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Dos historias con un desquiciado Pt.4
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Los jinetes, seguidos de cerca por sus dragones, corrieron hasta la aldea en busca de Meatlug. Pasaron por la casa de Fishlegs y la panadería de sus padres, sin obtener el menor rastro de la dragona. Preguntaron a los Larson, los Dubrain e inclusive a Gothi y a su manada de terrors, y nadie había visto a la groncke durante el día.
Fishlegs estaba al borde de la histeria.
—¡¿Dónde está?! —bramó el joven regordete tirando de sus cabellos dorados mientras Iggy trataba de mantenerse sobre su casco—. ¿¡Dónde está?! No la veo por ningún lado—se volvió cara a cara con el gemelo pecoso—. ¡Hiccup! ¡¿Dónde habrá ido mi bebé?!—rugió desesperado, sacudiendo a Hiccup como si fuera muñeca de trapo.
—¡Cálmate, Fishlegs!—le pidió el chico, arrancándose sus manos de su chaleco de piel de oso—. Vamos a encontrarla. Todos te ayudaremos.
Se volvió en dirección del resto de los jinetes y sus dragones, y la mayoría asintieron con la cabeza en apoyo. Solo Tuffnut permaneció con una expresión ceñuda y con los brazos cruzados sobre su pecho.
—Cómo me hubiera gustado que alguien me ayudara así a encontrar a mi querida Macy—soltó el rubio con resentimiento.
—¿No hace unos momentos antes tú mismo dijiste que pudo haberte abandonado?—le respondió Snotlout con malicia.
—¡Es una relación compleja! ¡No eres nadie para juzgarla!—explotó Tuff antes de caer de rodillas y comenzar a llorar desconsoladoramente—. ¡Macy!
—Chicos, tenemos serios problemas—señaló Astrid con fastidio, en lo que Hiccup apretaba con sus dedos el puente de su nariz—. Pueden dejar de un lado los problemas con mazos infieles.
—¡Eso es porque nunca te ha pasado a ti!—le bramó Tuff poniéndose de pie de un brinco e inmediatamente, se plantó ante Hiccup y le gritó—: ¡Ya quisiera ver cuándo tu escudo escoja otra mano que soporte sus sentimientos!
—¿Por qué mi escudo necesitaría que alguien más cuide sus sentimientos?—soltó Hiccup encogiendo los hombros, incrédulo.
—Yo no sé por qué tú no lo haces —señaló el gemelo rubio acusatoriamente.
—Creo que nos estamos saliendo del tema —denotó Honey.
—Tienes razón, la relación romántica entre Hiccup y su escudo es patéticamente inferior a lo que tenemos Macy y yo —insistió Tuff dramáticamente.
—¡Yo no tengo una relación romántica con mi escudo!—bramó Hiccup.
—Es por eso que tu escudo necesita que alguien más cuiden de sus sentimientos —señaló Ruffnut.
—Sí, eres igual de traidor que Fishlegs que le dio la espalda a su dragona —indicó Tuffnut señalando al joven regordete, haciéndolo caer en un llanto desesperado.
—¡¿Qué es este alboroto?! —el jefe Stoick se acercó al grupo de jóvenes y sus dragones, que eran el centro de atención de la aldea—. No me digan que ustedes también perdieron sus objetos.
—¡Macy no es un objeto! ¡Es el amor de mi vida!—gritó Tuff desconsoladoramente antes de estallar en llanto también.
El gemelo rubio arrastró unos pasos hasta Fishlegs, cubrió con sus brazos al joven regordete y lo acompañó en sus lágrimas ante la mirada estupefacta de los demás presentes.
—¿Hiccup?—preguntó Stoick volviéndose hacia su hijo.
—No preguntes, papá —contestó el muchacho rascándose la nuca ante la frustración—. ¿Qué decías sobre objetos desaparecidos?
—Que no queda ninguno.
Antes de que su padre pudiera explicar más sus palabras, justamente apareció Spiteout en ese momento acompañado de algunos miembros de la guardia de Berk. Gobber también hizo su llegada con su rostro enrojecido y sudado, ya que su pata de palo no era tan rápida para seguirle el paso a los jóvenes jinetes y sus dragones.
—Stoick, se hizo un recuento de la armería y los números son preocupantes —dijo el padre de Snotlout en lo que le tendía un pergamino con las cuentas a Gobber.
—¿Qué tanto?—preguntó el jefe.
—El cero armas en una armería es... bastante preocupante —contestó Gobber extendiendo el pergamino para que los presentes vieran las cuentas y los números negativos en este—. Y yo que pensé que perder mi monstículo de metal inserbible era un problema.
—¿No puede ser que no haya armas en Berk? —indicó Astrid—. Tantas desapariciones son anormales.
—Definitivamente.
—¿Piensas lo mismo que yo, Hiccup?—dijo Honey a su hermano, en lo que su padre discutía con el resto de los adultos de la aldea.
El joven pecoso no contestó, pero su silencio lo decía todo. Toothless soltó un leve gruñido aprobatorio que fue imitado por Sharpshoot, que seguía posado sobre su cabeza.
—Esto es lo que haremos —dijo finalmente el chico volviéndose a la rubia escudera—. Astrid, puedes usar a Stormfly para tratar de rastrear las armas perdidas; Snotlout acompáñala.
El joven Jorgenson soltó un leve gruñido y torció la boca, pero no se negó.
—Papá —llamó Hiccup a su padre— , más vale que prepares los barcos en caso de necesitar defender Berk.
Stoick intercambió una mirada con su hijo; no tenía idea de lo que estaba pensando, pero sabía que había algo detrás de sus ojos verdes que le hizo confiar en sus palabras.
—Será difícil sin armas —dijo antes de volverse a sus fuertes guerreros y comenzar a soltar órdenes.
—Mientras, Honey y yo saldremos al altamar —dijo el gemelo pecoso de nuevo a sus compañeros jinetes—, creo que ahí encontraremos a los responsables.
—Hiccup, ¿qué hay de Meatlug?—le preguntó Fushlegs tomándolo del codo con tal fuerza que le acortó la circulación del brazo.
—¿Meatlug? —comentó el padre de Snotluot sin darle importancia—. La vi temprano comiendo piedras de camino al bosque.
—Fishlegs, tú y los gemelos vayan a buscarla —comentó Hiccup—. Nosotros nos ocuparemos del problema de las armas.
Sin perder más tiempo, los jinetes comenzaron a montar a sus dragones y emprendieron el vuelo en compañía de sus pequeños terrors.
—¿Qué sospechas, Hiccup?—le preguntó Astrid mientras pasaba la pierna sobre el lomo de Stormfly.
—Que Dagur ha estado muy tranquilo a pesar de haber jurado venganza —confesó el joven pecoso antes de que Toothlees extendiera sus oscuras alas como la noche y se lanzara al cielo nublado sobre Berk.
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La caverna donde los bandidos outcast habían depositado las cajas misteriosas de madera era grande, abovedada, con gran número de estalactitas denotando el filtrado de agua desde el bosque en la superficie. Gustav encontró la manera de descender por un par de rocas y llegar al fondo de la caverna, con Fanghook y Meatloug siguiéndole los talones.
El jovencito había escuchado de la existencia de túneles subterráneos debajo de la aldea Berk, pero nunca se imaginó que fuera un tan complejo sistema de túneles y hubiera cavernas de tal tamaño como esa.
Ya sin la presencia de los outcast, el chico se animó a aproximarse a una de las cajas de madera. No había nada extraordinario en ellas a primera vista. Los dragones que lo acompañaban las olfatearon intensamente, mientras Gustav sucumbió ante la curiosidad y abrió una de las cajas.
Dentro de ellas había una estructura ovalada, de color oscuro, y parecía estar recubierta de escamas. Gustav lo tomó entre sus manos y pudo sentir el calor que irradiaba de este y calentaba la piel de sus palmas. Rápidamente recordó la sensación de un año atrás cuando ayudaba a Snotlout a vender huevos de changewing como piedras de colores.
—Son huevos de dragones —dijo el chico alzando el huevo sobre su cabeza, permitiendo a la luz una de las antorchas que dejaron los bandidos atrás lo iluminaran. Dentro del huevo, una figura se sacudió levemente —. ¿Podré quedarme con uno? —preguntó el niño, obteniendo un resoplido por Meatloug.
La dragona podía identificar a qué dragón le pertenecían los huevos y no eran buenas noticias.
Gustav dejó el primer huevo y continuó abriendo las cajas, una a una, para examinar cada uno de los huevos. Todo variaba levemente en su coloración, pero tenía el mismo aspecto. Hasta que al final tomó uno de un blanco tan intenso como la nieve.
—Este se ve genial —comentó Gustav mostrándole el huevo a los otros dos dragones que gruñeron con una sola olfateada del huevo.
—Eso quiere decir que son bebés malos —dijo el chico sin soltar el huevo. Al igual que los demás, lo levantó ante la luz de las antorchas y vio al bebé dentro de este retrocederse en el espacio reducido que le otorgaba su huevo.
Por primera vez sintió una punzada, como un escalofrío en su cuerpo, advirtiéndole lo mismo que Fanghook y Meatloug trataban de indicarle.
—Creo... que es mejor que nos vayamos de aquí —dijo él finalmente, volviéndose para regresar el huevo a su caja. Tal vez debía ir con Hiccup y los demás jinetes y advertirles de lo que descubrió.
Pero cuando estaba por depositar el huevo en su caja, una figura oscura estaba postrada junto a la caja. Poco a poco, otras se le unieron mientras leves risitas escapaban de sus labios.
Meatloug gruñó.
—Tienes razón, muchacho—soltó Savage indicando a sus colegas outcast—, es mejor que nos marchemos de aquí.
Soltó una carcajada en lo que Gustav dejó caer el huevo blanco a sus pies y Fanghook soltaba un rugido.
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Astrid y Snotlout sobrevolaban por la costa este de la isla de Berk, en lo que la nader azul de la chica rubia seguía el rastro del metal perdido. Llevaban casi una hora en ello sin obtener nada, con excepción de Snotlout, que no dejó de quejarse ni un instante.
—¡Esto es una tontería! —bramó el joven Jorgenson.
—¡No ayudas, Snotlout!—le espetó Astrid sin apartar la vista de la línea costera.
—¿Por qué? Esto es más inútil que buscar un cerebro en la cabeza hueca de los Thorston. Buscar armas de metal perdidas en toda la isla. ¿Qué estaba pensando Hiccup?
—¡Probablemente que terminaría pateándote el trasero por no cerrar la boca! —soltó Astrid con fuerza ante las fuertes corrientes de aire. Pero antes de que cumpliera su promesa, su dragonada viró drásticamente y se lanzó en picada.
Hookfang la siguió de cerca a pesar de las quejas de su jinete.
Stormfly terminó aterrizando en las orillas del bosque de Berk cerca de uno de los acantilados más grandes de la isla. Entre las rocas a la orilla, ahí estaba el mazo de Tuffnut, Macy, clavado del mango entre las piedras como una especie de presagio divino.
Astrid y Snotlout intercambiaron miradas, confundidos.
—Tal vez esos tontos nos están jugando una broma—comentó Snotlout mientras Astrid se aproximó al arma.
Pero a unos pasos de tomarla, una nube espesa comenzó a emerger desde el acantilado y recubriendo a Macy y la joven rubia.
—¡Por los dioses!—gritó Snotlout cayendo de rodillas y comenzando a rezar.
Astrid, en cambio, sabía que ningún dios tenía que ver con ello; ya habían enfrentado ese humo antes.
