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Si había algo que Boa Hancock detestaba, esas eran las ironías de la vida.
La modelo siempre pensó que el amor era como un órgano extra, uno que aparecía cuando menos lo esperabas y exigía más oxígeno del que el cuerpo podía producir.
La primera vez fue Monkey D. Luffy, el aventurero que le robó el corazón por primera vez en su vida.
Ese amor que sintió por él fue tan intenso al punto que ella aún podía recordar cómo el hospital olía a desinfectante y miedo.
Su mente aún tenía presente a todos los médicos diciendo lo mismo, que llegó a tiempo. Le extirparon parte del pulmón izquierdo antes de que las flores cerraran el paso por completo.
—Es una segunda oportunidad —le dijeron.
Le tomó años volver a respirar sin pensar en él, sin pensar en su primer amor, el único hombre que impactó de forma positiva en su vida fuera de su propio padre.
Cuando por fin lo logró, juró que si volvía a enamorarse sería con calma, con prudencia, con las manos firmes.
Entonces apareció Uta Figarland.
La conoció durante el rodaje del videoclip más famoso de su carrera. Una canción sobre segundas oportunidades, sobre volver a empezar según lo que decían las traducciones, ya que Uta cantaba en su idioma materno, el gaélico irlandés, un idioma que la modelo china nunca comprendió. Hancock interpretaba a la mujer que camina bajo la lluvia hasta encontrar el sol. No fue fácil actuar, ya que el sol siempre le recordó a Luffy, pero aún así gustaba más los días soldados que los días lluviosos, pero debía ser profesional y entregó un trabajo impecable. Lo que ella no sabía era que el guión se le estaba metiendo en la sangre.
Hancock llegó a notar algo un día, muchos años después de esa grabación: Uta reía con la cabeza hacia atrás, como si el mundo fuera ligero. La famosa reportera Nami Bergström estaba ahí algunas veces. La periodista del clima. Profesional, elegante, siempre hablando de tormentas y cielos despejados.
La modelo tardó meses en admitir lo evidente.
El día que decidió declararse llevaba el vestido exacto. Sin extravagancias. Solo algo sencillo, como si quisiera decir “esto es real”.
En realidad no hizo falta.
La noticia apareció primero en redes.
Uta y Nami tomadas de la mano en una alfombra roja. La reportera sueca dijo que el clima venía soleado para su vida personal. Su pareja rió debido a su comentario.
La primera flor cayó sobre la pantalla de su teléfono.
Hancock parpadeó. Lo recogió entre los dedos, revisando el tipo de flor que el Hanahaki le proporcionó por segunda vez en la vida: un clavel estriado, un vil clavel que le dice divertida que ha sido rechazada sin siquiera haber declarado sus sentimientos.
—Otra vez —murmuró.
La risa le salió sola.
La segunda flor apareció en un camerino.
Hancock estaba modelando para una marca y estaba en su tiempo de descanso. Uta había llegado de sorpresa para apoyarla en las grabaciones y había llevado a Nami con ella, ambas mirándola desde primera fila. La modelo al sentir las flores en su garganta se apartó a un rincón donde no la pudieran ver y tosió con delicadeza, dejando caer las flores dentro de un vaso que llevó consigo discretamente. Nadie notó nada.
Reconoció las flores al tercer día.
Eran las mismas flores que Uta había usado en el videoclip. Claveles rojos y amarillos, desdén y suspiros anhelantes; narcisos y rosas amarillas, egoísmo y celos. Las mismas flores que Hancock ese día sostuvo bajo la lluvia artificial mientras la letra prometía que siempre habría una segunda oportunidad.
Qué ironía.
Guardó el número de su doctor de cabecera, Trafalgar Law, en favoritos. No llamó.
La primera vez luchó. Esta vez decidió no hacerlo
Los recuerdos que guardaba de Luffy y su fantasma comenzaron a mezclarse con el presente.
Él sosteniendo su mano por primera vez.
El doctor Law diciendo que si esperaban unas semanas más habría sido irreversible y Mugiwara-ya no podía salvarla puesto que estaba lejos, explorando el mundo.
Ella misma despertando con una cicatriz nueva y la certeza de que amar podía costarle el aire.
Había sobrevivido.
Pero el vacío tardó años en cerrarse.
Ahora, mientras veía a Uta besar la mejilla de Nami en entrevistas y fotos tomadas por fans, entendió algo distinto.
No era que el amor no fuera para ella.
Era que ella amaba hasta el extremo.
Y el cuerpo no estaba diseñado para eso.
Una tarde, después de una sesión de fotos, Uta la invitó a cenar. Nami debido a su trabajo no pudo asistir, por lo que eran solo ellas dos.
Hablaron del futuro.
—Cuando yo tenga cuarenta y tú tengas cincuenta —dijo Uta, apoyando el mentón en la mano— quiero que sigamos siendo amigas. O colegas famosas que se encuentren en eventos y se saluden con esa sonrisa cómplice de “nos conocimos cuando nadie sabía nuestros nombres”.
Hancock simplemente sonrió.
—Suena bien.
—¿Y tú? —insistió Uta— ¿Cómo nos ves en el futuro?
Hancock giró la copa entre los dedos.
—Supongo que… dependerá de lo que nos dé la vida.
La irlandesa frunció el ceño, divertida.
—Siempre eres tan ambigua Han, jamás entendí eso.
Ella no respondió.
No sabía cómo decir que, en otro universo, habría querido responder algo muy distinto.
Las flores crecieron más rápido de lo que esperaba.
Las raíces comenzaron a sentirse como hilos tensos en el pecho. Cada risa traía espinas. Cada inhalación era un jardín expandiéndose donde no debía.
Al final, su última noche no fue dramática.
Fue tranquila.
Champagne frío.
Vino de arroz tibio.
Su plato favorito, el siempre confiable hot pot humeando sobre la mesa.
Hancock brindó sola.
—Por amar dos veces y fracasar en el intento —susurró.
Rió.
Tosió más flores.
Todas cayeron sobre el mantel blanco como confeti de una celebración privada. La sangre, mezclada con la belleza de los pétalos, tiñó las burbujas del champagne con un rosa delicado.
Pensó en Luffy.
Pensó en Uta.
—Tal vez el amor y yo no hablamos el mismo idioma, tal vez debí poner más atención e investigar más sobre el portugués y gaélico.
La risa se quebró.
Las raíces se aferraron por dentro.
Las flores comenzaron a brotar completas, abriéndose paso por su garganta como si su cuerpo fuera un jarrón demasiado pequeño.
No gritó.
Simplemente murió con su vino de arroz aún en la mano.
La noticia se esparció al amanecer.
“La reconocida modelo china Boa Hancock fue encontrada sin vida en su residencia…”
Nami leyó el comunicado en el noticiero con voz firme, aunque el pronóstico ese día anunciaba lluvia persistente.
Uta no habló durante horas.
Recordó la cena.
Recordó la pregunta.
“¿Cómo nos ves en el futuro?”
Siempre le pareció extraño que Hancock no respondiera directamente.
Pensó que era timidez.
O prudencia.
O simple evasión.
Entre las pertenencias personales encontraron una nota doblada con cuidado.
La letra era elegante, limpia.
Uta la abrió sin esperar nada.
“Si una persona es capaz de vivir otra vida, ¿Quizás me dejarías ser tu novia?”
El papel tembló entre sus dedos.
Y por primera vez entendió la ambigüedad.
No era duda la que expresaba Han.
Era despedida.
Afuera llovía.
El clima anunciaba flores en primavera.
Y por primera vez en años desde que la conoció en un set… Uta no pudo decir nada, aparte que era una ironía pensar que sea un día lluvioso de primavera, el escenario en que su memoria siempre recordaría a Hancock.
