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HURT MY FEELINGS

Summary:

Aemond y Lucerys tienen casi cincuenta años, son padres, esposos y adultos comprometidos con su deber en la organización. Dejaron atrás aquella impestuosa y dolorosa historia de amor, la enterraron y siguieron adelante. Pero la relación de sus hijos los obliga a volver a verse, a desterrar a los fantasmas del pasado y enfrentar aquellas cosas que nunca explicaron.

Su relacion puede que acabara, pero sus sentimientos jamás lo hicieron.

Notes:

Bienvenidos a mi nuevo fanfic. Estoy bastante entusiasmada con este nuevo camino y trabajar algo tan distinto a mis otros trabajos. Usualmente no hago otra pareja a Aenys/Maegor pero no encuentro a otro shio tan trágico como el Lucemond para una tematica asi.
Planeo publicar los dos primeros capitulos esta semana, asi que sean pacientes.
Espero que disfruten esto tanto como yo!

Chapter 1: PRÓLOGO

Chapter Text

HURT MY FEELINGS-TATE MCRAE

 

She wears your number, but i got what you like. 

She's got you right now, but i'm still on your mind. 




 

Lucerys observó encantado a su hijo mayor, quien ya tenía diecinueve años. Era hermoso como su madre, un típico hijo Valyrio Velaryon, trenzas plateadas que caían alrededor de sus ojos violetas que hacían contraste con su piel morena. Lucerys lo amaba con todo su corazón, como a sus otros dos hijos. 

 

—Serás el Alfa más guapo de la sala, Aethan—dijo Rhaena su esposa, acomodando la corbata de su hijo—Nadie te opacara, menos en la fiesta de tu cumpleaños.

 

Lucerys asintió con una sonrisa—. Ni siquiera tu primo Jaehaerys podrá superarte en belleza—bromeó Lucerys, sabiendo como la mayoría de los jóvenes Omegas hablaban de su sobrino. 

 

—Nadie se atreverá, Kepa—dijo Aerion, su hijo del medio, quien también era Alfa como Lucerys y Aethan—, el tío Viserys le arrancaría los ojos a cualquiera que se atreviera.

 

Todos rieron en la sala, sabiendo que el hermanito de Lucerys y Rhaena era bastante celoso y posesivo con su pareja, Jaehaerys, el hijo de Jacearys y Aegon.

 

—Lo importante es a quien invitarás a bailar, hermano—interrumpió Corlys, el único hijo Omega de Lucerys—, todos los Omega pelearán por tener el primer baile.

 

—Ese serás tú, el Omega más hermoso de la familia y los siete reinos—declaró Rhaena, haciendo sonrojar a Corlys. Para nadie era un secreto que Corlys siempre tuvo un flechazo con su hermano Aethan, lo que encantaba a Rhaena, que sus dos hijos estuvieran juntos le parecía una gran idea a la Omega, pues decía que así Corlys nunca tendría que dejar Marca Deriva ni a la familia.

 

—En realidad mamá, ya se lo prometí a otro Omega—las palabras de Aethan congelaron a todos en la habitación. Incluso a Lucerys, que no era muy partidario de la idea de Corlys y Aethan juntos, quedó sorprendido. 

 

—¿A quién, hijo?—Aethan se sonrojó fuertemente, evitando la mirada de Corlys quien lucía claramente decepcionado y herido.

 

—A… a…—su hijo se aclaró la garganta, separándose de las manos de Rhaena—. A Naerys.

 

El silencio fue sepulcral, solo roto por la risa de Corlys. Lucerys sabía que lucía pálido, pues la sola mención de esa chica era un tema de discordia en la familia Velaryon y, en el corazón de Lucerys, era doloroso incluso. 

 

—¿Naerys Baratheon, a esa zorra?—preguntó sin una pizca de humor Corlys, ganándose una mirada de reproche de Lucerys, pero no solo de él, ya que Aethan lo miró claramente molesto. 

 

—No hables así de ella—le espetó con fuerza Aethan, ganándose un empuje de reproche de Rhaena.

 

—No vas a bailar con la hija de ese monstruo, ¿Entendido?—le dijo ella, antes de salir envuelta en un huracán de seda, llevándose consigo a Corlys.

 

Lucerys, con el corazón en la mano, se quedó simplemente en silencio.


 

HACE DIECINUEVE AÑOS

 

—Felicidades—Lucerys se sobresaltó, soltando el teléfono, provocando miradas malas de las enfermeras en la sala, pero a él no le importo, pues Aemond estaba ahí, en el hospital donde su primer hijo acaba de nacer. 

 

—Aemond—dijo, sin aliento, pues seguía tan hermoso como cuando tenían diecinueve, su largo cabello plateado, su ojo violeta en su blanco rostro. Seguía igual que el último día que Lucerys lo vio. La vista de Aemond lo azotó y dejó desconcertado, donde solo podía observar a aquel rostro que lo perseguía en sueños y pesadillas. 

 

—Ha nacido un nuevo líder de la mafia Velaryon, tu madre debe estar muy contenta—continuó hablando Amond, acercándose lentamente a Lucerys, su abultado vientre sobresalía, provocando una pesadez en el estómago de Lucerys.  No podía apartar la mirada del vientre de Aemond, lucía gigante, incluso para un Omega alto y esbelto como Aemond. Pero claro, eso tenía todo el sentido del mundo. El marido de Aemond era un gigante, y sus hijastras de Aemond eran chicas altas, era obvio que incluso el cachorro de Aemond sería tan colosal como su padre.

 

Una sensación agria recorría su cuerpo, la envidia  y los celos lo embargaron. Hace años él estaba seguro que sería Aemond el que llevase en su vientre al heredero Velaryon, Aemond estaría lleno y saciado de él, de sus hijos. No de ese viejo Baratheon, que no solo lo había embarazado sino también marcado. Ese debió ser Lucerys, ese debió ser su futuro, pero ¿De qué servía lamentarse? Sus sueños de adolescentes fueron pisoteados, su corazón arrancado con la idea de Aemond siendo un Baratheon. 

 

—¿Qué haces aquí?—habló bruscamente, quitando rápidamente la vista del abultado vientre de Aemond. No era correcto que, en el mismo hospital donde Rhaena y su hijo recién nacido residen Lucerys solo piense en cómo él debía ser el Alfa con el que Aemond tuviera un vínculo y fuera el padre de sus cachorros. Era cruel e inhumano con su propia familia, Lucerys debía recordarse que su verdadera familia no era Aemond,  ya no. 

 

—Este hospital es de mi familia Lucerys, familia que compartimos—dijo Aemond con diversión, rodeando a Lucerys hasta quedar demasiado cerca para la cordura de Lucerys—, no sé si recuerdas que este hospital es un regalo de mi padre para mi madre, tus abuelos. 

 

—Eso no explica qué haces precisamente donde Aethan y Rhaena están—Lucerys dijo sin pensar, amargado por como Aemond actuaba. Llevaban alrededor de once sin verse, once años desde que sus vidas y sueños se rompieron, y Aemond actuaba como si nunca hubiese significado algo por el otro, como si no hubiesen pasado noches enteras juntos y mirándose alrededor de las salas, solo separados por las personas pues en otros sentidos eran una sola carne. 

 

—¿Aethan? ¿Le has puesto Aethan?—la diversión se borró de la voz y expresión de Aemond, pues el Omega retrocedió, pálido con las manos en su vientre, como si eso lo pudiese proteger del nombre del hijo de Lucerys; Este suspiro, pues no era su intención desvelar eso. 

 

—Aemond…—inició, sintiéndose igual como aquella noche en la Fortaleza Roja, cuando apareció del brazo de Rhaena. 

 

—¿Le pusiste el nombre de nuestros sueños a el hijo de… de ella?—escupió Aemond, viéndose exactamente como aquella fatídica noche. Era el perfecto Deja Vu de Lucerys, que volvía a ser aquel Alfa destrozando todos sus planes y promesas con Aemond, quien, egoístamente se había convencido que si Aemond estaba con el viejo Baratheon era porque quería, y que él jamás sintió algo genuino por Lucerys, pero el hecho de que Lucerys usó el nombre que ambos habían escogido para sus hipotéticos hijos, le demostraba que Aemond no era frio por mas que actuara así.

 

Amaba como sólo un Targaryen podía, arrasando todo con fuego, construyendo las cosas desde la ceniza. Aemond no solo era fuego, su amor lo era también, feroz, leal y alguna vez todo eso fue de Lucerys.

 

—Aemond… por favor… yo solo…—Lucerys extendió la mano, desesperado, si entiendo que su corazón volvió a luchar con el fuego y la brisa marina, pero simplemente volvió a morir cuando Aemond negó con la cabeza, retrocediendo, hasta que desapareció.

 

Otra vez.

 

Otra vez.

 

Otra vez. 


 

Dos días después, cuando por fin Rhaena y Aethan pudieron volver a casa, Rhaenyra llamó a su casa, avisando que Aemond había dado a luz a un par de mellizos: Naerys y Orys Baratheon, ahora todas las familias con poder en la política y la mafia tenían herederos que estaban emparentados con los Reyes de todo, los Targaryen; Lucerys simplemente asintió con la cabeza, no queriendo escuchar a Rhaena despotricar sobre Aemond y sus cachorros. 

 

Simplemente salió de la instancia, encerrándose en el primer baño que encontró, vomitando en el váter. 

 

Naerys.

 

Ese era el nombre que Lucerys siempre odio, lo encontraba simple  y soso, pero ahora era el nombre de la hija que nunca pudo tener, que ahora era de Baratheon. Y el otro niño, Orys, Orys, un nombre tan Baratheon. 

 

Ahora Naerys ya no sonaba tan horrible.

 

No, sonaba perfecto.