Chapter Text
Narra Leo
Todos estábamos en el laboratorio de Donnie esperando los resultados de algo que estaba haciendo. La verdad no entendía mucho de sus experimentos, solo sabía que estábamos ahí porque dijo que era "importante". El laboratorio olía a metal y a esas cosas raras que siempre usa. Las luces de sus máquinas parpadeaban como siempre, y Mikey ya se había aburrido hace como diez minutos, porque estaba jugando con un destornillador y una tuerca.
De repente, el retromutágeno comenzó a hacer algo raro. Empezó a burbujear y a brillar con un color verde más intenso de lo normal. Algo en mi estómago se encogió.
—Eh... ¿Donnie? ¿Es normal que el retromutágeno tenga esa reacción? —pregunté, sintiendo cómo mi mano ya se movía hacia mis katanas por puro instinto.
Donnie, que estaba anotando cosas en su libreta, volteó lentamente hacia el frasco. Sus ojos se abrieron enormes detrás de sus goggles.
—¡AHH! ¡NO, NO DEBERÍA! ¡CÚBRANSE!
—¡AHHH! —gritaron Raph y Mikey al mismo tiempo, tirándose al suelo.
Yo apenas tuve tiempo de levantar un brazo para protegerme la cara. El retromutágeno salió disparado del frasco como si tuviera vida propia, un rayo verde que cruzó el laboratorio y...
—¡¡AGHH!!
Ese grito. Ese grito me atravesó el pecho como una espada.
—¡SENSEI! —grité, y salí corriendo hacia la sala principal, con mis hermanos pisándome los talones.
Cuando llegamos, lo vimos. Splinter estaba en el suelo, retorciéndose, y su silueta... su silueta estaba cambiando. Su cola se encogía, sus orejas se aplanaban, su hocico se derretía como cera caliente hasta convertirse en... una cara. Una cara humana.
Raph se quedó paralizado. Sus manos se cerraron en puños tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Donnie, ¿¡QUÉ HICISTE!? —rugió, con esa mezcla de furia y miedo que solo aparece cuando algo realmente malo pasa.
—¡No lo sé, no lo sé! —la voz de Donnie temblaba como nunca—. ¡Fue un accidente, lo juro! El retromutágeno se salió de control, yo solo... yo solo lo toqué...
Mikey se acercó un paso, con los ojos llenos de lágrimas.
—Splinter... ¿te duele?
El cambio terminó. Nuestro padre, el hombre que nos había criado toda nuestra vida, ahora yacía en el suelo con piel rosada, con manos de cinco dedos, con una cara que reconocíamos pero que al mismo tiempo era completamente extraña. Abrió los ojos. Eran los mismos. Sus ojos, con esa mezcla de sabiduría y cansancio, nos miraron desde una cara que no era la suya.
—¿Tocarlo? —preguntó, con una voz que sonaba más grave, más humana. Se incorporó lentamente, mirándose las manos, tocándose la cara—. ¿Solo lo tocaste?
Donnie asintió, sin poder articular palabra.
—S-sí, luego me di la vuelta y... y voló.
Splinter se puso de pie. Por un momento solo nos miró, a cada uno, como si estuviera grabando nuestras caras en su memoria. Luego su expresión se endureció.
—TODOS VAYAN A SUS HABITACIONES.
—¿Pero por qué? —protestó Mikey, con la voz quebrada.
—SOLO VAYAN —la voz de Splinter fue como un látigo—. Y NO SALGAN.
Nos quedamos paralizados. Nunca nos había hablado así. Raph abrió la boca para decir algo, pero yo lo detuve con una mano en el hombro. Algo en los ojos de Sensei me decía que no era el momento para discutir.
—Vamos —dije, con la voz más calmada que pude fingir.
Mis hermanos me siguieron. Mientras nos alejábamos por el túnel, escuché a Splinter murmurar algo, pero no pude distinguir las palabras.
—
Splinter (solo, en la sala principal)
Esperé a que el sonido de sus pasos se desvaneciera por completo. Solo entonces me permití temblar. Me miré las manos otra vez. Manos humanas. Después de tantos años, volvía a tener manos humanas.
—Si solo lo tocó... —susurré, y un escalofrío me recorrió la columna—. Oh no. Está pasando.
Caminé hacia el Quesófono, mis nuevas piernas sintiéndose extrañas, como si aprendiera a caminar de nuevo. Marqué el número.
—¿Abril? —mi voz sonó tensa, incluso para mí—. Está pasando. Trae a todos aquí. Ahora.
Con las tortugas
Estábamos en mi habitación, o más bien apiñados en mi habitación porque nadie quería estar solo. Mikey estaba acurrucado en una esquina de mi cama, abrazando sus rodillas. Raph caminaba de un lado a otro como un tigre enjaulado. Donnie estaba sentado en el suelo con la cabeza entre las manos.
—No puede ser —dije, más para mí mismo que para ellos—. Splinter es humano.
—Sí —Mikey moqueo—. Es terrible.
Raph se detuvo y lo miró con el ceño fruncido.
—¿Y es terrible por qué? O sea, sí, es raro, pero...
Mikey levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos.
—Porque... porque ahora puede pasar más tiempo con Karai. Es su hija de verdad, ¿entiendes? Son de la misma especie. Y nosotros... nosotros solo somos unas tortugas mutantes raras. Nos va a olvidar.
El silencio que siguió fue pesado. Podía escuchar mi propio corazón latiendo.
Donnie levantó la vista.
—Tranquilo, Mikey. Eso no pasará... —hizo una pausa—. Espero.
—Claro que no —dije, con más firmeza de la que sentía—. Es nuestro padre. Eso no va a cambiar porque su cuerpo sea diferente.
En ese momento, el teléfono de Donnie sonó, haciéndonos saltar a todos. Él lo miró, luego nos miró a nosotros, y contestó.
—¿Hola? —su voz sonaba insegura—. ¿Abril? ¿Qué pasa?... Okey. Adiós.
Colgó y se quedó mirando la pantalla por un segundo demasiado largo.
—¿Qué ocurre? —pregunté, poniéndome de pie.
Donnie nos miró. —El Pie nos necesita.
—¿Y cómo saldremos, genio? —Raph cruzó los brazos—. Splinter dijo que no saliéramos.
Mikey se secó los ojos con el dorso de la mano.
—Podemos salir por mis túneles.
Nos quedamos mirándolo.
—¿TÚNELES? —preguntamos todos al unísono.
Mikey se llevó un dedo a la boca.
—¡Shh! Sí, miren.
Se levantó de un salto y fue a la esquina de su habitación, donde tenía esa alfombra vieja y desgastada con dibujos de estrellas. La quitó de un tirón, revelando un agujero en el suelo.
—¿Ven? —dijo, orgulloso—. Estos túneles van a toda la alcantarilla. Los encontré y exploré cuando era niño.
Raph se asomó al agujero.
—¿Y por qué nunca nos dijiste?
—Porque... —Mikey se encogió de hombros—. No sé. ¡Era mi secreto!
Suspiré. No era momento para discutir.
—Vamos.
Afuera, en la superficie
Abril nos esperaba en el lugar acordado, pero su cara no era de bienvenida. Estaba pálida, con las manos retorciéndose nerviosamente. Junto a ella, Karai y Casey. Casey golpeaba el suelo con su stick de hockey, impaciente, los ojos escaneando cada sombra.
—¿Están listos? —preguntó Karai, con los brazos cruzados y expresión seria.
—Lo están —respondió Abril, pero su voz temblaba.
Casey ajustó su agarre. —Yo solo espero que no esté pasando.
—Yo también —murmuró Abril.
Llegamos justo cuando Karai ya estaba peleando con un grupo de ninjas. Sus movimientos eran rápidos, precisos, pero estaba en clara desventaja numérica.
—¡Por fin! —exclamó Karai al vernos.
—¡A pelear! —grité, desenvainando mis katanas.
—¡BOOYAKASHA! —gritó Mikey, lanzándose con sus nunchakus.
Pero entonces uno de los ninjas sacó algo de su cinturón. Una bomba. La lanzó directamente hacia donde estaban Raph y Donnie.
—¡CHICOS, CORRAN! —grité, pero ya era tarde.
La bomba explotó. Una luz cegadora, un sonido ensordecedor. Por un momento no pude ver nada.
Cuando el resplandor se disipó, Raph y Donnie estaban en el techo de un edificio cercano. Como si hubieran volado hasta allí.
Raph se miró las manos, luego el suelo muy por debajo de él.
—¿Pero ¡¿qué?!?
Donnie se incorporó, tambaleándose.
—¿Volamos? —dijo, y luego giró la cabeza hacia nosotros—. ¡Leo! ¡Mikey! ¡Cuidado!
—¿Con qué? —preguntó Mikey, justo cuando un misil salió disparado hacia él desde algún lugar.
El misil lo golpeó... y rebotó. Como si su caparazón fuera de goma. Mikey se quedó mirando el proyectil que cayó al suelo, inofensivo.
—¿Eh?
—¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?! —grité, y mi voz sonó diferente. Más aguda. Más asustada.
Mikey giró hacia mí y sus ojos se abrieron como platos.
—¡AHHH!
—¿Qué? —dije, y entonces lo vi. Sus ojos. Los ojos de Mikey estaban... no, no era posible.
—Tus ojos —susurró Mikey, apuntándome con un dedo tembloroso—. ¡Están... están líquidos!
Y tenía razón. Miré sus ojos y los míos propios reflejados en ellos. El blanco de sus ojos ahora bullía con pequeñas vetas de un verde fosforescente que se movían lentamente, como mutágeno vivo dentro de un frasco.
—Los tuyos también —respondí, sintiendo cómo el pánico me apretaba la garganta—. Todos tenemos...
Donnie y Raph saltaron del techo y aterrizaron junto a nosotros. Donnie nos miró a los dos y dio un paso atrás.
—Algo no está bien —dijo, y luego volteó hacia Raph—. ¡TUS OJOS!
Raph parpadeó, confundido.
—¿Qué pasa con mis ojos? —se miró las manos, se las llevó a la cara—. ¿¡Y los tuyos!? ¡Mírate, Donnie!
Donnie se llevó las manos a la cara, palpándose alrededor de los ojos.
—No... no puede ser...
Mikey se acercó a mí, temblando.
—Chicos... tengo miedo.
Yo también tenía miedo. Más miedo que en ninguna pelea, que en ningún peligro. Pero no podía decirlo. No ahora.
—¡Retirada! —ordené, y lancé una bomba de humo al suelo.
Karai (mientras el humo nos cubre)
Esperó a que desapareciéramos entre la niebla. Luego sacó su teléfono.
—Padre —dijo, con voz seria—. Tus sospechas se confirmaron. Está pasando.
Del otro lado de la línea, la voz de Splinter sonó cansada. Muy cansada.
—Aunque me duela... prepara las celdas. Que el clan instalen guardia en cada salida.
Karai cerró los ojos por un momento. —Está bien.
En la alcantarilla
Corrimos. Corrimos como nunca habíamos corrido, tropezando con nuestras propias patas, chocando contra las paredes de los túneles. Solo queríamos llegar a casa. Solo queríamos que Splinter nos dijera que todo iba a estar bien.
Llegamos a la sala principal jadeando, sudando, temblando.
—¡Splinter! —grité, entrando primero—. ¡Ayúdanos, por favor!
Mikey entró detrás de mí, llorando abiertamente ahora.
—¡¿Qué es esto que nos pasa?!
Raph se detuvo en medio de la sala, señalándose la cara.
—¡Mire nuestros ojos!
Donnie dio un paso adelante, con las manos extendidas en un gesto de súplica.
—No sabemos qué nos pasa, pero estoy seguro de que tú podrás... tú siempre sabes qué hacer.
Splinter estaba de espaldas a nosotros, mirando la pared. Cuando se volvió, su cara era una máscara de piedra. Pero por un instante, algo brilló en sus ojos. Un destello verde, rapidísimo, como un pez en aguas turbias. Luego desapareció, y su expresión se volvió monótona. Plana.
—SILENCIO.
Las palabras se atascaron en mi garganta.
—Quiero que se vayan —dijo. Su voz era fría. Distante. Como si hablara con desconocidos. Como si nosotros fuéramos un mueble más de la habitación.
—¿¡Qué!? —exclamamos todos al mismo tiempo.
Di un paso adelante, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba bajo mis pies. —¿Pero por qué? ¿Qué pasa?
Splinter nos miró. Directo a los ojos. Y dijo las palabras que jamás olvidaré:
—Porque no son mis hijos. Son un accidente. Un error de laboratorio que ya no tengo por qué soportar. Yo ya no los quiero más.
El silencio fue tan absoluto que podía escuchar mi propia sangre corriendo por mis venas.
Mikey intentó dar un paso hacia él, pero sus piernas no le respondieron. Se quedó ahí, a medio camino, con los brazos colgando, la boca abierta sin que salieran palabras. Solo movió la cabeza, de un lado a otro, como negando lo que estaba pasando. Luego, un hilo de voz:
—¿Qué... qué hicimos mal, papá? Dilo y lo arreglo. Lo arreglo, ¿sí? Por favor.
El golpe resonó en toda la habitación. La mano de Splinter conectó con la cara de Mikey con una fuerza que lo hizo caer al suelo.
Mikey se quedó ahí, en el suelo, una mano en la mejilla donde la piel ya enrojecía. No sollozaba. Solo miraba a Splinter con los ojos abiertos, enormes, llenos de un dolor que no entendía. Las lágrimas corrían silenciosas por sus mejillas.
—¡¿QUÉ DEMONIOS LE PASA?! —rugió Raph, sus puños apretados, todo su cuerpo tembloroso por la furia contenida. Por un momento, diminutas chispas rojas bailaron entre sus dedos, pero ninguno lo notó.
Donnie retrocedió un paso. En sus ojos verdes y líquidos, las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero no quería derramarlas. No delante de él.
—Ya sé... —su voz quebró—. Ya entiendo. Cree que porque ahora es humano, nos puede desechar como basura. Como si fuéramos... como si fuéramos nada.
Yo no podía hablar. Las palabras se atoraban en mi garganta como espinas. Pero tenía que intentarlo. Por mis hermanos. Por nosotros.
—Por favor —dije, y mi voz sonó tan pequeña, tan débil, que apenas la reconocí—. Díganos qué pasa. Por qué se volvió humano. Por qué nos pasó esto en los ojos. —las lágrimas comenzaron a caer, calientes, por mis mejillas—. Por qué ya no nos quiere. Por favor.
Mikey, todavía en el suelo, levantó la vista. Tenía la mejilla marcada, los ojos rojos.
—Si hicimos algo malo... lo sentimos. Lo sentimos mucho. Papá, por favor.
Por un instante, algo brilló en los ojos de Splinter. Algo que parecía dolor. Su mandíbula se tensó, como si luchara contra algo invisible. Pero el destello verde volvió a cruzar sus pupilas, y su cara se endureció de nuevo.
—De ahora en adelante —dijo, con la misma voz monótona—, ya no podrán salir nunca más. —hizo una pausa—. Miwa, es hora.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Me volví lentamente.
Karai estaba en la entrada. Con bombas en las manos.
—¿Karai? —susurré.
Ella no dijo nada. Solo lanzó las bombas.
El gas nos envolvió en segundos. Ardía en los pulmones, en los ojos. Escuché a mis hermanos toser, caer. Yo intenté mantener el equilibrio, pero mis piernas cedieron.
Mientras caía, vi a Karai mirarnos. Y en sus ojos había algo que no esperaba.
Tristeza.
—Es por su bien —murmuró, casi para sí misma.
Y entonces todo se volvió negro.
Karai (cuando las tortugas están inconscientes)
Miró los cuerpos de sus hermanos, esparcidos por el suelo. Luego levantó la vista hacia Splinter.
—¿Preparaste las celdas?
Splinter asintió lentamente. Su cara ya no era una máscara de piedra. Ahora solo era la cara de un padre cansado, con el dolor escrito en cada arruga.
—El clan del pie están en cada salida —dijo Karai, guardando las bombas—. No podrán escapar.
Splinter asintió de nuevo, sin apartar la mirada de Mikey. El más pequeño. El que todavía tenía lágrimas secas en las mejillas y una marca roja en el rostro.
Se acercó a él lentamente, como si cada paso le costara un esfuerzo inmenso. Se arrodilló a su lado. Con cuidado, con una ternura que dolía ver, le apartó un mechón de la frente sudorosa.
—Es hora de decirles la verdad —susurró, y su voz ya no era la de un extraño. Era la de su padre. La de siempre—. Aunque me odien.
Karai lo miró desde la entrada.
—¿Estás seguro?
Splinter no respondió. Solo acarició la mejilla de Mikey con el dorso de la mano, justo donde él mismo lo había golpeado.
Y por primera vez desde que se volvió humano, una lágrima cayó de sus ojos.
