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Louis era una persona muy callada por naturaleza. No es que haya ocurrido algo para que fuese de esa manera, solo le gustaba el sonido del silencio y no hablaba a menos que tuviera algo muy importante que decir.
Le gustaba tener todo en orden en la mansión, de otra manera había algo en él que se encrespaba. Por lo cual cada vez que cocinaba procuraba ir lavando los trastos de manera que estos no estorbaran en la mesa ni estuvieran sucios en el fregadero dando una mala vista a sus ojos.
Amaba preparar el té para sus personas amadas, en general, le encantaba cocinar cualquier cosa que pudiera hacerlos felices. Las sonrisas y cumplidos de sus hermanos ante cada taza o pedazo de pastel eran pequeños relámpagos de dicha que quedaban grabados en su corazón.
Si bien amaba los días de mercado porque podía ir acompañado de Fred y probar algunos rollos dulces o panes calientitos que vendían en el pueblo, ya que al saborear el primer bocado analizaba cada ingrediente en su paladar intentando adivinar cuál sería y ver si podía replicar o hasta mejorar la receta en casa; en realidad la mayoría de sus vegetales los cosechaba en su propio pequeño huerto al que William había bautizado como el lugar feliz de su hermano además de la cocina.
Mientras ayudaba a Fred a regar sus rosales, William miraba de reojo a Louis a unos pocos metros de distancia estar de rodillas con el rostro algo salpicado por la tierra, plantando un tomate, rociando algo de agua a sus zanahorias y hablando con las coles. Y no podía evitar una pequeña sonrisa al notar el brillo en sus ojos al momento de hacer todas esas tareas.
Así pues, no solo tenía un corazón dulce al momento de mantener una conversación con sus adoradas plantas, sino que también y por más que lo negase a ojos burlones de Moran, a Louis le atraían los animalitos. En especial los gatos. Todos en la mansión Moriarty se preguntaban si esto se debía a su gran parecido con ellos, nunca lo decían en voz alta por supuesto, pero sabían que compartían el mismo pensamiento cuando vieron al menor de los hermanos llegar con un pequeño gatito sucio color naranja que extrañamente era casi su copia en versión felina.
Bond junto a Moran y Fred se asomaron a la cocina a ver cómo le ofrecía con amabilidad un platito de leche fresca para después asearlo, peinarlo y dejar que se durmiera en su cama. Desde ese día, fue como tener dos Louis en casa ya que el gatito lo seguía a todas partes y a veces escarbaba la tierra con él en el jardín.
De manera que el estilo de vida y sus propios gustos, que no eran ningún secreto para nadie, eran el sinónimo de afables y apacibles, aunque algo cansados, pero siempre silenciosos.
Por lo que nadie logró comprender cómo fue que alguien tan revoltoso y escandaloso como Sherlock Holmes logró entrar al corazón de este.
El detective de la calle Baker era completamente lo opuesto al menor de los Moriarty.
Su habitación era un desastre de cosas tiradas y revueltas de aquí a allá. Cigarros aplastados junto a las cerezas, cenizas y dulzor. Los botones de su camisa estaban mal cocidos de tantas veces que él mismo tuvo que arreglárselo. El silencio era cubierto por melodías creadas al instante con su violín. Canciones que parecían contar historias dudosas de finales inciertos, promesas olvidadas y un anhelo constante.
Cuando pensabas en él lo primero que se te venía a la mente era una cortina de humo que era todo lo contrario al ambiente limpio que reinaba en la mansión. Un día nublado atrapado en el tiempo creyendo que siempre eran las cinco de la tarde chocando con un día soleado que caminaba de acuerdo a un horario fijo y bien establecido.
¿Sus pasatiempos involucraban tierra? Claro que sí, excepto que él no sembraba vegetales sino que se colaba a cementerios a desenterrar cadáveres por ciertos casos que le solicitaban hacerlo y eso no significaba que no lo disfrutase.
Y así como Sherlock no temía ensuciarse de tierra al igual que Louis, un día llegó a su casa con un ramo de flores que él mismo había cortado camino a su casa. Venía con el pelo hecho un desastre repleto de hojas que fácilmente pudo ser confundido por un nido de pájaro. Pero su sonrisa era tan radiante como un sol cuyos rayos calentaron las mejillas de Louis. Recibía los ramos día tras día porque al parecer no haber dicho que no al primero incitó la llegada de muchos más, y fue así que la casa entera se llenó de flores. Jarrones de cristal adornaban la sala con girasoles, vasos azules en la cocina con margaritas y tulipanes. Era tanto así que Moran opinaba que aquello se había vuelto un invernadero y se levantaba todas las mañanas estornudando por el polen.
En cierta ocasión, Sherlock ayudó a Louis en su huerto, despojándose de su saco sin problemas, subiéndose las mangas de la camisa hasta los codos, silbando una extraña pero alegre tonada que hizo reír a Louis. Aquel había sido el primer cambió que notó repentinamente en él. Sus canciones ya no sonaban lúgubres ni melancólicas. Las tonadas bailaban en el viento como lo hacían los gitanos con los pies descalzos alrededor de las hogueras, vivarachos y gozosos.
Le aseguró que así sus plantas crecerían más rápido y con un sabor más delicioso. Por qué, ¿a quién no le gustaba que le cantasen?
–A veces me pregunto de donde sacas todas esas ideas –comentó el joven Moriarty sin borrar aquella dulce sonrisa que era suficiente para que Sherlock se enorgulleciera de sus locuras.
Una vez que terminaron, con la cara, la camisa y los pies repletos de barro, se sentaron a disfrutar de una taza de té en el patio y tras lavarse las manos mordieron unos sándwiches cortados finamente a la mitad.
Bien había aprendido que Sherlock era la persona más expresiva del mundo, pero ver las caras que ponía al probar la comida eran un poema que atrapaba a Louis en cada bocado que daba. Los ojos del detective brillaban con asombro y emoción como si fuese la primera comida que masticaba en el mundo. Probablemente lo era. Al final se terminó por merendar casi todos los sándwiches puesto que Louis llenó su apetito solo con mirarlo.
A Louis le encantaba hacer comida para sus personas favoritas en todo el mundo. Recibir una propuesta suya para ir de picnic a un campo no muy lejano cerca de un arroyo era casi un privilegio que pocas personas tenían la fortuna de poseer.
Sherlock resultó ser una de esas personas.
Por curiosidad o chismorreo, Moran y Bond que no solían ser madrugadores, se levantaron de sus camas solo para ver a Louis a las cinco de la mañana hornear dos baguettes hechos con sus propias manos, para hacer emparedados de pimiento, hierbas y carne. Además de unas galletas rellenas de mermelada de arándano rojo y un pequeño pastel de manzana. Cortó varios quesos y los envolvió con delicadeza junto a unos racimos de uvas y tres duraznos en un pañuelo bordado con pequeñas flores moradas y azules. Fue empacando en una canasta especial cada alimento al tiempo que daba manotazos a Moran que intentaba agarrar algo de lo que había ahí.
–Te pasaste todo el rato viéndome en vez de ayudarme –le recriminó Louis–. Por supuesto que no hay galletas para ti.
No podría describir aquel apetito que había nacido en él, ver a Sherlock se había convertido en un desayuno, un pastel repleto de fresas, la bebida más refrescante en un día de verano. De repente se encontraba invitándolo a cualquier cosa como un pequeño pretexto para estar más cerca de él. Y Sherlock aceptaba gustoso con una carcajada.
Todos en la mansión sabían que ambos eran conscientes de los sentimientos que estaban aflorando en sus corazones. Ninguno hacia nada al respecto para declinar o negarlo. Pero tampoco hacían algo más atrevido como robarse besos. A veces a los demás les daba la impresión de que se estaban tomando su tiempo para todo, disfrutando el trayecto. No había prisa. Después de todo, ninguno tenía intenciones de irse.
Fue Fred el primero en regresar a la mansión luego de una pequeña aventura con Moran y Bond en el mercado, Albert había salido con William. No quedaba nadie en casa. O eso fue lo que pensó hasta que escuchó unas voces a lo lejos en la biblioteca.
–¡Madre mía, no me lo creo! ¿Cómo que no sabes bailar? ¡Ahora entiendo porque sueles evitar a las damas en los bailes! No es que te desagraden, es que no sabes mover los pies –se reía Sherlock.
Louis apartó la mirada luciendo ligeramente molesto y avergonzado.
–No te lo conté para que te burlases –murmuró.
–Perdóname –Sherlock tomó sus manos entre las suyas sin borrar su sonrisa, las acarició con una infinita dulzura que sobresaltó su corazón–. No era mi intención burlarme.
–Da igual –Louis se zafó de sus manos. No le iba a perdonar tan fácilmente–. Deberíamos volver abajo. Escuché que alguien abrió la puerta. Tal vez mis hermanos han regresado.
Pero ambos eran demasiado tercos.
–Ven acá –Sherlock lo atrajo hacia él tomándolo de la cintura, sujetándolo de una manera tan suave y delicada pero firme a la vez, dándole a entender que no lo dejaría ir por nada del mundo. Lo acercó a su pecho y Louis tuvo que apartar la mirada nuevamente para no caer ante sus encantos–. ¿Qué tal si te enseño a bailar para que me perdones?
–¿Tú? –Louis enarcó una ceja, aunque su enfado seguía presente, sus piernas dudaban un poco y las mejillas delataban su decisión de no querer apartarse pese a todo.
–Aunque no lo creas bailo desde niño –acomodó la mano de Louis en su hombro y le depositó un beso a la otra antes de sostenerla de nuevo–. Tuve una maestra muy estricta. Pero aun así lo divertido no se perdió mientras aprendía.
Dio unos pequeños pasos, deslizándose de un lado para el otro suave y lentamente, al tiempo que tarareaba una de las canciones favoritas de Louis, aquella que se había tomado el detalle de recordar y practicar en el violín desde que le confesó cual era. Louis no se resistió más, se dejó llevar reposando su mejilla en el hombro de Sherlock. Le había vuelto a ganar.
Fred los contempló a escondidas asomándose cuidadosamente por la puerta entreabierta. Podría jurar que solo Sherlock notó su presencia ya que sus ojos miraron hacia la puerta pero no se entretuvieron demasiado ahí ya que el muchacho rubio le dio un pequeño beso en la mejilla que le robó toda su atención.
–¿Estoy libre de pecado? –cuestionó con un aire de coquetería.
–Déjame ver cuánto dura –respondió Louis antes de plantarle un beso en los labios, de la misma manera en la que plantaba sus flores y tomates rojos, con el deseo de que brotaran más y más.
Aún seguía gustándole el silencio por las tardes, pero también se había enamorado de los murmullos y susurros compartidos con el detective. Tenía una voz tan profunda cuando hablaba de manera suave y baja. Y aprovecharía cada oportunidad para escucharla lo más cerca posible.
El joven Porlock comprendió que era la hora de marcharse y se sonrojó pensando en la travesura que acaba de cometer, temiendo que Moran y Bond le hubiese pegado sus malos hábitos de meterse en donde no los llamaban. Pero a su vez se alegraba mucho por Louis al momento de subirse la bufanda hasta la nariz. Jamás lo había visto tan radiante de felicidad. Su alegría solía ser una hora dorada que solo ocurría una vez cada dos meses, ahora pasaba cada semana. Y era igual que un atardecer amarillo con atisbos violetas, cubría un cuarto entero y a todos los que se encontraban dentro tal y como había ocurrido en ese instante con él y Sherlock. Si tuviera que ponerlo en palabras habría dicho que le recordaron a aquellos cuadros pintados que brillaban en los museos, que parecían mundos diferentes encerrados a los que solo podías acceder con la vista. Tan cerca… y tan lejos a la vez.
Fin.
