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Lo que fuimos

Summary:

Julián y Enzo crecieron juntos.
Mejores amigos. Inseparables.

Hasta que sus padres se enamoran... y los convierten en familia.

Julián intenta alejarse para esconder lo que siente.
Enzo intenta entender por qué su mejor amigo lo rechaza.

Pero hay cosas que no desaparecen con el tiempo.
Y algunas miradas pesan más que cualquier palabra.

Notes:

Es la primera vez que me animo a publicar algo que escribo, sé que probablemente tenga varios errores pero estoy aprendiendo y mejorando de a poco.
Espero que les guste!

Chapter 1: Julián

Chapter Text

Julián Álvarez nació en Calchín, un pueblo chico de Córdoba donde todos se conocían y donde las cosas parecían siempre iguales.

De chico no daba problemas. No era de llorar por capricho ni de hacer escándalo. Era tranquilo, de esos que se quedaban jugando en silencio mientras los adultos hablaban alrededor.
Desde afuera, su familia se veía como una de esas que parecen intocables. Una casa ordenada, una madre presente, un padre que se reía fuerte. Como si nada pudiera romperlos.

Julián tenía siete años cuando entendió que su padre no iba a volver.

No fue algo que alguien le dijo. Nadie se sentó con él a explicárselo. Su mamá seguía repitiendo que estaba trabajando, que había tenido que irse por un tiempo, que ya iba a llamar. Pero el teléfono no sonaba. Y con el paso de los días, Julián dejó de esperarlo.

Antes de eso, todo había sido fácil. O al menos así lo recordaba. Su mamá estaba siempre cerca, demasiado a veces, y su papá ocupaba el resto del espacio con una presencia que ahora le parecía enorme. Jugaban, hablaban, se reían. Julián no tenía que pensar demasiado en nada.

Después, la casa se volvió más chica. Más silenciosa.

Julián empezó a jugar más tiempo solo, encerrado en su mundo, como si el silencio fuera más seguro que cualquier conversación. Su mamá empezó a mirarlo distinto, como si en cualquier momento fuera a romperse.

 

La decisión de mudarse llegó sin aviso, como casi todo lo demás.

Buenos Aires le sonaba a algo lejano, enorme, imposible de imaginar. No conocía a nadie, no entendía por qué tenían que irse, pero tampoco preguntó demasiado. Había aprendido que algunas cosas simplemente pasaban y era mejor aceptarlas en silencio.

El primer día de clases fue peor de lo que esperaba.

El aula era muy ruidosa, los chicos hablaban más rápido, se conocían entre ellos, se divertían. Julián se quedó en su banco aferrado a su pequeña mochila de Spider-Man, mirando cómo todo funcionaba sin él.

Nadie le habló.

Y él tampoco hizo el intento.

Fue en el recreo cuando lo conoció.
Julián estaba sentado solo, con la lonchera sobre las piernas. Su mamá le había dejado comida para el recreo, como si eso pudiera hacer que el primer día fuera menos difícil. No sabía muy bien qué se suponía que tenía que hacer, así que se dispuso a comer en silencio.

—¿Estás castigado?

Julián levantó la vista.

El chico que tenía enfrente parecía un poco más grande. No mucho, pero sí uno o dos años mayor que él. Tenía una sonrisa fácil, como si hablarle a un desconocido fuera lo más normal del mundo.

—No —dijo Julián, bajito.

—Ah —respondió el otro, como si eso no cambiara nada—. Entonces... ¿qué hacés acá solito?

Julián lo miró, nervioso. No estaba acostumbrado a que alguien se le acercara así.

—Soy nuevo... me mudé hace poco —dijo, casi en un susurro.

El chico sonrió, como si esa respuesta le hubiera dado la confirmación que necesitaba.

—¿Sos cordobés? Tenés una linda tonada.

Julián asintió, un poco sonrojado por el comentario.

—Uy, perdón —agregó el chico enseguida—. Soy un maleducado, ni me presenté. Soy Enzo.

Hubo un silencio corto.

—Julián.

Enzo bajó la mirada y se quedó observando la lonchera. En la tapa estaba Spider-Man, con los brazos extendidos como si estuviera a punto de saltar.

—¿Te gusta Spider-Man, Juli?

Julián miró la lonchera y después volvió a mirarlo.

—Sí...

—Que piola —dijo Enzo, sonriendo—. ¿Te gusta mucho?

Julián asintió apenas.

—Entonces sos una arañita.

Julián frunció el ceño, confundido.

—¿Arañita?

—Sí —repitió Enzo, como si fuera obvio—. Si te gusta Spider-Man, sos una arañita.

Y sin pedir permiso, se sentó a su lado como si lo conociera de toda la vida.

Julián abrió la lonchera con cuidado. Su mamá le había preparado todo como si todavía estuvieran en Calchín: el sándwich envuelto en servilletas, la fruta cortada, las galletitas. Todo prolijo, todo pensado.

Cuando levantó la vista, Enzo seguía ahí.
Seguía sentado a su lado como si fuera lo más normal del mundo.

Julián dudó un segundo. No sabía qué se suponía que tenía que hacer. No sabía cómo se hablaba con alguien que no te conocía.

Bajó la vista otra vez. El sándwich estaba cortado a la mitad.

Sin pensarlo demasiado, estiró uno hacia él.

—¿Querés?

Enzo lo miró como si Julián le hubiera ofrecido algo más que comida.

Julián se encogió de hombros, incómodo.

—Mi mamá lo cortó en dos...

Enzo agarró el sándwich con una sonrisa y lo levantó como si fuera un trofeo.

—Tu mamá es una genia.

Julián soltó una risa mínima, casi sin querer.

El recreo terminó rápido. Cuando sonó el timbre, Julián volvió al salón.

No sabía exactamente qué había pasado, ni por qué ese chico se le había pegado así.

Pero por primera vez desde que había llegado a Buenos Aires, se sentía un poco menos extraño.

Durante las semanas siguientes, Enzo empezó a aparecer siempre en los recreos.

A veces llegaba corriendo apenas sonaba el timbre. Otras veces simplemente se sentaba al lado de Julián como si ya tuviera ese lugar reservado. Hablaba de cualquier cosa: de la escuela, de los profesores, de juegos, de dibujos animados. Julián no decía mucho, pero escuchaba.

Y aunque no lo admitiera, esperaba que Enzo apareciera cada día.

Una tarde, cuando el patio estaba más tranquilo y la mayoría de los chicos se habían ido a jugar a la pelota, Enzo se sentó junto a él y se quedó mirando el suelo un rato, como si estuviera pensando algo importante.

Julián lo miró de reojo, incómodo con el silencio.

—Che... -dijo Enzo al fin—. ¿Vos tenés mejor amigo?

Julián parpadeó.

No entendía bien la pregunta. O tal vez sí.

—No —respondió.

Enzo asintió, serio.

—Joya!

Julián lo miró confundido. Enzo sonrió apenas, distinto a otras veces. No era una sonrisa para hacerse el gracioso. Era más chica. Más sincera.

—Entonces listo —dijo—. Vos sos mi mejor amigo.

Julián se quedó quieto.

No supo qué contestar. Nadie le había dicho algo así antes. No de esa forma.

—¿Vos querés ser mi mejor amigo? —murmuró, como si creyera que fue un error.

Enzo soltó una risa corta.

—Obvio que sí, arañita.

Julián bajó la mirada, intentando ocultar una sonrisa.

Pero no pudo.

 

Los años pasaron sin que Julián se diera cuenta.

De un día para otro, el patio de la escuela dejó de ser un lugar donde se compartían figuritas y meriendas, y se convirtió en un lugar donde importaba cómo te vestías, con quién hablabas y qué tan rápido podías reírte de los chistes de los demás.

Julián siguió siendo el mismo, en esencia. Callado, reservado, más cómodo observando que participando.

Solo que ahora esa forma de ser parecía destacar más que nunca.

Enzo, en cambio, creció como si el mundo estuviera hecho para él.
Se volvió más alto, más seguro, más ruidoso. Era el tipo de chico que entraba a un lugar y lograba que todos lo miraran sin esfuerzo. Tenía amigos por todos lados, hablaba con cualquiera, se reía fuerte, y parecía no tener miedo de nada.

Julián siempre pensó que, tarde o temprano, Enzo se iba a cansar de él.
Pero no lo hizo.

Aunque Enzo tuviera otros amigos, aunque se juntara con chicos más grandes, aunque estuviera rodeado de gente, siempre volvía a buscarlo.

Siempre aparecía a su lado como si ese fuera su lugar natural.

Como si Julián fuera algo fijo en su vida.
Y eso... eso era lo que lo asustaba.

A los quince, Julián aprendió lo que era fingir.

No porque quisiera mentir, sino porque parecía lo más fácil. Lo más normal. Lo que se suponía que debía hacer.

Una tarde, en una juntada, una chica llamada Emilia se le acercó entre risas y empujones de sus amigas. Julián ni siquiera estaba seguro de si le gustaba.

Apenas la conocía.

Pero cuando todos lo miraron esperando algo, no supo cómo decir que no.

El beso fue rápido. Torpe. Insípido.
Y cuando se separaron, Julián sonrió como si estuviera feliz, como si por fin hubiera hecho lo correcto.

Pero por dentro sintió otra cosa.

Nada.

Esa misma noche, cuando volvió a su casa, se encerró en su habitación y se quedó mirando el techo durante un largo rato.

No entendía qué le pasaba.

Pensó que tal vez era tímido. Que tal vez solo necesitaba tiempo. Que tal vez con otra chica iba a ser distinto.

Pero cuando cerró los ojos, la cara que se le vino a la mente no fue la de ella.
Fue la de Enzo.

Su mejor amigo.

Su Enzo.

Julián se incorporó de golpe en la cama, como si esa idea le quemara la cabeza.

Se quedó respirando agitado, con el corazón golpeándole fuerte en el pecho.

No.

No podía ser eso.

 

Al principio, Julián creyó que lo estaba imaginando.

Que era una coincidencia.

Pero los gestos se repetían demasiado: las miradas largas, las risas compartidas, las conversaciones en voz baja en la cocina. Su mamá y Raúl, el papá de Enzo, parecían estar cada vez más cerca.

Julián intentó no pensar en eso.

Intentó convencerse de que era normal.

De que no significaba nada.

Hasta que una noche, su madre le dijo que irían a cenar a la casa de los Fernández. Julián no supo por qué, pero sintió que esa cena iba a cambiar algo.

Mientras cenaban, Raúl dejó los cubiertos sobre el plato y se levantó como si estuviera a punto de dar un discurso importante.

—Juli... Enzo... tenemos algo para contarles.

Raúl carraspeó, incómodo, y después sonrió.

—Mariana y yo... estamos saliendo—.
Hubo un silencio corto.

Enzo abrió los ojos, sorprendido, y enseguida sonrió como si fuera una buena noticia.

Pero Julián no se movió.

No supo qué decir.

Sintió que el estómago se le hundía, como si alguien le hubiera quitado el aire de golpe.

Porque en ese instante entendió dos cosas al mismo tiempo:

Que estaba enamorado de Enzo...

Y que ahora eso era imposible.