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Todo empezó con el nuevo artefacto sellado que mandó la Iglesia para resguardarlo tras la Puerta Chanis en Tingen. El artefacto era una pequeña esfera de cristal, supuestamente con la habilidad de prever el futuro. La contramedida o método para utilizarlo, según el Guante Rojo que lo trajo, era hacerle una pregunta difícil de responder o que fuera cambiante, porque dependería de la susceptibilidad de una persona. Por ejemplo, si se le preguntaba sobre la futura comida de alguien y esta tenía posibilidades de cambiar de opinión, la bola de cristal se quedaría estancada en la pregunta, dando millas de probabilidades, hasta que se hiciera otra más concreta o sobre lo que alguien está haciendo en ese preciso momento. Les resultaría útil a los Halcones Nocturnos para saber los movimientos de algún fugitivo en tiempo real. Aunque claro, el artefacto no era 100% confiable, considerando las imágenes incomprensibles que podrían mostrar del futuro.
Como la mayoría de los momentos más vergonzosos de los Halcones Nocturnos de Tingen, comenzó con un comentario de Daly.
—Así que, aunque es más preciso cuando le preguntas cosas concretas o de lo que está pasando justo en este momento, no impide que pueda decirnos el futuro, ¿entiende bien?
Los demás observaron a la médium, algunos con interés (las chicas) y otros con recelo (los chicos). Madam Daly era conocida por su mente abierta y su vocabulario capaz de avergonzar hasta al más templado de los hombres. Dunn respondió a su pregunta.
—Eso más o menos fue lo que dijo la Iglesia, sí.
— ¿Podríamos utilizarlo para saber dónde fue Trissy?
Esta vez, fue el Poeta de Medianoche quien interrumpió. Dunn negó con la cabeza.
—También tiene un rango con el que trabajar. Ella ya no se encuentra en Tingen.
Decidiendo que era mejor apresurarse a meterlo en la Puerta Chanis, Dunn dio un paso hacia la mesa, claramente listo para dar por terminada la discusión.
—Mejor es guardarlo de inmediato —dijo con tono firme—. No es un juguete.
—Capitán… —la voz de Daly arrastraba una sonrisa—. Solo una pregunta.
Frye frunció el ceño de inmediato.
—Eso es exactamente lo que diría alguien antes de activar un artefacto peligroso.
—Relájate —respondió ella, girando la bola de cristal entre sus dedos sin tocarla realmente—. Dijeron que para que se estanque es necesario hacer una pregunta que tenga diversas posibilidades, ¿no?
El viejo Neil respondió:
—Ejem… sí, mencionaron que las probabilidades son impredecibles si la pregunta involucra… eh… factores emocionales.
Rozanne inclinó la cabeza, interesada.
—¿Como relaciones?
El silencio que siguió fue breve, pero lo suficientemente elocuente. Leonard apoyó el hombro contra la pared, cruzándose de brazos, claramente entretenido.
—Si van a hacer una pregunta, al menos háganla interesante.
—Oh, créeme, poeta —respondió Daly, mirándolo de arriba abajo—, eso pensaba hacer.
Leonard se enderezó, ahora nervioso. Dunn sospechó.
—Daly.
—Capitán.
Se sostuvieron la mirada unos segundos. Al final, él cerró los ojos como si ya supiera que había perdido esa batalla.
—Una pregunta, solo una.
La sonrisa de Daly se ensanchó. Rozanne se acercó un poco más, casi conspirativa.
—Podríamos probar algo sencillo…
—¿Cómo qué? —preguntó Kenly, todavía dudoso.
Rozanne miró directamente a Leonard.
—Con quién está saliendo ahora mismo?
Sekka dejó escapar un resoplido.
—No creo que sea una respuesta que la desestabilice. Puede tener muchas respuestas, pero serán concretas.
—Exacto —dijo Daly con satisfacción—. No lo suficientemente variable como para que el artefacto reaccione.
Leonard alzó una ceja, indignado.
—¿Por qué hablan como si tuvieran muchos amantes?
—Creí que las tenías —murmuró Royle.
Sekka se tapó la boca para no reír. Neil evitó mirar directamente a Leonard.
—Bueno, jovencito, te hemos visto coquetear con muchas damas…
—¡¿Usted también…?! —interrumpió Leonard con un grito lastimero—. ¡Juro que no tengo a nadie! Y yo no coqueteo, ellas me coquetean.
Lo ignoraron.
Tras pensarlo un rato, Daly entrelazó los dedos, mirando la bola de cristal con interés casi infantil.
—Muy bien… veamos…
Su voz bajó ligeramente, como si estuviera invocando algo.
—Muéstranos… la persona con la que Leonard Mitchell estará involucrado.
Por un segundo, no pasó nada.
Luego, la superficie de la esfera se agitó.
Una niebla gris se arremolinó en su interior.
—Oh… —susurró Rozanne, acercándose más.
La imagen comenzó a formarse.
En un callejón oscuro, una figura alta y vestida de negro se encontraba apoyada contra una pared. Tenía el rostro oculto bajo un sombrero, donde solo se podía entrever el brillo de la luna de sus gafas.
—Espera… —murmuró Royle—. ¿Por qué…?
La figura dio un paso adelante y Leonard apareció en la escena. Con los guantes rojos puestos, lo que ocasionó un jadeo de asombro en los presentes, aunque fue incluso menor a la reacción por la acción que siguió.
Jaló de la gabardina a la figura de negro y se acercó a su rostro.
Demasiado cerca.
El beso fue claro.
Y el silencio fue absoluto.
Sekka soltó un grito ahogado.
—¡¿CON UN HOMBRE?!
Frye frunció el fondo.
—No se ve bien…
—Pero no parece una mujer —dijo Kenley, incómodo.
Rozanne abrió los ojos como platos.
—¡Leonard!
Daly sonreía como si le hubieran dado el mejor regalo del año.
—Vaya, poeta…
El capitán Dunn observaba alternativamente entre la imagen ya Leonard, como si temiera ver visiones.
Leonard quedó completamente inmóvil.
—Eso no cuenta —dijo demasiado rápido—. La imagen es borrosa.
— ¿Alguien puede mencionar los guantes rojos? —murmuró, asombrado, el viejo Neil.
Klein observará fijamente la imagen que emite la esfera.
Resultó ser realmente así . Pensando en ello, echó una mirada de reojo a su colega poeta, que yacía inmóvil como una estatua.
Al parecer, tú tampoco lo sabías.
Suspiré con lástima por la revelación que se le había dado a su colega frente a todos.
Ni siquiera estuvo mucho tiempo en el armario. Klein se compadeció de él.
La imagen dentro de la esfera comenzó a oscilar y cambiar a otra.
A pesar de ese pensamiento, Klein se inclinó más hacia adelante para ver la siguiente imagen.
Una pierna larga, vestida —gracias a la Diosa—, se entrelazaba con otra. La imagen fue subiendo, mostrando el rostro opuesto de su colega; se le escuchó ahogarse al ver la escena: estaba pacíficamente dormido sobre el pecho de un hombre mayor.
Las largas pestañas del poeta revoloteaban en sueños, mientras que las manos del hombre acariciaban su espalda, como si incluso en su estado letárgico estuviese pendiente del hombre que traía en brazos.
Klein desvió la mirada al techo en cuanto captó la imagen completa, pero no fue lo suficientemente rápido. La escena quedó grabada detrás de sus párpados. Era demasiado íntimo de presenciar.
Le gustan mayores , fue lo primero que pudo pensar.
Volvió a mirar la bola de cristal cuando la señorita Daly lanzó una risa seca que le provocó escalofríos.
El hombre mayor había abierto los ojos; Eran de un azul profundo.
Muy parecidos a…
Klein pudo ver a la señorita Daly lanzándole dagas con la mirada a un Leonard escondido detrás del capitán, quien parecía confundido por la reacción de la médium.
— ¿Quieres explicar esto, Leonard?
La pregunta fue completamente tranquila, con una ceja elegantemente alzada. Eso lo hacía peor.
—¡No lo conozco!
—Oh, pero definitivamente lo conocerás. No sabía el peculiar gusto que tenías en los hombres.
Leonard sacudía la cabeza con fuerza.
—¡No es cierto! No me gusta. No me gustan.
¿Triángulo amoroso? ¿No es demasiado mayor para ti, poeta? Klein, como todos los demás, observaba el drama que había ocasionado una simple imagen.
La bola de cristal comenzó nuevamente a ondularse, dejando atrás la proyección del hombre mayor mirando con ternura al poeta dormido en su pecho.
—Chicos, está cambiando otra vez.
La voz de Kenly hizo girar a todos.
Esta vez la escena era una plaza. En una puesta de sol, dos figuras daban vueltas, rodeadas de palomas que parecían surgir de la nada, como si la magia que rodeaba a las figuras danzantes las animara a acercarse.
Leonard llevaba el cabello largo, revoloteando con el viento. La sonrisa divertida que tenía mientras el otro hombre quería guiarlo y hacerlo girar parecía hacerlo feliz.
El otro hombre, para los ojos de Klein, no era muy memorable. Su rostro y aspecto bien podían describirse como comunes. Y ni hablar de su vestimenta, que recordaba a la de un viajero errante.
Sus estándares van decayendo en cada imagen , tarareó pensativo.
Klein observó la reacción de su colega a esa proyección; a diferencia de los anteriores, en las que hubo conmoción y bochorno, en ese orden, en esta tenía el ceño fruncido y las mejillas sonrojadas.
¿El que tiene aspecto poco impresionante es el que te conmovió…? , se cuestionó, incrédulo.
Jamás entendería a la gente guapa y sus gustos por alguien menos agraciado que ellos. Al menos eso quería decir que su colega poeta no era tan superficial como creía Klein.
Leonard no era el único absorto en la imagen.
Los demás parecían contener la respiración con cada giro de la pareja. Rozanne soltó un suspiro bajo; y Klein vio a Sekka escribir frenéticamente en una pequeña libreta que no supo de dónde sacó, alternando la mirada entre ella y la imagen proyectada.
Para el grito decepcionado de las chicas, la imagen volvió a envolverse en niebla y ondularse.
Ahora el que se congeló fue Klein.
Su cara.
¡Era su cara!
¡No la de Klein Moretti, sino la de Zhou Mingrui!
Sus características gafas sobre sus ojos oscuros, la ligera grasa del tiempo de oficina bajo su quijada, la camisa a cuadros que tanto usaba… todo lo que recordaba de su apariencia anterior estaba ahí, sosteniendo en su regazo a Leonard.
¡¿Qué…?!
Sintió estática en los oídos.
¡El futuro de Leonard me volvió gay!
El fondo de la imagen estaba distorsionado. El mundo que tanto añoraba no era captado por la esfera. Lo único visible era la forma en que ambas figuras parecían acurrucarse.
Leonard sostenía el rostro de Zhou Mingrui con manos temblorosas, con los ojos llenos de desesperación. En cuanto al otro… Klein no reconoció la mirada en sus propios ojos.
Podría decir que esa expresión solo había aparecido en Klein Moretti cuando recordaba a sus padres y el mundo que dejó atrás.
Pero ahí estaba; el anhelo en sus ojos por la persona frente a él.
Cuando el beso comenzó, Klein solo pudo observar la esfera, conmocionado.
La desesperación que ambos mostraron solo hizo que todo fuera aún más extraño. Zhou Mingrui se aferraba al otro como si quisiera fusionarlos.
Se escucharon trazos frenéticos sobre papel.
Sekka volvió a escribir en su cuaderno.
—¡Deja de escribir! —se preguntó el poeta. Ella lo ignoró.
Klein sintió arder sus mejillas.
Con un carraspeo forzado, Dunn decidió poner fin al asunto.
—Creo que ya fue suficiente por hoy. Dejemos que la esfera siga enviando imágenes y sellémosla.
Pero en ese momento, la niebla volvió a cambiar.
Los ojos de todos en la habitación se volvieron hacia la esfera.
Las ondulaciones borraron el tormento de Klein para mostrar algo indescriptible.
En la esfera, Leonard se encontraba mirando, desorientado, una espesa niebla que lo rodeaba.
Expectante.
Entonces algo comenzó a formarse en ella. Algo que lo abarcaba todo.
Y rodeaba a Leonard.
Por alguna razón, la habitación se enfrió y un sentimiento ominoso se asentó en todos.
Entonces vieron al verdadero Leonard correr hacia adelante. Hacia la esfera.
—¡Cierren los ojos!
Klein —y esperaba que el resto también— obedeció.
Su intuición espiritual había reaccionado más tarde que la de Leonard.
El poeta había reaccionado incluso antes que el propio capitán…
Klein lo oyó susurrar algo.
Cuando la extraña atmósfera y la presión desaparecieron y al fin pudieron abrir los ojos, Leonard sostenía la esfera en sus manos, con expresión ceñuda.
Las imágenes iban y venían con rapidez dentro de la esfera.
Estaba en bucle.
— ¿Qué fue eso? —inhaló, pálido, Kenley. Los demás lo secundaron con el mismo sentimiento.
El capitán Dunn dio un paso al frente.
—¿Le hiciste una pregunta?
—Sí, capitán.
El efecto era distinto. Lo notaron todos.
¿Qué está pasando…? Se cuestionó Klein, con las manos aún en el pecho y las piernas temblando.
—¿Quién…? ¿Qué era esa cosa? —inquirió Daly, con el rostro oscurecido.
El capitán negó con la cabeza, igual de intrigado.
—Será mejor mandar un telegrama a la Iglesia. Quizás no sea bueno que se quede aquí con nosotros, después de todo.
Todos asintieron.
Lo que comenzó como un juego había terminado haciendo temblar, al borde de perder el control.
Klein no podía quitar los ojos de encima de Leonard.
Ver su futuro en cinco imágenes fue suficiente para hacerle replantearse la opinión que tenía de su colega. Su relación no sería meramente profesional. O, al menos, existía la posibilidad de que aquello que había visto llegara a cumplirse.
Al principio, demostró lo más obvio: que esos hombres serían futuras parejas de Leonard antes de terminar con él. Solo ese pensamiento le hizo apretar los dientes con fuerza.
Pero no encajaba.
Ese era precisamente el punto de la pregunta. De haber sido así, la esfera habría caído en un bucle caótico, superponiendo posibilidades sin orden, como había ocurrido antes. Y, sin embargo, no fue así. Mostró cinco imágenes, una tras otra, claras, definidas… casi deliberadas.
Klein frunció el fondo.
Había algo más.
Los rostros cambiaban. Las identidades también. Pero había una cualidad difícil de describir que se mantenía constante. Algo en la forma en que miraban a Leonard… algo incómodamente familiar.
Era absurdo.
Y aun así…
Klein estaba casi seguro de que todos eran él. No en apariencia, sino en esencia. Distintos rostros, distintas máscaras… la misma persona.
Quizás los demás seguirían pensando en candidatos diferentes.
Klein lo sabía mejor.
Todo en él apuntaba a una única conclusión.
El futuro —de una forma u otra— lo incluía a él.
¿Terminaría regresando a su mundo y llevándolo consigo? ¿O solo le había mostrado su verdadera apariencia? Entonces, ¿por qué Leonard parecía tan desesperado… y él tan anhelante?
Nada tenía sentido.
Leonard Mitchell le resultó un completo misterio.
¿Por qué enamorarse de él?, cuando ahora solo había sospechado entre los dos. ¿O realmente sentí eso…? ¿O solo lo creía porque no podía aceptar lo fácil que el poeta captaba su atención?
Era muy consciente de él ahora. Demasiado.
Además, ¿qué hay de la última imagen? ¿También era él? ¿Había alcanzado un nivel superior como beyonder?
No parecía humano.
¿Realmente estaba bien el camino que había elegido?
Apartó la mirada de Leonard, suspirando con frustración.
Sus compañeros abandonaron la habitación con rapidez. El incidente final había hecho olvidar cualquier comentario previo que pudiera tener sobre los futuros amantes de Leonard.
El poeta seguía absorto cuando el capitán Dunn se acercó a darle una palmadita en la espalda.
Mientras salía, Klein lo oyó decir:
—Leonard, comprendemos que esto pudo ser revelador para ti, pero la Iglesia no censura esto. Todo estará bien…
Klein se paró a escuchar lo que respondía su colega poeta. Estaba demasiado aliviado de que la charla no se extendiera a él también porque nadie lo había reconocido.
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Una vez solas, Leonard preguntó con apariencia seria:
—Sabías qué era lo que iba a aparecer en la última imagen, ¿verdad?
La advertencia del anciano lo había hecho correr antes de que se formara por completa la imagen de aquella cosa oculta en la niebla.
—Muchacho, hay cosas que las secuencias bajas no pueden ver ni oír. El hecho de que tu yo del futuro estuviera allí, esperando a esa… entidad, significa que llegarás a subir de secuencia lo suficiente como para presenciarla sin miedo.
—Entonces… ¿eso era un Él?
Leonard oyó el temblor en su propia voz.
—Es muy probable.
La voz envejecida murmuró, pensativa.
—¿Por qué algo así sería mi… mi…?
No pudo terminar la frase. La implicación le provocó un tartamudeo cargado de terror.
— ¿Cómo voy a saberlo? Puede que haya subestimado tu apariencia.
¡No puede ser solo por eso! ¿Qué hay de los demás?, pensó sin decirlo, temiendo sonar pretencioso. Pero los hombres que habían aparecido lo miraban con una adoración que lo hizo sonrojarse hasta sentirse ahogado.
A excepción del primero, cuya silueta apenas se distinguía, el resto… parecían amarlo.
Cuando apareció aquel primer hombre, fue un golpe directo a su propia identidad, a todo lo que creía de sí mismo. Sin embargo, ese impacto quedó enterrado bajo otra idea más insistente: que lo amarían, que sería el centro de la atención y los sentimientos de alguien más.
¿Qué importaba si ese alguien resultaba ser un hombre?
Aunque la penúltima imagen le dejó una punzada de ansiedad. En esa, parecían estar sufriendo. Incluso frente a frente, Leonard había visto en ellos una expresión de anhelo… casi desesperada.
—Viejo… hombres esos… todos ellos son la misma persona.
—¿?
Leonard podía ser objeto constante de burlas por la imagen que sus compañeros tenían de él, pero se conocía suficiente lo como para admitir algo: era un romántico de primera.
No creía que en el futuro tuviera tantas parejas. De hecho, le sorprendía más que apareciera alguien a que ese alguien fuera un hombre. No encajaba con múltiples relaciones distintas.
Tenía que ser la misma persona.
Al menos alguien con la capacidad de cambiar su apariencia.
¿Hay algún camino que permita alterar el aspecto físico?
El anciano guardó silencio un momento antes de soltar una risa baja, como si la respuesta le resultara particularmente divertida.
—De hecho, lo hay. El camino del Vidente tiene una secuencia que otorga esa habilidad.
—¿V-vidente?
Su mente hizo un cortocircuito.
