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La casona de la familia Straffon rara vez estaba tan agitada. Aunque se trataba de una familia numerosa, cada uno solía estar metido en sus propios asuntos y no siempre lograban reunirse todos los hermanos, pues algunos de los mayores ya se habían casado y vivían en otros lugares con sus respectivas familias. Aun así, esa noche se reunirían todos... y además habría una familia extra, lo que implicaba aún más trabajo.
A pesar de tener dinero, no cuentan con mucho personal, cayendo la mayoría de las tareas en la abuela y nieta, las únicas mujeres en la familia. Aunque está ocasión reciben ayuda de las cuñadas de Francisca, aun así no es suficiente.
Francisca consideraba que todo ese trabajo era agotador e injusto. Aunque lo realizaba desde niña, hasta el día de hoy no se ha acostumbrado a las pesadas labores del hogar, teniendo cierto rechazo por ellas, sobre todo a remendar calcetines.
A pesar de no gustarle, no se le permite negarse a los trabajos y para su desdicha ese día tiene más trabajo de lo habitual, porque esta noche es especial, vendrá un viejo amigo y colega de su padre junto con su familia, y todo tenía que estar perfecto.
Francisca solo espera su parte favorita cuando hay vistas: cuando se van.
—¡Francisca Imelda!– grita a la abuela molesta.
—Ya voy abuela–dice Francisca cansada, ni a Cenicienta la sobreexplotan como a ella.
—Niña no te puedes tardar tanto, tenemos que terminar la cena.
—Estoy en eso– replicó la chica, no necesita que reclamen como si no estuviera haciendo nada, está haciendo lo mejor que puede–Sabes terminaremos más rápido si recibiéramos algo de ayuda.
Francisca volteó a ver a algunos de sus hermanos, que estaban allí sin hacer nada. La abuela la observó con evidente molestia ante la idea, y Francisca pudo notar cómo sus cuñadas se miraban entre ellas, como si hubiera dicho algo terrible.
—De ninguna manera niña, tus hermanos no merecen trabajar en cocina, ese es nuestro trabajo–exclama la abuela enfurecida.
—Esto es demasiado–respondió cansada.
Sus hermanos no están haciendo nada en estos momentos, de hecho están estorbando y solo retrasan más su trabajo. Si no van ayudar, que no estorben. Más ayuda el que no estorba piensa.
—Te quejas como una chiquilla–sigue regañando la abuela, Francisca pone los ojos en blanco si que la anciana lo noté.
—No se enojé señora–dice una de su cuñadas, intentando calmar el ambiente, y decide agregar algo más–. Ya llegará el momento que Francisca tenga que casarse y va a madurar.
—Dios quiera que ese día nunca llegue– susurra la joven.
—Te escuche–exclama la abuela, le da un leve golpe en el brazo provocando un quejido por parte de la joven–. Mas te vale que termines con esto cuando regrese y todavía tienes que cambiarte... Y por favor comportarte al menos por esta noche.
—Cuando no me he comportado.
La abuela ya iba a responder, pero solo salió de la cocina, no tenía tiempo para discutir con su nieta.
Suelta un suspiro pesado mientras camina, en serio creyó que su nieta iba a madurar a esta edad, pero no. Esa chiquilla es más terca que una mula, se pregunta de quién sacó ese carácter. La abuela ya no sabe qué hacer, cómo podría cambiar a su nieta... Entonces recordó el comentario anterior, aquel sobre el matrimonio. Tal vez, si ella se casaba, por fin podría madurar. No había nada que cambiara más a una joven que el matrimonio.
Es así que la abuela tiene una idea.
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Cuando la familia Anderson llegó, toda la familia estaba allí para recibirlos y saludarlos con educación. Francisca no había notado la mirada de su abuela cuando saluda a uno de los hijos de aquella familia, solo fue un saludo de educación, nada más, pero la abuela vio una oportunidad.
La cena es tranquila, comen y beben mientras charlan de negocios, anécdotas o lo que sea, a Francisca no le importa mucho de qué hablan y de todas formas no es parte de esas conversaciones. En su mente está más metida en las historias que le gustaría escribir más tarde.
Pero para su desgracia, el tema cambia de negocio a matrimonio.
Su padre le cuenta a su amigo la situación sentimental de cada uno de sus hijos, cuatro de los mayores ya están casados y tienen hijos. Tres de ellos están comprometidos. Y los otros tres tienen novia, pero posiblemente el matrimonio ya está en sus planes futuros.
—¿Y qué hay de la más joven? –preguntó la señora Anderson, entonces todos voltearon a ver a Francisca.
Francisca que estaba perdida en la conversación, no entiende porque todas las miradas se posan en ella.
—No, ella está soltera –dice el señor Straffon.
Francisca sentía sus mejillas arder, podía notar cómo la miran como un bicho raro, después de todo una jovencita de su edad es extraño que esté soltera.
Pero si ellos supieran la verdad.
—¿Por qué? Yo a su edad ya estaba casada y esperando a mi tercer hijo–menciona la señora Anderson, y continua–. Un par de años más y ya estará vieja. Nadie la va a querer.
Francisca la mira con molestia, que le importa pinche vieja metiche pensó. Estuvo a punto de contestarle delante de todos, pero se contuvo por su padre. Tenía que comportarse, aunque esa gente no ayudará demasiado.
Y, de repente, la conversación derivó hacia su vida amorosa. Al escucharlo, le fue imposible ocultar su incomodidad y enojo.
¿Qué les importaba a ellos su vida romántica?
—Debes tener algún pretendiente –pregunta una de las hijas de la familia Anderson.
—Me intereso más en la escritura– admite Francisca, orgullosa de lo que hace.
—Qué desperdicio–dijo uno de los hijos menores de la familia invitada, aquel que su abuela sin saberlo ya había elegido como su nuevo pretendiente.
—¿Disculpa?–exclama molesta.
La familia Straffon ya conocía bien a Francisca, sabían que no se iba a quedar callada.
—Oh querida, no ofendas es solo la verdad–defiende la señora Anderson a su hijo.
—Bueno, para ignorantes como tú es de esperarse que no sepan leer —réplica, llena de furia.
La mesa quedó en silencio. Algunos se quedaron boquiabiertos, otros se rieron del comentario, y el resto parecían ofendidos por el atrevimiento de alzar la voz.
—Francisca Imelda–dijeron su padre y su abuela al unísono.
Francisca no iba a soportar más, se levantó de la mesa y se dirigió a su habitación. Ignora los reclamos de su familia y exigencias que regrese a la mesa y se disculpé. No iba a detenerse y menos para disculparse, esa gente no tiene ningún derecho a meterse en su vida amorosa ni a decidir por ella lo que debe hacer con su futuro.
La rabia la hace tomar una almohada y gritar tan fuerte que le duele la garganta, las lágrimas no tardaron en salir después de soltar el grito, el coraje, frustración se apodera de ella, pero también la tristeza. Porque lo que más le duele es que nadie de su familia la defendió, demostrando que en el fondo están de acuerdo con ellos. No es ningún secreto lo que ellos piensan sobre su amor por el arte, pero eso no quita que le lastime no ser apoyada por su familia.
Nadie la defendió, nadie se preocupó realmente por su felicidad. Al menos nadie en está casa. Solo existe una persona, o mejor dicho un susto que sí la entiende.
Necesita alejarse de su realidad un rato.
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Francisca no tardó mucho en dormirse, solo cuando está soñando puede verlo. Y cuando finalmente cayó en los brazos de Morfeo, allí estaba él, como siempre, esperándola. Al verlo, su corazón dio un salto y una felicidad intensa se desbordó en ella. Se abrazaron como si hubieran pasado años sin verse, aunque para Francisca solo habían pasado unas horas, para Herneval fue mucho más tiempo. Sin embargo, eso no importaba: lo único que importaba era que estaban juntos.
Obviamente, su familia no sabía quién ocupaba su corazón, y no era fácil explicar que estaba saliendo con el príncipe de los sustos sin que su abuela sufriera un ataque o que su padre y hermanos sacaran sus armas para matarlo.
No importa, que sabe que ellos jamás entenderían su relación.
En ese rato quisieron pasear juntos por el mercado, el ambiente, la música, los espectáculos siempre animan a Francisca, sin embargo en su mente todavía seguía amargada por la cena.
—¿Qué pasa Francisca?–pregunta Herneval, preocupado por su amada, la conoce bien y puede notar que algo atormenta su mente– Te noto distraída.
Herneval siempre ha amado la energía y entusiasmo de Francisca, le encanta ese lado de la escritora y por supuesto se preocupa si no la está pasando bien, daría lo que sea porque ella no pierda ese brillo.
—...– Francisca pensó por un momento mentirle y decir que no es nada, pero no puede mentirle a su amado príncipe, pero no sabe cómo comenzar a contarle lo que pasó.
—Francisca–entonces Herneval toma la mano de su amada escritora, y con un tono amable y gentil le dice–. Vamos dime.
Francisca lo mira a los ojos, el peso que sentía se aleja y se siente más liviana, Herneval siempre ha tenido este poder sobre ella, darle paz aún cuando su mundo está en caos.
La chica suelta un suspiro y comienza hablar:—¿Qué piensas sobre el matrimonio?
Herneval no esperaba esa pregunta, por supuesto que ha pensado en el matrimonio, después de todo desea casarse con Francisca en un futuro. Eso es algo que ha planeado desde niños, pero el rostro de su amada no muestra el mismo amor e ilusión que esperaría al tocar esa clase de tema, entonces entiende que es algo sobre el matrimonio que le perturba.
—Porque te atormenta el matrimonio–en vez contestar hace otra pregunta.
—No estoy en contra del matrimonio–responde Francisca, le toma unos segundos para acomodar sus ideas y continúa hablando de lo en verdad le atormenta–, pero la idea de perder toda mi identidad solo para encajar a una versión que está lejos de la mía no me agrada. Quiero escribir y quiero alguien que me apoye, no me limite.
—Y que te ha atormentado para pensar en eso.
—Mi familia –responde –ellos esperan de mí una esposa y madre, una mujer sin sueños ni ilusiones más que solo cuidar de un esposo y sus hijos.
Al decir todo eso Francisca explota, todo esa idea le enfurece, se niega a cambiar solo para la comodidad de otros. Sin embargo ya no está en su casa, donde pelea constantemente con su abuela, donde su familia la ve como una sirvienta y el pueblo la considera como la loca del pueblo. Ahora se encuentra en un lugar seguro, al lado de alguien que la ama tal como es, y Herneval siempre sabe cómo demostrarlo.
—El matrimonio no tiene por qué ser una prisión. Es una decisión que debes tomar libremente, con quien tú eliges compartir tu vida.–habla el príncipe tratando de animarla, a la vez demostrándole que no está sola, cuenta con él para todo–. Es tu vida, y solo tú puedes seguir lo que dicte tu corazón. Lucha por la vida que anhelas vivir.
—Oh, mi amado Herneval–dice Francisca, un poco avergonzada por lo cursi que sonó todo eso, aún así funcionó, le hace sentir que no está sola–. Es irónico que tú siendo un príncipe tienes más libertad que yo para este tipo de decisiones.
—Soy un príncipe afortunado y más por estar junto con la mejor escritora.
Francisca besó al príncipe con emoción, y él correspondió al beso con entusiasmo.
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Cuando la mañana llegó, Francisca estaba de mejor humor, estar con su amado príncipe siempre le levanta el ánimo, mientras se arreglaba para comenzar un nuevo día pensó que este día sería mejor que ayer, que podría escribir muchas historias, pero su buen ánimo duró muy poco.
Después de preparar desayuno y comer recibió la noticia que su padre y abuela querían hablar con ella.
Que su abuela quisiera hablar con ella era algo que ya se imaginaba después del espectáculo de ayer, sin embargo, si su padre también es parte de esto, entonces sabía que la situación era mucho más seria de lo que había imaginado.
Mientras caminaba al despacho podía imaginarse el regaño por parte de los dos, lo mucho que se sintieron avergonzados por lo que hizo y que debía disculparse.
Cuando por fin llegó, se quedó unos segundos parada detrás de la puerta, tomó un poco de aire para darse valor y entró al despacho.
Allí estaban los dos, su padre estaba sentado con gesto serio, y su abuela a su lado. Parecían estar hablando antes que entrara y, de inmediato, guardaron silencio. Francisca los mira con curiosidad, de qué estaban hablando y porque ella no debía escuchar, sin embargo no preguntó sobre eso.
—Cariño toma asiento–habló su padre con un tono suave. Francisca lo mira sospechoso, luego de lo que pasó en la cena esperaría de todo menos a su padre en calma, algo no anda bien.
Aun así la chica obedeció.
—Queremos hablar contigo–ahora habló la abuela, con una sonrisa que le provoca escalofríos.
—¿De qué se trata?–pregunta Francisca, quiere que sean lo más directos, le da ansiedad tanto misterio.
—He conversado con la familia Anderson y estamos proyectando una alianza comercial– dice su padre entusiasmado–una oportunidad excepcional para ambas partes. Podríamos unir nuestros negocios y de paso convertirnos en una familia.
—Y eso tiene que ver conmigo–pregunta Francisca confundida.
No le gusta como van las cosas. Ella no trabajaba en las minas ni participaba en los asuntos del negocio familiar, entonces qué tiene que ver con todo esto. Entonces se imagina algo que le aterra. No, no, no… puede hacer algo así sin antes consultarle.
—Creemos que sería bueno un matrimonio.
Francisca puede sentir que se está poniendo pálida.
—¿Y cuál de mis hermanos se va a casar?–pregunta nerviosa, esperando que eso sea, pero si ese fuera el caso, no la hubieran llamado en primer lugar.
—Serás tu niña–dice la abuela todavía con la sonrisa maquiavélica.
Francisca la ve horrorizada ante la declaración, y voltea a ver a su padre, obvio no es una broma, ambos adultos no son del tipo de jugar bromas, esto es serio.
—¡No!–exclama horrozida, mientras se levanta de su asiento.
—Si, hemos hablado y ellos están de acuerdo.
Eso la enfurece, cómo se atreven hablar de matrimonio sin preguntarle, esto no se trata solo de ellos y los negocios, se trata de su futuro, de su vida. No es una moneda de intercambio la cual pueden cambiar en el momento que quieran, es una persona, no un objeto.
—¿Después de lo de anoche?–pregunta todavía incrédula por lo que estaba escuchando.
—No se ofendieron por eso–dice su padre, como si lo que pasó ayer no fuera nada, a pesar de lo molesto que estaba cuando hizo ese escándalo.
—Ellos saben que te falta crecer y un matrimonio te va a cambiar para bien–habla la abuela con entusiasmo, y continua–. La misma señora Anderson te va enseñar a ser una verdadera dama cuando vivas con ellos.
—¡¿Con ellos?! No, me niego. No voy a casarme–exclama enojada, cruzándose de brazos.
—Esto ya no se trata de ti, piensa en tu familia–responde la abuela ya molesta.
—Cariño, sabes que nunca fue mi intención que te casaras. Quería que permanecieras a mi lado y que me acompañaras en mi vejez —dijo su padre con voz serena, en un intento de hacer ver esto como si no fuera la gran cosa y presentarlo como una gran oportunidad.
Claro que lo es para él, pensó Francisca. Al fin y al cabo, él no es que está siendo vendido.
—Pero la abuela me convenció que hay más caminos para ti y el matrimonio es mejor.
Claro que la abuela tenía que ver con esto, esa vieja bruja, pensó Francisca.
—No soy una moneda de cambio–replicó Francisca–. Soy una persona con mis propias decisiones y derecho a elegir.
—Niña insolente, ya estas muy grandecita para que seas tan mal educada, no entiendo en que falle en educarte. Si tu madre estuviera aquí.
Ahora si cruzo la línea. Francisca puede tolerar muchas cosas, pero su madre no es un tema que debe ser tomado a la ligera.
—Si mamá estuviera aquí, estaría de mi lado —exclamó entre lágrimas. En estos momentos, le hace tanta falta su madre, alguien que sabía que estaría de su lado y la defendería, pero ahora está sola.
No está dispuesta a seguir esta conversación, sale corriendo del despacho, ignorando los gritos de su padre y abuela.
El padre de Francisca dejó escapar un pesado suspiro. Sabía que era mala idea dejar que su suegra diera la noticia junto a él, pero siendo sincero ni él mismo podía controlar a su hija.
Por su parte, Francisca corre como alma que la persigue el diablo, solo se detienen cuando choca con uno de sus hermanos.
Aunque el golpe del choque le dolía, no quería ver a nadie. Justo cuando intentaba escapar, este la detuvo, impidiéndole moverse.
—Por tu cara puede notar que ya te lo contaron–dijo su hermano Carlos.
—¿¡Lo sabías?!–preguntó enojada.
—Ya todos lo saben–responde como si nada.
—¡¿Y soy la última en saberlo?!–responde ofendida. Ya ni siquiera debería sorprenderle.
—Es porque eres a quien más le afecta la noticia.
—Para tu información eso no va a pasar, no me pienso casar con nadie–dijo con firmeza, cruzándose de brazos.
—Sabes que no tienes opción–dice Carlos. Francisca iba a responder, pero su hermano continúa demostrando su punto–¿Cuántas jovencitas del pueblo conoces que se casaron por obligación? No serás la primera con un matrimonio arreglado.
Francisca piensa en eso, por supuesto que los matrimonios arreglados son bastante comunes aquí y en cualquier lugar de México y hasta fuera de él. Entonces entiende el punto de su hermano.
—Mira hermanita no tienes muchas opciones.
—Pero… ¿Tengo más opciones?
Su hermano asiente con la cabeza.
—¿Cuáles?–preguntó con la esperanza de encontrar una solución para escapar de aquel problema.
—Mira, en tu caso el matrimonio es inevitable. Pero la única forma de evitar ese matrimonio es con otro. Tu única opción es casarte con alguien más.
Francisca se decepciona ante esa opción, aunque esa fuera la única alternativa, no hay nadie en el pueblo que sea de su interés, porque el único que posee su corazón, y con quien desea compartir su vida, ni siquiera pertenece a este plano.
—Sabes… hay alguien que tiene los ojos bien puestos en ti. Estoy seguro de que, si le pidieras que se casara contigo, aceptaría sin dudarlo –mencionó Carlos al notar lo pensativa que se había quedado su hermana.
Francisca se sonrojó ante esa declaración.
¿Quién podría estar enamorado de ella?
El único que está enamorado de ella es el príncipe de los sustos. Sin embargo, su hermano no sabía nada sobre el príncipe… ¿O sí?
Francisca decide preguntar a quién se refiere su hermano, esperando que no estén pensado en el mismo.
—¿Quién?
—Augusto, Augusto Damastes.
—¿Augusto?– preguntó confundida, pero un poco aliviada que no sepa de la existencia de Herneval–. ¿Qué tiene que ver él en esto?
—No te hagas, se nota que lo traes loco. Si le pides que te ayude con esto, seguro aceptará. Después de todo, qué prefieres: ¿Casarte con un desconocido o con alguien que ya conoces?
Francisca lo piensa, tiene que admitir que Augusto es un encanto, pero casarse con él, simplemente no puede, su corazón ya le pertenece al susto más encantador, y él también la ama. Augusto merece estar con alguien que corresponda su amor y no solo lo este usando como una ultima opcion. Involucrar lo en esto no es justo para nadie. Además con el único con el que podría casarse sería con Herneval, pero no es fácil presentarlo a su familia.
—Tengo mucho que pensar–dijo Francisca sin mirar a su hermano y dejarlo atrás.
El día se fue rápido, cuando la noche llegó, Francisca estaba tan ansiosa y preocupada que no pudo dormir, no dejaba de dar vueltas en su cama, en ratos se paraba para caminar por toda su habitación, se sentía agotada y le dolía la cabeza, aun así no pudo descansar.
Mientras tanto, Herneval la esperó todo el tiempo en el Topus Terrentus, al no saber nada de su amada escritora temía que algo malo pasara.
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Al llegar la mañana Francisca estaba como un muerto viviente, le dolía la cabeza y las ojeras la delataban. Necesitaba cafeína.
Un café de olla podría devolverle algo de energía y no morir de sueño. Pero apenas le dio un sorbo a su café su abuela apareció con malas noticias.
—Saldrás a dar un paseo con el joven Antony–dice la abuela entusiasmada.
—¿Quién?–preguntó Francisca, estaba tan cansada que no recordaba a nadie con ese nombre.
—Es el hijo menor de los Anderson.
Entonces lo recordó. Era ese hombre que había menospreciado su trabajo como escritora durante la cena. Ayer ni siquiera preguntó con quién querían emparejarla, porque su respuesta era la misma: no se casaría con nadie. Pero ahora, al saber que quieren comprometerla con ese tipo, la situación se volvía aún peor.
—No–dijo decidida, hasta había dejado de sentirse cansada.
—No está en discusión.
—Me niego, no voy a salir.
La discusión entre abuela y nieta fue fuerte, pero para mala suerte de Francisca, la abuela se salió con la suya, tendría que salir con ese tipo tan desagradable.
Francisca tiene una cita con el hijo de la familia Anderson, aunque apenas la cita comienza ya puede sentir que es un fracaso.
El tipo se la pasa molestando, quizás en su mente primitiva menospreciar a Francisca es parte de su cortejo barato y que ella va a caer a sus pies al darse cuenta de lo patética que es y cuanto necesita un marido como él. La conoce tan poco, porque en su interior la chica se está reprimiendo demasiado para no golpear con la roca más grande que encuentre.
—Este pueblo es demasiado pequeño–dice él con disgusto.
Francisca solo rueda los ojos, entonces tiene una idea.
—Oh, yo conozco un lugar increíble–dice con una tono entusiasta, sin esperar que preguntara dónde, toma la mano del chico para guiarlo a su lugar especial.
El chico parecía encantado, y ambos jóvenes salieron corriendo, mientras los habitantes del pueblo los miraban incrédulos.
¿Será posible que por fin la joven Straffon vaya a sentar cabeza?
Creían ver a una pareja recién enamorada, pero la sonrisa de Francisca no era de amor, sino de malicia.
Antony esperaba ir a alguna parte del campo que sea lindo, algún mercado, incluso la iglesia, pero no el cementerio.
Cuando llegaron se le borró la sonrisa.
—¿Estás segura que este lugar es romántico?–preguntó mientras la sigue, el lugar no le da buena espina, observa todo con miedo.
A pesar de ser de día, está muy nublado y eso le da un toque hostil.
—Nunca dije que sería romántico, dije que es un lugar increíble.
—¿¡Este lugar te parece increíble?!
—Por supuesto. Es el lugar más tranquilo del pueblo, perfecto para los sustos.
—¿Sustos?
—¿No los conoces? Son aquellas criaturas que salen en las noches, conocen tus mayores miedos y te hacen enfrentarlos, no hay escapatoria cuando se trata de los sustos. Lo sé perfectamente, los conozco.
—Mentirosa, esas cosas no existen–dice fingiendo valentía.
—¿No me digas que les tienes miedo?–dice burlona.
—Para nada–responde todavía fingiendo valentía, pero su voz tenía un ligero temblor–Lo mejor es regresar, parece que va a llover
—Pero si el cementerio es más lindo cuando llueve.
—¡No! Venimos juntos y nos vamos juntos–dijo con autoridad, no iba a permitir que una mujer no obedeciera sus órdenes.
El tipo tomó el brazo de Francisca con brusquedad, provocando un quejido por parte de ella, su intención es arrastrarla a su casa. Ante el agarre repentino, Francisca iba a golpearlo.
Pero antes que eso pasara, en ese momento cayó un rayo, acompañado de un trueno tan fuerte que obligó al chico a soltarla por culpa del miedo. Fue entonces cuando ambos se dieron cuenta de que no estaban solos. Al mirar hacia arriba de una tumba, vieron a una criatura extraña que los observaba con evidente enojo, como si tuviera intención de matarlos… aunque en realidad solo quería matarlo a él. Mientras Antony estaba aterrado hasta los huesos, Francisca no tenía miedo, al contrario observaba al susto con una sonrisa.
El chico Anderson no esperó ni un instante a que Herneval se moviera, salió corriendo del lugar, empujando a Francisca sin problema. No le importaba si la criatura la lastimaba, lo único que deseaba era escapar con vida.
Francisca soltó un quejido por la caída, pero a pesar del dolor, no pudo evitar burlarse de la reacción aterrada del chico.
Una vez lejos, Herneval se acercó a Francisca y le dio la mano para ayudarla a levantarse.
—Oh Herneval, si que te luciste, lo asustaste tanto que creo que se iba a orinar–menciona Francisca todavía riendo por la reacción del otro.
Sin embargo a Herneval no le parecía graciosa la situación.
Al notar el semblante serio del príncipe, Francisca deja de reírse y pregunta: —¿Qué pasa querido?
—Ese tipo es un idiota.
—Ja, tú lo has dicho.
—¿Cómo se atreve a hablarte de esa manera? ¿Te lastimó?
—Estoy bien. Tranquilo, de hecho mi abuela me ha agarrado con más fuerza–menciona Francisca en forma de broma.
Mis traumas, mis chistes pensó Francisca.
Pero Herneval no le ve el chiste.
—¿Por qué estás aquí?–pregunta Francisca, curiosa.
Herneval rara vez venía a su mundo, con la difícil situación del Topus Terrentus no tenía el privilegio de venir seguido, además que existen posibles traidores que podrían infiltrarse en el mundo humano hace que tenga que mantener cierta distancia por seguridad. Aun así está aquí.
—Estaba angustiado –confiesa Herneval–,después de nuestra última conversación tuve un mal presentimiento y luego no apareciste, temí lo peor… Necesitaba verte, saber que estás bien.
—Oh querido. No quise preocuparte.
—No quise aparecer de esta manera, pero al ver que no estabas sola y ver como te trataba, en serio me moleste.
—Deja eso, ese tonto no merece tu tiempo.
—Pero… ¿Por qué estaban juntos? –pregunta Herneval, no como una acusación, más bien con curiosidad, es evidente que Francisca no estaba a su lado por gusto.
Francisca guarda silencio, tratando de acomodar sus ideas y contarle a su pareja todo lo que ha pasado en tan poco tiempo. Herneval tiene un mal presentimiento.
En eso la lluvia comienza a caer sobre ellos, necesitan refugiarse.
—Ven, hay mucho que contar.
Se refugiaron juntos en un mausoleo, una vez la lluvia no los molestaría, es cuando Francisca comienza a hablar a detalle de su situación, Herneval escucha en silencio, pero evidentemente molesto, no con ella sino con la familia.
—¡No pueden obligarte!
—Lo sé, pero no les importa mi opinión…
—Debemos hacer algo, debe haber una manera.
—... Quizás hay una manera–decide contarle lo que le había contado su hermano.
Por supuesto que Francisca quiere casarse con Herneval, pero no desea que su compromiso sea por presión y falta de tiempo. Antes que Herneval pudiera decir algo la lluvia se había detenido, ya era bastante tarde y es evidente que Francisca tiene frío, es hora que regrese a su casa.
—Déjame llevarte a tu casa.
Francisca solo asintió.
Herveval la llevó volando hasta su casa, dejándola en su habitación. La despedida fue un poco torpe e incómoda, no sabían qué decir, tenían muchas cosas que hablar, pero no saben que decir en ese momento. A pesar de la incomodidad no querían separarse.
Sin embargo Herneval tuvo que salir huyendo al escuchar a alguien entrar a la habitación.
Es la abuela.
Se veía bastante preocupada, pero al ver que su nieta estaba bien ya podía regañarla.
—Niña malcriada, estuvimos preocupados todo el día.
—Lo siento abuela.
—Cual lo siento. ¿Por qué te escapaste de tu cita? ¡Antony estaba muy preocupado!
—¿En serio eso dijo? –que gracioso, se le olvidó mencionar la parte que la dejó a su suerte cuando se encontraron con un susto.
Francisca estaba a punto de contarles esa parte, pero no se le permitió hablar más, su familia no estaba interesada en su versión de los hechos.
Solo recibió regaño tras regaño. Y todavía está obligada a pedir disculpas por escaparse.
Francisca no se quedó en la cena después de todo eso, solo quería alejarse de todos, a pesar del desastre que fue la cita, el compromiso sigue en pie. Francisca los maldijo internamente.
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Por su parte, Herneval también tiene muchas cosas que pensar.
La idea de que Francisca pueda estar con alguien más le provocó un malestar tan fuerte que casi le hace vomitar.
Aunque sabe que el corazón de Francisca le pertenece, del mismo modo que su corazón es de ella. Sin embargo, la situación es demasiado compleja, no basta solo con amor.
Ojalá fuera tan sencillo como presentarse ante la familia y pedir su mano, pero sabe que si se acerca a ellos, podrían intentar matarlo, lo peor es que podrían encerrar a Francisca en algún hospital, acusándola de haberse involucrado con seres malignos y perder la cordura.
Es consciente de todo lo que está en juego y, aun así, desearía llevársela lejos, tan lejos que nadie pudiera encontrarla, para que jamás la obliguen a casarse con otro.
Entonces tiene una idea.
El matrimonio no es la única opción. Perseguir sus sueños debería ser motivo suficiente para huir de esa realidad y de un matrimonio que solo iba a darle infelicidad. Herneval desea por fin darle el reconocimiento que se merece, y si tiene que romper algunas reglas, hacer enojar algunos sustos y robarse a la novia, lo haría todo por ella.
Su familia necesita una nueva escritora y si no hace algo podría perder su reino, Francisca es la más indicada para el trabajo, ya vería que hace con Procustes, encontrara otra opción para evitar una rebelión y la caída de su reino, aquí lo que en verdad le importa es no perderla.
Necesita llevar a Francisca a su reino, ya es hora.
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Esa noche cuando Francisca llegó al Topus Terrentus, Herneval estaba misteriosamente callado, sumido en sus pensamientos y sin prestarle atención a las nuevas historias de su amada.
—No estás escuchando –menciona Francisca no como un reclamo sino como una simple observación.
—Me disculpo Francisca.
—¿Sigues molesto por lo que pasó en el cementerio?
—No es eso… he estado pensando en muchas cosas de las que quiero hablarte.
—Cuéntame.
Pero las palabras se le quedaron atoradas en su garganta, había ensayado mil veces cómo decírselo, aun así llegado el momento no logra decir algo por culpa de los nervios.
—Vamos dilo –dijo ella con dulzura, lo que sea que esté pensado quiere escucharlo.
—Francisca, querida. Yo quisiera…
—¿Si?
—Quisiera preguntarle algo.
—Te escucho–respondió emocionada.
Herneval toma su mano y la ve a los ojos, eso le da valor de terminar de hablar.
—¿Quisieras ser… la nueva pesadillera real?
Si bien no era la pregunta que Francisca esperaba, esa propuesta también le emociona.
—¿Yo? —pregunta incrédula.
Herneval asiente. Francisca aún no logra asimilar la buena noticia, le parece demasiado buena para ser cierta.
—¿Y qué hay de Promiscuo o como se llame? –pregunta exaltada, sabe que al actual pesadillero no le va agradar mucho la noticia.
—Le dimos bastantes oportunidades, pero sus historias no son lo de antes, necesitamos una mente brillante. Y puedo asegurarte que esa mente eres tú.
—Oh Herneval–sin decir más Francisca salta a los brazos de su amado príncipe, este la recibe con el mismo amor.
Después de días horribles no solo recibe una gran noticia, también es la oportunidad que ha estado esperando.
En ese momento Francisca no podría pedir nada más, es tan feliz, sin embargo se da cuenta de un detalle que rompe con su felicidad.
—Espera… Eso significa que no podré volver a mi hogar.
Herneval se preparó para esto.
—Me temo que así es, sabes que el tiempo entre nuestros mundos es diferente, y ser pesadillera requiere tiempo.
Eso hace que la decisión sea un poco más complicada, si bien Francisca tiene sus desacuerdos con su familia y los últimos días han sido complicados, aún los ama y alejarse de ellos le duele. No sabe cuando volverá y si es que volvería.
—Necesito pensarlo.
—Me lo imaginaba–responde Herneval –pero quiero que sepas que, cualquiera que sea tu decisión, yo te apoyaré.
Francisca ya sabe cual es su respuesta, solo necesita un poco de tiempo para asimilar su nueva vida y encontrar una manera de despedirse.
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Los días pasaron y por una alguna extraña razón el tema de su compromiso quedó en el olvido, nadie mencionaba más sobre eso y ella no quería tocar el tema, así que durante esos días todo volvió a la normalidad.
O eso fue lo que pensó.
Un día su abuela le encargó varias cosas del pueblo, estaría fuera de casa por un buen rato, hasta ese momento no sospecha nada, lo que hizo levantar su curiosidad fue la manera en cómo los habitantes del pueblo la miraban.
No como otras veces que la ven como si fuera un bicho raro, no, son más bien del tipo, ellos saben algo de mí que yo no…
Francisca no podía soportar por más tiempo aquella incógnita.
Necesitaba respuestas.
Para su bendición la gente de este lugar es muy chismosa y los secretos no duraban mucho.
Su plan era acercarse a las ancianas del pueblo que siempre están chismeando de la vida ajena. Pero en su camino se encontró con Augusto.
—Buenas tardes, Augusto.
—Oh… hola, Francisca –responde nervioso y un poco triste.
Al instante, ella nota que algo no está bien, porque Augusto la estaba tratando al igual que el resto, distante.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras como si me hubiera muerto?
—No es nada–miente, obviamente, y antes que ella pudiera preguntar, Augusto trata de escapar–. Yo me tengo que ir.
—Espera –lo toma suavemente del brazo evitando que escape–. Augusto tu sabes algo sobre mí que yo no.
—Yo no sé nada.
—Si lo sabes, por favor dime.
—Francisca, por favor… No puedo.
—Por favor.
Augusto se rinde y confiesa lo que sabe:— Tu familia planea algo esta noche, creo que ya imaginarás de qué se trata.
Por supuesto que imagina de qué se trata, ya ni debería sorprenderte que hagan cosas sin consultarla, Francisca se pone pálida, Augusto le pregunta si se siente bien, pero ella solo no responde porque siente que podría desmayarse en cualquier momento.
—No debe ser verdad– susurra, tratando de creer que es solo un error.
—Eso es lo que todos dicen–menciona Augusto, él no mentiría sobre algo como eso.
—No, no, no.
—Francisca respira por favor, tranquila. ¿Quieres que te lleve a tu casa?
—No, no quiero–responde molesta, pero no con Augusto, sino con su familia.
Augusto le llevó lejos, un lugar más apartado para que ella pudiera calmarse y no ser juzgada por la gente del pueblo, durante ese rato se quedó a su lado, consolándola hasta que estuviera un poco mejor, Francisca le cuenta todo a Augusto, como se siente al respeto, este solo la escucha haciendo que no se sintiera tan sola.
Francisca sabe que ya no tiene tiempo, debe irse de este plano.
—Me voy a ir de este pueblo–confiesa, se supone que sería un secreto, pero no puede callarlo, necesita que al menos alguien lo sepa.
—¿Qué? Francisca no. ¿A dónde irías? El mundo es peligroso–dice preocupado, y es verdad.
El mundo es peligroso, pero aquello que le espera afuera no le asusta tanto como lo que le espera en casa.
—No te preocupes por mí, estaré bien. Esto es algo que ya había planeado desde hace rato.
A diferencia de hace rato, Francisca habla con una seguridad que es contagiosa, segura que el camino que está tomando es el correcto, Augusto desea detenerla, ayudarla, después de todo está enamorado de ella, pero sabe que no puede intervenir, si realmente la ama tiene que dejarla ir.
Augusto suelta un suspiro y le dice:—Te deseo la mayor felicidad, Francisca–confiesa Augusto, resignado pero siendo sincero con sus buenos deseos.
—Gracias, Augusto… Tú también mereces ser feliz.
Sin más que decir ambos se despiden para no volverse a ver jamás.
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Francisca se toma su tiempo para llegar a su casa, que ya no se siente como un hogar, más bien como una tumba donde morirán sus sueños y metas. A pesar de que no quiere entrar, no puede irse sin querido libro.
Al llegar a casa nota que la cena ya estaba lista, toda su familia está ahí y la manera como la ven es escalofriante, algunos la ven con buenos deseos, otros con indiferencia y muy pocos reconocen que esto no es para ella. Antes de poder decir algo su abuela aparece y le exige que vaya a cambiarse.
Francisca sube a su habitación, pero no para cambiarse, toma lo más preciado que tiene que es su libro, está decidido, va a escapar esta noche.
Realmente lamenta que las cosas terminaran así, le hubiera gustado despedirse adecuadamente de su familia, pero es complicado explicar a dónde va. Puede que su decisión sea egoísta, pero si ella no piensa en su felicidad, quién más lo haría.
Una vez tomó su amado libro busco la manera de salir de ahí sin ser vista, sin embargo su plan falló al encontrarse con su padre quien la arrastró hasta la mesa donde estaba puesta la cena. Y para su desgracia allí también estaba aquella familia que no desea nombrar. Estaban todos reunidos. A diferencia de su propia familia, donde las reacciones siempre eran variadas, aquella familia mostraba sonrisas de oreja a oreja, las más falsas que había visto en toda su vida.
Su padre la sostiene no con violencia, sino de un modo que le hace sentir como si estuviera atada por una cadena invisible.
Ahora que todos ya estaban reunidos, ambos patriarcas de cada familia comienzan a hablar sobre unión y familia, Francisca no escucha todo lo que dicen, siente que las voces se vuelven lejanas, su cabeza da vueltas, está congelada, aprieta su libro sobre su pecho como si fuera lo único que le da fuerza para no desvanecerse. Sentía una presión social horrible.
Pero vuelve un poco en sí cuando es empujada en frente de Antony.
El estaba enfrente de ella presentándole un anillo, Francisca lo vio a los ojos, no había amor, podía notar el fastidio y repulsión ante la idea de casarse con ella, por una vez, ambos compartían el mismo sentimiento.
Francisca deseaba gritar que no, que jamás, nunca en la vida, pero las palabras no salían, se quedaron atoradas en su garganta. Sus manos tiemblan y un escalofrío la recorría todo su cuerpo. Ambas familias aplaudían antes siquiera de escuchar su respuesta, demostrando que ni siquiera les importaba lo que ella opinara. La decisión ya la habían tomado ellos.
En este momento Francisca preferiría beber cianuro antes que estar aquí.
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Herneval tenía un mal presentimiento.
No entendía porque, pero sabía que tenía que ir a ver a Francisca ahora.
Al llegar al mundo humano noto que apenas estaba oscureciendo y parecía acercarse una tormenta, eso no le importó y salió volando en dirección a la casa de su amada.
Al llegar, se coló por la ventana de la habitación de Francisca. No había nadie allí, aunque se oían voces en otras partes de la casa. La curiosidad lo empujó a averiguar qué ocurría.
Salió otra vez por la ventana y se acercó donde provenía todo el ruido, el mal presentimiento aumentaba al punto que le oprimía el pecho, aun así siguió acercándose hasta ver que ocurría.
Cuando se asomó con cuidado, descubrió que había más personas de las que había imaginado. No conocía formalmente a la familia de su amada, pero ella le había hablado de cada uno, por eso supuso que entre los presentes había varios que no pertenecían a la familia.
Eso es mala señal, pensó.
Y antes que pudiera moverse, lo vio.
La escena.
Es una propuesta de matrimonio.
Y no de un desconocido, es la propuesta de matrimonio de Francisca.
Herneval experimenta una terrible mezcla de miedo y rabia al mismo tiempo.
La alegría y los aplausos de los demás lo enfermaban, ver a ese tipo hincado a lado de su amada quien por cierto se mira tan horrorizada como él.
Esto simplemente es de mal gusto, forzar una relación así y usar la presión y manipulación para que Francisca acepte.
Ni siquiera les importa si ella acepta o no, ellos ya tomaron la decisión, si ellos hacen esto para forzar una relación, entonces él también hará algo para evitar esta unión.
La alegría del momento es interrumpida por los gritos de la matriarca de la familia Anderson, un grito de horror que rompió con el ambiente “feliz” e hizo que todos voltean a ver donde ella estaba mirando. Una criatura, como un tejolote enorme estaba en una de las ventanas con intención de entrar.
Todos lo observaban con incredulidad, como si no dieran crédito a lo que tenían delante.
Los gritos de horror, algunos hasta se desmayaron, otros trataban de explicar qué era lo que veían.
—¡Es un náhuatl!
—¡Es el diablo!
La fiesta de compromiso colapsó y los chicos buscaban sus armas para atacar, entre el escándalo una de las velas cayó provocando un pequeño incendio. El pánico solo aumentaba. Todos iban de un lado a otro, entre el escándalo, Herneval que ya estaba adentro, no espera más y toma la mano de Francisca para llevarla lejos.
Ella no dice nada, solo quiere escapar de ahí.
Cuando la familia se dio cuenta de que el monstruo se había llevado a Francisca, ya era demasiado tarde. En cuanto cruzaron el umbral, Herneval alzó el vuelo con su amada entre los brazos. No les importó la lluvia ni el desastre que dejaban atrás, lo único que importaba era que estaban juntos y que nadie iba a separarlos.
Ambos jóvenes viajaban lejos perdiéndose en la noche.
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Después de esa noche, la familia Straffon buscó por todo el pueblo y más allá, pero nunca encontraron a Francisca.
Su relación con la familia Anderson siguió solo por negocios, pero el tema de lo que pasó en esa noche es un tema tabú que nadie se atreve a hablar.
El señor Straffon es el más afectado, la preocupación por su hija perdida bajo su ánimo, todas las noches rezaba para poder volver a verla, saber que está bien y pedirle perdón por alejarla de su lado.
Una vez tuvo un sueño maravilloso, aunque no lograra recordar qué había soñado, eso le hizo sentir que su hija estaba bien, dondequiera que se encontrara.
La gente del pueblo inventó todo tipo de rumores: que si escapó y fue raptada por bandidos, que si fue comida por animales salvajes, que si la chica vendió su alma con tal de escapar de ese matrimonio, o que alguien se robo a la novia esa noche.
Los rumores corrían, pero con el tiempo el pueblo dejó de hablar.
El tiempo pasó y el pueblo fue cambiando poco a poco, al final Augusto tomó el lugar de su padre en su editorial, desde entonces, decidió abrir espacio a nuevas voces y relatos distintos, aquellos que su padre usualmente rechazaba.
Entre uno de los tantos manuscritos que revisó, hubo uno que le llamó la atención de inmediato, ya que le resultaban familiares esas historias.
Aunque desconocía al autor las decidió publicar de todas formas bajo el nombre que indicaba: Frankelda.
Mientras tanto, en el Topus Terrentus, se celebra una boda real.
El reino atraviesa su mejor momento, gracias al príncipe de los sustos y, sobre todo, a la pesadillera real, y su nueva reina.
La ceremonia es profundamente emotiva, la felicidad de los novios se siente en el aire y se contagia entre los asistentes, que les desean un futuro próspero y lleno de amor.
Herneval ve a su amada, y agradece tener el honor de ser su esposo.
Francisca al igual que su amado esposo, es inmensamente feliz, porque se casa por amor, sin miedo ni obligaciones, eligiendo con libertad el camino que desea recorrer y con quien desea compartirlo.
Puede ser escritora y esposa a la vez, sin renunciar a sus sueños, manteniendo viva la tinta de su alma.
Por fin está en el lugar al que siempre perteneció.
