía nada. Solo sentía el tirón en el pecho, ese lazo invisible que lo ataba al príncipe que se alejaba cojeando, una mano en el cuello, la sangre goteándole entre los dedos, la espalda recta a pesar de todo. No miró atrás. Solo siguió caminando, digno hasta en la derrota, hasta desaparecer entre las sombras de las tiendas. Pero dejó un rastro. Ese olor dulce y herido que Dunk sintió como un puñetazo en el estómago, que se le metió en los pulmones y ya no se fue.

Dunk se quedó solo en medio del campo, rodeado de vítores vacíos, de gente que lo palmeaba sin saber, de un sol que seguía cayendo a plomo sobre Ashford. El lazo tiraba de él, un dolor sordo y constante que le apretaba el pecho y le llegaba hasta la garganta.

Sabía que aquello no había terminado. Que el juicio de verdad, el que importaba, acababa de empezar.