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El calor era tan sofocante como los pensamientos que lo dirigían a su nuevo hogar, base, infierno, paraíso, ya no había ni como llamarlo, Pyro se acercaba peligrosamente a su nuevo trabajo. El único que pudo conseguir.
"Loco", "demente", "maniático"... él estaba acostumbrado, y de hecho se esperaba que en su nuevo trabajo también fuera tratado de ese modo, sin embargo, jamás imaginó con que clase de personas se toparía. Los que ahora debían llamar "compañeros" mediante señas y gestos. Pyro no hablaba.
Había perdido esa capacidad hace un tiempo considerable.
Escuchar su propia voz otra vez era un sueño lejano, algo tan fantástico como pensar que ahora quizás, solo quizás, encajaría en algún lado del mundo.
Era un engranaje defectuoso por todos los lados.
Irreparable.
Su cabeza estaba mal por momentos, pero a veces lograba ver la realidad sin el filtro de colores que la rodeaba todos los días.
La base de BLU, 1968
—Eh?, si, si, el paciente está a punto de llegar señora, como decía, me gustaría hacerle una revisión a todos mis compañeros antes de la primera batalla, esto podría tardar un tiempo, necesitaría varios días... pero- ¿de verdad? Falta un mes para la primera batalla... ¿por qué solo tengo a este paciente y no a los demás?... ¿especial?... ¿por qué sería... especial?
Especial.
El médico de BLU, todavia algo extrañado por la situación, se preguntaba porque sólo recibiría a uno de los ocho compañeros que supuestamente tenía.
La administradora sabe poco acerca de él, lo justo y necesario para poder contratarlo: gusto por las cosas infantiles, quemado parcial, pirómano y comportamiento... peculiar.
La anciana dama le informó de aquella información a Franz, el médico de BLU, quien seria el principal encargado de mantener a raya el comportamiento a veces errático de su compañero incendiario.
—Sí deseas conseguir que haga algo que no quiere hacer, dale dulces. Es la única cosa que me dijeron del orfanato del que estuvo en su adolescencia.
—A través del teléfono Franz sonaba algo confundido, no mucho más que la administradora— Claro, señora, lo tendré en cuenta, gracias por la información.
[...]
Mientras tanto los pensamientos de Pyro se empezaban a mezclar con la realidad una vez más...
Iba en un auto, de esos que tienen una reja entre la parte del chófer y los pasajeros... lo transportaban casi como si Pyro fuese casi un animal salvaje. O al menos eso sentía él. ¿Desde cuando a alguien le habían importado sus sentimientos?
¿A alguien le importaba lo que pensara alguien que ni siquiera puede hablar... o siquiera expresar algo coherente?
Nadie hasta ahora, eso sí que era una realidad.
Sus momentos de lucidez a pesar de ser cortos, eran muy vividos, y aunque no podía hablar, era muy consciente de todo lo que pasaba a su alrededor. Definitivamente no era estúpido. Por suerte, había recibido la información de que al llegar a su nuevo trabajo se encontraría solo con uno de sus compañeros, ni siquiera le dijeron el nombre. Lo único que supo es que era médico.
Y después de un larguísimo viaje, llegó a la base de BLU.
—Señor... Pyro, ya hemos llegado.
Él solo se acercó levemente con la cabeza, llegando a soltar un ligero sonido, que indicaba afirmación.
Se bajó junto con un pequeño bolso medio chamuscado, a la entrada lo recibió una joven, la cual se presentó como la señorita Pauling.
—Bienvenido al equipo BLU, tu debes ser Pyro por lo que veo...
Nuevamente, un pequeño asentir, poco más.
—Bien, te llevaré a tu nueva habitación, luego debes ir con el médico, yo te indicaré a donde ir, por ahora solo sígueme.
Recorrieron larguísimos pasillos, habían algunas cuantas salas con computadoras, otras con armas, y otras con demasiados cables, tantos que parecía que algo iba a estallar dentro de la base.
Un par de carteles por aquí y por allá indicaban diferentes lugares; inteligencia, ala médica, duchas, baños, comedor, cocina... y habitaciones.
Tomaron el camino de las habitaciones.
Pronto se encontraron frente a nueve habitaciones separadas entre sí, cada una tenía en su puerta en la parte superior un pequeño círculo, el de Pyro tenía una llama azul con el fondo en amarillo. La señorita Pauling abrió la puerta amablemente. Pyro miró con curiosidad su nuevo entorno, era una habitación pequeña, nada cómoda, pero ahora eso era suyo.
Dejó su bolso sobre la cama, y siguió observando a través del cristal sobre sus ojos. Pyro llevaba una máscara de gas, parecía ser de goma de color marengo y le cubría toda la cabeza, la llevaba puesta en... prácticamente siempre, solo se la quitaba para bañarse y dormir, aunque a veces hasta dormía con ella sin darse cuenta. También se la quitaba cuando estaba a solas, completamente a solas.
La señorita Pauling observaba al individuo desde el marco de la puerta, definitivamente jamás había visto a alguien así, Pyro tenía un aspecto físico peculiar, olvidando el tema de la máscara, aún no tenía su ropa de trabajo puesta, y ahora llevaba una camiseta blanca de tirantes, un pantalón holgado que le llegaba hasta los tobillos y por zapatos tenía unas botas de goma del mismo color de la máscara. La joven enseñada notó el brazo izquierdo del mercenario. Yacían cicatrices de quemaduras sobre su pálida piel, le cubrían al menos la mitad del brazo y algunas zonas de la mano. Quizás ahora entendía porque sería el "ofensa, incendiario".
Cuando Pyro terminó de mirar, abrió un bolsillo de su bolso, del interior se reveló un peluche de unicornio de color rosa, el contraste que hacía con el hombre era ciertamente chistoso, pues su complexión era endomorfa, bastante redondeado en realidad, aún así dejaba ver unos brazos fuertes, que ahora sostenían un juguete que solo podría usar una niña pequeña... ¿no?
Dejó el peluche sobre su nueva almohada, lo acaricio como si tuviera vida, y se dirigió de nuevo a la señorita Pauling, se quedó quieto, demasiado quieto en frente de ella, como esperando a recibir órdenes. La joven tardó unos segundos en reaccionar, aquella interacción del hombre y su peluche fue... vaya, bastante inesperado, era raro, sí, pero no dejó que el pensamiento rondase demasiado en su mente.
—Bueno... yo ahora debo irme, pero en los carteles de por allá —señaló con su dedo índice el lugar exacto— podrás encontrar el camino que lleva al ala médica, allí te vas a encontrar con uno de tus compañeros, precisamente el médico. No hay nadie más, así que de momento solo estarán ustedes dos por este mes, él te puede contar más información acerca de eso... en fin, yo debo irme, recuerda ir con el médico, ¿sí?
Otro movimiento de cabeza. Afirmativo.
La señorita Pauling se retiró rápidamente. E irónicamente, Pyro también la había estado analizando, aunque quizás con cierto menos detenimiento... se le habían quedado grabadas sus gafas negras algo puntiagudas, el pelo recogido en un moño y la vestimenta morada. De camino al ala médica también recordó que la joven llevaba un pequeño bloque de notas, y que cuando lo dejó en su habitación tachó algo en el papel. Pensó que la chica debía de ser una persona ocupada. O que en la última instancia, le gustaba dibujar.
Su hilo de pensamiento fue interrumpido cuando se chocó de frente con la puerta de hoja doble del ala médica, se hizo un pequeño estruendo, uno lo suficientemente grande para que el médico lo notara.
Se abrió la puerta, y el médico de acento alemán emergió de adentro, llevaba unos guantes azules, una bata blanca (ciertamente sucia-) y unos lentes negros, a diferencia de los de la señorita, éstos eran completamente redondos, y los tenía menos torcidos que los de la joven que había conocido hace rato.
—Buenos días, camarada, ¡te llevo esperando desde hace horas! Sé que es un camino largo... pero ya me estaba empezando a dormir un poco sabes... oh espera... donde quedaron mis modales —se subió ligeramente las gafas y estrechó la mano— mi nombre es Franz, digamos que seré tu nuevo médico de cabecera... en la base, y en el campo de batalla.
Pyro lo vigilaba con detenimiento, normalmente la gente no lo miraba a la cara, ni mucho menos le daban la mano a modo de presentación.
Esto era nuevo para él.
