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2020, Tokio
Conforme el tiempo pasaba, más le dolía la cabeza. Sus pensamientos eran dagas que le apuñalaban por la espalda, su propio cuerpo le traicionaba y no sabía como detenerlo. Ni siquiera estaba seguro del cómo había comenzado. Cree que, al principio, él se había negado. Le había dicho que no quería ese beso que tan impaciente el otro buscaba. Que no quería estar relacionado con él a quien a su amigo había hecho tanto daño en un pasado. Se había apartado de sus brazos que rodeaban su cabeza y acorralaban su cuerpo contra una pared. Sin quitarle la mirada de encima, sus ojos cansados lo observaban minuciosamente y especulando lo que ocurría por su cabeza, se alejó por el callejón buscando el taxi que había pedido. Recuerda el haberse negado, pero recuerda también a ambos entrando en el vehículo. La voz del chico, grave y torpe, su lengua se enredaba sola y se lamía los labios, buscando calmar la sensación de sequedad en su boca, todavía resuena en su cabeza dando la dirección de su casa.
¿Si se negó cómo es que acabó en su casa?
Recuerda el haber llegado a la dirección indicada, el chico pagando al conductor y bajándose del coche. Casi a la perfección también recuerda la mirada que le lanzó, distraídamente, mientras lo hacía. Le pedía en silencio que lo acompañara. Que se olvidase de todo lo que le impedía poner un pie fuera del vehículo y que, por una vez en mucho tiempo, se dejase llevar. Le suplicaba que entrase a su casa junto a él esa noche.
Antes de que el conductor se volviese a poner en marcha, Yamaguchi se disculpó y salió del vehículo. Kageyama le esperaba en la entrada de su casa, con la llave en la puerta más sin abrirla al completo. El sonido de la puerta del coche abrir y cerrar fue lo que captó su atención, giró su cabeza y sonrió al ver a su antiguo compañero de secundaria acercarse a pasos inciertos a él. Sus manos ocultas en una chaqueta holgada que no le pertenecía, escondiéndolas sin saber que hacer con ellas, mirando sus pies solo porque creía que no soportaría comprobar su expresión. La luna estaba en el punto más alto de la noche y en la oscuridad les guardaba el secreto.
—Ni siquiera me atraen los chicos... —Le susurró Yamaguchi, levantando ahora la mirada, queriéndose asegurar de que Kageyama entendía que había producido algo en él que nunca había sentido. —Lo sabes.
El sonido de la puerta de su casa abrirse le respondió. Quitó la llave y se hizo a un lado, inclinándose y pidiendo, otra vez en silencio, que Yamaguchi entrase primero. Él pensó que, para lo mucho que habían estado hablando durante toda la noche, Kageyama de repente se había vuelto una persona muy callada. Tragó saliva y asintió, entrando al oscuro recibidor de la casa de su amigo.
Habían pasado cerca de tres años, quizás menos, de la última vez que pisó esa casa, pero se acuerda a la perfección de su distribución y sabe que a menos de medio metro, a mano derecha, tiene el botón que enciende la iluminación de todo el pasillo. Aún así prefiere no presionarlo y la única luz que tenían, la que venía de la ciudad, la luna y las farolas de la calle, se apagó a la vez que el cuerpo de Kageyama entraba en la casa y la puerta se cerraba detrás de él.
Pensándolo en retrospectiva, cree que en ese momento cogió aire tan fuerte que hasta Kageyama, cansado y tan borracho como él, lo notó.
No entendía muchas cosas, pero la que ocupaba la primera posición era la del por qué su cuerpo actuaba de esa manera frente a un chico que conocía desde su época de instituto después de todo ese tiempo. Su corazón latía tan fuerte que en cualquier momento se escaparía de su pecho. En segundo lugar, estaba el por que Kageyama tenía la necesidad de besarlo después de, precisamente, todo ese tiempo siendo amigos.
—Piensas demasiado, Yamaguchi. —Su voz sonó contra su nuca e hizo erizar su piel. Era más alto que él así que respiraba sobre su pelo y se había acercado tanto que, probablemente, con un simple y leve movimiento Yamaguchi tendría su espalda pegada al pecho contrario. Cerró los ojos, ni siquiera veía, no le importaba.
Yamaguchi se negó al primer beso. El segundo lo buscó. No creía poder admitir en voz alta que él había sido quien, realmente, había tomado la iniciativa para juntar sus labios. Luego, le echaría la culpa al alcohol, a lo bien que había salido la gala a la que había sido invitado y a las palabras que Kageyama había estado vomitando durante la noche, halagando y admirando su trabajo. En ese momento, a pesar de ello, no le importó nada de eso. Se dejó llevar por un impulso y giró su cuerpo para quedar en frente de su amigo. Buscó entre la oscuridad su barbilla y, cuando la hubo encontrado, estampó ambas bocas en un forzado beso que tomó a Kageyama por sorpresa.
Luego abrió la boca y el beso comenzó a sentirse de verdad.
Kageyama lo empujó contra la pared, él sabía mejor que ninguno en dónde se ubicaban los muebles, por lo que Yamaguchi dejó que su espalda impactase contra una pared lisa sin ninguna resistencia. Enrolló sus brazos en el cuello contrario, abrazando su cabeza e intentando que sus bocas se uniesen más de lo que ya se encontraban. Sentía que aún así no era suficiente. Como si Kageyama realmente leyese sus pensamientos, sus manos comenzaron a divagar alrededor de su cuerpo. Sin algún pudor, ni siquiera pensándoselo, llevó sus manos al trasero de Yamaguchi y con ambas manos lo masajeó, haciéndole saltar levemente sobre su cuerpo. Jadearon sobre sus labios y se separaron dando bocanadas de aire.
Apenas podían verse las caras y aún así sentían cuan enrojecidos sus rostros se encontraban. Las manos de Kageyama encima del vaquero negro de Yamaguchi continuaban apretando y con ello, sus pelvis se pegaban cada vez más.
—Kageyama...
Él gruñó en respuesta. Sus respiraciones fuertes se mezclaban y la única interacción que mantenían era la continua fricción entre sus caderas. A Yamaguchi, el gesto le estaba empezando a emocionar y no creía que podría llegar a pararse después de eso. Iba a volver a hablar, a impedir que la situación pasara a mayores sabiendo que, al día siguiente, ambos lo lamentarían. Puso sus brazos rectos apoyados sobre el hombro contrario a modo de separación y su cuerpo, caliente, se quejó del vacío que ahora sentía. Aún en la oscuridad, sintió el ceño fruncido de Kageyama invadirlo, confundido y quizás algo molesto. Antes de hablar, le interrumpió poniendo sus propias manos en su trasero.
—Sé que no te atraen los chicos, Yamaguchi... —La separación que había creado desapareció y sus cuerpos se atrajeron como dos polos diferentes de un imán. —Pero, por favor, déjame ser el primero que lo haga.
Yamaguchi siempre había sido un chico débil ante las palabras bonitas.
