Chapter Text
El dolor es insoportable. Una tortura. Un castigo impuesto por sí mismo ante la ridiculez de sus sentimientos anteriores al creer que el fuego no le afectaría. Al creer que él podría convertirse en una de esas majestuosas criaturas que alguna vez significaron la grandeza de su familia. No se detiene, parece aumentar al paso de los segundos; segundos que se sienten eternos, demasiado para poder siquiera soportarlo.
No grita porque no puede. Porque todo es negro. No tiene boca, no tiene voz y tampoco una forma de expresarse. Lo único que permanece con él es el dolor.
Luego lo escucha.
Son voces. Voces de mujeres que no reconoce y que no deberían estar allí. Pasos que recorren todo el lugar, la calidez de un cuerpo contra él, el suave aliento sobre su rostro. El dolor desaparece en un pestañeo, pero su fantasma permanece y sabe que jamás se irá; que jamás olvidará la sensación de morir.
Sus ojos tardan en abrirse. Parpadea de forma lenta, ignorando el llanto que su cuerpo pide. Se siente mucho más pequeño que de costumbre, un cuerpo al que definitivamente no está acostumbrado.
Una extraña mujer lo mira desde arriba, y no sabe cómo definir su expresión. Cabello rojizo, ojos castaños sin ninguna gracia y, sobre todas las cosas, no puede evitar notar que hay demasiado verde en ella.
─No está llorando ─murmura la mujer con preocupación, sin despegar los ojos de él.
Otra de las mujeres responde algo a lo que no le presta atención, pero es inmediatamente arrebatado de los brazos de aquella mujer; cosa que agradece porque no soportaría ver todo ese verde por tanto tiempo. La nueva mujer lo meció con ternura, tarareando en voz baja y fijando sus ojos en él como si intentara transmitir un cariño inexistente.
Entonces lo oye.
El llanto de un bebé.
Sus ojos buscan con desesperación la causa de aquel sonido, dando al instante con una familiar mata de cabello blanco. Un Targaryen, debe serlo; no hay otra opción. Pero entonces cae en cuenta de que eso no es lo que verdaderamente importa, sino el hecho de que una mujer, que no parece ser demasiado alta, lo sostiene en brazos sin mucho esfuerzo.
─¿Ya tiene nombre, su gracia?
La reina se toma su tiempo para responder. Mira a sus dos hijos, a los mellizos, ambos tan dotados de características valyrias que ni siquiera parecen suyos. Su cuerpo está demasiado débil, el mareo en su cabeza es casi insoportable y teme perder la consciencia en cualquier momento. La dama que se mantiene a su lado para abanicarla luce preocupada, pero no hace nada para calmarla porque ni siquiera ella puede poner sus pensamientos en orden.
Sin embargo, como un pensamiento que no debería pertenecerle, un nombre aparece en su mente. Mira al pequeño niño en los brazos de la criada que no llora, que mira la habitación con curiosidad, como si fuera el dueño del lugar a pesar de no tener ni siquiera horas de nacido. Alicent sonríe con cansancio, limpiando el sudor en su frente.
─Aerion ─pronuncia entonces, con una firmeza que no parece suya─. Su nombre será Aerion, Aerion Targaryen.
Solo entonces, el niño que recién había aceptado su nueva realidad, estalla en llanto.
( . . . )
Revivir la infancia es lo más difícil para Aerion.
Cuando era un bebé, las criadas simplemente lo pasaban de brazos en brazos. Todos intentando demostrar amabilidad y cariño, uno que claramente era falso, que solo surgía por conveniencia. Pero las rarezas no acaban allí. Para consternación de Aerion, un huevo de dragón es colocado en su cuna como si no fuera nada importante; solo una tradición más, así lo habían llamado, totalmente ignorantes ante lo que significaba para Aerion.
Un dragón.
El emblema de su familia. Una criatura majestuosa que significaba todo lo que los Targaryen eran. La razón por la cual había muerto en forma de un huevo a su lado, en su cuna, en una época ya desvanecida en el tiempo.
Se pasa días admirando el huevo, intentando agarrarlo con sus pequeñas e inútiles manos. Se recuesta junto a él, rezando a los dioses por una explicación coherente por la cual lo mandaron a esa época, por la que lo salvaron de la muerte. Todos son extraños para él, y la mujer con cabellos rojos y vestimenta demasiado verde para su gusto, a la cual llamaron su madre, no aparece demasiado.
El huevo jamás eclosionó.
Era un castigo, se repitió. La burla que merecía por sus pensamientos. El hecho de que, quizás, él no era un dragón real. Que no merecía compararse con tales majestuosas criaturas.
Los primeros años, repite, son los peores.
Los rumores sobre el príncipe Aerion corren como pólvora cuando lo ven paseando por los pasillos con una mirada triste y el huevo de dragón en sus manos. No habla, no ríe, no llora y no muestra emoción alguna. Mantiene a su madre alejada, a su padre parece ni siquiera conocerlo y de sus hermanos ni se hable. Aemond, aunque extrañamente haya intentado acercarse a él, no logra intercambiar más que algunas palabras.
Aerion está tan perdido en los recuerdos de su vida pasada que ni siquiera se molesta en fingir que tiene interés en su presente. Ni siquiera champiñón, el bufón de la corte, logra sacarle una sonrisa, cosa que parece preocupar profundamente a su madre. Él simplemente se aferra a su huevo como si fuera a eclosionar en cualquier momento, recordando también al hijo que había dejado atrás, a su Maegor.
Es un niño tranquilo, intentan excusarlo, pero saben que su personalidad traería problemas en el futuro. Aemond intenta hacerse cercano a él porque cree que solo su hermano podría entenderlo: ninguno de los dos tiene dragón y son ignorados por su madre ya que no podrían representar peligro alguno para Rhaenyra y su futuro reinado, por lo que Aegon se roba la atención. Sin embargo, Aerion apenas parece reparar en su presencia.
Daeron es el único que logra mantener cortas conversaciones de él, y eso se debe a que Aerion, que no había leído demasiado sobre el único hijo de Alicent criado en Antigua, quería conocerlo más. Poco a poco va tomando conciencia, reconociendo el lugar donde los dioses decidieron ponerlo: en la danza de dragones, el comienza de la caída de su casa, de la extinción de aquellas criaturas que lo obsesionaron durante toda su vida.
Porque la tortura a la que Aemond creía estar sometido por no tener un dragón no es nada comparado a crecer simplemente con las historias de los antepasados que lograron ser jinetes. El huevo en sus manos es el amargo recordatorio de que, al ojo de los dioses, él no es digno.
Para empeorar aún más las circunstancias, es hijo de uno de los reyes más inútiles de todos, que prefiere suicidarse antes de aceptar la tensión que crecía entre su hija y su esposa y el como la corte parecía llenarse cada vez más de verde. Su madre, por otro lado, no le interesa demasiado. Se ve débil, aunque sabe que no lo es, y lo único en lo que se concentra es el intentar llenar la cabeza de sus hijos sobre cómo Rhaenyra los mataría ni bien la corona sea puesta sobre su cabeza; siendo ese su argumento para ir en contra del deseo del rey, su esposo y el nuevo padre de Aerion.
Sabía que eso terminaría mal. Que significaría la caída de los dragones, y que tendría como resultado un rey devastado perdido en los recuerdos de una madre que murió frente a sus ojos.
¿Por qué los dioses lo mandarían allí entonces?
Era un castigo. Volvía a vivir, sí, pero sólo para ver desde primer plano sus pesadillas convertirse en realidad.
Todo cambia cuando la broma da lugar.
Su huevo de dragón desaparece. Lo busca como loco, convirtiendo su habitación en un tornado andante y obligando incluso a los guardias que lo custodian buscarlo. Su hermano, Aemond, lo mira con curiosidad cuándo se para en la puerta para analizar el panorama, pero pronto se deja consumir por la emoción y avanza a pasos grandes hasta quedar junto a su hermano.
Aerion tira una de las almohadas sin cuidado, ignorando que quejido de dolor que sale de su hermano por darle justo en el rostro. Nada más que su huevo de dragón importa. Tiene que encontrarlo, no puede simplemente perderlo.
─Aegon quiere vernos ─informa Aemond con una emoción que no puede disimular─. Dice que nos quiere mostrar algo.
─No me interesa. Dile a Aegon que bien podría morirse ahogado con su vino ─soltó con una brusquedad no digna de él. Incluso Aemond parece sorprendido, pero no retrocede.
─Dice que ha preparado ─traga saliva, armando valor para las próximas palabras que dirá─, dragones. Que tiene dragones para nosotros.
Aerion no es tan ingenuo como su hermano. Conoce la historia, sabe lo que pasará a continuación y que lo que Aegon tiene preparado no es nada bueno. Él mismo ha sido víctima de algunas de sus bromas sin gracia en algunas ocasiones, y es por eso quizás que algo en su mente comienza a conectar.
Aegon tiene algo que ver con su huevo perdido.
Respira profundamente. Aprieta la suave tela de la almohada debajo de sus dedos y tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para no lanzar la jarra llena de vino directo hacia la pared. La furia crece en su interior como fuego, uno que amenaza en salir pronto si es que no encuentra la razón de su frustración.
─Vamos con él, entonces ─pronuncia con falsa alegría luego de volver a la normalidad.
Aemond luce confundido por la cantidad de emociones que su hermano demuestra en tan poco tiempo, pero no tiene más opción que asentir y comenzar a guiar a su hermano. Advierte a los guardias que no es necesario que los sigan, que no irán demasiado lejos de todas formas, y estos simplemente asienten. Aún así, sabe que lo seguirán porque son órdenes de la reina.
─¡Hasta que llegan! ─grita Aegon─. Los pies comenzaban a dolerme de tanta espera.
─Oh, sí, qué lástima para el pobre príncipe ─suelta Aerion con burla─. ¿Qué es lo que querías mostrarnos?
Aegon sonríe, acercándose a sus hermanos para colocar sus brazos detrás de sus hombros y comenzar a empujarlo hasta la fosa de dragones. Aerion retiene la furia en su interior porque sabe que en cualquier momento explotará y el rostro del futuro rey ─que ojalá no suceda─ no acabaría bien.
─Tengo una sorpresa para ustedes ─es lo único que dice durante el resto del camino.
Cuando llegan a la fosa de dragones, el olor a cenizas lo invade de forma instantánea. Lo aspira con alegría, olvidando momentáneamente su antigua furia para recordar que está presente en la época donde los dragones, las criaturas que ama, aún existen. Aún pueden volar por las ciudades, escupen fuego donde sea que quieran y enaltecen la grandeza de su familia.
Vermax, el dragón de su sobrino, es el claro ejemplo de ello.
Observa con admiración al dragón, golpeando con fuerza el estómago de su hermano cuando lo nota bostezar. Aegon lo mira con confusión, sin acostumbrarse al estallido de personalidad que parece tener su hermanito. Ni siquiera presta atención a las palabras del hombre pronunciadas en alto valyrio, avanzando lentamente hacia el fuego cuando el príncipe da la orden. Lo único que lo detiene es el repentino agarre de su mellizo sobre su brazo, del cual se zafa con brusquedad.
Aegon sonríe con una diversión mal oculta, aprovechando el momento de distracción para finalmente llevar a cabo lo que tenía planeado.
─El momento de la sorpresa ha llegado ─dice.
Lucerys, al cual Aerion ha apodado el bastardito menor, asiente con entusiasmo.
─¿Cuál es la sorpresa? ─cuestiona Aemond.
─Algo muy especial ─responde el bastardito menor.
El niño sale corriendo, directo hacia la fosa donde los cerdos esperan a sus próximos jinetes. Aegon mantiene el agarre en el hombro de sus hermanos, y Aerion, que tiene el cuerpo más pequeño, no puede zafarse con facilidad.
─Ustedes son los únicos que no tienen dragones ─resalta como si no fuera un doloroso recordatorio─. Nos sentimos mal por eso, así que encontramos dos para ustedes.
─¿Dos dragones? ─cuestiona Aemond, esta vez con duda─. ¿Cómo?
─Los dioses proveen.
Lucerys sale entonces con dos cerdos atados en sus manos, riendo a carcajadas como si fuera la broma más graciosa del mundo. Jacaerys simula gruñidos entre risas que no son capaces de contener, y Aerion aprieta los puños con furia cuando ve su huevo sobre el lomo de uno de los cerdos; el que parece ser para él.
─¡Los terrores rosados! ─anuncia Aegon─. Parece que tu huevo finalmente eclosionó, hermanito.
Palma su hombro como si fueran cercanos. Aerion lo mira con frialdad y mil palabras atoradas en la garganta.
─Montenlos con cuidado, el primer vuelo siempre es el más difícil.
Entre risas y gruñidos, los tres se van de allí a pasos lentos, murmurando sobre la broma del siglo que acaban de hacer. Aemond no reacciona, simplemente mira la oscuridad de la fosa de dragones como si allí pudiera encontrar todas las respuestas. Aerion coge su huevo de dragón, feliz de que no le haya pasado nada, fulminando al cerdo con la mirada como si tuviera la culpa de algo.
─No hagas nada estúpido ─murmuró al ver las intenciones de su hermano─. No les des lo que quieren. No muestres debilidad.
Aemond detiene sus pasos para girarse hacía él.
─Para ti es fácil decirlo, no te importa nada de lo que suceda a tu alrededor.
─Es cierto, no me interesa ─responde─. Pero Aegon ha ido demasiado lejos esta vez.
Y pagaría por lo que había hecho.
