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Tom Riddle odiaba el frío. Lo odiaba con cada fibra de su ser, con cada pensamiento que cruzaba su mente antes de dormir, con cada latido de su pequeño y descuidado corazón. El orfanato de Wool era frío. La habitación que compartía con otros siete niños era fría, con sus paredes de un gris descolorido que parecía absorber cualquier atisbo de calidez que osara colarse por las ventanas mal selladas. El viento de Londres se filtraba por las rendijas como un visitante indeseado que nadie había invitado pero que nadie podía echar. La comida que les servían —si es que podía llamarse comida a aquel mejunje aguado y sin sabor— siempre llegaba fría a la mesa. Las coles hervidas desprendían un olor nauseabundo que se impregnaba en la ropa, en el pelo, en el alma. Tom odiaba especialmente el olor de las coles hervidas. Lo odiaba tanto como odiaba que, algunos días, simplemente se olvidaran de darle su ración.
—Riddle, hoy no hay suficiente para todos —le decía Martha, la cocinera, sin mirarlo a los ojos—. Eres pequeño, puedes aguantar hasta mañana.
Y Tom aguantaba. Siempre aguantaba. Porque no tenía otra opción. Pero cuando el hambre apretaba demasiado, cuando su estómago parecía devorarse a sí mismo en las largas noches de insomnio, Tom hacía lo que tenía que hacer. Cazaba ratas en el sótano. Las atrapaba con sus propias manos —unas manos que ya empezaban a mostrar cicatrices de mordeduras— y las cocinaba en una lata vieja que escondía debajo de una tabla suelta del suelo. El sabor era repugnante, pero al menos era caliente. Al menos era algo.
Las personas del orfanato también eran frías. La señora Cole, la directora, lo miraba con una mezcla de temor y desprecio que Tom no terminaba de comprender. Los otros niños lo evitaban. Los adultos que venían de visita —esos que supuestamente buscaban niños para adoptar— ni siquiera se detenían frente a él. Sus ojos pasaban por encima de su figura desnutrida como si fuera un mueble más, algo insignificante, algo que no merecía una segunda mirada. Y los cadáveres... ah, los cadáveres de los otros niños también eran fríos. Tom lo sabía bien. Había tocado a Billy Stubbs cuando murió de fiebre el invierno pasado. Le había puesto la mano en el pecho, esperando sentir algo, lo que fuera. Pero solo había frío. Un frío que se metía en los huesos y se quedaba allí, como un recordatorio de lo que le esperaba si no lograba salir de aquel lugar.
Inglaterra era un lugar sombrío. Las noticias de la guerra llegaban en murmullos, en conversaciones a medio escuchar entre los adultos, en los titulares de los periódicos viejos que usaban para encender la chimenea. Tom escuchaba. Siempre escuchaba. La guerra le despertaba una curiosidad malsana, un cosquilleo en el estómago que no era del todo desagradable. Gente muriendo. Ciudades ardiendo. El mundo desmoronándose. Y él allí, atrapado en aquel agujero inmundo, sobreviviendo a duras penas.
—¿Por qué miras así el periódico, muchacho? —le preguntó una vez el señor Jenkins, el anciano que a veces ayudaba con el mantenimiento.
Tom levantó la vista lentamente, con esos ojos verdes que tanto inquietaban a la gente.
—Curiosidad —respondió con voz plana.
—Pues ten cuidado con lo que curioseas —masculló el viejo antes de alejarse, santiguándose disimuladamente.
Tom lo observó marcharse y sintió el impulso familiar. Ese deseo oscuro que le subía por la garganta como bilis. Quería meter sus dedos en las cuencas de los ojos del viejo Jenkins. Quería arrancarle esa expresión de superioridad, ese miedo injustificado, esa condena silenciosa. ¿Qué sabía él? ¿Qué sabía nadie de lo que era ser Tom Riddle?
Los niños que traían ingresos al orfanato —los bonitos, los de mejillas sonrosadas y risa fácil— eran los que recibían más alimento. Los que tenían una sonrisa encantadora o un hoyuelo en la mejilla. Los que poseían algo que los hacía especiales, deseables. Tom los observaba desde su rincón, con sus ojos verdes curiosos que no ofrecían nada más de atractivo. ¿Quién querría adoptar a un niño desnutrido, de mirada extraña y comportamiento inquietante? Además, con la guerra acechando, las familias no pensaban en adopciones. Algunos de los mayores incluso hablaban de alistarse como si fuera una salvación.
—Cuando cumpla dieciséis me voy al frente —decía Dennis Bishop, el mayor del orfanato, con aires de grandeza—. Prefiero que me maten de un disparo a seguir pudriéndome aquí.
Tom lo escuchaba y pensaba que Dennis era un idiota. La guerra no era una salvación. La guerra era solo otra forma de frío.
Tom Riddle no era un niño normal. Él lo sabía. Siempre lo había sabido. Lo supo cuando Amy Benson empezó a llorar sin razón aparente cada vez que él se le acercaba. Lo supo cuando el conejo de Billy Stubbs apareció colgado de una viga del granero, con el cuello roto y los ojos vidriosos mirando al vacío. Lo supo cuando pudo hacer que las cosas se movieran sin tocarlas, cuando pudo hacer que la gente sintiera dolor solo con desearlo. Pero sobre todo lo supo por la forma en que lo miraban. La señora Cole lo miraba como si fuera una serpiente que hubiera aparecido en medio del salón y nadie supiera cómo deshacerse de ella sin resultar mordido. Los otros niños se reían de él a sus espaldas —nunca de frente, nunca cuando sus ojos verdes podían clavarse en ellos—. Los adultos desviaban la mirada, incómodos, como si su sola presencia les resultara ofensiva.
Y Tom los odiaba. Los odiaba con una intensidad que lo sorprendía incluso a él mismo. Quería arrancarles esas sonrisas que tanto les gustaba exhibir. Quería meter sus manos en sus cuencas oculares y sacarles los ojos para que dejaran de mirarlo así. Quería quitarles todo aquello que los hacía especiales: una sonrisa bonita, un hoyuelo en la mejilla, el color brillante del cabello. Quería guardarlo todo en frascos, alineados en un estante, solo para él. Para que nadie más pudiera tener lo que él no tenía. Tom Riddle era un ser envidioso. Y lo sabía. Y no le importaba.
—¿Por qué eres tan raro, Riddle? —le preguntó una vez Martha, la cocinera, cuando lo encontró mirando fijamente a una de las niñas nuevas, una pequeña de cabellos dorados que había llegado hacía apenas una semana.
—No soy raro —respondió Tom sin apartar la vista de la niña.
—Me das escalofríos, muchacho. De verdad que sí.
Tom finalmente giró la cabeza para mirarla. Sus ojos verdes brillaron con algo que Martha no supo identificar, pero que la hizo retroceder un paso instintivamente.
—Quizá el problema no sea yo —dijo Tom con una voz tan fría como el invierno londinense—. Quizá el problema sean sus escalofríos.
Martha se santiguó y se alejó murmurando oraciones. Tom volvió a mirar a la niña de cabellos dorados y pensó en lo bonito que quedaría ese cabello guardado en una cajita, donde solo él pudiera verlo.
El día que Albus Dumbledore apareció en el orfanato, Tom supo que algo iba a cambiar. Lo supo por la forma en que el hombre lo miró. No era la mirada habitual de miedo o desprecio. Era algo diferente. Algo que Tom no pudo identificar de inmediato, pero que lo puso en alerta.
—Buenas tardes, Tom —dijo el hombre alto, de barba y cabello largos, vestido con túnicas de un color púrpura chillón que desentonaban completamente con la grisura del orfanato—. Me llamo Albus Dumbledore. Soy profesor en una escuela muy especial. Y tengo algo importante que decirte.
Tom lo observó en silencio, evaluándolo. No confiaba en los adultos. Nunca lo había hecho. Pero este era diferente. Este no le tenía miedo.
—¿Qué quiere? —preguntó Tom, directo, sin preámbulos.
Dumbledore sonrió levemente.
—Quiero ofrecerte un lugar en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Y entonces se lo dijo. Le dijo que era mágico. Le dijo que era especial. Que todo aquello que podía hacer —mover objetos, hablar con serpientes, causar dolor— no era una maldición, sino un don. Un don que compartía con otros como él. Todas las sospechas de Tom, todas aquellas noches en vela preguntándose por qué era diferente, por qué podía hacer cosas que los demás no, se confirmaron en un instante. Él no era como los otros huérfanos. Él no era inferior. Él era mejor que todos ellos. Mejor que Dennis Bishop con sus aires de grandeza. Mejor que la niña de cabellos dorados. Mejor que la señora Cole y Martha la cocinera y el viejo Jenkins y todos los adultos que lo habían mirado como si fuera un monstruo.
Él merecía más comida. Él merecía las mejores sábanas, no aquellas mantas ásperas y raídas que apenas cubrían su cuerpo por las noches. Él merecía mejor atención. Él merecía todo aquello que le habían negado durante once largos años. Él lo merecía. Y si los demás no se habían dado cuenta, si los demás habían sido demasiado ciegos o demasiado estúpidos para reconocer su valía, entonces el problema era de ellos. No de Tom. Nunca de Tom.
—Hay algo más que debo decirte, Tom —añadió Dumbledore, y su tono cambió ligeramente—. En Hogwarts tenemos reglas. Normas de convivencia. Esperamos que todos nuestros estudiantes las respeten.
Tom entrecerró los ojos.
—¿Reglas?
—Sí. Reglas sobre lo que está bien y lo que está mal. Sobre cómo debemos tratar a los demás.
Y entonces Tom lo vio. Esa mirada. La misma mirada que le dirigía la señora Cole. La misma que le dirigían todos los adultos. Una mirada que decía: "Hay algo malo en ti". Una mirada que lo juzgaba sin conocerlo, que lo condenaba antes de que hubiera hecho nada. Como si el simple deseo de tener las cosas que los demás tenían fuese algo malo. Como si todo lo que era Tom Riddle estuviera manchado de nacimiento. Lo miraba como sus cuidadores lo miraban. Como la señora Cole lo miraba.
Tom odiaba esa mirada. La odiaba. La odiaba. La odiaba. ¿Por qué? ¿Cuál era la maldita razón por la que todo el mundo miraba a Tom como si él fuera un monstruo?
—Basta —quiso gritar—. Dejen de mirarme así. Se lo ruego. Dejen de mirarme.
Pero no lo dijo. Se tragó las palabras como se había tragado tantas otras cosas. Como se había tragado el orgullo, el hambre, el frío. Como se había tragado las ratas del sótano.
—Entiendo —dijo en cambio, con una voz perfectamente controlada—. Seguiré las reglas.
Dumbledore asintió, pero su mirada no cambió. Esa maldita mirada no cambió.
El mundo mágico era todo lo que Tom había soñado y nada de lo que había esperado. Por un lado, estaba la magia. La magia era real. La magia era suya. Podía sentirla bullendo en su interior, cálida y poderosa, esperando ser moldeada. Cada hechizo que aprendía era una confirmación de lo que siempre había sabido: él era especial. Él era superior. Pero por otro lado estaban las miradas.
Había esperado que en Hogwarts las cosas fueran diferentes. Había esperado que, entre magos, por fin sería reconocido como lo que era. Que los demás verían su poder, su inteligencia, su determinación, y lo respetarían. Qué equivocado estaba.
—¿Riddle? ¿Qué clase de apellido es ese? —escuchó murmurar a un grupo de niños en el tren.
—Debe ser un sangre sucia —respondió otro, con desdén—. Mira su ropa. Seguro que ni siquiera sabía que era mago hasta que le llegó la carta.
Sangre sucia. La primera vez que escuchó el término, no entendió del todo su significado. Pero no tardó en aprenderlo. En el mundo mágico, la pureza de sangre lo era todo. Las antiguas familias de magos —los sangre pura— se consideraban la élite, la verdadera aristocracia del mundo oculto. Los hijos de muggles —los nacidos de padres no mágicos— eran despreciados. Eran sangre sucia. Eran inferiores. Y Tom Riddle, el niño que había sobrevivido a un orfanato muggle, el niño que había tenido que cazar ratas para no morir de hambre, el niño que había soportado once años de frío y desprecio, ahora descubría que en este nuevo mundo también era considerado inferior. No por lo que hacía. No por quién era. Sino por algo que no podía controlar. Por su sangre.
—No soy un sangre sucia —dijo Tom, con voz calmada pero peligrosa, a un niño que lo había llamado así en el pasillo del tren.
El niño, un muchacho regordete de la casa Hufflepuff, se encogió de hombros con indiferencia.
—Si tú lo dices...
—Soy mágico. Estoy aquí. Eso debería ser suficiente.
—Pero no es suficiente —intervino otro, un Slytherin de tercer año que pasaba por allí—. No importa cuánta magia tengas. Si tu sangre está sucia, siempre serás menos que nosotros. Acostúmbrate, Riddle.
Tom se quedó inmóvil, observando cómo los dos niños se alejaban riendo. Sus manos se cerraron en puños a los costados. Sintió el impulso familiar. Ese deseo oscuro que le subía por la garganta como bilis. Podría hacerles daño. Podría hacer que se retorcieran de dolor, allí mismo, en medio del pasillo del tren. Podría demostrarles quién era realmente superior. Pero no lo hizo. Aún no. Porque Tom Riddle era listo. Siempre había sido listo. Y sabía que la verdadera venganza requería paciencia. Así que sonrió. Una sonrisa fría, calculada, que no llegaba a sus ojos verdes.
—Sangre sucia —murmuró para sí mismo—. Ya veremos quién es el sangre sucia cuando yo haya terminado con todos vosotros.
El Sombrero Seleccionador apenas rozó su cabeza antes de gritar:
—¡SLYTHERIN!
Tom sintió una oleada de satisfacción. Lo había sabido desde el momento en que puso un pie en el castillo. Slytherin era la casa de los ambiciosos, de los astutos, de los que estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario para alcanzar la grandeza. El eslogan de la casa lo representaba perfectamente: "Ambición". Sí, eso era Tom Riddle. Ambicioso. Hambriento. Dispuesto a demostrar en este nuevo mundo mágico todo lo que era capaz de conseguir. Pero su primera noche en la sala común de Slytherin fue... reveladora.
Las paredes de piedra estaban adornadas con tapices verdes y plateados. Las lámparas emitían un brillo tenue y verdoso que se reflejaba en las aguas del Lago Negro, visibles a través de los enormes ventanales. Era hermoso, de una forma oscura y antigua que resonaba con algo profundo dentro de Tom. Pero las miradas de sus compañeros de casa no eran hermosas.
—Así que tú eres Riddle —dijo una voz a su espalda.
Tom se giró y se encontró con un muchacho de quinto año, alto y delgado, con el cabello rubio peinado hacia atrás y una expresión de leve desprecio en el rostro. Llevaba la túnica de Slytherin con un porte que solo podía provenir de generaciones de sangre pura.
—Soy Lestrange —se presentó el muchacho—. Rabastan Lestrange. Y tú eres el sangre sucia del que todos hablan.
Tom sintió que algo se tensaba en su interior.
—No soy un sangre sucia.
—Claro que no —dijo Lestrange con una sonrisa burlona—. Eso es lo que todos decís. Pero el apellido no miente, Riddle. Y el tuyo apesta a muggle.
Algunos de los otros Slytherin que estaban cerca rieron por lo bajo. Tom los miró uno por uno, grabando sus rostros en su memoria.
—Soy tan mágico como cualquiera de vosotros —dijo con voz fría.
—Oh, no lo dudo —concedió Lestrange—. Pero eso no importa. Lo que importa es la sangre. La pureza. El linaje. Y tú, Riddle, no tienes nada de eso. Eres un don nadie. Un huérfano recogido de la calle. Un error de la naturaleza que, por algún capricho del destino, puede hacer magia.
Tom quería matarlo. Quería hacerle tanto daño que su apellido, su pureza de sangre, su maldito linaje, no significaran nada. Quería verlo retorcerse de dolor y suplicar clemencia. Pero no lo hizo. En cambio, sonrió. Esa sonrisa fría que estaba perfeccionando.
—Supongo que el tiempo dirá quién es el verdadero error de la naturaleza —dijo suavemente.
Y se alejó, dejando a Lestrange y a los demás con una sensación incómoda que no supieron explicar. Esa noche, tumbado en su cama del dormitorio de Slytherin, Tom miró al techo y se hizo una promesa a sí mismo. Descubriría quién era realmente. Encontraría a su familia, a sus verdaderos padres. Y cuando lo hiciera, demostraría a todos esos sangre pura engreídos que él no era inferior a nadie. Era listo. Era poderoso. Era especial. Y un día, todos lo sabrían.
Fue entonces cuando lo vio. Su primera visita a la sala común de Slytherin había sido un desastre. Sangre sucia por aquí, sangre sucia por allá. Había pensado que las cosas podrían cambiar en Hogwarts, solo para estrellarse contra el muro de la pureza de sangre. Lo odiaba. Odiaba ser considerado un sangre sucia. Odiaba no ser un sangre pura. ¿Por qué? ¿Por qué él, que era mucho más inteligente y mucho más mágico que todos esos niños mimados, tenía que ser aislado como un paria? Era listo. Pero era un sangre sucia. Y en Slytherin, eso era todo lo que importaba.
Fue entonces cuando lo vio. Estaba sentado en un sillón de terciopelo verde cerca de uno de los ventanales que daban al lago, inclinado sobre un pergamino, escribiendo con una pluma de faisán dorado. La luz verdosa del agua iluminaba su perfil de una manera que lo hacía parecer irreal, como una criatura de otro mundo. Lo primero que Tom pensó fue: Bello. Es bello. El muchacho parecía una de esas estatuillas de ángeles que adornaban las iglesias a las que a veces llevaban a los huérfanos en Navidad. Tenía el cabello rubio platino, casi blanco, que caía en ondas suaves alrededor de un rostro de facciones delicadas. Su piel era tan pálida que casi parecía translúcida, con un leve rubor rosado en las mejillas que le daba un aire de fragilidad exquisita. Bello. Hermoso. Tom sintió el impulso familiar, pero transformado. No quería hacerle daño. No exactamente. Quería... conservarlo. Quería poner esos ojos —de un azul tan claro que parecían hielo derretido— en un frasco, para poder mirarlos siempre. Quería tener ese cabello sedoso entre sus dedos, guardarlo en una cajita forrada de terciopelo. Quería esa piel blanca y rosada para dormir sobre ella, para envolverse en su calidez. Seguramente esa piel no le daría frío.
El muchacho sonrió de repente —una sonrisa bonita, una sonrisa que le provocaba hoyuelos en las mejillas—, seguramente por algo que había escrito en su pergamino. Y Tom sintió un vuelco en el estómago. Quería esa sonrisa. Quería tomarla y enmarcarla y colgarla en la pared de su dormitorio, para que solo él pudiera verla.
—¿Quién es? —preguntó Tom a un niño de segundo año que estaba cerca.
El niño lo miró como si fuera estúpido.
—¿No lo sabes? Es Abraxas Malfoy. El príncipe de Slytherin.
Abraxas Malfoy. El nombre resonó en la mente de Tom como una campanada. Malfoy. Una de las familias de sangre pura más antiguas e influyentes del mundo mágico. Ricos, poderosos, respetados. Y Abraxas era su heredero. Tom volvió a mirar al muchacho, que seguía ajeno a su escrutinio, concentrado en sus escritos. El príncipe de Slytherin. El ángel de cabello platino. El Omega más codiciado de Hogwarts, según había escuchado murmurar en los pasillos. Y Tom, el sangre sucia, el huérfano, el don nadie, lo quería. Lo quería todo.
Fue una simple coincidencia. Un trabajo de Pociones que el profesor Slughorn les había asignado por parejas.
—Señor Riddle, trabajará con el señor Malfoy —anunció Slughorn con su habitual jovialidad—. Estoy seguro de que harán un excelente equipo.
Tom sintió que su corazón se aceleraba, aunque su rostro permaneció impasible. Abraxas Malfoy, sentado unas mesas más allá, levantó la vista de su pergamino y lo miró por primera vez. Esos ojos. Esos malditos ojos azules.
—Muy bien —dijo Abraxas con una voz suave y melódica—. Nos vemos en la biblioteca esta tarde, entonces.
Tom asintió, sin confiar en su propia voz. Esa tarde, en la biblioteca, Tom llegó temprano. Quería observar a Abraxas sin que él lo supiera. Quería verlo moverse, escuchar su voz, oler su aroma. Porque Tom aún no sabía cuál era su propio aroma. Nadie se había tomado el tiempo de decírselo. Nadie nunca en su vida lo había olfateado con la intención de identificar su esencia. Pero había aprendido, en sus primeras semanas en Hogwarts, que los aromas eran importantes en el mundo mágico. Definían quién eras. Los Alfas tenían aromas fuertes, dominantes. Los Omegas tenían aromas dulces, acogedores. Y Tom, aunque nadie se lo hubiera dicho, era un Alfa. Lo sabía. Lo sentía en lo más profundo de su ser.
Abraxas llegó puntualmente, cargando varios libros de Pociones. Se sentó frente a Tom con una sonrisa educada y empezaron a trabajar. Al principio, Abraxas era bastante tranquilo. Simple y llanamente se había acercado porque tenían que hacer el trabajo juntos. Nada más. Pero Tom no podía concentrarse en las instrucciones de la poción. Solo podía pensar en el aroma de Abraxas. Así que, cuando Abraxas se inclinó sobre su pergamino para anotar algo, Tom hizo algo que demostraba —desde el punto de vista de cualquier sangre pura— que era un salvaje. Se acercó disimuladamente y lo olfateó. Ningún sangre pura se atrevería a olfatear al príncipe de Slytherin. Y peor aún, a un Malfoy. Era una violación de todas las normas de etiqueta, una invasión de la intimidad, una grosería imperdonable. Pero Tom lo hizo. Y tuvo razón. El aroma de Abraxas era cálido. Tan cálido. Lilas con vainilla y chocolate. Una combinación que envolvía los sentidos como una manta suave en una noche de invierno. Tom quería seguir olfateando. Quería hundir su nariz en el cuello de Abraxas y llenarse los pulmones de ese aroma hasta que no quedara nada más en el mundo.
—¿Estás bien, Riddle? —preguntó Abraxas, levantando la vista de repente.
Tom se apartó rápidamente, con el corazón martilleándole en el pecho.
—Sí. Perfectamente.
Abraxas lo miró con curiosidad durante un momento, pero luego se encogió de hombros y volvió a su trabajo.
—Eres un poco raro, ¿sabes? —comentó con una sonrisa ligera.
Tom se tensó. Raro. Otra vez esa palabra. Pero Abraxas no lo dijo con desprecio. Lo dijo como si fuera un hecho curioso, una peculiaridad sin importancia. Y luego añadió:
—Pero quién no es raro en esta vida, ¿verdad? El que diga que no es raro está mintiendo. Todo el mundo es raro hasta cierto punto.
Tom lo miró fijamente. Algo cálido se extendió por su pecho, algo que no tenía nada que ver con el aroma de Abraxas y todo que ver con sus palabras.
—Supongo que tienes razón —dijo lentamente.
Abraxas le sonrió —esa sonrisa bonita, con hoyuelos— y volvió a concentrarse en la poción. Tom lo observó en silencio. Lindo. Es lindo. Es cálido. Me gusta. Me gusta. Me gusta. Me gusta. Ya no solo quería su piel. Quería sus manos. Quería su sonrisa. Quería su voz. Quería todo.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Y en todo ese tiempo, Abraxas Malfoy no miró a Tom como si fuera malo. Era la primera persona en mucho tiempo —quizás la primera en toda su vida— que no lo hacía. Cuando Tom hacía comentarios raros —esos que solían hacer que los demás niños se alejaran de él con incomodidad—, Abraxas se reía.
—Eres definitivamente peculiar, Riddle —le dijo una vez, después de que Tom comentara lo interesante que sería conservar los ojos de ciertas personas en frascos de formol—. Pero supongo que eso te hace más interesante que el resto de estos idiotas.
Y Tom sintió que algo en su interior se derretía. Abraxas comía con él en el Gran Comedor. Abraxas estudiaba con él en la biblioteca. Abraxas le daba regalos —ropa nueva para reemplazar sus túnicas de segunda mano, alimentos de las cocinas de Hogwarts que conseguía no se sabía cómo, pociones que él mismo preparaba, libros de la biblioteca familiar de los Malfoy—.
—Toma —le dijo una vez, entregándole un pequeño diario encuadernado en cuero verde con bordes plateados—. He notado que te gusta escribir. Pensé que te vendría bien uno decente.
Tom sostuvo el diario en sus manos como si fuera el objeto más preciado del mundo. El cuero era suave, de una calidad que nunca había tenido entre sus dedos. Las páginas estaban vírgenes, esperando ser llenadas con sus pensamientos.
—¿Por qué? —preguntó Tom, con voz ronca.
Abraxas se encogió de hombros, pero un leve rubor coloreó sus mejillas.
—Porque me apetecía. ¿Necesito una razón?
Tom negó lentamente con la cabeza. No necesitaba una razón. No necesitaba nada más que esto: Abraxas, cálido y generoso, dándole cosas sin esperar nada a cambio. Esa noche, en la soledad de su dormitorio, Tom abrió el diario y dibujó el rostro de Abraxas en la primera página. No era un gran artista, pero se esforzó. Capturó la curva de su sonrisa, el brillo de sus ojos, la suavidad de su cabello. Mío, pensó mientras dibujaba. Quiero que seas mío. Solo mío.
Le gustaban las manos de Abraxas. Le gustaba cuando Abraxas tomaba sus manos para guiarlo en algún hechizo complicado. Sus manos eran cálidas —no había otra palabra con la que Tom pudiera describir a Abraxas: cálido—. Todo en él era calidez. Su piel, su voz, su aroma. Era como si el frío que había perseguido a Tom durante toda su vida no pudiera tocarlo cuando Abraxas estaba cerca.
—Tienes las manos frías —comentó Abraxas una tarde de invierno, mientras estudiaban juntos en la biblioteca.
—Lo sé —dijo Tom, bajando la mirada—. Siempre las tengo frías.
Abraxas no dijo nada. Simplemente tomó las manos de Tom entre las suyas y las sostuvo allí, transmitiéndole su calor. Tom se quedó muy quieto, apenas respirando. Nadie lo había tocado así antes. Nadie lo había tocado con amabilidad, con suavidad, con la simple intención de reconfortarlo.
—¿Mejor? —preguntó Abraxas después de un momento, con una sonrisa.
Tom asintió, sin poder hablar. Me gustas, pensó. Me gustas tanto que duele. Quiero conservarte. Quiero guardarte. Quiero que seas mío y solo mío. Pero no lo dijo. No todavía. En lugar de eso, apretó suavemente las manos de Abraxas y se permitió, por primera vez en mucho tiempo, sentir algo que no fuera frío.
Una noche, tumbado en su cama, Tom miró al techo de piedra del dormitorio de Slytherin y tomó una decisión. Nunca había tenido nada. No tenía padres —bueno, técnicamente los tenía, pero su madre había muerto al darle a luz y su padre... su padre era un muggle que los había abandonado, según había descubierto en sus investigaciones—. No tenía hermanos. No tenía dinero. No tenía estatus. No tenía un apellido que pronunciar con orgullo. Pero quería tener a Abraxas. Y Abraxas quería ser de él. ¿No era así? Se lo había demostrado de todas las formas posibles. Con sus regalos, con sus sonrisas, con sus manos cálidas sosteniendo las suyas. Abraxas quería ser suyo. Entonces, ¿qué lo detenía? Tom se incorporó en la cama, con el corazón latiéndole con fuerza. La respuesta era simple: nada. Nada lo detenía. Podía tomar lo que quería. Siempre había podido. La única diferencia era que esta vez, por primera vez en su vida, no quería tomarlo por la fuerza. Quería que Abraxas viniera a él voluntariamente. Quería ser digno de él. Y eso... eso era nuevo. Eso era aterrador. Eso era algo que Tom Riddle, el niño que había sobrevivido a base de astucia y crueldad, no sabía muy bien cómo manejar. Pero lo intentaría. Porque Abraxas era cálido. Y Tom estaba tan, tan cansado de tener frío.
"A los tipos les encanta decir: 'Oh, moriría por ti', 'Oh, mataría por ti'. Ok, bueno... pues yo sería amable por ti. Rechazaría los impulsos de ceder a mi naturaleza violenta por ti. Me levantaría y saldría de la cama una hora antes cada mañana para prepararte café y desayuno. Estaría ahí para ti sin importar lo que pase. Dejaría la luz encendida para ti hasta que te sintieras seguro. Y te abrazaría tan fuerte hasta que encontraras paz."
Tom leyó aquellas palabras en un viejo libro de poesía muggle que había encontrado en un rincón olvidado de la biblioteca. No recordaba el nombre del autor, pero las palabras se quedaron grabadas en su mente como un hierro candente. Morir por alguien. Matar por alguien. Eso era fácil. Eso estaba en su naturaleza. Lo había sentido desde niño, ese impulso oscuro de destruir lo que se interponía en su camino. Pero ser amable... eso era difícil. Eso requería un esfuerzo consciente, una lucha constante contra todo lo que él era. Y sin embargo, por Abraxas, estaba dispuesto a intentarlo.
Una mañana, Tom despertó y lo primero que vio fue a Abraxas. Estaban en el dormitorio de Slytherin, y de alguna manera —Tom no recordaba exactamente cómo había sucedido— habían terminado durmiendo en la misma cama. Quizás había sido una noche de estudio demasiado larga. Quizás Abraxas se había quedado dormido mientras le explicaba algún concepto complicado de Pociones. El caso es que ahora estaban allí, el uno junto al otro, y Tom podía sentir el calor del cuerpo de Abraxas contra el suyo. Cálido. Tan cálido.
Abraxas abrió los ojos lentamente y le sonrió —esa sonrisa bonita, con hoyuelos—.
—Buenos días, Tom —murmuró con voz soñolienta.
Y luego extendió su mano hacia él.
—Vamos, levántate. Tenemos que ir al comedor antes de que se acaben los huevos revueltos.
Tom miró esa mano. Esa mano cálida. Esa mano que no lastimaba. Esa mano que olía rico —a lilas, a vainilla, a chocolate—. Y la tomó. Tomó esa mano cálida entre las suyas y decidió, en ese preciso instante, que no quería soltarla nunca. Decidió que encontraría la manera de permanecer junto a su Omega. Escuchando su voz. Viéndolo moverse por el castillo con esa gracia natural que lo caracterizaba. Oliéndolo —disimuladamente, porque ya había aprendido que eso no se hacía en público—. Estando ahí para él. Tratando. De verdad, tratando. Tratando de ser un Alfa bueno para él. Un Alfa del que Abraxas pudiera presumir. Y eso, para un niño que nunca había tenido la oportunidad de demostrar que era más de lo que la gente veía en él... eso lo era todo.
—¿Sabes, Tom? —dijo Abraxas mientras caminaban juntos hacia el Gran Comedor, con las manos todavía entrelazadas—. Creo que eres la persona más interesante que he conocido nunca.
Tom lo miró de reojo.
—¿Interesante?
—Sí. Interesante. Complejo. Como un rompecabezas que quiero resolver.
Tom sintió que algo se agitaba en su interior. Algo oscuro y posesivo, pero también algo nuevo. Algo cálido.
—Quizás no quieras resolver este rompecabezas —advirtió con voz baja—. Quizás no te guste lo que encuentres dentro.
Abraxas se detuvo y lo miró directamente a los ojos. Esos ojos azules que Tom quería guardar en un frasco.
—Quizás —concedió Abraxas—. O quizás me guste más de lo que imaginas.
Y le sonrió. Y Tom, por primera vez en su vida, sintió que quizás —solo quizás— había algo en él que valía la pena. Algo que no era frío. Algo que podía ser amado.
Mío, pensó, apretando suavemente la mano de Abraxas. Eres mío. Y voy a asegurarme de que todo el mundo lo sepa.
